Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

jueves, 31 de julio de 2008

De ratones y atunes


En Estatuas Verdes se lee a los premios Nobel, amigos. A unos más que a otros, todo hay que decirlo. Por ejemplo a Kipling, Eugene O’Neill, T.S. Eliot, Juan Ramón Jiménez, Samuel Beckett, Albert Camus, Hemingway, Neruda, García Márquez, Cela, Octavio Paz, Toni Morrison, Doris Lessing. También se ha palpado en menor medida (cuentos o poemas sueltos) a Vicente Aleixandre, Nadine Gordimer, Saramago, Harold Pinter, Seamus Heaney, Derek Walcott, Miguel Ángel Asturias, Winston Churchill, G.B. Shaw o W.B. Yeats. Si no sabíais qué leer este verano, ya tenéis ideas.

El párrafo de arriba me ha quedado que parece un listín telefónico, pero todo esto viene a cuento de que a veces mola leer los clásicos. Cierto es que el Nobel se lo han llevado muchos petardos, y otros muchos meritorios se han quedado sin él (Tolstoy, Ibsen, Zola, Mark Twain, Nabokov, Graham Greene, Borges, Bob Dylan… por citar a algunos que han estado nominados). Aun así, en mi inocencia me gusta pensar que este premio es en cierto modo, garantía de calidad. Esta semana me he leído un par de libritos bastante clasicotes, y da la casualidad de que los escribieron señores a los que mire usted por dónde luego les concedieron el Nobel.


De ratones: Nunca había leído a John Steinbeck, lo confieso. Las uvas de la ira (1939) me da perezona (me quedé dormido viendo la peli, además), pero desde hace años venía escuchando maravillas acerca de esa novelita corta y estupenda titulada De ratones y hombres (1937). Hace poco, viendo Perdidos, noté que un personaje se la estaba leyendo, y que luego ese y otro tienen una conversación a propósito del libro. Como soy tan esnob y tan novelero interpreté aquello como una señal y me faltó tiempo para ir por el libro.

No os voy a espoilear la historia si no la conocéis, pero baste decir que la trama es simple. Dos temporeros (uno de ellos con menos luces que una bombilla de trapo) vagan de rancho en rancho por California en los años de la Gran Depresión. Su sueño es ahorrar una mijita y establecerse por cuenta propia en un terrenito, una especie de metáfora del “sueño americano” si queréis. Sería tópico aquí reiterar lo que ya se sabe de un clásico: el autor despliega un hondo conocimiento del alma humana, la historia –pese a su localización espaciotemporal tan precisa- es universal, se te pueden caer dos lagrimones como puños leyéndola… El librito me ha dejado con la boca abierta.



De atunes: A diferencia de su compatriota Steinbeck, Ernest Hemingway (a partir de ahora “Tito Jemi”) es un viejo conocido. Será porque durante la carrera tuve que leer una de sus obras dos veces (Fiesta, 1926), porque sus cuentos son la leche en vinagre o porque su retrato del París de entreguerras ha quedado como verdad absoluta, el caso es que el tipo me parece uno de los mejores escritores del siglo XX. Sería un machista, escribiría con frases cortas, lo que ustedes quieran. El nota escribía con pasión, y eso se deja ver.

Lo mismo hablaba de las guerras (Mundiales y Civil Española) que de la caza en África, de la pesca en USA o del toreo en Pamplona. Cuando fui por De ratones y hombres me llevé también otro librito clásico de menos de cien páginas: El viejo y el mar (1952). El asunto no podría parecerme menos interesante: la pesca en Cuba. La trama es simple: un viejo (al que ayuda un niño) se enfrenta al mar y se pone a prueba a sí mismo tratando de pescar un pez espada gigante. Como acertadamente dice Greg Nagan en su hilarante La Ilíada en 5 minutos y otros clásicos instantáneos (2000), El viejo y el mar es el Moby Dick de los pobres”.

Las excelentes referencias que tenía de esta obra me hicieron vencer las reticencias acerca de su temática, y doy gracias por ello. ¡Menudo librazo! Con haberme gustado más el de Steinbeck (me quito la careta), admito que este se lleva la palma en esa extraña actividad consistente en manchar el blanco con negro que algunos llaman Literatura. El uso del lenguaje es aquí clave, la sobriedad del estilo, y podríamos repetir todo lo que dije a propósito de De ratones y hombres en el cuarto párrafo de este post.


De hecho, el lenguaje es la clave en ambos libros. Steinbeck recurre al dialecto y la jerga de unos jornaleros incultos, tratando de reflejar ortográficamente ciertas pronunciaciones incultas o regionales. Tito Jemi, en su tónica, salpimenta su obra de expresiones españolas con idea de darle sabor (“salao”, “ay”, “gran ligas”, “bonita”…). Francamente, esto no me impresiona, lo que sí me deja patidifuso es la poesía de unas frases declarativas tan simples, de una prosa tan aparentemente tosca. El Premio Nobel de Literatura lo tiene bien merecido, ahora comprendo que, tras pasarse cien páginas llamando a los delfines “peces” no le dieran también el de Biología.

miércoles, 30 de julio de 2008

Sensaciones POP (y IV)


“Control de estupefacientes, ¿le suena de algo?”
(Agente de la Guardia Civil)

“Shubi dubi ye ye”
(La Casa Azul)


Como ya dejé caer por aquí, lo mejor del ContemPOPránea es la música, y lo segundo mejor la sensación de sentirse rodeado de gente con gustos afines. Lo tercero mejor, las risas. ¡Atiende, qué disfraz! No es que yo no seleccionara qué camisetas o qué chapas me iba a llevar, pero os aseguro que no le dediqué a la decisión ni cinco minutos de mi tiempo. Allí va peña que estoy seguro que se la pasan noches enteras en vela pensándose los atuendos.

Yo, que soy fan de los zapatos de tacón en las mujeres, reconozco que hay sitios donde no tienen lugar. Una clase de un instituto es uno de ellos. Una panadería, otro. Pues bien, amigos: parece que un camping y una piscina municipal sí son lugares apropiados para lucirlos. Como también para entretenerse lanzando pompitas de jabón con uno de esos botecitos (estoy hablando de gente que frisa los treinta años). Lo mismo podría decirse de la corbata, yo no me la pondría en julio a más de 30 grados, sobre todo si voy en bañador. Insisto: yo no, pero otros sí.


La música es la razón de ser del festival, es lo que aglutina a la mayoría de las camisetas: Deluxe, La Casa Azul, Teenage Fanclub, The Ramones, Blondie, Los Planetas, Los Beatles, The Smiths, Emma Pollock… pero no os preocupéis, que también las hay de Gracita Morales, Alfredo Landa, Naranjito (no fui el único, claro), clicks de Playmobil, mujeres barbudas, Maradona, la Dharma Initiative, Darth Vader o Carmina Ordóñez (esta última con la leyenda “Los verdaderos artistas no destacan por su obra sino por su vida”).

Tampoco es raro ver a alguien con un maillot de ciclista (¿Cuándo fue eso signo de indie-pendencia? Me lo he perdido…), de hecho había un pavo que una noche llevó el maillot amarillo del Tour de Francia (sutil homenaje a Carlos Sastre o al mundo de las drogas, no sabemos; supongo que lo registraría la Guardia Civil, igual que me registró a mí, de manera completamente injusta, abusiva, brutal y chulesca) y la siguiente noche el del equipo Kelme. Tal vez ese hombre pensó que iba a dar la nota, pero claro, aún tuvo que vérselas con aquel otro tipo que iba por las calles de Alburquerque paseando con correa a una cerda ibérica: in-su-pe-ra-ble.


Si pontificar entre tienda y tienda de campaña (“Para mí el grunge no es lo que hace Nirvana, para mí el grunge es lo que hace Pearl Jam”) se te queda corto, siempre te queda cantar directamente, temas de Maga, Los Chichos, Los Calis o la sintonía de Con las manos en la masa. Si no, te puedes ir un rato a la piscina a escuchar por megafonía el hilo musical, featuring Los Planetas, Lori Meyers, Sidonie, La Casa Azul, Hidrogenesse, Maga, Deluxe y hacer aspavientos cada vez que reconoces una canción (“¡Esta también os la he grabado, os acordáis?”).

No, xoxo, tus amigas no se acuerdan porque están pendientes de los modernos, igual que ellos de ellas en biquini. Si quieres reunirte con la guardia pretoriana friki musical como tú, habrás de acudir al pueblo (media horita en cuesta andando a la hora de la siesta, a 35 grados) a ver cómo se hace en directo el programa de Radio 3 Disco Grande. In illo tempore el programa era los findes, el sábado y el domingo del festival. Este año, es entre semana, como bien nos cantan Facto Delafé y las Flores Azules (“5 de la tarde, Julio en la onda”) y lo hubo jueves, viernes, y el lunes pasado fue un resumen/balance bastante completo. Yo acudí al programa del viernes (el día que llegué, el jueves lo que había era una fiesta previa), y estuvo muy bien. Hubo entrevistas a Deneuve y a Emma Pollock, muchas canciones guays y muchos guiños a la comunidad indie.


Si de verdad quieres molar puedes pintarte la raya del ojo dentro de la tienda de campaña a las siete de la tarde para no perderte los primeros conciertos. O llevar una camiseta envidioso-irónica que diga “Yo no voy al FIB” (siendo el punto sobre la “i” el símbolo de €). Si de verdad quieres molar puedes llevarte un pepino de medio metro en el equipaje, o puedes ponerte de acuerdo con un colega y compraros los dos la misma camisa marrón de rayas dos meses antes, con vistas a estrenarla en el ContemPOPránea. O puedes vacilarle a los socorristas de la nueva piscina al aire libre (gracias a Dios ya no hay que ir a la cubierta, donde otros años era obligatorio el uso de gorro), o puedes cargarte la ducha de la piscina, o tú y tus colegas podéis prorrumpir en un aplauso espontáneo con el simple objetivo de que se contagie y te siga todo el mundo…

El año que viene vuelvo seguro. Pero por más que lo intente y me estruje la cabeza nunca podré superar a mi ídolo estético de este año, el tipo con la camiseta en la que ponía el mejor eslogan posible. A saber: “Yo antes molaba”. Chapeau!

martes, 29 de julio de 2008

Sensaciones POP (III)

“En noches como la de hoy vuelvo a brillar”.
(La Casa Azul)


Continuamos con este repaso musical del festival ContemPOPránea 2008 (los que ya estéis aburridos: paciencia, todavía os queda el post de mañana). El viernes por la noche me retiré tras Sidonie, parece poco, pero eran ya cerca de las cuatro de la mañana. Amigos míos vieron después a Niños Mutantes y a LKan y dicen que estuvieron muy bien (sobre todo estos últimos, que salieron disfrazados de pulpos, peces y así). La jornada del sábado se presentaba aún más prieta de emociones, y eso contando con que nadie se disfrazase de nada.

Ante mí tenía un póker indie de auténtico mareo, a saber: Facto Delafé y las Flores Azules, Camera Obscura, Deluxe y La Casa Azul. Desgraciadamente, Tachenko y Lagartija Nick actuaban demasiado tarde para mi body, y a Maga & Germán Coppini… ya los vi en mi ciudad el verano pasado y una y no más, Santo Tomás. Soy fan de Maga, pero su nuevo espectáculo/homenaje a Golpes Bajos no me va nada. Casualmente eran uno de los supuestos puntos fuertes del festival, que este año tributaba homenaje a Golpes Bajos (cada año a un grupo extinto, p.ej.: el año pasado a Los Brincos).


El año pasado, cada quien homenajeó a quien le dio la gana: Los Brincos, Juan y Junior, Los Módulos… pero este año el homenajismo brilló por su ausencia, al menos en los conciertos que yo vi (bueno, miento: Lori Meyers cantaron una estrofa de “No mires a los ojos de la gente”). El sábado por la noche sí hubo quien rindió tributos, por ejemplo Facto Delafé y Las Flores Azules a Julio Ruiz de Radio 3, a Carlos Sastre y a la Selección Española de fútbol. El concierto de los catalanes fue de lo mejorcito del ContemPOPránea de este año, de lo más divertido. Especialmente emocionante me parecieron sus interpretaciones de “Enero en la playa” y “El indio”, temas que tengo grabados en la mente y no paro de cantar desde aquella noche.

Tras Facto… etc, tocaba acercarse al escenario para comerle la boca a los siguientes artistas: los escoceses Camera Obscura, favoritos de un servidor desde hace años. Madre mía, cuántas veces no escucharía yo su primer disco mientras vivía en Yanquilandia. Camera Obscura ofrecieron un espectáculo soberbio, nada sobrio pese a lo que su sonido pudiese dar a entender. Cantaron temazos de sus tres álbumes (“Eighties Fan”, “Suspended From Class”, “Let’s Get Out of This Country”, “Tears for Affairs”) más dos canciones inéditas de su nuevo cuarto álbum, de próxima aparición. La segunda de las dos (“Swans”) cautivó al público con su pegadiza melodía, pero el delirio llegó con la interpretación de “Lloyd, I’m Ready to Be Heartbroken”.


La cantante y compositora de Camera Obscura, Tracyanne Campbell, bastante timidita, dejó ver una amplia sonrisa al finalizar el concierto y comprobar la reacción del público. Pero para reacción cálida, delirio y la leche en bote, lo que vino a continuación. Deluxe, amigos… me quito la careta. Deluxe era el concierto que más ganas tenía de ver este año y fue con el que más disfruté. He llegado a leer en prensa que la actuación del gallego fue la gran decepción del ContemPOPránea 2008… lo de siempre. Solo os diré que Deluxe fue el artista que más público atrajo (según la propia organización), y que la peña coreaba sus canciones como si le fuese la vida en ello.

Mi novia me lo dijo antes del concierto: “Estás nervioso”. Sí, cojones, después de la barbaridad pop-rock que había presenciado hacía justo un año sobre aquel mismo escenario y tras escuchar sus dos últimos álbumes hasta la saciedad, como para no estarlo. Deluxe no defraudó, se paseó por el escenario como una mezcla de John Lennon, Pete Townsend y Neil Young (y Juan Pardo). Su banda era muy molona: batería, órgano Hammond, saxofón, trompeta, él a las guitarras, armónica y voz y al bajo nada menos que Miguel Rivera, del grupo Maga. Al final nos regaló una especie de jam-session que fue un viaje de Memphis a Detroit (coreografía à la Motown incluida), en la que imbricó fragmentos de “I Can’t Turn You Loose” de Otis Redding y “She Drives Me Crazy” de los Fine Young Cannibals.


Entre este “gran final” y la inicial “El cielo de Madrid”, la locura. Temas de sus dos últimos discos (“Historia universal”, “Reconstrucción”, “Adiós corazón”, “Simone”, “El amor valiente”, “Réquiem”… la de Dios). A destacar la instrumental “Paseo en bicicleta por la playa de Riazor”, a medio camino entre el sonido surf y el spaghetti-western. Con el clásico “Que no”, el paroxismo pop del festival, demasiado para el cuerpo: qué carita de alegría se le puso a don Xoël... Difícil sería superar aquellas “sensaciones pop”, pero después de Deluxe venía el único que podía, nunca superarlo musicalmente pero sí electrizar a la peña lo bastante como para hacerla botar aún más.

La Casa Azul es “La gran mentira” (por citar un título suyo) del indie español. Ya les dedicaré un post como se merecen contando su historia, de momento sépase que el grupo no existe sino que es un señor, Guille Milkyway (¿con ese nombre te hacía falta inventarte un grupo, xulo?). Él sale protegido por un piano, o un atril o una guitarra y se hace acompañar de cinco pantallas de plasma donde se pueden ver imágenes alusivas a sus canciones, que son un cruce entre ABBA, The Beach Boys y Chemical Brothers. “La revolución sexual” es conocida por haber intentado este año el asalto a Eurovisión (menos mal que no). También sonaron todas las buenas de su último LP titulado como la canción (“El momento más feliz”, “No más myolastan”, “La nueva Yma Sumac”, “Chicos malos”, “Una cosa o dos” o “Esta noche sólo cantan para mí”).


Además no faltaron sus pequeños clásicos: “Superguay”, “Como un fan”, “Chicle Cosmos” y “Cerca de Shibuya”, esta última momento absolutamente inolvidable: condensó toda la alegría, la ilusión y el vitalismo de una música bonita que algunos tildan de “complaciente”. Por lo que a mí respecta, cualquier artista que en sus letras nombre a Brian Wilson y a Torrebruno tiene el cielo popero ganado. El post de hoy me ha salido un poco largo, pero es que tenía muchísimo que contar. Esto hubiera dado para varios días más. Mañana remato con los aspectos más “costumbristas” del ContemPOPránea 2008.

lunes, 28 de julio de 2008

Sensaciones POP (II)


“Sean críticos, cojones, críticos”.
(Germán Coppini)


Voy a intentar dar hoy mis impresiones sobre el aspecto más importante del festival ContemPOPránea 2008: la música. Llámala indie, como reza el subtítulo del evento, llámala pop, como gustan los modernos. Aquí tienen cabida desde el petardeo a lo más progresivo, pero siempre dentro del pop rock alternativo.

Lo bonito de un festival como este es lo que tienen todos los actos que hermanan a gente con intereses específicos: hacen sentir a los frikancos como personas normales. Ya puede ser la Campus Party, el mundial de maquetismo de Gerona o un salón del cómic donde hacer cosplay. En el ContemPOPránea se ve uno de repente rodeado de miles de personas cuyos gustos comparte, y eso mola. Ve uno camisetas cuyos arcanos eslogans entiende, corea letras de canciones trabajosamente aprendidas en la soledad del dormitorio, ve a la gente flipar al ritmo de una música que uno pensaba minoritaria.

En el ContemPOPránea por ejemplo, un señor como Xoël López de Deluxe puede ser una estrella de rock, y comportarse como tal sobre el escenario sin resultar ridículo. Unos señores normales con camisas de cuadros (Teenage Fanclub) son directamente dioses. Habiendo donde elegir, muchos conciertos me los he perdido. He visto en total siete de veinte posibles, pero os aseguro que he presenciado todo lo que tenía en mi lista de obligatorios. A otros dos grupos ya los había visto en anteriores ocasiones sin molarme, y otros cinco no me interesaban. Solo me he perdido tres conciertos que quisiera ver, y la verdad, son una minucia comparado con lo que sí he visto.


El viernes, Emma Pollock hizo un poco de mamporrera para el plato fuerte de la noche: Teenage Fanclub. La madrina indie es un icono y todo lo que ustedes quieran, pero no tocó ningún tema de The Delgados sino de su disco nuevo en solitario, y la verdad… A Teenage Fanclub era la tercera vez que los veía (1998, 2000 y ahora). Están más viejos, pero su música no se ha resentido ni un ápice. Un día de 1996 soñé que eran el mejor grupo musical del mundo, entonces me desperté y resultó que de verdad lo eran. ¡Qué ganas de complacer al público! Qué diferentes del sinvergüenza de Dylan…

Tocaron temas de todos sus discos, destacando éxitos perennes como “Everything Flows”, “Don’t Look Back”, “Sparky’s Dream”, “Ain’t That Enough”, “I Need Direction”, “It’s All In My Mind” o “The Concept”, que dejaron sin habla al respetable. Muy difícil ser los siguientes sobre el escenario ante tamaño conciertazo, pero lo hicieron con muchísima dignidad los granadinos Lori Meyers, hijastros de los escoceses (hacen el mismo tipo de música pero en español). Los Lori tocaron los mejores temas de su reciente Cronolánea (2008) –“Luces de neón”, “La búsqueda del rol”, “Luciérnagas y mariposas”, “Alta fidelidad”-, un par de Hostal Pimodán (2005) –“Dilema”, “Sus nuevos zapatos” y tres o cuatro clásicos de su disco de debut (“Tokio ya no nos quiere”, “Viaje de estudios”, “La mujer esponja”).

El set de Lori Meyers supo a bastante poco (básicamente lo que vienen haciendo en su gira pero recortado), pero a menos supo todavía el concierto de Sidonie. La buena lectora Karmen hace referencia en un comentario al post de ayer al gran fraude de Sidonie: que no sonó “Giraluna”. Ni “Giraluna” ni prácticamente nada, coño. Los catalanes saltaron al escenario con casi 50 minutos de retraso, y prácticamente se comieron el tiempo que tenían asignado.

Su concierto no llegó a la media hora, algo con lo que al parecer no contaban, porque se fueron muy cabreados cuando les obligaron a ir terminando. Por lo menos les dio tiempo a interpretar “Persona”, “Fascinado”, “Nuestro baile del viernes”, “La vida bohemia” o “Sidonie Goes to Varanasi”, pero se quedaron muy cortos (hasta hubo un pavo que al principio les hizo entrega de un girasol, con la esperanza de que lo sacaran a relucir durante “Giraluna”, y se quedó con un palmo de narices).

Bueno, como veo que esto da para bastante, mañana os sigo contando la jornada del sábado y otras cositas. Hoy terminaré citando a Germán Coppini –ahora resulta que es un gurú indie: bueno, pues vale-, quien no se privó de recomendar al público que dedicaran parte de su tiempo a leer. Amén.

domingo, 27 de julio de 2008

Sensaciones POP (I)


“Algo nuevo, diferente y muy moderno”.
(La Casa Azul)

Hola, amigos, ya estoy de vuelta del ContemPOPránea 2008, ese festival de la escena indie que, según sus organizadores y los medios, mantiene las esencias poperas de España mientras otros (léase Festival Internacional de Benicàssim) las corrompen o las rinden al vil metal. Sin entrar en debates, hay que constatar que este festival es una monería: suele tener un cartel de ensueño, el aforo no supera las 5.000 personas y el ambiente es 100% popero.

Cuando hablé del cartel de esta edición hubo quien comentó que era de segunda fila. Claro, si lo que andas buscando es que actúen Madonna o Leonard Cohen. Pero hay que tener en cuenta un par de cosas (y no son meros paliativos): una, que hasta ahora el ContemPOPránea se ha centrado en la música llamada pop, y otra, que se trata de un evento que pretende atraer a lo mejor de la escena española. Por si eso fuera poco, este año se han quitado la careta y nos han ofrecido a tres artistas escoceses: Teenage Fanclub, Camera Obscura y Emma Pollock (nadie, ¿sabéis?).

Tracyanne de Camera Obscura lo dijo: jamás se parecieron tanto Albuquerque y Edimburgo, por lo del castillo, se entiende. Estoy acostumbrado a estas fantasmadas: le oí decir a un alcalde que mi ciudad y Rianxo estaban al lado… si se dobla por la mitad el mapa de España, claro. Un año más acudo a la zona de acampada del festival, lo prefiero a alquilar casa en el pueblo. La dureza del suelo, las infraduchas, la media hora andando hasta los conciertos no me los quita nadie, pero es un éxito encubierto. Un año más, la piscina municipal contigua, el ambiente popero, los modelitos y las anécdotas chorra no me las quita nadie.

Hablaré del pasado fin de semana en varios posts, con uno solo no me da. Ha habido muchos acontecimientos: el programa de Radio 3 Disco Grande, el piscineo (este año no he visto al chico del bañador y la corbata, pero sí a otro grande del año pasado: el doble de Corto Maltés), los conciertos… a veces, durante el día, casi se me olvidaba que lo que en realidad había ido a ver allí era ver actuaciones. Todo era como un día perfecto: piscineo a la sombrita, lectura de Premios Nobel (ya hablaré de ello), megafonía pop, bañitos… y de pronto me venía el recuerdo: ¡joder, si esta noche voy a ver a tal o cual en directo!

He querido mirar alguna crónica de prensa, lo confieso, para ver qué decían del festival. Pero no he encontrado nada, solo las típicas notas de agencia mal redactadas y plagadas de errores. A ver qué dice mañana Julio Ruiz en el Disco Grande que le dedicará al ContemPOPránea. Por mi parte, encuentro que la edición de este año ha sido fantástica, en lo organizativo y en lo musical. Siempre vendrá quien diga que fue una mierda, etc, lo que vosotros queráis. Yo me lo he pasado igual o mejor que en el 2007, he estado sensiblemente más cómodo y, al haber menos gente (o esa sensación daba: qué alegría que no tocaran Los Planetas) he podido disfrutar como un enano.

En lo musical, han repetido los dos artistas que más molaron la edición pasada: Deluxe y Lori Meyers, y ha habido que añadirles a Teenage Fanclub –los que me conocen saben que no es que me gusten, es que los sigo con fervor religioso desde hace más de una década. Como aperitivo, si tuviera que destacar los tres mejores temazos, aquellos que más me han emocionado en esta edición, diría

1) “Don’t Look Back” –TEENAGE FANCLUB
2) “Que no” –DELUXE
3) “Lloyd, I’m Ready to Be Heartbroken” –CAMERA OBSCURA

Por lo demás: todo riquísimo. Me he quedado ronco cantando, me he comprado chapas, he sido registrado por la Guardia Civil sin estar haciendo nada [ya solo le queda abusar de mí a la Poli Nacional!], he llevado camisetas de Naranjito y de Sergio Algora… en palabras de Óscar de Facto Delafé y las Flores Azules: “¡Porque este es un festival indie, coño!”

jueves, 24 de julio de 2008

Expiación: L.I.B.R.A.Z.O.


Paro un momento de mis obligaciones para escribir este post. Estoy tirando a la basura todos mis libros para dejarle sitio al último que me he leído. Expiación (2001), señores. Se estudiará en las universidades.

Decía don Aristóteles en su Poética que la diferencia entre la historia y la literatura era que mientras la primera trata de “las cosas tal y como fueron”, la segunda se encarga de las cosas “como debieron haber sido”. Esto es la típica fantasmada clásica, pero creo que todavía hoy podemos extraer una lección de estas palabras. Expiación es una novela, si no histórica sí ambientada en el pasado. La escribe un señor hoy figurando que quien la escribe es una señora hoy contando lo que le pasó más de sesenta años atrás.


Ya cuando vi la película me quedé flipado, y no quisiera repetirme aquí. La novela tiene (como la peli) cuatro partes: 1) los líos infantiles/románticos del verano de 1935 en Inglaterra, 2) la peripecia de un soldado durante la retirada británica de Francia en la primavera de 1940, 3) la experiencia de una enfermera estudiante en Londres en la misma época y 4) una coda en que la enfermera, convertida en anciana escritora en la actualidad, revela qué partes de lo anteriormente narrado corresponden a la realidad y cuáles a su fabulación.

Como es bien sabido, la misma premisa que pone en marcha la novela (el falso testimonio de una niña que lleva a la cárcel a un hombre inocente y a la infelicidad a su propia hermana mayor) es un embuste, una fabulación de la niña escritora. La “expiación” a la que alude el título es el proceso por el cual la niña trata de purgar su culpa y expiar su pecado o “crimen” como lo llaman en el libro. Incapaz de cambiar lo que pasó, la niña –convertida en escritora- lo reescribe, pero claro, esto lo estamos leyendo nosotros en un libro también, lo que completa un bonito y preciso juego de muñecas rusas de ficción-realidad-invención-historia muy del gusto postmoderno.

Exceptuando la coda final (que está en primera persona), el resto del libro alterna el estilo indirecto libre (3ª persona que incorpora los pensamientos de los personajes) y la tercera persona de toda la vida, con un narrador de omnisciencia selectiva (o sea, que no lo sabe todo, solo lo que sabrían ciertos personajes, con lo cual puede dejar perplejo al lector). Lo bonito es que al final se aclara que todo lo anterior lo ha escrito uno de los personajes, lo que hace que se enriquezca la estructura narratológica del libro.


Expiación no carece de humor, casi siempre en forma de distancia irónica: una señora muy culta cuenta lo que pensaba ella misma cuando era una niñata, y aunque le tiene cariño al personaje deja entrever la sonrisa que le provoca aquello. El problema es que en su momento, la niñatada le costó la cárcel a un buen hombre y un disgusto a su hermana. Cuando hablé de la peli detecté un gran contenido de sexualidad reprimida, lo que venía muy bien al tema del crimen/pecado frente a la expiación. Pienso que en el libro este aspecto no está tan presente, y es un añadido bastante acertado por parte de los que hicieron la película, aquí se echa en falta.

La primera mitad de la novela (la parte que corresponde a 1935) es un prodigio de sensibilidad y sutileza como pocos he leído. La parte de Dunquerque es un poco rollo, y os lo dice un emocionado de la 2ª Guerra Mundial. Creo que el libro tiene unas 80 o así páginas menos finas, pero luego vuelve a resurgir con una fuerza dramática y un lenguaje que te dejan absolutamente sobrecogido. Este libro, con ser una obra de nuestro tiempo, puede disfrutarse a varios niveles, ya digo: historia romántica, fábula moral, estudio narratológico, novela histórica de costumbres…

Volviendo un poco al Planeta Tierra, la verdad es que Expiación es una auténtica maravilla, Literatura con mayúsculas. En una época en que los libros son, ante todo, objetos de consumo, hasta los grandes deben bajarse los pantalones y escribir novela histórica tardomoderna -por usar la jerga de Vicente Luis Mora en La luz nueva (2007). Mirad cómo empezaron jóvenes experimentalistas como José Ángel Mañas o Juan Manuel De Prada: fijaos en lo que escribían hace quince años y lo que escriben ahora. Puede que a Ian McEwan le haya pasado lo mismo, pero el tipo no ha renunciado a, con sus materiales, fabricar una novela de amor e intriga que es a la vez una historia sólida, con bastante tela teórica que cortar.

miércoles, 23 de julio de 2008

La cajaste, Burt... ¿o Kirk?


Cuánto miedo da, señores; señores, qué miedo da. Cuando tiene que dar miedo. Cuando no, el hombre da lo que haga falta: agobio, asco, risa… Cómo estaba ese abuelo de Novecento (1976), aquel boxeador en El ídolo de barro (1949), ese juez de ¿Vencedores o vencidos? (1961), el coronel Dax en Senderos de gloria (1957), ese sargento en De aquí a la eternidad (1953)…

Hoy el miedo iba por ese J.J. Hunsecker en Chantaje en Broadway (1957), ese columnista sin escrúpulos, que profesa un amor posesivo por su hermana y es un adicto al “dulce aroma del éxito” (que es el título original de la película en inglés). Hoy me ha dado por verla, después de tenerla en mi casa más de un año, que fue cuando me la prestó un amigo. Peliculón. El cine negro nunca fue tan negro, tan clásico y tan moderno a la vez.


Cómo olvidar su papel en El extraño amor de Martha Ivers (1946), ese coronel de La batalla de las colinas del whisky (1965), el periodista rapaz de El gran carnaval (1951), el arquero de El halcón y la flecha (1950), ese marinerico del ukelele y la foca en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Van Gogh en El loco del pelo rojo (1956), ese pirata en El temible burlón (1952), esclavo/gladiador en Espartaco (1960), su paso por Saturno 3 (1980)… tantísimos papeles, tantos.

La idea de este post me ha venido por partida doble: de un lado, el haber visto la peli de Chantaje en Broadway, como ya he dicho; de otro, acordarme de ese peliculón que fue El gran carnaval, al verla esta mañana muy barata en DVD en el VIPS. Y no la he comprado, que conste en acta: he podido resistir la tentación.

Qué gran actor fue este hombre, ¿verdad? Los Hombres G le dedicaron la portada y el título de su mejor LP (y esos no homenajeaban a cualquiera, ¿eh? Solo a los grandes: Beatles, Jerry Lewis, Stella Stevens…). Para colmo, su legado no se ha extinguido, porque aunque murió en 1994 y sigue vivo, sabido es que es el padre de Michael Douglas.

Cómo olvidar sus papeles de tipo duro, en sus propias palabras “de hijos de puta”. Su distintiva sonrisa y su inmortal hoyuelo. Por no hablar de aquella mítica escena, tórrida en su momento, en que se hacía a Deborah Kerr en una playuqui. O su lucha a favor de Dalton Trumbo en la turbia y vergonzosa época de las “listas negras” del macartismo. Para más INRI, aunque su mera presencia ya llenaba la pantalla, en su época algún genio pensó que molaría ponerlo en pelis dándose la réplica a sí mismo, en plan Bette Midler o Lina Morgan.



Así fue cómo llegaron a gestarse Duelo de titanes (1957), Siete días de mayo (1964) y así hasta cinco títulos en los que el tipo interpretaba dos papeles. Tanto es así que os voy a revelar un secreto. Hay una leyenda urbana muy extendida últimamente con ayuda de Internet que asegura que en realidad se trataba de dos personas diferentes: dos actorazos como la copa de un pino.

martes, 22 de julio de 2008

De feminismo, psicodelia y drojas


Hay un momento de Perdidos en que a Charlie, el rockero drojainómano, le preguntan que cómo es que sabe tanto sobre animales y él responde: “¿Qué te crees que ve uno cuando está colocado?, documentales de naturaleza”. Correcto. A mí me ocurre algo parecido al despertarme, cuando estoy recién levantado. No hace falta que tenga resaca siquiera, va uno así como atontolinado, y en esos momentos lo que se ve por la tele no tiene precio.

Antena 3 es mi refugio en esos momentos, con sus series absurdas para desayunar: la de una niña australiana que no quería crecer, la de las tres sirenicas, la de la hermana de Britney Spears, últimamente la de los dos hermanos uno gordo y otro flaco… De este modo es como he trabado contacto con una de las mayores abominaciones que ha dado el medio televisivo en sus aproximadamente sesenta años de existencia. Me estoy refiriendo a la serie sueca Pippi Calzaslargas (1969).

Ya en cierta ocasión hablé aquí de psicodelia, sin demasiado éxito, pero es que se trata de uno de mis temas favoritos. La serie de Pippi (y sus secuelas, Pippi en Taka-Tuka, etc…) constituye un refinadísimo ejemplo de psicodelia y alteración de los sentidos, el producto de una época si se quiere. Su impacto visual, la bizarría de situaciones y personajes y el innovador montaje así lo atestiguan. Lo gracioso es que la serie Pippi Calzaslargas no es un original sesentero sino la adaptación televisiva de una serie de libros infantiles.

Al parecer, mientras el resto del mundo contenía la respiración con noticias como el ataque a Pearl Harbor, la conquista japonesa de Singapur o la batalla por Leningrado (invierno de 1941), en la neutral Suecia la señora Astrid Lindgren se dedicaba a inventar para su hijita enferma la historia de una chica de nueve años, pecosa y extraordinariamente fuerte. La “creación” –Pippi Långstrumpf, “medias largas”- era una niña aparentemente huérfana que fantaseaba ser hija de una reina de los Mares del Sur y un capitán pirata.


Por si esto fuera poco, la chiquitina vivía sola en una colorista mansión –perdón, sola no: la acompañan sus mascotas: un mono llamado “Mr. Nilsson” y un caballo con sarampión que responde por “Pequeño Tío”. No fingiré que esta serie formó parte integral de mi infancia, a mí me cogió demasiado joven, nunca la vi en su día. Mi primer contacto con el mundo de Pippi fue ver a la chavala, con su traje de retales y sus pelirrojas coletazas hacia arriba, tomando el té con un monito vestido con su camisita y su canesú, al que recriminaba de aquesta guisa: “¡Señor Nilsson, es usted una señorita muy mala!”.

Por poco me caigo de la silla del impacto, si eso no es psicodelia que venga Syd Barrett y lo vea. A lo mejor es que me habían echado droja a mí en el colacao, pero me da que los que habían tomado cositas eran los que hicieron la serie, la propia Astrid Lindgren (perpetradora de los guiones) y el director Olle Hellbom. A esta aventura siguieron otras en las que Pippi iba a una fiesta infantil y les medía el lomo a varios chavalines mayores que ella, otra en que la liaba en una feria (encantador de serpientes incluido), se enrolaba en un barco pirata… en fin, un despropósito detrás de otro. Pero tú lo veías, ¿no, Porerror?: Touché!

Llamadlo morbo, llamadlo fascinación, recordad a Ignatius J. Reilly gritándole a la pantalla de su televisor, pero me resultaba imposible apartar la vista de la pantalla. Leo en una página web sueca que ahora resulta que se reivindica a Pippi Calzaslargas como pionera del movimiento feminista. Claro, claro, y Jesucristo fue el primer marxista, y el León Melquiades de Hannah-Barbera el primer contestatario gay. Prefiero no tomarme tan en serio al personaje, seguir pensando en Pippi como algo lúdico, desprovisto de agenda política o ideológica. Pero tengo que admitir que cuando uno reflexiona, no puede evitar pensar que esta Pippi Calzaslargas critica los vicios de la burguesía (y de las tías pesadas de visita) como solo lo hicieran las obras de teatro de Ionesco o las pelis de Jacques Tati.

lunes, 21 de julio de 2008

¿Cielo azul en Marte?


“Que cuanto place al mundo es breve sueño”
(Francesco Petrarca)


De buen rollazo, hoy no vengo en son de paz. “Vengo buscando pelea”, por hacerle una cita-homenaje a ese rockero sevillano que fue Silvio. Sé que entre los lectores de Estatuas Verdes hay acérrimos defensores de Los Serrano, y sé también que hoy no van a estar contentos. Esta noche no sabía si hablar aquí de Philip K. Dick, de William Shakespeare, de Pedro Calderón de la Barca, de Sigmund Freud o de Martin Luther King, Jr. y me he dicho “pues vamos a hablar de Los Serrano.

Sabéis por dónde voy, ¿no? Os voy a contar una anécdota. Cuando erais pequeños echaban en la tele un culebrón yanqui llamado Dallas (1978-1991), en el que salía un señor muy malo malísimo llamado JR. JR era un magnate del petróleo, aunque con el tiempo descubrimos que lo que le gustaba era la botella de destilado más que los barriles de crudo. Llego a ser tan famoso que hasta Pepe Da Rosa le dedicó una inmortal canción (“Del Cabo de Gata hasta Finisterre, hay que ver la gente cómo está con Jotaerre”).

Pues bien, en esa serie, se daba la circunstancia de que el personaje de Bobby moría atropellado por un coche. Al final de la temporada siguiente, el pavo volvía a parecer vivito y coleando (se ve que volvieron a contratar al actor), nada menos que en la ducha. ¿Cómo solucionar esto? Pues “simplemente” diciendo que TODA la temporada anterior, durante la que Bobby no salía por estar más muerto que Carracuca, había sido un sueño de su mujer. Sabéis por dónde voy, ¿no?


Este truquito de guionista ha pasado a la historia como una de las mayores chapuzas de la historia no ya de la televisión, sino de la narración de historias, junto al momento en que alguien se le ocurrió que un mini-alien verde visitara a Los Picapiedra. En América, de hecho, esto de la “temporada soñada” ha quedado como síntoma proverbial de mala calidad televisiva, y se hizo tan famoso que a lo mejor lo habéis visto referenciado últimamente en Padre de Familia.

No hay embrollo del que no nos puedan sacar las tres mágicas palabras “todo fue un sueño”. Creo recordar que el truquete también hacía las delicias de pequeños y mayores en la peli Desafío Total (1990), con Sharon Stone y Sorsenaguer. Todo fue un sueño, amigos, qué maravilla. Ya sabéis que en este blog no suelo opinar de lo que no conozco de primera mano pero hoy una amiga y lectora me ha contado en qué consistió el tan cacareado “gran final sorpresa” de la serie Los Serrano y por poquito no me cago de la risa.

Todo fue un sueño del Resines, pues vale. No, de eso nada. No lo permitiré. Es cierto que dejé de ver Los Serrano hace varios años, pero las tres primeras temporadas me las zampé religiosamente (o mejor, anticlericalmente: dado el tenor de la serie) y siento que me debéis algo. A todos los espectadores, que os han seguido fielmente durante todo este tiempo. A todas esas criaturitas que fueron a las rebajas de El Corte Inglés porque así se lo decía Fiti, Guille o Teté. A todos los que debimos sufrir en la radio la música de Fran Perea y de Santa Justa Klan.


Empecé con Silvio y con Silvio acabo. El “rockero del elevatore” se hizo inmortal cantando una de Pomus y Shuman con letra bastarda dedicada al Betis. El tema original, “His Latest Flame (Marie’s the Name)” lo cantó en su día don Elvis Presley como nadie (con permiso de Del Shannon). Precisamente Elvis Presley, en su especial de 1968 para la NBC, se fue de Martin Luther King cantando esa monumental barbaridad que algunos llaman canción titulada “If I Can Dream”. Y ya, para rizar el rizo, termino citando a No Me Pises Que Llevo Chanclas: “Despiértame”. Señores guionistas de Los Serrano: nos deben un final digno para la serie, así que pónganse a escribirlo.

domingo, 20 de julio de 2008

Frikada Nui: juegos de guerra


¡Madre mía! ¿Quién se acuerda de aquella peli tan divertida que se titulaba Juegos de guerra (1983)? En ella actuaban Matthew Broderick y Ally Sheedy, eran unos pipiolos, y recuerdo que tuvo un exitazo enorme. Trataba de un chavalín picado de los ordenadores, que mediante un módem (¿un qué?: 1983) se dedicaba a hackear empresas y así, hasta que descubría unos supuestos jueguecitos de guerra y se ponía a jugar del lado de la URSS, cuando lo que en realidad estaba haciendo era desencadenar la III Guerra Mundial, para espanto del Mando de Defensa Aerospacial Norteamericano (NORAD).

“Juegos de guerra” en realidad los hay de muchos tipos, tanto es así que la palabra wargaming se ha convertido en un hobby muy popular entre las capas frikis de la sociedad, y no tan frikis. Bien mirado, el propio ajedrez es un wargame, también el Hundir la flota, el Stratego o el Risk. Los hay más complicadotes, auténticas simulaciones de batallas a muy distintos niveles de detalle. Los hay con figuritas, con fichas de cartón, los hay que van desde una escaramuza a nivel de pelotón hasta recrear la 2ª Guerra Mundial enterita.


Mis favoritos son estos últimos, los de tablero (el típico con una retícula hexagonal) y fichitas de cartón que representan a las unidades de combate. De pequeño tuve dos o tres, y lo flipaba jugando con mi padre o contra amiguetes, aunque siempre perdía. En la actualidad tengo algunos más modernos y molones, bastante más complicados, juego con algunos amigos, y sigo perdiendo. Hasta cuando juego solo pierdo contra mí mismo, pero me da igual, yo me lo paso como los indios.

Esto de jugar solo no es tan raro como parece: la mayoría de los juegos te indican por fuera en sus cajas si son o no apropiados para un solo jugador, ya que tampoco es que este hobby lo comparta todo el mundo, y los juegos no son precisamente baratos como para comprarlos y no estrenarlos siquiera. Confieso que alguno tengo sin estrenar siquiera, dada su complejidad. Hay uno llamado Avance sobre Moscú, del ataque nazi a Rusia en 1941, que es increíblemente largo y complicado de jugar. Tengo otro titulado Operación Caníbal, del control de Birmania (1942-43) entre Japón y el Imperio Británico que promete ser sonado pero todavía no ha visto su bautismo de fuego.

Sí he jugado al Operación Mercurio, del asalto alemán a Creta (1941), también megacomplicado, y al que más he jugado es a mi favorito: El golpe de revés de Von Manstein, sobre una ofensiva alemana en Ucrania a principios de 1943 (como veis, aquí se puede ser todo lo frikanco y específico que uno quiera: hay barcas p’a seguir, que decían Martes y Trece). Yo es que muevo esas fichitas por ese mapa, las pongo adyacentes, tiro los dados y me imagino las columnas de carros, los combates encarnizados… Este juego que os digo de Ucrania es cojonudo: simula aspectos tan detallados como el fanatismo político en ambos bandos (nazi y comunista), los partisanos soviéticos, la superioridad técnica de las SS o el apoyo aéreo y artillero.


Últimamente me ha dado por rescatar del armario el último que me compré, hace dos años. Se llama Extraña derrota y trata de la invasión de Francia (+ Bélgica + Holanda + Luxemburgo) por Alemania en mayo-junio de 1940, incluida la jarilla que recibió la Fuerza Expedicionaria Británica. Se da la circunstancia de que el título de este juego está sacado de un libro del francés Marc Bloch (escrito en 1940 y publicado póstumamente en 1944), historiador de la “Escuela de Annales”, resistente antinazi que fue fusilado por la Gestapo.

El juego es muy bueno por varias razones: es de tamaño reducido, bastante simplificado de reglas sin perder realismo, es muy jugable (quiere decirse que se tarda pocas horas, que los turnos son ágiles y la resolución de los combates no es demasiado farragosa)… el tablero es pequeño y el número de fichas no muy elevado (140, frente a otros con más de 400), baratito de precio… en definitiva, el juego ideal para iniciarse en el hobby. He visto que han sacado en la misma serie de juegos pequeños y manejables otros sobre el desembarco aliado en Sicilia (1943) y la batalla por Malasia y Singapur (1941-42). Será cuestión de mirarlos.

Por jugar a estos juegos he llegado a levantarme temprano los sábados para ir a casa de un amigo donde dejábamos todo el tablero montado para seguir jugando de semana en semana. Ahora mismito tengo en el salón desplegado el Extraña derrota a medio jugar, con una partida que empecé el viernes pasado con otro colega. Probablemente pierda (juego con Alemania, pero ya veréis cómo soy repelido), mas no me importa. ¿Por qué, a pesar de gustarme tanto, seré tan torpe con estos juegos, amigos? A lo mejor es porque mientras muevo las fichitas estoy imaginando las “vanguardias blindadas del Reich” (como decía Borges), no logro concentrarme y se me va el tanque al cielo.

viernes, 18 de julio de 2008

La música, las tiendas, el tinto, las minifaldas



Solo queda una semana para mi acontecimiento del verano: el festival ContemPOPránea. Tal y como se decía en aquel anuncio del turrón de chocolate Suchard, “llevan un año esperándolo”. El año pasado tuve la suerte de acudir por primera vez a este festival de música “independiente” que se celebra en Alburquerque (Badajoz) y la verdad es que me quedé flipado. Lo comentaba el otro día con un amigo y lector, “En nuestra época de universitarios no había estas cosas”. “Sí las había, lo que pasa es que nosotros no íbamos”.

¿Quién era tan indie en 1996 como para plantarse en medio de Extremadura con una tienda de campaña e ir a ver a la buena vida, o quien quiera que actuasen allí ese año? Plantarse en medio de la provincia de Castellón con una tienda de campaña, eso era distinto. Pero el ContemPOPránea… demasiado nivel, dude.

Como decía, el año pasado tuve la suerte de ir, y cual si de los títulos de crédito de una peli de James Bond se tratase, nada más terminar me juré a mí mismo que volvería el año próximo. El cartel de esta edición (la treceava, que diría el ex ministro Narcís Serra) la verdad es que mete miedo: Teenage Fanclub, Camera Obscura, Emma Pollock (ex de Delgados), Deluxe, Lori Meyers, Sidonie, La Casa Azul, Lagartija Nick, Niños Mutantes, Facto Delafé, Tachenko, LKan, Deneuve, Montevideo, Germán Coppini & Maga…

Si no os mola la música pop indie, la lista anterior igual no os dice nada. Bueno, pues lo traduciré a dos idiomas. Idioma 1: Casillas, Puyol, Sergio Ramos, Fábregas, Iniesta, Güiza, Marcos Senna, David Villa, Fernando Torres… Idioma 2: José Tomás, El Juli, Sebastián Castella, El Cid, Javier Conde, Morante de la Puebla… Especial Idioma 3 para ese lector “anónimo” que siempre escribe todo en mayúsculas: Luke Skywalker, Han Solo, Ojos de Serpiente, Sombra, Optimus Prime, Tintín, el Capitán Haddock, la 101 División Aerotransportada…

El finde que viene estaré en el festival, así que no podré escribir durante un par de días, pero esperad con ilusión los posts de la semana siguiente porque serán buenos, o al menos jugosos. Para ir abriendo boca, os dejo con un TOP 10 “Momentos ContemPOPránea 2007” que me dejaron marcado. Espero que este año la cosa sea igual o mejor.


1. La pandilla con la camiseta que decía “Yo no quiero más tinto con Casera, lo que quiero es comerme a una popera”.

2. J (el de Los Planetas y Solynieve) despotricando en la radio contra la sucia música imperialista yanqui para que el locutor lo pusiera acto seguido versionando a The Byrds.

3. Los modernos con su (pen)último complemento de adorno: un
click de Famobil pegado con un imperdible.

4. El pavo con la camiseta que decía “Ninguna de vosotras es más guapa que Amélie”.

5. La emisión en directo del programa Disco Grande de
Radio 3 (ver n.2). A una chavala se le cayó un altavoz en toda la chorla y Julio Ruiz ni se inmutó (“Me eshtabash diciendo, Jota…”).

6. El tipo que iba a la piscina municipal vistiendo únicamente bañador y corbata (como dirían los Arctic Monkeys, “¡Hasta luego, innovador!”).

7. La estampa de toda la Modernidad ahíta de Cruzcampo y paella bajo el toldo de un chiringuito, eso sí, con Los Planetas sonando de fondo.

8. La reacción de 4.000 personas cuando el DJ ContemPOPráneo pinchó “No hay nada más triste que lo tuyo” de Hidrogenesse (con su inmortal frase “no hay nada más triste que los caballitos poni”).

9. El nota del stand de la compañía Elefant Records diciéndole al de al lado “¡Qué coñazo este grupo, no?” durante la actuación de Los Planetas.

10. Deluxe arrancándose por Juan y Junior con su emocionante versión de “Tres días”.

Y alguno dirá, “Porerror, si tan risible te resulta ese mundillo poppy, ¿cómo es que te dejas ver por allí?” Buena pregunta, igual que había quien decía que compraba el Playboy por los reportajes, os diré que yo voy a estos festivales “por la música”. Y en esta semana de homenajes terminaré como empecé (en el título), parafraseando al grupo La Costa Brava: adoro a los indies de mi país.

jueves, 17 de julio de 2008

Yo te maldigo, trikini

Fig.1: Asín, no.

Triste, triste, triste, amigos. Ahora mismo se están revolviendo en sus respectivas tumbas culturales Brian Hyland (el de “amarillo era el biquini”), Brigitte Bardot, Ursula Andress, Raquel Welch, Phoebe Cates y los Hombres G (los de Historia del bikini, 1992). Un verano más, los medios de comunicación nos la intentan colar doblada. “Sí, sí, la última moda: el trikini”. Yo no sé a qué playa irán Matías Prats o Lorenzo Milá, pero en las que yo frecuento afortunadamente todavía no se ha visto ninguno.

¿Que no quiere usted enseñar carne? Me parece perfecto. Póngase un bañador normal, tipo maillot, o lo que sea. Pero señores periodistas y diseñadores de moda, no nos vengan con la fantasía de que el trikini es la prenda de moda porque además resulta supercómoda y supersexy. Sobre lo primero no tengo opinión, pero lo intuyo. Aparte que ríase usted de la que con un trikini de esos pretenda conseguir un bronceado uniforme. Sobre lo segundo…

Digámoslo ya y digámoslo bien alto. EL TRIKINI NO MOLA. No les mola a los tíos, por lo menos. Debió inventarlo algún ciego (con todo el respeto) o algún espabilado tratante de telas que no sabía qué hacer con los excedentes. El trikini, amigos, pertenece a esa categoría de prendas “pupita” o antilíbido como son los zapatos tipo bailarina o las bragas color carne de la abuelita. ¡NO! Unamos nuestras voces en un “no” rotundo a esta atrocidad que algunos llaman vanguardia.

A veces me gusta imaginar el momento genial de la invención del trikini. Me imagino a algún lumbreras de la moda pensando “Mmmmm… si el bikini resulta tan atractivo y seductor porque deja al aire gran parte de la epidermis, ¡mejorémoslo tapando la zona del ombligo!” ¿Sabéis si existe un Premio Nobel de la Moda de Baño?

Fig.2: Asín, sí.

Pobre Paquito Martínez Soria, ¡con lo que él disfrutaba en sus películas diciendo eso de “mozas en biquinini”! Toda esta tradición barrida de un plumazo. La revista Sports Illustrated, a la quiebra. El enano en bikini que hace de reportero en South Park… tampoco serviría ya. Si los granujas de la prensa se saliesen con la suya… Es curioso que hasta la Wikipedia advierta sobre el maldito trikini: “Aunque se promociona en los medios de comunicación como una prenda de moda, no es un prenda demasiado habitual”. ¿Hace falta añadir algo más?

Todo este post y esta indignación me han venido a la cabeza después de esta tarde. Dos amigas me han invitado a ir a sus respectivas piscinas el lunes por la tarde, y –por hacerme el gracioso- les he dicho que me daba mucha vergüenza que me vieran en biquini. Entonces he recordado cómo hará un mes iba por la calle con estas mismas amigas y en el escaparate de una tienda vimos ese engendro apodado trikini. Mis amigas tampoco son partidarias, vaya por delante este voto de calidad femenino.

Lo único guay del trikini es la palabra, derivada espuria de biquini (o bikini). Ya sabéis que el término bikini surgió, como la prenda moderna, en 1946 a raíz de las pruebas nucleares que los yanquis llevaron a cabo en el Atolón de Bikini, una de las Islas Marshall. Se suponía que la conmoción sociocultural (y el palotismo) que iba a producir la nueva prenda era comparable al de las explosiones nucleares. Con el tiempo alguien debió pensar que había una conexión entre la sílaba “bi”, el prefijo “bi-” y el hecho de que el susodicho fuese un bañador de dos piezas. Curioso, ¿no? De ahí “trikini”, “monokini” y lo que queramos.

Yo te maldigo, trikini. Personalmente, dedicaré toda mis energías a una empresa tan absurda y fútil como la cruzada contra el bañador de tres piezas (ni siquiera son tres de verdad, si es que es estúpido hasta el concepto). Parafraseando lo que Winston Churchill (ese cínico Premio Nobel de Literatura) les dijo a los alemanes, “te combatiré en las playas”. Nunca alguien se indignó tanto por tan poca tela.

miércoles, 16 de julio de 2008

Televisión: mondo bizarro



A menudo me pregunta la gente: “Porerror, ¿cómo puedes ver tanta tele?” Yo indefectiblemente les contesto: “¿Cómo podría NO verla?”

Y es que la tele, amigos, además de un entretenimiento de primer orden (lo siento, yo soy así, me divierte ver la tele, no soy como esa gente que te dicen que no tienen en su casa aparato de televisión y te miran raro de arriba a abajo) para mí supone una fuente inagotable de información cultural. Y de gratis. Ya se ha discutido aquí sobre la importancia actual de la cultura “baja” o “popular”, y se me antoja que en la tele hallamos su expresión más refinada. Nada ha educado (y democratizado, digámoslo) tanto a las masas como un buen anuncio de TV que te enseña a lo mejor a lavarte los dientes, a ponerte condón o a comprarte determinada marca de detergente.

Y ya del efecto “nivelador” (a la baja si queréis) de espacios como Gran Hermano ni hablamos: ¿cómo olvidar a esa Mercedes Milá en la primera edición del concurso asegurando que nos encontrábamos ante un experimento sociológico? Amigos, he ido a primeras comuniones donde la Sagrada Forma (vulgo hostia) tenía el tamaño aproximado de una rueda de molino, pero nunca he llegado a ver nada como lo que ese día la Milá soltó por esa boca. Luego resultó que la buena mujer tenía razón: aquello era de verdad un evento de mérito social digno de estudio; lo que nadie nos advirtió en aquel momento era que las cobayas del experimento éramos nosotros y no los “habitantes de la casa”.

Hoy me pasa el buen Grillo Solitario un link de mucho mérito sobre la televisión ¿antigua? No tan antigua. Pinchad el enlace, veréis que son barbaridades, la mayoría graciosas y musicales, que basan su comicidad en cosas que hoy nos parecerían horrendas. Y nos hacían gracia, y no pasaba nada. ¿O sí pasaba? Según el actual gobierno sí pasaba y por eso nos adentramos de lleno cada vez más en la corrección política. Esto no es solo cosa del gobierno, ¿eh? Hay muchísima gente que en la actualidad piensa así. Mi propósito no es otro que el de ofenderlos a todos: el resto, seguid leyendo.


La bizarría en grado sumo nos acecha agazapada desde cualquier canal de televisión, sea en abierto, la TDT, por cable o vía satélite. Nadie se salva de este atroz y fascinante gazpacho de imagen y sonido que, a falta de otra etiqueta, designamos mediante el aparato por el que nos es dado: televisión. ¿Os imagináis que a una pizza la llamásemos “jovenzuelo en moto”? Televisión puede ser una final de Wimbledon o de la Eurocopa, un concierto de Shakira, una misa, un reality de cantar, una peli de Ingmar Bergman, la vida de las gacelas o una operación a corazón abierto. Anteanoche y hoy, para mí, “televisión” han sido cosas muy grandes.

El lunes por la noche Antena 3 anunció a bombo y platillo el regreso de uno de sus concursetes, ¿Sabes más que un niño de primaria? Hasta ahí, todo normal. Zapeando compruebo que también echan Identity, bizarrísimo concurso que ejerce sobre mí el atractivo de la sugestión, lo confieso. Para evitar caer en su maléfico influjo opto por Niño de primaria, algo más neutro, y tras unos minutos no puedo por menos que fijarme en las gracejadas continuas de un concursante-caricato que al parecer tenía el firme propósito de quitarle el puesto a Ramón García al frente del espacio. Rara vez se contempló concursante más echao p’alante (cuando suelen ser tímidos y apocados, y en la tele el más lanzado trócase en cortadito).

Rara vez tal panoplia de chistazos, chascarrillos, histrionadas, frases ocurrentes… de la mano del concursante. Mi novia es testigo de que anonadado exploté: “El nota ese, ¿no será un actor? Es imposible que alguien se las dé tan de listo”. La traca final vino cuando, impelido por su esposa (otra Katherine Hepburn nata) suplicante a que se plantara, el pavo nos espetó al respetable una soflama sobre la necesaria (según él) rebelión de los maridos españoles frente a sus bravas mujeres. Y siguió concursando, con dos cojones españoles.

Aburrido del previsible espectáculo, me disponía a ver otro(s diez) capítulo(s) de Perdidos cuando la mano se posa en el mando, sale la TVE1 y a quién no veo en Identity concursando sino al mismo pavo de las gracejadas, haciendo exactamente los mismos chistes y con la mismita actitud tronchante… con el agravante de que en Identity no hay pupitre que ponga freno a su expresión corporal. Citando a Héroes del Silencio, “siempre es la misma función, el mismo espectador”. La comedia estaba servida al completo: ¡hasta la esposa prudente se hallaba en el plató dotando al maromo de apoyo psicológico (y de chistes cuando a este se le acababan, atended, ¡que hicieron el número cómico de hablar todo con la “p”, hapablarpa topodopo conpo lapa pepe!).


¿Cómo no voy a ver la tele? Si hoy, por ejemplo, he visto un documental –por lo demás, bastante interesante- sobre el underground sevillano (Underground: La ciudad del arco iris, 2003) en el que me he enterado de que Julio Matito, el carismático líder de Smash, llegó a grabar en 1974 un LP titulado PSOE, con dinero del partido (entonces clandestino), en el que cantaba entre otras cosas que había que matar a los burgueses con pistola. Y no, amigos, no era un programa de humor (lo sé porque también salía hablando gente respetable como Alfonso Guerra o radiotreseros como Diego Manrique –gurú de este blog- o Jesús Ordovás). La radio mola, pero a mí, qué queréis que os diga, dadme una buena tele y veréis cómo me entretengo yo solito.

martes, 15 de julio de 2008

Todo el mundo estaba haciendo kung fu


A veces tengo pesadillas tras las que me despierto sudoroso y (por homenajear a Chris Peterson) cubierto de microinsectos. En mis sueños veo episodios de Hong Kong Phooey, esa aburridísima serie de dibujos de Hannah-Barbera que se realizó entre 1974 y 1976 y que algunas televisiones insisten en reponer. Ver la serie tenía aproximadamente la misma gracia que contemplar durante media hora un vaso de agua, con el agravante de las molestísimas voces del doblaje no recuerdo si mejicano o sudamericano en general que nos teníamos que tragar (vaya por delante que soy un amante de la cultura hispanoamericana: no de la yanqui reciclada south of the border).

No viví los primeros setenta, una época tan contradictoria en lo que a cultura popular se refiere, que nos ha legado joyas como el glam rock o el cine de Scorsese/Coppola y espantos como la moda del kung fu. Hong Kong Phooey el pobre solo era un producto de exploitation de un fenómeno que ya de por sí era de exploitation: las pelis de chinos. En 1974 Bruce Lee (ese chino nacido en San Francisco y fallecido en Hong Kong) puso pie en pared con Operación Dragón, película que marcó una época en las fantasías de la juventud de medio mundo. No menos seminal resultó la serie televisiva Kung Fu (1972-1975, con su secuela entre 1993 y 1997), starring David Carradine. Esta serie pasará a la historia, como mínimo, por habernos dado el término “Pequeño Saltamontes” para referirse a un aprendiz y por haber dado a Chiquito de la Calzada la expresión “andar más que kongfú”.

Por lo visto a todo el mundo le dio por hacer kung fu, y sus academias prosperaron como setas. Yo, que soy más de los ochenta (como The Coca-Cola Company se encarga de recordarme en sus nuevos anuncios), recuerdo algo parecido en esa fiebre del karate que a todo el mundo le entró al ver la inmortal película Karate Kid (1984). De la popularización del kung fu debió sacar Carl Douglas (un jamaicano afincado en Londres) la idea para su bizarro tema (disco? funky? reggae? pop?) “Kung Fu Fighting”, número uno a ambos lados del atlántico precisamente en 1974. Al parecer el pavo necesitaba una cara-B, la escribió en diez minutos… lo de siempre: al final exitazo y más de 9 millones de singles vendidos. Luego esta canción ha devenido en clásico merced a aparecer en chorrocientas películas y a sus incontables versiones, desde Carlos Jean a Tom Jones, pasando por Jive Bunny & The Mastermixers.


La última de estas versiones nos la ha traído en bandeja el enorme Jack Black, para la banda sonora de la película de animación Kung Fu Panda (2008). El sábado por la noche vi Kill Bill Vol.II (2004) -starring David Carradine- de Tarantonio, y aun a riesgo de sufrir una sobredosis de artes marciales, el domingo acudí a ver Kung Fu Panda. La verdad es que fui tranquilo, a los Señores del Cine de mi ciudad se les ha ocurrido la genialoide idea de programar en V.O. ciertas pelis no tan alternativas (no solo de Kim Ki-duk vive el espectador), y gracias a eso pude ver en inglés una peli de dibujos con las voces de Jack Black, Dustin Hoffman, Angelina Jolie, Lucy Liu y Jackie Chan, entre otros.

La historia de la peli es simple: un oso panda gordo e inútil es un emocionado del kung fu, y en estas en su pueblo debe elegirse a un místico guerrero kung fu que deberá cumplir un destino milenario y salvar a toda la población. ¿Adivináis quién es el “Elegido”? La trama es lo de menos, aquí lo que importa como siempre son los puntos cómicos y un poquitín la moraleja final. Los golpes de humor vienen casi todos de la inadecuación física del personaje protagonista a la rigurosa disciplina de un arte marcial como el kung fu. No en vano –leemos en Wikipedia- “kung fu” significa en chino “logro mediante un gran esfuerzo” (y no exclusivamente en artes marciales). El entrenamiento del panda es lo más gracioso, tanto que se me queda corto. La peli en sí en cortita, lo cual tampoco es malo porque te deja con buen sabor de boca.

En cierto sentido me encantó la película, porque el protagonista comienza siendo un panda gordo, inútil, que no sabe nada de kung fu para convertirse en un panda gordo, inútil, que sabe un poquito de kung fu. Nada del cuento del Patito Feo aquí, nada de moralejas de que hay que adelgazar o que “la belleza está en el interior”. La única moraleja es creer en uno mismo, y pienso que eso nunca es un mal consejo.

lunes, 14 de julio de 2008

Sergio Algora (1969-2008), in memoriam


En Estatuas Verdes estamos de luto. El motivo es la desaparición de una persona a la que no conocía de cerca pero con la que sí tuve ocasión de conversar. Me refiero a Sergio Algora (1969-2008). Falleció el pasado 9 de julio, yo solo me enteré el viernes por la noche, y cuando me lo dijeron no me lo podía creer.

“Ha muerto el de El Niño Gusano”. “¿Pero qué dices, insensato?” –me entraron ganas de contestar. Pero aunque no quería creérmelo, en el fondo sabía que era verdad. Una persona tan joven, de 39 años. Nos hemos enterado por el blog de Fran Fernández (su compi en La Costa Brava) de que andaba mal del corazón. Nada de lo que escriba podrá siquiera acercarse a expresar la importancia de las canciones de este hombre en mi gusto por la música en español. Me gustaría plagiar uno de los obituarios que hemos leído en estos días, que decía: “Ha muerto Sergio Algora. Harían falta muchos más”.

No quedan ni dos semanas para el festival Contempopránea 2008, yo ya estoy preparando el equipaje. Parece que fue ayer cuando vi a Sergio en el Contempopránea 2007 actuando con La Costa Brava. Cuando terminó, se bajó del escenario para ver el concierto de Sr. Chinarro y estuvo allí, entre el público, entre nosotros. Parece que fue anteayer cuando en febrero de 1999 lo vi en la gira “Tráteme de usted” al frente de El Niño Gusano. Al día siguiente yo tenía un examen de la carrera, siempre pensé que la música de El Niño Gusano me ayudó a aprobarlo con Matricula de Honor.


Cuatro años antes leía acerca de este extraño grupo en la Gaceta Universitaria (¿os acordáis?). En 1996 escuché por primera vez “Pon tu mente al sol” y pensé que nada sería igual en el pop español. Años después está claro que pocos grupos han resultado tan influyentes en el indie patrio (Family si acaso, y los soporíferos Planetas). Reconozco que no llegué a escuchar al grupo Muy Poca Gente, que Sergio montó tras la disolución de los Gusanos. Pero La Costa Brava… son punto y aparte.

No he querido hacer un obituario al uso de Sergio Algora. Si no lo conocíais, o si queréis conocer el título de sus libros (prosa, poesía y teatro) hay miles de sitios donde podéis consultar. Para mí Sergio es el tipo que escribía esas canciones surrealistas, esas letras tan raras que tanto nos hacían pensar. Lo recuerdo acodado en una barra firmándome un CD de La Costa Brava y contándome que en poco tiempo Grabaciones en el Mar iba a reeditar sus tres primeros trabajos. Lo recuerdo desgañitándose encima de un escenario cantando “ya tengo listo un traje nuevo para mi corazón”.


Sergio ya no está con nosotros, se ha ido al cielo a enseñarle a Jesucristo a cantar “La Marsellesa”. Dice Fran Fernández en su blog que Sergio solía bromear con que eran soldados en el Desembarco de Normandía. ¡Qué metáfora tan certera! Tú eras el capitán, Sergio, el que nos gritaba que nos quería masticar. Gracias a ti sabemos que “somos verdaderos gigantes” y que “cada segundo es una primera vez”. Nos has dejado el regalo más bonito: tus palabras envueltas en música. Descanse en paz.

viernes, 11 de julio de 2008

Retorno a Cosica


"He cruzado el desierto en un caballo sin nombre".
(America)

¿Lágrimas? No: legañas. Algo que se acumulaba en los ojos de Porerror no le dejaba ver bien pero él sabía claramente que de su certera vista dependía la conducción y –en último término- el buen suceso de la empresa que aquella mañana había acometido. Se frotó los ojos y pisó el acelerador, como en esa canción de los Beatles. La línea del horizonte le devolvió su reflejo y un puntito de luz, que pronto se convirtió en un peligroso cartel: una flecha de dirección. “Cuenca minera”. No había más indicaciones, ni de topónimos ni de distancias. Porerror sabía que al salir de aquella rotonda estaba abandonando la civilización.

La dieta musical que se había permitido no era estricta: Family, Jacob Golden… pero a partir de ese momento Porerror comprendió que ya solo valían dos tipos de canciones: las de jazz y las que tenían distorsión. Sonny Clark y los Black Crowes le fueron marcando el camino. La leyenda contaba que más allá del gran-pueblo-donde-se-come-buen-pescado-frito, incluso más allá del pequeño-pueblo-de-la-fábrica-de-botas, una angosta carretera flanqueada por eucaliptos serpenteaba hasta el destino final: Cosica.

El pueblo de Cosica era un asunto simple: un blanco caserío y una iglesia renacentista que se cae a pedazos. También había cuatro o cinco bares, dos farmacias, un hostal, una gasolinera, un supermercado… todo muy pintoresco para ir de visita. El problema –si de tal podía tildarse- era que Porerror no estaba allí de paso: pretendía quedarse a vivir. No era la primera ocasión en que nuestro hombre hollaba las calles de Cosica, hacía poco más de tres semanas que se había aventurado por primera vez, una previa toma de contacto, una medición del terreno. Dice una leyenda que hay que medir Cosica antes de que ella te mida a ti el lomo.


Lo primero que le sorprendió al llegar al pueblo fue que era día de mercado. Lo segundo, que no había Museo del Queso. La vida en Cosica iba a ser más dura de lo que le habían pintado antiguos supervivientes. Una amable lugareña vestida de blanco se lo confirmaba minutos más tarde: “Aquí se vive muuuuuuy tranquilo, nunca pasa nada. Te pondrás Internet, ¿no? Espero que te guste leer o escribir…” Porerror estuvo a punto de comentarle que llevaba unos meses escribiendo un blog, pero el viento ya se había llevado a la señora. Un parpadeo podía durar meses en Cosica, lo malo es que cada segundo pesaba como un año.

Porerror se adentró en las calles principales del pueblo, y no dejó de constatar un hecho curioso: la mitad de sus habitantes se desplazaba en ciclomotor, la otra mitad en caballo. Pese a ser un forastero, Porerror encontró que todo el mundo le saludaba, “Igualito que en Inglaterra” –pensó. Avanzó hasta donde sabía que se encontraba su lugar de trabajo. Él había vuelto a Cosica en busca de un techo, de un sitio donde quedarse, pero no pudo resistirse a mirar cara a cara –una vez más- el edificio donde iría a ganarse el pan. “Allí más abajo, donde se pierde la carretera, están construyendo un polideportivo” –la mujer de blanco había vuelto a materializarse a su lado. “Ah, qué bien, qué interesante” –alcanzó Porerror a replicar, por toda respuesta.

El sol se encontraba en su cénit veraniego cuando Porerror decidió salir del pueblo. La broma había durado ya bastante. Años le quedaban por delante para hacerse con Cosica, sus calles, sus casas, su gente, sus ovejas. A la salida del pueblo volvió la vista hacia atrás desafiante (se había jurado que lo iba a hacer). Se acordó de la novela Papá Goriot (1834) de Balzac, de la escena en la que el joven Rastignac contempla la estampa de Paris que tiene ante sí y exclama: “¡Nos veremos las caras!” A Porerror, en todo momento más humilde y pragmático, solo se le oyó musitar: “Vámonos a la playa”.

jueves, 10 de julio de 2008

Fardando con Sonny Clark


No me gusta repetirme con los temas en Estatuas Verdes, así que como anteayer se habló aquí del concierto de Bob Dylan y ayer de Operación Triunfo, hoy en cambio toca escribir sobre música.

No entiendo mucho de jazz, de hecho no entiendo nada, pero el poquísimo criterio que he podido llegar a tener me ha venido de la manera que considero más bonita: escuchando la música. Nunca he leído un libro sobre el tema ni me he documentado más allá de saciar la curiosidad que me despiertan las grabaciones que he ido descubriendo. Por ejemplo, a veces escucho algún tema de jazz que me gusta especialmente y digo “este es el estilo que me mola”. Va uno diciendo me gusta esto, y esto, y esto, y esto… cuando me quise dar cuenta daba la “casualidad” de que todo lo que me gustaba pertenecía al subestilo de jazz llamado hard-bop.

Leemos en All Music Guide que en el hard bop las melodías son sencillas, tienen “soul”, que hay influencia del gospel y que los pianistas y saxofonistas suelen sonar como si conocieran bien el rhythm and blues. Visto esto ya no es casualidad que me guste tanto: el hard bop (que además se desarrolló entre 1955 y 1970) es, dentro del jazz, lo más parecido al soul y al rock and roll. Cuando hablamos de hard bop estamos hablando de Miles Davis, John Coltrane, Sonny Rollins, Wes Montgomery, Art Blakey, Cannonball Adderley, Herbie Hancock, Horace Silver… casi nadie. Esta gente tienen cada uno más discos que la Pantoja y Manolo Escobar sumados (un disco de jazz se podía grabar en un día, así que calculad) pero todos en algún momento practicaron este estilo.


Otro nombre inmortal asociado al hard-bop es el de Rudy Van Gelder, ingeniero de sonido desde sus estudios de New Jersey, en Hackensack primero y en Englewood Cliffs finalmente. Para que os hagáis una idea, este joven (óptico de carrera y profesión) es el responsable de la grabación de prácticamente todos los discos de jazz de los sellos Blue Note, Prestige, Verve e Impulse! durante los años 50 y 60. A él le debemos haber captado con sus micros lo mejor de la obra de Miles Davies o de John Coltrane. Dicen los entendidos que el “sonido Van Gelder” se caracteriza por poder apreciarse claramente todos los instrumentos por separado. Doctores tiene la Iglesia…

Con estas coordenadas de hard-bop y Rudy Van Gelder me topo en una tienda con un disco de jazz muy rebajado. Me suena la portada, la habré visto en alguna lista antológica de cositas que hay que escuchar, aunque no reconozco a los músicos. El disco se llama Cool Struttin’ (1958) y está acreditado a Sonny Clark (piano), aunque también el trompetista, saxo alto, bajista y batería son auténticas lumbreras de la época (no pongo aquí la lista para no resultar tedioso pero la sección rítmica es la misma del Quinteto de Miles Davies).

En pocas (y no cualificadas) palabras: la música de Cool Struttin’ es maravillosa. El disco original son cuatro temas (tres de Clark, uno de Miles Davies), enriquecidos en esta reedición en CD con dos Bonus Tracks. A pesar de durar todos más de ocho minutos me sumerjo en ellos de un modo muy distinto a como lo haría con una canción pop-rock. Los temas largos me aburren soberanamente, los instrumentales también. La música clásica la trabajo poco por idénticos motivos (sé que es una incultura por mi parte)… entonces, ¿por qué me hacen sentir tan vivo estos temazos de jazz?


Las piezas de Cool Struttin’ están basadas en el blues (lo leo en el folleto, yo no sería capaz de darme cuenta). Me encanta leer las críticas de los entendidos, dicen cosas estupendas sobre los cuatros, los ochos, los acordes menores… no sé lo que significan pero sí sé que son los ingredientes mágicos que conforman una música que no te puede dejar indiferente. El título Cool Struttin’ podría traducirse por “pavoneo guay” o la paradoja “fardar sin dárselas de nada”. ¿Seré tan impresionista como para caer en el topicazo y decir que eso es exactamente lo que te hace sentir la música del disco, que te conquista sin darle importancia? Pues sí, está noche lo seré.
 
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