Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

lunes, 29 de junio de 2009

Contra la palabra


“Las palabras hacen trampa/ nunca creo en lo que nombran las palabras”
(Fito Páez)




Nunca había hecho algo así en Estatuas Verdes, pero hoy me siento impelido (compelled: ¿se dice así en vuestro idioma?). Llevaba varias semanas tratando de darle forma a un tema y ha sido al leer el último post de Daniel Ruiz García cuando me he dado cuenta de lo que de verdad quería hacer. Nada más lejos de mi intención que refutar tus ideas; aunque quisiera, hoy no tengo fuerzas para eso. Pero en cierto modo sí quiero contestarte, Daniel, con una carta abierta. Lo que me mueve es el objeto de tu post, la palabra, las palabras: injuriar a la palabra.

La palabra es un engaño que puede ser hermoso, es como una planta carnívora, como un pez venenoso de atractivos colores. Por eso fascina tanto y es tan poderosa, pero de igual modo nos atrapa y nos puede dejar en el sitio, si no tenemos cuidado. Yo también, querido Daniel, me gano la vida gracias a la palabra (mientras no se demuestre lo contrario). De lo que no cabe duda es de que todo lo que he conseguido en la vida ha sido a través de la palabra, de las palabras, de mi parla o mi soltura al redactar, también mis fracasos, que mi tiempo y mi dinero me han costado. Por eso sé de lo que hablo.


La palabra –el lenguaje- es un bonito invento que nos hemos dado los seres humanos, extremadamente útil, hay quien te dirá que tan innato que de ahí surgen todos nuestros pensamientos posteriores, lo cual siempre he considerado una soberana gilipollez. Pero la mayoría de la gente lo cree así, ergo… Tú sabes que la principal capacidad de la palabra humana es que nos permite mentir, decir lo que no es, y eso es lo que nos distingue de los animales. La palabra, “la bella, la traidora” (que diría Javier Krahe) es eso que nos permite decir cosas como “unicornio” o “el actual rey de Francia” y quedarnos tan tranquilos.

Pero bien mirada, la palabra no es nada, no lleva implícita la esencia de la cosa, es solo una maldita imagen acústica tras un concepto, y dicen que un signo. Ya no se puede creer en Platón, ni en tantos que vieron en la palabra la verdadera verdad de las cosas. La palabra engaña, miente, hasta cuando pretendemos que diga la verdad. Las palabras, para empezar, ¡de qué cojones estamos hablando? Sonidos, fonemas, letras, me niego a diseccionarlas una vez más bajo un microscopio absurdo de teorías, de eso ya tuve bastante en mi sospechosa formación universitaria.


En español existe la “palabra de honor”, pero también es sabido que “las palabras se las lleva el viento”. La retórica de las palabras nos ha llevado a las mayores aberraciones, no hace falta remontarse a Auschwitz o al Gulag, basta con abrir cualquier mañana un diario cualquiera de nuestra prensa, y de eso sabes tú más que yo, Daniel. A diario hay ejércitos de personas encargadas de maquillar las palabras, de crear unas nuevas, miembras, de intentar que otras desaparezcan, pero ellas se ríen, en nuestros cerebros, no en los diccionarios, desde luego, no es allí donde viven. Ni en las circulares de los políticos, ni en los libros de estilo. Viven en nuestras mentes, y si acaso, de modo fugaz, en nuestros labios.

Dice el buen Fito Páez que las palabras “son el arma con la que te doy consuelo” y también “el cuchillo que te hundo en el pellejo”. Yo hasta hace poco creía de verdad en la inocencia del lenguaje, pensaba que las hijadeputas eran no las palabras sino las personas que las pronunciaban, pero ya no estoy seguro. Ahora me inclino más a pensar que hay algo intrínsecamente malo, mágico pero malo en las simples palabras. Lo que es seguro es que en ellas no podemos confiar. De ahí refranes como “del dicho al hecho media un trecho” o “haz lo que bien digo y no lo que mal hago”. Las palabras hacen muchísimo daño.


Yo te puedo decir A y estoy pensando B, pero es que a lo mejor a otro sobre el mismo tema le acabo de decir C y en mi fuero interno yo sé que es D. Vale, el engaño está en la voluntad de la persona, pero son las palabritas las que te lo sirven en bandeja de plata, con su bonito envoltorio. Cuídate de las palabras, querido Daniel, de todas, también de estas mías. No des nada por sentado y escruta siempre cualquier mensaje que te llegue en forma de lenguaje. A lo mejor un color, un perfume o una melodía no son tan mentirosos, no sabría decirte porque no entiendo de esos temas.

El drama de las personas a las que, como nosotros, las palabras nos dan de comer es que andamos atrapados en su puta telaraña, estamos presos, yo ahora muerdo la mano que me alimenta pero no hay desgarro posible de este entramado, hasta para cagarme en ellas he de valerme de palabras. A veces soy consciente de esto (es como asomarse a un abismo muy frío) y me entran auténticas ganas de llorar. Soy un soldado de la red mafiosa de las palabras, un simple peón en su juego. Tú a lo mejor has llegado a lugarteniente, Daniel, pero no te confíes. En cualquier momento, como en una película de Coppola, la palabra más querida te puede dar un balazo por la espalda. Cuídate.

sábado, 27 de junio de 2009

Transformers 2: nuestros amigos secretos del espacio


Ahora que estamos recordando a Michael Jackson conviene recordar aquel monumento a la bizarría que constituyó el vídeoclip de 1992 para su tema “Remember the Time”. El vídeo, de tema egipcio, era un verdadero cortometraje de más de nueve minutos dirigido por John Singleton y en el que actuaban, amén de Jackson, nada menos que Eddie Murphy, Magic Johnson y la modelo Iman. El tratamiento que del Antiguo Egipto se hacía era tan hollywoodiense que visto hoy (y hace un mes estuve en una boda donde lo proyectaron 8 veces!), nos hace añorar el rigor histórico de las cajas nilóticas de Playmobil. Esto era lo más desfachatoso que se había rodado sobre Egipto hasta que…


Sin más rodeos, amigos, ayer fui a ver Transformers 2 (2009). Dejad de gritarme. La verdad es que los Transformers fueron uno de los puntales jugueteros de mi infancia, tanto los muñequicos como los tebeos. Y ahora estas pelis que han hecho… su “moderna estética” (por citar a Machado) me echa un poco para atrás, los roboles de ahora son mucho más chiripitifláuticos que los de mi época, meros acúmulos de cubos, cilindros y prismas cuadrangulares, de colores chillones. Los nuevos Transformers son una especie de robots cromados infinitamente más proteicos, más multiformes, entiendo que más chulos, salvo porque no son los de mi época. Pero siguen siendo los Transformers y además en la peli sale Megan Fox, need I say more?

El autor de la peli es Michael Bay (el de Bad Boys, The Rock, Armageddon o Pearl Harbor), como se ve por su curriculum especialista en pelis de acción. Pienso que con Transformers 2 el buen Bay ha intentado hacer la última peli de acción. “Última” en el sentido inglés de ultimate (definitiva), pero también será la postrera porque verdaderamente después de esta me da que ya no quedan en el mundo coches, excavadoras, aviones, carros de combate, helicópteros, hovercrafts, submarinos ni portaaviones que destruir en la pantalla grande. Como me dice un colega, a partir de ahora, cualquiera que quiera hacer una peli de acción espectacular tendrá que tener un ojo puesto en Transformers 2.


Y lo fascinante de esta peli exagerada, abrumadora, que Fotogramas ha calificado de “la hipérbole de la hipérbole” es que resulta que no se agota en el género de acción, sino que aglutina homenajes a otros, lo cual resulta bastante refrescante dentro del exceso continuado. Vemos así retazos de peli universitaria, comediota familiar, peli con mascota, aventura gráfica à la Indiana Jones, intriga, cine de catástrofes, hazañas bélicas… Esto es posible gracias a unos secundarios de muchísima risa, como son John Turturro, el coche-robot Bumblebee, la madre del protagonista y su roommate hispano, que pese a que lo hacen muy bien no tengo ganas de mirar cómo se llaman.

Obviando el injurión de que Bumblebee es un Chevrolet Camaro y no un VW “Escarabajo”, de que el nuevo Megatrón (el jefe de los malos) no se parece al clásico, de que no salen ni Soundwave ni Shockwave (los mejores Decepticons), he aquí una peli que realiza un más que meritorio esfuerzo por entretenernos. Sí!: a base de pasear gratuitamente a Megan Fox y de mostrar vehículos explosionando. ¿Y qué más queréis, cabrones? Un amigo que se niega a verla argumenta: “En esa peli solo hay una tía buena y armamento”. ¿Acaso no decía Jean-Luc Godard que esos, precisamente, eran los ingredientes necesarios para hacer una película?


Transformers 2: la peli destinada a revitalizar la renqueante industria automovilística yanqui (jamás vi tantos coches Chevrolet o General Motors en pantalla a la vez) es a la vez un publirreportaje de las Fuerzas Armadas USA. Que si aviones espía, que si comandos de asalto en paracaídas, que si acorazados en el Golfo Pérsico…. de hecho, esto nos lleva al temario geográfico, que creo que es donde la peli más deja que desear.

¡Qué purista de mierda eres, Porerror! ¿Qué más te da que la peli dé a entender que las Pirámides y la Esfinge de Giza están en medio de un desierto, junto a Karnak y a la ciudad jordana de Petra, y que los tres yacimientos se encuentran a tiro de piedra de Akaba, en el Mar Rojo? Pues porque he estado en todos esos sitios, señora, y no puedo evitar fijarme. Es más, en un momento dado, no me hubiera extrañado ver aparecer por ahí a Magic Johnson de ujier anunciando a Optimus Prime o a Michael Jackson marcándose un Cybertron walk con alguno de los Constructicons


A fin de cuenta, amigos, la peli es un cómic y como tal hay que tomarla –y un cómic de risa, además. Es solo una enorme excusa publicitaria para vender juguetillos, aquellos maravillosos robots (algún friki había en el cine que llevaba un Optimus de juguete en el bolso), aquellas cositas con las que nos pasábamos horas jugando… ¡qué época! ¿os acordáis? Remember the time?...

viernes, 26 de junio de 2009

Michael


-“Con un poco de suerte te consigo una guerra de ofertas entre los Teleñecos y el zoo privado de Michael Jackson”.
(Gus Borden, en Búscate la vida)





Siempre un paso por detrás de la actualidad, como siempre digo. Ayer estuve trabajando todo el día, toda la tarde y parte de la noche (comí fuera y ni siquiera cené), así que no vi ni un telediario. Hoy me desayuno, como de pasada, con el notición: ha muerto Michael Jackson. No he querido enterarme de los pormenores, o no he podido: en todos los medios, especialmente los digitales, trataban la noticia como si fuese algo muy sabido, algo pasado ya. Lo importante es que Michael Jackson is no more, como se dice en inglés.

Hay muchas maneras de hacer esto, y supongo que en los próximos días leeremos incontables noticias y obituarios basados en la inconmensurable figura de Jacko. La verdad es que ni soy experto en su vida o su música ni tengo ganas de glosar aquí su biografía en plan enciclopedia. Pero también os digo una cosa, me parece que en un día como hoy obviar o minimizar la importancia de su muerte y su obra músico-comercial resulta un ejercicio de irresponsabilidad informativa. Hoy se ha escuchado a un periodista televisivo “fingir” que no sabía quién era Michael Jackson y que además le daba igual.


Sin ánimo de frivolizar, está muy claro que personajes como Vicente Ferrer son mucho mejores que Jacko y más dignos de elogio, pero no por eso vamos a decir que no hay que rendirle homenaje a este cantante y bailarín, aunque solo sea por el pequeño detalle de que es autor del LP más vendido de la historia de la música, y eso de por sí ya es materia reseñable en lo periodístico y en lo histórico. Una amiga me contaba a través del Facebook, consternada, que estaba escuchando trillones de injurias a cuenta de Michael Jackson. Todos sabemos lo payaso que pudo ser y las barbaridades o más bien extravagancias que cometió, pero no me parece tampoco que hoy sea el día para cebarse con esos detalles morbosos.

¿Nada de glosar su vida… no detalles morbosos? ¿Qué nos queda entonces de Michael Jackson, Porerror? Pues su música, copón, que es por lo que hay que admirarlo y recordarlo. Aparte del álbum Thriller (1982), el más vendido como hemos dicho, ¿dónde me dejáis aquel temazo de “We Are the World”, u otro disco que es probablemente mi favorito suyo: Bad (1987)? Michael Jackson fue desde su infancia sinónimo de buena música comercial, oxímoron que a algunos les resultará difícil de deglutir pero que para mí es la clave en la que se sustenta todo el edificio de la música popular. No es música basura de baile descerebrado y consumo inmediato; no es una obra conceptual de culto para una minoría guay.


La música de Michael gusta a todos (a todos a los que guste, se entiende) por igual en los ámbitos más o menos culturetas, un tema suyo siempre es bienvenido con un grito de subidón, y si no me creéis haced la prueba y poned “Billie Jean” en una boda o una fiesta de fin de año. Luego está su aportación al mundo audiovisual, y no me refiero a que quisiera volverse blanco de a poquito. El vídeoclip de “Thriller” marcó un hito en el medio televisivo, ya nada podía ser igual después de aquello: si uno quería comerse algo con una canción más le valía que fuese acompañada de un atractivo vídeo. Aquel vídeoclip marcó también muchas infancias con terrores nocturnos y pesadillas, la mía desde luego y me consta que las de varias lectoras (¿a quién se le ocurre ponerle unos zombis a una criatura de cuatro añitos?). Otros vídeos-peli de Michael también memorables fueron, así de memoria, los de “Smooth Criminal”, “Bad”, “Black or White” o “Remember the Time”.

Solo hay una cosa de Michael Jackson que me toca las bolas (qué mal ha sonado eso, ¿no?), y es su espurio título de Rey del pop. Obviando el chiste que siempre hago de que fueron los Beatles quienes inventaron el pop, me parece que tildar a Jackson de Rey del pop es una ida de olla comparable a decir que Eminem es el monarca del rap o que Pitingo es el mesías del cante jondo. Y me permito hacer esta crítica porque el sobrenombre no le vino a Michael por aclamación popular o profesional, sino que fue un título autoimpuesto, tras una orquestadísima campaña de marketing con la que se nos saturó allá por 1994, que incluía estatuas gigantes del cantante, y… bueno, antes dije que hoy no era el día para injuriarlo, y lo quiero mantener.


Esta mañana, un compañero de trabajo me preguntaba, sin el mínimo atisbo de sorna, “¿Te ha afectado mucho la muerte de Michael Jackson?”. La pregunta no era tonta, sabiendo como soy un frikanco y un estudioso amateur de la cultura pop. Pero he tardado en responder porque no quería decir nada ni demasiado solemne ni una chorrada, y al final no he sabido qué decirle. Vamos a ver, esta muerte no me afecta en la más mínimo en lo personal: hasta ahí podía llegar la broma, pero es indudable que cuando escuché la noticia sentí pena, sobre todo por él, por Michael. Un personaje de luces y sombras del que últimamente solo nos llegaban las sombras.

Sabido es que estaba preparando un comeback (es lo único que le ha faltado para bordar su paralelismo vital con Elvis, ¿eh?), dicen que el chungo que le ha dado ha sido por intentar ponerse otra vez en forma a base de remedios naturales y artificiales –pero ya digo, ignoro los detalles. Hoy me quiero ir con dos recomendaciones, y ya sabéis que en Estatuas Verdes no se recomienda nada que yo mismo no haya probado. La primera, si queréis una lúcida y bien escrita reflexión sobre Michael Jackson leed este artículo del blog de Daniel Ruiz García. La segunda, que escuchéis su música, hombre, yo ahora mismito voy a ponerme el vinilo de Bad, en plan tributo. Michael, Michael, Michael, que mi Michael…. descanse en paz.

martes, 23 de junio de 2009

Cosica año 1


-“Presiento que tu temporada en Cosica va a ser muy fructífera, en cuanto a literatura se refiere.”
(*Ana*, comentario en Estatuas Verdes. 11/07/08)





Que el Apocalipsis no anda lejos es otro axioma con el que hoy me gustaría empezar el post. Hay señales cumplidas más que suficientes: Chambao y Pitingo han dado un concierto juntos, la gente salta de los balcones, en los bares aparecen misteriosos flamenquines (rellenos de queso!!!! ¿dónde se ha visto?) del tamaño del brazo de Rafa Nadal, Elvis Costello ha sacado otro disco de country (“How many more times?”, que decían Led Zeppelin hace 40 años), Ramoncín es jurado de la nueva edición de OT

Por si esto fuera poco, los indicios parecen remitirnos a la conclusión de que yo me estoy acostumbrando a la vida rural. ¿Rural? Pero si tú no vives en el campo, cobarde! En la ciudad es donde le aseguro que no vivo, señora… Y he aquí lo que me trae al tema de hoy: día de San Juan, en el que según Canal Sur Radio la máxima tradición andaluza es meter tres patatas debajo de la cama, 24 de junio, se cumple un año de mi primera visita a Cosica. ¡Jirl! Si sabéis de lo que hablo, el recordado post “Retorno a Cosica” no fue sino la plasmación –entre el terror y la ironía- de mi segunda visita a Cosica: hence the title.


Hoy, exactamente un año después de la primera vez que vine, mi percepción del pueblo es completamente diferente, aunque tal vez haya que hacer caso a Fito Páez y concluir que “si algo ha cambiado, eso es nosotros”. Yo no soy el mismo que llegó a Cosica hace un año con un disco de La Costa Brava y un puñado de buenas intenciones debajo del brazo. Aquella primera visita me resultó tan bizarra que decidí no consignarla en el blog (un poco de avestrucismo también hubo, lo confieso: si no hablo de él, el pueblo desaparecerá). ¿Y qué tenía de malo Cosica, exactamente? La respuesta es “nada”, salvo que no era el sitio donde yo vivía y me había criado: o sea, “todo”.

Hoy Cosica sí es –para bien o para mal: hay una facción de mi familia que me sigue dando el pésame- el sitio donde vivo. Y ya lo dijo Antoñito Machado: “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito”, al final va a resultar que le he cogido cariño a la cosa porque no me ha tocado más remedio que vivirla. El sábado pasado me decía el buen Truman: “Tú estás encantado en Cosica, mamón. Empezaste despotricando y ahora hablas todo con humor, te lo pasas pipa”. Correcto. Pero ojo, ojito, ojete: que esté contento y que me lo pase bien no significa que sea feliz. Aunque de eso, claro está, no tiene la culpa el pueblo.


Mi buena madre me comentaba el otro día también, desde el horror: “No te vayas a engolosinar con ese pueblo y te vayas a quedar allí a vivir, ¿eh?”. No sé de dónde ha sacado la idea, lo cierto es que cada fin de semana la visito y le voy con mil historias y anecdotuelas (que siempre intento que sean positivas) sobre mi vida aquí. Pero de ahí a concluir que tengo en mente “empatronarme”, creo que media bastante trecho! Eso de desplegar la suspicacia cada vez que hablo bien de Cosica parece ser que está de última moda. Tengo compinches de trabajo a los que diríase que se les pinza una vértebra cada vez que me oyen decir cosas buenas del pueblo, por ejemplo (y no son uno ni dos).

Como decía, yo no soy el mismo de hace un año: más viejo, más sabio, más conforme, más tolerante, más triste. Pero el pueblo tampoco es el mismo. Veo las fotos de hace varios meses y lo que antes no eran sino edificios al azar, “un blanco caserío”, cobra ahora sentido completo como una maldita estampa gestáltica: la calle Noséqué, la casa de Fulano, ahí vive Menganito, etc, etc… Lo que antes era un exiguo callejero inhóspito y lleno de perros sueltos se ha convertido en un exiguo callejero perfectamente familiar y lleno de perros sueltos, a los que al menos ya tengo cartografiados. La gente absurda a la que hubo que repartir collarines cuando yo llegué (cómo no girarían el cuello a mi paso) son ahora vecinos que me saludan. Y eso mola.


Cosica es mi Macondo, mi Yoknapatawpha, es como la España de Zapatero: ese territorio inexistente en el que nos refugiamos para soñar. Y ahora me voy de confesión: dada mi trayectoria personal, yo jugaba todas las papeletas para la lotería del amargamiento en este pueblo; me pasó en Inglaterra y me pasó en los USA, que me iba de fiesta a diario, compraba libros y discos por docenas y me reía a tope pero estaba a disgusto. Por esta razón (y dado que aquí ni siquiera hay librerías ni tiendas de discos) me había planteado a mí mismo como reto personal el no dejarme vencer por el desánimo, ponerle al mal tiempo buena cara y tratar de llevar una existencia agradable en Cosica. Y amigos, mamá, estatuas de bronce, señoras y señores: puedo decir con una sonrisa que lo he conseguido.

domingo, 21 de junio de 2009

Siempre es verano...


-“Pepino ninoninoni…”
(La Hora Chanante)




El calor derrite los sesos, eso es sabido. El calor derrite los cerebros: incluido el mío. Será por eso que la realidad se percibe con esa especie de cualidad borrosa como la que desprende una carretera recién asfaltada en pleno mes de agosto, solo que todavía estamos a mediados de junio. El mundo no está nítido, se desdibujan los contornos, la realidad se disuelve ante nuestros ojos, nada es lo que parece, Matrix, Daniel El-Kum, etc, etc… Realmente, hay que ser muy fuerte para no sucumbir en este estado de cosas a algún tipo de manía o locura.

¿No fue el “extranjero” de Camus el que le pegó un tiro a uno en una playa porque le picaba el sol en los ojos? Es entonces, amigos, en esta época de zozobra y grados excesivos de mercurio, cuando se erige ante nosotros un nuevo tótem de resonancias épicas, por no decir míticas. Estoy hablando del pepino. Basta de rimas chocarreras, parece que os estuviera escuchando. O mejor aún, digámoslas todas a un tiempo y así las exorcizamos:
-Padre, me acuso de que soy poeta.
-Pero hijo, eso es un don divino…
-…


Tuvieron que ser los de Muchachada Nui los que nos hicieran ver un potentísimo axioma, a saber, que “siempre es verano con el pepino en la mano”, y hoy sí que lo podemos decir por ser 21 de junio. El pepino nos refresca, sirve para ajustar la pantallita de la realidad y despojarla de esa molesta y continua interferencia borrosa: como una radio mal sintonizada a la que alguien -por fin-le dar por mover la ruedecita. Así, como bálsamo del frescor aparece en verano el pepino en nuestras vidas, en aliños, en ensaladas, en gazpachos, en gin-tonics, en anuncios protagonizados por Hugh Laurie. He visto pepinos gigantes junto a tiendas de campaña en festivales veraniegos, he tenido amigas solteras que se han regalado pepinos el día de San Valentín, que aunque no cae en verano ya se sabe que “En febrero busca la sombra el perro”.


¡Qué frescores no proporcionará un pepino, dispensado en su justa proporción y medida! El pepino en la mano es una bonita metáfora del poder (Bibiana diría algo de esto), me recuerda a esos absurdos jueguitos psicopedagógicos en los que hay una especie de tótem o cetro simbólico que otorga la prerrogativa de hablar a quien lo ostenta en cada momento, y se va pasando por turnos. El pepino nos protege, por ejemplo, con su alargada forma de todas esas manadas de personas vestidas de boda que pululan estos calurosos días por las calles de Miciudad.

En inglés existe un dicho, más fresco que un pepino (“cool as a cucumber”), que la verdad se aplica sobre todo en un sentido “cool” de tranquilidad y manejo de la situación, como se veía en Pulp Fiction (1994). Pero no deja de tener su gracia la mención a la frescura. En español la frase por antonomasia es “me importa un pepino”, despectivo trato que la humilde hortaliza recoge y asume para expiar nuestros pecados. En un anuncio de Schweppes se ve a Hugh Laurie echar pepino en rodajas a un vaso de tónica mientras dice que le importan un pepino los husos horarios, o algo así.


Indudablemente, el buen Laurie nos está engañando, nos incita a echarle pepino no a la tónica sino a su hermano mayor: el gin and tonic. Expertos en la materia me aseguran que en concreto, los combinados de una ginebra llamada Hendricks, se benefician sobremanera de esta adenda. Y pienso que es verdad: el mejor uso que se ha hecho de los pepinos en Gran Bretaña, desde aquellos sándwiches de pepino que merendaban los personajes de Oscar Wilde. La razón es que es el pepino uno de los botanicals fundamentales en la elaboración de esta exclusiva marca de ginebra escocesa. Anoche tuve la dicha de probar esta maravillosa combinación, y me voy a privar del ditirambo y de la hipérbole. Solo voy a decir: si os gusta la ginebra, probad la Hendricks.

Mientras charlábamos con sendos gin tonics de pepino en la mano, un colega me contaba que había visto cómo en Jerez unos graciosos habían escrito en una pancarta la leyenda “Florentino, cómprame el pepino”, en alusión a los dispendios del manirroto presidente del Real Madrid en materia de fichajes. Otra vez la rima procaz, pero hay que reconocerle su gracia. Y ahora os dejo, que para combatir el calor me voy a jincar un plato de salmorejo “con su ajo y su pepino”, como cantaba el Sabina en la sintonía de Con las manos en la masa..

jueves, 18 de junio de 2009

Oda a las sardinas


(Dedicado a la buena Silvia, proveedora de la nueva foto oficial del blog, tomada in situ, bien sure!)



A estas alturas de la película, creo que resultará de todo punto innecesario demostrar que las sardinas son el mejor pescado y el más rico que se puede comer, y si no estáis de acuerdo no sigáis leyendo Estatuas Verdes. Ayer, este axioma volvió a actualizarse en mi paladar en la forma que más me gusta con diferencia: sardinas asadas sobre pan de leña. ¡La de Dios! Gracias sean dadas al hacedor por estos peces de plata.

No sé si estaréis familiarizados con el concepto “barbacoa de gimnasio (¿oxímoron? ¿error de Dios? ¿ideea geniaal? Comente en 500 palabras), pero os aseguro que en Cosica es un must. Una mesa de ping pong (pongamos por caso) puede ser en un momento dado una estupenda mesa de banquetes. En un banco de abdominales se te puede acostar un tío a dormir la mona, y así sucesivamente. Pero volvamos a las sardinas. Pocas veces se da la conjunción mágica de que algo de comer nos digan que está rico y además es sano.


¿Qué pasa aquí? Ya sabemos que las sardinas engordan, que tienen grasa, pero resulta que el pescado azul tiene ese halo de prestigio en la lucha contra el colesterol, Omega 3, etc, etc. Conclusión: comamos sardinas como descosidos. Desde Santurce a Bilbao, desde Mojácar hasta Isla Cristina: a tope con el sardinismo. Durante el invierno no se le debe hacer ascos a una de esas latas de conserva tan ricas, hay auténticas maravillas. Pero en llegando el verano… ¡amigos! Nada mejor que una sardinaza asada. Se pueden hacer a la plancha, o mejor aún al fuego… qué prestigio gustativo.

Yo no creáis que las como tan a menudo como quisiera, es cierto que su preparación resulta un engorro. Mi buena madre, cada vez que se las demandaba me decía lo mismo: ve tú a comprarlas frescas a la plaza, límpialas y hablamos. Y es verdad también que sueltan un olor de mil demonios que se pega a la ropa y a las manos, pero todo compensa con creces comparado con su saborcete. En mi mundo, donde se ponga una buena carne que le den una patada al mejor pescado, pero en el caso de las sardinas (y si acaso el atún fresco), su textura y gusto son palabras mayores.


Y el juego que dan, las jodías. Que si el “entierro de la sardina”, que si la Playa del Sardinero, que si zurrarse la sardina, que si No pidas sardina fuera de temporada (1986), que si la isla de Sardinia, “como sardinas en lata”… Sin embargo, y para que veáis que soy objetivo y no todo en este blog son absurdas hipérboles, os contaré un caso en el que las sardinas fueron cómplices de una atrocidad palatointestinal.

La gastronomía siciliana es my rica y variada, se trata de una joya dentro de la italiana, que ya de por sí es la hostia. Uno de los platos estrella se llama pasta con le sarde: adivinad sus dos ingredientes principales. Lo que no adivinaréis son los otros. Mirad que había platos ricos de pasta en Sicilia, todo buenísimo y riquísimo. Pues el agosto pasado en Palermo, un colega y yo nos “atrevimos” con esta supuesta exquisitez en un buen restaurante: a priori todo jugaba a nuestro favor…


Pedimos pasta con le sarde y aquello resultó ser un engrudo secote a base de unas tuberías gigantes de sémola de trigo, pan rallado y sardinas migadas. Ah, y también tenía pasas, piñones y cebolla. Resultado: vasos de agua de seis en seis y en la boca el efecto “bocadillo de escombros” durante toda la noche. Cómo sería el tema que mi amigo festoneó el borde de su plato con la palabra INJURIA (escrita en mayúsculas) a base de pan rallado. Hoy quiero irme de cateto y proclamar que prefiero mil veces una humilde sardinita asada sobre una rebanada de pan. Estatuas Verdes, amigos, siempre con los placeres simples de la vida.

miércoles, 17 de junio de 2009

Canción de amor a una salagartija


(Que me perdone el maldito G.A. Bécquer, esté dónde esté)




Hace tiempo que venía queriendo escribir un post sobre San Francisco. ¡Qué bonita ciudad, eh, Porerror? Y además allí inventaron los pantalones vaqueros… No la ciudad, señora, sino el santo del siglo XIII que le da nombre. ¿Motivo? Salvo que no me ha dado por la pobreza ni por predicar el Evangelio, mi vida aquí en Cosica se asemeja cada vez más a la del santo de Asís. Todo el día entre animales. A los hermanos insectos y arácnidos que mencioné en el test del Facebook, a mis hermanos los perros, a los caballitos, a los ponis, a mis hermanos burros, a los leones del circo… he de añadir ahora una nueva compañera.


Obviamente, no os lo he contado todo sobre mi vida aquí: la realidad es que no vivo solo. Tengo una pretendía a la que conocí hace dos semanas. Espero que el buen Bohemio no se me ponga celosón, pero eso es así. Mi nueva compañera de piso se llama Diana, en homenaje a la mítica malvada de la serie V (personaje que, por cierto, Daniel Ruiz declaró musa del palotismo infantojuvenil). Digamos que ambas tienen la piel verde y que a las dos les puede pasar que les digan que son unas auténticas “lagartas”.

Paso a contaros cómo nos conocimos. Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase a la criatura. Una bonita ¿lagartija? ¿salamanquesa? (mis colegas, aún menos zoólogos que yo, no se pusieron de acuerdo)….. optaré por llamarla salagartija, término híbrido que me aseguran es de uso frecuente en Sevilla, y que me agrada en demasía. La salagartija mostrose de primera hora un punto tímida, pero enseguidita cogió confianza. ¿Cómo te llamas? Diana, me contestó con esa voz de puta, de reptil, que me tiene el seso sorbido. ¿Estudias o trabajas? Estudio la manera de meterme en tu casa. Duras palabras, amigos, pero qué queréis, ella era una salagartija, yo un pobre inquilino con un caserón lleno de insectos, she wanted in, se llamaba Diana y ya estaba dentro.



Esto sucedió exactamente hace quince días, el martes 2 de junio (algunos lectores recordarán que se lo conté por MSN Messenger). Ha pasado poco tiempo, lo sé, pero a día de hoy Diana y yo somos inseparables. No me admira su correteo por la casa, aunque de dos semanas, me admiró su cariño mucho más: porque lo que hay en mí que vale algo, eso… ni lo ha podido sospechar! A veces Diana se esconde en el patio de luces para gastarme una bromita, y amaga con entrar por la ventana de mi dormitorio para desordenar mis ya de por sí revueltas noches cosiquesas. A veces hace como Dino el de Los Picapiedra, y sale a recibirme nada más me oye llegar del trabajo, contentísima, meneando la colita… bueno, eso no... lo confieso, creo que debería contaros algo.

¿Sabéis lo que nos decían en el colegio de que si a un bichito de estos se le cortaba la cola esta seguía viva serpenteando independientemente del cuerpo, el cual se regeneraba y la cola volvía a crecer? Pues es todo verdad. Resulta que un día mi Diana, que es tan juguetona, se acercó a darme una sorpresa al sofá donde yo estaba, y, en un mal gesto (absolutamente por error) le corté la cola de un escobazo. La cola sigue ahí en el patio, por si queréis verla, aunque ya no se mueve. Diana aquel día se molestó un poco y no quiso más mimos, pero a la mañana siguiente ya estaba remoloneando una vez más por entre las románticas bombonas de butano. Su colita era verde, y si en su fondo, como un punto de luz radia una idea, me parece en el cielo de la tarde una perdida estrella.


Pero cola o no cola ella sigue igual de juguetona, se pasea a sus anchas por la casa, como enseñoreándose, como tomando posesión de ella. Hoy ha habido una escena muy bonita con Diana, de pura ternura. Al llegar del trabajo no la he visto. Me he ido a cambiar (directamente ya vivo en bañador, amigos), he entrado a la cocina para poner en el microondas mi filete de panga y sus moscas, y al salir ella ha querido darme una sorpresa, que tanto le gustan. Yo he dado un respingo, de pura alegría, (aproximadamente el mismo que di anoche cuando, a las dos y media de la mañana me encontré al hermano pitbull, suelto, en una plaza de Cosica) y ella ha echado a correr por el salón en un sabroso “corre que te pillo”.

Qué batalla campal del amor, amigos, qué frenesí de lo físico! Hasta los muebles hemos tenido que cambiar de sitio. Por un segundo creí que la perdía, no sabía dónde andaría escondida. He ido a darle lo suyo y lo de su prima escoba en mano y es entonces cuando -otra vez del salón en un ángulo oscuro- ya la he visto. La he visto… la he visto y me ha mirado: hoy creo en Dios.

lunes, 15 de junio de 2009

Estatuas Verdes se rinde a El Mundo Today


Hasta ahora nunca lo había hecho. Quiero decir, dedicarle un post tan directamente a una sola página web. Pero hoy, como en esas ceremonias de homenaje en las que Vercingétorix depuso sus armas galas ante César (¿todos hemos leído a Astérix, ¿no?), o esos pendones ora napoleónicos ora nazis humillados ante la Madre Rusia, Estatuas Verdes se quita la careta y proclama a los cuatro vientos: la web El Mundo Today es la mejor idea desde que a alguien le dio por recubrir de chocolate los cacahuetes.

¿Y qué es –prithee- esta cosa? Se trata de una web satírica de noticias falsas, pero tan bizarras y tan bien traídas que merecerían ser verdad. Llamó mi atención sobre ella el buen Grillo Solitario (el mismo que ahora no se acuerda de quién le habló por primera vez de The Onion), al que me atrevo a calificar de “ojeador de lo bizarro”. Enseguida me di cuenta de que con El Mundo Today habíamos topado con palabras mayores: esto no son los reporteros de CQC riéndose porque le han metido un pellizco a una monja ni el Follonero sacando pecho porque Arnaldo Otegui le ha puesto ojos picarones. No, amigos, esto es humor cáustico de verdad, del que hace pupa. Del que socava los cimientos de una mentalidad porque precisamente va a los centros del significado.



A la chita callando, y con una elegancia desusada por estos lares, los redactores de El Mundo Today toman asuntos candentes de la actualidad y les dan la vuelta con una mezcla de humor absurdo y juego lingüístico. En el proceso, exponen los vicios, las contradicciones y las estupideces en general de nuestra sociedad. No es un humor absurdo porque sí, dadaísta y carente de referentes lógicos: es todo lo contrario. La ideología está en el centro de muchas de sus noticias falsas, y compruebo con agrado que tanto el PP como el PSOE como políticos de todo signo son diana válida para sus absurdeces.

Botón de muestra: un target favorito de esta web es el feminismo, lo que la convierte automáticamente en una favorita mía. El feminismo, claro, entendido no como lucha por la igualdad sino como lucha por resaltar la desigualdad. De ahí descacharrantes titulares como Aído crea una escuela para mujeres mariachi (“Feminizaremos un ámbito dominado por señores mexicanos”), o Miles de personas se manifiestan contra el clítoris en Madrid.



La clave, a mi entender, del éxito de El Mundo Today es su uso pseudoserio del lenguaje periodístico. La historia puede ser un auténtico injurión, y el titular disparatado, pero el cuerpo de la noticia siempre está redactado con la máxima seriedad (como los chistes de Eugenio), ventriloquizando la parla “técnica” del periodismo. En nuestra época el lenguaje de los informativos está agotado (ver un telediario hoy es hacerse con un catálogo de tópicos, clichés e ideas mal digeridas), hasta los nuevos anuncios de Telepizza parodian el estilo periodístico, y en este contexto el ejercicio propuesto por El Mundo Today supone una auténtica bocanada de aire fresco (toma tópico!).

¿Queréis ejemplos de noticiones? Un señor llamado Unestudio demanda a toda la prensa, La infanta Leonor firma un tratado con Austria, Calculan el cociente intelectual del Pato Donald, Sale a por chucherías y vuelve siendo dueño de Google, Unos guantes de Hello Kitty permiten pegar a los niños sin traumas, Copito de Nieve será el nuevo logo de Tous, El iPhone no se venderá a la gente de pueblo… os aseguro que es un no parar.


Noticias así (y toda la idea de una coña informativa) no son nuevas: en inglés lo llevan haciendo más de 20 años la gente de The Onion, en papel y con su web. La novedad aquí reside en hacerlo en español, y sobre todo, en el contexto de España (como diría el misterioso cowboy de El gran Lebowski, “¡y en mi idioma!”). Confieso que, pese a todo, me resistía a dedicarle un post a este nuevo buque insignia del humor que desde hoy tenéis linkado en Estatuas Verdes. Sin embargo, lo que me decidió fue que anoche vi un titular que me hizo saltar las lágrimas, por tratar un tema que me es tan caro: 21 días siendo Samanta: Un reality obliga a un vagabundo a hacer de periodista. Amigos de El Mundo Today: ¡de mayor quiero salir en vuestras noticias!

domingo, 14 de junio de 2009

De bodas, los hermanos Farrelly y el otro tambor


Bodas. Lo he dicho varias veces y lo mantengo: me encantan las bodas (mientras no sea la mía). Este sábado sin ir más lejos tengo otra; el viernes hablaba con una amiga que se casa en once meses, ya afanada con los preparativos. Me sorprende salir por Miciudad un viernes o un sábado en esta época del año: va la gente como que muy arreglada, ¿no? Señora, es que van de boda. Qué pamelones se ven por ahí, qué taconazos. Qué cuellos anudados con corbatas a 40 grados. Desde luego que no les arriendo la ganancia.

Las calles son tomadas por invitados de bodas, la ciudad se engalana, y mientras tanto crecen los divorcios, con una celeridad que la prensa, esa inexorable máquina de poner motes, anuncia como “express”. Del juzgado al juzgado, y tiro porque me toca. O de la iglesia al juzgado, la verdad, más comúnmente. ¿Quiénes son los que han de ponerse de chaqué, son los testigos? ¿Los hermanos de los contrayentes? Solo me alegra pensar que, pase, lo que pase, no habré de tocarme con una inmensa pamela modelo paellera o plaza de toros, ni con uno de esos ridículos niditos de ave emplumados. Lo siento, señoras, pero así no vais guapas.


Hermanos Farrelly. En 1998 perpetraron Algo pasa con Mary y algunos nos creímos que eran la última palabra en comedia. Yo esa peli fui a verla al cine tres veces (ya que me conocéis lo entenderéis), nunca tenía suficiente. Luego estos hermanitos comediógrafos nos dispensaron media docena de pelis de irregular calidad (por no decir de calidad regular). ¿Por qué llegamos a creer que eran tan talentosos? ¿Acaso habíamos olvidado que habían sido responsables de Dos tontos muy tontos (1994)? Yo al menos sí, lo hube olvidado.

Pero me reconcilio con ellos al ver Matrimonio compulsivo (2007), comediota que revisito este fin de semana, me parto con ella. La recomiendo a todo el mundo, sé que es un remake pero me da igual. Esta es canela. Trata de un tipo solterón (Ben Stiller) que se precipita al casarse con una locates (Malin Ackerman) solo para darse cuenta, ya en su luna de miel, de cuán craso es el error que ha cometido. Para colmo se cruza en medio otra pava (Michelle Monaghan), que hace de niña buena y encandila al recién casado. ¿Carente de gracia? Vedla y me contáis. Yo solo os digo que no me reía tanto desde... Tropic Thunder (2009). Ah, y en la banda sonora –que es obra maestra- figuran media docenas de temas de David Bowie.


El otro tambor. Otro tema que sale en la banda sonora de Matrimonio compulsivo es “Different Drum”, canción folk-rock de Mike Nesmith (sí, el de los Monkees) que popularizara en 1967 una jovencísima Linda Ronstadt. Aquí aparece en la perfecta versión de Susanna Hoffs & Matthew Sweet, yo tengo su disco, y esta es una de las canciones que más veces he escuchado en los últimos dos años. El título hace referencia a una chavala que pacientemente le explica a su pretendiente que no quiere tema porque ella y él “viajan al son de tambores diferentes”.

Me encanta la metáfora, el rechazo hecho poesía. Lo curioso de la letra es que es bastante argumentativa (y más si se piensa en un hit pop de 1967), la chavala le da al rechazado una serie de explicaciones que ya quisiéramos todos cuando nos dan calabazas: “...no te digo que no seas guapo, lo que digo es que yo no estoy preparada para ninguna persona, lugar o cosa que me intente poner unas riendas”. Más metáforas cowboys, y podría seguir pero no es plan de ponérosla entera. Buscad la canción por YouTube (cualquiera de las dos versiones), que es deliciosa.

En el caso de Matrimonio compulsivo hay un claro ejemplo de personas que viajan al son de tambores distintos, hasta conformar un triángulo (casi un cuadrado) de enredos considerables. Por eso las bodas que salen en la peli terminan mal. Y mientras tanto, señores, la gente casándose. Menos mal que lo que sale en las películas no es lo que pasa en la realidad, ¿verdad?

viernes, 12 de junio de 2009

Pablo, Pablo, Pablo, que mi Pablo...

-“Todos o casi todos bajo el influjo de Neruda…”
(Roberto Bolaño: Nocturno de Chile, 2000)




Mmmmm… hoy quiero hablaros de literatura pero no me apetece ponerme los ropajes de crítico literario y enredarme por esos vericuetos técnicos. No quiero aburrirme, y si me aburriese yo, ay!, vosotros tendríais al leerme el aburrimiento asegurado. No va a ser el caso (espero), no. Es verdad que voy a hablar de libros, de poesía para más señas, pero lo voy a hacer de manera relajada e impresionista. Voy a decir lo que me dé la gana, que de vez en cuando no veáis cómo entra.

Hoy quiero venir a hablar de Pablo Neruda, otro leitmotiv de este blog, pasan los meses y noto que su nombre se repite, que sale a flote muy a menudo, es una constante de Estatuas Verdes. Aunque solo fuera porque a él le debo el nombre y el “concepto” del blog, y ya sabéis que por ese motivo lo considero el padrino de este invento, y que la segunda de las “Tres postales” de cada mes siempre lo tiene a él por destinatario. Neruda, Neruda, Neruda… habría tanto que decir… y bajándome al plano personal me fascina que me fascine tanto. Un hombre tan comunista, tan ajeno a mí en muchos sentidos, y sin embargo todo eso me da igual: lo que prevalece aquí es el artista, un poeta humano como yo no he encontrado otro.


Hay que tener cuidadín con estos autores politizados (que “escriben al dictado”, como dice mi buena madre) porque en un momento dado se disfrazan de intelectuales para colártela doblada. Y está en su naturaleza, coño, después de todo ellos entienden la escritura o el arte en general como un acto comprometido, y por tanto un sacerdocio laico al servicio de su “causa”. Pero Neruda, el mamón hasta cuando ejerce de poeta comunista tiene gracia y dispensa perlas en forma de intuiciones certeras, cosa que no se puede decir de otros tan alegremente, por ejemplo Alberti (mal que me pese). Si no me creéis, leed su poema filocubano (sección Fidel Castro) “Reunión de la OEA”, acerca de esa Organización de Estados Americanos que vuelve a estar de actualidad informativa, precisamente por el tema de USA vs. Cuba.

Otros ejemplos de demagogia bien llevada, con mucha gracia, los encontramos en “No me lo pidan” (en el que Neruda defiende su derecho a ser un poeta comprometido, ya que como poeta y ser humano no puede permanecer al margen de los asuntos humanos, idea que ya avanzara 30 años antes en “Explico algunas cosas”, a propósito de la Guerra Civil española); y en su “Oda a la crítica” (buscadla recitada por el Sabina, que ya es el colmo del progresismo) donde el poeta pretende que su poesía es por y para el pueblo, ajena a los tejemanejes de los críticos literarios y sus celadas. Dámaso Alonso opinaba que la crítica literaria era a la poesía como una limpieza a una armadura antigua, que le quita la herrumbre y nos la muestra tal y como es, pero pienso que el buen hombre chocheaba cuando dijo esto.


Pero Neruda no es necesariamente un poeta politizado, su obra es tan vasta (y tan basta) que hay donde elegir. ¿Qué tal “Neruda, poeta del amor”? Para la antología y la autoflagelación de los adolescentes y de algunos que ya no lo somos tanto queda su librito Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), escrito con apenas 20 años y un clásico instantáneo. Leed si no los poemas 12, 15 ó 20 y luego hablamos. ¿Qué tal “Neruda, exponente del surrealismo”? Está claro que una de sus obras mayores es Residencia en la tierra (1934): un libro de hastío, de desencanto (“Sucede que me canso de ser hombre: los pelos como escarpias, se me ponen al leerlo), en el que hay poemas tan alucinantes y esenciales como “Walking Around” o “Agua sexual”.

Claro que el Neruda más gordo (en todos los sentidos), fue el que acometió ese monumento titulado Canto general (1950), con vocación totalizadora de las Américas. A mí me aburre un poco (ahora que no nos oye nadie), pero resulta imposible negar la importancia de poemas como “Alturas de Macchu Picchu”. Más entretenidos y, en mi caso, sugerentes resultan otras obras de los años 50 como su serie de libros de odas (Odas elementales, 1954: “a la alcachofa”, “al pan”, “a la alegría”, “al cobre”, “al caldillo de congrio”…).


Y en este somero repaso asistemático por la obra de don Pablo no me puedo olvidar de un libro raro, de difícil catalogación en su trayectoria, absolutamente delicioso. Me estoy refiriendo a Estravagario (1958), de donde salen joyazas como “A callarse”, “Dulce siempre” o por supuesto “Las estatuas verdes sobre el techo de Notre Dame”. No es la primera vez que nombro aquí este libro: para mí leerlo es como el bálsamo de Fierabrás, lo cura todo. Es como beber un vaso largo de agua fría después de haber andado horas por una ciudad a 40 grados. Es como echarse pomada en un esguince del alma. ¿Me estaré volviendo cursi? Probaré la receta de Neruda: cobre! cobre! mineros, pescadores, panaderos, comunismo, antifascismo, yanquis fuera!

Ya superada la tentación de la ñoñería me recreo en la contemplación de todos los libritos de Neruda que poseo, con sus lomitos amarillos iguales de la editorial Debolsillo, que tan baratos y accesibles los tiene. Y me relamo también, pensando en las obras fundamentales de este hombre a las que todavía no les he hincado el diente: ¿qué sorpresas, qué placeres, qué desazones me aguardarán, por ejemplo, en Memorial de Isla Negra (1964) o Los versos del capitán (1952)? Sean los que sean los aguardo con impaciencia, tendré que administrarlos con mucho cuidado, y tenedlo por seguro: los iré desgranando con vosotros.

jueves, 11 de junio de 2009

Batalla mítica entre el bien y el mal


Ya lo dijo el buen Borges: “Tenue rey, sesgo alfil, etc... Como si de una expresión del movimiento perpetuo se tratara, el combate se viene repitiendo eternamente; dos fuerzas antagónicas: Bien y Mal, Luz y Tinieblas, Dios y Satán, Alianza Rebelde e Imperio Galáctico, fichas blancas y negras, PSOE y PP… Como si de una infinita partida de ajedrez, backgammon o go se tratara, esta pelea no tuvo comienzo, nunca tendrá fin, y es móvil, muy fluida y dinámica, como una batalla de blindados entre la Unión Soviética y el Reich.

Lo bonito de esto, de la lucha de contrarios, es que encierra una turbadora paradoja: ambos comparten rasgos comunes, son antagónicos pero se necesitan mutuamente para existir, ya que de lo contrario no tendría sentido una oposición binaria de términos. El buen Ferdinand de Saussure (que tantas tonterías dejó dichas, pero ahora lo cito a mi conveniencia), nos lo dijo muy clarito: en un sistema de signos el significado surge de las oposiciones entre ellos, no de los signos aislados, que no representan nada. Eso lo tenemos bastante asumido en nuestra cultura: La mujer viene de una costilla del hombre (pido perdón a Bibiana por decir esto… a Bibí Andersen, claro está, no va a ser a la otra), Satán es un ángel caído de Dios, Tom Baker y Oliver Aton comenzaron jugando en el mismo equipo…


En ocasiones esta batalla se desarrolla de manera sorda o soterrada, a veces sin embargo toma una expresión violenta delante de nuestros ojos. Así ha ocurrido en la 5ª temporada de una serie de cuyo título no quiero acordarme, en la que un pique centenario entre dos demiurgos con barba de tres días se ha canalizado en una interminable partida de estrategia, pero también ha salido a flote en la pelea a puñetazos más esperada desde los tiempos de las pelis de Bud Spencer y Terence Hill.

En la actualidad, siento que en mi interior se desarrolla a microescala un combate entre opuestos de características similares a las descritas. Es como esas vívidas batallas entre bacterias y linfocitos o entre virus narigones y anticuerpos narigones que de pequeños amenizaban nuestras meriendas del sábado en la serie Érase una vez la vida. Siempre ganaban los buenos, siempre la salud a la enfermedad. Luego la vida pasa y te descubre brutalmente que no siempre es así, ni mucho menos. Que a veces el caballo de los malos es más rápido. Los malos molan (esto es un axioma de Estatuas Verdes) y a veces también ganan.


Siento dentro de mí una lucha intestina y feroz entre impulsos opuestos: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo cultural y lo salvaje, lo civilizado y lo animal, como una marea de sangre hirviendo que avanzara hasta casi ahogarme por completo pero que en el ultimísimo momento se retira (marea baja!) y vuelve a dejar mi mente en paz por unas horas. Es el combate entre la obligación y la devoción, entre lo inaceptable y lo aceptable, es una confusión bélica entre lo que está bien y lo que me viene bien. Es no saber qué hacer o peor aún, saberlo pero no estar seguro de que deba llevarlo a cabo. Es una turbulencia que me arrastra, me hace perder el equilibrio, estoy nadando –madre-, no sé si boca arriba o boca abajo, floto en ausencia de gravedad como Barbarella, me dejo llevar.

Esta zozobra me impide dormir bien, comer bien, pensar, hablar bien, escoger la música adecuada, lastra mi zancada en la carrera, hace que me deje losetas sin fregar, que no acierte del todo a reducir a segunda en las curvas. La manera más sintética de describir lo que me pasa sería decir que ahora mismo en mi vida estoy hecho un lío. Y para colmo, a veces, por virtud de mi trabajo cara al público me encuentro en situaciones límite que hacen que me hierva la sangre en las sienes, y debo entonces tomar decisiones rápidas, en fracciones de segundo, como un piloto de Fórmula 1, como el artillero de un B-17


…cuando debo enfrentarme no ya a las caras, o a los desplantes de los clientes, sino a determinadas malas contestaciones, a los gritos, a tamaña acumulación de palabras malsonantes, a los insultos, por qué me dices eso si yo no te he hecho nada, por qué no te doy un bofetón ahorita mismo y te reviento la mejilla, ¿por qué? ¿por qué no? y es entonces cuando noto que me sujetan el brazo, para que no lo haga, Jesucristo y todos los Santos, el Rey blanco del ajedrez, el mago Gandalf, Obi Wan Kenobi, Optimus Prime, Josep Guardiola, Hello Kitty, la Madre Teresa y mi abuelita, q.e.p.d., y así, entre todos, logran calmarme… pero han de tirar más fuerte porque vuelven los gritos desaforados, los exabruptos, y los insultos… y siento que se me va la mano, la mano, esa mano… esa hostia que yo te daba…

miércoles, 10 de junio de 2009

Movida del 76: Graffiti americano


-“Soy un gambitero y me voy de cachondeo; lo mío no es dormir, lo mío es el frenesí”
(La Hora Chanante)




Los 70, ¿eh? Justo cuando descubrimos que, musicalmente, eran la mejor década ya era demasiado tarde: nos habíamos hecho fans de los años 60. Por ejemplo, los Rolling Stones tienen un recopilatorio irónicamente titulado Sucking in the Seventies (“Ser una mierda en los 70”), titulado así supongo que por las insidiosas comparaciones que se harían entre sus discos de ambas décadas. Que los 70 fueron caca es un topos que hemos visto recogido en muchos productos audiovisuales: la serie Alf, la peli Forrest Gump (1994)... Sin embargo ahora resulta que los setenta fueron cool, estuvieron bien, también han tenido sus paladines, como la peli Reservoir Dogs (1992) o esa sitcom juvenil titulada Aquellos maravillosos 70.

Anoche vi una peli de Richard Linklater: Movida del 76 (1993), en la que un grupo de jovenzuelos decían entre otras cosas que, estaba claro, los años setenta estaban siendo una mierda. ¿Qué ocurre aquí? Evidentemente, el sentido de esta afirmación era irónico: Linklater, guionista, director y productor debe pensar que los 70 fueron lo mejor desde el chicle, aunque solo sea porque a él le tocó vivirlos de adolescente, y eso ya se sabe que marca mucho. Algo parecido sospecho que le pasará a Cameron Crowe, si no no se explica otra película tan maravillosa como Casi famosos (2001). Pero hoy quisiera hablaros del filme de Linklater, Movida del 76, por título original Dazed and Confused.


Es una verdad comúnmente aceptada que cualquier película cuyo título empiece por “Movida...” debe ser obra maestra, y esta no es una excepción. Ya sabéis cuán fan soy del subgénero comediota adolescente, sección instituteros (¿Por qué será? ¿Me habré quedado anclado en un instituto forever and ever?). A lo mejor es porque considero estas pelis como obras de ciencia ficción, con esas taquillas para los alumnos, esos bailes de graduación, esos equipos de fútbol forrados de kevlar y esas animadoras que hacen del acrosport la definitiva forma de palotismo. Pero Movida del 76 no es Porky's (1982) ni American Pie (1999). Aquí nadie espía a nadie a través de una cerradura ni a nadie se le queda la churra pegada a una cinta de VHS, no. Si hubiera que buscar un referente para esta peli sería clarísimamente otra peli institutera juvenil: American Graffiti (1973).

Es curioso cómo las décadas buscan sus referentes veinte años atrás, acaso porque los que fueron pipiolos en los años X solo 20 años después tienen dinero e influencia para reflejar sus gustos en el mundo de la cultura pop. Ahí está el revival rockabilly de los 70 o el revival mod de los 80. Ahí está, ejem, la peli Grease (1978), que compendia todo lo que sabemos acerca de la juventud de los 50. Ahí está otra peli cincuentera hecha en los 70: American Graffiti de George Lucas. Esta peli narra las peripecias de un grupo más o menos heterogéneo de chavales de pueblo en USA, durante una sola noche de cachondeo. Primera sorpresa: en Small Town, USA la única diversión consiste en conducir sin rumbo fijo, comer hamburguesas dentro del coche y tratar de conseguir alcohol cuando se es menor de edad (allí hasta los 21 años).


Y luego está la música. Si American Graffitti estaba trufada de clásicos del rock and roll y el doo wop, hasta el punto de que se decía que los Beach Boys eran unos modernos terroristas (vale, se desarrolla en 1962, dejad de gritarme), Movida del 76 cuenta con una espectacular banda sonora setentera para cortar el hipo (no olvidemos que el título original lo es también de una canción de Led Zeppelin). Por la peli campan himnazos hard rock, glam, punk, power pop, rock sureño... de hecho, están representados todos los estilos por los que nos gusta recordar a los 70, y ninguno de los pupita como la música disco, el rock progresivo, el rap, el reggae, el sonido chicle o los cantautores ñoños. ¿Queréis jaqueca?: Aerosmith, Deep Purple, Alice Cooper, Black Sabbath, KISS, Nazareth, ZZ Top, Sweet, Bob Dylan, Peter Frampton, Lynyrd Skynyrd, Ted Nugent, Dr. John, Steve Miller...

¿Cómo es posible hacer una banda sonora representativa de los 70 sin nada de punk, ni Elton John ni Bowie? (ya os estoy oyendo...) Pues porque, amigos, esto es América, los US of A. La música siempre es un telón de fondo cuando no directamente una metáfora de las sensaciones. En Movida del 76 la cosa va de un grupeto más o menos heterogéneo de chavales de pueblo, durante una sola noche de cachondeo en la que se dedican a conducir por ahí, a buscar alcohol y sexo... ¿os suena? En American Graffiti había más trama, había una reflexión generacional y unas consecuencias terribles: al final sabíamos cómo acababa cada miembro de la pandilla. Aquí también hay algo de eso, pero todo es mucho más hedonista: en este sentido la peli se acerca más al retrato objetivo de un El Jarama (1955) de Sánchez Ferlosio. Aparte de que tú en 1993 no podías hacer una peli moralizante; no con el movimiento grunge que entraba por las puertas y con el que esta juventud de los 70 que Movida del 76 retrata guarda un inquietante parecido. Aquí hay unas leves pinceladas políticas, un par de reflexiones en plan ¿qué somos? y ¿a dónde vamos?, todo para sacar la terrible conclusión de que a) la adolescencia es una puta mierda ó b) la adolescencia es la mejor etapa de la vida.


Cada uno elegirá a) o b) según le haya ido en los años posteriores, pero está claro que esto de nenes en el último curso del instituto, que se gradúan, el último verano, etc... es un tema muy poderoso en el cine USA (tened en cuenta que allí, el que no se va de su pueblo a estudiar a otra parte se queda de gasolinero y, en cualquier caso, la mayoría de los amigos y novios se pierden de vista pasados los 18 y empiezan una vida de cero). Me estoy acordando de otro precioso exponente del género y deudor de American Graffiti: la peli Ahí va mi chica (1995), esta sobre la turbulenta juventud sesentera. Menos comprometidos, por el momento a los jóvenes de Movida del 76 lo que más les trauma es si fumar porros o hacer deporte, si les venderán priva pese a ser menores y cómo humillar a los alumnos de cursos inferiores.

El título Dazed and Confused, que podríamos traducir como “Empanaos y esnortaos”, hace clara referencia al continuo estado de estupefacción en que se la pasan estos jóvenes: si no están fumándose un petardo están bebiendo cerveza, o ambas cosas. Todo el rato. Sus mensajes de tardohippismo, esperanza e ingenuidad quedan cubiertos con un manto de ternura gracias a la distancia irónica que el director de la peli sabe imponer a la historia y los personajes. Es decir, todo lo que hacen y dicen estos nenes no hay que tomárselo demasiado en serio, porque ya sabemos lo que vino después (es la ventaja de la visión retrospectiva). De lo contrario, la peli sería insufrible con sus conversaciones sobre la vida y el futuro salpimentadas de “cool”, “man”, “bitch” y otras expresiones juveniles.


Gracias a que no nos podemos tomar esto demasiado en serio sí que podemos contemplarlo con una sonrisa y disfrutar con ello, como el espectáculo que es. Así, gracias a esta peli, los 70 pueden ser ese territorio de los sueños donde Matthew McConaughey puede ser un chulazo de pueblo con una camiseta no se sabe si de Jesucristo o de Bob Marley, donde Milla Jovovovich puede perecer guapa, donde un niñato de primero se puede comer a una diosa de segundo, donde los gambiteros se llevan a las zagalas a lo oscuro (como siempre se ha hecho) mientras todos fuman petas a los acordes de ZZ Top. Ahora resulta que los 70 van a molar, copón! Y yo que me los perdí por quedarme dentro de la cunita...

martes, 9 de junio de 2009

Al pobretico le pitingan los oídos


Le tienen que estar pitando los oídos ahora mismito. Dicen que ocurre cuando alguien está hablando de uno a sus espaldas, ¿no? Pues bien, hoy, en un momento dado en mi trabajo se ha armado un auténtico complot verbal para derrocar a Pitingo de su trono del flamenkito y arrastrar su (ridículo) nombre por el barro. Me gusta la palabra inglesa “barrage”, que significa “bombardeo artillero”, metafóricamente “aluvión”. Pues eso es lo que ha pasado hoy con Pitingo, le ha caído encima la del Pulpo Manotas. Y yo tampoco me he privado de darle caña, vaya.

Burlarse de Pitingo parecía ser el tema principal del orden del día, todo era apto para la chanza: su no-peinado, sus chaquetas imposibles, Pitingo en la Academia OT dispensando consejos, Pitingo haciendo duetos con Beatriz Luengo, Pitingo en el videoclip de Macaco, Pitingo liándola borracho a bordo de un aeroplano (ay, no, que ese era otro personaje) Mis compañeros no tendrán piedad: “Pitingo es indecente”, brama uno de ellos siempre que sale a relucir su nombre; “Pitingo al paredón (sin juicio)”, es otra frase no ajena a mi ámbito laboral. La última leyenda urbana es que Pitingo iba a dar el mes pasado dos conciertos en la Gran Ciudad que fueron cancelados por falta de venta de entradas. Recuerdo haber leído en la prensa la nota oficial: una excusa a propósito de supuestos problemas de voz en el acompañante coro de gospel.

No sé por qué derroteros avanzó la conversación, en un momento dado se estaba hablando de telebasura, que si culebrones, que si el Jorge Javier y la Esteban, que si gente echada a perder, que si Amy Winehouse (¡Amy vuelve!), que si Melendi… píííííííííííííííííííí! Por cierto que, en un momento dado alguien ha soltado la idea intelectualoide de que la gente que ve culebrones tiene las capacidades cerebrales menguadas, noción por otra parte no ajena al discurso que llevo oyendo treinta años en mi propia casa, pero yo a todos esos cerebrazos exentos de telenovela les recomiendo que hagan examen de conciencia: nadie está libre de engancharse a un culebrón. De hecho, al menos una vez en la vida, yo recomiendo la experiencia (no soy persona de estas series, pero sí que he me he tragado tres).


Otro día hablaré de culebrones, novelas, y alta/baja cultura. Volviendo a Pitingo, he de decir que entre mis compañeros de trabajo este tiene aproximadamente la misma estimación que para mí los personajes Pupita Melendi o Macaco. Pitingo, ese mozo de equipajes trocado en cantaor-fusión, es carne de pupitismo, obvio es: ¿por qué, entonces, nunca lo he incluido en mi lista? Os lo voy a contar. No soporto a Pitingo, el personaje, pero he de confesar que su música no me resulta del todo desagradable (dejad de gritarme!). Para el 90% de la peña Pitingo es su comercialoide disco Soulería (2008). El título en sí es, o una genialidad o de juzgado de guardia, entre el soul, la chulería y un palo de flamenco postmoderno. Sin embargo a mí ya me gustaba su anterior trabajo, Con habichuelas (2006), que compré a raíz de verlo recomendado por el buen Susu en el blog El Perro Lunar.

Sin entender un pimiento de flamenco (eso es así), aquel disco satisfizo mi paladar lego, me pareció una manera agradable de pasar el rato. Pero mal rollazo: hoy, una compañera de trabajo, una pitinguicida, me comenta desde la indignación: “Yo una vez le escuché a Pitingo cantar unos fandangos del Alosno y te digo que en la vida había visto hacerle más daño a los fandangos en menos tiempo”. O sea, que ni para eso sirve la criatura. Para otra ocasión (desde el R&B, el pop y el reggae) dejaremos la crítica de sus versiones de “Killing Me Softly”, “Gwendolyne” o “No Woman, No Cry”.


Y pese a todo el disco Soulería posee para mí unas connotaciones tiernas (que por supuesto siempre negaré en público), es más: ¿qué os parecería si os dijera que soy poseedor de una copia original en CD? El misterio es el siguiente: a mi hermana le gustaba la música de Pitingo, y este disco fue uno de los últimos regalos que le hice. Al morir ella, el CD me lo he quedado yo; nunca lo escucho pero me gusta saber que está ahí. Y por esa razón Pitingo, el mamarracho, el impresentable, nunca será declarado personaje Pupita de Estatuas Verdes.
 
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