Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El puente sobre el Río Kwai: Una peli como las de antes

-“¡No vuelva a hablarme de tratados! Esto es una guerra, y no un partido de cricket.”
(Coronel Saito, El puente sobre el Río Kwai)




De pequeño tenía una vecina cubana que cada vez que veía algo que le fascinaba por la tele exclamaba “¡Tardarán mucho tiempo en echar una película tan bonita como esta!” Es la sensación que me ha entrado a mí hoy, con la posible excepción de que la peli que he visto la llevan echando desde 1957: El puente sobre el Río Kwai. Y no es que no la hubiera visto nunca, que va, era la sexta vez o así que me la zampaba (la primera vez tuve la suerte de que en pantalla grande –glorioso David Lean- en una especie de cine club a los 8 ó 9 años). Pero debía hacer bastante tiempo que no le hincaba el diente al Río Kwai y hay algo en ella de lo que no me había dado cuenta.

Ahora resulta que El puente sobre el Río Kwai, una de mis pelis favoritas, la que yo tenía por la mejor peli de guerra de todos los tiempos es en realidad… una peli antibélica! ¿“Ahora resulta”, Porerror? Pues sí, señora: yo no me había coscado. A la altura de Teléfono rojo (1964) o Senderos de gloria (1957), ¿eh?, solo que se vale de otros métodos para hacernos llegar su mensaje. Donde el buen Kubrick utilizaba el humor negro o el melodramatismo para hacernos repudiar las guerras, Sir David Lean utiliza la naturaleza humana, con su variedad de emociones y caracteres, la grandeza, la miseria, la nobleza, la ruindad, el sacrificio, el escaqueo…


Al final, el mensaje es inequívoco: la guerra, esa actividad netamente humana como comer, reír, llorar, amar o cagar, es una auténtica locura. Es lo que exclama por dos veces (una vez en el doblaje español) el buen comandante de Sanidad Clipton al contemplar lo que ocurre al final de la película. El puente salta por los aires, un ferrocarril se precipita al río, pero también saltan y se hunden los sueños y –en cierto modo- la dignidad de un grupo de prisioneros de guerra británicos. El esfuerzo de guerra del bando Aliado contra el miniesfuerzo de guerra del batallón prisionero del Campo 16.

A su vez, la voladura del puente sobre el Río Kwai es la obra del microesfuerzo de guerra de un comando Aliado. De la integral entre 1939 y 1945 de todos estos diferenciales de esfuerzo saldrá la Victoria Aliada en la Segunda Guerra Mundial, o eso es lo que nos han hecho creer. Conviene recordar la frase inglesa de tiempos de guerra “to do one’s bit”, “hacer lo de uno”, contribuir cada uno con la parte que le toca en el esfuerzo bélico, fuera pegando tiros, limpiando botas, cargando sacas de correos, conduciendo furgonetas de leche o diseñando puentes.


El coronel Nicholson (Alec Guinness) entiende que su deber es liderar a sus hombres de acuerdo con las ordenanzas, y pretende dar una lección de Occidentalismo a los “salvajes e incivilizados” japoneses, que entre otras cosas le han hecho huir como una rata de Singapur, a él y a todo el ejército imperial británico en 1941, pero esa es otra historia. Los japoneses, como son tan tontos, aunque han dado un pisotón en todo el Sudeste de Asia y el Pacífico, no son capaces ni de construir un puente de palos en la selva. Menos mal que llegan los ingleses, que con su espíritu deportivo se lo construyen y les dan una lección de dignidad, sacrificio y capacidad de trabajo.

Pero análisis aparte, el éxito de El puente sobre el Río Kwai radica en que es un peliculón. Que me corrijan los expertos en cine, pero me parece que estamos ante una de las cumbres del Séptimo Arte, sin duda una de las mejores pelis de los años 50. La actuación de Alec Guinness ya ha pasado a la historia, justo es recordar la de Sessue Hayakawa (el autoritario coronel Saito, jefe del campo de prisioneros japonés). Tampoco están mal William Holden (el caradura americano Shears, supuesto protagonista), Jack Hawkins (el jefe comando británico) y James Donald (el mencionado Clipton).


Lo bueno de la peli es que la crítica antibélica viene envuelta en una auténtica historia de acción y aventuras. En realidad son dos pelis de guerra en una: la primera, una historia de camaradas presos (onda La gran evasión, 1963) y la segunda es de comandos (onda Los cañones de Navarone, 1961). A partir de ese momento, cualquier película de prisioneros de guerra o de comandos tendrá que compararse con la vara de medir de El puente sobre el Río Kwai, con la ventaja de que esta última trasciende ambos subgéneros, como corresponde a una obra verdaderamente grande y universal.

Mi criterio para saber si una peli de guerra es “buena” (aparte de entretenida y con más o menos carnaza bélica) es comprobar si gusta a gente que no le interesa la guerra para nada. Una buena historia, con personajes humanos, con tensión, con un desarrollo, con algo que aprender sobre nosotros mismos… todo eso lo encontramos fácilmente en la peli del puente y los prisioneros. Si nunca la habéis visto, os recomiendo que marchéis silbando a verla; si sí, que también. Tardarán mucho tiempo en echar una película tan bonita como esta, amigos. Porque lo que es en hacer otra igual de buena...

jueves, 19 de noviembre de 2009

Paracetamol/Costello


Escribo estas líneas desde la lucidez o más bien la alucinación que da la poca fiebre, más de 37 pero menos de 39, sabéis. La mucha me tendría postrado en cama, y ahora que lo pienso es como estoy, en cama, desdibujado, jodido… no sé si era el Millás o alguno de esos escritores que tanto admiráis quien dijo que se estaba de puta madre enfermo en cama, con fiebre, sudando, a gustísimo: qué poca idea tenía (también) en eso!

¿Gripe A? Saberlo a ciencia cierta implicaría unos análisis que no me van a hacer porque cuestan dinero, y en el fondo, ¿qué más da? Si hubiera seguido las instrucciones corporativas de mi empresa, ni siquiera hubiera debido ir al médico, solo quedarme en mi casa bebiendo zumo (os lo juro). Pero ya sabéis cuánto me gusta la desobediencia civil… La doctora me receta lo de siempre: reposo, mucho líquido, paracetamol y Elvis Costello. ¿No lo sabíais? E.C. es el único cantante del mundo con propiedades antipiréticas.

A lo mejor nunca os habéis dado cuenta, pero en cada disco de Costello viene una pegatina pequeña que dice “Alivio del dolor de intensidad leve o moderada. Estados febriles”. Yo lo llevo usando desde los 20 años, y he de confesar que me he vuelto un completo adicto. Hay otros muchos artistas pop que sirven como analgésico (Brian Wilson, Fito Páez) pero contra la fiebre solo hace efecto el gafotas pardillo londinense.


Intento leer esforzadas obras de autores posmodernos: ¡no lo intentara! Mi dolor de cabeza se acrecienta. Pongo la tele y la tengo que quitar enseguida. No aguanto las tonterías que echan y además me da mareo (clara señal de que estoy enfermo: yo, que me trago hasta los teletiendas del chef ese bigotudo que vende el papel film que se queda al vacío). Pruebo con cómics, que se me antojan más ligeros que los libros. Cómics Marvel, cómics belgas, El Jueves… todo en vano. De El País y el ABC ya ni hablamos: leo los editoriales y me creo que todo lo que dicen es verdad. No me hace falta ponerme el termómetro.

Tantas y tantas sesiones del telediario de Antena 3 sin supervisión médica no podían tener otro resultado, yo tenía que coger la gripe A. Me meto en la boca un paracetamol de 500 mg y meto en el discman el Imperial Bedroom (1982) de Costello. Consigo reducir la cosa a 37’2. Entre sueños, me visitan flashbacks de entrevistas al cantante londinense, trozos de sus letras, vídeos recientemente visionados en YouTube, como los de “Jacksons, Monk & Rowe” o “I Hope You’re Happy Now”. Tengo un sueño o visión (“según se prefiera”, que diría Umberto Eco) en el que voy en el coche de una amiga cantando la versión que hizo de “She” para la peli Notting Hill (1999).


Es mi cuerpo luchando contra la infección, lo mismo que me decía mi padre de chico que los calores febriles eran una manera que teníamos para defendernos de los gérmenes. Yo, que de chico también vi Érase una vez el hombre (como Rukia) y Érase una vez la vida, me imagino al virus en forma del tiñoso narigudo con cuerpo de gusanoide amarillento. Los glóbulos blancos lo atacan, pero esta vez cuentan además con un arma secreta: desde sus helicópteros, potentes altavoces atronan a los ácidos nucleicos con una versión de “(I Don’t Want to Go to) Chelsea” (jamás vi tan contentas a mis células T asesinas haciendo surf...).


Podría seguir relatando, pero debo volver a beber más agua, escribir en Internet también me fatiga, y además noto que se me están pasando los efectos del “God Give Me Strength” que me tomé antes de comer. En el prospecto de los discos de Elvis Costello también hay una advertencia que dice “La administración del producto está supeditada a la aparición de síntomas dolorosos o febriles, a medida que estos desaparezcan debe suspenderse la escucha”. Mañana será otro día, espero que pronto pueda volver a ponerme un disco de Teresa Rabal, o así. De Momento, Costello en vena: es lo que toca.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El otro, el mismo


En noches como la de hoy conviene recordar esa película de Ivan Reitman titulada Los gemelos golpean dos veces (1988), interpretada por Danny DeVito y Sorsenague. El tema del gemelismo ha dado mucho que hablar, que escribir y que rodar. También los temas del “doble” o el espejo, y si no que se lo pregunten a Jorge Luis Borges (de quien he robado para el post un título, claro).

¿Quién no recuerda –tema subsidiario- obras de Oscar Wilde como El retrato de Dorian Gray (1890) y La importancia de llamarse Ernesto (1895)? En ambas figuraban variaciones del doble: un retrato que acumulaba la sordidez de su crápula dueño y modelo en la vida real, o el inefable Bunbury, aquel hermano canalla (y ficticio) al que culpar de todos los desmanes cometidos. El retrato acababa como el rosario de la aurora, y en La importancia creo recordar que al final todos los personajes resultaban ser hermanos y se casaban unos con otros, o algo así.


¿Significa esto que es mala idea fingir que se tiene un gemelo? Probablemente, salvo que viva uno en un tebeo o en una peli de Bette Midler. La versión española del gemelismo nos la brindó Lina Morgan en su ya clásico Vaya par de gemelas (1978). Otros gemelos de inolvidable estampa fueron Rómulo y Remo, Cástor y Pólux, los gemelos Derrick (los de la “catapulta infernal”), Zipi y Zape, Zack y Cody los del Disney Chanel, Pili y Mili, Hayley Mills fotocopiada en Tú a Boston y yo a California (1961)…

Es en este contexto en el que, entre partida al Singstar y bocado de secreto ibérico, el buen Harvest me cuenta la última chorrada que le ha acontecido. Dice que la semana anterior fue a pelarse, no se afeitó y fue a trabajar con gafas en lugar de las acostumbradas lentillas. Dice también que de aquesta guisa se fue a dar clase: sorteó los perros que pululan por los pasillos de su instituto, saludó a los guardias civiles que iban a detener algún alumno porreta y entró en el aula.


En su clase de 1º todas las niñas se reían, él ya sabía por qué. “El maestro se ha pelao”. “El maestro tiene gafas”. Entonces Harvest dio un golpe de mano, dijo “Callaos todos, que si no se lo digo a mi hermano Harvest cuando vuelva la semana que viene”, y las risas cesaron.

Nada se habló del asunto, se trabajó normalmente, y la semana siguiente Harvest volvió a su clase afeitado y con lentillas. “Maestro, la semana pasada estabas diferente”. “Como que era su hermano, ¿no lo escuchasteis?” –soltó otra chavala. Entonces Harvest, a quien le gusta una chorretada casi tanto como a mí, cogió la idea al vuelo y espetó: “Claaaaro, es que la semana pasada el que vino fue mi hermano Carlos, que tiene gafas”. Los alumnos acogieron la bromita con entusiasmo, salvo dos que se quedaron muy serios. Chiquitina sancionó el caso con su dulce vozarrón de fumadora de 14 años y su sólida autoridad moral: “Sí, sí, sí… no era el maestro, era su hermano gemelo!”.


La pequeña Risitas explotó en una carcajada cercana a la congestión: “Ji ji ji ji ji ji ji ji ji ji…….. el hermano del maestro…… ji ji ji ji ji ji ji ji ji ji………… el maestro tiene un hermano…..ji ji”. Observó Harvest que la clase entraba en una “suspensión voluntaria de la incredulidad”, de repente se sintió sumergido en un mundo maravilloso como de peli de Terry Gilliam. Se lanzó entonces a dar una espiral absurda de datos, para deleite de los chiquillos. “Sí, sí, mi hermano Carlos y yo somos gemelos, él lleva gafas, yo trabajo pero él está en paro, él es más fan de Chenoa que yo…” Todo transcurría como en un cuento agradable hasta que uno de los dos alumnos que se habían quedado serios fue y dijo: “Pues maestro, la semana que viene venid los dos”. Se hizo el silencio en la clase, Harvest se quedó petrificado, también los demás chavales: aquel pavo se lo estaba creyendo.

Se le veía en los ojos. No remaba a favor de la corriente, no iba con sus compañeros, él se lo había creído. Y otra chiquilla también. El buen Harvest se debatió entre la risotada y el llanto, aquello había dejado de ser una peli fantástica para convertirse en una de miedo. Harvest me lo contó este fin de semana, e inmediatamente me acordé de aquel cuento de Borges, “El otro”, en el que el narrador se veía a sí mismo años más viejo. También me acordé de Don Miguel de Mañara viendo pasar su propio entierro. Y de Chris Peterson viajando a 1977 y cruzándose consigo mismo.


¿Sería posible conocerse a uno mismo en otra época, o al hermano que nunca tuvimos? Pasar al otro lado del espejo y vernos a la inversa, como Groucho Marx en Sopa de ganso (1933). ¿Habrá visto Harvest a su hermano Carlos, habrán tomado café juntos, o por el contrario habrán muerto ambos del susto tras la terrible (y matemática) contemplación de sus rostros iguales pero distintos? ¿Querría alguien vivir dentro de un relato de horror del jodido Edgar Allan Poe? ¿La tortilla, con cebolla o sin cebolla?

martes, 10 de noviembre de 2009

A dos niñas


Yo que siempre injurio a troche y moche aquí a la gente y a las cosas, hoy me voy a marcar un post amable, a ver si me gano unos puntillos con Bibiana Aído. Sí, porque quiero hablar hoy de una cosa sobre la que he estado reflexionando todo el día, y me ha parecido oportuno reflejarlo. Algo que tiene que ver con las mujeres, a saber: estaba pensando en la suerte que tengo de tener amigas.

Todos hemos visto Cuando Harry encontró a Sally (1989), sus bocadillos enormes, sus orgasmos fingidos y sus teorías de la imposibilidad de una amistad verdadera y pura entre personas de distinto sexo. Sobre esto se podría debatir y no acabar nunca, como sobre el sexo de los ángeles o la tortilla con o sin cebolla. Lejos de mí el afán de polemista hoy, que luego algunos lectores me dicen que me parezco a Juan Adriansens. Yo me limito a ofrecer una evidencia anecdótica, como decían mis libros de la carrera cuando algo no estaba contrastado científicamente pero era verdad.


Ergo, me da igual si filosóficamente es o no posible tener amigos/amigas sin intereses románticos de por medio: yo sé que las tengo y punto. Y todos nos relacionamos con personas de distinto sexo desde chicos, a ver, que España no es un país árabe (todavía), pero yo me refiero a amistad de verdad. A tus colegas íntimos, de los que se cuentan con los dedos de una mano; la verdad es que tengo la suerte de contar entre las personas más cercanas de mi círculo íntimo a dos mujeres. Iba a decir “niñas” pero me ha dado la risa, vosotras me perdonaréis.

Anoche estuve hablando con las dos, da la casualidad, por diferentes motivos. Una me estuvo dando ánimos y a la otra me tocó animarla a mí. Podría haber sido al revés perfectamente. Pero no somos amigos estilo “paño de lágrimas”, ya sabéis por dónde voy. Estas amigas están conmigo a las duras y a las maduras. Me lo han demostrado muchas veces, ya va para quince años, y por mi parte ellas saben que pueden contar conmigo.


No todo ha sido –como corresponde a la amistad de la buena- un camino de rosas, ¿eh? He tenido enfados con ambas, algunos de campeonato, y seguro que yo he tenido gran parte de la culpa, y ellas un poco también. Pero los enfados se superan, todo se habla y en fin, no me voy a ir de Perogrullo definiendo aquí lo que es la amistad. Solo que es posible entre un tío y una tía.

Mis dos amigas tienen actualmente pareja estable, antes han tenido otras como es natural, y os juro que yo nunca he tenido nada romántico ni otherwise con ninguna de las dos. He escuchado infinidad de veces que para un tío una amiga es solo una tía con la que todavía no se ha acostado o con la que ya no se acuesta, y os puedo asegurar que no es el caso para nada. Mis dos amigas han vivido en el extranjero, yo también, han pasado malos momentos y en la actualidad las dos tienen trabajo, lejos del mío, pero no perdemos el contacto. Y ahí están esos móviles, ese Facebook y ese MSN Messenger que Dios bendiga (os juro que en una boda que fui dieron gracias por estas modernidades desde el altar: lo nunca visto)!


A esta hora, una de mis amigas estará batallando con sus gatos y la otra quejándose del frío más que yo, en un momento dado las dos podrían estar escuchando un disco de Oasis, que es lo que estoy haciendo yo ahora mismo para acordarme de ellas y homenajearlas, porque las dos me han salvado la vida en distintas ocasiones, y ellas lo saben. Quien tiene un amigo tiene un tesoro, señores. Quien tiene amigas… ¿una tesora, Bibiana? Un besote a las dos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La lluvia terrible: poesía de 1939-1945


Hoy se conmemoran 20 años de la caída del Muro de Berlín, ¡cómo no acordarse! Recuerdo estar en el coche, con mi padre, escuchando Gomaespuma en Antena 3, y de pronto interrumpirse el programa para dar el notición (habíamos ido a recoger a mi madre a su trabajo; trabajaba de noche). Autoridades más doctas que yo recordarán hoy la efeméride, pero aquí no voy a hablar de eso. Os contaré un secreto: la Guerra Fría siempre me dio pereza, yo soy más de la Guerra “Caliente”, la 2ª Guerra Mundial, causa remota del propio Muro.

A propósito de la WWII, el otro día me comentaba un colega “Es curioso lo de los poetas de la Guerra del 14, ¿es que todos los ingleses que fueron al frente eran poetas?”. Algo de eso hay: todos los oficiales eran gente de clase social alta, educados en colegios privados y universidades de élite, muchos de ellos con formación en Humanidades, y, claro está, muchísimos de ellos letraheridos. Sumad 2+2 y ya tenéis el resultado. De todas formas, es verdad, hubo entre las filas británicas tres o cuatro poetas de primera fila (maravillosa casualidad), y eso ha hecho ya que se escarbe un poquito hasta encontrar decenas de segunda y tercera fila, por simpatía.


¿No ibas a hablar de la WWII, Porerror? Todo llegará, señora. En la WWI, hay una generación de poetas anacrónicos pero absolutamente conmovedores que está muy establecida en la literatura inglesa. Llega la guerra de 1939 y los antólogos británicos se frotan las manos. Papel en abundancia no había, pero se acababa de inventar el libro de bolsillo (cortesía de la editorial Penguin, 1935) y los uniformes del ejército de su Majestad tenían en la pernera un bolsillo rectangular muy a propósito para alojar libritos y cuadernos. Y sin embargo, la cosecha literaria de la 2ª Guerra Mundial no le llegó ni a la suela del zapato a la de la 1ª.

Apenas se recuerdan poetas del conflicto, y en novela, la WWI también gana por goleada. Así y todo, la peña escribió poesía, los soldados, la gente de retaguardia, y –claro- los poetas acrisolados que ya había, que no eran pocos. Por afán mimético, se ha querido unir las voces poéticas de la WWII en algunas antologías, de estas hay decenas sobre la 1ª Guerra, pero sobre la 2ª sólo he encontrado una que merezca la pena. Curiosamente, la compré hace 5 años en el Museo Imperial de la Guerra de Londres. Se llama The Terrible Rain: The War Poets 1939-1945 (originaria de 1966).


En su día, el erudito Cyril Connolly –árbitro de las letras inglesas- recomendó este libro, ¿qué más padrinazgo necesitamos? Concurren en él los sospechosos habituales de los años 30 y 40: W. H. Auden, Louis MacNeice, Alun Lewis, Cecil Day Lewis, Stephen Spender, Dylan Thomas, Dorothy L. Sayers, Edith Sitwell, Vernon Scannel… pero estos no son “poetas de la guerra” en el sentido estricto, por más que escribieran sobre su experiencia durante la misma. Del mismo modo, Virginia Woolf se quejaba en 1916 del precio de las flores por culpa del Kaiser y a nadie se le ocurriría meterla en el saco de aquella generación de vates bélicos.

No digo que para ser considerado un poeta de la guerra haya que haber sido militar o muerto en combate, pero sí que esta etiqueta les viene grande o chica a aquellos cuya fama literaria excede con mucho los límites cronológicos y mentales del conflicto. Vamos, que son famosos por escribir otras cosas. Rescato dos ejemplos de esta antología de auténticos poetas de la WWII, dos poemas que me emocionan muy especialmente siempre que los leo. Son de Henry Reed y Denys L. Jones (que sí fueron militares y sirvieron en la guerra).

El poema de Henry Reed se llama “Naming of Parts”, “El nombre de las piezas”, y trata de una sesión de instrucción sobre armas, en la que al soldado/yo poético se le va la cabeza en medio de la perorata del sargento y se pone a pensar en la maravillosa naturaleza que le rodea. Son magistrales los versos que dicen:

“(…)Y mañana por la mañana,
tocará qué hacer después del disparo. Pero hoy,
Hoy toca el nombre de las piezas. La Japonica
reluce como coral en todos los jardines circundantes,
Y hoy toca el nombre de las piezas.”



El de Dennys L. Jones se llama “Cain in the Jungle”, “Caín en la jungla”, y es una sobrecogedora reflexión en torno al terrible momento de entender que ha matado uno a otra persona. Dice así:

“He matado a mi hermano en la jungla;
Bajo el húmedo enredo de la verde liana
Yo me oculté, y apreté el gatillo, y él murió.”


Ambos poemas tienen una cosa (al menos) en común: la brutal intromisión de la Naturaleza en la materia bélica, estamos hablando de guerra, de ejércitos, y de pronto la Chaenomeles japonica o las lianas. Hay truco, claro: en realidad es el hombre malo, el hombre tecnificado, quien con sus máquinas de matar irrumpe en la Naturaleza para hacer daño. Nada menos que para causar la muerte. Idéntica idea se nos presenta en aquel prodigio de peli bélica que fue La delgada línea roja (1998) de Terrence Malick, curiosamente ambientada en el mismo teatro que los dos poemas citados: el de Asia-Pacífico.


Si tenéis ocasión, leed poesía de guerra, de cualquier guerra. Su sabéis inglés, buscad a estos poetas de ambos conflictos mundiales. Su sufrimiento parece que los hace más sabios, más verosímiles: su autoridad es mayor porque han vivido. Mentira, pero… ¿quién es el guapo que se resiste a tan urgentísima falacia?

domingo, 8 de noviembre de 2009

El paranoyarrio del Dr. Gilliam


Amigos, vengo de ver El imaginario del Doctor Parnassus (2009) de Terry Gilliam, y os confieso que me ha dado vergüenza decir el título para pedirle la entrada al taquillero (cómo será que me dieron una entrada para Julie & Julia, y no es broma). Recordamos quién es Terry Gilliam: un americano que estaba en los Monty Python, que lleva gafas y que dice que le gusta mucho El Quijote. Ah, y un director de cine que hace unas pelis rraras, rraras, rraras.

Esta del Dr. Parnassus (diré “Parny”, que me da menos vergüenza) no es una excepción. Lluvia de ideas: Lady Di, Heath Ledger con acento de Londres, bares en forma de sombrero que estallan por los aires, el pesado de Tom Waits haciendo de Diablo… El primer adjetivo que se le viene uno a la mente antes, durante y después de ver esta peli podría ser nuestro querido “bizarro”, pocas veces utilizado con más propiedad semántica. Y sin embargo, El imaginario no es un cúmulo sin ton ni son de paranoias, es un conjunto muy bien articulado de paranoias.


Gracias a esto, se salva el despropósito, la peli nos cuenta una historia con sentido (casi) completo y nos mantiene en suspense hasta la ultimísima escena. Otra cosa son los ingredientes que escoge Gilliam para narrarnos su cátedra: visualmente suponen un carnaval de rarezas a medio camino entre Tim Burton y El mago de Oz (1939). Pero ya digo, Gilliam hasta cuando rueda una peli “normal” se va de bizarro, véase si no su particular traslación visual del universo Hunter S. Thompson en aquella mítica Miedo y asco en Las Vegas (1998).

El que haya visto otras de Gilliam no se sentirá tan fuera de lugar viendo El imaginario, yo mismo tuve flashbacks de Los héroes del tiempo (1981), Las aventuras del barón Munchausen (1988), El secreto de los hermanos Grimm (2005), El rey pescador (1991) y la citada Miedo y asco. De hecho, el director de fotografía N. Pecorini ha dicho “[l]eí el guión sintiendo que se trataba de la suma de toda la carrera artística de Terry. Todos los elementos con los que cuenta, de una manera u otra, (…) vienen de anteriores trabajos”. O sea, que no estoy loco. ¿Lo está Terry Gilliam? Veamos.


La historia de esta película es simple (jí jí jí jí jí jí jí jí jí…): un tal Dr. Parny, señor eterno, filosófico y -hasta no se sabe qué punto- trascendente, tiene el defecto de que no puede resistirse a una buena apuesta, condición que aprovecha el Diablo (o Tom Waits con bombín) para retarse con él, hacer apuestas y poner en peligro su salud y la de los que le rodean. Ah, y además, el Dr. Parny en la actualidad dirige una cochambrosa troupe de cómicos en la onda de los de Hamlet o la peli de El barón de Munchausen, en la que militan su hija (la modelo de Rimmel London que no es Kate Moss) y el enano de Austin Powers (en lo que constituye su mejor papel desde… Austin Powers 3).

Una de las mayores sorpresas que me llevé al ver El imaginario -no quise saber casi nada antes de ir- es que se desarrolla íntegramente en Londres (dejando a un lado el Mundo Sublunar del Dr. Parny). Otra, que Johhny Depp aparece durante solo 4 ó 5 minutos (Colin Farrell también, gracias sean dadas). La segunda sorpresa es mala, pero la primera es buenísima. La policía metropolitana de Londres apalizando borrachos a la salida de un pub, working class people en lugar de negratas y hasta el difunto y oscarizado Heath Ledger bajándose los pantuquis y hablando con acento londinense, muy bien por cierto.


Con estas extrañas premisas la cosa podría haber sido un engendro infumable o una barroca y magistral extravaganza, y me inclino más bien hacia lo segundo. Lo que más me fascina de la película (casi más que su pretendida y lograda poesía visual) es cómo, pese a su complejidad, se mantiene en pie y no hace aguas en ningún momento. Tenía todas las papeletas para no entenderse (recuerdo a unos señores que al salir dijeron “Ahora solo falta que nos la expliquen”: yo no me sentí así).

La peli no es perfecta, ni “redonda” (copio la distinción a Fran G.), ni cuadrada, ni octogonal… es un icosaedro que en cada faceta tiene un retrato de Terry Gilliam riéndose del espectador, lo único que falta es estar a la altura y saber devolverle la sonrisa.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Palermo, agosto del 2008

(Harvest me enseña una postal que le envié hace quince meses, y que hoy tengo a bien transcribiros)



-Hay una hora en la que las calles de Palermo despiden a los muchos paseantes y dan la bienvenida con sus brazos barrocos a otros que ya empiezan a poblarlas.

-En agosto, esto coincide con las ocho y media o las nueve, podría decirse que con el ocaso o -como sentencian ciertas guías-, “el mejor momento para ver Piazza Pretoria”.

-Sucede entonces un fenómeno curioso, antiguo, casi imperceptible. La ciudad reparte entre los viandantes un regalo de pobreza y de dignidad, de luz y sal en verano.

-Y de este sutil modo, aquellos que transitan por sus calles, los de hace un momentito, ya no serán los mismos.
 
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