Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 25 de junio de 2008

De crímenes y simulacros


En un relativamente corto plazo de tiempo veo en DVD dos películas antiguas dispares pero comparables. Me refiero a Cómo robar un millón (1966: de William Wyler, con Audrey Hepburn y Peter O’ Toole) y La huella (1972: de Joseph L. Mankiewicz, con Laurence Olivier y Michael Caine). Dos peliculones, amigos, de ese cine del que ya no se hace. No es esto un lamento de repertorio sino una constatación objetiva: películas así ya no se hacen, en primer lugar porque seguramente ya no tendrían éxito.

Como he dicho arriba estas dos películas son diferentes pero tienen muchos términos de comparación, y por eso las traigo aquí juntas. La idea para el post se me ha ocurrido reflexionando sobre el concepto de simulacro presente en ambos filmes, pero tal vez debiera dar una pincelada sobre sus respectivas tramas, caso de que algún incauto no las haya visto (como yo hasta hoy mismo, vaya).

Cómo ganar un millón es la típica comedia llamativa de los sesenta. Actores famosos y atractivos, un guión a ratos tonto y a ratos gracioso (incluyendo diálogos amorosos absolutamente im-po-si-bles), vestuario de ensueño, glamour, cochazos… Al pertenecer al subgénero de “robos de guante blanco”, debe haber también ladrones encantadores, aristócratas, policías tontacos e impresionantes medidas de seguridad que por supuesto son facilísimas de burlar en el momento clave. La historia es simple: un famoso falsificador que pasa por coleccionista de obras de arte (en realidad las confecciona él) urde un plan para autorrobarse una pieza de las suyas antes de que sea expuesta como falsa por un perito de seguros.

En realidad el plan lo urde su hija (enter Miss Hepburn) y le encarga el robo al refinado Peter O’ Toole, quien en esta película tiene aproximadamente la misma credibilidad como ladrón que tenía David Niven en La Pantera Rosa (1963). Al final, nada es lo que parece: del engaño pasamos al delito y de este al engaño, con resultados románticos. El esquema de La huella podría antojarse parejo, pero en realidad se trata de un twist más siniestro. Si Cómo robar un millón es lineal (con varias paradas), La huella se convierte en un asunto más enrevesado, acaso espiral.


En La huella partimos de un casus belli romántico para urdir un delito que luego resulta ser un engaño que luego resulta ser un delito que luego resulta ser un engaño, que luego resulta… y así continúa el patrón entre delito y engaño, hasta llegar a un final que obviamente no voy a revelar. La historia es simple: un aristócrata y novelista detectivesco (aficionado a los juegos y a las comeduras de olla) invita al amante de su esposa para proponerle un robo del que supuestamente ambos sacarán provecho. Al tratarse de una adaptación de una obra de teatro, la película se sostiene íntegramente sobre los dos personajes principales, aquí sí que la peli son Michael Caine (el cockney, el gañán de stock italiano) y Laurence Olivier (el perverso gentleman de pura raza anglosajona).

Con ser pelis de una cierta época (últimos años 60 y primeros 70), las dos tratan –cada una a su modo- de transgredir un poquito lo que se estilaba por aquel entonces. Cómo robar un millón presenta exteriores reales filmados en Paris, lo cual es muy de agradecer. No se trata de la nouvelle vague, pero tampoco es ya una peli de Hitchcock, si sabéis a lo que me refiero. Tampoco la pareja protagonista va más allá de castos besos, pero he querido ver en esta historia ciertos puntitos de riesgo que me han molado: niña pija irremisiblemente atraída por un canalla (y el padre no dice nada), Audrey Hepburn en deshabillé, la idea de que a lo mejor el crimen sí compensa…

La huella es más oscura, más sucia, más violenta. Desde el lenguaje hasta las situaciones planteadas, pasando por los movimientos de la cámara. Tras su crudeza se oculta una excelente crítica social para quien la quiera ver. Hay un subtexto aquí de lucha de clases, explicitado en los parlamentos sobre todo de Michael Caine. Cómo robar un millón también puede ser analizada en plan marxista, pero en ningún momento cuestiona el orden establecido. La huella además presenta un cuadro de moral sexual mucho más franco: adulterio, impotencia, perversiones sugeridas… Sin embargo, no nos engañemos; el guión, con todos sus trucos y giros inesperados, resulta de una construcción tan mecánica que al final acaba pareciendo hasta naïf.

Al final, lo que más me ha llamado la atención de estas dos películas es el hecho de que sean pelis sobre delitos, robos, falsificaciones, asesinatos… pero que tengan el tema común del engaño mediante el simulacro. En ninguna de las dos películas nada es lo que parece hasta el final, y el simulacro aparece como leit-motif, sea en los Van Goghs falsos que pinta el padre de Audrey Hepburn, en los siniestros autómatas que atesora Laurence Olivier, en los disfraces que se ponen la Hepburn y Michael Caine para cometer un delito, en las identidades supuestas, en las medias verdades, en las representaciones teatrales.


En la era postmoderna, nos recuerda Jean Baudrillard (1929-2007), el simulacro precede a la realidad (Cultura y simulacro, 1978). En otras palabras, no hay diferencia entre el mapa y el territorio. En el caso de Cómo robar un millón y La huella tenemos dos excelentes ejemplos de esto, con crímenes que en realidad no lo son, o que si lo llegan a ser es solo por el hecho de que se han planificado como tales. Precisamente, el mismo Baudrillard tiene otro libro (El crimen perfecto, 1996) en el que dice que si no fuera por las apariencias, el mundo (la realidad) sería un crimen perfecto. Interesante, ¿eh? ¡Corred a alquilarlas!

martes, 20 de mayo de 2008

Wayfarer



“Caminante no hay camino, sino estelas sobre el mar”.

-Antonio Machado




Ya lo decían grandes del calibre de Machado (Antonio) o Juan Pardo. Este último cantaba “yo… soy… un caminante perdido” en su temazo “La charanga” (1968). Así me sentí yo durante las vacaciones de Semana Santa, en que tragué más sol que todo junto. Fue entones cuando decidí que ya no iba a posponer más la compra de unas (buenas) gafas de sol. Desde entonces lo he pospuesto, claro, hasta ayer mismo que por fin me las merqué.

Últimamente he tenido varios fines de semana de mucho sol en playa y campo, y tengo que decir que lo he pasado bastante mal. Yo no sé si es que me estoy haciendo viejo y estoy desarrollando fotofobia, pero esto es así. El caso es que recordé que hace muchos meses en el programa de Boris hicieron un reportaje sobre unas míticas gafas de sol, el modelo Wayfarer de Ray-Ban. Resulta que este modelo ha alcanzado un estatus icónico gracias a su exposición a los medios en innumerables series de TV y películas, amén de su uso por todo tipo de estrellas, estrellitas y estrellonas.


Valga el ejemplo de Tom Cruise, quien las sacó en Risky Business (1983) y logró que las dichosas gafunis pasasen en un año de 18.000 a más de 300.000 ejemplares vendidos. Nadie sabe qué son las Wayfarer cuando le hablo de ellas; nadie las desconoce cuando se las enseño: he aquí un icono. Aunque estas gafas fueron creadas originalmente en 1953, no fue sino hasta su uso por Audrey Hepburn en aquel Desayuno con diamantes (1962) que se hicieron megafamosas.

Todos las llevaron: Marilyn, Audrey, Bob Dylan, John Lennon… la lista sería aburrida de lo larga y abultada. Y más importante aún: todos se fotografiaron llevándolas. Durante los años setenta cayeron en desgracia, tuvieron un repunte en los 80 (el efecto Risky Business) y volvieron a bajar durante la pasada década (se ve que la peña prefería gafas de sol más pasti, rollo Caiga Quien Caiga o así). Lo gracioso fue que al parecer desde hace unos pocos años ciertas árbitras de la moda (Chloë Sevigny, hermanas Olsen) las han vuelto a poner de fashion hasta el punto de que la casa Ray-Ban ha vuelto a apostar por el modelo, rediseñándolo y vendiéndolo como una imagen, algo más que unas gafas.

Y he aquí donde he picado yo, para que os voy a contar otra cosa. La razón principal de que me haya comprado unas Ray-Ban Wayfarer (negras, que yo no soy Audrey Hepburn ni Mary Kate-Ashley Olsen) es que me gusta su diseño: me parecen chulísimas. La segunda razón es que nunca pasan de moda. Al ser un diseño clásico, pueden no estar a la última, pero su elegancia está garantizada (tampoco estoy para ir comprándome un par de Ray-Ban nuevas cada temporada). La tercera razón, lo admito sin pudor, es la mitomanía.


Yo más que a Kim Novak, Roy Orbison o los Blues Brothers, a quien quisiera parecerme es a Elvis Costello, enorme gafista donde los haya (“y los hay”, que diría Boris Vian). Este personaje “Oro” también las lleva, ¿para que queremos más? También me pone el hecho de que uno de mis escritores favoritos, Bret Easton Ellis, las suele nombrar en varios de sus libros (¿le habrán pagado una mordida los de Ray-Ban?).

Este finde he estado con dos personas que las llevaban, me las he probado y he terminado por decidirme. Joder, el “extranjero” de Camus llegaba al extremo de matar a un tío porque le picaba el sol en los ojos… más vale tener buenas gafas como protección, ¿no? Hay otras gafas míticas; por ejemplo: cuando volvió a Filipinas, el General MacArthur llevaba puestas unas Ray-Ban Aviator (las clásicas gafas de piloto), pero yo soy más de las Wayfarer (que por cierto, significa “caminante”). No hay camino, etc, etc… pero gafas sí.
 
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