Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 11 de febrero de 2009

Manuel Alexandre/Steve Martin


Una vez más el telediario de Antena 3 me provoca una montaña rusa de sensaciones: emoción, indignación, hambre, rabia… En este caso lo que me punza es su sección de espectáculos (más de medio noticiario), y voy a tratar aquí de ordenar unas cuantas ideas y de estructurar estas sensaciones.

Noticias al azar, ideaas geniaales, vemos hoy que andan por ahí promocionando la nueva secuela de La Pantera Rosa. ¿La peli de 1963, con Peter Sellers? No, señora: la peli de 2006, con Steve Martin. ¿Cómorr? Exacto. También nos es dado recordar cómo anteanoche, en la gala de entrega de los premios TP de Oro, le cayó un galardón-homenaje al actor Manuel Alexandre (el que recientemente hacía de Franco).


Manuel Alexandre y Steve Martin: la cara y la cruz del humor, ¿eh? Ambos son actores cómicos, ¿la gran diferencia entre ellos? Que uno es gracioso y el otro no. Que uno es divertido y el otro irritante. Que uno causa risa y el otro pena o enfado, etc. Adivinen cuál me encanta y a cuál no puedo soportar.

La verdad es que llevaba toda la tarde barruntando un post que se iba a titular “Steve Martin: ¿Error de Dios?” pero a última hora me ha parecido un poco injusto y cruel… para con Manuel Alexandre, mi otro protagonista del día, alguien que no podía quedarse arrumbado. El galardón a Alexandre me ha caído muy bien, me parece que todos los homenajes que se le tributen a este actor de 91 años en vida serán pocos.



Manuel Alexandre empezó en el cine con Berlanga, haciendo un corto papel de funcionario en ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1952). No he visto toda su filmografía, ni de lejos, pero lo que he visto me ha bastado para asegurarme de que es uno de los mayores talentos que ha dado la interpretación en España. Si os fijáis en la lista de mis pelis favoritas, él es el personaje clave de Los jueves… milagro (1957), también de Luis G. Berlanga. Otras barbaridades en que aparece fueron Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956), Calabuch (1956), Plácido (1961), Atraco a las tres (1962), El verdugo (1963), Amanece, que no es poco (1989)…

Todo lo que ha hecho no son obras maestras, sobre todo en los 70 y 80, pero creo que este currículum basta y sobra para taparle la boca a cualquiera. Y luego está Steve Martin, ¿eh? Este pasó de monologuista carente de gracia a actor cómico carente de gracia pasando por actor dramático o no-se-sabe-bien-qué. Los años dorados de Martin sí fueron los 80, con títulos como Tres amigos (1986), La tienda de los horrores (1986), Roxanne (1987), Mejor solo que mal acompañado (1987), Dulce hogar… a veces (1989), El padre de la novia I y II (1991 y 95) o Sargento Bilko (1996). Pelis algunas más que meritorias, que indefectiblemente contaban con la impresentable actuación de Steve Martin.


Los únicos trabajos de este caricato que me parecen aceptables (andaría drogado, o se pondría a actuar bajo hipnosis) son las de Cliente muerto no paga (1982) y Esposa por sorpresa (1992). Aquí le vino a ver la Virgen en estas pelis, porque la verdad es que sus personajes le quedan francamente bien. Últimamente se ha dedicado a injuriar la memoria de Blake Edwards, Peter Sellers, David Niven, Robert Wagner, Claudia Cardinale y Capucine protagonizando ese remake de La Pantera Rosa, cuya segunda parte nos llega ahora (2009). El reparto lo completan Jean Reno, Andy García, Jeremy Irons y yo no sé quién más (en la de 2006 salía hasta Beyoncé), buenos actores pero, claro, ninguno de la talla de Steve Martin.

En una entrevista de promoción, el buen Martin deja caer que él se compara con los grandes del humor: Chaplin, Jerry Lewis, Buster Keaton… casi nadie. Yo por poco me atraganto, comiendo. Mientras tanto, seguro que el buen Manuel Alexandre estaría en su casa acurrucando su nuevo premio, que pondría humildemente junto al Goya que le dieron en 2003 a toda su carrera. Guardo como oro en paño el autógrafo de Alexandre que hace años mi padre me trajo de Madrid. Después de todo, él vio a San Dimas (encarnado por Pepe Isbert), ¿no?. El autógrafo de Steve Martin no lo tengo. ¿Me lo podéis conseguir alguno?

miércoles, 25 de junio de 2008

De crímenes y simulacros


En un relativamente corto plazo de tiempo veo en DVD dos películas antiguas dispares pero comparables. Me refiero a Cómo robar un millón (1966: de William Wyler, con Audrey Hepburn y Peter O’ Toole) y La huella (1972: de Joseph L. Mankiewicz, con Laurence Olivier y Michael Caine). Dos peliculones, amigos, de ese cine del que ya no se hace. No es esto un lamento de repertorio sino una constatación objetiva: películas así ya no se hacen, en primer lugar porque seguramente ya no tendrían éxito.

Como he dicho arriba estas dos películas son diferentes pero tienen muchos términos de comparación, y por eso las traigo aquí juntas. La idea para el post se me ha ocurrido reflexionando sobre el concepto de simulacro presente en ambos filmes, pero tal vez debiera dar una pincelada sobre sus respectivas tramas, caso de que algún incauto no las haya visto (como yo hasta hoy mismo, vaya).

Cómo ganar un millón es la típica comedia llamativa de los sesenta. Actores famosos y atractivos, un guión a ratos tonto y a ratos gracioso (incluyendo diálogos amorosos absolutamente im-po-si-bles), vestuario de ensueño, glamour, cochazos… Al pertenecer al subgénero de “robos de guante blanco”, debe haber también ladrones encantadores, aristócratas, policías tontacos e impresionantes medidas de seguridad que por supuesto son facilísimas de burlar en el momento clave. La historia es simple: un famoso falsificador que pasa por coleccionista de obras de arte (en realidad las confecciona él) urde un plan para autorrobarse una pieza de las suyas antes de que sea expuesta como falsa por un perito de seguros.

En realidad el plan lo urde su hija (enter Miss Hepburn) y le encarga el robo al refinado Peter O’ Toole, quien en esta película tiene aproximadamente la misma credibilidad como ladrón que tenía David Niven en La Pantera Rosa (1963). Al final, nada es lo que parece: del engaño pasamos al delito y de este al engaño, con resultados románticos. El esquema de La huella podría antojarse parejo, pero en realidad se trata de un twist más siniestro. Si Cómo robar un millón es lineal (con varias paradas), La huella se convierte en un asunto más enrevesado, acaso espiral.


En La huella partimos de un casus belli romántico para urdir un delito que luego resulta ser un engaño que luego resulta ser un delito que luego resulta ser un engaño, que luego resulta… y así continúa el patrón entre delito y engaño, hasta llegar a un final que obviamente no voy a revelar. La historia es simple: un aristócrata y novelista detectivesco (aficionado a los juegos y a las comeduras de olla) invita al amante de su esposa para proponerle un robo del que supuestamente ambos sacarán provecho. Al tratarse de una adaptación de una obra de teatro, la película se sostiene íntegramente sobre los dos personajes principales, aquí sí que la peli son Michael Caine (el cockney, el gañán de stock italiano) y Laurence Olivier (el perverso gentleman de pura raza anglosajona).

Con ser pelis de una cierta época (últimos años 60 y primeros 70), las dos tratan –cada una a su modo- de transgredir un poquito lo que se estilaba por aquel entonces. Cómo robar un millón presenta exteriores reales filmados en Paris, lo cual es muy de agradecer. No se trata de la nouvelle vague, pero tampoco es ya una peli de Hitchcock, si sabéis a lo que me refiero. Tampoco la pareja protagonista va más allá de castos besos, pero he querido ver en esta historia ciertos puntitos de riesgo que me han molado: niña pija irremisiblemente atraída por un canalla (y el padre no dice nada), Audrey Hepburn en deshabillé, la idea de que a lo mejor el crimen sí compensa…

La huella es más oscura, más sucia, más violenta. Desde el lenguaje hasta las situaciones planteadas, pasando por los movimientos de la cámara. Tras su crudeza se oculta una excelente crítica social para quien la quiera ver. Hay un subtexto aquí de lucha de clases, explicitado en los parlamentos sobre todo de Michael Caine. Cómo robar un millón también puede ser analizada en plan marxista, pero en ningún momento cuestiona el orden establecido. La huella además presenta un cuadro de moral sexual mucho más franco: adulterio, impotencia, perversiones sugeridas… Sin embargo, no nos engañemos; el guión, con todos sus trucos y giros inesperados, resulta de una construcción tan mecánica que al final acaba pareciendo hasta naïf.

Al final, lo que más me ha llamado la atención de estas dos películas es el hecho de que sean pelis sobre delitos, robos, falsificaciones, asesinatos… pero que tengan el tema común del engaño mediante el simulacro. En ninguna de las dos películas nada es lo que parece hasta el final, y el simulacro aparece como leit-motif, sea en los Van Goghs falsos que pinta el padre de Audrey Hepburn, en los siniestros autómatas que atesora Laurence Olivier, en los disfraces que se ponen la Hepburn y Michael Caine para cometer un delito, en las identidades supuestas, en las medias verdades, en las representaciones teatrales.


En la era postmoderna, nos recuerda Jean Baudrillard (1929-2007), el simulacro precede a la realidad (Cultura y simulacro, 1978). En otras palabras, no hay diferencia entre el mapa y el territorio. En el caso de Cómo robar un millón y La huella tenemos dos excelentes ejemplos de esto, con crímenes que en realidad no lo son, o que si lo llegan a ser es solo por el hecho de que se han planificado como tales. Precisamente, el mismo Baudrillard tiene otro libro (El crimen perfecto, 1996) en el que dice que si no fuera por las apariencias, el mundo (la realidad) sería un crimen perfecto. Interesante, ¿eh? ¡Corred a alquilarlas!
 
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