
Queridos amigos, mirad lo que he encontrado bicheando por ahí. ¡Las cosas que llega a escribir la peña!
Voy al concierto de Bob Dylan esta noche en Jerez con un fervor cuasi religioso. Acudo esperanzado de estar a punto de contemplar un gran espectáculo. Mi contacto en el Rock in Rio, del fin de semana pasado, me envió un mensaje diciendo que Dylan había sido con diferencia lo mejor del festival. Desgraciadamente, mi cerebro decidió ignorar selectivamente parte de aquel sms, en concreto la parte que decía “¡Repasa estos días el Modern Times [2006] y el Love and Theft [2001]!” Riquísimo. ¿El problema? Que no tengo esos discos y nunca los he escuchado.
Pero está claro que una leyenda viva como Dylan no viene a promocionar su último disco, este hombre tendrá muchísimas más cosas que decir. Pionero del folk comercial, del folk-rock, de ponerse sombreros con pluma sin ser de raza negra, de nombrar a Anthony Perkins en sus letras, de dedicarle canciones a boxeadores, de cantar ante el Papa… Qué duda cabe que traerá un repertorio como mínimo equilibrado entre temas nuevos y grandes clásicos, en todo caso tirando más para sus éxitos de siempre… un mojón para mí.
Que conste que yo no era de los que iban esperando “Blowin’ In the Wind” y después seguida “Knockin’ On Heaven’s Door”, pero mi mente no estaba preparada (claramente) para el concierto que nos deparó don Dylan. ¡Jesús, María y José! Vaya rollazo… Obviaré el precio de la entrada y la inadecuación del recinto (= el Gol Norte de un minicampo de fútbol). Pero no obviaré la malísima calidad del sonido y el hecho de que la mitad del público estuviese allí de gañote mientras yo me había gastado mis leuros. Como bien apuntó mi novia, hemos estado en conciertos de La Oreja de Van Gogh con cuatro veces más público. Casualmente aquí, entre pases de prensa y paniaguados del ayuntamiento (“Sí, Manolo, al final hemos venido de gratis… ja, ja, ja”) no sé yo si Dylan habrá hecho mucha caja después de todo.
Mi primera impresión al llegar al concierto era que me encontraba en una de esas reunions del colegio: entre ex profesores y ex compañeros de la facultad creo que llenábamos la tribuna del “estadio”. Luego está la constatación de que la edad media del respetable debía rondar los 65 años. Esto lo meto para hacer un poquito de sangre y que os riáis, porque yo en verdad no tengo nada en contra de que la gente de cualquier edad disfrute con la música en directo, siempre que no la usen como una excusa para ir a tomarse dos cervezas.
Del concierto en sí, ¿qué decir? El hecho de que solo conociera 3 de las 17 canciones que interpretó Mr. Zimmerman no es culpa de nadie. El hecho de que la media de duración de cada tema fuese de siete minutos (cronometrado), sí. El hecho de que todas las canciones fuesen iguales (una especie de blues sureño/rock and roll), también. El hecho de que fuesen interpretadas con desgana tampoco ayudó mucho a crear ambiente. Puedo decir que en mi vida he visto un público menos entregado: ni cantaban (¡no se las sabían, cojones!), ni bailaban, más bien estaban charlando y rezando porque el señor Dylan se dignase a tocar algún tema conocido de una puta vez.
Cuando lo único que allí se movía eran los abanicos entre el público, se obró el milagro. Tras once temas y 77 insufribles minutos de pseudorockera papilla geriátrica, Bob Dylan & His Band (& the Mother That Begat Them) se lanzaron a perpetrar una versión de “Highway 61 Revisited” que, claro está, dejó igual de indiferente al público. Otro par de temas-rollo más y nos sueltan otra píldora: “Masters of War”. Sí, amigos, no son precisamente sus grandes éxitos. Servidor no es fanático de Dylan pero modestamente ha escuchado unos cuantos de sus discos. Las canciones famosas y conocidas este hombre (que no es lo mismo) iban brillando por su ausencia.
Una palabra ahora sobre la actitud de Dylan sobre el escenario. El buen señor no se dignó a decir ni “hola” ni “adiós”, y entre canción y canción no dirigió la palabra a la gente que había ido a verle. ¿Chulería? ¿Leyenda? ¿Pose? ¿Tomadura de pelo? Elige tu propia aventura. Por poco y no le da la espalda al público, pues el cantautor se pasó las dos horas largas de recital tocando el órgano de perfil. Miento, el de Minnesota logró un hito desconocido desde tiempos de los egipcios: colocarse simultáneamente de perfil (torso y cabeza) y de frente (de cintura para abajo). ¡No se veía tan poderoso giro de cintura desde He-Man y los Masters del Universo, oiga!
Y así transcurrió el concierto, con el bueno de Dylan moviéndose menos que Epi y Blas en un colchón de velcro, y “his band”, que instrumentalmente oscilaban entre los Hombres G y Dire Straits (juro que me pareció que una de las que cantaron era “Romeo and Juliet”, con mandolina y todo). En los bises, un par de temas más y el gran final con “Like a Rolling Stone”, que si es verdad que fue lo único que mereció la pena del concierto no lo es menos que fue así porque básicamente se la cantó el público. Una pena.
Fdo: Harvest
Voy al concierto de Bob Dylan esta noche en Jerez con un fervor cuasi religioso. Acudo esperanzado de estar a punto de contemplar un gran espectáculo. Mi contacto en el Rock in Rio, del fin de semana pasado, me envió un mensaje diciendo que Dylan había sido con diferencia lo mejor del festival. Desgraciadamente, mi cerebro decidió ignorar selectivamente parte de aquel sms, en concreto la parte que decía “¡Repasa estos días el Modern Times [2006] y el Love and Theft [2001]!” Riquísimo. ¿El problema? Que no tengo esos discos y nunca los he escuchado.
Pero está claro que una leyenda viva como Dylan no viene a promocionar su último disco, este hombre tendrá muchísimas más cosas que decir. Pionero del folk comercial, del folk-rock, de ponerse sombreros con pluma sin ser de raza negra, de nombrar a Anthony Perkins en sus letras, de dedicarle canciones a boxeadores, de cantar ante el Papa… Qué duda cabe que traerá un repertorio como mínimo equilibrado entre temas nuevos y grandes clásicos, en todo caso tirando más para sus éxitos de siempre… un mojón para mí.
Que conste que yo no era de los que iban esperando “Blowin’ In the Wind” y después seguida “Knockin’ On Heaven’s Door”, pero mi mente no estaba preparada (claramente) para el concierto que nos deparó don Dylan. ¡Jesús, María y José! Vaya rollazo… Obviaré el precio de la entrada y la inadecuación del recinto (= el Gol Norte de un minicampo de fútbol). Pero no obviaré la malísima calidad del sonido y el hecho de que la mitad del público estuviese allí de gañote mientras yo me había gastado mis leuros. Como bien apuntó mi novia, hemos estado en conciertos de La Oreja de Van Gogh con cuatro veces más público. Casualmente aquí, entre pases de prensa y paniaguados del ayuntamiento (“Sí, Manolo, al final hemos venido de gratis… ja, ja, ja”) no sé yo si Dylan habrá hecho mucha caja después de todo.
Mi primera impresión al llegar al concierto era que me encontraba en una de esas reunions del colegio: entre ex profesores y ex compañeros de la facultad creo que llenábamos la tribuna del “estadio”. Luego está la constatación de que la edad media del respetable debía rondar los 65 años. Esto lo meto para hacer un poquito de sangre y que os riáis, porque yo en verdad no tengo nada en contra de que la gente de cualquier edad disfrute con la música en directo, siempre que no la usen como una excusa para ir a tomarse dos cervezas.
Del concierto en sí, ¿qué decir? El hecho de que solo conociera 3 de las 17 canciones que interpretó Mr. Zimmerman no es culpa de nadie. El hecho de que la media de duración de cada tema fuese de siete minutos (cronometrado), sí. El hecho de que todas las canciones fuesen iguales (una especie de blues sureño/rock and roll), también. El hecho de que fuesen interpretadas con desgana tampoco ayudó mucho a crear ambiente. Puedo decir que en mi vida he visto un público menos entregado: ni cantaban (¡no se las sabían, cojones!), ni bailaban, más bien estaban charlando y rezando porque el señor Dylan se dignase a tocar algún tema conocido de una puta vez.
Cuando lo único que allí se movía eran los abanicos entre el público, se obró el milagro. Tras once temas y 77 insufribles minutos de pseudorockera papilla geriátrica, Bob Dylan & His Band (& the Mother That Begat Them) se lanzaron a perpetrar una versión de “Highway 61 Revisited” que, claro está, dejó igual de indiferente al público. Otro par de temas-rollo más y nos sueltan otra píldora: “Masters of War”. Sí, amigos, no son precisamente sus grandes éxitos. Servidor no es fanático de Dylan pero modestamente ha escuchado unos cuantos de sus discos. Las canciones famosas y conocidas este hombre (que no es lo mismo) iban brillando por su ausencia.
Una palabra ahora sobre la actitud de Dylan sobre el escenario. El buen señor no se dignó a decir ni “hola” ni “adiós”, y entre canción y canción no dirigió la palabra a la gente que había ido a verle. ¿Chulería? ¿Leyenda? ¿Pose? ¿Tomadura de pelo? Elige tu propia aventura. Por poco y no le da la espalda al público, pues el cantautor se pasó las dos horas largas de recital tocando el órgano de perfil. Miento, el de Minnesota logró un hito desconocido desde tiempos de los egipcios: colocarse simultáneamente de perfil (torso y cabeza) y de frente (de cintura para abajo). ¡No se veía tan poderoso giro de cintura desde He-Man y los Masters del Universo, oiga!
Y así transcurrió el concierto, con el bueno de Dylan moviéndose menos que Epi y Blas en un colchón de velcro, y “his band”, que instrumentalmente oscilaban entre los Hombres G y Dire Straits (juro que me pareció que una de las que cantaron era “Romeo and Juliet”, con mandolina y todo). En los bises, un par de temas más y el gran final con “Like a Rolling Stone”, que si es verdad que fue lo único que mereció la pena del concierto no lo es menos que fue así porque básicamente se la cantó el público. Una pena.
Fdo: Harvest

¿Habéis leído? Qué cruel es la gente… después de esto solo me queda una cosa que decir: ¡JUDAS!
