Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Pop de masas


“Sin ti ya no podré escuchar a La Buena Vida más”
-La Oreja de Van Gogh






¿No es curioso cómo se van reforzando ciertas conexiones en mi cabeza? Ayer fue otro día de “carne” y “compra de discos”, de pop y hamburguesas, aunque sé que hay por ahí gente queriendo hacerme daño que estará dispuesta a afirmar que ayer fui visto saliendo de un restaurante vegetariano. Esta vez fue en Miciudad, pero no es para glosar mi sábado de excesos para lo que se escribe este post. ¿No será para hablar otra vez de “pop”, no, Porerror? Mmmmm…. Claro que no, señora!

El señor javiel, nuevo lector, dejaba el otro día un comentario interesante en la entrada de Aída. Decía que a él tampoco le hacía gracia la serie, que él era “más de La Hora Chanante” (¿no lo somos todos?). Decía que había una línea, à la Walter de El gran Lebowski (1998), una línea que no se puede cruzar: o eres de Aída o de La Hora Chanante, o te gusta La Oreja de Van Gogh o Los Planetas. Pienso que por impresionista o imprecisa que esta distinción resulte, todo el mundo puede comprenderla perfectamente, y sentirse identificado. No sé si El señor javiel otorga además a esta dicotomía una carga valorativa (es decir, que elegir un extremo supone ser superior al otro extremo), yo no lo hago, aunque no niego que considere ciertos productos culturales de masas de más calidad que otros.


Pero claro, nunca es lo mismo decir “Alejandro Sanz o Bob Dylan que “mortadela con aceitunas o jamón ibérico de bellota”, donde parece que la cuestión de la calidad y la preferencia son más objetivas. Para colmo, el problema viene cuando no se quiere tener que elegir: a mí me gusta La Oreja de Van Gogh y también Los Planetas, igual que muchos chanantes estoy seguro que disfrutarán con Aída. Y este es un trauma que arrastro desde mi adolescencia: si quieres tener buen gusto y criterio, ¿debes rechazar ciertos productos por chabacanos o subestándar? Ayer mismo me pasó, fui a una tienda de discos regentada por un coleccionista de gusto exquisito, y al salir, mi amigo me bromeó: “Cuando el nota ha visto el vinilo de Duncan Dhu se le habrá caído la imagen que tenía de ti por llevarte a Tommy Keene, The Smithereens, Adam Schmidt…”

Mi colega había dado en el clavo, pero me da coraje que sea así. ¿Por qué voy a tener que decir que Duncan Dhu, La Granja o Gabinete Caligari sean malos o indignos si a mí me parecen lo mismo que los grupos extranjeros encumbrados: power pop y pop-rock nuevaolero tardío? No hablo de que me guste el disco de Dinio o el de Lucas Grijander (que también, pero eso es otro debate), hablo de cosas muy parecidas a las que no se les da el mismo trato. Otro ejemplo lo encuentro en el grupo español Pereza. Denostados hasta la afonía por los modernos, ellos han cultivado una imagen pseudoauténtica, con sus tatuajes, su pose pasota y sus riffs copiados de los Stones.


Pereza son carne de Los 40 Principales, las pijas de Miciudad cantan a coro “Princesas” por las calles comerciales, etc, etc, etc. Y sin embargo, los de Pereza se codean con la escena indie, y los artistas indies los cortejan porque se necesitan mutuamente. Así lo atestiguan sus duetos con Quique González o Christina Rosenvinge, con Iván Ferreiro o Sidonie (cuyo injerto entre “Fascinado” y “Niña de papá” fue calificado por Chema Rey el de Radio 3 como “un encuentro en la cumbre canalla del pop español”). Lo mismo ocurre con Amaral, y al revés también se cumple: Los Planetas no suenan ya en Los 40 porque no pueden, no porque no lo hayan intentado.

Yo de adolescente trataba de “aprender” sobre música y de forjarme un criterio escuchando a los Yardbirds, a los Who y a Serrat y me daba coraje a mí mismo que me gustara tantísimo TAMBIÉN la música de Mariah Carey, Jarabe de Palo o Guns N’ Roses. Esto me causó zozobra durante varios años, os juro que ocultaba mis gustos en uno u otro sentido según el auditorio: para no pasar por friki o por chabacano, alternativamente. ¡Y pensar que esto me ocurría en plena era del postmodernismo y el “todo vale”!


Al final, esta paradoja se resuelve (como todas) superándola. Lo gracioso es que esto no se trata de “alta” vs. “baja” cultura: toda la música pop y la tele es “baja” cultura. Fue escuchando el programa de Diego Manrique, El ambigú, también en Radio 3, como me di cuenta de que tener prejuicios sobre la música era una soberana gilipollez. Manrique lo mismo te ponía un disco de Gershwin que de Celia Cruz que de Led Zeppelin que de Kiko Veneno… ¡en el mismo programa! Igual daba Radiohead que Brad Mehldau, todo es música. Vale, esta idea es “el huevo de Colón” pero para mí fue una epifanía, y os aseguro que no hay por ahí tanta gente dispuesta a aceptarla. Y Diego Manrique no es precisamente una persona sin criterio o que no entienda de música: él toca todos los palos porque los conoce y aprecia en su justa medida, y todos los valora.


Gracias a Diego y a que me liberó del trauma, el otro día estuve escuchando –con la cabeza bien alta- un CD de varios con Pereza, Conchita, El Canto del Loco (“ese canto del loco”, como diría el obispo de Ávila), Amaral, La Oreja de Van Gogh y demás… titulado Pop de masas (por inspiración de mi novia). Y volveré a escuchar a Nena Daconte, que escuchan a Elvis Costello, así como escucharé a Russian Red, que a su vez va por ahí versionando a Cindy Lauper. Todo son canciones. Y toda esta gente sabe de música, ¿no?

jueves, 12 de febrero de 2009

Los griegos tenían razón


“Y sé que sigo y sigo porque sigo”
(Pablo Neruda)




Lo estabais esperando. No lo neguéis, porque lo estabais esperando, leñe. Hoy por fin me he decidido a hablar de mi experiencia en el gimnasio. Esta semana he ido –como todas las semanas- mis tres diítas, solo tuve el parón de mi etapa enferma-invernal. En enero volví con fuerza a este gimnasio de Cosica, gimnasio de mis pecados, que cuesta 10 euros al mes.

Cuentan los más viejos del lugar que antaño (hace una década) el gym municipal de Cosica era un asunto turbio: un señor inmóvil, sentado junto a su perro, hacía las veces de encargado de unas instalaciones cutres y unas máquinas de ejercicios de más que dudosa utilidad. Pero en la actualidad la historia no podría ser más diferente: sin ser aquello el Gran Gimnasio de la Gran Cosa, ahora es mi pequeño gimnasio de Cosica. Bastante digno, bastante bien surtido de pesas y aparatos, según varios profesionales de la educación física que lo frecuentan. Baste decir que a él acuden gimnastas y deportistas de toda la comarca, incluido el pueblo de Valdepellizcos, que está a 17 kilómetros.

Yo no he sido nunca persona de gimnasio, digámoslo. Nunca en la vida me ha interesado. Cuando, con 18-19 años, a muchos de mis colegas les entró la fiebre de apuntarse a levantar hierro a mí la verdad es que el tema no me llamó la atención. En diversas ocasiones, el aburrimiento o la tristeza sí me han empujado a hacer deporte, incluso a acudir a algún que otro gimnasio. Pero nunca había tenido una experiencia tan continua e intensa como ahora. Nunca esperé ir al gimnasio a divertirme, y no lo hago (tampoco os voy a engañar): al contrario, sufro de cojones. El truco está en que compensa.


Pese a todo el sufrimiento físico y psicológico que el esfuerzo en el gimnasio me comporta, he de decir que luego mágicamente la cosa sí que compensa. Llamadlo “endorfinas”, “la huella deportiva” o como queráis. Hacer deporte te hace sentir bien, es correcto: los griegos tenían razón cuando dijeron aquello de “Mens sana in corpore sano”… ah, no! Que eso lo dijo Juvenal, que era romano. ¿Griegos, romanos? ¿A mí qué más me da, Cabesha? Lo que el buen Juvenal, el Barón de Coubertin y su puta madre se olvidaron de contarnos era que el deporte compensa a posteriori (muy a posteriori), porque mientras se practica es una auténtica tortura. O díganme ustedes qué placer encuentran en acabar derrotados, doloridos, sudados a más no poder y sin poder levantar ni las pestañas tras una sesión de machaque.

Mención aparte merece la fauna del gimnasio, yo no tengo un suficiente conocimiento taxonómico para establecer aquí categorías, pero hablando de ejemplares sueltos, ve uno cada cosa… La verdad es que en esto yo tenía bastante prevención, hay mucha leyenda negra. Cierto que hay unos cuantos personajes de agárrate y no te menees. Adictos al ejercicio, hipermusculados, vigoréxicos, desocupados, merodeadores… pero la inmensa mayoría de la peña que va es gente sana, amable, currantes, que luego van a echar un ratito por la tarde a su gimnasio. Gente muy normal. Incluso en Cosica contamos con un campeón de España de culturismo y os puedo asegurar que es la persona más llana, humilde y amistosa del mundo.


Hoy ha sido uno de esos raros días en que se alinean todos los planetas y he podido echar una horita y media de gimnasio que yo califico como “perfecta”. He tenido tiempo de sobra, he ido tranquilo pero sin pausa, charlando con compañeros y nuevos conocimientos que he trabado allí (alguna juerga nos hemos llegado a correr los del gimnasio en el pueblo, no os digo más). He hecho un par de circuitos de tren superior y otro par de piernas, con mis maquinurrias, mis pesas, mis series de repeticiones… mientras en la radio sonaban Alanis Morisette, La Oreja de Van Gogh o Coldplay. Después mis tablitas de abdominales, superiores e inferiores, para finalizar con 30 minutos sudando como un puerco en el treadmill, la cinta de correr, o no sé cómo se le dice en español.

No seré Sorsenague ni me pondré como una piedra, pero me siento bastante orgulloso de acudir allí tres veces en semana (más no, porque “exceso de comedia igual a tragedia”) y de echar mis buenos ratos. Y sobre todo, de no dejarme vencer por la pereza ni ninguna excusa para dejar de hacerlo. Como bien le contaba anteayer a un buen amigo, si llego a autoconvencerme de que me viene mal ir a un gimnasio que está a cuatro minutos andando de mi casa y que me cuesta na y menos… mal iríamos. Y vamos bien.

martes, 8 de julio de 2008

La Oreja de Van Gogh y la cadera de Dylan


Queridos amigos, mirad lo que he encontrado bicheando por ahí. ¡Las cosas que llega a escribir la peña!

Voy al concierto de Bob Dylan esta noche en Jerez con un fervor cuasi religioso. Acudo esperanzado de estar a punto de contemplar un gran espectáculo. Mi contacto en el Rock in Rio, del fin de semana pasado, me envió un mensaje diciendo que Dylan había sido con diferencia lo mejor del festival. Desgraciadamente, mi cerebro decidió ignorar selectivamente parte de aquel sms, en concreto la parte que decía “¡Repasa estos días el Modern Times [2006] y el Love and Theft [2001]!” Riquísimo. ¿El problema? Que no tengo esos discos y nunca los he escuchado.

Pero está claro que una leyenda viva como Dylan no viene a promocionar su último disco, este hombre tendrá muchísimas más cosas que decir. Pionero del
folk comercial, del folk-rock, de ponerse sombreros con pluma sin ser de raza negra, de nombrar a Anthony Perkins en sus letras, de dedicarle canciones a boxeadores, de cantar ante el Papa… Qué duda cabe que traerá un repertorio como mínimo equilibrado entre temas nuevos y grandes clásicos, en todo caso tirando más para sus éxitos de siempre… un mojón para mí.

Que conste que yo no era de los que iban esperando “Blowin’ In the Wind” y después seguida “Knockin’ On Heaven’s Door”, pero mi mente no estaba preparada (claramente) para el concierto que nos deparó don Dylan. ¡Jesús, María y José! Vaya rollazo… Obviaré el precio de la entrada y la inadecuación del recinto (= el Gol Norte de un minicampo de fútbol). Pero no obviaré la malísima calidad del sonido y el hecho de que la mitad del público estuviese allí de gañote mientras yo me había gastado mis leuros. Como bien apuntó mi novia, hemos estado en conciertos de La Oreja de Van Gogh con cuatro veces más público. Casualmente aquí, entre pases de prensa y paniaguados del ayuntamiento (
“Sí, Manolo, al final hemos venido de gratis… ja, ja, ja”) no sé yo si Dylan habrá hecho mucha caja después de todo.

Mi primera impresión al llegar al concierto era que me encontraba en una de esas
reunions del colegio: entre ex profesores y ex compañeros de la facultad creo que llenábamos la tribuna del “estadio”. Luego está la constatación de que la edad media del respetable debía rondar los 65 años. Esto lo meto para hacer un poquito de sangre y que os riáis, porque yo en verdad no tengo nada en contra de que la gente de cualquier edad disfrute con la música en directo, siempre que no la usen como una excusa para ir a tomarse dos cervezas.

Del concierto en sí, ¿qué decir? El hecho de que solo conociera 3 de las 17 canciones que interpretó Mr. Zimmerman no es culpa de nadie. El hecho de que la media de duración de cada tema fuese de siete minutos (cronometrado), sí. El hecho de que todas las canciones fuesen iguales (una especie de
blues sureño/rock and roll), también. El hecho de que fuesen interpretadas con desgana tampoco ayudó mucho a crear ambiente. Puedo decir que en mi vida he visto un público menos entregado: ni cantaban (¡no se las sabían, cojones!), ni bailaban, más bien estaban charlando y rezando porque el señor Dylan se dignase a tocar algún tema conocido de una puta vez.

Cuando lo único que allí se movía eran los abanicos entre el público, se obró el milagro. Tras once temas y 77 insufribles minutos de pseudorockera papilla geriátrica, Bob Dylan & His Band
(& the Mother That Begat Them) se lanzaron a perpetrar una versión de “Highway 61 Revisited” que, claro está, dejó igual de indiferente al público. Otro par de temas-rollo más y nos sueltan otra píldora: “Masters of War”. Sí, amigos, no son precisamente sus grandes éxitos. Servidor no es fanático de Dylan pero modestamente ha escuchado unos cuantos de sus discos. Las canciones famosas y conocidas este hombre (que no es lo mismo) iban brillando por su ausencia.

Una palabra ahora sobre la actitud de Dylan sobre el escenario. El buen señor no se dignó a decir ni
“hola” ni “adiós”, y entre canción y canción no dirigió la palabra a la gente que había ido a verle. ¿Chulería? ¿Leyenda? ¿Pose? ¿Tomadura de pelo? Elige tu propia aventura. Por poco y no le da la espalda al público, pues el cantautor se pasó las dos horas largas de recital tocando el órgano de perfil. Miento, el de Minnesota logró un hito desconocido desde tiempos de los egipcios: colocarse simultáneamente de perfil (torso y cabeza) y de frente (de cintura para abajo). ¡No se veía tan poderoso giro de cintura desde He-Man y los Masters del Universo, oiga!

Y así transcurrió el concierto, con el bueno de Dylan moviéndose menos que Epi y Blas en un colchón de velcro, y
“his band”, que instrumentalmente oscilaban entre los Hombres G y Dire Straits (juro que me pareció que una de las que cantaron era “Romeo and Juliet”, con mandolina y todo). En los bises, un par de temas más y el gran final con “Like a Rolling Stone”, que si es verdad que fue lo único que mereció la pena del concierto no lo es menos que fue así porque básicamente se la cantó el público. Una pena.

Fdo: Harvest


¿Habéis leído? Qué cruel es la gente… después de esto solo me queda una cosa que decir: ¡JUDAS!

jueves, 19 de junio de 2008

Vacío de poder en el pop español


S.O.S. La situación es grave, amigos. Vacío de poder en el pop comercial español. ¿Caos? ¿Apocalipsis? A los hechos me remito. En el último mes nos hemos desayunado con dos (¿terribles? ¿bizarras?) noticias musicales. 1) Leire Martínez, concursante que fue de Factor X, será la nueva cantante de La Oreja de Van Gogh, ya que Amaia Montero abandonó el grupo el año pasado. 2) Lydia, representante de España que fue en Eurovisión, será la nueva vocalista de Presuntos Implicados, puesto que Soledad Giménez dejó el grupo en el 2006.

Amaia Montero, Sole Giménez, casi nadie, ¿sabéis? Más allá de gustos personales (a mí me molan las dos como cantantes) es innegable que son dos de las voces de más éxito comercial y más reconocibles de todo el panorama musical español. Y Leire… canta muy bien, pero ni siquiera ganó Factor X (casi mejor, ahora que lo pienso). En cuanto a Lydia… fue a Eurovisión en 1999 (en Jerusalén, el año antes había ganado Dana Internacional, sabéis de lo que hablo, ¿no?), quedó la última (con un solo punto, que nos dio Croacia). Y eso, a pesar de lucir un preciosísimo modelito de Ágatha Ruiz De la Prada.

Estas nuevas vocalistas llamémoslas sustitutas tienen ante sí una ardua tarea. Ojo, no tiene por qué irles mal, ¿eh? Mirad lo que pasó cuando Marta Sánchez sustituyó a Vicky Larraz en Olé Olé. Mirad a dónde ha llegado Marta: musa de las Fuerzas Armadas en la Guerra del Golfo, musa (contestada) del orgullo gayer, megafan de Kylie Minogue… últimamente creo que sale en un anuncio de Ono o de Telefónica.


Pero hay más señales preocupantes. La de Amaral se ha tatuado un horrendoso dragón gigante en la espalda (¿solo para promocionar un disco?)… esperemos que solo sea una calcomanía. Los de El Canto del loco ahora resulta que van de maduros. Mientras tanto, los últimos trabajos de Deluxe, Sidonie o Iván Ferreiro están cogiendo polvo en las estanterías de las tiendas disqueras. A Calamaro se le ha ido la olla, como en su día se le fue al líder del (pen)último grupo Guadiana español: me refiero a Bunbury, el de Héroes del silencio.

Ahora resulta que vuelven Tequila, la banda de mi adorado Ariel Rot y de un tal Alejo Stivel. ¿Cómo son Tequila en su nueva andadura? Os lo diré esta noche cuando los vea en su aparición estelar en Buenafuente. Mientras tanto, otras viejas glorias resucitan por doquier, con desigual fortuna. Dignísimo el retorno de Hombres G, aunque ya se les ha acabado el gas. La Guardia también andan por ahí de vuelta, y desde aquí vaticino que Gabinete Caligari están al caer.

Anoche mismo asistimos en Muchachada Nui al desenmascaramiento (una vez) más de la añoranza borrosa de la Movida. La parodia de Alaska y Fangoria nos confrontó con toda la estupidez y el esnobismo que aquejan al pop español en los últimos quince años. Y como toda buena sátira, deforma para hacer reír, pero no tanto que el objeto de la crítica no sea reconocible.



¿Estaremos asistiendo en España a una crisis musical comparable a la que hubo en USA a finales de los cincuenta cuando Elvis se fue al ejército, Little Richard a la iglesia, Chuck Berry a la cárcel y Jerry Lee Lewis cayó en desgracia por casarse con su prima menor de edad? Menos mal que por lo menos en España siguen quedando grupos que hacen cosas interesantes, como los anteriormente mencionados o Lori Meyers, a los que he visto esta tarde en acústico y me han vuelto a dejar flipado.
 
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