
“Hoy se ha roto un maleficio”. ¡Cómo lo ha clavado esta noche su majestad el Rey, eh? “El vestuario está lleno de emoción y de una honda satisfacción... brbrbr…”, como bien ha dicho un amigo, si no le quita el micrófono el reportero de Cuatro, el hombre empalma directamente con un discurso de Navidad.
Sí, amigos, estoy hablando del partido. Esta tarde he sido abducido por un grupo de aliens y me he visto obligado, en contra de mis principios, a ver el España-Italia. Por simpatía con mis co-televidentes, se me ha puesto el corazón a 200 pulsaciones por minuto, y mucho me temo que era yo el que permanecía más tranquilo. Gracias a Dios nadie ha roto ningún mueble, lo cual ya es de agradecer en el llamado Deporte Rey. No veáis los gritazos que daban las personas con las que he visto el partido…
Yo, que por motivo de no excitarme en el trabajo llevo cuatro años tomando exclusivamente descafeinado, esta tarde me he jincado una taza de un cuarto de litro de café-café, con resultado de excitación y clasificación de la Selección Española para la semifinal de la Eurocopa. ¿Será por el apoyo moral que sin duda nos está dando el noble pueblo británico? Pienso que todo ha sido una conjura, una especie de ejercicio de justicia poética por haberme atrevido a planear este verano unas vacaciones en Italia.
Como castigo, he sido obligado a ver el partido, y aunque ha habido momentos en que me he quedado un poquitín dormido (no se lo digáis a nadie), no ha sido nada que un buen grito al oído –fruto de un contragolpe de Italia- no haya podido subsanar. Ahora iré a Italia mucho más contento, sabedor de que le hemos ganado a la supuestamente mejor selección del mundo. ¿Queda así vengado el codazo de Tassotti a Luis Enrique? No lo sé, pero como me ha dicho un colega al acabar el partido, “Espero que esto te haya demostrado que el fútbol puede ser divertido”. “Sí, sí”, le he contestado yo para no partirle el corazón. Para un partido que veo y tiene que durar más de dos horas…
Lo mejor del partido para mí ha sido la compañía, la pizza, la Coca-Cola, la cerveza, las patatas al ajo (…cojones, ¡parezco uno de esos que van pregonando por la playa!). Comparar a Luis Aragonés con su cochambroso chándal frente a un Donadoni (¡qué sorpresa me he llevado al ver que ya no juega!) embutido en un impecable traje italiano, con su escudito y todo. También hemos comentado los emolumentos que percibe Manolo “El del bombo” por ir a Austria a hacer el payaso (¿sabíais que lo que la Cruzcampo le ha pagado es el presupuesto de un año para un instituto público de secundaria en mi región?).
Todos los presentes estábamos convencidísimos de la inevitable derrota de España anoche. Todos menos uno, que tan seguro estaba que se apostó 20 euros consigo mismo a que ganábamos por dos goles, y al final ha sido así. Tan convencido estaba el nota que a la mitad del partido subió la apuesta a 30 € (desde que el alcalde Adam West se casó con su propia mano en un episodio de Padre de Familia no veía nada igual).

Sin duda, lo más comentado de la noche ha sido la actitud del Rey durante todo el partido (o eso, o yo no estaba prestando atención al desarrollo del juego), sus gestos de crispación, sus miradas asesinas a Michel Platini (¡coño, otro que ya no juega!)… El Rey ha vibrado esta noche como un español más, con ese pellizco que ha hecho que (casi) nadie de los que estábamos viendo el partido disfrutase de la cena. Habíamos pedido una pizza, y ha tardado bastante poco en llegar, dadas las circunstancias de partido de España, y demás. Como la noche iba de apuestas absurdas y de supersticiones (ochenta y ocho años sin ganar, etc…), alguien muy lúcido recuerdo que comentó: “Si la pizza llega antes de que termine el segundo tiempo, pasaremos, si no, seremos eliminados”. ¿Qué fuerza cósmica, qué Demiurgo, qué dios detrás del dios (que diría Borges) podría oponerse a tan acientífica y aplastante lógica?
Hoy se ha roto un maleficio, bueno no, dos. España ha pasado a semifinales y yo he visto íntegro un partido de fútbol. Pero lo que usted no sabía, majestad, y por eso yo estaba tan tranquilísimo para pasmo de mis acompañantes, es que la pizza nos la entregaron en el minuto 89.
Sí, amigos, estoy hablando del partido. Esta tarde he sido abducido por un grupo de aliens y me he visto obligado, en contra de mis principios, a ver el España-Italia. Por simpatía con mis co-televidentes, se me ha puesto el corazón a 200 pulsaciones por minuto, y mucho me temo que era yo el que permanecía más tranquilo. Gracias a Dios nadie ha roto ningún mueble, lo cual ya es de agradecer en el llamado Deporte Rey. No veáis los gritazos que daban las personas con las que he visto el partido…
Yo, que por motivo de no excitarme en el trabajo llevo cuatro años tomando exclusivamente descafeinado, esta tarde me he jincado una taza de un cuarto de litro de café-café, con resultado de excitación y clasificación de la Selección Española para la semifinal de la Eurocopa. ¿Será por el apoyo moral que sin duda nos está dando el noble pueblo británico? Pienso que todo ha sido una conjura, una especie de ejercicio de justicia poética por haberme atrevido a planear este verano unas vacaciones en Italia.
Como castigo, he sido obligado a ver el partido, y aunque ha habido momentos en que me he quedado un poquitín dormido (no se lo digáis a nadie), no ha sido nada que un buen grito al oído –fruto de un contragolpe de Italia- no haya podido subsanar. Ahora iré a Italia mucho más contento, sabedor de que le hemos ganado a la supuestamente mejor selección del mundo. ¿Queda así vengado el codazo de Tassotti a Luis Enrique? No lo sé, pero como me ha dicho un colega al acabar el partido, “Espero que esto te haya demostrado que el fútbol puede ser divertido”. “Sí, sí”, le he contestado yo para no partirle el corazón. Para un partido que veo y tiene que durar más de dos horas…
Lo mejor del partido para mí ha sido la compañía, la pizza, la Coca-Cola, la cerveza, las patatas al ajo (…cojones, ¡parezco uno de esos que van pregonando por la playa!). Comparar a Luis Aragonés con su cochambroso chándal frente a un Donadoni (¡qué sorpresa me he llevado al ver que ya no juega!) embutido en un impecable traje italiano, con su escudito y todo. También hemos comentado los emolumentos que percibe Manolo “El del bombo” por ir a Austria a hacer el payaso (¿sabíais que lo que la Cruzcampo le ha pagado es el presupuesto de un año para un instituto público de secundaria en mi región?).
Todos los presentes estábamos convencidísimos de la inevitable derrota de España anoche. Todos menos uno, que tan seguro estaba que se apostó 20 euros consigo mismo a que ganábamos por dos goles, y al final ha sido así. Tan convencido estaba el nota que a la mitad del partido subió la apuesta a 30 € (desde que el alcalde Adam West se casó con su propia mano en un episodio de Padre de Familia no veía nada igual).

Sin duda, lo más comentado de la noche ha sido la actitud del Rey durante todo el partido (o eso, o yo no estaba prestando atención al desarrollo del juego), sus gestos de crispación, sus miradas asesinas a Michel Platini (¡coño, otro que ya no juega!)… El Rey ha vibrado esta noche como un español más, con ese pellizco que ha hecho que (casi) nadie de los que estábamos viendo el partido disfrutase de la cena. Habíamos pedido una pizza, y ha tardado bastante poco en llegar, dadas las circunstancias de partido de España, y demás. Como la noche iba de apuestas absurdas y de supersticiones (ochenta y ocho años sin ganar, etc…), alguien muy lúcido recuerdo que comentó: “Si la pizza llega antes de que termine el segundo tiempo, pasaremos, si no, seremos eliminados”. ¿Qué fuerza cósmica, qué Demiurgo, qué dios detrás del dios (que diría Borges) podría oponerse a tan acientífica y aplastante lógica?
Hoy se ha roto un maleficio, bueno no, dos. España ha pasado a semifinales y yo he visto íntegro un partido de fútbol. Pero lo que usted no sabía, majestad, y por eso yo estaba tan tranquilísimo para pasmo de mis acompañantes, es que la pizza nos la entregaron en el minuto 89.



