Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 13 de abril de 2008

La magdalena de Kurt


Ocurrió este viernes. Ahora se verá. Como diría Arrabal, ustedes conocen mejor que yo la historia de Marcel Proust y la magdalena. Sí, hombre, eso que cuenta al principio de su amenísima obra En busca del tiempo perdido I: Por el camino de Swann (1913), de que resulta que no se podía acordar de su infancia en Combray. Hasta que de pronto le da por comerse un bollito mojado en té y al percibir su sabor le vino en torrente todo el caudal de recuerdos que le dieron para escribir nada menos que siete novelas.

Y esto es así por la asociación de sensaciones, resulta que Marcelito no tomaba magdalenas con té desde la niñez, y al recobrar la percepción del bollo años atrás su mente desalojó los recuerdos de la pretérita época.

Hablando de todo un poco, el viernes acudí a FNAC con el sano propósito de adquirir en vinilo el disco Appetite for Destruction (1987), que recordaba haber visto en otras visitas a la tienda. Pero está más que comprobado que en temas de compras no se puede dejar nada para luego. Llego el viernes a la sección de vinilos y –claro- el disco no estaba. Luego, para darme la puntilla escuché una conversación casual entre dos jovenzuelos, él decía “¿Guns n’ Roses, no te suena el nombre?”. Ella negaba y le preguntaba “¿Cómo dices que se llaman?” “Guns n’ Roses”. Tuve que bajar la cabeza con pesadumbre.

Pero hete aquí que hubo un disco que sí vi y que no esperaba encontrarme. Su portada –que por demás, no deja indiferente a nadie- me saltó al ojo como el sustituto perfecto a lo que andaba buscando. Era nada más y nada menos que el In Utero (1993) de Nirvana. Lo compré (ya lo tengo en CD pero, ¿quién se priva?) y en cuanto llegué a mi casa me puse a escucharlo. No es que no lo hubiera vuelto a escuchar desde los noventa pero seguro que nunca repanchingado en un sofá y con unos auriculares tan buenos.

Y entonces se obró en mí –oh, milagro- un proceso semejante a lo que le ocurrió a Don Marcel con su magdalenita. De golpe y porrazo se me vino encima todo el año 1993 (tenía uno quince añitos, que está hasta feo decirlo). Me acordé de mi amigo diciendo que la música de Nirvana era “preciosa” (a mí me parecía ruido). Me acordé de las infinitas veces que fui al Virgin Megastore a escucharlo en la tienda y de cómo no lo aguantaba y dejaba los cascos en la primera canción por parecerme demasiado estridente. Me acordé de cómo me fui forzando poco a poco a soportar esa canción, en lo que llegó a convertirse en un placer culpable.

Me acordé de la primera vez que escuché la canción “Heart Shaped Box” por la radio, que pensé “¿Esto está permitido?” También de ver el videoclip en la MTV, en el programa de Beavis and Butthead. Recordé mi viaje a Londres de aquel verano y también muchas otras cosas que me ocurrieron en 1993.

Vi las últimas elecciones que ganó Felipe González, vi cómo se hablaba de crisis económica por todas partes, reviví las odiosas mañanas de 1º de BUP, volví a la habitación de otro colega que se compró el libro de las partituras de In Utero para guitarra, y cómo yo me quedaba ronco tratando de cantar “Frances Farmer Hill Have Her Revenge On Seattle”. Vi la letra de “Rape Me”, que me aprendí de memoria (y la de “Serve the Servants”, “Dumb”, “Penniroyal Tea”, etc). Vi a un niño a punto de dejar de serlo, cuya Santísima Trinidad musical de Beatles, Rolling Stones y Queen se le empezaba a tambalear.

Vi otra vez Atrapado en el tiempo (con Bill Murray), vi una clase de Lengua Española en la que me hicieron leer a Cortázar, y a Eduardo Mendoza, y a los Nueve Novísimos. Vi mis clases de Inglés de por las tardes, entre cuchicheos, comentando emocionados La lista de Schindler.

Entonces, de sopetón, aquel Aleph sonoro se paró en seco: se había terminado la Cara A del disco. ¡Bendito vinilo, que había que darle la vuelta! (como bien pregonaban los Payasos de la Tele). Me levanté, giré el disco y me dispuse a sumergirme en el resto del banquete. Ni magdalenas, ni galletas, ni leche migá. Aún me quedaba toda la Cara B del In Utero para regresar a 1993.

martes, 8 de enero de 2008

Hay que leer a Faulkner... ¿no?


Hoy escribo desde la más absoluta ignorancia, lo que resulta muy liberador. Pero tenía ganas, ya que siempre estoy “he leído esto o aquello”, de hablar de lo que no he leído. Y lo que no he leído, en este caso es la obra del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962). Sé que es un indiscutible Grande del siglo XX, renovador del lenguaje y la forma, e imprescindible no solo en la literatura americana sino en la universal. En la anterior frase he estado a punto de poner el adjetivo “yanqui”, pero ¡nooooo!: he recordado a tiempo que Faulkner es el máximo exponente del Sur de los Estados Unidos (al menos del Sur mítico).

Lo que me pasa con Faulkner es que tiene fama de difícil, o de imposible, y como sus temas no me llaman mucho la atención, pues me da pereza acometerlo. Sé que en este mismo blog he defendido la literatura que requiere esfuerzo por parte del lector, pero como dijo Juan Manuel de Prada, “la vida es demasiado corta y hay demasiados libros para andar leyendo lo que no nos gusta”. Faulkner me intimida, lo admito, me da miedo. Miedo, por ejemplo, de comenzar uno de sus libros y tener que dejarlo porque no me entero de nada. O porque me aburre soberanamente. Hay que tener cuidadín con estos monstruos de la prosa, que te la pueden meter doblada en cualquier momento. A mí me ha pasado leyendo a Joyce y a Proust, que me han parecido insoportables. Kafka, por el contrario, me ha encantado, y es que nunca se sabe.

Ni siquiera durante la carrera me hicieron leer a Faulkner, y así me libré. Bueno, admito que un año había que leer un cuento suyo titulado “A Rose for Emily”, pero yo me escaqueé. Como entonces no sabía que ese era el título de una canción del disco Odessey & Oracle (1968) de The Zombies, ni siquiera tuve curiosidad por el relato. Yo solo vi FAULKNER en letras de fuego sobre la página y dije: “¡Uuuuuhhh!” Paradójicamente, un amigo muy lector me recomendó el otro día con entusiasmo los cuentos de Faulkner como la mejor manera de introducirse en el autor. Como ya conté aquí, ahora leo muchísimos cuentos, así que igual me animo.

Lo que parece poco probable es que me vaya a poner con alguno de sus novelones: El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932) o ¡Absalom, Absalom! (1936). Y que conste que no lo estoy atacando para nada: este hombre es uno de los maestros del monólogo interior, inventor de una región ficticia (Condado de Yoknapatawpha) como hicieron luego García Márquez o Juan Benet, ganó dos Pulitzers y dos National Book Awards, le dieron el Premio Nobel en 1949… otra cosa es que a uno le apetezca leerlo.

Su magisterio es indudable, sé que influyó en los ya citados más en Cortázar, Vargas Llosa, Onetti, Alejo Carpentier, Isabel Allende, David Trueba o Félix Grande, por citar solo los de lengua española. Y más allá. Siempre recordaré una irónica escena de Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1988), película que se desarrolla en un poblacho castellano muy surrealista. El pueblo es rural y agrícola, pero cuando llega a él un argentino que escribe “novelas famosas”, lo que no le perdonan en la vida es que haya plagiado Luz de agosto. “¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?” – le increpa el cabo de la Guardia Civil, interpretado nada menos que por José Sazatornil.

Bromas aparte, está claro que el escritor de Mississippi no quedará como autor best-seller en plan Ken Follett, ni falta que le hace. Antes he mentido al decir que no conocía nada de la obra de Faulkner: ahí están sus guiones para las pelis El sueño eterno (1946) y Tener o no tener (1944), que sí he visto. Quizás sea el aspecto más mediático de su obra, porque los libros... El propio Faulkner, en una ya clásica entrevista que concedió en 1956 a The Paris Review, da la receta para acercarse a su literatura:

Entrevistador: “Algunas personas dicen que no entienden lo que escribe, incluso después de leerlo dos o tres veces. ¿Qué les sugeriría que hicieran?”

Wiliam Faulkner: “Que lo leyeran cuatro veces”.
 
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