Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 8 de diciembre de 2008

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“Cada día puede ser un gran día, pero hay días más grandes todavía.”
-Quique González





Creo que fue en el post de Bélgica donde anuncié mi intención de escribir un post sobre las bodas. Por petición popular, helo aquí. Bodas, bodas, bodas… ¡habría tanto que decir! Una vez oí decir que el efecto de una boda en una persona (sumando estrés, incomodidades, comilona, cansancio, borrachera y resaca) era comparable al de un vuelo transoceánico con su jet lag y todo. Y que por eso todas las bodas se hacían en sábado.

Me gustaría poder hablar sobre las bodas con desapasionamiento, y una vez lo hice en un relato que tal vez un día os deje leer. Mientras tanto, no puedo por menos que mojarme: bodas, bodas, bodas… la Última Frontera. Ojalá no me gustaran y ojalá no fuera a tantas pero tengo que admitirlo, a mí las bodas me encantan. Tranquilos, que en todas las bodas encuentro a alguien que me afea la conducta y me censura. “¿Cómo pueden gustarte las bodas?” ¿Será porque todo el mundo va elegante, se come y bebe de puta madre, se echa un buen rato de risas con parientes/amigos a los que no se ve a menudo, se baila, se canta, se cuentan chistes y, en general, es una fiesta? Pues yo soy así de pervertido, señora, qué vamos a hacerle: me encanta una boda.


Confesémoslo ya: este fin de semana he tenido una. La anterior fue a mediados de septiembre, pero ya sabía que estaba esta última en el horizonte y he querido esperar a que pasara para escribir el post. Y no, tampoco ha faltado quien, tratando de darme conversación me haya soltado “¡Qué horror las bodas, no?” Y yo he tenido que contradecirla. Criticar las bodas está tan de moda que se ha convertido en un tópico, como quejarse del calor en verano, de la Navidad, de las corridas de toros o del gobierno de Aznar. Pues sí, puesí… Las bodas me molan, otra cosa es que te encajes en un bodorrio que ni te va ni te viene, de gente que no conoces, obligado, por compromiso y demás incomodidades.

En esos casos, señora, el problema lo tiene usted, no las bodas. Decir que las bodas son caca solo porque haya bodas coñazo (e ineludibles) serían como decir que viajar en general es una mierda solo porque usted sea viajante. Además que las bodas ofrecen infinitas oportunidades etnológicas de estudio y observación, para el que quiera verlas. Y si no, fijaos. En todas las bodas SIEMPRE hay un hippy. Por “hippy” me refiero a alguien ataviado inapropiadamente, sea rollo alternativo, rastafari, cani o borroka. Las dos últimas bodas a las que he acudido no han sido una excepción. Chanclas, rastas, trajes estrafalarios… ¿tienen cabida en una boda? Uno por boda, siempre.


Otra cosa curiosísima de las últimas bodas a las que he ido (creo que 10 en tres años) es la tendencia de los curas a irse de locos en la homilía. Ya sabemos que “el Amor todo lo puede, y todo lo perdona” y todo lo que dijo San Pablo, pero es que además últimamente constato que los sacerdotes suelen tener querencia por mostrar cuán enrollados son (en plan obispo de Ávila). Que si “Demos gracias a Dios por Internet y los móviles” (os lo juro), que si “para que un matrimonio tenga éxito es necesario que la pareja se vaya de vacaciones con sus hijos” o que “él no llegue a casa diciendo que se ha liado en la oficina y en realidad venga de haberse liado con otra”

No hay cosa peor que un cura viejo y rancio dándoselas de “enrollado” (os lo dice uno que es católico y estudió en un colegio de curas). Curiosamente, la única boda “enrollada” de verdad a la que he asistido fue gracias a un sacerdote jesuita joven y brioso, amigo de los novios, tal vez por eso resultó tan emotiva. Este hombre glosó, a modo de homilía, un fragmento del poema “Piedra de sol” de Octavio Paz, y no se privó de recordar a los asistentes que igual la frase “amar es combatir” nos sonaba más por ser el título de un disco de Maná. Pues esta boda moló, y es que hasta en las bodas donde menos “he pintado” he podido encontrar mi sitio y guardar un buen recuerdo. Por ejemplo, gracias a una boda en El Puerto de Santa María tuve oportunidad el pasado año de ver la casa de Rafael.


Otra cosa que me hace muchísima gracia de la gente que critica las bodas es que dicen que son una institución rancia y caduca (puedo llegar a estar de acuerdo, el post trata sobre las celebraciones, no sobre el sacramento/contrato) salvo que se trate de bodas gayer, en cuyo caso es importantísimo que se casen y lo dejen en papeles por escrito. ¿En qué quedamos? Seguro que estos defensores lo que no quieren perderse es el convite/recepción/banquete, como se le llama según se sea de cursi. También escuché decir a uno una vez que en las bodas se pasaba muchísima hambre. Será en las macrobióticas, chulo, o será que no te has sabido dar cuenta de por qué puerta salían los camareros con las bandejas. Fundamental acosar a la camarería en plan batalla naval, en plan Cavite o Santiago de Cuba, para formar una barrera humana y no darles escapatoria.

Luego las comidas/cenas las hay más o menos copiosas o espléndidas, pero os diré que todavía estoy por ver una sola boda en la que se coma mal. Para empezar, porque los novios se preocupan mucho de que sus invitados (compromisos, sí, pero en su mayoría familiares y amigos) lo pasen guay y estén bien comidos. Me encanta ese otro clásico de las bodas: las señoras, que, habiendo leído el menú en las tarjetitas y habiéndose puesto hinchas de alcohol y aperitivos, se jaman todos los platos que les ponen por delante y fingen hacerse las sorprendidas cuando les sirven el solomillo. ¡Haberme avisao! Una carne tan rica y me la voy a tener que dejar… Me he tenido que desabrochar el botón y todo. ¡Aaaaaaay! Me encanta.



Y ¿qué me decís de esos camareros déspotas que continuamente te están enchufando (cual mangueras) en las copas el agua mineral, el blanco, rosado, tinto o cava, para que nunca te quedes sin bebida? Son como fontanas etílicas. ¿Y esa otra gigante polémica de paletillos/gente poco afecta al protocolo?: “¿Cuál es mi pan, el de la izquierda o el de la derecha?”. ¡Ay, amigo! Que no es la primera boda a la que te invitan… Cada vez se ve menos la bizarra escena de los nuevos esposos cortando la tarta nupcial mandoble en mano. Cada vez se ve menos la tarta nupcial, qué narices. Podría seguir hablando del chimpún, con esa música “hecha a base de ritmos latinos, viejos éxitos y canciones de moda mal digeridas”, como leí en alguna parte. Podría seguir hablando de la barra libre, pero es que a esas horas servidor ya no está para nadie. Madre, madre, qué fiestuqui. ¡Cásense, coño! (E invítenme).

martes, 5 de febrero de 2008

El día en que el Mineralismo llegó (III)

Tercer episodio de la saga del Milenarismo (“¡va a llegaaaaaaaaaarrr!”):



Muy cierto que Arrabal se repite y que, como se ha dicho, durante el juicio de Michel Houellebecq salió en defensa de su amigo cual soldado raso de la literatura. Él ya había pasado por eso, pero hay una particularidad: “Los cinco soldados rasos de la literatura que me defendieron, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Octavio Paz, Elías Canetti y Samuel Beckett, luego todos recibieron el Premio Nobel: se convirtieron en mariscales. Podría pensarse que, por tanto, Arrabal defendió al otro a ver si le caía a él el mismo premio que a las luminarias que lo defendieron a él –el rumor en 2005 fue que estaba nominado-, pero escuchemos al maestro melillense pronunciarse sobre el particular:

“Estaba en una cena con el Rey, y estaban todos los condes, los duques, duquesas… y todas esas personas que tanto importan en la España socialista”. Alguien (de duquesa p’arriba) le preguntó si no se sentía mal por no tener el Premio Nobel. Por toda respuesta, Arrabal contestó que no, pero a su auditorio nos dio más detalles:
“Un escritor como yo, me cuelga de la nariz el Cervantes, el Nobel… esa clase de chucherías del teatro de variedades. (…) Yo creo que lo malo no es que le den a uno esa clase de premios, lo malo es merecerlo”. Y añadió -“¿Acaso yo soy como esos cretinos de Saramago o García Márquez a los que les hacen falta los premios?”

Por si no había quedado lo suficientemente claro, el conferenciante explicó que aunque desdeñaba el Nobel, distaba mucho de no tener ambiciones. “Hay un solo premio que yo busco en toda mi vida: es el de ser Santo, ser Santo pagano. (…) Yo soy un torpe aprendiz de Santo, eso es lo que deseo”.

No voy a negar que para aquel entonces don Arrabal ya me había conquistado con sus Ferrero Rocher culturetiles, rellenos de cremoso chocolate con mala leche y una avellana de nihilismo. Aún así, en mi ignorancia seguía sin verle el objeto (el thesis statement, si se me permite un palabro anglo) a aquella conferencia. ¿A qué venía tanto hablar del Premio Nobel, de las matemáticas, de lo que implicaba ser un poeta? Por mí, estupendo, estaba pasando una tarde de p.m., pero no podía dejar de sentirme incómodo por señores como los que tenía detrás (Profe A y Profe B). Sin duda alguna que ellos y Profe C, Profas D, E y F, al igual que Alumnos/as A’, B’, C’, etc había acudido a aquella conferencia para sacar en claro algo más que unas risas.

Esto pensaba, cuando Arrabal soltó lo siguiente:
“¿Es posible encontrar el equilibrio en un universo planetario? Veo que la pregunta les apasiona a ustedes tanto como a mí”. No había ni atisbo de ironía en esta aseveración. “La Universidad de Los Angeles, que ustedes seguro conocen mejor que yo,” [recuérdese la composición química del auditorio] “esta universidad ofrece un premio de un millón de dólares a la persona que sea capaz de resolver una de las nueve conjeturas de la Humanidad. Yo voy a ser uno de ellos, se lo aseguro” [son siete, y los otorga una institución de Massachusetts, pero ¿qué más da?].

“Y Perelman, este matemático ruso, este poeta que les fascina a ustedes tanto como a mí ha resuelto la Conjetura de Poincaré, de “punto cuadrado” [en francés, el apellido suena igual que point carré]. Según Arrabal, todos los presentes debíamos estar terriblemente ofendidos con Grigori Perelman, quien rechazó el citado premio de 1.000.000 $ y también la Medalla Fields –“Nobel” extraoficial de matemáticas- dotada con 36.000 € en metálico. En un encuentro, dice Fernando Arrabal que le dijo: “Perelman, usted ha hecho una ofensa terrible contra España y contra el Rey de España, al no aceptar la Medalla Fields de Matemáticas (que le iba a ser entregada en un congreso en Medriz el 11 de agosto de 2006)”.

Et dice Perelman, Perelman, Perelman, Perelman, Perelman, Perelman, dice: Esos treinta y seis mil euros y ese millón de dólares, ¿qué añadían a la validez de mi descubrimiento? No lo hacen más verdad.

El día en que el Milenarismo llegó (II)

Por petición popular, continúa la saga de Arrabal en Estatuas Verdes:


Arrabal había llegado y apenas había dejado que lo presentasen como es debido, las autoridades pavoneándose de haber traído a tan docta cabeza. Alguien anunció que hablaría don Fernando y que posteriormente el Rector diría unas palabras para clausurar el congreso Factor Humano.

“Es un poco insultante pensar que va a hablar un poeta y luego un rector,” [pausa dramática] “porque es más importante un poeta que un rector” [ovación]. Señoras y señores: he llegado tarde porque he estado almorzando con un tarado… con un loco… ¡el “Loco de la Colina”! [nueva ovación]. De sus frases introductorias enseguida se colige que la conferencia no va a tener ni pies ni cabeza (lo cual no significa en absoluto que no tenga sentido). En su susurrante español plagado de galicismos, Arrabal anuncia que va a hablar de poesía, de filosofía, de ajedrez y de matemáticas, “las únicas disciplinas que no tienen Premio Nobel, porque no recrean la vida, no son como la vida: son la vida”.

“Ustedes son todos poetas, por eso han venido a escucharme. Por eso estoy tan a gusto creando con ustedes esta tarde”. Si no fuera porque le creo capaz de improvisar estas y mucho mayores chorradas/genialidades (táchese lo que no proceda) diría que Fernando Arrabal suelta siempre la misma conferencia vaya a donde vaya, unos meros ajustes y listo. Tal es la seguridad y –pese al ritmo pausado- la diligencia con que el dramaturgo se dirige a su auditorio. Aún así, no faltan pequeñas idas de cabeza:
“Señoras y señores: estoy mezclando el español y el francés, debe ser que estoy medio borracho” [carcajada general y aplauso]. Gritos de “¡el Milenarisno!” se oyen por las filas más alejadas- o a lo mejor fui yo-. Arrabal continúa: “Lo crean o no, incluso me pagan por decir todo esto”.

Tras un cuartito de hora de dar rodeos empiezo a pensar que esto es el Club de la Comedia, pero entonces el escritor melillense se pone serio y empieza a decir:
“Ya no hay los grandes Titanes del siglo XX como Franco, como Hitler, como Stalin… Mussolini, Carrillo,” [cambios de postura incómodos entre la progresía asistente] “como Ceaucescu… que querían crear un hombre nuevo, como Prometeo. Pues bien, en el Antiguo Régimen yo escribí una dedicatoria: Me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás, con toda inocencia” [ovación rabiosa].

“Esta ovación está dedicada a los amables señores que me invitaron a estar seis semanas à un albergue gratuito llamado ‘Cárcel de Carabanchel’”. Narraba así Fernando Arrabal sus problemas con la justicia y con la censura franquista –pidieron para él doce años de prisión por blasfemia-, y cómo logró eludir su condena. “Yo soy el único español que escribió a Franco cuando Franco estaba vivo… luego le han escrito todos”. Contó que en su carta le explicaba al Caudillo que la polémica dedicatoria fue hecha sin ánimo de ofensa (“Me refería al dios Pan, no al Dios católico”; “Me cago en la Patria fue una errata. No quería decir ‘Patria’ sino ‘Patra’, mi gata ‘Patra’: Cleopatra) y de ahí para arriba. Me pregunto quién sería el abogado del nota este en aquel proceso, que logró que lo absolvieran.

Luego pasó a explicar cómo grandes figuras de la intelectualidad europea salieron en su defensa, entre ellos cinco “soldados rasos de la literatura” que testificaron a su favor en el juicio: Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Octavio Paz, Elías Canetti y Samuel Beckett. Siempre según Arrabal, he aquí un extracto de la carta que envió el autor teatral, novelista y escritor de paranoias irlandés Samuel Beckett:
“Y Beckett dijo Señores del Tribunal: Libérenle… (callo los elogios)… Libérenle, porque es mucho lo que tiene que sufrir un escritor, un poeta, un dramaturgo para escribir. No añadan a su sufrimiento” [sobrecogido silencio].

 
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