Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 12 de mayo de 2009

Ángeles caídos


¡Qué gran cosa es la nostalgia, amigos! En pequeñas dosis solo, claro. Qué gran recurso de autoengaño es recordar con añoranza tiempos pasados. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Ni de coña. Pero hay cosas pretéritas que molan. Sobre todo si se ha tenido todo o se ha estado en una posición de ventaja y se ha perdido. Tiene Quique González una bonita canción que se titula “Cuando éramos reyes”. ¿Quién no ha sido rey alguna vez, o al menos se lo ha creído? O mejor aún, ¿quién no ha vuelto la vista atrás y ha pensado que lo había sido en algún momento?

Hoy os traigo a una serie de personajes, de artistas que admiro profundamente. Nunca salen en las listas de favoritos que confecciono, ni los saco a relucir en las conversaciones freak de música, no sé por qué. No es que me avergüence de mis gustos, supongo que simplemente, por parafrasear aquel tema de Weezer, el mundo ha girado y los ha dejado atrás. Los gustos han cambiado, no están considerados cool, y ya no venden una escoba. De estos artistas no hablan revistas como el ROCKDELUX o el Ruta 66, si es que alguna vez lo hicieron. Son los ángeles caídos del pop español.

Me estoy refiriendo en concreto a tres de mis ídolos: Ariel Rot, Coque Malla y Jaime Urrutia. También hay otros pero, o bien no significan tanto para mí (Bunbury) o han sabido más o menos mantenerse en el candelero (Andrés Calamaro). No se puede hablar en ningún caso de perdedores, estas son gentes que han conocido el éxito en primera persona, que llenaban estadios (polideportivos, al menos), que tenían números 1 en Los 40 Principales como churros. No estamos, pues, ante la típica historia de “secreto mejor guardado” o “deberían haber sido famosos”. No, amigos, a esta gente los conoce todo el mundo, y hace 15 ó 20 años gustaban a la mayoría, pero hoy han dejado de ser relevantes.


Y es una pena, porque en España, con una industria discográfica de risa y cero cultura musical, si no estás de moda, si no vendes, no eres nadie. Nadie te va a hacer un recopilatorio en condiciones (no un expolio de tus hits) con un folleto currado y con cariño. Nadie te va a citar como influencia de una tradición, porque en España no hay apenas tradición (mirad si no a Juan y Junior, no los hay más seminales: id a buscar su discografía a una tienda y me contáis). Lo constato con pena, porque en países como Gran Bretaña o Francia (no digamos USA) es todo lo contrario: cada día se reeditan más cosas y se tiene más respeto por los grandes nombres, los has-beens.

Ariel Rot, casi nadie. Empezó con Moris en 1978, siguió con Tequila (otro grupo seminal), luego en solitario, militó en Los Rodríguez… en cada etapa dejó su sello con grandes canciones, auténticos himnos, y desde 1997 sostiene una más que meritoria carrera en solitario, con un nivel artístico fuera de lo normal en este país, que sin embargo concita en el público y en los medios un interés cada vez menor. Igual que “no hay boda sin la Tía Juana” tampoco la hay sin hits de Ariel, y para muestra un botón al azar, el pasado sábado en Valladolid sonaron dos suyas: “Rock and roll en la plaza del pueblo” y “Hace calor”. El año pasado Ariel Rot sacó un disco de duetos con M-Clan, Amaral, Fito Páez, Quique González, Pereza, Christina Rosenvinge, etc, y creo que no se enteró nadie.


Coque Malla, eterno cara de niño (igual que Leo DiCaprio o servidor de ustedes, aunque c’est clair que yo soy mucho más guapo que ellos dos juntos), actor guadianesco de desigual fortuna (el buen Migue me cantó hace poco sus alabanzas), pero centrémonos en sus virtudes musicales. Pocos como él y su grupo Los Ronaldos sonaron tan auténticos en todo el rollo ese de la Movida o post-Movida o lo que sea. Pocos comprendieron y encarnaron como ellos (sin plagiar) el espíritu del rock and roll, sonando a ratos como los Stones y a ratos como la Creedence. Lo mismo versionaban un tema de Pata Negra que les producía un LP John Cale.

Su repertorio mete miedo, como pudimos comprobar con su fugaz vuelta a los escenarios de hace un par de años. Parece que la vuelta de Los Ronaldos no ha cuajado, ya no interesan ni disfrazados de indies (su nuevo EP lo sacó Subterfuge). Coque Malla en solitario no puede ser calificado de “genial”, pero desde luego que merecería muchísima más atención que muchos otros payasos que pululan actualmente por nuestras ondas y nuestras pantallas.

Jaime Urrutia, castizo con el pie cambiado, el hombre que hizo que todos nos subiéramos hacia arriba el cuello de la camisa en un momento dado, ha acabado siendo objeto de chanza en Muchachada Nui. Jaime empezó con Ejecutivos Agresivos, y luego consiguió el éxito comercial sin paliativos con su siguiente grupo. Creo que Gabinete Caligari no necesitan de mi defensa, su currículum habla por sí solo. A principios de los noventa, esta banda (que venían de ser número uno, inflarse de actuar en verano y ser los reyes de los karaokes, como dice Wikipedia) simplemente dejó de interesar. Ha habido luego dos soberbios discos en solitario en 2002 y 2004, y uno en directo de colaboraciones en 2007, pero ya nada es igual.


Urrutia encarnaba como nadie la problemática del rock español, con su estética a medio camino entre el rockabilly y el toreo. Ariel Rot y Coque Malla también son rockeros, antes que otra cosa. Sus canciones son rocanroles, hasta las baladas y medios tiempos. Me reitero, ellos ya no venden una escoba, ¿significa esto que en España el rock and roll ha dejado de interesar? Recordemos que hace 20 años era un producto comercial perfectamente viable (Rebeldes, Gatos Locos, Loquillo, Dinamita Pa Los Pollos, La Frontera, Tennessee, Víctor Coyote…): ahora no. Pues no puedo decir otra cosa, amigos, ¡qué pena más grande!

Coque Malla acaba de sacar disco nuevo, y leo por ahí que los miércoles Ariel Rot y Jaime Urrutia colaboran en un programa de La Ser para hablar de música y anécdotas. Bienvenido sea, queremos más de esta peña: en cualquier caso, yo me niego a jubilarlos.

lunes, 16 de marzo de 2009

In-movilidad


“En su evolución, el hombre ha creado la ciudad y el barullo del tráfico, pero dadme la más mínima oportunidad y ya me estoy quitando la ropa y volviendo a la selva”.
-The Kinks



In-móvil, des-móvil, a-móvil, hipo-móvil... ¿anti-móvil? Os propongo una adivinanza combinada con el análisis cultural de un spot publicitario. No sé si habréis visto un perverso anuncio de Vodafone en el que aparecen una serie de personas adorando sus teléfonos móviles como los monos de Kubrick adoraban el Mono-lito de 2001: Una odisea en el espacio (1968). En un momento dado, todos los del anuncio entran en una especie de éxtasis u orgasmo al brillarles la palma de la mano donde tenían el móvil: acaba de llegarles un mensaje.

Y el eslogan (me niego a buscarlo) dice entonces algo así: “Un sms te puede cambiar la vida... ¿te imaginas 6.000?” Todo para venderte otra de sus sempiternas promociones de “paga trillones ahora a cambio de enviar X mensajes (bueno, parece que 6.000) hasta junio”. ¿Te imaginas lo que pueden conseguir 6.000 mensajes? Wooooooooowwww!!! Ahora yo os propongo otra adivinanza.

Interior, día, un cuarto de baño de clase media. Un joven somnoliento se rasca el culo, levanta la tapa de su teléfono móvil, levanta la tapa del váter, con la otra mano introduce el PIN, se le escurre el aparato, este se cae al agua y... GOOOOOOOOL de Señor!!! La inmersión dura apenas un segundo, menos: décimas. Lo suficiente para sacar el móvil completamente empapado y tenerlo que secar con cuidadito, desmontándolo todo lo que un usuario puede desmontar un bicho de estos. Y todavía hay que dar gracias porque el agua estaba limpia, digamos... sin usar. ¿Te imaginas que se te cae el móvil al váter y te quedas sin móvil?


Envía “PUPITA” al 5555 si quieres recibir el tono de moda. Tras el correspondiente secado recompongo el armatoste y parece que funciona. Bien... Por haceros el cuento corto, a lo largo de la mañana descubro que en realidad es que no, que no funciona. Mi móvil vibra a troche y moche, el muy canalla me dice “Introduzca tarjeta SIM” cuando la tiene dentro, y otras lindezas que me hacen darme cuenta: ESTOY SIN MÓVIL. La gran cosa, ¿eh?

Lo primero que me comenta mi novia: “Te habrá entrado un agobio... ¿no?” Hago un poquito de introspección y la verdad es que no, qué queréis que os diga. La verdad es que me la suda bastante. Pasado el fastidio inicial lo que más me aturde es haber perdido las cositas que tenía en la memoria. Ese corte del Fibergran del Pumares, esas sintonías de Star Wars, ese Himno Nacional, ese audio del Celebrity de Manu Chao, esas fotos de mis seres queridos y del concierto de Quique González. Y los mensajes. Montones de eseemeeses que yo guardaba, de los últimos años, algunos muy bonitos y especiales porque eran de este mes pasado. “Los mensajes se borran” -me dice mi madre para consolarme. Estos que yo guardaba no, Mamá.

Sé que no es el fin del mundo, y para colmo los números de la agenda se van a poder recuperar (estaban en la tarjeta SIM), pero no mola. Sin embargo, el hecho de andar por ahí sin móvil... ¿puedo decir que sí mola? ¡Qué narices! ¿Y cómo viviríamos antes sin teléfonos? Pues bien, vivíamos bien, señora. Entendedme, no soy el típico ser antiglobalización que reniega ahora de las tecnologías, pero sí que sufro un poquito de eso que los ingleses llaman la “correa electrónica”, que nos mantiene conectados por móvil, email, etc, 24 horas al día.


Voy por la calle tan tranquilo... ¡ay, a ver si me llaman! Que no, que voy sin móvil.... pues ¡hala, para adelante! Siento vibrar la acera bajo mis pies: ¡un mensaje! Ah, no, que es que hay una máquina taladrando el pavimento... y así sucesivamente. Y qué queréis que os diga, podría acostumbrarme. Desde aquí propongo a Samanta Villar que se atreva a pasarse 21 días sin móvil, como yo me he pasado 21 horas, le auguro que saldrá purificada. Empiezo a considerar esta remojada de mi ex-móvil como una especie de Bautismo de In-movilidad. Y no os lo voy a negar, el viernes mismo ya me estoy comprando otro teléfono... pero vamos, más que nada por no daros un disgusto.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Enlaces


“Cada día puede ser un gran día, pero hay días más grandes todavía.”
-Quique González





Creo que fue en el post de Bélgica donde anuncié mi intención de escribir un post sobre las bodas. Por petición popular, helo aquí. Bodas, bodas, bodas… ¡habría tanto que decir! Una vez oí decir que el efecto de una boda en una persona (sumando estrés, incomodidades, comilona, cansancio, borrachera y resaca) era comparable al de un vuelo transoceánico con su jet lag y todo. Y que por eso todas las bodas se hacían en sábado.

Me gustaría poder hablar sobre las bodas con desapasionamiento, y una vez lo hice en un relato que tal vez un día os deje leer. Mientras tanto, no puedo por menos que mojarme: bodas, bodas, bodas… la Última Frontera. Ojalá no me gustaran y ojalá no fuera a tantas pero tengo que admitirlo, a mí las bodas me encantan. Tranquilos, que en todas las bodas encuentro a alguien que me afea la conducta y me censura. “¿Cómo pueden gustarte las bodas?” ¿Será porque todo el mundo va elegante, se come y bebe de puta madre, se echa un buen rato de risas con parientes/amigos a los que no se ve a menudo, se baila, se canta, se cuentan chistes y, en general, es una fiesta? Pues yo soy así de pervertido, señora, qué vamos a hacerle: me encanta una boda.


Confesémoslo ya: este fin de semana he tenido una. La anterior fue a mediados de septiembre, pero ya sabía que estaba esta última en el horizonte y he querido esperar a que pasara para escribir el post. Y no, tampoco ha faltado quien, tratando de darme conversación me haya soltado “¡Qué horror las bodas, no?” Y yo he tenido que contradecirla. Criticar las bodas está tan de moda que se ha convertido en un tópico, como quejarse del calor en verano, de la Navidad, de las corridas de toros o del gobierno de Aznar. Pues sí, puesí… Las bodas me molan, otra cosa es que te encajes en un bodorrio que ni te va ni te viene, de gente que no conoces, obligado, por compromiso y demás incomodidades.

En esos casos, señora, el problema lo tiene usted, no las bodas. Decir que las bodas son caca solo porque haya bodas coñazo (e ineludibles) serían como decir que viajar en general es una mierda solo porque usted sea viajante. Además que las bodas ofrecen infinitas oportunidades etnológicas de estudio y observación, para el que quiera verlas. Y si no, fijaos. En todas las bodas SIEMPRE hay un hippy. Por “hippy” me refiero a alguien ataviado inapropiadamente, sea rollo alternativo, rastafari, cani o borroka. Las dos últimas bodas a las que he acudido no han sido una excepción. Chanclas, rastas, trajes estrafalarios… ¿tienen cabida en una boda? Uno por boda, siempre.


Otra cosa curiosísima de las últimas bodas a las que he ido (creo que 10 en tres años) es la tendencia de los curas a irse de locos en la homilía. Ya sabemos que “el Amor todo lo puede, y todo lo perdona” y todo lo que dijo San Pablo, pero es que además últimamente constato que los sacerdotes suelen tener querencia por mostrar cuán enrollados son (en plan obispo de Ávila). Que si “Demos gracias a Dios por Internet y los móviles” (os lo juro), que si “para que un matrimonio tenga éxito es necesario que la pareja se vaya de vacaciones con sus hijos” o que “él no llegue a casa diciendo que se ha liado en la oficina y en realidad venga de haberse liado con otra”…

No hay cosa peor que un cura viejo y rancio dándoselas de “enrollado” (os lo dice uno que es católico y estudió en un colegio de curas). Curiosamente, la única boda “enrollada” de verdad a la que he asistido fue gracias a un sacerdote jesuita joven y brioso, amigo de los novios, tal vez por eso resultó tan emotiva. Este hombre glosó, a modo de homilía, un fragmento del poema “Piedra de sol” de Octavio Paz, y no se privó de recordar a los asistentes que igual la frase “amar es combatir” nos sonaba más por ser el título de un disco de Maná. Pues esta boda moló, y es que hasta en las bodas donde menos “he pintado” he podido encontrar mi sitio y guardar un buen recuerdo. Por ejemplo, gracias a una boda en El Puerto de Santa María tuve oportunidad el pasado año de ver la casa de Rafael.


Otra cosa que me hace muchísima gracia de la gente que critica las bodas es que dicen que son una institución rancia y caduca (puedo llegar a estar de acuerdo, el post trata sobre las celebraciones, no sobre el sacramento/contrato) salvo que se trate de bodas gayer, en cuyo caso es importantísimo que se casen y lo dejen en papeles por escrito. ¿En qué quedamos? Seguro que estos defensores lo que no quieren perderse es el convite/recepción/banquete, como se le llama según se sea de cursi. También escuché decir a uno una vez que en las bodas se pasaba muchísima hambre. Será en las macrobióticas, chulo, o será que no te has sabido dar cuenta de por qué puerta salían los camareros con las bandejas. Fundamental acosar a la camarería en plan batalla naval, en plan Cavite o Santiago de Cuba, para formar una barrera humana y no darles escapatoria.

Luego las comidas/cenas las hay más o menos copiosas o espléndidas, pero os diré que todavía estoy por ver una sola boda en la que se coma mal. Para empezar, porque los novios se preocupan mucho de que sus invitados (compromisos, sí, pero en su mayoría familiares y amigos) lo pasen guay y estén bien comidos. Me encanta ese otro clásico de las bodas: las señoras, que, habiendo leído el menú en las tarjetitas y habiéndose puesto hinchas de alcohol y aperitivos, se jaman todos los platos que les ponen por delante y fingen hacerse las sorprendidas cuando les sirven el solomillo. ¡Haberme avisao! Una carne tan rica y me la voy a tener que dejar… Me he tenido que desabrochar el botón y todo. ¡Aaaaaaay! Me encanta.



Y ¿qué me decís de esos camareros déspotas que continuamente te están enchufando (cual mangueras) en las copas el agua mineral, el blanco, rosado, tinto o cava, para que nunca te quedes sin bebida? Son como fontanas etílicas. ¿Y esa otra gigante polémica de paletillos/gente poco afecta al protocolo?: “¿Cuál es mi pan, el de la izquierda o el de la derecha?”. ¡Ay, amigo! Que no es la primera boda a la que te invitan… Cada vez se ve menos la bizarra escena de los nuevos esposos cortando la tarta nupcial mandoble en mano. Cada vez se ve menos la tarta nupcial, qué narices. Podría seguir hablando del chimpún, con esa música “hecha a base de ritmos latinos, viejos éxitos y canciones de moda mal digeridas”, como leí en alguna parte. Podría seguir hablando de la barra libre, pero es que a esas horas servidor ya no está para nadie. Madre, madre, qué fiestuqui. ¡Cásense, coño! (E invítenme).

sábado, 15 de noviembre de 2008

Finally Quique González


“Al arder la rama las estrellas ardieron también”.
-Quique González




Dado a la hipérbole, una vez más me presento ante vosotros. Pero lo que os digo ahora no es una exageración: he aquí el post que llevaba un año queriendo escribir, el que más ganas tenía de compartir con vosotros. No exagero si digo que fue uno de los motivos por los que me decidí a empezar un blog. Para compartir estas experiencias. Llevaba trece meses deseando volver a asistir a un concierto de Quique González, el cantautor eléctrico. Hubo un amago cancelado el pasado abril, creo, que me dejó con el mal sabor de boca de un conciertus interruptus. Pero ya ha vuelto a ocurrir.

¿Conocéis la sensación de acudir a un concierto y corear las letras de todas las canciones hasta quedaros roncos? ¿De que se os pongan los pelos de punta al escuchar tal o cual trozo “clave” de una letra? ¿De estar nervioso en la cola de entrada hora y media antes de empezar la actuación? Como un puto colegial, creo que La Casa Azul dieron con el símil definitivo: “Como un fan”.

Hace trece meses asistí a mi primer concierto de Quique González, había escuchado su último disco varias veces, me gustaba mucho. Pero era un concierto más. Entonces me senté en una butaca de aquel teatro, vi un escenario oscuro, solo iluminado por una lamparita de pie, escuché la canción “Y los conserjes de noche” y tuve una de las mayores epifanías musicales de toda mi vida. A día de hoy mi novia (autora de las fotos que veis) me lo dice admirada: “A ti este hombre te ha llegado, ¿eh?”. O: “Milagroso: subir al coche de Porerror en días diferentes y que tenga en el CD sonando al mismo artista”. Sí, que me ha llegado, sí, como solo me llegaran Los Beatles, Brian Wilson, Elvis Costello y Fito Páez. Dado a la hipérbole pero no estoy exagerando.


La verdad es que no os voy a intentar convencer de lo bueno que es o no es Quique González, como hago con otros artistas (anteayer mismo, Cooper). Solo pretendo contaros cómo me ha afectado a mí. Hoy no voy a decir “El XXXXX español”, “Suena como XXXXX” o “Lo mejor desde XXXXX”. ¿Para qué? Anoche tuve la inmensísima suerte de ver en concierto a uno de mis artistas favoritos, de verlo en segunda fila, de fundirme con la masa de peña que allí había al son de unas canciones que significan muchísimo para muchísima gente.

Anoche detrás de mí había una pareja de novios jovenzuelos, entre pijos y universitarios (el público medio de Quique) a la que sinceramente deseé faringitis crónica de por vida, tales fueron los desafinados berridos que vertieron en mi oído durante todo el concierto, igual que Claudio vertió el veneno en el oído del padre de Hamlet. Pero esta mañana pienso, ¿qué derecho tengo a censurar sus emociones? De acuerdo con que fueron un coñazo, pero me siento al 100% identificado con ellos. Yo también me encontraba transportado.


La ocasión reservaba más sorpresas agradables: yo esperaba un concierto fin de gira basado en el repertorio de su último disco Avería y redención #7 (2007) –como fue el del año pasado-, en estos nunca faltan canciones antiguas pero, claro, te tienes que mamar el disco nuevo entero. En este caso, sin embargo, se trataba de una gira “Décimo aniversario” con un repertorio moldeado por las peticiones de los fans en la web, algo a lo que Quique siempre ha sido muy aficionado. Hubo una canción inédita (la estupenda “La luna debajo del brazo”) y el resto estuvieron sacadas de sus siete álbumes, además de “Paloma”, versión del temazo de Andrés Calamaro.

¡Qué fantasía! Por allí desfilaron “Personal”, “Cuando éramos reyes”, “Se nos iba la vida”, “Y los conserjes de noche”, “Pájaros mojados”, “Avión en tierra”, “La ciudad del viento”, “Calles de Madrid”, “Kamikazes enamorados”, “Pequeño rock & roll”, “El campeón”, “Miss camiseta mojada”, “Salitre”, “Crece la hierba”, “Caminando en círculos”, “Hotel Los Ángeles”, “Rompeolas”, “Avería y redención”, “Hay partida”, “En el backstage”, “Palomas en la quinta”, “Me agarraste”, y la que abrió el concierto para frenesí colectivo: “Vidas cruzadas”. Creo que no me dejo ninguna, en cualquier caso solo quería dar una idea de los extensivo y variado del repertorio, que como siempre basculó entre el rock “americano” con raíces, la canción de autor acústica y el power pop (impresionante labor de guitarras a cargo de Javi Pedreira).


Después de la actuación, dos horas netas con dos bises de cuatro y tres canciones (Quique no es Van Morrison con un cronómetro de ajedrecista encima del piano, si sabéis lo que quiero decir), los fans tuvimos la oportunidad de entrar al backstage y saludar a los músicos. “Me encanta firmar vinilos” – me dijo Quique al ver mi copia de Avería y redención #7. El backstage, con su humilde empanada, sus blisters de jamón y queso, sus frutos secos, me recordó al testimonio Chanante de Axl Rose y su “panizo” o kikos de maíz gigantes.

Y en fin, que fui, vi, disfruté. Es lo que hacen los fans, ¿no? Hice cola, me desgañité, vi a un hombre tocar un piano que era el frontal de un Ford Capri (con faros encendidos y todo), le di la mano y, una vez en calma, me largué.

viernes, 3 de octubre de 2008

Me suda el ojjj...


Tranquilos que no me he dado a la bebida. Aunque más de uno antes de irme a Cosica me advirtió que no lo hiciera, yo no traía la más mínima intención. Pero cierto es que si anoche no hubo post es debido a que me corrí una semijuerga con algunos compañeros de trabajo. ¿Entre semana, Porerror? ¿Qué te crees, que estás allí de Erasmus? No, señora, para Erasmus borrachas ya quedo esperando el nuevo disco de Francisco Nixon, que saldrá el año que viene. En realidad me acosté a la hora de siempre, solo que no había escrito una entrada para el blog.

Esta negligencia puede achacarse a los tintos con naranja o a las amígdalas de cerdo a la plancha, como ustedes quieran. Pero me sirve para enlazar con el escatológico título del post de hoy, que los más avispados (léase “frikis”) habrán reconocido como proveniente de un sketch de Muchachada Nui. En concreto, aquel episodio de “Mundo viejuno” sobre Al Gore y el cambio climático. En un momento dado, uno de los personajes está contando algo y otro lo interrumpe bruscamente con la rudérrima frase: “Me suda el ojete”.

Pues bien, amigos, Estatuas Verdes alcanza un nuevo mínimo de buen gusto al rescatar esta frase del olvido, y es que he de confesar que últimamente el latiguillo de marras se ha convertido en un mantra personal contra el estrés laboral. ¿Que uno de mis clientes se pone farruco o irrazonable o me viene con alguna paparrucha? Yo lo dejo largar, lo miro con una sonrisa y por dentro estoy pensando: “Me suda el ojjj…”. Y lo digo así, pronunciado con “jota” fricativa velar sorda. ¿Que algún jefe me asalta con una payasada, o hace caso omiso de una demanda mía? “Me suda el ojjj…”. Y así, sucesivamente. Solo tengo que tener cuidado que no se me note y no explotar de la risa mientras pongo carita de póker.


Y no solo en el trabajo, ¿eh? Esta frase mágica nos protege en cualquiera situación. ¿Que a las tantonas de la madrugada un gato y un perro deciden pelearse en la plazuela que hay delante de mi casa y me despiertan? “Me suda el ojjj…”. ¿Que a la Policía Municipal de Cosica no le agrada donde he dejado aparcado mi coche? “Me suda el ojjj…”. Y esta transpiración anal va creciendo proporcionalmente con el paso de la semana. Lo que un lunes me medio importa (sí, eso que el domingo por la noche llegaba a preocuparme), el martes ya lo veo menos terrible. El miércoles no os digo nada, y el jueves por la noche ya la cosa está que arde (y que suda). Por eso cuando anoche unos compis del trabajo propusieron salir a cenar y a tomar unos coca-colas no me lo tuve ni que pensar.

Me gusta pensar en esta frase como en una especie de sortilegio protector, como una oración (valga la irreverencia). Me sorprendo diciéndola mentalmente y se me vienen a la cabeza otros estribillos que puntuaron el sufrimiento de otras personas, como el “Aquello se superó, esto también pasará” del anónimo bardo anglosajón autor del poema “Deor”, el “Preferiría no hacerlo” de Bartleby el escribiente (personaje de Melville) o el famoso “So it goes” de Kurt Vonnegut en Matadero 5 (1969) –no confundir con las canciones de Billy Joel o Nick Lowe. O la muletilla de aquel personaje televisivo, Felipito Tacatún, que siempre acababa diciendo “Yo sigo”.

Os aseguro que no es pasotismo, es supervivencia. La cosa alcanza proporciones épicas los viernes al mediodía. Y cuando por fin tengo a bien cargar el coche para venirme de Cosica el fin de semana, puede ser que vaya cantando canciones de Quique González a voz en cuello, para asombro de bestias y personas. No hagáis caso a las habladurías que cuentan por ahí que salgo del pueblo haciendo un corte de mangas, ¿eh? Que yo siempre conduzco con las dos manos en el volante. Seguridad ante todo.

viernes, 30 de mayo de 2008

Lapido: me lo pido


¿Creéis en la telepatía? Yo tampoco, claro, y sin embargo hoy me ha ocurrido una cosa rayana en lo telepático. Resulta que estaba pensando en mi amigo Olivares, un histórico desde la infancia, preguntándome cómo estaría tras meses sin saber de él. Esta tarde, una vez decidido el tema del post de hoy iba en el coche pensando si sería buena idea nombrar a mi amigo en Estatuas Verdes. En estas llego a mi casa y me encuentro con que el hombre me había llamado dos veces. “Illo, ¿te puedo nombrar en mi blog a propósito de Lapido? Es para hablar de la canción “La vida qué mala es”, tú sabes”.

“¡Coño, claro que sí! Ayer mismo la estuve escuchando…”. Y es que mi colega tenía en la E.G.B. una cinta de varios de sus hermanos en la que venían dos temas que nunca nos cansábamos de escuchar, “Cream” de Prince y el mencionado de 091, grupo que lideró el granadino José Ignacio Lapido. Este Lapido (el nombre va pidiendo continuos juegos de palabras, ¿no os parece?) viene a ser el Neil Young español, algo que se me ha ocurrido hoy mientras revisitaba varios de sus temas para inspirarme para el post. La semejanza viene de que el tipo se mueve en una tradición pop rock de coherencia insobornable (es decir, no se ha vendido). Desgraciadamente, al no haberse vendido, el buen hombre tampoco ha vendido un disco en su puta vida.

El parecido con Neil Young continúa en el plano estilístico: Lapido hace canciones basadas levemente en el rock americano, nunca llega al country ni cae en el mero pop, aunque se pueda pensar al escucharlo (sobre todo sus discos en solitario) que pertenece a la legión del indie pop patrio. Pero incluso si su música de ahora y la del histórico grupo 091 han sido catalogadas como power pop, está claro que Lapido es más un cantautor rockero, a la usanza de Young, Tom Petty o -¿por qué no decirlo?- Quique González y Enrique Urquijo.

Mi romance con la música de Lapido es de última hora, no me voy a poner aquí medallas. Ahora escucho 091 como el que más, pero admito que en su época me parecían unos ruidosos (hasta los Rolling Stones me daban miedo). Su Ladridos del perro mágico (1999) me cogió en una etapa en la que yo no prestaba atención a la música en español, lo escuché en su día y la verdad es que me pareció una horterada (¿en qué estaría yo pensando?). Ha tenido que venir un compañero de trabajo a metérmelo por los ojos y por los oídos (¡ah, la música en el coche!) para que yo me diera cuenta de la calidad de este artista.

Ladridos del perro mágico me parece hoy una obra de arte, con sus medios tiempos de delicioso pop rock. La intro de guitarra del tema “Hablando en sueños” creo que está fabricada directamente en 1966. “Cuando las palabras vuelvan del exilio” nos trae su mejor lírica rockera, y así sucesivamente. En otro tiempo, en otro lugar (2005) es otra cumbre del pop rock español, que además le granjeó la credibilidad indie de la que goza en la actualidad (¿no se coló “La antesala del dolor” en el disco de Lo mejor del 2005 de la snob revista Rockdelux?).


Hace muy poquito que Lapido ha editado un nuevo disco, titulado Cartografía (2008). Una sola escucha me ha bastado para calificarlo como algo fuera de serie. Sus letras han seguido creciendo, inteligentes como pocas en España (como muy pocas) sin caer en el culturetismo. Preciosas melodías y como siempre preponderancia de las guitarras, sean acústicas, eléctricas con o sin distorsión. El tipo tampoco le hace ascos a un buen piano u órgano eléctrico… sobre todos cuando sus medios tiempos rockeros devienen en baladas.

Mi gurú lapidiano, que no se caracteriza por comprarse muchos discos, me comentaba: “Este de Lapido me lo voy a pillar original. No me pesa gastarme el dinero porque sé que es un producto de calidad, independiente, y al tipo este no le voy a piratear el disco”. Dicho y hecho, se fue a la web oficial de Lapido y encargó dos copias, una para él y otra para mí. Qué compra más buena. ¿Mejor disco del año español? Todavía habrá que esperar. De momento, lo que sí es seguro es que mientras Juanes canta eso de “A Dios le pido”, yo seguiré exclamando “Hola, Lapido” y tarareando sus temazos.

jueves, 14 de febrero de 2008

Gracias, Fito (I)


Hay veces que las cosas se van juntando y coinciden como las piezas de un puzzle. Mis amigos lo saben, me pasa constantemente, y es entonces cuando pienso que se trata de una señal para ponerlas en el blog. Desde el mismo día en que empecé Estatuas Verdes vengo queriendo hablaros sobre uno de mis artistas musicales favoritos, el argentino Fito Páez. Nunca me decidía, pero entonces me llama mi padre para contarme que hoy se va de viaje a Buenos Aires, y me pregunta si quiero que me traiga algo. Mmmmmh… difícil pregunta para alguien que, como yo, escucha en su mp3 a Borges y a Cortázar recitando y sale a hacer footing con una camiseta de rayas blancas y azules en la que pone “10. Maradona”. Y eso sin contar con que ahora mismito me estoy leyendo una novela argentina de la que pronto os hablaré aquí.

Pero rápidamente me repongo de mi sorpresa y le encargo Moda y pueblo, un disco de Fito Páez de 2005 que he buscado por todas partes y siempre se me ha dicho que no está editado en España. Ya me pasó hará dos meses que, investigando por Internet sobre el que en mi cabeza era “el último disco de Fito Páez”, me encuentro con que el pájaro ha editado desde entonces nada menos que otros dos: El mundo cabe en una canción (2006) y Rodolfo (2007). Me ha costado encontrarlos, pero ya obran ambos en mi poder. Además, la semana pasada escucho el primer disco de Quique González, donde viene un tema titulado “Fito”, que el cantautor español dedica a Páez para agradecerle que sea tan buen cronista de los sentimientos.

No puedo de ninguna manera ser imparcial a la hora de hablar de Fito Páez, la música de este hombre me gusta tantísimo y me ha ayudado (incluso en el sentido terapéutico) de tal manera en los peores momentos de mi vida que me es imposible disociar mi opinión crítica sobre ella de mis vivencias personales. Con deciros que, cuando me copiaron en CD uno de sus álbumes hace ya años, en lugar del título y el nombre del artista pinté una gran cruz y escribí “Primeros auxilios”. Y me hace gracia recordar cómo lo conocí: fue de pura carambola. Fue que le pedí a una amiga de mi prima que me grabara el disco de Juan Antonio Canta (¿Os acordáis? El de “un limón, y medio limón…”), y como sobraba espacio en la cara B pues ella se empeñó en colocarme ahí una selección de sus canciones favoritas de Fito Páez.

¡Benditas cintas de 90! ¿Sabéis esas avispas que les inyectan sus huevos a otros insectos para que con el tiempo eclosionen y se alimenten de sus entrañas para acabar saliendo a la superficie? Pues ese efecto tuvo en mí escuchar aquella media cinta de Fito Páez, canciones que de entrada no me impresionaron demasiado, pero que al cabo de un par de años se habían hecho imprescindibles en mi vida. Mucha gente que me conoce –incluso amigos íntimos- no sabe cuán importante ha sido y es en mi vida la música de Fito Páez, pero es que es algo tan mío, tan personal que no lo suelo ir pregonando. Y es que siempre hay tiempo para que la gente le eche barro a una cosa que uno tiene muy cercana a su corazón.

Con el tiempo he ido entrando más y más en el mundo del cantante, y comprendiendo sus referencias culturales, aparte de la obvia barrera del idioma (recordemos que se trata de un argentino). Me he dado cuenta de que este hombre es un autor muy culto, de hecho se me antoja en persona un puntín pedante, pero no es su persona sino su música lo que me atañe. En sus canciones, aparte de mentar constantemente a los Beatles (con los que tiene “un pacto de amor”, parafraseando el verso de Neruda) y a los Rolling Stones, también aparecen menciones a, por ejemplo, Chico Buarque, el tango, autores como Emily Brontë o Roberto Arlt y muchas cosas de cine: Gena Rowlands, Gilda... Con todo, lo que más abunda en sus temas son referencias al callejero de Buenos Aires (Palermo, Caballito, Belgrano…) y de Rosario, su ciudad natal.

El tema de la literatura y el cine en Páez es muy interesante, su manera de escribir algunas canciones las convierte en pequeños poemas narrativos o incluso cuentos. Esto ya lo hace como nadie un, digamos, Ray Davies, pero lo que Páez aporta es un punto de vista o una voz narrativa diferentes, propias de la literatura. También suele utilizar a menudo la técnica del “flujo de consciencia”, lo que unido a una peculiar secuenciación de los hechos, las elipsis, los cambios de escena, debe muchísimo a la novela (post)moderna y a su hermano bastardo el cine. Me consta que Fito Páez escribe, y sé que dirigió una película, que creo que le arruinó. Por de pronto estuvo casado con la actriz argentina Cecilia Roth (a quien dedicó preciosas canciones) y, si os fijáis atentamente, podréis verle en Todo sobre mi madre (1999).

Y bueno, como en este post solo he hablado de mis impresiones, dejo para otro la crítica de sus últimos discazos. Me despido tomando prestadas las palabras que le dirigió Quique González: “Gracias, Fito, por decir exactamente lo que vi”.
 
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