Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 22 de enero de 2009

40 años de Franklismo


En mi novela de cabecera Matadero-5 (1969), de Kurt Vonnegut, el narrador trataba de imponer sentido a unos hechos (el bombardeo aliado de Dresde en la 2ª Guerra Mundial) sin llegar a relatarlos. Para él, aquellos recuerdos suponían un trauma de tal calibre que en la novela se narran los prolegómenos del ataque, su preparación, sus consecuencias; todo lo que lo rodeó, salvo el ataque en sí. A mí, la toma de posesión de Obama no me produce trauma alguno pero sí mucho tedio, por lo repetitivo de las informaciones. Vemos a Obama mañana, tarde y noche en todas las cadenas de televisión, como si su imagen la multiplicaran los espejos de una barraca de feria.

Todo sobre Obama pero sin Obama. Por eso, si anteayer se hablaba en Estatuas Verdes de la preparación del discurso hoy quiero hablar de otro aspecto accesorio de la ceremonia, uno de los más negros (perdón por el chiste). Me refiero a la presencia y actuación de la cantante de color (oscurito) Aretha Franklin, una de las mayores artistas que ha dado la era Rock. ¿Aretha Franklin, rock? ¿Jaqueca? Sobre la clasificación de la música en subgéneros y el uso de las mayúsculas ver Almanaque de otoño. Lo cierto es que si el Franquismo duró casi 40 años, el Franklismo va ya por su quinta década.


Cuando vi a Aretha Franklin cantando en la ceremonia (pese a llevar un sombrero que le había diseñado su peor enemigo) la verdad es que me alegré muchísimo. ¿Os imagináis a ZP jurando el cargo y Massiel al lado, cantando? (Mmmmmm…….. a Fran Perea sí que lo sacó a relucir). Sé que esta analogía es trampa pero, ¿a que os habéis sonreído? No sé exactamente cuántos discos ha vendido Aretha Franklin ni cuántos números 1 ha tenido y me da absolutamente igual. Me basta con escucharla cantar. Aretha es una de mis cantantes favoritas, no solo de soul, de cualquier estilo. Basta oír alguno de sus clásicas interpretaciones para quedarse con la boca abierta en cuanto la señora abre la boca.

Es cierto que los buenos tiempos de Aretha Franklin pasaron ya hace 40 años, aproximadamente cuando se publicó Matadero-5. Lejos quedan aquellas grabaciones históricas que hizo en los estudios Atlantic de Nueva York, pero a la vez quedan muy cerca. Basta con poner I Never Loved a Man the Way I Loved You (1967), Lady Soul (1968), Aretha Now (1968). Si queréis flipear, tan solo escuchad los primeros 45 segundos de la canción “A Change Is Gonna Come” (pero cuidaos de tener un baño cerca porque os hacéis pipí encima).

El pasado 20 de enero, doña Franklin paseó su rotundidad de cantante negra de gospel por el Capitolio USA, con un par. Y no estaba allí de prestado, ni manifestándose por una injusticia, sino cantándole al primer presidente negro, solo recordarlo me pone los pelos de punta. Es cierto que los buenos tiempos de Aretha Franklin pasaron ya hace 40 años, justo cuando en su país los negros no tenían derecho a votar y tenían vetado o restringido el acceso a comercios, bares, instituciones, el transporte público. Solo por ser negros. Por esa época Aretha encarnó, además de a una artista de éxito, a una mujer comprometida. De cantar en la iglesia de su padre pasó (tras dos embarazos adolescentes) a impostada cantante pop para llegar a consagrarse como “el alarido de la joven América”, si se me permite la expresión.


Aretha cogió la canción más machista de la historia (“Respect” de Otis Redding) y le dio la vuelta al convertirla en un himno de la dignidad femenina. En sus temibles cuerdas vocales, el tema “Think” devino en una exhortación a la acción más que a la reflexión (con aquel poderosísimo estribillo que clamaba “Freedom, freedom…!!”). Ella tomó el sentido y quedo lamento negro de Sam Cooke “A Change Is Gonna Come”, que profetizaba el cambio que la sociedad USA necesitaba, y lo dinamitó hasta hacerlo universal. Me gusta pensar que “a change has come”, el cambio que Obama pregona, el que ni Cooke ni Redding llegaron a ver. Pero que a lo mejor ya está aquí.

lunes, 5 de enero de 2009

Gafismo


Uno de mis más entrañables recuerdos de la infancia es estar en casa de mi difunta abuela escuchando relatar (y remedar) algunos sketches radiofónicos de humor del año catapún, protagonizados por el dúo cómico Tip y Top. Todos hemos conocido a Tip y Coll, cómo llenar un vaso de agua, dame la manita Pepeluí, etc, pero esto que os hablo es anterior, Tip (Luis Sánchez Polack) emparejado artísticamente con Joaquín Portillo, que se hacía llamar Top. Llegaron a aparecer juntos en alguna película (Tarde de toros, 1955) pero su fama les vino de sus actuaciones en radio. Solo una había oído en mi vida, bajada de Internet, hasta que hace unas semanas, mi madre encontró un disco que recopila aquellas grabaciones históricas de Tip y Top, sacadas de archivos e incluso de colecciones particulares.

Su humor estilo “España-años 50” puede sin ambages ser calificado de ingenuo, casi de ñoño. Pero no podemos caer en la tentación de juzgarlos según los estándares de ahora: sería como decir que las tablas medievales son una mierda porque los que las pintaron no dominaban la perspectiva. De cualquier manera sí que hay en el humor de Tip y Top (además de muchas gracias genuinas) una corriente subterránea de humor absurdo, surrealista, astracanada o como se lo quiera llamar, que entronca directamente con Miguel Mihura, Jardiel Poncela o la revista La Codorniz. Os animo a buscarlo, si no lo conocíais.


El sketch más celebrado por mi madre es uno titulado “En casa del ojero, gafita de palo”, que trata –cómo no- de una visita al oculista. Et voilà, amigos, este post no está dedicado a glosar la biografía artística de Tip y Top sino a hablar sobre el mundo de las gafas. Ópticos… habría tanto que decir. Pocos profesionales tan negociantes como ellos, la voracidad comercial de un óptico-optometrista no te la encuentras en un vendedor de coches o de ordenadores. Yo llevo gafas desde los 8 años y lentillas desde los 14, o sea que sé de lo que hablo.

El protagonista de uno de mis libros favoritos (Matadero-5 de Kurt Vonnegut, 1969) es optometrista y se llama Billy Pilgrim. Es una suerte de americano medio anodino, que encuentra la emoción en su vida participando en la 2ª Guerra Mundial primero y viajando en el tiempo con alienígenas luego. El óptico de mi barrio distaba mucho de ser Billy Pilgrim, y pienso que la emoción en su vida debe haber entrado gracias a las múltiples mansiones de oro macizo que debe haberse construido con lo que mi familia y yo le hemos pagado en concepto de monturas, cristales, lentillas, líquidos limpiadores, pastillas de conservación, lágrimas artificiales y la Biblia en pasta.



Los oftalmólogos me dan más respeto, al menos son médicos (o algo) pero los ópticos-optometristas… no sé, no sé. Para empezar desconfío de sus batas blancas. ¿Qué cojones de batas blancas os ponéis, ópticos! Será para no mancharos, ¿no? Cualquiera hoy en día ya se pone una bata blanca y se cree un científico: que se lo digan a los Hermanos Marx y su famosa escena de Un día en las carreras (1937) en la que pasaban consulta médica con batas que en realidad eran guardapolvos de un taller mecánico. Médicos con bata sí. Químicos con bata, guay. Farmacéuticos con bata blanca, en fin. Pero ¿ópticos?

Lo segundo que me hace desconfiar de ellos es su lenguaje secreto. Ya explicamos aquí que “existe una cosa que se llama lenguaje” pero los ópticos parecen tener el suyo propio. Ellos llaman “una gafa” a unas gafas y “un lente” a una lente. Fascinante. Por no entrar en su jerga de cristales reducidos, materiales mineraloides y lentes de contacto tóricas y chiripitifláuticas (que, casualmente, siempre son más caras). Por algún motivo, la palabra “cristales” solo la utilizan a la hora de pasarte la factura.


Todo esto viene a cuento de que el viernes por la noche mis queridas gafas (“anticuadas”, según mi optometrista: no tienen ni dos años) se rompieron espontáneamente. “Lo más normal”, según la óptica, pues señora, yo llevo 22 años con gafas de todos los colores y en la vida me había sucedido. Ah, pero –albricias- mi gafa todavía se encuentra en garantía. O sea, que si la quiero arreglada tan solo habré de abonar 65 euros o así. Que me ahorquen si lo entiendo. Según la dependienta-científica no me trae cuenta arreglarla, empero: mejor será hacerme una nueva. “O sea”, le contesto, “que a quien no le trae cuenta que se arreglen las gafas es a usted, no a mí”.

En las últimas semanas he tenido un par de incidentes con amigos borrachos que me cogían demasiado cariño y me daban unos abrazos que por poco me tiraban el gafismo al suelo, y en ambos casos me cogí monumentales cabreos. La peña presente nunca comprende mi reacción en estos casos, pero habéis de saber, queridos lectores, que unas gafitas mías cuestan más que una semana en Londres en régimen de alojamiento y desayuno. Las actuales no se han podido arreglar (no traía cuenta, vous comprenez), así que pasado mañana he pedido cita con el oftalmólogo para luego, receta en mano, dirigirme a un nuevo y maravilloso encuentro con los señores de la óptica. ¿Conseguirán hacer de mí un gafapasta de mierda? Ya os contaré.

viernes, 3 de octubre de 2008

Me suda el ojjj...


Tranquilos que no me he dado a la bebida. Aunque más de uno antes de irme a Cosica me advirtió que no lo hiciera, yo no traía la más mínima intención. Pero cierto es que si anoche no hubo post es debido a que me corrí una semijuerga con algunos compañeros de trabajo. ¿Entre semana, Porerror? ¿Qué te crees, que estás allí de Erasmus? No, señora, para Erasmus borrachas ya quedo esperando el nuevo disco de Francisco Nixon, que saldrá el año que viene. En realidad me acosté a la hora de siempre, solo que no había escrito una entrada para el blog.

Esta negligencia puede achacarse a los tintos con naranja o a las amígdalas de cerdo a la plancha, como ustedes quieran. Pero me sirve para enlazar con el escatológico título del post de hoy, que los más avispados (léase “frikis”) habrán reconocido como proveniente de un sketch de Muchachada Nui. En concreto, aquel episodio de “Mundo viejuno” sobre Al Gore y el cambio climático. En un momento dado, uno de los personajes está contando algo y otro lo interrumpe bruscamente con la rudérrima frase: “Me suda el ojete”.

Pues bien, amigos, Estatuas Verdes alcanza un nuevo mínimo de buen gusto al rescatar esta frase del olvido, y es que he de confesar que últimamente el latiguillo de marras se ha convertido en un mantra personal contra el estrés laboral. ¿Que uno de mis clientes se pone farruco o irrazonable o me viene con alguna paparrucha? Yo lo dejo largar, lo miro con una sonrisa y por dentro estoy pensando: “Me suda el ojjj…”. Y lo digo así, pronunciado con “jota” fricativa velar sorda. ¿Que algún jefe me asalta con una payasada, o hace caso omiso de una demanda mía? “Me suda el ojjj…”. Y así, sucesivamente. Solo tengo que tener cuidado que no se me note y no explotar de la risa mientras pongo carita de póker.


Y no solo en el trabajo, ¿eh? Esta frase mágica nos protege en cualquiera situación. ¿Que a las tantonas de la madrugada un gato y un perro deciden pelearse en la plazuela que hay delante de mi casa y me despiertan? “Me suda el ojjj…”. ¿Que a la Policía Municipal de Cosica no le agrada donde he dejado aparcado mi coche? “Me suda el ojjj…”. Y esta transpiración anal va creciendo proporcionalmente con el paso de la semana. Lo que un lunes me medio importa (sí, eso que el domingo por la noche llegaba a preocuparme), el martes ya lo veo menos terrible. El miércoles no os digo nada, y el jueves por la noche ya la cosa está que arde (y que suda). Por eso cuando anoche unos compis del trabajo propusieron salir a cenar y a tomar unos coca-colas no me lo tuve ni que pensar.

Me gusta pensar en esta frase como en una especie de sortilegio protector, como una oración (valga la irreverencia). Me sorprendo diciéndola mentalmente y se me vienen a la cabeza otros estribillos que puntuaron el sufrimiento de otras personas, como el “Aquello se superó, esto también pasará” del anónimo bardo anglosajón autor del poema “Deor”, el “Preferiría no hacerlo” de Bartleby el escribiente (personaje de Melville) o el famoso “So it goes” de Kurt Vonnegut en Matadero 5 (1969) –no confundir con las canciones de Billy Joel o Nick Lowe. O la muletilla de aquel personaje televisivo, Felipito Tacatún, que siempre acababa diciendo “Yo sigo”.

Os aseguro que no es pasotismo, es supervivencia. La cosa alcanza proporciones épicas los viernes al mediodía. Y cuando por fin tengo a bien cargar el coche para venirme de Cosica el fin de semana, puede ser que vaya cantando canciones de Quique González a voz en cuello, para asombro de bestias y personas. No hagáis caso a las habladurías que cuentan por ahí que salgo del pueblo haciendo un corte de mangas, ¿eh? Que yo siempre conduzco con las dos manos en el volante. Seguridad ante todo.

lunes, 28 de enero de 2008

Firmin, rata vida


Hace tiempo que vengo queriendo hablaros de un libro llamado Firmin. Seguro que lo habéis visto en las librerías, es una novela finita con el dibujo de una rata humanoide que tiene un libro en la mano. En España ha sido un éxito (creo que va por la 4ª edición, y se editó a finales del año pasado) y viene precedido por una gran fama en USA, donde se publicó en una editorial independiente. Su autor, Sam Savage, ha tenido una vida fascinante: licenciado y doctor en Filosofía por Harvard, tuvo muchos oficios (mecánico de bicis, carpintero, pescador…) y fue básicamente un hippy antes de publicar en 2006 este su primer libro.

La historia (como siempre digo) es simple: su subtítulo lo resume todo. Firmin: Aventuras de una alimaña metropolitana, es la confesión en primera persona de una rata muy inteligente, con cualidades casi humanas, que nació y se crió en una librería de segunda mano en el Boston de los años 60. Debido a que su mamá rata les hizo a él y a su camada su primera cunita a base de páginas arrancadas de obras clave de la literatura tipo Finnegan’s Wake, El Quijote o Moby Dick, Firmin se aficionó a mordisquear los libros y comenzó a alimentarse de su pulpa. De ahí a leerlos solo hubo un paso, y nuestro protagonista pronto se sintió alienado de sus congéneres ratiles. Tanto y tanto leyó y reflexionó que su cerebro se desarrolló de un modo monstruoso para una rata y lo convirtió en una especie de alimaña con la mente de un humano.

De ahí su nombre, Firmin = “fur man” (“hombre peludo” en inglés). Firmin ya no es como las otras ratas, aunque su sino es vivir como ellas, esconderse, cavar túneles, buscar comida en la basura… porque desde luego tampoco es humano. Y he aquí una de las claves de la novela, la alienación que una persona puede llegar a sentir hacia sus supuestos iguales. En el caso de Firmin, le lleva a despreciar a las demás ratas, a considerarse superior a ellas y a verse como un afín al ser humano (al menos en vida interior, pensamientos, sentimientos y aspiraciones). Al fin y al cabo, Firmin en sus ratos libres de rata libre llega a leer más que casi cualquier persona a lo largo de toda su vida.

Desgraciada pero inevitablemente, una serie de circunstancias que no cuento para no chafaros el libro hacen que Firmin llegue a desengañarse también del género humano, que a él se le antojaba excelso y ajeno a todos los vicios de las mezquinas ratas. En este sentido Firmin viene a ser un poco misántropo, en la tradición de un Jonathan Swift. Lo gracioso es que en este caso (a diferencia de Swift, que proponía una raza de supercaballos inteligentes) los animales no dan ninguna lección a los humanos (es una fábula atípica). Y Firmin, por amargao, rechaza a las ratas y también a los humanos como especie, aunque bien es cierto que acaba encontrando esperanza en ciertos especímenes individuales. Esto ocurre con un escritor de ciencia-ficción hippy (¿Trasunto del propio Sam Savage? ¿Homenaje al personaje Kilgore Trout de las novelas de Kurt Vonnegut?) y con la actriz Ginger Rogers, con la que suele fantasear la ratita lectora.

Teniendo presente que Firmin es un cuento fantástico, o bien una fábula, durante su lectura desarrollé a menudo la tentación de trazar analogías entre la novela y el mundo real, en plan “ah, claro: cuando se come un libro es como si se lo leyera” (pues no: empieza jamándoselos pero luego los lee) o “las ratas son los humanos y los humanos son como sus dioses” (error: las ratas son ratas y las personas personas). De hecho, un amigo me llegó a comentar que él había imaginado que las ratas eran como judíos, los humanos como nazis y la demolición del barrio donde se encuentra la librería donde vive Firmin una alegoría de la Segunda Guerra Mundial. Lo aviso ya: el libro no es una alegoría de nada (vamos, que no es Maus).

Lo anterior no quita para que podamos reflexionar y sacar de esta novelita una serie de moralejas acerca de la condición humana. Aunque suene a tópico, hay veces que se te olvida que estás leyendo la vida de una rata, y el personaje de Firmin puede llegar a ser mucho más humano que los idems que lo rodean. Nada más por ver la lista de lecturas que configuran el universo –y la dieta- Firmin (“un bocado de Faulkner era igual que un bocado de Flaubert, por lo que a mí respectaba”) este libro merece la pena. Y como reflexión final, os dejo con una cita de Roberto Bolaño, de su cuento “El policía de las ratas”, que viene al pelo sobre Firmin: “A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad”.
 
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