Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 15 de enero de 2009

El grito


“Desaparecía, volvía a asomarse… y daba un gritito antes de marcharse”
-Canción infantil



Ya el buen Grillo Solitario nos dejó una gran verdad sin él saberlo hace unas semanas en su post “Flora y fauna”, en el que podía verse un corto protagonizado por dos canis sevillanos (especie única). Aparte de las muchas perlas que decían los actores, lo que más me fascinó de aquel vídeo fue cómo decían las cosas, y las decían a gritos. “Morir, dormir, no más” –decía el príncipe Hamlet, igualando así ambas acciones. Hablar, gritar, podríamos decir nosotros ahora, porque constato con consternación que la distinción entre ambos verbos ya va camino de desaparecer.

Veo en la peli Hollywood: Departamento de homicidios (2003) un homenaje a la escena final de Un tranvía llamado deseo (1947). Aquí Josh Hartnett hace de Kowalski, quien al final de la obra grita desgarradoramente el nombre de su mujer: “¡Estelaaaaaaaaaaa!”. Este grito o chillido (según se prefiera) comporta una enormísima carga dramática, y resulta tan eficaz porque el volumen elevado de la voz se opone al volumen normal de la conversación. ¿Pero qué ocurre cuando todo el mundo habla a gritos todo el tiempo? Mi madre diría que es porque andamos medio sordos por culpa de los iPods. Lo único cierto es que la gente grita, grita todo el tiempo cada vez más. Y yo cada vez lo aguanto menos.


Llamadlo “síndrome Gran Hermano” o retórica de la faringitis, pero la gente grita y además se cree que mientras más volumen le pongan a la cosa más razón van a tener. Hay otros signos (lenguaje no verbal, lo llaman), que si erguir la postura, apretar los puños, poner cara de asco… pero la verdadera cifra de la argumentación Neanderthal reside en el altísimo tono de voz.

Sin embargo, los que gritan más para tener más razón, a falta de oratoria, ideas o argumentos, aún tratan de imponerse, de explicar algo. Mi “favorito” con diferencia, empero, es el alarido acompañado de exabrupto, lo que los puristas gustamos en llamar “el grito por el grito”. En esto, mis paisanos de Cosica son unos maestros, y en el gimnasio encontramos ya a verdaderos gourmets del chillido. Un ejemplo. Un joven está jugando al ping pong, falla un punto y exclama a más decibelios de los que me gustaría admitir: “UUUAAAOOAAEEEIRRRRGGGGGGHHHHHHHOOOWWWWWWMMMM!!!!!” Y ya está dicho todo, solo que no está dicho nada y al resto de la concurrencia continúan pitándonos los oídos. Otro grito “pata negra” es el que yo llamo el grito nervioso, proferido sin motivo aparente, solo porque hacía ya demasiado tiempo que nadie gritaba.


¡Qué agradable es un grito bien dado, verdad? Yo es que antes de las ocho de la mañana no soy persona si no escucho alguno. Y ojito, aquí no hay sexismo que valga. Las mujeres son muy principales en el arte de chillar, sus tremendos alaridos de rata (sorpresa, rabia, asco, alegría, hambre, cansancio, aburrimiento, diversión, histeria…) me resultan especialmente sabrosos. Y el grito es un arte expansivo, diríase que generoso. El que grita o la que grita no se lo guardan para sí: lo comparten con todos los presentes, conocidos o no: ahí radica su belleza.

El buen (y pedante) Jorge Luis Borges tenía un poema en que se preguntaba por qué gritan tanto los españoles. El genial poeta León Felipe -uno que por cierto era mucho de nombrar a Hamlet- le tapó la boca en otro genial poema explicando, con muchísima retranca, que los españoles gritábamos porque habíamos tenido que alzar nuestra voz para ser oídos bien en tres ocasiones. La primera, cuando nuestros compatriotas fueron a América, la descubrieron, exploraron y colonizaron. La segunda vez fue cuando el Quijote recorrió la seca llanura manchega y tuvo que hacerse oír en el páramo. La tercera vez –según León Felipe- fue por el grito de desgarro que nos provocó a los españoles la terrible lucha fratricida de la Guerra Civil.


Si León Felipe volviera de su tumba, a buen seguro añadiría otra estrofa diciendo que la cuarta vez que los españoles nos hemos visto obligados a gritar ha sido a comienzos del siglo XXI, por la prosaica razón de que el resto de los españoles ya estaban hablando a gritos.

lunes, 28 de enero de 2008

Firmin, rata vida


Hace tiempo que vengo queriendo hablaros de un libro llamado Firmin. Seguro que lo habéis visto en las librerías, es una novela finita con el dibujo de una rata humanoide que tiene un libro en la mano. En España ha sido un éxito (creo que va por la 4ª edición, y se editó a finales del año pasado) y viene precedido por una gran fama en USA, donde se publicó en una editorial independiente. Su autor, Sam Savage, ha tenido una vida fascinante: licenciado y doctor en Filosofía por Harvard, tuvo muchos oficios (mecánico de bicis, carpintero, pescador…) y fue básicamente un hippy antes de publicar en 2006 este su primer libro.

La historia (como siempre digo) es simple: su subtítulo lo resume todo. Firmin: Aventuras de una alimaña metropolitana, es la confesión en primera persona de una rata muy inteligente, con cualidades casi humanas, que nació y se crió en una librería de segunda mano en el Boston de los años 60. Debido a que su mamá rata les hizo a él y a su camada su primera cunita a base de páginas arrancadas de obras clave de la literatura tipo Finnegan’s Wake, El Quijote o Moby Dick, Firmin se aficionó a mordisquear los libros y comenzó a alimentarse de su pulpa. De ahí a leerlos solo hubo un paso, y nuestro protagonista pronto se sintió alienado de sus congéneres ratiles. Tanto y tanto leyó y reflexionó que su cerebro se desarrolló de un modo monstruoso para una rata y lo convirtió en una especie de alimaña con la mente de un humano.

De ahí su nombre, Firmin = “fur man” (“hombre peludo” en inglés). Firmin ya no es como las otras ratas, aunque su sino es vivir como ellas, esconderse, cavar túneles, buscar comida en la basura… porque desde luego tampoco es humano. Y he aquí una de las claves de la novela, la alienación que una persona puede llegar a sentir hacia sus supuestos iguales. En el caso de Firmin, le lleva a despreciar a las demás ratas, a considerarse superior a ellas y a verse como un afín al ser humano (al menos en vida interior, pensamientos, sentimientos y aspiraciones). Al fin y al cabo, Firmin en sus ratos libres de rata libre llega a leer más que casi cualquier persona a lo largo de toda su vida.

Desgraciada pero inevitablemente, una serie de circunstancias que no cuento para no chafaros el libro hacen que Firmin llegue a desengañarse también del género humano, que a él se le antojaba excelso y ajeno a todos los vicios de las mezquinas ratas. En este sentido Firmin viene a ser un poco misántropo, en la tradición de un Jonathan Swift. Lo gracioso es que en este caso (a diferencia de Swift, que proponía una raza de supercaballos inteligentes) los animales no dan ninguna lección a los humanos (es una fábula atípica). Y Firmin, por amargao, rechaza a las ratas y también a los humanos como especie, aunque bien es cierto que acaba encontrando esperanza en ciertos especímenes individuales. Esto ocurre con un escritor de ciencia-ficción hippy (¿Trasunto del propio Sam Savage? ¿Homenaje al personaje Kilgore Trout de las novelas de Kurt Vonnegut?) y con la actriz Ginger Rogers, con la que suele fantasear la ratita lectora.

Teniendo presente que Firmin es un cuento fantástico, o bien una fábula, durante su lectura desarrollé a menudo la tentación de trazar analogías entre la novela y el mundo real, en plan “ah, claro: cuando se come un libro es como si se lo leyera” (pues no: empieza jamándoselos pero luego los lee) o “las ratas son los humanos y los humanos son como sus dioses” (error: las ratas son ratas y las personas personas). De hecho, un amigo me llegó a comentar que él había imaginado que las ratas eran como judíos, los humanos como nazis y la demolición del barrio donde se encuentra la librería donde vive Firmin una alegoría de la Segunda Guerra Mundial. Lo aviso ya: el libro no es una alegoría de nada (vamos, que no es Maus).

Lo anterior no quita para que podamos reflexionar y sacar de esta novelita una serie de moralejas acerca de la condición humana. Aunque suene a tópico, hay veces que se te olvida que estás leyendo la vida de una rata, y el personaje de Firmin puede llegar a ser mucho más humano que los idems que lo rodean. Nada más por ver la lista de lecturas que configuran el universo –y la dieta- Firmin (“un bocado de Faulkner era igual que un bocado de Flaubert, por lo que a mí respectaba”) este libro merece la pena. Y como reflexión final, os dejo con una cita de Roberto Bolaño, de su cuento “El policía de las ratas”, que viene al pelo sobre Firmin: “A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad”.
 
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