Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 12 de mayo de 2009

Ángeles caídos


¡Qué gran cosa es la nostalgia, amigos! En pequeñas dosis solo, claro. Qué gran recurso de autoengaño es recordar con añoranza tiempos pasados. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Ni de coña. Pero hay cosas pretéritas que molan. Sobre todo si se ha tenido todo o se ha estado en una posición de ventaja y se ha perdido. Tiene Quique González una bonita canción que se titula “Cuando éramos reyes”. ¿Quién no ha sido rey alguna vez, o al menos se lo ha creído? O mejor aún, ¿quién no ha vuelto la vista atrás y ha pensado que lo había sido en algún momento?

Hoy os traigo a una serie de personajes, de artistas que admiro profundamente. Nunca salen en las listas de favoritos que confecciono, ni los saco a relucir en las conversaciones freak de música, no sé por qué. No es que me avergüence de mis gustos, supongo que simplemente, por parafrasear aquel tema de Weezer, el mundo ha girado y los ha dejado atrás. Los gustos han cambiado, no están considerados cool, y ya no venden una escoba. De estos artistas no hablan revistas como el ROCKDELUX o el Ruta 66, si es que alguna vez lo hicieron. Son los ángeles caídos del pop español.

Me estoy refiriendo en concreto a tres de mis ídolos: Ariel Rot, Coque Malla y Jaime Urrutia. También hay otros pero, o bien no significan tanto para mí (Bunbury) o han sabido más o menos mantenerse en el candelero (Andrés Calamaro). No se puede hablar en ningún caso de perdedores, estas son gentes que han conocido el éxito en primera persona, que llenaban estadios (polideportivos, al menos), que tenían números 1 en Los 40 Principales como churros. No estamos, pues, ante la típica historia de “secreto mejor guardado” o “deberían haber sido famosos”. No, amigos, a esta gente los conoce todo el mundo, y hace 15 ó 20 años gustaban a la mayoría, pero hoy han dejado de ser relevantes.


Y es una pena, porque en España, con una industria discográfica de risa y cero cultura musical, si no estás de moda, si no vendes, no eres nadie. Nadie te va a hacer un recopilatorio en condiciones (no un expolio de tus hits) con un folleto currado y con cariño. Nadie te va a citar como influencia de una tradición, porque en España no hay apenas tradición (mirad si no a Juan y Junior, no los hay más seminales: id a buscar su discografía a una tienda y me contáis). Lo constato con pena, porque en países como Gran Bretaña o Francia (no digamos USA) es todo lo contrario: cada día se reeditan más cosas y se tiene más respeto por los grandes nombres, los has-beens.

Ariel Rot, casi nadie. Empezó con Moris en 1978, siguió con Tequila (otro grupo seminal), luego en solitario, militó en Los Rodríguez… en cada etapa dejó su sello con grandes canciones, auténticos himnos, y desde 1997 sostiene una más que meritoria carrera en solitario, con un nivel artístico fuera de lo normal en este país, que sin embargo concita en el público y en los medios un interés cada vez menor. Igual que “no hay boda sin la Tía Juana” tampoco la hay sin hits de Ariel, y para muestra un botón al azar, el pasado sábado en Valladolid sonaron dos suyas: “Rock and roll en la plaza del pueblo” y “Hace calor”. El año pasado Ariel Rot sacó un disco de duetos con M-Clan, Amaral, Fito Páez, Quique González, Pereza, Christina Rosenvinge, etc, y creo que no se enteró nadie.


Coque Malla, eterno cara de niño (igual que Leo DiCaprio o servidor de ustedes, aunque c’est clair que yo soy mucho más guapo que ellos dos juntos), actor guadianesco de desigual fortuna (el buen Migue me cantó hace poco sus alabanzas), pero centrémonos en sus virtudes musicales. Pocos como él y su grupo Los Ronaldos sonaron tan auténticos en todo el rollo ese de la Movida o post-Movida o lo que sea. Pocos comprendieron y encarnaron como ellos (sin plagiar) el espíritu del rock and roll, sonando a ratos como los Stones y a ratos como la Creedence. Lo mismo versionaban un tema de Pata Negra que les producía un LP John Cale.

Su repertorio mete miedo, como pudimos comprobar con su fugaz vuelta a los escenarios de hace un par de años. Parece que la vuelta de Los Ronaldos no ha cuajado, ya no interesan ni disfrazados de indies (su nuevo EP lo sacó Subterfuge). Coque Malla en solitario no puede ser calificado de “genial”, pero desde luego que merecería muchísima más atención que muchos otros payasos que pululan actualmente por nuestras ondas y nuestras pantallas.

Jaime Urrutia, castizo con el pie cambiado, el hombre que hizo que todos nos subiéramos hacia arriba el cuello de la camisa en un momento dado, ha acabado siendo objeto de chanza en Muchachada Nui. Jaime empezó con Ejecutivos Agresivos, y luego consiguió el éxito comercial sin paliativos con su siguiente grupo. Creo que Gabinete Caligari no necesitan de mi defensa, su currículum habla por sí solo. A principios de los noventa, esta banda (que venían de ser número uno, inflarse de actuar en verano y ser los reyes de los karaokes, como dice Wikipedia) simplemente dejó de interesar. Ha habido luego dos soberbios discos en solitario en 2002 y 2004, y uno en directo de colaboraciones en 2007, pero ya nada es igual.


Urrutia encarnaba como nadie la problemática del rock español, con su estética a medio camino entre el rockabilly y el toreo. Ariel Rot y Coque Malla también son rockeros, antes que otra cosa. Sus canciones son rocanroles, hasta las baladas y medios tiempos. Me reitero, ellos ya no venden una escoba, ¿significa esto que en España el rock and roll ha dejado de interesar? Recordemos que hace 20 años era un producto comercial perfectamente viable (Rebeldes, Gatos Locos, Loquillo, Dinamita Pa Los Pollos, La Frontera, Tennessee, Víctor Coyote…): ahora no. Pues no puedo decir otra cosa, amigos, ¡qué pena más grande!

Coque Malla acaba de sacar disco nuevo, y leo por ahí que los miércoles Ariel Rot y Jaime Urrutia colaboran en un programa de La Ser para hablar de música y anécdotas. Bienvenido sea, queremos más de esta peña: en cualquier caso, yo me niego a jubilarlos.

viernes, 23 de enero de 2009

Fueron infelices y comieron perdices...


“Pasa la vida entre nosotros dos…”
-Quique González



Devastado vengo, amigos, emocionalmente, tras ver la nueva peli de Sam Mendes: Revolutionary Road (2008): sí, esa en la que vuelven a ser parejita Leo DiCaprio y Kate Winslet. Y sí, Sam Mendes es aquel inglés que nos castigó con American Beauty (1999). Solo que aquí el buen hombre se ha privado de rodar una bolsa de plástico mecida por el viento y hacérnosla pasar por la gran idea profunda. Aquí el andoba se ha dedicado a dárnoslo en crudaco: verdades que laceran nuestras entretelas como auténticos cuchillos.

El material de partida era altamente inflamable: la novela Revolutionary Road (1961) de Richard Yates, un autor de segunda que el buen Fran G. Matute calificó generosamente como “de culto”. En el potaje, todos los ingredientes de los años 50 en USA, versión drama (hay otras versiones tipo “comedia” o “musical”: ver Regreso al futuro -1985- o Grease -1978). Pues aquí están todos: vida suburbana, consumismo, culto al electrodoméstico, maridos de chaqueta que van a trabajar a la ciudad, amas de casa frustradas, rock and roll, ansiedades. Este catálogo no pretende ser despectivo, antes bien: es testimonio de lo bien ambientadísima que está la película.


Los 50 han pasado a la historia como “la era de la ansiedad”, y esto se refleja perfectamente en Revolutionary Road. El título, para empezar, es un cruel chiste sobre el origen de los USA (“revolutionary” para ellos es su Guerra de la Independencia) y el estado del país en aquellos años: completamente antirevolucionario (McCarthysmo, Caza de Brujas, etc). También se ha definido a los 50 como “la era de la contención”: contención de las amenazas externas, como el comunismo, e internas, como cualquier salida de la norma. Esto también lo clava la película, que me atrevería a calificar de tragedia sobre el Sueño Americano.

Curiosamente, leo en Wikipedia que Kurt Vonnegut llamó a Revolutionary Road “el Gran Gatsby de mi generación”, y digo “curiosamente” porque yo no he dejado de acordarme del Gatsby durante toda la peli, que es una suerte de “Gatsby a la inversa”.


La historia es simple: Un matrimonio de jóvenes ilusionados afronta una crisis debido al vacío que provoca en sus vidas la rutinaria retahíla de trabajo-casa-vecinos-quedar bien, agravada por los niños, lo que les impide realizarse como personas. Para colmo, ella es ama de casa (como debe ser en los 50) mientras que él debe viajar un largo trecho diariamente para ejercer de chupatintas en una oficina de mierda. Huelga decir que ninguno de los dos está contento con el papel que les ha tocado en la vida.

Y entonces la película plantea una pregunta que si nos la hacemos de verdad podemos quedarnos tiesos: ¿hasta qué punto es el ser humano responsable o una víctima de su destino? La respuesta no la tienen ni Sam Mendes, ni Richard Yates ni nadie. Lo cual no impide que nos suelten la pregunta a cara de perro para que nosotros la mastiquemos. No voy a dar más detalles de la trama para no spoilear, pero baste decir que lo de “tragedia” venía porque los héroes cometen un pecado de orgullo (intentar tomar las riendas de su vida y ser felices) y no hay que ser Sherlock Holmes para intuir que el tema acaba como el rosario de la aurora.

Pero, ¿de qué han pecado en realidad los personajes que encarnan (fantásticamente) el DiCaprio y la Winslet? Para empezar, han intentado, destacar, salirse de la norma en una sociedad que no lo prima, más bien lo rechaza y ostraciza. Quien osa levantar la voz y cantar las verdades de cuán vacua, fútil y falsa es la vida del aparentemente perfecto American Way of Life de mediados del siglo XX ha de ser automáticamente apartado, como bien ejemplifica el personaje sublime de un loco que aparece en la peli. De hecho, en un momento dado que la Winslet expresa su insatisfacción, el DiCaprio le propone ir al psicólogo. Si esto no te parece deseable, es que estás mal, parece ser el mensaje subyacente. Pero bajo la pátina de sonrisas, cretona, linóleo y buen rollo, lo cierto es que las amas de casa rompen a llorar sin motivo aparente y sus maridos aprietan los puños más de lo que está bonito.


De la peli en sí no he dicho mucho, todo se resume en “Id a verla”. Está muy bien contada, actuada, ambientada y fotografiada. Seguro que le dan los Oscars, y si no, tampoco pasa nada. La actuación de Winslet y DiCaprio me pareció soberbia, altamente conmovedora, aunque si he de ponerme cabrón, a DiCaprio lo veo como “el eterno niño”: no acabo de creérmelo en estos papeles de hombre hecho y derecho. Pero las interpretaciones de ambos son sumamente turbadoras, con momentos antológicos. Casi me gustan más cuando están fingiendo (otra vez la “contención”) que cuando explotan a llorar y a gritarse. Mención también para Kathy Bates, actriz que no es santa de mi devoción pero que aquí va muy bien con su papel.

Si os preguntáis qué tienen de terrible en realidad las vidas de la Winslet y DiCaprio en esta peli la verdad es que nada (aparte de la frustración que ella siente por el hecho de, habiendo estudiado, ser ama de casa). Son jóvenes, atractivos, tienen dos hijos, casa propia, coche, él un trabajo fijo, amigos y vecinos amables. Eso es lo terrible de la historia, que en teoría sus vidas son perfectas, pero ellos anhelan “algo más”. ¿El mundo es una mierda y ellos están asfixiados? ¿El mundo es normal y ellos están locos? Tú decides, lector, no te la pierdas.
 
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