Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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sábado, 15 de noviembre de 2008

Finally Quique González


“Al arder la rama las estrellas ardieron también”.
-Quique González




Dado a la hipérbole, una vez más me presento ante vosotros. Pero lo que os digo ahora no es una exageración: he aquí el post que llevaba un año queriendo escribir, el que más ganas tenía de compartir con vosotros. No exagero si digo que fue uno de los motivos por los que me decidí a empezar un blog. Para compartir estas experiencias. Llevaba trece meses deseando volver a asistir a un concierto de Quique González, el cantautor eléctrico. Hubo un amago cancelado el pasado abril, creo, que me dejó con el mal sabor de boca de un conciertus interruptus. Pero ya ha vuelto a ocurrir.

¿Conocéis la sensación de acudir a un concierto y corear las letras de todas las canciones hasta quedaros roncos? ¿De que se os pongan los pelos de punta al escuchar tal o cual trozo “clave” de una letra? ¿De estar nervioso en la cola de entrada hora y media antes de empezar la actuación? Como un puto colegial, creo que La Casa Azul dieron con el símil definitivo: “Como un fan”.

Hace trece meses asistí a mi primer concierto de Quique González, había escuchado su último disco varias veces, me gustaba mucho. Pero era un concierto más. Entonces me senté en una butaca de aquel teatro, vi un escenario oscuro, solo iluminado por una lamparita de pie, escuché la canción “Y los conserjes de noche” y tuve una de las mayores epifanías musicales de toda mi vida. A día de hoy mi novia (autora de las fotos que veis) me lo dice admirada: “A ti este hombre te ha llegado, ¿eh?”. O: “Milagroso: subir al coche de Porerror en días diferentes y que tenga en el CD sonando al mismo artista”. Sí, que me ha llegado, sí, como solo me llegaran Los Beatles, Brian Wilson, Elvis Costello y Fito Páez. Dado a la hipérbole pero no estoy exagerando.


La verdad es que no os voy a intentar convencer de lo bueno que es o no es Quique González, como hago con otros artistas (anteayer mismo, Cooper). Solo pretendo contaros cómo me ha afectado a mí. Hoy no voy a decir “El XXXXX español”, “Suena como XXXXX” o “Lo mejor desde XXXXX”. ¿Para qué? Anoche tuve la inmensísima suerte de ver en concierto a uno de mis artistas favoritos, de verlo en segunda fila, de fundirme con la masa de peña que allí había al son de unas canciones que significan muchísimo para muchísima gente.

Anoche detrás de mí había una pareja de novios jovenzuelos, entre pijos y universitarios (el público medio de Quique) a la que sinceramente deseé faringitis crónica de por vida, tales fueron los desafinados berridos que vertieron en mi oído durante todo el concierto, igual que Claudio vertió el veneno en el oído del padre de Hamlet. Pero esta mañana pienso, ¿qué derecho tengo a censurar sus emociones? De acuerdo con que fueron un coñazo, pero me siento al 100% identificado con ellos. Yo también me encontraba transportado.


La ocasión reservaba más sorpresas agradables: yo esperaba un concierto fin de gira basado en el repertorio de su último disco Avería y redención #7 (2007) –como fue el del año pasado-, en estos nunca faltan canciones antiguas pero, claro, te tienes que mamar el disco nuevo entero. En este caso, sin embargo, se trataba de una gira “Décimo aniversario” con un repertorio moldeado por las peticiones de los fans en la web, algo a lo que Quique siempre ha sido muy aficionado. Hubo una canción inédita (la estupenda “La luna debajo del brazo”) y el resto estuvieron sacadas de sus siete álbumes, además de “Paloma”, versión del temazo de Andrés Calamaro.

¡Qué fantasía! Por allí desfilaron “Personal”, “Cuando éramos reyes”, “Se nos iba la vida”, “Y los conserjes de noche”, “Pájaros mojados”, “Avión en tierra”, “La ciudad del viento”, “Calles de Madrid”, “Kamikazes enamorados”, “Pequeño rock & roll”, “El campeón”, “Miss camiseta mojada”, “Salitre”, “Crece la hierba”, “Caminando en círculos”, “Hotel Los Ángeles”, “Rompeolas”, “Avería y redención”, “Hay partida”, “En el backstage”, “Palomas en la quinta”, “Me agarraste”, y la que abrió el concierto para frenesí colectivo: “Vidas cruzadas”. Creo que no me dejo ninguna, en cualquier caso solo quería dar una idea de los extensivo y variado del repertorio, que como siempre basculó entre el rock “americano” con raíces, la canción de autor acústica y el power pop (impresionante labor de guitarras a cargo de Javi Pedreira).


Después de la actuación, dos horas netas con dos bises de cuatro y tres canciones (Quique no es Van Morrison con un cronómetro de ajedrecista encima del piano, si sabéis lo que quiero decir), los fans tuvimos la oportunidad de entrar al backstage y saludar a los músicos. “Me encanta firmar vinilos” – me dijo Quique al ver mi copia de Avería y redención #7. El backstage, con su humilde empanada, sus blisters de jamón y queso, sus frutos secos, me recordó al testimonio Chanante de Axl Rose y su “panizo” o kikos de maíz gigantes.

Y en fin, que fui, vi, disfruté. Es lo que hacen los fans, ¿no? Hice cola, me desgañité, vi a un hombre tocar un piano que era el frontal de un Ford Capri (con faros encendidos y todo), le di la mano y, una vez en calma, me largué.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuenta cuervos...


¡Uuuuuuuuhhhhhhh! Niños, hubo un tiempo mágico llamado “los años 90” en el que toda la música era buena, menos la de Dover. En aquellos tiempos había grupos de guitarras que eran famosos, sin necesidad de que ninguno de sus componentes sonriera nunca. 1994: recuerdo estar en el Virgin Megastore de Miciudad escuchando “Mr. Jones” y decirle a un colega, muy musical, “¿No conoces a esta gente?”. “Yo soy más del programa de Ramón Trecet” –me contestó.

Recuerdo que durante el mismo año 94 mis compañeros de clase me llamaban excitados si en alguna emisora de radio estaban echando una entrevista a Adam Duritz, esa especie de cantautorzuelo eléctrico con gafas y rastas, de quien se decía que imitaba a Van Morrison. Yo entonces no había escuchado a Van Morrison (pensaba que sería primo de Jim), luego lo he escuchado bastante mucho y la imitación no la veo por ningún sitio (por “imitadores de Van Morrison” solo me viene “Mick Jagger en los 70”).

Sí, amigos, estoy hablando de Counting Crows, aquel grupo californiano que debutó con August and Everything After (1993), discazo producido por T-Bone Burnett que vendió seis millones de copias, los catapultó al estrellato y luego… Como bien recuerda el folleto interior de un recopilatorio de 2003, diez años antes los Counting Crows vendían más discos que Nirvana o Guns N’ Roses, por citar solo a dos compañeros del sello discográfico Geffen. Pero cada nuevo disco suyo (el segundo: Recovering the Satellites, se demoró hasta otoño de 1996) vendió cada vez menos que el anterior.


¿Fracaso? ¿Lento declive? El citado folleto comenta que, nada más lejos, lo que Counting Crows hicieron fue huir del estrellato, cimentando una sólida carrera basada en la honestidad y la insobornabilidad artística, lo que les alejó de los números uno pero les ganó el respeto de la crítica y unos fans incondicionales (aunque fueran menos). Sus modelos, R.E.M., Bruce Springsteen y –otra vez-Van Morrison. Y Dylan, al que tanto admiraban que durante un tiempo dejaron de tocar su exitazo “Mr. Jones” en directo, solo para joder al público que había ido a verles.

Lo cierto es que cuando salió “A Long December”, el primer single de Recovering the Satellites, a mí no me impresionó mucho, tal vez porque por aquella época servidor andaba inmerso en la vorágine britpop, adorando a Oasis, Blur, Elastica, Supergrass o Teenage Fanclub. Y les perdí la pista a Counting Crows. Resurgieron con otro hit ¿inesperado?, un número uno en singles sacado de la BSO de Shrek 2 (2004), el irresistible “Accidentally in Love”. Les perdí la pista, hasta el sábado, que –llevado por la nostalgia -me pillé el recopilatorio del que hablo: Films About Ghosts (2003).

El cuentito que se monta el pavo que redacta lo del folleto está muy bien, casi me lo creo entero. Creámonoslo en un 75%, mejor. Se dice que Counting Crows evitó la comercialidad, y como prueba nunca editaron “Mr. Jones” como sencillo. Pues sería en USA, oiga, porque yo me compré ese single en marzo de 1994. Como insobornables que fueron, se negaron a recortar la duración de un tema para la radio (“Mrs. Potter’s Lullaby”), pero luego no le hicieron ascos a ceder otra canción para un anuncio de Coca-Cola (“American Girls”).


¡Pues claro que sí! Hay que vender, leches. Bromas aparte, y admitiendo que el único clásico que facturaron esta gente fue su disco de debut, tras escuchar el recopilatorio me encuentro con la agradable sorpresa de un grupo increíblemente bueno. Sin paliativos. Antes que toda esa peña con las que se les ha comparado, a mí Counting Crows me recuerdan automáticamente a The Band, por la riqueza y variedad de estilos que controlan; van del rock con raíces al power pop, del rhythm & blues al country-rock, del cantautorismo al rock alternativo. Y van con autoridad, con facilidad y con brillantez.

Verdaderamente esta gente merece que se les dé otra oportunidad. Yo de momento me he propuesto hacerme con todos sus discos, porque seguro que sus album tracks son tan buenos o mejores que sus singles. El talento de Adam Duritz necesita ser reivindicado, aunque es cierto que la crítica nunca les ha dado la espalda. Como producto de una época bien pueden estar pasados, pero vayamos más allá y veámoslos como lo que son: un grupazo de rock. Y punto.

martes, 17 de junio de 2008

Dylan (II): ... y la amistad


“He's so unhip that when you say Dylan, he thinks you're talking about Dylan Thomas, whoever he was”.
(Simon & Garfunkel)


Dylan, Dylan, Dylan. Algunos viejos lectores de Estatuas Verdes recordarán esta anécdota.

Señor G: -Porerror, tengo una consulta técnica para ti.
Porerror: -¿Sí?
Señor G: -¿Tú crees que yo me podría matricular en Filología Inglesa de 2º directamente?
Porerror: -¿Y eso?
Señor G: -Hombre, porque yo he traducido todas las canciones de los Beatles y casi todas las de Bob Dylan… ¡alguna asignatura me tendrán que convalidar!
Porerror: -¿…?

Si en el post de ayer hacíamos hincapié en los poderes ensimismatorios de Bob Dylan hoy vamos a hablar de lo contrario: Dylan y la exaltación de la amistad. Han sido las entusiastas recomendaciones de varios amigos las que han acabado por convencerme de que fuera al concierto de Bob el próximo julio. Tengo colegas que lo han visto cinco veces y se les hace la boca agua habando de él. Tengo un amigo inglés que en el año 2000 se paseaba con una camiseta de Dylan, recuerdo que la última canción que escuché el último día de mi periodo Erasmus en Gran Bretaña fue “Don’t Think Twice, It’s Alright”.

La música de Dylan une, esto es un hecho. Aunque sea para meterme con el Grillo y refutar sus heréticas declaraciones de ayer sobre la calidad de sus textos. Madre mía, cuántas veces no habré cantado temas de Dylan en fiestas, reuniones de amigos, cenas y jolgorios en general. La última vez, hará un par de semanas en una cena con compañeros de trabajo se cantó “Knockin’ On Heaven’s Door”, “Blowin’ In the Wind” y uno de los más serios se arrancó por “Mr. Tambourine Man” para sorpresa de la concurrencia.

El sábado pasado, en casa de un amigo tuvimos una sesión de análisis literario de letras de Dylan: mi colega nos explicó “Boots of Spanish Leather”. Él y su hermano cantaron también “The Lonesome Death of Hattie Carroll”… y no era la primera vez que nos deleitaban con sus gorgoritos dylanescos (¡se las saben todas!). De hecho, el hermano de mi amigo (colega mío también) es muy de que vayas a su casa y te plante un vídeo de “Joker Man”, “Forever Young” o “I Shall Be Released” en pantalla gigante, lo cual siempre se agradece.


Comparar letras de Dylan, ir exprimiendo su significado oculto (algunas veces más que otras) con la sensación idiota de que nunca las acabas de entender del todo, de que nunca se crackea el misterio. La música de Dylan une. Ya ayer hablé del poder comunitario de “Knockin’ On Heaven’s Door” a la guitarra en bodas, bautizos y botellones. Aquellas sesiones místicas del Pet Sounds las hicimos también con el Astral Weeks (1968) de Van Morrison, y las intentamos con el Highway 61 Revisited (1965) de Dylan, pero fue un fracaso. Imposible quedarse en silencio mientras se escucha “Like a Rolling Stone”, siempre había alguno que se arrancaba a cantar y enseguida se le unían los otros. Dylan une.

Si, por ejemplo, te presentan a alguien en una reunión social y no sabes de qué tema hablar pregúntale si le gusta Bob Dylan y si es que sí ya tenéis tema de por vida: que si a ver por qué no le han dado el Premio Nobel, que si está fatal de salud, que si es mejor su etapa eléctrica que la acústica, que si fue novio de Joan Baez, que si han hecho una peli ahora sobre él [I’m Not There, 2007, de Todd Haynes: la estamos esperando], que si es un poeta… Y si no, siempre podéis poneros a rememorar la letra de “Blowin’ In the Wind”, que seguro que no os la sabéis (de verdad) entera.

Que si fue judío, que si se hizo cristiano y cantó ante el Papa, que si se ahora se ha hecho judío otra vez… Es curioso que un tipo tan arisco y con tanta fama de cabroncete dé lugar a tantas amistades. Ayer anduve escuchando su concierto en el Philarmonic Hall de 1964 (editado en 2004 como The Bootleg Series, Vol.6) y me di cuenta de que entre canción y canción Bob Dylan rivalizaba con los discos de stand-up comedy de Woody Allen que tengo de la misma época. Debió de tomarse algo, porque el nota esa noche estuvo sembrado. Festivales del humor aparte, Dylan nunca se ha caracterizado por su simpatía, ni falta que le ha hecho.


Hará un par de años gané la banda sonora de No Direction Home (2005) en un concurso del dominical de El País (había que acertar el nombre de qué poeta galés, etc, etc…), supongo que la justicia poética quiere ahora que le devuelva a Dylan el precio del disco por duplicado en forma de su entrada del concierto. El post de ayer me salió un poco enciclopédico (seguro que le hubiese encantado a Señor G), así que en el de hoy he querido guiarme solo por recuerdos e impresiones. Aquel EP de vinilo que mencioné, siempre presente en casa… las entradas del concierto… un colega grabándome versiones de Dylan por grupos raros en cintas de 90… Si Bob me defrauda (aunque él es muy discreto, como dijo Calamaro), siempre me quedarán los amigos.

jueves, 27 de marzo de 2008

El compás ternario de Don Martin


¿Aceptamos “Martin Scorsese” como “Mejor director de cine de los últimos 40 años?” Imaginad esto: unos matones de barrio entran en unos recreativos y apalizan a un tipo partiéndole tacos de billar en la cocorota. De fondo suena “Be my Baby” en la dulce voz de las Ronettes. O esto otro: la mafia entra en casa de un nota y le parten en la cabeza un cuadro mientras escuchamos los melosos acordes de “Baby Blue”, el tema de Badfinger. No estoy loco, a lo mejor lo está Scorsese: os he descrito dos escenas de Malas calles (1972) e Infiltrados (2006), respectivamente.

Violencia a raudales (tratada con gran esteticismo) y música de la mejor que ha dado el rock son dos marcas de la casa para el señor Scorsese, y hoy especialmente quiero incidir en la música. The Cadillacs, The Rolling Stones (¡casi siempre!), The Shirelles, Nat King Cole, Frank Sinatra, Louis Prima, Bo Diddley, The Crystals, B.B. King, Van Morrison… lo mismo le da el blues, que el rock and roll, que el doo-wop, que el soul, que Tin Pan Alley o el Brill Building. Viendo sus pelis y especialmente el cariñoso uso que hace de las canciones (hay muchas películas con un montón de canciones, pero este hombre las integra en su obra como nadie) uno no puede dejar de darse cuenta de que nos encontramos ante un verdadero amante de la música.

Lo digo en el sentido más tierno, tampoco había que ser Colombo para saber que era un musiquero tras sus recientes documentales sobre Bob Dylan o los Rolling Stones. El pasado cumpleaños me ha traído muchos regalos, y uno que ocupa un lugar destacado ha sido el DVD de la película de Martin Scorsese El último vals (1978).

El último vals es también una película musical/documental pues cronica el concierto de despedida como grupo de The Band, que tuvo lugar en 1976 en el mítico Winterland Ballroom de San Francisco. La particularidad de este concierto es que, al ser de despedida, The Band se rodearon sobre el escenario de una lista de colaboraciones de lujo. Bob Dylan, Neil Young, Van Morrison, Eric Clapton, Joni Mitchell, Muddy Waters, Emmylou Harris, Dr. John o Neil Diamond subieron a cantar con The Band, y además hay varios temas de su propio repertorio, que el grupo interpreta en un ambiente de exaltación eufórica.

Se da la circunstancia de que pese a ser fan de Scorsese y de muchos de los artistas que aparecen yo jamás había visto esta peli hasta que hace varios meses un colega me invitó a su casa a verla, con su pedazo de cañón de vídeo y sus megaaltavoces. Solo puedo decir que quedé tan fascinado que al poco tiempo repetimos la experiencia, y desde entonces conseguir esta película se convirtió en una prioridad para mí. Infructuosos viajes a El Corte Inglés, Media Markt y FNAC (donde una empleada creyó tenerla en su casa y se ofreció a regalármela, pero al final era que no) me convencieron de que aquello no era fácil de encontrar. Gracias a Dios me la han conseguido en Londres, en una tienda de segunda mano de Charing Cross Road muy guay donde otras veces he comprado pelis de Russ Meyer o libros sobre The Kinks.

Ayer volví a zamparme entera El último vals (llevaba con la idea de este post desde hace semanas, pero quería primero tenerla y verla tranquilo) y volví a quedarme de piedra. Muchas de las cosas que aparecen son ahora básicas en el vocabulario del cine documental de rock, pero es importante pensar que en aquel momento eran pioneras. Entrevistas absurdas entre canción y canción, tomas desde la espalda del grupo en que se ve al público, iluminación espectacular, escenografía decadente… todo lo hemos visto ya, pero cosas como el Unplugged In New York (1994) de Nirvana o el I Am Trying to Break Your Heart (2002) sobre Wilco no hubieran sido posibles sin El último vals.

Y ¿qué hablar de las actuaciones en sí? Sería un tópico decir aquí que son “seminales” o “electrizantes”, pero lo voy a decir. Resulta curioso comprobar cómo The Band transitan por todos los estilos en esta gran celebración de la música popular norteamericana: rock and roll puro, blues, R&B, country, bluegrass, folk, cajun, pop… al final cada vez me convenzo más de que toda la música es lo mismo: diversión.


No quiero entrar en una tediosa descripción de la película, solo quería terminar contando que también vi un documental sobre cómo-se-hizo, y esto me abrió bastante los ojos. El bueno de Scorsese no se limitó a plantar una cámara ahí y a grabar lo que pasaba: concibió una obra cinematográfica en toda regla, rodada en 35mm con varias cámaras y con un diseño de escenografía, iluminación y fotografía, por no hablar de un guión y un story board que meten miedo, donde está reflejado al milímetro quién hace qué en cada momento del concierto. Scorsese dirige, como dice David Trueba del oficio de director de cine, “es un capataz dirigiendo a una cuadrilla”.

La peli es la leche, pero siendo de Scorsese solo eché en falta (por buscarle un fallo) una cosa. Eché en falta que le abrieran a alguien la mollera a cámara lenta mientras sonaba, por ejemplo, “Forever Young” de Dylan.
 
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