Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Dr. Wyoming, o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la tele


“¿Es esto la vida real o es solo fantasía?”
-Queen




No quería hablar pero tengo que hacerlo. No quiero hablar pero tenía que hacerlo. No quería hacerlo pero tengo que hablar, etc. La tele, ¿eh? La “fábrica de los sueños”. Ah, no, que eso era Hollywood. En el post de anteayer la buena Rocío dejaba un comentario irónico diciendo que en las pelis siempre se hacía trampa con el espectador. Esto venía a que el buen Fran G. Matute había acusado a la peli La duda de engañar al espectador. El cine es engaño, en eso estamos de acuerdo: lo es por definición. Pero la denuncia del lector venía a a que hay veces que el engaño es desleal, cuando no por torpeza por incoherencia.

No creo que nos estemos refiriendo a Nueve reinas (2000) o a Sospechosos habituales (1994), esos engaños sí molan. Si veo una peli donde se me dice “blanco” y en la escena final resulta que era “negro”, no me siento engañado, si acaso admirado y complacido. Pero si veo una peli en la que salen dos que se dice que son hermanos y al minuto se están comiendo la boca, o la peli trata de incesto o me están tomando el pelo. (O es Mogambo -1953- doblada al español).

La ficción es engaño, sea en cine, TV o literatura. De hecho, la condición previa para que funcione la ficción, según el poeta inglés Coleridge, es lo que se llama “suspensión voluntaria de la incredulidad” (uséase: tú cuéntame lo quieras, que yo me lo creo tó). Si leo una novela y sale un señor volando es que ni pestañeo. Si sale en un telediario... mal rollo. El problema viene con la ruptura intencionada de las convenciones de los géneros, algo muy postmoderno. Pero que un género se “disfrace” de otro no es ni de lejos algo nuevo. La realidad o “no-ficción” siempre ha tenido mucho más prestigio que la ficción, de hecho las primeras novelas inglesas del siglo XVIII se presentaban como relatos periodísticos para no ser tomadas por historias frivolonas (p.ej. Robinson Crusoe, 1719). Un caso más cercano en el tiempo y el espacio lo tenemos en los chistes del inmortal Paco Gandía, que él presentaba como “casos verídicos”.


Pero este post va de TV, y recientemente estamos teniendo varios ejemplos de “noticias falsas” dadas por verdaderas por medios incautos que desconocían estar participando en un engaño. No es como si el 28 de diciembre el ABC da la inocentada de que el carnet del PSOE será obligatorio para aprobar unas oposiciones; en los casos a los que me refiero los propios medios que difunden la noticia son víctimas de la inocentada, preparada por otros. “Casualmente” todos estos episodios recientes tienen como origen a La Sexta, cadena muy de izquierdas que se hace pasar por neutral, y que es la que yo más veo (con diferencia).

Que si el programa
Sé lo que hicisteis crea una falsa web en plan “Todos con Julián Muñoz” y monta una falsa manifestación en su favor que aparece en todos los medios, sobre todo la prensa rosa. Que si el Follonero lanza a varios actores el día de la Lotería de Navidad a contar que les ha tocado y luego todo era un montaje. La última es que el Gran Wyoming “se ha dejado grabar” echándole una bronca vejatoria y malsonante a una becaria, solo para que los de su cadena némesis -Intereconomía- lo denuncien, decir luego La Sexta que todo era un montaje y dejar a los de Intereconomía en ridículo. El vídeo “filtrado” por la propia Sexta es muy bueno, pero el análisis que de él se hizo en Intereconomía TV tampoco tiene desperdicio. Se acusó a Wyoming de tener “modales de capitalista” (???????JAJAJAJAJAJAJAJA!!!!!!) o de ser de la cuerda de “los que dictan los contenidos de la asignatura Educación para la Ciudadanía”.


La bronca del Wyoming -todo indica que falsa- ha dejado en evidencia a los que informaron de ella: la “cadena ultracatólica” (La Sexta dixit) Intereconomía. Confieso que el tema me ha decepcionado, me hubiese encantado que la ida de olla fuese de verdad, como aquella mítica pillada de José Manuel Parada (“No me toques los cojones, Galinsoga...”). Pero también ha dejado en evidencia que ya no nos podemos fiar de nada ni de nadie de lo que salga por la tele, ni siquiera de La Sexta y sus profesionales. Mostrar en tele (me refiero a la realidad, a la información veraz) es, por definición, seleccionar, editar, cortar, pegar, manipular. Pero esto se acepta esperando que los que lo hacen se manejen dentro de una ética, de unas reglas del juego.

Ahora una serie de cómicos (la verdad es que ellos nunca se han puesto la medalla de ser periodistas) están dinamitando estas reglas, no al ponerse ellos a dar noticias chuscas, sino al hacer que los informadores “serios” pierdan su credibilidad dando las que ellos inventaron. Si es que los periodistas serios no eran creíbles desde un principio me parece bien que esto se denuncie. Si -por contra- se trata de ponerles trampas y zancadillas para que se tropiecen y luego reírse... no lo tengo tan claro.

Coincidiendo con el auge de la telerrealidad y el éxito sin precedentes de formatos como Gran Hermano (2000), el final de la década de los 90 conoció una explosión de películas metafictivas sobre el deslinde entre realidad y ficción en TV (Permanezca en sintonía -1992-, El show de Truman -1998-, ED TV -1999-, Pleasantville -1998). En todas estas pelis, los personajes (gente normal) vivían sus vidas dentro de la tele, bien apareciendo en programas de telerrealidad, bien penetrando literalmente dentro del aparato de TV. Lo que he contado antes de La Sexta es un fenómeno opuesto, simétrico: aquí es la tele, con sus costosas ficciones de cartón piedra, la que se ha venido a instalar entre nosotros y a invadir nuestras vidas diarias.


Si ahora ve a usted a una señora pidiendo socorro, o a un policía que le pide identificarse, ¿cómo sabemos que son de verdad y no infiltrados del Follonero? Ya Manolo Summers hizo varias pelis de cámara oculta, pero a los dos minutos el falso poli te decía que todo era broma. Ahora la broma es más pesada, puede durar varios días e incluso aparecer en varios medios de comunicación distintos. Ya en 1938 Orson Welles se quedó con mucha gente al narrar su portentosa “Guerra de los Mundos”, pero el engaño apenas duró unas horas. (Aparte de que el Follonero no es precisamente Orson Welles: cuando Jordi Évole ruede Ciudadano Kane con 24 años me avisáis).

Al ver a un gay disfrazado de marinero en una fiesta, el buen Ignatius J. Reilly de La conjura de los necios (1980) reflexionaba si en realidad todas las Fuerzas Armadas USA no serían sino una asociación de gays disfrazados de uniforme, en lugar de una poderosa máquina de combate al servicio de la patria. Os confieso que yo ya empiezo a tener miedo de que en realidad Porerror no exista y este blog sea solo una gran broma a cargo de un mono albino del planeta Venus.

viernes, 15 de febrero de 2008

"¡Cuate, aquí hay petróleo!"


Creo que voy a comenzar esta entrada sobre la película de Paul Thomas Anderson titulada Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007) por el final. ¿Me ha gustado la peli? La respuesta es que ni sí ni no, sino todo lo contrario. Pienso seriamente que el problema es que no la he comprendido. Y por si alguien tiene la tentación de decirme que hasta un niño de cuatro años la entendería, yo, como Groucho Marx, pido que me traigan ahora mismo a un niño de cuatro años, a ver si me la explica.

Durante la carrera tenía que leerme una novela del norteamericano Upton Sinclair (La jungla, 1906), pero me escaquée. Sé que esto ya lo dije a propósito de Faulkner, y a lo mejor diréis “¿y qué demonios se leyó este hombre durante la carrera?" Pues para que lo sepáis, en esa asignatura saqué Matrícula de Honor. El problema es que “novela” y “Naturalismo” son dos conceptos que el médico me ha prohibido mezclar. Yo soy una persona del siglo XX, gracias, y no del XIX, y por tanto no necesito que nadie emplee sesenta páginas en describirme un paisaje que me pueden enseñar en el cine de un golpe de vista.

Todo esto lo digo porque Pozos de ambición está basada en otra novela de Upton Sinclair, esta vez llamada Petróleo (1927). La película nos la han vendido como una gran epopeya norteamericana, en la línea de Gigante o Ciudadano Kane. Y en cierto modo lo es (hombre de negocios hecho a sí mismo, emprendedor en la joven América, se enfrenta a todo tipo de vicisitudes, se le va agriando el carácter…). Aquí terminan los paralelismos. Antes de poner verde esta peli vaya por delante mi admiración por el trabajo interpretativo del señor Daniel Day-Lewis, pedazo de actor que borda un pedazo de papel por el que más que seguramente le darán el Oscar.

La trama (esta vez más que nunca) es simple: un señor muy ambicioso se dedica a hacer perforaciones en busca de petróleo movido por una ambición desmesurada, y como es tan ambicioso y excava pozos, voilà le titre Pozos de ambición. El título de la peli original es más problemático: “Va a haber sangre”, podríamos traducirlo, en una predicción o promesa que el espectador no verá defraudada. También hay que decir que como el señor protagonista es tan ambicioso, se llega a cegar y a corromper por su ansia de dinero de tal modo que deja de lado todo lo que de bueno podía haber tenido en su vida. Y aquí viene mi pregunta clave: ¿era necesaria una película de casi tres horas de duración para contarnos eso? En realidad lo podemos entender durante la segunda media hora de la cinta (en la primera media hora no hay diálogo).

Siendo justos tengo que admitir que la primera mitad o así de la peli me ha encantado, la manera de presentarnos a los personajes a través de sus acciones, la economía narrativa, las morisquetas del señor Day-Lewis, todo esto aliado con la temática hacía presagiar un peliculón. La primera hora y pico es emocionante, nos encontramos a principios del siglo XX, en pleno boom de la era del petróleo. Desde que en 1859 el buen Coronel Drake encontrara oro negro en Titusville, Pennsylvania, la naciente industria del petróleo (extracción, transporte, refinación, comercialización) no dejó de crecer. Pozos se desarrolla entre 1898 y 1927, con lo que presenciamos el paso de una actividad artesanal hecha “estilo compadre” a una de las más lucrativas industrias del mundo, dominada por las grandes corporaciones. La Standard Oil de Rockefeller fue la primera y la más importante, y también aparece en la peli, como competencia de la empresa que funda el protagonista.

Y no quiero decir mucho más para no destripar la película, aunque de verdad que ya os la he contado de cabo a rabo. Hay por ahí un hijo petrolífero del magnate petrolífero, un supuesto hermano… y luego está la relación de antagonismo entre el prota y un autoproclamado pastor de la iglesia del pueblo donde encuentran petróleo. Entiendo que aquí se halla una de las claves dramáticas en las que se sostiene la película, pero encuentro que esta parte de la historia está muy mal desarrollada, como con brochazos gruesos.


El niño de cuatro añitos acaba de llegar, y me comenta que el petróleo es como una metáfora de la sangre que corre por las venas (oleoductos) de una incipiente sociedad industrial… el personaje de Daniel Day-Lewis es un superhombre nietzscheano, cuya “voluntad de poder” le hace despreciar y enfrentarse a la “moral de los débiles” que encarna el fanático hombre de religión y bla, bla, bla… Mejor le digo que se guarde sus profundos análisis culturales para una peli que de verdad merezca la pena, como por ejemplo Se acabó el petróleo, aquella mítica cinta que protagonizaran en 1979 los humoristas Paco Gandía, Pepe Da Rosa y Josele.
 
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