Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 12 de marzo de 2009

Oda al último pelo: The Last Hair


-“Donde hay pelo hay alegría”.
(Refrán español)




A ti te estoy hablando, a ti, no te escondas. No te escondas como sueles el resto de la semana –solo Dios y tú sabéis dónde- para aparecer luego por sorpresa en el momento más inoportuno. Especie de fideo traicionero: último pelo. A ti te hablo ahora, sí, a ti. Te he dicho que no te escondas.

¿Qué broma cruel del destino, error de Dios –amigos- o probabilidad matemática es la que hace que cada vez que vamos a fregar los sanitarios, una vez que ya hemos acabado, nos demos cuenta de que la cosa queda decorada con un larguísimo cabello negro? ¿De dónde sale ese pelo? Whither yonder hair? Ya sé lo que estáis pensando y mío no es.


La historia es como sigue. Una de esas tardes ricas de sofá y Sé lo que hicisteis... Patricia Conde, Ángel, Miqui & cía. saben lo que hizo ayer la Duquesa de Alba, saben lo que hicisteis y también saben lo que tú no has hecho desde hace varios días: fregar el cuarto de baño. Y te lo recuerdan. Al final, consigues reunir el valor suficiente y los utensilios suficientes para acometer tan endiablada y descomunal tarea.

Te acuerdas de la pava del anuncio de lejía que dice irónicamente: “Me encanta fregar”. Ella friega en el anuncio al son de “Viva la Vida” de Coldplay, a lo mejor tú también, o al de Sharon Jones, y eso crees que te va a hacer el trabajo más digerible. Tú con tu palangana, tus guantes, tu estropajo, tu trapo, tu esponjita, tu cubillo, tu fregona, tu cepillo, tu cogedor, tu fregasuelos “pino”, tu limpiador líquido de baños, tu asquete, tu paciencia… Y tú friega y friega, sudando a chorros o tiritando a pellizcos, según la estación del año, hasta que queda el temario que se pueden comer sopuelas en él.


¡Qué limpieza! ¡Qué prestigio higiénico! Cómo reluce todo… blanco… esa bañera, oiga, esos azulejos, ese suelo donde no ha de faltar una pisadita traidora cinco minutos después de pasar la fregona (no pasa nada, se friega otra vez), ese lavabo, por Dios, esas repisas, ese bidé, y sobre todo… ese pedasso de váter sesuá. Y entonces el sustazo, el atropello, la debacle: ¿qué hace ahí ese horrible pelaco negro (y largo) sobre fondo blanco? ¿Qué es mi váter, un jodido cuadro de Lucio Fontana? ¿Quién soy ahora, Marcel Duchamp?

Me reitero, que el pelo no es mío. El pelo es negro y largo, como un espagueti de la muerte; largo y negro, como yo no los tengo. Y en mi cuarto de baño no entra una mujer desde hace varios meses. Más relevante aún, hace media hora, cuando estaba frotando la blanca y porcelanórrea superficie con dos estropajos, con la esponja, con el trapo, ese pelo NO ESTABA AHÍ: salió de la nada. De la nada, amigos, para castigarme por mis pecados. Viene a atormentarme, como el cuervo del poema de Allan Poe, solo que en lugar de “Nunca más” este parece decirme “Friegas mal”.


(Lamentable) conclusión: El pelo no estaba ahí, Señoría, lo juro. No estaba antes (alguna pelusa sí, pelos míos, los tengo contados) de meterle mano a la limpieza, no apareció durante los fregamientos, ni al echar el producto, ni al enjuagar… solo se hizo visible (y desde lejos) al contemplar el resultado final… Ante tamaño desastre, solo cabe rendirse a la evidencia (“El pelo estaba en la esponja o estropajo”: gracias, señora Holmes, no soy mongolo. Solo que esto me pareció buena idea para un post). No, la evidencia terrible es la siguiente.

Por más que nos afanemos, por más que una compañera de trabajo te amoneste y recomiende: “Eso te pasa por no usar el Taifol amoniacal”… vosotros y yo sabemos la verdad: que la próxima vez que uno limpie el cuarto de baño habrá un pelo negro y largo. Pienso que si Augusto Monterroso en lugar de a la literatura se hubiese dedicado al freganchismo, bien pudiese haber escrito un relato corto que dijese: “Cuando terminó de fregar el váter, el pelo todavía estaba allí”.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Dr. Wyoming, o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la tele


“¿Es esto la vida real o es solo fantasía?”
-Queen




No quería hablar pero tengo que hacerlo. No quiero hablar pero tenía que hacerlo. No quería hacerlo pero tengo que hablar, etc. La tele, ¿eh? La “fábrica de los sueños”. Ah, no, que eso era Hollywood. En el post de anteayer la buena Rocío dejaba un comentario irónico diciendo que en las pelis siempre se hacía trampa con el espectador. Esto venía a que el buen Fran G. Matute había acusado a la peli La duda de engañar al espectador. El cine es engaño, en eso estamos de acuerdo: lo es por definición. Pero la denuncia del lector venía a a que hay veces que el engaño es desleal, cuando no por torpeza por incoherencia.

No creo que nos estemos refiriendo a Nueve reinas (2000) o a Sospechosos habituales (1994), esos engaños sí molan. Si veo una peli donde se me dice “blanco” y en la escena final resulta que era “negro”, no me siento engañado, si acaso admirado y complacido. Pero si veo una peli en la que salen dos que se dice que son hermanos y al minuto se están comiendo la boca, o la peli trata de incesto o me están tomando el pelo. (O es Mogambo -1953- doblada al español).

La ficción es engaño, sea en cine, TV o literatura. De hecho, la condición previa para que funcione la ficción, según el poeta inglés Coleridge, es lo que se llama “suspensión voluntaria de la incredulidad” (uséase: tú cuéntame lo quieras, que yo me lo creo tó). Si leo una novela y sale un señor volando es que ni pestañeo. Si sale en un telediario... mal rollo. El problema viene con la ruptura intencionada de las convenciones de los géneros, algo muy postmoderno. Pero que un género se “disfrace” de otro no es ni de lejos algo nuevo. La realidad o “no-ficción” siempre ha tenido mucho más prestigio que la ficción, de hecho las primeras novelas inglesas del siglo XVIII se presentaban como relatos periodísticos para no ser tomadas por historias frivolonas (p.ej. Robinson Crusoe, 1719). Un caso más cercano en el tiempo y el espacio lo tenemos en los chistes del inmortal Paco Gandía, que él presentaba como “casos verídicos”.


Pero este post va de TV, y recientemente estamos teniendo varios ejemplos de “noticias falsas” dadas por verdaderas por medios incautos que desconocían estar participando en un engaño. No es como si el 28 de diciembre el ABC da la inocentada de que el carnet del PSOE será obligatorio para aprobar unas oposiciones; en los casos a los que me refiero los propios medios que difunden la noticia son víctimas de la inocentada, preparada por otros. “Casualmente” todos estos episodios recientes tienen como origen a La Sexta, cadena muy de izquierdas que se hace pasar por neutral, y que es la que yo más veo (con diferencia).

Que si el programa
Sé lo que hicisteis crea una falsa web en plan “Todos con Julián Muñoz” y monta una falsa manifestación en su favor que aparece en todos los medios, sobre todo la prensa rosa. Que si el Follonero lanza a varios actores el día de la Lotería de Navidad a contar que les ha tocado y luego todo era un montaje. La última es que el Gran Wyoming “se ha dejado grabar” echándole una bronca vejatoria y malsonante a una becaria, solo para que los de su cadena némesis -Intereconomía- lo denuncien, decir luego La Sexta que todo era un montaje y dejar a los de Intereconomía en ridículo. El vídeo “filtrado” por la propia Sexta es muy bueno, pero el análisis que de él se hizo en Intereconomía TV tampoco tiene desperdicio. Se acusó a Wyoming de tener “modales de capitalista” (???????JAJAJAJAJAJAJAJA!!!!!!) o de ser de la cuerda de “los que dictan los contenidos de la asignatura Educación para la Ciudadanía”.


La bronca del Wyoming -todo indica que falsa- ha dejado en evidencia a los que informaron de ella: la “cadena ultracatólica” (La Sexta dixit) Intereconomía. Confieso que el tema me ha decepcionado, me hubiese encantado que la ida de olla fuese de verdad, como aquella mítica pillada de José Manuel Parada (“No me toques los cojones, Galinsoga...”). Pero también ha dejado en evidencia que ya no nos podemos fiar de nada ni de nadie de lo que salga por la tele, ni siquiera de La Sexta y sus profesionales. Mostrar en tele (me refiero a la realidad, a la información veraz) es, por definición, seleccionar, editar, cortar, pegar, manipular. Pero esto se acepta esperando que los que lo hacen se manejen dentro de una ética, de unas reglas del juego.

Ahora una serie de cómicos (la verdad es que ellos nunca se han puesto la medalla de ser periodistas) están dinamitando estas reglas, no al ponerse ellos a dar noticias chuscas, sino al hacer que los informadores “serios” pierdan su credibilidad dando las que ellos inventaron. Si es que los periodistas serios no eran creíbles desde un principio me parece bien que esto se denuncie. Si -por contra- se trata de ponerles trampas y zancadillas para que se tropiecen y luego reírse... no lo tengo tan claro.

Coincidiendo con el auge de la telerrealidad y el éxito sin precedentes de formatos como Gran Hermano (2000), el final de la década de los 90 conoció una explosión de películas metafictivas sobre el deslinde entre realidad y ficción en TV (Permanezca en sintonía -1992-, El show de Truman -1998-, ED TV -1999-, Pleasantville -1998). En todas estas pelis, los personajes (gente normal) vivían sus vidas dentro de la tele, bien apareciendo en programas de telerrealidad, bien penetrando literalmente dentro del aparato de TV. Lo que he contado antes de La Sexta es un fenómeno opuesto, simétrico: aquí es la tele, con sus costosas ficciones de cartón piedra, la que se ha venido a instalar entre nosotros y a invadir nuestras vidas diarias.


Si ahora ve a usted a una señora pidiendo socorro, o a un policía que le pide identificarse, ¿cómo sabemos que son de verdad y no infiltrados del Follonero? Ya Manolo Summers hizo varias pelis de cámara oculta, pero a los dos minutos el falso poli te decía que todo era broma. Ahora la broma es más pesada, puede durar varios días e incluso aparecer en varios medios de comunicación distintos. Ya en 1938 Orson Welles se quedó con mucha gente al narrar su portentosa “Guerra de los Mundos”, pero el engaño apenas duró unas horas. (Aparte de que el Follonero no es precisamente Orson Welles: cuando Jordi Évole ruede Ciudadano Kane con 24 años me avisáis).

Al ver a un gay disfrazado de marinero en una fiesta, el buen Ignatius J. Reilly de La conjura de los necios (1980) reflexionaba si en realidad todas las Fuerzas Armadas USA no serían sino una asociación de gays disfrazados de uniforme, en lugar de una poderosa máquina de combate al servicio de la patria. Os confieso que yo ya empiezo a tener miedo de que en realidad Porerror no exista y este blog sea solo una gran broma a cargo de un mono albino del planeta Venus.

martes, 23 de septiembre de 2008

La sorpresa


¡Cómo mola una sorpresa bien dada! Qué bien entra. Hay gente que no sabe dar sorpresas, suelen ser los mismos incapaces de guardar un secreto. Yo mismo soy bastante malo sorprendiendo a otros, la verdad es que como me haya currado algo que sepa que a otra persona le va a hacer mucha ilusión o simplemente basta que me haya enterado de que hay algo por ahí… lo paso fatal hasta que llega el momento preciso. Llamadlo impaciencia si queréis.

Hay sorpresas chapuzi, la verdad, esta semana hemos tenido dos ejemplos desenmascarados por el programa Sé lo que hicisteis… Una era del programa Territorio Comanche de Telemadrid, presentado por Cristina Tárrega, y consistía en que había un pavo escondido detrás de la mesa de la presentadora. El nota estaba ahí, agazapado, y figuraba que en un momento dado surgía de la nada. Pero ni la Tárrega ni su invitada se inmutaban demasiado cuando salía el tío: el visionado con detalle del programa revelaba que al “escondido” se le veía perfectamente desde minutos antes de aparecer.

La otra sorpresa fallida era mejor por ser más chusca: se trataba de que el programa Gran Hermano, en su décima edición, había previsto que Ismael –ganador de la mítica primera- se infiltrara en la casa de Guadalix de la Sierra. Lo iba a hacer caracterizado de otro personaje, con gafas de culo-botella, pelo largo negro a lo Bardem y otros afeites enmascaradores. La idea era hacerse pasar por un tal Paco, supuesto concursante, tomarles el pelo a todos y al final revelar su identidad en una apoteosis de fantasía y sorpresismo. Como bien dijo Patricia Conde, “horas para pensar la idea, horas de maquillaje y ocho segundos duró la sorpresa”.


En efecto, nada más entrar Ismael/Paco en la casa, una de las concursantes va y le espeta: “Anda, pero si tú eres el Pisha, ¿de qué vas disfrazado?”. Apoteosis, pero del descojone. Y, ¿a qué viene esta paranoia de las sorpresas, Porerror? Pues viene, señora, a que esta noche yo he sido el incauto destinatario de una fantastiquísima sorpresa.

Hoy ya tenía pensado -y semiescrito en mi cabeza- un post diferente, sobre otra temática, pero como dicen en los telediarios, la actualidad manda y el curso de los acontecimientos ha sido otro. Pues como iba diciendo, esta tarde salgo de mi casa y voy, por decir un sitio, al gimnasio, y no me llevo móvil ni nada porque para qué, quién necesita un teléfono móvil en Cosica y menos a las siete de la tarde y menos en un día de lluvia. Vuelvo a mi casa de noche ya, la noche en Cosica es oscura (algún día os hablaré de ella), me había equivocado de camino. Mira que el pueblo es chico, pero para mí su callejero es todavía tan complejo como el de la antigua Nápoles. Durante unos minutos me pierdo (y andar “unos minutos” en Cosica puede significar acabar en un cercado de ovejas), voy empanado, pensando en mis cosas y escuchando a Rockpile en el iPod.


Llego a mi casa sosegada y a lo lejos en la calle húmeda distingo tres figuras, no hay duda, están en la puerta de mi casa, y lo primero que pienso es “ya está aquí la de la inmobiliaria para tocarme las narices, o un comité de vecinos reivindicativos con alguna fábula”. ¿Me habré dejado un grifo abierto? ¿Se habrán comido las hormiguitas de mi cocina a alguno de sus insomnes y ladradores perros? Pero no, cuál no será mi sopresa al acercarme y distinguir que quienes me estaban esperando eran mi novia y un matrimonio amigo.

Solo alcanzo a decir “hostia”, y me quedo sin palabras. ¡Se habían plantado en Cosica viniendo en coche desde Miciudad! Lo máximo. Me habían alegrado la noche, el día, la semana, el mes, ¡yo qué sé! Les hago entrar y entablamos animada charla, hacemos una cena, risoteamos, mis amigos cuentan de su vida en Méjico, comentamos su reciente boda… Y de la alegría de ver a mi novia ni hablo. Al final, se tienen que ir, no consigo convencerlos de quedarse a pasar la noche. Pero no importa mucho. La alegría ya me la han dado, la sorpresa había sido perpetrada con éxito.

Ojalá os caigan muchas como esas a vosotros, lectores, ya veréis lo bien que se queda uno.

jueves, 7 de agosto de 2008

Paellas a un euro


La noticia, amigos, parece ser que no hay noticias. Hoy lo escuchábamos más solemnizado en boca de Pilar Rubio, durante el Sé lo que hicisteis… “¡Entonces, Ángel, la falta de temas también puede ser un tema!” Un tema fabuloso, Pili.

Llevaba unos días pensando escribir un post en contra de la playa, munición no me falta (las típicas citas de canciones, de cómics…) e implicación emocional en el tema tampoco. Pero como parece ser que el raro soy yo y que la playa (ese sitio donde va la gente a apretujarse y a pasar calor... vale, ya paro) a la mayoría de la gente le parece maravillosa, pues eso, que me voy a privar. Pero las noticias del verano… hasta los que van a la orillita del mar se zambullen en ellas.

Para mí la noticia del día ha sido la aparición, en Avilés, de una cierta moneda de 1€ en cuya “cara” la efigie del Rey ha sido desfigurada para asemejarse al careto de Homer Simpson. Sabéis de lo que os estoy hablando, ¿no? La noticia en sí podría no haber pasado de un burdo fotomontaje de las páginas de El Jueves, pero al estar en agosto y ser auténtica la moneda (auténtica-falsa, se entiende), el hecho ha excitado la imaginación de los periodistas hasta límites insospechados. ¿Conspiración republicana?... La moneda todavía no es de curso legal en ningún país… y sandeces así.

El pavo al que se la han colado –un tendero de una tienda de chuches- aún se alegra de que haya caído en sus manos, que si no le pesa haber perdido un euro, que si su sobrino la colgó en Internet y a las pocas horas ya tenía 15.000 ofertas por ella… La moneda empieza así a tomar proporciones cuasimíticas, casi casi como las treinta de plata que dicen que Judas cobró por entregar a Cristo, o aquellas monedas anglosajonas de los poemas de Geoffrey Hill. El eurohomer y la falsa monea, aunque en este caso no va de mano en mano y sí hay alguno que se la quea.


Las noticias de este agosto están siendo riquísimas, de verdad, me ha costado seleccionar. Tomarse una copa en una terraza exclusiva a noventa metros de altura con vistas a la Giralda de Sevilla o al Barrio de las Letras de Madrid… unos padres de nosédónde se desayunan ahora con que tienen dos mellizos uno negro y otro blanco (cuatro años tienen ya las criaturas… ¿antes no eran noticia?)… con la crisis desciende la cuantía de las propinas… aumenta el número de gente que acude a empeñar sus joyas… en una playa de Fuengirola el ayuntamiento reparte cucuruchitos de cartón para que la gente no tire las cáscaras de pipas a la arena… Reírse, reírse, pero todas estas han sido noticias de “Titulares” en Antena 3, Cuatro o TVE1.

Pero la que más me ha tocado hoy el alma es la de la reaparición de “el paellero de Verano Azul [sic]”. Un tal Ayo, añejo paellero de la playa de Burriana, que al parecer se interpretaba a sí mismo en el capítulo de aquella gran serie titulado “Sancho Panza”. Verano Azul, no lo olvidemos, es una serie de 1981, que todos los años los medios nos hacen creer que se emite todos los años, en lo que constituye la mayor falacia desde lo de los esquimales y sus 100 palabras para la “nieve” (¿o eran 100.000?)

Realmente no sé cuántas veces la han repuesto (no he podido encontrar el dato: si alguien me lo proporciona se lo agradeceré) pero seguro que no son tantas como nos han hecho creer. Lo que sí que reponen todos los veranos son los clips con los chavales en bicicleta, la sintonía de los silbiditos (¡tiembla, Coronel Bogey!), el barco de Chanquete… y el comentarista de turno diciendo “¡Hay que ver: la ponen todos los veranos!”



Pero si de verdad os preocupa la acuciante falta de noticias, Estatuas Verdes os dice: non temades. Mañana comienza la noticia por antonomasia, la noticia de todas las noticias, la que genera información a raudales de donde no la hay. Me estoy refiriendo a las Olimpiadas, que llevan siendo noticia desde hace meses, lo serán cuando lleguen a celebrarse y también mucho después, ya veréis. Algunos dicen que mañana me voy de viaje: no es cierto. Lo que ocurre es que voy a estar tan concentradísimo siguiendo el desarrollo de Pekín 2008 que –como comprenderéis- no me va a dar lugar a escribir ningún post casi en un par de semanas. Pero tranquilos, que volveré antes de la ceremonia de clausura…

miércoles, 11 de junio de 2008

La suerte de la fea...


Ya la demanda popular era imparable, y hasta el otro día desde los comentarios el Grillo se preguntaba por qué no abordaba el tema de Bea la Fea and the power of the flower. La razón es muy sencilla, tenía previsto escribir sobre La familia Mata y como comprenderéis, no es plan hablar de televisión dos días seguidos. O eso, o es que no soporto la serie Yo soy Bea.

A lo mejor por eso no se iba a escapar sin su correspondiente post. Juro que –sin ver el famoso capítulo de la transformación- me he estado empapando de sus crónicas en la prensa y he visto por YouTube los instantes cruciales. Lo cierto es que andaba cavilando algo inteligente que decir, pero no se me ocurre nada. Mi primer instinto al contemplar tan televisivo y esperado momento (¿Cuántos capítulos lleva ya esa serie? ¿Dos millones?) ha sido el sentir que se trataba de una broma. En efecto, ve uno las imágenes y se da cuenta de que el personaje de Bea, la pupitesca pero eficiente secretaria de la revista Bulevar 21, se ha transformado de fea en… otro tipo de fea.

Más petarda, más fashionista, pero, en palabras del buen Miqui Nadal, “más fea que mandar a una abuela por droga”. Ojito al dato, vaya por delante que a mí no me gustaba la antigua Bea y me sigue sin gustar esta (la actriz Ruth Núñez) pero, visto lo visto… ¿tan mal estaba aquella? Objetivamente yo no la veía tan fea y sí, tenía aparato en los dientes, el peinado no le favorecía mucho y seguro que no se depilaba el sobaco pero de ahí a hacer girar todo un kilométrico culebrón en torno a su fealdad… me parece muy heavy.

Por supuesto que Yo soy Bea no es una idea original, sino una adaptación de aquella gloriosísima novela colombiana que fue Betty la fea. Aquello sí que era obra maestra, amigos. Y además hablaban en colombiano, con lo que la risa estaba asegurada (vaya este comentario desde el respeto). No soy muy fan yo del culebrón sudamericano, género del que sin gustarme admiro enormemente su importancia en la cultura popular. En mi vida sólo he visto tres de estos seriales: Agujetas de color de rosa (1994), Betty la fea (1999-2001) y Pasión de gavilanes (2003); casualmente las tres contaban con magistrales sintonías musicales, sin duda lo que me atrajo de ellas en un principio.

De las tres fue Betty la fea –digámoslo- la mejor, y prueba de ello han sido las incontables adaptaciones internacionales que ha tenido (ayer mismo en Sé lo que hicisteis les hicieron un divertido repaso). La más sonada fue la norteamericana, titulada Ugly Betty (2006) y para la que al parecer puso el dinero Salma Hayek. Ahora que acaba la Bea de Telecinco (o al menos ya se le ve la punta) la Betty yanqui nos la trae Cuatro, y nos la están vendiendo como si fuese la gran cosa (inciso cruel: la gran cosa sí que va a ser ver a esa pobre mujer que hace de Betty pareciendo guapa al final de la serie: yo no me lo creo).

¿Por qué le doy tanta importancia a la belleza de las actrices/personajes? Porque eso es precisamente lo que hacen estas series, Betty la fea y su internacional progenie. No vayamos a engañarnos, lo que estas series preconizan no es un nuevo tipo de mujer o un desprecio por el aspecto físico, ni la abolición de lo que las feministas denominan “la tiranía de la belleza”. Tout au contraire! Al final la moraleja es siempre la misma: “sí, sí, muy lista y muy capacitada la chica, pero para que su premio sea completo debe acabar volviéndose guapa, si no, no tendrá éxito del todo”. Si no, no vale. Esto no es El príncipe de Zamunda (1988) donde a una persona se la quiere por lo que es. Aquí el galán de turno no se casa con la chica hasta que no aparece como guapa.


Y sí, he dicho bien, el premio es para la chica, no para el galán. O sea que al final resulta que si no eres guapa no mola. En mi opinión, la serie española tiene dos méritos. El primero, haber rescatado a Fedra Lorente, aquella sempiterna “Bombi” del Un, Dos, Tres (en su mejor papel desde Amanece que no es poco, 1988). El segundo, hacer que la supuesta guapa siga siendo bastante feilla. ¿Habrá aquí un astuto comentario postfeminista cargado de ironía? Larga es la tradición de la frase “Que se mueran los feos” (canción de Los Sirex, novela de Boris Vian), pero a lo mejor tocaba ahora pedir que se muriesen los guapos. En principio yo no estoy a favor de que se muera nadie, pero si no… difícilmente vamos a abolir la antigua falacia moral belleza=bondad.

jueves, 24 de abril de 2008

Sé las narices (que tocasteis)


-"¿Has leído El corazón de las tinieblas, chata?"

-"¡Jarl!"

Constato un fenómeno. Tendencia, llamadlo como queráis. Sabido es que hace aproximadamente un año las parrillas televisivas españolas tocaron techo de saturación en lo que a programas rosa se refiere. Ahí andaba el Tomate, liderando la franja de la siesta, y un sinnúmero de otros espacios a todas horas cuyos nombres no recuerdo pero vosotros sí. Entre todo esto resistía, ahora y siempre al invasor el programa de Boris (Channel nº4), autoerigido en fanzine del glamour de andar por casa.

Para dar caña no al famoseo, ni siquiera al mundo rosa sino a los periodistas del corazón, creó La Sexta el inteligente espacio de humor Sé lo que hicisteis la última semana, presentado por Patricia Conde y Ángel Martín, más Miqui Nadal y otros. En este espacio se burlaban con muchísima gracia de todo aquello que de risible hay (o de miserable) en el periodismo del colorín, sacaban vídeos y citas –a veces fuera de contexto pero nunca tergiversadas- que hacían parecer a sus protagonistas como auténticos imbéciles. Eso, con suerte, cuando no los hacían parecer directamente malos o mezquinos (caso sobre todo de Jorge Javier & co).

Se podrá decir que Sé lo que hicisteis... es un espacio parásito, que se nutre del trabajo de los demás. Sí señor, exactamente igual que todos los programas de zapping que en el mundo han sido (incluyendo Homo Zapping) y el 99% de los magazines, talk shows o como se les llame actuales (léase Boris, Ana Rosa, García-Campoy, etc). Sin embargo Sé lo que hicisteis... logró un gran éxito (extrapolado a la modesta repercusión de La Sexta) y se apuntó un tanto no solo regurgitando material ajeno sino realizando verdaderas creaciones de humor al más alto nivel. Tanto es así que les han llovido trillones de premios, y que el espacio, de semanal, pasó a diario (cambiando su nombre simplemente a Sé lo que hicisteis…) y luego de sesenta minutos se alargó a noventa, fichando a nuevos colaboradores.

Mi tesis es que, igual que en la Baja Edad Media el Verlag o mercader independiente se cargó el tradicional sistema de gremios, el programa Sé lo que hicisteis… es en gran medida responsable de la desaceleración por la que están atravesando últimamente este tipo de programas del corazón, y muy especialmente el Tomate. No tanto por robarles la audiencia (el Tomate se canceló como invicto líder, aunque con menos espectadores) sino por aportar una nueva mirada a este mundo, de modo tal que una vez expuestas las miserias y la ridiculez de los periodistas rosas, nadie en su sano juicio puede volver a tomárselos en serio.

El problema, a mi entender, de Aquí hay tomate es que lo que empezó siendo un programa ligero, con una mirada nueva, cargado de humor y mala leche (¿os suena?) se convirtió en una temida institución inquisitorial que lo mismo te sacaba a Franco pescando atunes que al monaguillo de la Comunión de Lola Flores. Hizo daño y se hizo odiar. Sé lo que hicisteis... lo supo denunciar, y le hizo perder prestigio (entre comillas). El problema es que cuando se va de cruzados por la dignidad o de vengadores es muy difícil que a uno no se le vaya la cabeza y no se convierta en un émulo de lo que precisamente buscaba denunciar. El humor de Sé lo que hicisteis… es muy inteligente pero se basa en burlarse de los demás, ponerles motes, y un poquito en insultar, y eso es muy divertido, sí, pero a la larga siempre pasa factura. O te sabes reír de ti mismo -cosa dificilísima- o la has cagado, amigo.

Conste que para mí Sé lo que hicisteis… sigue siendo un gran programa (menos desde que dura hora y media y desde que colocaron en él a Dani Mateo, muy gracioso en casi todo lo demás que ha hecho pero insípido aquí). Le debo grandes horas de consuelo cuando estuve con lo mío del esguince, pero últimamente estoy detectando que se están convirtiendo en unos chicos un poco malos, y los demás programas están reaccionando ante ellos de dos maneras: 1) haciéndoles la pelota para caerles en gracia, cosa que no consiguen (aquello de “mientras más te agachas…”) o 2) enfadándose con ellos, cosa que los del Sé lo que hicisteis... solo saben encajar desde la burla personal, exactamente igual que hacía el Tomate con los famosos que no atendían a sus reporteros.


Esta semana en varios actos de promoción, su reportera Pilar Rubio ha sido amonestada o directamente increpada por otros periodistas del cuore, lo que solo ha servido para que en plató se cachondearan de los susodichos. Esta semana El Programa de Ana Rosa ha repasado el ranking de petonas de la revista masculina FHM, y ha sacado que si a Angelina Jolie, que si a la Pataky, que si a Amaia Salamanca… pero ha omitido las menciones a Patricia Conde, que estaba entre las 10 más cañoneras y a Pilar Rubio, que estaba nada menos que ¡la primera! ¿Casualidad? Más bien venganza, pues como dijo Ángel Martín, “es muy llamativo que comentes un ranking y no digas quién ha quedado en el primer puesto”.

Pienso que Sé lo que hicisteis… debería tener cuidado porque se está repitiendo y lo que es peor, se está haciendo antipático. El mundo gira, ahí está Fama en Cuatro captando la atención de la juventud, ahí está el culebrón de La Primera Amar en tiempos revueltos, hasta los espacios del corazón se están trocando en magazines tipo el difunto Channel nº4, que supo retirarse a tiempo. Pero claro, no todos los programas tienen la suerte de que los presenten literatos de la talla de Boris Izaguirre.

martes, 15 de enero de 2008

España se va de castings


Estoy en una tienda de Springfield probándome unos pantalones a cuadros (para ser moderno). Me acompaña un amigo músico, que anda abriéndose camino (el sábado tocó en Almería, este jueves lo hará en Jerez). Desde el probador escucho la voz de un antiguo compañero de colegio, actualmente técnico en Cuatro, que le espeta a mi amigo “¿Tienes talento?” Reprimo la risa, hubiera dado dinero por verle la cara al interpelado. “¡Ja, ja, ja!” –continúa el otro- “¿Tienes talento, tío, es el título del nuevo programa de Cuatro. Estamos haciendo los castings estos días en el hotel tal. Tú cantabas, ¿no? ¿Por qué no te pasas por allí?”

Como quiera que mi colega declina la oferta amablemente, el otro insiste, “Pues no te preocupes, que en un momento dado, si no entras en este te llamamos para Factor X, y si no para [no entiendo el nombre], que es en plan historias más humanas. El casting es el mismo”. Esto sucedió el pasado 30 de noviembre. El sábado 12 de enero hubo en el FNAC de mi ciudad otro casting, para Nuevas estrellas de la canción. Miro a mi alrededor, pongo la tele y veo castings, pruebas y audiciones por doquier. ¿Qué está pasando?

La idea del post me la ha dado el programa Sé lo que hicisteis, que inspirado a su vez por un periódico que traía como titular “España se va de castings”, ha sacado en su zapping un muestrario de lo peorcito/mejorcito de los últimos castings de la tele española. Y la cosecha es pavorosa: han puesto escenas del mencionado ¿Tienes talento?, Tú sí que vales (La Sexta), El rey de la comedia (TVE1), Somos la eÑe (Antena 3), Se llama copla (Canal Sur), Hijos de Babel (TVE1), Factor X (Cuatro). No ha mucho que nos deleitábamos con los de Supermodelo 2007 o Fama: ¡A bailar!, y… ya se está echando de menos un Operación Triunfo, ¿no creen? ¿Por qué edición irán ya? ¿Por la cuadragésima?

Por si esto fuero poco, YouTube nos ha permitido repetir hasta la saciedad los momentos más embarazosos de estos procesos selectivos, ¿cómo olvidar a la inconmensurable Silvia Padilla y su anti-hit “Ponte el cinturón”, auténtica suite lírico-musical al despropósito pop? (Creo que todavía la tengo en el móvil como tono de llamada). Por no hablar de momentos de televisiones extranjeras que sin YouTube nos hubieran estado irremediablemente vedadas, ese amodo de Shakira frotadiza del Factor X colombiano, o esa ancianita inglesa que le echó cojones nada menos que a Simon Cowell (el Risto anglosajón y cerebro detrás de Il Divo) porque se había reído del asesinato de una canción a manos de su nuera.

Hasta hace bien poco, los castings eran una cosa no vista, formaban parte de la trastienda y los entresijos del mundo del espectáculo, como los bocadillos del público o la firma de contratos. Algunos de los mejores momentos de la serie El séquito son los absurdos castings a los que acude Johnny Drama, por ejemplo. Pero alguien ha descubierto en ellos un enorme filón televisivo y no le culpo: los buenos (malos) castings resultan apabullantemente catárticos. A los artistas con talento ya los veremos lucirse en el programa en cuestión, pero ¿cómo privar a las masas de tan jugoso entretenimiento? Con lo democrático que resulta, además, que cualquiera tenga derecho a hacer el ridículo en nuestras pantallas…

Igual que Borges soñó con reunir un libro compuesto exclusivamente por los prólogos de otros libros, yo propongo que los señores de las televisiones se quiten de una vez la careta y confeccionen un programa hecho solo a base de los mejores (peores) descartes de otros espacios. Y si hay lágrimas, mucho mejor. Por cierto, los pantalones que me compré en Springfield, por los que me soplaron más de 30€, no pasaron el casting: se rompieron antes cumplir un mes. “Muchas gracias. Ya le llamaremos”.
 
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