Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 11 de mayo de 2009

Chucherías posmodernas


Hay combinaciones de palabras (y por ende, conceptos) que son físicamente posibles pero que estoy seguro que Nuestro Señor Todopoderoso no las tuvo en cuenta cuando diseñó su Plan para nosotros. El concepto “error de Dios” le viene a uno automáticamente a la mente, noción que por otra parte constato que está apareciendo en mi vida más de lo que me gustaría admitir. El otro día me sorprendí diciendo una de estas frases-monstruo, que causarían afasia al propio Noam Chomsky: “He leído en El Mundo un artículo de Alaska advirtiendo a Paquirrín de que se van a reír de él en Sé lo que hicisteis”.

Podéis creerlo o no, pero esto existió el sábado pasado. Otra aberración lingüístico-conceptual me fue dado contemplarla la semana pasada: en busca de chuches me topé con una golosina del tamaño de un rotulador grueso envuelta en un llamativo papel que rezaba: “Manguera de chicle rellena de pica-pica”. Alguien menos avezado (y menos dado a las chucherías) que yo hubiese reculado ante tan claro signo del Maligno. Yo adquirí la descomunal golmajería. Donde otros ven una clara advertencia, yo una invitación.


Un compañero de trabajo sabio y cauteloso –testigo de la compra- me deja con una frase sabia y cautelosa: “La palabra manguera jamás debería figurar en el nombre de ninguna golosina”. Tampoco logró convencerme. Entonces resonaron en mi conciencia las palabras de un colega profesor de Filosofía: “En nombre del Posmodernismo se han sancionado demasiadas atrocidades. Nos dijeron que todo vale, pero es que no. Sandía con chopped, como que no”. La perspectiva de la ilusión cuando rasgué el envoltorio de la chuche obliteró por completo cualquier resquicio de cordura por mi parte.

Tampoco escarmenté cuando, fuera el papel, contemplé la chuchería desnuda en mi mano: enorme cilindro rojo de color desvaído, tal que otro compi de trabajo comentó de pasada “¿Te vas a meter un tampón en la boca?” Ni aún así. Primer mordisco y la tragedia ya estaba consumada, a mi cerebro no le dio tiempo de enviar la orden a mi mano de que se detuviera. Aquello era una soberana porquería, sin paliativos. Dulzor y acidez se mezclaron en mi paladar de forma inusitadamente torpe, la textura recordaba a aquellas gomas de borrar Milán de nuestra infancia y el conjunto proporcionaba unas sensaciones tan desagradables que parecía imposible que fueran fruto del azar.


No! Había una auténtica mente maestra del mal detrás de aquella chuche. “La palabra manguera jamás debería figurar en el nombre de ninguna chuchería”. Cuánta razón en tan pocas palabras. Cuántos atropellos en nombre del Posmodernismo. Aquella misma tarde compro en Huelva por na y menos un librito del que llevaba años detrás: Posmodernismo para principiantes (1996), de Appignanesi y Garratt.

La verdad es que este volumen me ha fascinado de siempre: se trata de una introducción de carácter divulgativo, ilustrada con viñetas y tebeítos, con textos escuetos pero rigurosos. Durante la carrera no me lo compré porque valía “un congo” y además me daba vergüenza que me vieran con esas lecturillas light, pero ahora, por dos euros y con lo mayor que soy, me suda que me vean con cualquier libro (con lo que uno ha sido…). Bromas aparte, recomiendo este libro a todo el mundo, la parte final está un pelín obsoleta, pero la exposición del tema es clara y rigurosa. Jamás se habló con tanto desparpajo de Lyotard, Derrida, Barthes, Kristeva, Fukuyama, Baudrillard, Marx, Foucault, Lacan… de manera que podría entenderlo hasta un niño de cuatro años.


Lo que me recuerda… ¡pobres infantes, consumidores target de la abominable manguera-golosina! Si aquello me pareció una porcata a mí, ¿qué a ellos? Precisamente la última frase que ha explotado en mi cabeza del descacharrante vídeo “Eso es así” es un soez piropo que suelta uno de los compadres al paso de una moza de buen ver, que le espeta: “¡Niña!... ¿Quiere shushería?” La nada inocente oferta de chucherías me retrotrae a esa canción nabokoviana (por no decir otra cosa) de Ray Davies, “Art Lover”, en la que un voyeur viejo verde tentaba a una prepúber belleza degassiana con unos caramelitos a cambio de un beso. Niña, ¿quieres chucherías? Mangueras de chicle rellenas de pica-pica no, desde luego.

martes, 13 de mayo de 2008

Oda al fla'


Lo he conocido por infinitos nombres, igual que vosotros. Se le ha dicho flag, flas, flash, flan, flax… pero es una de esas palabras que nunca deberíamos ver por escrito. Me estoy refiriendo a la “golosina líquida para congelar”, amigos, pues ese parece ser su nombre técnico. Por estos motivos me he decidido a llamarlo aquí fla’, -fla’ golosina, para más señas-, cada uno sabrá pensar el suyo.

Aparece cuando ya se presagia el verano, en mi vida este año lo ha hecho esta semana, con los calores espurios que nos asolan. Para el verano faltan aún un par de meses, pero ya lo es un poco más en nuestros paladares. Ya ha abierto la heladería de nuestro barrio, ya se han visto las tirantas, la manga corta y las sandalias (como bien reseñó el buen Migue en Baile Cadera). Ya han llegado al quiosco los fla’ golosina. Seguiremos comiendo puchero y potajes de legumbres porque somos muy brutos, pero lo alternaremos con el gazpacho y las ensaladitas. Y de postre, ese placer culpable, esa chuchería que tan buena transición hace al mundo de los mayores.

Modernamente lo compramos en un supermercado o gran superficie, en bolsas de a quilo o Dios sabrá, pero todo el mundo sabe que el fla’ hay que comprarlo en un quiosco de chucherías para que sepa auténtico. Nos tiene que quemar en los dedos (paradójicamente, pues está congelado). El fla’ fláccido de la macrobolsa de súper simplemente no vale. Está líquido, calentón, si lo abriéramos lo consumiríamos en un segundo, trae muy pocos centímetros cúbicos. Esto sería hacer trampa, igual que comer pipas peladas o sandía sin pepitas. No vale. El fla’ hay que trabajárselo, sufrirlo, esperar a que se derrita lo justo para poder pegarle un sorbito. Solo así la dulce recompensa merecerá la pena.

El fla’ se compra en quiosco, igual que se compraba en la niñez. Entonces costaban un duro (5 pesetas, ¿las recordáis?) y luego pasaron a costar dos. También había unos fla’s absurdos, de tres duracos, más grandes y con forma de rectángulo. Estos eran más grandes y más golosos, pero a la larga constituían una aberración. El buen fla’ es alargado, fino, una especie de fusta o de varilla de color cubierta de escarcha. Derretirlo con los dedos, con un masaje, y esperar a que se pueda beber un poquito. Repetir la operación hasta que irremediablemente quedaba el residuo: el esqueleto de fla’. Esa especie de bloque incoloro de solo agua ya, una vez sorbidos los colorantes y los sabores, auténticos vampiros del fla’.

Primero darle un bocado al plastiquito (otra aberración: cortarlo con tijeras; pierde el encanto y además de chupar te salían cortes a ambos lados de la boca en plan Joker o La ciudad de la alegría), luego, notar el sabor. Hablando de sabores, en mi época los fla’s los había de fresa, naranja, limón y coca-cola. Cada uno teníamos nuestro favorito, que nunca resultaba ser el de limón. ¿Por qué lo seguían fabricando? Cuando el quiosquero tenía mucha faena no se podía escoger sabor, había que aguantarse con el primero que te tocaba. A mí siempre me salían de naranja o de limón, los menos preferidos.

Con el tiempo aparecieron nuevos sabores: piña, melocotón (sospecho que en realidad eran el mismo, los dos tenían igual aspecto), cereza, lima, un dudoso sabor de color azul… Pienso que el fla’ era más informal que el polo, y también más coqueto. Gustaba de vestirse de más vivos colores (el polo, ya se sabe… salvo el Twister de Frigo). Su hermano mayor el Calippo envidiaba al fla’ su flexibilidad, las gominolas su frescura. Las pipas y los quicos jamás pudieron competir contra el rey del quiosco en verano.

Veo que los niños de ahora siguen consumiendo fla’s, y eso me tranquiliza. Sin embargo no he tenido cojones de encontrar una foto de un fla’ golosina para ilustrar este post. Han aparecido en el mercado nuevos productos en plan porqueriíta líquida, como esos botellines o cantimploras misteriosos. La verdad es que no me decido a probarlos, y eso que sigo siendo bastante de chuches. Pero el fla’ siempre tendrá un lugar en mi nevera, o más exactamente, entre mis dedos congelados.
 
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