Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

miércoles, 16 de abril de 2008

Vuelve Muchachada


Hoy no he tenido un día especialmente bueno, así que me hacía falta reírme un poco (por cierto, el guiso de ayer, tras veinte minutos en la olla express se pudo salvar y estaba muy rico). Qué mejor ocasión para echar unas risas que celebrar el regreso a nuestras pantallas (La 2, Miércoles a las 23:15) del programa Muchachada nui, un favorito personal.

Se trata de la segunda temporada de un programa del que ya se habló en este blog, han estado unos seis meses de paro biológico y yo creo que les ha venido bien, porque han vuelto con muchísima fuerza. La vuelta tuvo lugar el miércoles pasado (presentado por Condoleeza Rice) pero no lo pude ver por encontrarme de juerga con mi novia y amigos (tampoco estaba en el dentista, no me quejo, ¿eh?). Como la fiesta se desarrollaba al lado de donde vivo, albergué la idea de escaparme durante la media hora que dura el espacio, verlo y reincorporarme al sarao, pero mi novia me disuadió amablemente.

Loado sea San YouTube, al día siguiente encontré (loncheado) el primer episodio de la nueva temporada y la verdad es que me partí viéndolo. Ahora acabo de ver el de hoy, el segundo episodio ha estado presentado por Quentin Tarantino –en realidad por todo el elenco de Pulp Fiction- y su parodia de la famosa peli galardonada en 1994 con la Palma de Oro de Cannes me ha parecido una de las mejores cosas que ha hecho esta familia en toda su vida artística.

Hace poco me regalaron el DVD con los mejores momentos de las cinco primeras temporadas de La hora chanante (obra maestra entero, pero es como intentar resumir El Quijote en un post-it con letra del 12). LHC sabéis que es el programa padre (nada que ver con Hacienda) de Muchachada nui, hay una continuidad entre ambos, y he podido comprobar cómo el formato del programa y su estructura se han ido sofisticando con el tiempo y, a mi juicio, mejorando.

Al principio se trataba de meros sketches unidos por unas cortinillas de entrevista extendida al personaje “presentador” pero poco a poco los intersticios se han ido convirtiendo en verdaderos sketches de humor por derecho propio, con un guión cada vez más sofisticado. En el episodio de hoy, por ejemplo, el hilo conductor era una disparatada transliteración de Pulp Fiction, y cada escena del programa se correspondía con una escena de la peli. Si esta película tiene de por sí un guión montado a pellizcos, los chanantes han aprovechado esta circunstancia para parodiar salvajemente todos los manierismos de Tarantino en un graciosísimo ejercicio de metaficción.


En especial los diálogos, que han pasado a la historia como genialoides (“¿Sabes cómo llaman en París a la Cuarto de libra con queso? ¿No la llaman Cuarto de libra con queso?”)… pues se han cachondeado de su vacuidad, y también de lo ridículo que suenan en español los tacos con que QT salpimenta sus pelis. El paroxismo de este estilo de la nada verbal lo vivimos con la reciente Death Proof (2007), en la cual el uso gratuito de palabras malsonantes rozaba la vergüenza ajena. “Déjame decirte tres jodidas cosas, jodida amiga: nunca, pero jodidamente NUNCA llames australiano a un jodido neozelandés”, y de ahí para arriba (las otras dos “cosas” también incluían la palabra fucking).

Y os lo dice con pena un hipermegafan de Tarantino, devoto de Jackie Brown (1997), de las dos Kill Bill (2004) y defensor a ultranza de su arte. Pero volviendo a Muchachada nui, lo que más me fascina es el éxito “de culto” que está alcanzando el programa. Pienso que de frikada internáutica ya ha pasdo a estar rozando los bordes del mainstream o cultura mayoritaria. El otro día, la página de MSN (mi portal de inicio) publicitaba “My mother” (con las rodillas in the guanter) como uno de sus vídeos destacados, junto a los éxitos de Michael Jackson o los “Consejos para ligar”. Recordemos también que la muchachada intervino en la pasada gala Salvemos Eurovisión, en la Primera Cadena.

Durante el último mes he tenido varios encuentros con gente que, insospechadamente, han resultado ser seguidores acérrimos de este gamberro programa y conocer de memoria sus canciones, frases, sketches y latiguillos. Y me consta que más de uno y más de dos lectores de Estatuas también lo sois, tunantes. De manera que, estaros al sopesquete, porque la nueva temporada de Muchachada nui apunta buenísimas maneras.

martes, 15 de abril de 2008

Cocinando con los Who


Mi ajetreada vida social me lleva a tener que cocinar rápido, rico y barato. Para ello desempolvo una vieja receta familiar. ¿Cocinar? Con música siempre, de manera que pienso en el grupo más nutritivo que conozco: The Who, e interpreto una versión mod-psicodélica del “Cerdo a la sidra”.

Ingredientes (para 4 personas):

-Un CD Magic Bus de The Who (1968)
-600 gramos de carne de cerdo para estofado (también se puede con filetitos de solomillo)
-300 g de champiñones limpios en láminas
-2 ó 3 cebolletas medianas
-Un puñado generoso de aceitunas
-Una lata (33 cl.) de sidra
-Un chorreoncito de aceite de oliva
-Sal y pimientas blanca y negra al gusto

En primer lugar se reproduce el disco de los Who, recopilación de rarezas-singles-canciones sueltas que no puede ser considerado un álbum propiamente, pero que aporta algunas piezas fundamentales de su discografía como “Magic Bus” o “Pictures of Lily”.

En una sartén honda u olla se echa el aceite y cuando esté bien caliente se pone el cerdo, salpimentado, hasta que se dore un poquito. Se retira la carne y se aparta. A continuación se echa la cebolleta picada fina, y se marea en el aceite hasta que se ponga transparente.

Se aprecia cómo en el disco coexisten piezas verdaderamente psicodélicas (“Disguises”, “I Can’t Reach You” o la embrionaria “Our Love Was, Is” –que apareció luego de otra manera en el The Who Sell Out-) con otras cancioncillas absurdas tipo novelty (“Dr. Jekyll & Mr. Hyde”, “Bucket T.”).

Pensando que a veces The Who copiaron lo peor de los Beach Boys, se añaden los champiñones en láminas y se remueven con la cebolleta para que se hagan un poco. Se añade un buen puñado de aceitunas (al gusto) y se escucha atentamente el tema que da título al disco: “Magic Bus”. Entonces se vuelve a echar la carne de cerdo y se agrega el contenido de una lata de sidra. Previamente se ha comprobado el punto de sal a los acordes del temazo “Doctor, Doctor”, de John Entwistle.

Se deja hervir hasta que se consuma la mayor parte del líquido (la receta original decía 10 minutos, yo lo tuve más de 20). Si es necesario –y si nos quedan fuerzas tras extasiarnos con “Pictures of Lily”- se vuelve a dar a Play para escuchar el CD de nuevo. Tras seis o siete canciones, el plato estará listo para su degustación, en óptimas condiciones de temperatura y psicodelia.


Et… le voilà: Cerdo à la Who. ¡Ay, no puedo sino pensar que, de haber conocido los Daltrey, Townsend, Moon y Entwistle esta receta, no hubiesen cenado todas las noches esas lamentables alubias con tomate Heinz.


(Os ha molado el post, ¿verdad? Pues atentos que ahora viene lo mejor. Después de escribirlo me voy a cenar y resulta que… ¿recordáis lo de “también se puede con filetitos”? Pues al parecer la receta tiene que hacerse con filetitos. De otro modo, si lo hacéis con taquitos de carne como yo, sería necesario muchísimo más tiempo de cocción, usar una olla a presión… en fin. Resulta que pruebo el plato y la carne está hiperdura, absolutamente INCOMIBLE. Total, que al final fui yo el que tuve que cenar las beans Heinz de lata. Por guay. La próxima vez cocino con Vainica Doble de fondo, coño.)

lunes, 14 de abril de 2008

Oda a la croqueta


Hoy os traigo un tema que espero no dejará impasible a ninguna persona con alma (y con estómago). Os lo traigo calentito como una buena fuente de croquetas.

Hablemos de cosas serias, las croquetas se dividen en dos tipos solamente: las buenas y las malas. Todo lo demás es tontería. Por supuesto que la clasificación es arbitraria y que cada uno sabe o sabrá cuáles caen en qué bando. Las conocemos de jamón, de puchero, de cocido, de espinacas, de patata, de roquefort, de pescado, y esas que hacía mi abuela cuando la pobre se quedaba sin carnaca: con bechamel solo. También están trillones de variantes nuevas surgidas al calor de los fogones de la Nueva Cocina. Serán de escamas de esturión, de regaliz o de esperma de cisne, pero para mí si saben ricas, son buenas croquetas.

Vaya por delante que yo esta palabra la pronuncio cocreta –aun en los círculos más finos-, que me gusta más, y que ahora estoy haciendo un enorme esfuerzo para escribirla aquí correctamente. En francés se llaman croquette y en inglés (o sea, en francés) también croquette. En Holanda son inmensamente populares, tanto que ciertos establecimientos de comida rápida las dispensan en máquinas como el tabaco.

Todo esto lo cuento para atestiguar su universalidad y su vigencia en nuestros paladares. La croqueta se aprende en casa, como la lengua materna o los primeros modales. Momentos de carestía estudiantil o soltería nos empujan a la bolsa ultracongelada de Findus o similar (que tire la primera piedra…), pero siempre tendemos a las caseras, cual asíntotas croquetiles.

Saber hacerlas es una suerte, los que hacen buenas croquetas las pregonan orgullosas. Hoy mismo me ha dicho una compi en el trabajo “Pues a mí me salen estupendas”. Eso hay que demostrarlo, amiga. Parecen un plato absurdo o poco elaborado, a menudo caen en el reino de las tapas o de los aperitivos previos: ¡craso error! Comer tapas de croquetas es fantástico pero desterrarlas del menú se considera un pecado de lesa bechamel.

Las de mi madre -por descontado- son las mejores, pero yo, como joven moderno y autosuficiente, aspiro a dominar su técnica algún día. Las he probado muy buenas en distintos bares, también las he comido malas en otros. Durante la pasada semana ha dado la casualidad de que las he probado de varias clases en diferentes sitios, y en uno de ellos debo decir que eran de las mejores que había tenido la suerte de zampar en años.

Las buenas croquetas (por crear un poco de polémica, que sé que os gusta) son las firmes, crujientes, calentitas, consistentes sin ser apelmazadas… y estoy hablando solo de la textura. Las malas croquetas son las mal liadas, mal fritas, aceitosas, chuchurrías, tristes… ¡la croqueta tiene que ser alegre, pardiez!

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar bandejas humeantes después de una boda. He visto croquetas dorarse en la oscuridad cerca de la Portada de Feria. Todas esas tapas se perderán en el tiempo como aceite en la freidora. Es hora de comer…

domingo, 13 de abril de 2008

La magdalena de Kurt


Ocurrió este viernes. Ahora se verá. Como diría Arrabal, ustedes conocen mejor que yo la historia de Marcel Proust y la magdalena. Sí, hombre, eso que cuenta al principio de su amenísima obra En busca del tiempo perdido I: Por el camino de Swann (1913), de que resulta que no se podía acordar de su infancia en Combray. Hasta que de pronto le da por comerse un bollito mojado en té y al percibir su sabor le vino en torrente todo el caudal de recuerdos que le dieron para escribir nada menos que siete novelas.

Y esto es así por la asociación de sensaciones, resulta que Marcelito no tomaba magdalenas con té desde la niñez, y al recobrar la percepción del bollo años atrás su mente desalojó los recuerdos de la pretérita época.

Hablando de todo un poco, el viernes acudí a FNAC con el sano propósito de adquirir en vinilo el disco Appetite for Destruction (1987), que recordaba haber visto en otras visitas a la tienda. Pero está más que comprobado que en temas de compras no se puede dejar nada para luego. Llego el viernes a la sección de vinilos y –claro- el disco no estaba. Luego, para darme la puntilla escuché una conversación casual entre dos jovenzuelos, él decía “¿Guns n’ Roses, no te suena el nombre?”. Ella negaba y le preguntaba “¿Cómo dices que se llaman?” “Guns n’ Roses”. Tuve que bajar la cabeza con pesadumbre.

Pero hete aquí que hubo un disco que sí vi y que no esperaba encontrarme. Su portada –que por demás, no deja indiferente a nadie- me saltó al ojo como el sustituto perfecto a lo que andaba buscando. Era nada más y nada menos que el In Utero (1993) de Nirvana. Lo compré (ya lo tengo en CD pero, ¿quién se priva?) y en cuanto llegué a mi casa me puse a escucharlo. No es que no lo hubiera vuelto a escuchar desde los noventa pero seguro que nunca repanchingado en un sofá y con unos auriculares tan buenos.

Y entonces se obró en mí –oh, milagro- un proceso semejante a lo que le ocurrió a Don Marcel con su magdalenita. De golpe y porrazo se me vino encima todo el año 1993 (tenía uno quince añitos, que está hasta feo decirlo). Me acordé de mi amigo diciendo que la música de Nirvana era “preciosa” (a mí me parecía ruido). Me acordé de las infinitas veces que fui al Virgin Megastore a escucharlo en la tienda y de cómo no lo aguantaba y dejaba los cascos en la primera canción por parecerme demasiado estridente. Me acordé de cómo me fui forzando poco a poco a soportar esa canción, en lo que llegó a convertirse en un placer culpable.

Me acordé de la primera vez que escuché la canción “Heart Shaped Box” por la radio, que pensé “¿Esto está permitido?” También de ver el videoclip en la MTV, en el programa de Beavis and Butthead. Recordé mi viaje a Londres de aquel verano y también muchas otras cosas que me ocurrieron en 1993.

Vi las últimas elecciones que ganó Felipe González, vi cómo se hablaba de crisis económica por todas partes, reviví las odiosas mañanas de 1º de BUP, volví a la habitación de otro colega que se compró el libro de las partituras de In Utero para guitarra, y cómo yo me quedaba ronco tratando de cantar “Frances Farmer Hill Have Her Revenge On Seattle”. Vi la letra de “Rape Me”, que me aprendí de memoria (y la de “Serve the Servants”, “Dumb”, “Penniroyal Tea”, etc). Vi a un niño a punto de dejar de serlo, cuya Santísima Trinidad musical de Beatles, Rolling Stones y Queen se le empezaba a tambalear.

Vi otra vez Atrapado en el tiempo (con Bill Murray), vi una clase de Lengua Española en la que me hicieron leer a Cortázar, y a Eduardo Mendoza, y a los Nueve Novísimos. Vi mis clases de Inglés de por las tardes, entre cuchicheos, comentando emocionados La lista de Schindler.

Entonces, de sopetón, aquel Aleph sonoro se paró en seco: se había terminado la Cara A del disco. ¡Bendito vinilo, que había que darle la vuelta! (como bien pregonaban los Payasos de la Tele). Me levanté, giré el disco y me dispuse a sumergirme en el resto del banquete. Ni magdalenas, ni galletas, ni leche migá. Aún me quedaba toda la Cara B del In Utero para regresar a 1993.

sábado, 12 de abril de 2008

La Generación del 36


“¿Tienen ustedes zapatos del 36?” “Lo siento, señora, pero de antes de la Guerra no nos queda nada”. No veas cómo estamos con la Guerra Civil española. Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, la Virgen María, etc, etc. Cada año mínimo tres pelis del tema (ahí estamos esperando Los girasoles ciegos by Azcona), y ya andamos rescatando episodios marginales: que si nosécuántas mujeres fusiladas, que si el abuelo de un escritor fusilado… del número de novelas ya ni hablo, e incluso videojuegos se están haciendo, como ese de Sombras de guerra (2007).

Mientras tanto, no se ha hecho ni una sola película seria que aborde las grandes batallas del conflicto (¿no hay presupuesto? ¿no hay voluntad política porque eso no vende tanto como las fosas de la Memoria Histórica?). ¿Cómo estaría una superproducción (a escala nacional) sobra la Batalla del Ebro o el intento de toma de Madrid? Culos y tetas fijo que saldrían (cine español, ya se sabe), pero igual también salía algo bueno, en plan Salvar al soldado Pérez.

Hoy no quería hablar de cine sino de literatura, de poesía concretamente. Me encanta la literatura de guerra y sobre guerra (ya os lo dije), y sobre todo me gusta la poesía escrita durante los conflictos. El libro al que me refiero se llama La Generación de 1936: Antología poética (Cátedra, 2006), y no es exactamente una colección de poemas de o sobre la guerra ni escritos por soldados, aunque tiene algo de eso. Se trata más bien de un intento serio de poner en el mapa a una generación de creadores agrupados en torno al “desastre total” de la Guerra española como hecho aglutinante.

Ojito con las generaciones. Acrisoladas en España están ya las del 98, del 14, del 27 y del 50. Pero el término “generación” es polémico por sus connotaciones biológicas, y nunca falta quien prefiera los de “promoción” o “grupo poético”. Todo esto me da igual. Para efectos de este post admito la etiqueta “Generación del 36” aunque solo sea porque repara una injusticia histórica. El que quiera un profundo (y bastante pedregoso) ensayo sobre la conveniencia o no de llamar así a este grupo, o de si tal grupo existió siquiera, que se lea la “Introducción” al volumen a cargo de Francisco Ruiz Soriano.

¿Quiénes se incluyen en esta Generación? Pues autores cuyas vidas y obras florecieron en torno a los años de la Guerra Civil. En el bando rojo tenemos a Miguel Hernández, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano Plaja, María Zambrano, Rafael Dieste o Germán Bleiberg (represaliados, exiliados, intelectuales republicanos, tenientes del Ejército Popular...). En el bando facha tenemos, por ejemplo a Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Álvaro Cunqueiro o Camilo José Cela (profesores, periodistas, voluntarios de la División Azul, propagandistas del gobierno de Burgos, censores…).

La antología tiene el buen gusto de no trazar trincheras ideológicas, simplemente presenta la producción literaria de estos intelectuales de ambos bandos, jóvenes todos con distintas visiones sobre España, la vida, el trabajo, Dios o el mundo. Desgraciadamente, una de las visiones se impuso sobre la otra de manera muy violenta, y ya que cada uno cargue con su cruz. Es curioso cómo en los primeros tiempos muchos de estos intelectuales luego enfrentados por la Guerra (y se supone que enemigos irreconciliables) fueron amigos y coincidieron en torno a figuras como César Vallejo, Pablo Neruda, José Bergamín o Alberti.

Confieso que el libro no lo he leído entero (son 482 páginas, 41 autores antologados), esta es una obra más para irla desgranando poco a poco que para zampársela de un tirón. Lo compré hace un año y he leído partes, de vez en cuando vuelvo a él y descubro cosas nuevas. Por eso lo recomiendo, porque me parece una buena inversión y como dije antes, la reparación de un hueco que había en la poesía española. No son los chicos del 27, no son los airados comprometidos de los cincuenta. Es la Generación del 36, los “umbríos por la pena”.

viernes, 11 de abril de 2008

¡Ah, el dulce Mateo!


Este post está dedicado a todos los que me decís que aunque no os interese el tema del día, leéis mi entrada igual. Vosotros sois Estatuas.


“¿Cómo conociste a Matthew Sweet?” –me pregunta el otro día una amiga que jamás ha oído hablar de él. Voy a contestarle y de pronto me quedo en blanco. La cosa se pierde en la noche de los tiempos, no sé de cuándo me viene la afición por este cantante. Otra pregunta más fácil: “¿A qué suena?” “¿Conoces a Teenage Fanclub?” “Mh-mh”. “¿A The Posies?” “Mh-mh”. A lo mejor no era tan fácil.

Hace muchos años que me gusta el pop-rock bonito, el de guitarras y armonías vocales. ¿Lo llamamos power pop? ¿Pop alternativo? También lo llaman “pop contemporáneo” o “pop adulto”. Para mí son canciones, que luego mis colegas músicos me riñen por ser tan enciclopedista con las etiquetas de los estilos. Supongo que por Teenage Fanclub (creedlo: hubo un tiempo en que fueron famosos) conocí a The Posies, y por estos me llegaron nombres como Big Star o Matthew Sweet.

Realmente no tuve nada suyo hasta que en Inglaterra un compañero americano de residencia me regaló un recopilatorio. Él cantaba y tocaba, pero le iba más el reggae y el rap. Compró el Time Capsule: The Best of Matthew Sweet 90/00 (2000) y lo flipó, claro: “Iba a tirarlo a la basura, ¿tú lo quieres?, quédatelo”. Y entonces lo flipé yo, pero en el buen sentido. Creedlo: hubo un tiempo en el que Matthew Sweet también fue famoso, salía en la MTV y sus álbumes eran Disco de Oro en USA. Recuerdo que en la novela de Bret Easton Ellis Glamorama (1998) los personajes bailaban en una disco de moda al son de su tema “Sick of Myself”.

La canción por la que probablemente Sweet pase a la historia sea “Girlfriend”, de su disco homónimo de 1991. Dice All Music Guide que todos las grabaciones de power pop de mediados de los noventa en adelante tienen una deuda no reconocida con ese álbum. A mí “Girlfriend” en concreto me impactó tanto que he llegado a escribir un cuento inspirado en la canción. Tampoco se puede olvidar su disco 100% Fun (1995), pero hoy quisiera romper una lanza por la parte de su obra menos conocida y menos valorada.

Empiezo por sus dos discos de los ochenta, Inside (1986) y Earth (1989). Estos suenan muy diferentes a el rock alternativo que se haría en los noventa, son más cercanos al llamado jangle pop (o sea, pop de guitarra deudor del sonido sesentero de Beatles o Byrds, sin tanta distorsión). La producción, como muchas de aquellos años, da un pelín de miedo, pero superado este escollo se encuentra uno con un par de disquitos repletos de buenas composiciones. Para que os hagáis una idea, suenan un poco como sonaban R.E.M. por aquellos años (antes del Out of Time, 1991).

Otro disco que la crítica no ha santificado es el Blue Sky On Mars (1997) -el título está sacado de Desafío total, ¿no?-. Se supone que tras su trilogía alternativa-power de Girlfriend, Altered Beast (1993) y 100% Fun Sweet bajó el listón, al entregar un álbum más reposado, en el que no sé exactamente dónde está el problema. Para mí es un disco divertidísimo, en el que predominan los rocks moderados y los medios tiempos (el territorio más propicio para Matthew Sweet: sus baladas sin embargo aburren a las ovejas). Líricamente Sweet no pasará a la historia, sus letras tiran del repertorio clásico del rock: me voy a Los Ángeles, mi chica es malvada, ya te olvidé, etc, pero pienso que en este álbum las melodías mantienen un nivel increíblemente bueno, y el trabajo de guitarras no es desdeñable.


Por último quería hablar de su último trabajo (¡qué cartesiano soy, cojones!). Under the Covers, Vol.1 (2006) –el título es un juego de palabras: covers en inglés significa “sábanas” y “versiones”- es un esfuerzo conjunto realizado con Susanna Hoffs, la cantante de Bangles. ¿Os acordáis de Bangles? Otras históricas del jangle pop, que sin embargo pasarán a la historia por versionar a Prince, cantar “Eternal Flame” y bailar en un videoclip imitando a los egipcios. Este disco no es que aporte mucho ya que se trata de una colección de versiones de “clásicos” de los años sesenta, eso sí pasados por el tamiz del power pop. El “Vol.1” nos hace soñar con ulteriores entregas, de momento la nómina incluía preciosísimas versiones de los Beatles, Beach Boys, Bob Dylan, Neil Young, The Velvet Underground, Love, The Zombies o The Who.

La semana pasada se montó en mi coche un amigo, músico profesional, y en la radio estaba puesto un disco de Matthew Sweet. “Oye, qué bien suena esto, ¿qué es?” Le conté y me dijo: “¿Esto pop? ¡Pero si tiene guitarras rockeras, los cambios de acordes propios del blues y el cantante suena como el de R.E.M.!” Sí, amigo. Y eso que no escuchaste las que suenan a folk-rock, y alguna que otra con un tufillo country. Todo con un denominador común: música bonita, música dulce. Dulce Matthew Sweet.

jueves, 10 de abril de 2008

"Estoy trabajando"


“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Libro del Génesis)

“A mi trabajo acudo…” (Antonio Machado)


Primicia mundial: el trabajo dignifica al hombre. A unos más que otros, porque también resulta que a algunos los embrutece. Hoy me voy a ir de Larra y a comentar ese vicio tan español de creerse con derecho a todo por el simple detalle de encontrarse uno realizando su trabajo. Me explico.

Un día cualquiera, te dispones a coger el coche para ir a trabajar. No es que vayas tarde pero cuentas con el tiempo justo, calculando lo que se tarda en recorrer el trayecto hasta tu centro de trabajo. Y tienes una reunión o algo así, o sea que debes ser puntual porque no es que puedas llegar media hora tarde y recuperarla luego. Vas a salir del garaje y –oh sorpresa- tapando la boca del vado te encuentras con una furgoneta gigante de reparto. No puede ser. Esperas un poco como un memo pero caes en la cuenta de que no se va a mover de ahí. De hecho pitas un poco y compruebas que dentro no hay nadie.

Sales de tu coche, miras dentro de la furgoneta: el freno echado. Maravilloso. Rodeas la imponente mole blanca decorada con sus pegatinas de Bimbo, Panrico o Aperitivos Frit-Ravich, estás cabreado, piensas en llamar a la poli, los minutos del reloj van pasando. Ya llegas tarde. Entonces aparece el gilipoyas de turno del repartidor, y antes de que puedas decirle nada e increparle por haber bloqueado un Vado Permanente y hacerte llegar tarde te suelta él a ti: “Es que estoy trabajando”.

Perdone, Vuecencia. Lamento haberme inmiscuido en su trabajo con mi sucio garaje destinado a impedirle a usted aparcar. Le pido mil perdones. A fin de cuentas, yo también iba a mi trabajo, pero ¿qué es eso comparado con sus quehaceres que le obligan a aparcar donde le realmente le sale de las narices?

Otro ejemplo. Vayamos al gremio del Taxi. Son maravillosos, lo que ustedes quieran. No llevan cinturón de seguridad y hablan por sus radios o con sus GPSs porque conducen mejor que el resto de los mortales. De acuerdo. Pero ¿también deben conducir como les dé la gana, cambiándose de carril sorpresivamente o haciendo mil tropelías? “Es que están trabajando”. Ahhhhh…. Pues señora, yo en mi trabajo debo cumplir todas las leyes y normas que regulan nuestra convivencia y que si me salto, me expongo a una denuncia, multa o lo que sea.

De la Policía Municipal ni hablo ya para no meterme en líos, pero sí voy a hablaros de los teleoperadores. Trabajan muchas horas, su salario es de pena y además deben aguantar clientes bordes. Es un trabajo muy malo, lo sé y lo respeto. Pero, ¿en qué manual de marketing viene que la mejor manera de captar clientes y de hacerles gastar dinero (contratando seguros, dándose de alta en servicios, comprando cosas) sea llamarles a la hora de la siesta? Ya, que la siesta no la duerme todo el mundo, pero todo el mundo sí come, gracias, y si está en casa entre 3 y 4 de la tarde… no hace falta ser un genio de las ventas para saber que a la gente no le apetece ser molestada a esas horas. “Oiga, es que estoy haciendo mi trabajo”. Pues yo también hago el mío, ¿sabe usted? He venido de él, acabo de comer y en un breve rato me vuelvo a ir, si a usted le parece bien.

Mucha gente te importuna por la calle, con encuestas, peticiones, entrega de publicidad, periódicos gratuitos. Están en su derecho, igual que yo estoy en el de rechazar amablemente sus ofrecimientos. “Es que están trabajando”. ¿No me digas? ¿Y eso les da carta blanca para enfadarse si yo no quiero perder mi tiempo con las cosas que me ofertan? Yo siempre los despacho con amabilidad, pero parece que eso les da más coraje todavía.

El acabóse de este fenómeno lo encontramos en mi querido mundo del periodismo. Me refiero solamente a los periodistas del corazón, reporterillos, paparazzi y demás. Madre mía, cuántos atropellos no se habrán cometido en nombre del “trabajo” periodístico de esas sanguijuelas. No me extraña que Ramoncín o Pepe Sancho (dos personajes que no me caen especialmente bien) se líen a piñas con ellos. Acosan a los famosos, famosillos y famosotes hasta la extenuación, y encima pretenden que les pongan buena cara y les den carnaza para sus programas. Y si el famoso no abre la boca la noticia es “Fulanito no quiere hacer declaraciones”, y ya tenemos relleno para media hora en varios programas de distintas cadenas de televisión.

Que no se le ocurra a una madre desesperada por tratar de que no graben a sus hijos o a un señor que simplemente no le apetece dar una entrevista pedir que les dejen en paz. “Solo estoy haciendo mi trabajo”. ¿Su trabajo es fastidiar a los demás? ¡Pues váyase al cuerno! Y ya me relajo, que parezco el Pumares.
 
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