Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 16 de diciembre de 2008

The Kinks, ¿eh?


El pasado 8 de diciembre tuvo lugar un mini-hito en el mundo discográfico. Por fin vio la luz (como dicen los cursis) una caja recopilatoria o box-set que antologiza la carrera del (sshh! que no nos oiga nadie) mejor grupo inglés de todos los tiempos: los Kinks. Esta caja, llamada Picture Book (2008), extrae material de las cuatro décadas de carrera del grupo: por primera vez se han puesto de acuerdo las –que yo sepa- cuatro discográficas de los Kinks a lo largo de los años para aportar canciones y dar al conjunto… pues eso, una visión de conjunto.

Siguiendo la tradición bien reseñada por Xabipop del box-set y el “autoregalo”, el viernes pasado me hice con la cajita, y tengo que decir que mi reacción ante ella ha sido un poco perpleja. Leí en la web de The Guardian que esta caja estaba muy bien (porque los Kinks están muy bien) pero que no se entendía a qué público iba dirigida. Para el fan acérrimo, la caja contiene una inmensa mayoría de temas que ya se conocen y se tienen, y su contenido en rarezas (maquetas, directos, tomas alternativas) es magro.

Para el oyente casual –expresión que me encanta, sacada de All Music Guide- la box-set supone tamaña abundancia de material que llega a abrumar, y aunque la disposición es cronológica, escuchar la caja entera (6 CDs, gracias!) nos garantiza una cantidad de morralla que nos puede estallar la cabeza. Para hablar de Picture Book, por tanto, no me queda más remedio que disociarme o esquizofrenizarme, para hablar de ella alternativamente BIEN y MAL.


BIEN: Con decir que en Picture Book vienen todas las canciones buenas de los Kinks ya estamos diciendo que merece muchísimo la pena. Tópicos aparte (los Kinks eran dos hermanos del Norte de Londres, Ray Davies se creía mejor que Lennon y McCartney juntos, inventaron el rock duro, inventaron el music hall, inventaron el chicle…) lo que nos queda de los Kinks son las canciones. El tema de este grupo es que entre 1964 y 1968 sacaron la que posiblemente sea la mejor racha de singles de toda la historia del pop, y luego en 1968 les dio por hacer discazos y no pararon hasta 1972. Y luego les dio por el teatro musical, y aunque se les fue la olla, hay muchísimo material salvable de esta época que es excelente (y está en la caja).

MAL: Quitémonos la careta, con el Village Green Preservation Society (1968) –cuyo concierto homenaje dio lugar a una sabrosa polémica “virtual”- y con un par de recopilatorios se puede uno hacer una excelente idea del legado de los Kinks. Si ya te gusta tener todos los álbumes y además te compras Picture Book, esperas un valor añadido. La verdad, no es la primera box-set que adquiero, y se han visto maravillas: esa serie de cajas Nuggets, con ensayos a cargo de Lenny Kaye, Greg Shaw o Greil Marcus, en especial esa reciente de San Francisco Nuggets (2007), con un cuidadísimo folleto de papel satinado lleno de fotografías de gran calidad. En esta box-set de los Kinks la presentación no es muy cuidada. Hay fotos chulas, pero pocas. El papel del libreto es endeble y la información interior, regulera y poco novedosa (básicamente dice que los Kinks eran dos hermanos del Norte de Londres, etc…).


MAL: Musicalmente, he hablado de “morralla” en el sentido de ciertas composiciones de las décadas de los 80 y 90. No sé si es justo o no, pero sí sé una cosa. Mientras que en los 60 y 70 los Kinks eran un grupo de referencia (hasta a los punks les llegó su onda), hace diez o quince años ya solo importaban a sus fans más incondicionales. Su prestigio no ha disminuido, me refiero a la relevancia de su música nueva. Además, si bien la caja Picture Book incluye algunos cortes descartados o “donados” a otros artistas y algo de prehistoria Kinks, uno echa en falta un verdadero trabajo arqueológico en plan Beatles Anthology (1995-96).


BIEN: No pienso acabar un post sobre los Kinks hablando mal de ellos (no sea que venga algún “juez virtual” y me ponga a caldo), el sabor de boca quiero reservarlo para la maravillosa música de los hermanos Davies. Varias de sus canciones se cuentan entre mis favoritas absolutas, y ellos como nadie me hicieron comprender que éxito y honestidad artística no iban de la mano en el mundo del rock. Solo con escuchar los tres primeros CDs de la caja Picture Book le puede a uno entrar jaqueca ante tantos y tantísimos temazos buenos. En conclusión, y por zanjar el debate: esta caja de los Kinks, ¿hay que tenerla? La kinkera respuesta es que ni sí ni no, sino todo lo contrario.

jueves, 10 de julio de 2008

Fardando con Sonny Clark


No me gusta repetirme con los temas en Estatuas Verdes, así que como anteayer se habló aquí del concierto de Bob Dylan y ayer de Operación Triunfo, hoy en cambio toca escribir sobre música.

No entiendo mucho de jazz, de hecho no entiendo nada, pero el poquísimo criterio que he podido llegar a tener me ha venido de la manera que considero más bonita: escuchando la música. Nunca he leído un libro sobre el tema ni me he documentado más allá de saciar la curiosidad que me despiertan las grabaciones que he ido descubriendo. Por ejemplo, a veces escucho algún tema de jazz que me gusta especialmente y digo “este es el estilo que me mola”. Va uno diciendo me gusta esto, y esto, y esto, y esto… cuando me quise dar cuenta daba la “casualidad” de que todo lo que me gustaba pertenecía al subestilo de jazz llamado hard-bop.

Leemos en All Music Guide que en el hard bop las melodías son sencillas, tienen “soul”, que hay influencia del gospel y que los pianistas y saxofonistas suelen sonar como si conocieran bien el rhythm and blues. Visto esto ya no es casualidad que me guste tanto: el hard bop (que además se desarrolló entre 1955 y 1970) es, dentro del jazz, lo más parecido al soul y al rock and roll. Cuando hablamos de hard bop estamos hablando de Miles Davis, John Coltrane, Sonny Rollins, Wes Montgomery, Art Blakey, Cannonball Adderley, Herbie Hancock, Horace Silver… casi nadie. Esta gente tienen cada uno más discos que la Pantoja y Manolo Escobar sumados (un disco de jazz se podía grabar en un día, así que calculad) pero todos en algún momento practicaron este estilo.


Otro nombre inmortal asociado al hard-bop es el de Rudy Van Gelder, ingeniero de sonido desde sus estudios de New Jersey, en Hackensack primero y en Englewood Cliffs finalmente. Para que os hagáis una idea, este joven (óptico de carrera y profesión) es el responsable de la grabación de prácticamente todos los discos de jazz de los sellos Blue Note, Prestige, Verve e Impulse! durante los años 50 y 60. A él le debemos haber captado con sus micros lo mejor de la obra de Miles Davies o de John Coltrane. Dicen los entendidos que el “sonido Van Gelder” se caracteriza por poder apreciarse claramente todos los instrumentos por separado. Doctores tiene la Iglesia…

Con estas coordenadas de hard-bop y Rudy Van Gelder me topo en una tienda con un disco de jazz muy rebajado. Me suena la portada, la habré visto en alguna lista antológica de cositas que hay que escuchar, aunque no reconozco a los músicos. El disco se llama Cool Struttin’ (1958) y está acreditado a Sonny Clark (piano), aunque también el trompetista, saxo alto, bajista y batería son auténticas lumbreras de la época (no pongo aquí la lista para no resultar tedioso pero la sección rítmica es la misma del Quinteto de Miles Davies).

En pocas (y no cualificadas) palabras: la música de Cool Struttin’ es maravillosa. El disco original son cuatro temas (tres de Clark, uno de Miles Davies), enriquecidos en esta reedición en CD con dos Bonus Tracks. A pesar de durar todos más de ocho minutos me sumerjo en ellos de un modo muy distinto a como lo haría con una canción pop-rock. Los temas largos me aburren soberanamente, los instrumentales también. La música clásica la trabajo poco por idénticos motivos (sé que es una incultura por mi parte)… entonces, ¿por qué me hacen sentir tan vivo estos temazos de jazz?


Las piezas de Cool Struttin’ están basadas en el blues (lo leo en el folleto, yo no sería capaz de darme cuenta). Me encanta leer las críticas de los entendidos, dicen cosas estupendas sobre los cuatros, los ochos, los acordes menores… no sé lo que significan pero sí sé que son los ingredientes mágicos que conforman una música que no te puede dejar indiferente. El título Cool Struttin’ podría traducirse por “pavoneo guay” o la paradoja “fardar sin dárselas de nada”. ¿Seré tan impresionista como para caer en el topicazo y decir que eso es exactamente lo que te hace sentir la música del disco, que te conquista sin darle importancia? Pues sí, está noche lo seré.

viernes, 6 de junio de 2008

Cerebro contra bajo vientre

Gran noche de rock and roll. Todavía resuenan en mi cabeza los ecos de un monstruo de dos cabezas: el concierto, primero, de Yo La Tengo y después de los New York Dolls. ¿Demasiado para el cuerpo? ¿Y qué me decís de la mente? Tengo que decir que disfruté mucho y también advertiros. No es mi intención aquí hacer la crítica de los conciertos. Para eso ya hay profesionales y además no tengo ganas. No soy fan de ninguno de los grupos, soy lo que All Music Guide tilda de “el oyente ocasional”. Mi intención es ilustrar algunas reflexiones que me asaltaron mientras veía el espectáculo.

Empecemos por el grupo de Hoboken, New Jersey. Sin ser fan sí tengo que decir que me compré su último disco, y tengo algunos más. El último lo pillé porque escuché unas canciones en Radio 3, y vi que sonaban más poperos que de costumbre. De normal Yo La Tengo me parecen ruidosos, pero tuve la suerte de verlos en directo hace diez años en Benicàssim y me resultó un espectáculo de lo más entretenido. Anoche no pensé igual, tras un par de canciones de más de diez minutos (o eso parecía) con frenéticos solos y apenas un par de acordes. Musicalmente no entro a valorarlos, estoy seguro de que son geniales. El problema es que yo voy a un concierto de rock a divertirme, no a sufrir.

No en vano All Music Guide apoda a Yo La Tengo como “critics’ darlings” (“favoritos de la crítica”). La suya es una música que se origina en un concepto muy particular del rock and roll. Pienso que el origen de este rock experimental podría trazarse hasta The Velvet Underground, y ciertas bandas psicodélicas. A la pericia instrumental se unen un gusto por el ruido, absoluta experimentación formal y tensión irónica entre el feísmo y el preciosismo (o sea, en una canción de diez minutos gritan y te agreden los oídos y en la siguiente de dos y medio sacan una flautita y una melodía deliciosa). Seguro que Yo La Tengo es uno de los mejores grupos del mundo, de los más sólidos y demás, pero para música así, interpretada además de modo solipsista (solo dijeron hola al público después de la quinta canción, y no volvieron a hablar) yo prefiero escuchar el disco tranquilo en casa, como si fuera uno de John Cage o Stockhausen.

Para mí Yo La Tengo no fueron divertidos, pero me da que en ningún momento pretendieron serlo, y eso está muy bien para ellos y sus fans. Hay, sin embargo, otro concepto del rock and roll más puro en cuanto que más ajustado a su idea original (no estoy diciendo que sea necesariamente mejor, ¿eh?). La idea aquí no es realizar música cerebral o intelectual, experimentando y enlazando con el jazz, los clásicos contemporáneos, etcétera. ¿Para qué surgió el rock? Aparte de para vender discos, surgió para excitar a la peña, para incitarlos a bailar, a tratar de enrollarse unos con otros y, en una palabra, para pasarlo bien.

New York Dolls ejemplifican –me parece- esta corriente llamémosla “hedonista” del rock. Solo muy de cuando en cuando surgen genios que aúnan las dos tendencias, caso de John Lennon, Brian Wilson, Prince o David Bowie. Los New York Dolls (o lo que queda de ellos: David Johansen y Sylvain Sylvain) fueron y son una banda de rock, y en el concierto que vi anoche no pretendieron hacer otra cosa. En mi opinión ofrecieron un espectáculo divertido, que conectó mayoritariamente con el público (a pesar del cansancio reinante). Vale, igual no se dejaron la piel sobre el escenario o ya no son tan pioneros como cuando los produjo Todd Rundgren, pero a mí me pareció que hicieron todo lo posible para divertir a la peña… y para eso habían cobrado.

Hubo división de opiniones entre mis acompañantes: algunos dijeron que era el mejor show de rock que habían visto en años y otros que les había parecido una pantomima penosa. Con Yo La Tengo las opiniones también oscilaron entre “genios” y “un coñazo”. Mientras tanto los New York Dolls facturaron esa especie de rock duro cuyos ingredientes son el punk, el rhythm and blues, el boogie sureño y el glam. Me recordaron mucho a cómo podrían haber sonado Guns N’ Roses dentro de diez años si hubieran seguido juntos (a lo mejor porque tocaron “Human Being”, que los GN’R versionaron en 1993). También tocaron “You Can’t Put Your Arms Around a Memory” en homenaje al primitivo New York Doll Johnny Thunders (¡coño, esa también la versionó Guns N’ Roses!), “Pills” de Bo Diddley (bien traída ya que el buen Diddley murió esta semana) y “Piece of My Heart” de Janis Joplin, además de sus propios clásicos.

Yo La Tengo también son mucho de versiones (beben de The Kinks o The Beach Boys) pero eso anoche brilló por su ausencia. Los New York Dolls hicieron dos bises, Yo La Tengo ninguno (ni ese detalle tuvieron). En fin, creo que ha quedado claro qué concierto me hizo vibrar más, pero no es culpa de los grupos, es que yo me inclino porque el rock sea divertido. Continuaré siguiendo a Yo La Tengo en pequeñas dosis, pero es posible que la evocación de su concierto de anoche nunca consiga arrancarme la sonrisa que me aflora al pensar en ese señor Johansen gritándole al público “¿Tenéis una crisis de personalidad?!”

viernes, 11 de abril de 2008

¡Ah, el dulce Mateo!


Este post está dedicado a todos los que me decís que aunque no os interese el tema del día, leéis mi entrada igual. Vosotros sois Estatuas.


“¿Cómo conociste a Matthew Sweet?” –me pregunta el otro día una amiga que jamás ha oído hablar de él. Voy a contestarle y de pronto me quedo en blanco. La cosa se pierde en la noche de los tiempos, no sé de cuándo me viene la afición por este cantante. Otra pregunta más fácil: “¿A qué suena?” “¿Conoces a Teenage Fanclub?” “Mh-mh”. “¿A The Posies?” “Mh-mh”. A lo mejor no era tan fácil.

Hace muchos años que me gusta el pop-rock bonito, el de guitarras y armonías vocales. ¿Lo llamamos power pop? ¿Pop alternativo? También lo llaman “pop contemporáneo” o “pop adulto”. Para mí son canciones, que luego mis colegas músicos me riñen por ser tan enciclopedista con las etiquetas de los estilos. Supongo que por Teenage Fanclub (creedlo: hubo un tiempo en que fueron famosos) conocí a The Posies, y por estos me llegaron nombres como Big Star o Matthew Sweet.

Realmente no tuve nada suyo hasta que en Inglaterra un compañero americano de residencia me regaló un recopilatorio. Él cantaba y tocaba, pero le iba más el reggae y el rap. Compró el Time Capsule: The Best of Matthew Sweet 90/00 (2000) y lo flipó, claro: “Iba a tirarlo a la basura, ¿tú lo quieres?, quédatelo”. Y entonces lo flipé yo, pero en el buen sentido. Creedlo: hubo un tiempo en el que Matthew Sweet también fue famoso, salía en la MTV y sus álbumes eran Disco de Oro en USA. Recuerdo que en la novela de Bret Easton Ellis Glamorama (1998) los personajes bailaban en una disco de moda al son de su tema “Sick of Myself”.

La canción por la que probablemente Sweet pase a la historia sea “Girlfriend”, de su disco homónimo de 1991. Dice All Music Guide que todos las grabaciones de power pop de mediados de los noventa en adelante tienen una deuda no reconocida con ese álbum. A mí “Girlfriend” en concreto me impactó tanto que he llegado a escribir un cuento inspirado en la canción. Tampoco se puede olvidar su disco 100% Fun (1995), pero hoy quisiera romper una lanza por la parte de su obra menos conocida y menos valorada.

Empiezo por sus dos discos de los ochenta, Inside (1986) y Earth (1989). Estos suenan muy diferentes a el rock alternativo que se haría en los noventa, son más cercanos al llamado jangle pop (o sea, pop de guitarra deudor del sonido sesentero de Beatles o Byrds, sin tanta distorsión). La producción, como muchas de aquellos años, da un pelín de miedo, pero superado este escollo se encuentra uno con un par de disquitos repletos de buenas composiciones. Para que os hagáis una idea, suenan un poco como sonaban R.E.M. por aquellos años (antes del Out of Time, 1991).

Otro disco que la crítica no ha santificado es el Blue Sky On Mars (1997) -el título está sacado de Desafío total, ¿no?-. Se supone que tras su trilogía alternativa-power de Girlfriend, Altered Beast (1993) y 100% Fun Sweet bajó el listón, al entregar un álbum más reposado, en el que no sé exactamente dónde está el problema. Para mí es un disco divertidísimo, en el que predominan los rocks moderados y los medios tiempos (el territorio más propicio para Matthew Sweet: sus baladas sin embargo aburren a las ovejas). Líricamente Sweet no pasará a la historia, sus letras tiran del repertorio clásico del rock: me voy a Los Ángeles, mi chica es malvada, ya te olvidé, etc, pero pienso que en este álbum las melodías mantienen un nivel increíblemente bueno, y el trabajo de guitarras no es desdeñable.


Por último quería hablar de su último trabajo (¡qué cartesiano soy, cojones!). Under the Covers, Vol.1 (2006) –el título es un juego de palabras: covers en inglés significa “sábanas” y “versiones”- es un esfuerzo conjunto realizado con Susanna Hoffs, la cantante de Bangles. ¿Os acordáis de Bangles? Otras históricas del jangle pop, que sin embargo pasarán a la historia por versionar a Prince, cantar “Eternal Flame” y bailar en un videoclip imitando a los egipcios. Este disco no es que aporte mucho ya que se trata de una colección de versiones de “clásicos” de los años sesenta, eso sí pasados por el tamiz del power pop. El “Vol.1” nos hace soñar con ulteriores entregas, de momento la nómina incluía preciosísimas versiones de los Beatles, Beach Boys, Bob Dylan, Neil Young, The Velvet Underground, Love, The Zombies o The Who.

La semana pasada se montó en mi coche un amigo, músico profesional, y en la radio estaba puesto un disco de Matthew Sweet. “Oye, qué bien suena esto, ¿qué es?” Le conté y me dijo: “¿Esto pop? ¡Pero si tiene guitarras rockeras, los cambios de acordes propios del blues y el cantante suena como el de R.E.M.!” Sí, amigo. Y eso que no escuchaste las que suenan a folk-rock, y alguna que otra con un tufillo country. Todo con un denominador común: música bonita, música dulce. Dulce Matthew Sweet.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Mi disco del año: Favourite Worst Nightmare


Arde Sheffield, arde Inglaterra, el mundo entero está en llamas. Llegan los Monos Árticos. Su música no es tan original. Esos riffs, esas referencias a correr delante de la policía, tienen un más que confirmado tufillo a The Clash. Al cantar exhiben un maleducado acento regional propio del punk. La mala leche que arrastran se la deben a los Smiths. Su actitud nos retrotrae a los Rolling Stones, su nivel de éxito a los Beatles. Y sin embargo…

Y sin embargo, por ejemplo, un pope de la radio española como es Diego Manrique dijo de ellos en El ambigú de Radio 3: “Por una vez, la nueva sensación de la música británica es precisamente eso, sen-sa-cio-nal”. Con menos de veinte años su primer disco batió records de ventas rápidas, sus primeros singles fueron número 1 en listas sin apenas promoción. Sobre todo el “boca a boca” y una publicidad internáutica tipo viral. Hace dos años ya se les presentaba como la Gran Esperanza Indie.

Pues bien, el 2008 está en puertas, y, volviendo la vista atrás podemos decir que la promesa se ha cumplido con creces. Esta primavera pasada los Arctic Monkeys dieron al mundo su segundo trabajo, el impecable Favourite Worst Nightmare. Este ha sido el disco de la confirmación, de despejar todas las dudas de que no nos encontrábamos ante un simple bluff. La crítica se ha deshecho en elogios, el New Musical Express, la web All Music Guide, las revistas Mojo, Billboard y Q le han dado todos como mínimo una nota de cuatro estrellas y media sobre cinco o un 9/10.

Personalmente, he elegido el Favourite Worst Nightmare como mi disco internacional del año (otro día diré el nacional) porque ningún otro disco me ha producido sensaciones ni siquiera parecidas. A lo mejor los ha habido más completos, mejor producidos, por supuesto que más bonitos, pero para mi gusto no más electrizantes. No voy a soltar aquí el topicazo de rock and roll en estado puro, pero lo cierto es que estas canciones tan cortas, tan energéticas, tan urgentes, representan lo mejor de la tradición, siendo como son lo último y lo más indie. Sus melodías son pegadizas, las guitarras suenan ruidosas pero precisas, los ritmos son bailables, la voz tiene el tono justo de chulería (vuelvo a The Clash, a Oasis, a los primeros Who), y las letras… merecen capítulo aparte.

Hasta quien no sepa inglés puede captar que hablan de rabia juvenil, de frustración, de ganas de comerse el mundo. Y además lo hacen de un modo humorístico pero sobrio y sorprendentemente gráfico (un ejemplo, de la canción “Brianstorm”: “No podemos quitar la vista de la combinación de camiseta y corbata/ ¡Hasta luego, innovador!”). Lo mismo te hablan de jugar a las grúas que dan premios en las ferias (“Teddy Picker”), que de ponerse un pasamontañas para cometer una fechoría (“Balaclava”). Tan pronto describen el amor entre una señora de mediana edad y un mozalbete (“Fluorescent Adolescent”) que te piden por favor que les partas la nariz (“Do Me a Favour”).

No me cabe duda de que estamos ante uno de los grupos de la década. Yo este año 2007 me quedo con el álbum de Arctic Monkeys, que además de provocar un terremoto mediático me ha hecho recordar las razones por las cuales me gusta la música en primer lugar: me han entrado ganas de saltar, cantar, bailar, morder, gritar… igual que me pasa con los Beatles, Elvis Costello o Nirvana.

 
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