Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 8 de enero de 2009

"Adriano ha llegado" (y II)


Dejando a un lado el dato enciclopédico sobre Adriano Celentano (aunque la última entrada no pretendía, ni de lejos, ser una exposición exhaustiva de su carrera), hoy quisiera centrarme en una suerte de autobiografía celentanesca, y contaros por qué la música de este hombre es tan importante para mí. En un comment al post anterior, la buena Karmen comentaba que actualmente en Italia Celentano es un dios, y pienso que no va desencaminada. Tened en cuenta que solo en 2008 este hombre ha sacado cinco singles de éxito, y doy fe de que cada vez que en Italia entré en una tienda de discos y pedía que me recomendaran algo bueno, el dependiente siempre pretendía venderme el último álbum de Adriano.

Mi primer acercamiento a sus canciones tuvo lugar a través del recopilatorio del que hablé ayer, que incluía creo recordar veinticuatro temas de los mejores, desde luego. Tendría yo doce o trece años, y durante años ese fue mi “canon celentanesco”, lo demás directamente no existía porque sería además imposible de conseguir. Con quince años un tío mío descubrió mi afición al cantante italiano y me prestó su single “Pitagora/A cosa sirve soffrire” (1960) que él guardaba como una auténtica joya. La verdad es que “Pitagora” es un originalísimo rock and roll que toma como base de su letra el teorema de Pitágoras y resulta bastante divertido. Si tenéis curiosidad buscadlo porque está en YouTube (lo cierto es que, a mi entender, cualquier canción rock que incluya la palabra “teorema” puede ser calificada automáticamente como obra maestra).


Ah, amigos, la adolescencia, ¡los años locos! Mi recién adquirida sensibilidad anglosajona me hizo descartar a mis viejos ídolos Antonio Machín, Aznavour, Mecano y por supuesto Celentano a favor de cosas como Simon & Garfunkel, Beatles, Queen o Rolling Stones. Para que os hagáis idea, hasta los 20 años no escuché nada que no fuera en inglés, me dio por ahí (una gran estupidez). Pero ¿a quién pretendía engañar? Cada vez que por H o por B sonaba en la radio o escuchaba donde fuese una canción de Adriano la verdad es que la apreciaba en lo que era, y ojo que este hombre tiene muchos temas ramplones (como Elvis) pero en su repertorio cuenta con al menos una docena de canciones que consiguen ponerme literalmente los pelos de punta, y ese nivel de emoción creo que no lo he experimentado con ningún otro artista, si acaso los Beatles.


Hace un par de años me encontraba escuchando en Radio 3 Flor de Pasión, el excelente programa del insufrible Juan De Pablos cuando un día le da por hacer un serial de toda la carrera de Adriano Celentano, exhaustivamente y en orden cronológico. Esto le llevó varios programas, claro, y excuso decir que yo no los pude escuchar todos, pero sí escuché lo suficiente como para darme cuenta de que tenía que profundizar en la discografía del artista. Yo tenía a Celentano por un Grande, pero pensaba que con un recopilatorio ya teníamos más que de sobra. Craso error. Con la de mierdas secas que compro y escucho a diario, pensé, ¿cómo es que nunca me ha dado por ponerme en serio a buscar los discos de este hombre?

Amazon.com fue la solución, e Internet mi fiel aliada para poner en orden la carrera de Celentano, del cual yo desconocía hasta el título de los LPs originales o un dato tan básico como de qué año era cada canción. Poco a poco me fui haciendo con todos sus álbumes entre 1966 y 1972. Lo anterior de su carrera lo he solventado con tres recopilatorios (hay demasiados singles y EPs, hubo un cambio de disquera… resulta un lío), y lo de después de 1972 francamente me da miedito. Pero si los Rolling Stones, los Kinks, Elvis y otros hicieron buena música en esos años, ¿por qué no va a ser bueno lo de Celentano? Antes o después esos discos irán cayendo.


Lo último que me he pillado ha sido Tutto Adriano 1958-1964 (2007), que pese al título no es todo lo que grabó en esos años para el sello Jolly pero sí una muy buena selección, sobre todo interesante por los singles, caras B y temas sueltos de EPs. Este verano en Italia me di un auténtico festín de música sesentera, y cayeron varios disquitos del buen Celentano. Entre ellos uno que la propia Amazon desistió de buscar y había dado por descatalogado pero que apareció en una tienda de un pueblo de Sicilia.

Uno de esos pedidos a Amazon, que realizó un lector cuyo nombre no revelaré pero diré para su oprobio que es fan de las ópticas, tardó tanto en llegar que a mí se me había olvidado. Al cabo de muchas semanas recibo al mediodía un críptico sms de mi amigo: “Adriano ha llegado”. Yo me quedé pasmado: enhorabuena, pero ¿quién es ese Adriano y a dónde dices que ha llegado? Claro que no era Adriano en persona quien había llegado (entre otras cosas, creo que cobra más de 6.000 euros solo por dejarse ver en un sarao), era su música, y desde entonces sus CDs me acompañan. Si no lo conocíais dadle una oportunidad y si ya sabíais quien era, cantad conmigo: “Azzurroooo, il pomeriggio è troppo azzurro e lungo per meeee…!”

martes, 16 de diciembre de 2008

The Kinks, ¿eh?


El pasado 8 de diciembre tuvo lugar un mini-hito en el mundo discográfico. Por fin vio la luz (como dicen los cursis) una caja recopilatoria o box-set que antologiza la carrera del (sshh! que no nos oiga nadie) mejor grupo inglés de todos los tiempos: los Kinks. Esta caja, llamada Picture Book (2008), extrae material de las cuatro décadas de carrera del grupo: por primera vez se han puesto de acuerdo las –que yo sepa- cuatro discográficas de los Kinks a lo largo de los años para aportar canciones y dar al conjunto… pues eso, una visión de conjunto.

Siguiendo la tradición bien reseñada por Xabipop del box-set y el “autoregalo”, el viernes pasado me hice con la cajita, y tengo que decir que mi reacción ante ella ha sido un poco perpleja. Leí en la web de The Guardian que esta caja estaba muy bien (porque los Kinks están muy bien) pero que no se entendía a qué público iba dirigida. Para el fan acérrimo, la caja contiene una inmensa mayoría de temas que ya se conocen y se tienen, y su contenido en rarezas (maquetas, directos, tomas alternativas) es magro.

Para el oyente casual –expresión que me encanta, sacada de All Music Guide- la box-set supone tamaña abundancia de material que llega a abrumar, y aunque la disposición es cronológica, escuchar la caja entera (6 CDs, gracias!) nos garantiza una cantidad de morralla que nos puede estallar la cabeza. Para hablar de Picture Book, por tanto, no me queda más remedio que disociarme o esquizofrenizarme, para hablar de ella alternativamente BIEN y MAL.


BIEN: Con decir que en Picture Book vienen todas las canciones buenas de los Kinks ya estamos diciendo que merece muchísimo la pena. Tópicos aparte (los Kinks eran dos hermanos del Norte de Londres, Ray Davies se creía mejor que Lennon y McCartney juntos, inventaron el rock duro, inventaron el music hall, inventaron el chicle…) lo que nos queda de los Kinks son las canciones. El tema de este grupo es que entre 1964 y 1968 sacaron la que posiblemente sea la mejor racha de singles de toda la historia del pop, y luego en 1968 les dio por hacer discazos y no pararon hasta 1972. Y luego les dio por el teatro musical, y aunque se les fue la olla, hay muchísimo material salvable de esta época que es excelente (y está en la caja).

MAL: Quitémonos la careta, con el Village Green Preservation Society (1968) –cuyo concierto homenaje dio lugar a una sabrosa polémica “virtual”- y con un par de recopilatorios se puede uno hacer una excelente idea del legado de los Kinks. Si ya te gusta tener todos los álbumes y además te compras Picture Book, esperas un valor añadido. La verdad, no es la primera box-set que adquiero, y se han visto maravillas: esa serie de cajas Nuggets, con ensayos a cargo de Lenny Kaye, Greg Shaw o Greil Marcus, en especial esa reciente de San Francisco Nuggets (2007), con un cuidadísimo folleto de papel satinado lleno de fotografías de gran calidad. En esta box-set de los Kinks la presentación no es muy cuidada. Hay fotos chulas, pero pocas. El papel del libreto es endeble y la información interior, regulera y poco novedosa (básicamente dice que los Kinks eran dos hermanos del Norte de Londres, etc…).


MAL: Musicalmente, he hablado de “morralla” en el sentido de ciertas composiciones de las décadas de los 80 y 90. No sé si es justo o no, pero sí sé una cosa. Mientras que en los 60 y 70 los Kinks eran un grupo de referencia (hasta a los punks les llegó su onda), hace diez o quince años ya solo importaban a sus fans más incondicionales. Su prestigio no ha disminuido, me refiero a la relevancia de su música nueva. Además, si bien la caja Picture Book incluye algunos cortes descartados o “donados” a otros artistas y algo de prehistoria Kinks, uno echa en falta un verdadero trabajo arqueológico en plan Beatles Anthology (1995-96).


BIEN: No pienso acabar un post sobre los Kinks hablando mal de ellos (no sea que venga algún “juez virtual” y me ponga a caldo), el sabor de boca quiero reservarlo para la maravillosa música de los hermanos Davies. Varias de sus canciones se cuentan entre mis favoritas absolutas, y ellos como nadie me hicieron comprender que éxito y honestidad artística no iban de la mano en el mundo del rock. Solo con escuchar los tres primeros CDs de la caja Picture Book le puede a uno entrar jaqueca ante tantos y tantísimos temazos buenos. En conclusión, y por zanjar el debate: esta caja de los Kinks, ¿hay que tenerla? La kinkera respuesta es que ni sí ni no, sino todo lo contrario.

martes, 14 de octubre de 2008

Tú a Londres y yo a Cosica


Sí, amigos. El viernes pasado quería haber publicado un post sobre una cosa que ya tenía medio escrita y que aparecerá próximamente en Estatuas Verdes pero entre pitos y flautas no me dio tiempo. Pensaba acabar el post advirtiendo que el domingo tampoco habría post porque este era un fin de semana largo, y yo iba a pasarlo a “un sitio que empieza por L y rima con Londres”, que diría Chris Peterson.

Como cantaba Petula Clark en Adiós, Mr. Chips (1969), “Londres es Londres”. También Wendy James nos dejó cantado aquello de “Londres es estupendo cuando llueve, todo el mundo refunfuñando y quejándose”, aunque en realidad eso se lo había escrito Elvis Costello, el que no quería ir a Chelsea (a pesar de haber visto la película). Don Costello es un erudito de Londres, en “London’s Brilliant Parade” nos recuerda “el bazar occidental al que solían llamar Oxford Street”, otros sitios de turisteo (Regent’s Park, Kensington, Camden Town) y también nombra zonas más castizas como Olympia, Hammersmith o Fulham Broadway.


Si de transitar por “las calles de Londres” se trata, Ralph McTell clavó su invitación en plan cantautor folkie, parece mentira que se esté refiriendo a la misma ciudad que cantaban The Clash, diciendo eso de que “Londres se hunde y yo vivo junto al río”. Ellos titularon todo un álbum London Calling (1979), también dijeron que “Londres arde” y nos hablaron de las “Pistolas de Brixton”. Aunque la violencia de los disturbios en Brixton quien mejor la retrató fue el poeta dub inglés/jamaicano Linton Kwesi Johnson.

Hablando de calles más conocidas, ¿cómo estaba aquel Gerry Rafferty con su tema “Baker Street”? Años después hubimos de comérnoslo como sintonía de un anuncio de tabaco Fortuna, con sus sempiternos solos de saxofón y todo. De Carnaby Street hablaron The Jam en su canción homónima, por no hablar de aquel “Dedicated Follower of Fashion” de los Kinks, sobre la moda en el West End. Se ve que les iba esta parte de la ciudad, porque en “Lola” hablan del “viejo Soho” y también le cantaron a “Denmark Street”. Por otro lado, le dedicaron un disco entero al norte de Londres (Muswell Hill, Holloway…)


Pero vamos, que si hay una canción que una a Londres con los Kinks ya sabemos todos que es “Waterloo Sunset”, sobre una estación de metro. El metro de Londres da mucho juego, que se lo digan a Paul Simon y su “Poem On an Underground Wall” o a los antes mencionados The Jam, que también le cantaron al hecho de estar en una estación de metro por la noche. Los Rolling Stones también la liaron parda en la capital inglesa, como en “Street Fighting Men”, en que proclamaban que el verano había llegado y era buen momento para pelearse en la “somnolienta ciudad de Londres”. Otras veces hablaron de Stepney o de Knightsbridge, y otro que habló de sitios londinenses pero de modo más pacífico fue el cantautor Donovan.

A este, como venía de Escocia, el tiempo en Londres debió parecerle maravilloso porque tildó a dos calles de “soleadas”: “Sunny Goodge Street” y “Sunny South Kensington”. ¿Cómo olvidar aquel temazo sobre Portobello Road que sonaba en La bruja novata (1971). Infinitamente mejor que el “Portobello Belle” de Mark Knopfler (al menos, menos muermo). ¿O aquella otra canción sobre las palomicas y la Catedral de San Pablo de Mary Poppins (1964)?

Se me podría ir la cabeza y continuar horas hablando de este tema: ahí estaba David Bowie recordando a las muchachitas que trabajaban en Bond Street, “Last Train to London” de la ELO, el tema “Berkeley Mews” de los Kinks, que se me olvidó antes, y en la última década “London” de los Pet Shop Boys (este último desde la perspectiva de los inmigrantes rusos), “London Loves” de Blur, “Mile End” de Pulp, “Greater London Radio” de Hefner… ¡basta!


Los últimos en sumarse al carro han sido Estelle con su “American Boy”, en el que muestra a Kanye West las delicias de Londres, Coldplay con “Violet Hill” (una calle cerca de Abbey Road, vía pública que por cierto dio título a un disco de los Beatles) y, como no, Duffy. En “Warwick Avenue” la galesa nos cita a la entrada de la estación de metro (otra vez el metro) de la línea Bakerloo de esta calle de la Zona 2...




Cuando Porerror despertó, seguía viviendo en Cosica.

martes, 2 de septiembre de 2008

Discazos

Permitidme un pequeño post musical, ahora que dizque se acaba el veraneo, y que todos hemos vuelto a trabajar y esas cosas. Música para oxigenar el cerebro y permanecer fresquito, que a pesar de estar ya en septiembre, por aquí no remiten los calores. Algún día os hablaré sobre mi teoría de música refrescante y música que da calor. Por el momento, baste saber que los dos discazos que os he traído hoy son de los veraniegos.


Cara A. Casualmente, además de la música más bonita que existe, la palabra inglesa pop quiere decir “refresco”. Nos llega aquí una golosina cuyo efecto es equiparable a que una persona muy querida te soplara en la carita. Me refiero a She’s About to Cross My Mind (2007), del duo Americano de power pop The Red Button. A estas alturas, decir que el power pop trata de emular los sonidos de los años sesenta es decir lo obvio, pero pocas veces se actualiza esto con tanta precisión como en este disco. Coordenadas: Beatles, Beatles y Beatles, circa 1965-66. Y no hay más. Bueno, si, la última canción, “It’s No Secret” es la única que se desmarca un pelín del resto, sonando más contemporánea, digamos, como unos Teenage Fanclub.

El disco se abre con un pepino titulado “Cruel Girl”, en el que desde las guitarras hasta el timbre de las voces nos recuerda a Lennon y McCartney. A ver, no se trata de una mera fotocopia, ni de (solamente) un ejercicio de nostalgia, pero estos grupos no se entenderían sin las referencias a las que aspiran parecerse. La canción que da título al álbum y otras como “Hopes Up”, que parece un descarte de Help!, nos retrotraen al año 1965 de una manera deliciosa. “Gonna Make You Mine” parece desentonar un poco a primera vista, por sus ritmos garajeros, pero nunca debe olvidarse que los Beatles no fueron ajenos al organito Vox y a pegar gritos.

Si os interesan estas cosas, leeréis que el disco es una muestra de Mersey Beat, lo cual es falso porque se trata de algo más elaborado, complejo y pulido (para entendernos, en 1965, los Beatles ya habían dejado atrás el estilo llamado “Mersey”, en referencia al río que baña Liverpool). Si queréis un marchamo de calidad –si no os fiáis de Porerror, vaya-, os diré que este disco fue votado como el mejor del año pasado por los críticos del foro Power Pop Action! Si queréis un piropo más impresionista, pensad que la canción más larga dura 3 minutos y 41 segundos.


Cara B. Si The Red Button encarnan a los Beatles cuarenta años después, The Hi-Risers serían todos los demás grupos de la década juntos. En efecto, su notabilísimo disco Once We Get Started (2008) bien pudiera calificarse de mini-enciclopedia de todos los estilos blancos del pop-rock de los 60. La pegatina del CD nos advierte en letras mayúsculas: NO COMPRE USTED ESTE DISCO… si no le gustan los Beach Boys, la Invasión Británica, el rock and roll americano y las melodías en general. Irresistible, ¿no?

Siendo power pop (o rock-pop, o pop-rock), The Hi-Risers no suenan tan jodidamente retros como los mencionados antes The Red Button. Estos hacen una música que parece levemente más moderna. Pero anclada en la tradición, qué duda cabe. A los estilos o géneros citados en la pegatina yo añadiría el rockabilly de “She’ll Be My Ruin”, el country Bakersfield de “18 Wheels of Love”, el rhythym and blues blanqueado de “Hole In My Heart” o el sonido chicle de “Boom Chicka Boom”. Incluso hay una canción que es hermana de varias de los Kinks, el “ATM Inside”.

Una obvia crítica que se le pueden hacer a estos grupos es que suenan como los antiguos, pero esto para ellos resultaría un halago. Como bien dijo un amigo en cierta ocasión, a propósito de las canciones de Jarabe de Palo: “si me gustan todas, ¿qué más da que sean todas iguales?” Pues eso. Que el que pasa calor oyendo música es porque quiere.

jueves, 7 de febrero de 2008

Juno: Retrato de la preñada adolescente


Señoras y señores: se ha producido una injusticia y como tal hay que decirlo. Ya cuando vi las nominaciones a “Mejor guión original” de los Oscars de este año me olió a pescadilla que se quedase fuera la peli Viaje a Darjeeling (bueno, de esa y de todas las categorías, ya puestos a denunciar). Vi que sí estaban nominadas Juno, Ratatouille, Michael Clayton y otras dos de las que no había oído hablar. Entonces no había visto ninguna de ellas, pero hoy he visto Juno y de ella quiero hablaros. Cierto que en sí esta peli no es responsable de haber dejado fuera a Darjeeling, pero en mi cabeza sí lo es, puesto que viene a copar el nicho de peli “independiente/friki” tan del gusto de la Academia americana en los últimos años.

¿Hace falta recordar los galardones de Casi famosos, Lost in Translation, ¡Olvídate de mí!, Entre copas (este como “Guión adaptado”) o Pequeña Miss Sunshine en lo que va de década? El propio Wes Anderson, director de Viaje a Darjeeling, estuvo nominado en 2001 por su peli Los Tenenbaum, aunque ese año ganara Gosford Park. Las pelis aquí citadas tienen en común su punto friki, alternativo y falsamente anticomercial. Eso es lo que ofrece Juno (no nos engañemos) y por eso yo la veo la directa competidora de mi favorita de este año.

Juno es mi comedia indie anual (el médico me había avisado de que ya me tocaba pronto). Y es que esta peli lo tiene todo: críos inadaptados en los papeles principales, está ambientada en la América profunda (no la de los tiros de Bardem: la de andar por el bosque 10 km para ir a la tienda), títulos de crédito de animación un tanto desvaídos, una banda sonora con canciones indies lo-fi… Todo esto lo vimos ya en Thumbsucker (2005) o Algo en común (Garden State, 2004)… ¿qué es entonces lo que aporta de nuevo Juno, esta comedia de Jason Reitman que se presenta como la “tapada” de los Oscars de este año (cuatro nominaciones: mejor guión, peli, director y actriz principal)?

Básicamente es la historia de Juno McGuff, (llamada así por Juno, la versión romana de la diosa Hera, cuya experiencia con los bebés incluye intentar matar a Hércules en la cunita), una chica de 16 años que de buenas a primeras se queda embarazada. Para Juno, hacer el amor consiste en sentarse en una silla, como si de un sketch de Peter Cook y Dudley Moore se tratara (el del padre y el hijo hablando de sexo). La chica (interpretada por Ellen Page, la que hacía de Kitty Pride en la tercera parte de X-Men) se debate entre abortar o tener el bebé y darlo en adopción, ya que desde el principio se ve incapaz de quedárselo y criarlo ella. El padre de la criatura es su amigo del instituto (Michael Cera, el de Supersalidos, quien nos da una idea de cómo debió ser Beck en su adolescencia), y, en fin, aparece en escena una pareja con posibles interesada en adoptar al niño, de vez en cuando salen por ahí la mejor amiga y la familia de Juno… todo ello presentado con la revolucionaria estructura narrativa de cuatro partes correspondientes a las cuatro estaciones del año: otoño, invierno, primavera y verano (en orden cronológico).

Lo que más me ha gustado de esta peli han sido sus diálogos, frescos y chispeantes (por servirme del cliché). En serio, las situaciones se prestan a intercambios de frases muy ingeniosas, y supongo que por eso habrán nominado a la autora, Diablo Cody (un nombre que merecería el Oscar al mejor seudónimo), al Oscar de guión, y no por la historia en sí, que está sacada directamente de un telefilme de los de por la tarde en Antena 3. Otro de los grandes puntos fuertes de Juno es su exquisita banda sonora, preñada (nunca mejor dicho) de canciones indies de Belle & Sebastian, Moldy Peaches o Cat Power junto a clásicos imposibles de los Kinks, Mott the Hoople, Buddy Holly o una versión de los Carpenters cortesía de Sonic Youth. Mención aparte merecen los temas que para la peli ha hecho Kimya Dawson, ex de Moldy Peaches, en una línea de puro twee o anti-folk.

Entonces, ¿la peli mola o no? Sí, coño, id a verla y ya me contáis. Juno está bastante bien… muy bien (¡... dejad de gritarme!). Es solo que vengo cabreado por lo que comentaba al principio acerca de las nominaciones de este año. Es una historia entretenida, a ratos graciosa y a ratos tierna, que bien vale una entrada de cine. Y además podéis salir tarareando un par de los pegadizos y depresivos temas de la banda sonora. Ahora bien, que nadie vaya a verla pensando que se va a encontrar con un prodigio de guión tipo Reservoir Dogs (1992) o Réquiem por un sueño (2000) ni con una Biblia juvenil tipo Reality Bites (1994) o Solteros (1992). Mi consejo: si queréis ir este año a una buena peli sobre la maternidad y los problemas de las familias, corred a ver Viaje a Darjeeling. Y si ya la habéis visto, haced como yo y vedla otra vez, como desagravio por su omisión en los Oscars.

sábado, 19 de enero de 2008

Expiación


Según la RAE, expiación es la acción o el efecto de “borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio”. En otra acepción, “padecer trabajos a causa de desaciertos o malos procederes”. Eso, señoras y señores, es exactamente lo que nos ofrece la última película de Joe Wright. Los protagonistas son la oscarizada Keira Knightley (Orgullo y Prejuicios, trilogía Piratas del Caribe) y James McAvoy (El último rey de Escocia).

Pues ¡qué rollo, no?, podrá decir más de uno. Nada de eso. Pero vayamos por partes. Expiación está basada en una novela de 2001 del escritor inglés Ian McEwan. Mi amigo el historiador (ese al que ya he nombrado otras veces pero que sigue sin leer Estatuas Verdes) me habló de Ian McEwan hace ya diez años, pero yo no he leído nada suyo. La verdad es que tras ver la peli me han entrado unas ganas horrorosas de zamparme el libro. Por lo menos sé que McEwan aparece en los manuales de literatura inglesa, lo que ya es algo. [Ya me lo he leído]

Las críticas de la adaptación cinematográfica han sido excelentes: dos webs como Rotten Tomatoes y Metacritic le han dado cada una un 85%, lo que es una barbaridad. La película viene avalada por sus dos recientes Globos de Oro y está en la rampa de lanzamiento para los próximos Oscars. Éxito aparte, mi impresión es que Expiación es magnífica, la interpretación, la fotografía, el guión… todo se conjuga para dar a luz una obra maestra, y no debemos olvidar los detalles de la ambientación (años 30 y 2ª Guerra Mundial).

Pero la guerra aquí es solo un pretexto (aunque resulta un mecanismo muy útil desde el punto de vista narrativo). Nos encontramos ante una historia de amor y de culpa ambientada en varios momentos: mediados de los años 30 (“que combatan los españoles, los chinos y los rusos”, como decían los Kinks), la evacuación en Dunquerque de la Fuerza Expedicionaria Británica –“Operación Dinamo”-, el llamado “frente en casa” de la retaguardia… Todo esto sirve aquí al propósito mayor de contar una tragedia del siglo XX al modo postmoderno, con altas dosis de metaficción, simbolismo y juegos entre realidad y fantasía (por ejemplo, el personaje que desencadena todo es escritora y desde un principio se nos deja claro que percibe el mundo a través de sus obras de teatro, sus relatos, sus novelas… en definitiva: sus fabulaciones).

Me han dicho que la novela consta de cuatro partes bien diferenciadas, estas resultan fáciles de identificar en la película. No obstante, quizás lo más llamativo –una vez más- sea el modo de contar las cosas. Si aceptamos la distinción que los formalistas rusos (Shklovsky, Jakobson) hicieron entre “historia” (fabula) y “trama” (Sjuzhet), podemos precisar que en Expiación, una historia más o menos convencional se ve elevada a la categoría de sorpresa mayúscula gracias a una sabia dosificación de la información y el suspense, resultando en una interesantísima trama.


Una de las cosas que más me han cautivado de Expiación es el tema de la culpa y el pecado construidos a través de la represión sexual. No quiero revelar nada de la película, porque prefiero que si las veis la disfrutéis plenamente, pero sí quería hacer notar que aunque el tema principal sea la expiación (incluso por encima del amor), este asunto se trata sin ninguna referencia a la religión o a la educación religiosa. Es evidente que hay un pecado que expiar (importante la escena en que una enfermera frota sus manos manchadas de sangre obsesivamente, incapaz de limpiarlas del todo: me retrotrajo a la leyenda de Bécquer “El caudillo de las manos rojas”, que trata sobre la culpa). Verdad que en un momento dado asistimos a una boda, donde se nos recuerda que el matrimonio existe para evitar la fornicación y dar estabilidad a las personas, pero aquí lo que está en juego, son todas las reglas de lo aceptable o no. Es lo privado frente a lo público, lo natural frente a lo social. Familia, matrimonio, estructura de clases…enfrentados a la pasión, el deseo, la gratificación, en el seno de -¡ojo!- un amor verdadero.

Si tuviera que dar una definición sensacionalista de Expiación, diría que se trata de una mezcla entre Otra vuelta de tuerca de Henry James (novela de 1898) y Breve encuentro de David Lean (película de 1945), o a lo mejor quiero decir Doctor Zhivago (1965). Si tuviera que dar un dictamen, diría que es una obra de arte y que me ha encantado. Si tuviera simplemente que explicar cómo me ha afectado… creo que no podría. Solo diré que, como ocurre con todas las buenas obras, después de conocerla somos más sabios.

lunes, 7 de enero de 2008

Viaje a Darjeeling


Este Año del Señor de 2008 lleva con nosotros apenas una semana. Pues bien, aun a riesgo de exagerar me atrevo a decir que ya he tenido mi momento cumbre del año en lo que a cine se refiere. Estoy hablando de la película Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited), dirigida por el norteamericano Wes Anderson en 2007. Esta peli me ha producido una impresión tal que dudo mucho que ninguna otra pueda siquiera acercársele en los próximos doce meses.

Como no entiendo de cine, no voy a hacer una crítica ni a hablar de su técnica cinematográfica. Sí voy, en plan “Estética de la recepción”, a explicar qué efecto ha tenido en mí como espectador/lector esta película y por qué me ha gustado tanto. No hay que irse muy lejos, la misma Wikipedia nos recuerda que “un texto (ya sea un libro, una película, o cualquier otro trabajo creativo) no es simple y pasivamente aceptado por la audiencia, sino que el lector interpreta los significados del texto basado en su bagaje cultural individual y experiencias vividas”.

A mediodía, chateo con mi amigo indio, quien me dice una sencilla receta del sur de su país (se fríen patatas cortadas en dados, se zambucan en una lata de leche de coco, se añade curry en polvo, chile en polvo, sal y se deja que dé un chup-chup durante diez minutos). Por la noche, veo una película ambientada en la India. Este dato no es casual, ya que se trata de la historia de tres hermanos (Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman) muy diferentes pero condenados a soportarse a cuenta de un viaje de convivencia y espiritualidad que uno de ellos propone a raíz de su distanciamiento durante el último año. La India aparece así como el telón de fondo ideal para toda esa espiritualidad new age y buenrrollista mal entendida en la que se sumergen los hermanos (mal entendida por los occidentales, porque los indios siguen a lo suyo en sus templos y con sus ceremonias, tan normales allí como aquí una misa católica).

La premisa de la peli es, pues, un viaje en tren, y ya sabemos que toda peli/novela es en el fondo un viaje, pero es que esta lo es además en la forma. Si se me permite, es una rail movie. Luego está el asunto de las familias mal avenidas (por decirlo suavemente), que Anderson ya trató de manera inquietante en su peli Los Tenembaums: Una familia de genios (2001). Prefiero no desvelar más datos de la trama o las relaciones entre los personajes porque parte del atractivo de Viaje a Darjeeling se encuentra en ir descubriendo uno las cosas, en paralelo al viaje de conocimiento y autoexploración llevado a cabo por el trío protagonista.

Sensorialmente la película impacta: el colorido es estridente, la música tiene un gran protagonismo (esos Kinks, Rolling Stones, Joe Dassin o Peter Sarstedt), y también son importantes a su modo el tacto (hay escenas de dolor y de placer sensual), el olfato (el personaje de Adrien Brody hace referencia a cómo huele la India) y el gusto (los hermanos se pasan toda la peli bebiendo, comiendo, fumando o tomando “medicinas”).

En cuanto al tono, yo diría que Viaje a Darjeeling es fundamentalmente una comedia, pero gasta bastante mala leche. Hay humor negro a raudales, y un magistral uso del bathos, esa figura retórica consistente en un cambio repentino en la narración pasando de un tema serio o importante a uno ridículo u ordinario. O como dijo un amigo mío sobre Wes Anderson, “el tío juega con las emociones del espectador como le da la gana”. ¿Recordáis el final de El gran Lebowski (1998), cuando están en el funeral de Donny y Walter trata de hacerle un panegírico y al final todo degenera en farsa, con Walter y el Nota peleándose? Pues imaginaos una película entera a base de momentos así.

Habría muchísimo que decir sobre esta peli, de hecho no descarto volver a hablar de ella en algún momento, pero por hoy no me quiero enrollar más. Solo me queda recomendarla muy encarecidamente y esperar que os guste a vosotros.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Nostalgia de otros formatos (II)


Constato que vuelve el vinilo. De momento, a mi casa ha vuelto. Me refiero a esos discos de plástico, que se rompen más y suenan mejor que los CDs. Vuelven.

Va uno a FNAC o a Mediamarkt y ve a la venta muchos equipos de sonido con giradiscos. Cada vez en más tiendas hay estantes con LPs y discos sencillos. En mi ciudad hay un bar donde, además de salmorejo y tacos mejicanos excelentes, se pueden conseguir disquitos de segunda mano a buen precio. De Madrid o Barcelona, ya ni hablo.

Hace un año, en Londres, fui al Virgin Megastore de Picadilly Circus nº1 y pregunté si no tenían vinilos. “¡No, no!” El dependiente me miró con simpatía, pero como si yo estuviera chiflado. “Es una cosa minoritaria, no cabríamos aquí si tuviéramos que mantenerlos en stock”. Este verano he vuelto a ir a esa tienda y he comprobado cómo han puesto una buena sección de discos de plástico.

Es cierto que hay sitios que nunca han dejado de venderlos, y que el coleccionismo, las ferias especializadas y los DJs han hecho que se conserven durante años en que apenas se veían. En la actualidad, es innegable que el tradicional disco de vinilo experiementa un renacimiento: los discos antiguos conviven con las reediciones, clásicos junto a novedades. Lo mismo se puede comprar un single original de Sam Cooke o Luis Aguilé que el último LP de los Arctic Monkeys o de Björk.

Yo dejé de comprar vinilos aproximadamente hace diez años… tuve un temprano trauma al dejar un single al sol y derretirse el borde del disco. Varios amigos míos (no uno ni dos) nunca los abandonaron, los tienen y los escuchan frecuentemente en su casa, en fiestas o en plan tranquilo. Yo, como digo, había dejado de comprarlos, hasta la primavera pasada.

La historia es que en mi casa el equipo de sonido lleva estropeado desde que tengo uso de razón. Me quiero comprar un equipo nuevo y no me decido, pero ya he empezado a hacer acopio de vinilos. Así, durante este puente he pillado –entre otros- dos de los discos que aparecen en mi lista de favoritos, el Arthur de los Kinks y el Pet Sounds de los Beach Boys. A lo mejor alguno dirá “¿por qué pagar X por un disco en vinilo si lo puedo comprar en CD por la mitad?” Como en el anuncio del Banderas, los que tarden en contestar a esta pregunta ya han contestado.

Y mientras tanto, mi biblioteca de iTunes sigue engordando, ya voy por 46 gigas de música, 12.450 canciones que tardarían en sonar un mes entero si lo hicieran todas una detrás de otra.
 
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