Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Generación M


Amigos, sabido es que la letra M tiene mucho prestigio. Ahí están si no M, el jefe de James Bond, el cantante francés –M-, la canción “M” de Los Piratas, su uso como símbolo del prefijo “mega”, el número 1000 romano, el famoso hotel EME de Sevilla, M, el vampiro de Düsseldorf… para atestiguarlo. Pero también es sabido que nuestra querida decimotercera letra del abecedario (sobre todo en mayúscula) es sinónimo de una mierda gorda.

En el ámbito anglosajón hace tiempo ya que se habla de la Generación Z (y no me refiero a los tan de moda ahora zombies), después de las Y y X de rigor. La X fue tal vez la Generación que más ha capturado la imaginación mediática aquí en España, merced tal vez al afamado libro de Douglas Coupland Generación X (1991), a productos culturales como el grunge o la peli Bocados de realidad (1994) y a un par de reportajes bien colados en su momento en El País de las tentaciones. Otras “generaciones” parece que no han cuajado tanto (el mismo Coupland trató de hacernos comulgar hace dos años con la A, dando ya la Z por pasada, como hizo Kurt Vonnegut), pero el tema del apelativo no es en realidad tan importante.


Yo, amigos, hasta ahora no sabía a qué Generación pertenecía, a la X no, desde luego, aunque la prensa y la publicidad me lo inculcaran. Servidor en 1991 estaba en 7º y 8º de EGB, escuchaba a Mecano en vez de a Nirvana y si llevaba camisas de cuadros no era desde luego por hacer una revolución cultural. Además, en Seattle dicen que llueve 200 días al año y en Miciudad no para de hacer sol. “Ayer llovió!”. Gracias, por el dato, señora: puede usted volver a su sitio.

Pero hoy me ha dado por pensar, tal vez debido a una conjunción casual de elementos, que mi generación bien podría ser intitulada como Generación M, al menos en España, habida cuenta de una serie de razones que trataré de exponer. Es un hecho que no admite discusión que somos la primera generación en la historia de España que hubo de rendir respeto a sus mayores y que no puede esperar el mismo trato de los niños pequeños. Yo llamaba “usted” a todos los adultos y aún lo hago con los desconocidos y no digamos los ancianos. Bien, pues hoy el tuteo se ha impuesto de forma falsamente democrática, como si todos fuésemos camaradas milicianos o yo no sé qué cojones, y ya no puede uno esperar que le traten de “usted” en ningún lado.


El miércoles pasado, en clase de francés, la profe abroncaba a dos compañeros por haber representado un dialoguito sito en una agencia de viajes ficticia y haberse tuteado empleado y cliente. “No lo hagáis nunca, porque eso en Francia está muy mal visto”. “Y aquí”-pensé yo, para inmediatamente darme cuenta de que es muy probable que ella no lo perciba así. Que mi profe vea que aquí camareros tutean a ancianos, dependientes a clientas, funcionarios al Lucero del Alba y así sucesivamente. Y en clase… yo cuando entraba un profesor me ponía de pie, y siempre me dirigía a ellos (en el cole, en el instituto, en la universidad) de “usted”. Hoy en día me cuenta Harvest que eso es impensable.

No basta con no esperar ese trato, es que aún hay gente que se te rebota y te mira raro si les tratas de “usted” para marcar distancias, como si fueras un clasista, un antiguo o un aristócrata venido a menos. Se me dirá que esto del “usted” (y las formas verbales de “usted”) es una tontería: riquísimo, gracias. Pero si lo era, por qué hube yo de tener ese miramiento con mis mayores? El tratamiento es lo de menos, yo me refiero a la educación, la cortesía, a ceder un asiento en el transporte público, a sujetar una puerta, a retener un ascensor, a llevarle las bolsas a una señora… si todo eso es una tontería, por qué mi generación tenía que hacerlo a la espera de llegar con la edad a esa posición de respeto... solo para descubrir que en realidad lo que tiene que hacer es comerse una M?


Muy a menudo se escucha ahora en los medios españoles que la generación actual va a ser la primera que va a tener que vivir en peores condiciones materiales que la de sus padres. Cuántas veces no habremos escuchado de boca de nuestros mayores que no teníamos derecho a quejarnos porque… en el pueblo se cocinaba con leña? … para tener agua potable había que andar no sé cuántos kilómetros? … la ropa se heredaba de los hermanos?, etc, etc. Parece claro que en España antes éramos pobres y en el plazo de cincuenta años hemos pasado de haber un solo teléfono en el pueblo a tener cada niño un portátil regalado por el Gobierno (niños que -además- ya no viven en pueblos, para empezar).

Pues bien, ahora resulta que no éramos tan ricos como nos habían hecho pensar (porque el dinero público, en contra de lo que decía la Ministra Calvo Poyato, sí es de alguien: nuestro) y que todo lo que recibíamos “gratis”, sean prestaciones, infraestructuras, mejora de condiciones laborales y salariales, servicios sociales, en realidad no lo vamos a poder seguir manteniendo. Por las razones que sean, la culpa la podemos analizar otro día, lo único cierto es que, como dijo en la radio Fernando Trías de Bes, “No se trata de lo que es justo o injusto, sino de lo que nos podemos permitir”. Cuántas veces no escuchamos estos días en los medios la dichosa frase de “Se acabó la fiesta”. Ah, pero había una fiesta? O sea, que trabajar y pagar impuestos con una nómina era estar de fiesta? Haberme avisao!


Lo único cierto es que nos va a tocar tragar cosas muy desagradables en el futuro, que la manguera de merengue se ha trocado en un cañón de mierda que nos está salpicando a todos. Que esas familias de clase media de asalariados que en el curso de una vida acumulaban un piso para cada hijo van a ser cada vez más raras (bueno, a mí eso tampoco me ha tocado, eh?).

Probablemente, los niños de hoy y de mañana se críen acostumbrados a que la Sanidad no es gratis, encima sean muy maleducados y a sus padres ya no les importe. Ellos usarán el teléfono móvil en clase y serán mileuristas, pero escribirán su propio guión, porque están despreciando el legado cultural de sus mayores. Pero a los de nuestra generación, los que tuvimos que atenernos a las reglas que otros habían escrito, nos la han colado doblada, amigos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Democracia con extra de bacon


Ayer ponía la radio –Julia en la Onda, Onda Cero- y escuchaba una frase que me ponía los pelitos de punta. “Cómo va a decidir un pizzero griego el futuro de millones de europeos?” La sangre se me helaba. “O un camarero de Mikonos!” –apostillaba otro tertuliano con tono de estar soltando una evidencia. El argumento es viejo y el catálogo podría seguir: un fontanero polaco, una cajera de supermercado belga, un desempleado portugués, o usted, señora, cómo van a decidir nada de nada si no tienen ni idea de política, economía, sociedad (y si me apuran ni de cultura)?

Cómo va a decidir esa gentuza sobre unos temas que afectan a millones de personas, sobre presupuestos de trillones de euros, sobre Sanidad, Educación, Defensa, Política Exterior… si ellos no entienden? Todo esto era a cuento del polémico –ahora no, ahora sí, ahora no…- referéndum griego acerca del plan de rescate, convocado por su primer ministro Papandreu, (“que estudió en la London School of Economics y en Harvard” –nos informa un tertuliano de JELO). Pues si él (que estudió, y en esos sitios no regalan los títulos, verdad?) no tiene ni puta idea de cómo meterle mano a tan peliagudos temas... cómo se las va a maravillar un simple pizzero de Atenas?


Hace poco me encontraba –en dos libros muy diferentes- con dos escenas muy parecidas. En El hijo del futbolista (2010), un gerente de la mina llama a un obrero y lo interroga sobre “la caída del cobre en los mercados internacionales”, “el cierre de la fundición Bessemer” y “la renovación de las perforadoras neumáticas”, y el pobre hombre responde perplejo que “ustedes sabrán mejor que yo de esas cosas”, para regocijo del jefazo, quien se reafirma en su idea de no delegar decisiones en los obreros.

En Los restos del día (1989), un señorito pregunta de igual modo al mayordomo Mr. Stevens acerca de temas tan complicados como la deuda americana y su impacto en el comercio, el patrón oro, la venta de armas a los bolcheviques o la política exterior francesa en el norte de África. El mayordomo –ni que decir tiene- se queda picueto, a lo que el señorito concluye que eso es lo natural, y no que insistamos en dejar en manos de millones de hombres como él las decisiones sobre temas de los que no tienen ni la más repajolera idea.


Esto nos lleva a una pregunta de mayor calado: por qué millones de personas sin formación, o con una formación deficiente o irrelevante para los temas en cuestión han de tener poder decisorio (aunque sea diluido en una votación o referéndum)? No sería mejor que solo decidieran los que entienden, los que saben? Según le dé la luz a la pregunta, yo mismo estaría de acuerdo. El problema surge al plantearse la siguiente cuestión: Quiénes serían esas supuestas lumbreras con poder decisorio? Y quién las elegiría, ahora que la sangre y el derecho divino no están de moda?

Problemón habemus. Habrían de ser solo una parte de la sociedad? Los licenciados? Los doctores? Los guapos? Los que tuvieran a partir de un cierto nivel de ingresos? Los más sabios? Y entonces, quién es más sabio: Eduardo Punset o Rafa Nadal? Sánchez Dragó o Arguiñano? Todavía me hago pipí encima algunas noches recordando aquellos ínclitos “consejos de sabios” que organizaba ZP en los tiempos más dulces de su legislatura…


Y en cuanto a buscar una solución cultural o monetaria… el sufragio censitario ya existió, de hecho durante décadas solo lo ejercitaban ciertos hombres, propietarios, rentistas, nobles, en fin, que es una solución que no me convence: se supone que la Humanidad se llevó siglos de lucha para acabar con eso. La masa es tonta y hay mucho impresentable por ahí, pero… se os ocurre una solución mejor? No será que venga un dictador, verdad? Lo mismo me da Franco que Fidel Castro o Gaddafi. Se imagináis que Rajoy se hace presidente perpetuo onda Chávez y nos obliga a todos a dejarnos barba por decreto? O Rubalcaba, y multa a los que no se queden calvos? Demencial.

Lo siento, pero todas esas soluciones no cuelan: no cuela la aristocracia, porque no sería “el gobierno de los mejores”, porque sería imposible ponerse de acuerdo en quiénes son los mejores. Y entonces sobreviene la putada: como no pueden decidir solamente los mejores, decidamos todos, que al menos tenemos en común que tenemos que compartir el espacio en el que vivimos y las reglas del juego. Y a mí claro que me da coraje que mi voto valga lo mismo que el del cani que me grita en el semáforo, seguro que al presidente de la RAE le joderá que su sufragio cuente igual que el de Belén Esteban (aunque no lo admita el público). Pero tenemos que conformarnos, a falta de solución mejor.


El truco está en que si los gobernantes no lo hacen bien se supone que se los puede cambiar. Y claro que no va a gobernar siempre quien tú quieres, y aunque sí no van a hacer lo que tú quieres, pero al menos te queda la tranquilidad –el consuelo de tontos, si queréis- de que harán lo que quiere la mayoría de la gente (o la minoría mejor organizada, pero ese es otro tema).

De modo que ya sabéis, quizás ahí esté la legitimidad para que gente de a pie decida sobre cosas que tal vez les superen pero les afectan. Solo cabe esperar que la peña se ponga las pilas y se forme, que la gente esté cada vez más preparada, como deseaba aquí hace poco (tal vez un poco ingenuamente), y los demás, a votar y a rezar que Dios nos coja confesados. Y en respuesta al ínclito tertuliano de Julia Otero (creo que era Antón Reixa): que un pizzero de Atenas decida sobre el futuro de toda Europa? Indignante! Si fuera de Nápoles, todavía…

martes, 1 de noviembre de 2011

Mis neuronas de viaje de estudios


La verdad es que con las movidas estas de la Educación no sabe uno a qué carta quedarse, amigos. Parece claro que para un país una de las cosas más interesantes es tener una educación de calidad, a ser posible pública y gratuita, para garantizar el máximo desarrollo del potencial talento y como mecanismo nivelador de las desigualdades. También hay una tercera razón, pensada así, a vuelapluma. Mientras más educada esté una población, más sociable será, menos marginalidad, delincuencia, etc., deberá haber (en teoría). Dejando atrás las posibles manipulaciones y/o agendas ocultas de los gobiernos y los partidos políticos que los informan, parecería claro que empeorar la educación en un país a sabiendas sería un poquito como hacerse el harakiri.

En estas estábamos, cuando Harvest (él es profe de instituto, recordad), me cuenta algunas anécdotas sobre su día a día. “Tienes la voz ronca”-le digo. “De gritarle a los niños, hijo mío.” Indignante, a la par que lamentable. Me cuenta que ayer mismo se le asomaron por la ventana de un aula de la planta baja dos homínidos adolescentes que empezaron a increparle, a dar golpetazos en la ventana, a no dejarle dar clase. Que uno de ellos le dijo que no se iba “porque no me sale de los huevos”, y que se los iba a meter (los oeufs) por la boca. “Esto es nuevo” –le contesto. “Normalmente son los de dentro del aula los que no te dejan dar clase, no?”. Por toda respuesta, él me miró con pena y me dijo que era la 4ª vez que tenía que llamar a la Guardia Civil al instituto desde el inicio de curso (no hace ni dos meses).

También me cuenta que el jueves pasado se tiró media hora consolando a un alumno de los pequeños, quien con los ojos vidriosos le confesó que otro se había cagado en sus muertos y eso le había dolido porque su abuela había fallecido recientemente. Él lo sacó del aula, obligó a pedir perdón al injurista, pasó la mano por el lomo al injuriado, le habló de la vida y la muerte, y se aseguró de dejarlo tranquilizándose fuera, al cargo de dos profesores. Luego escuchó que el angelito iba por ahí diciendo que “El maestro [Harvest, que es licenciado] no le había hecho caso.”

Un poco por aliviar el tono y por evadirse de estos infiernos cotidianos, me cuenta Harvest que durante ciertas reuniones se dedica a idear pastiches literarios, muy del gusto de sus compañeros. "Hace cuatro años, una tarde, en un curso de pedagogía obligatorio, escribí un pastiche de relato de Juan Rulfo ambientado en un instituto de Secundaria que me valió hartas palmadas en la espalda.” Lástima que el texto se ha perdido. Hace unas semanillas –me cuenta- le dio por “reescribir” comienzos de afamadas obras de la literatura en clave docente o educativa, con gran jolgorio para compañeros y amigos de Facebook. Tanto es así que, por petición popular, hoy los cuelgo en Estatuas Verdes, por si a alguno aprovecharen.

Para la ocasión, Harvest ha incluido un texto inédito, que ha hecho esta tarde (que no tenía ganas de corregir). No creo que os resulte difícil identificar los originales, espero que os arranquen –como a mí- una sonrisa, tan necesaria para el trabajo de profesor como para cualquier otro. Va por ustedes.




“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el profesor de Enseñanza Secundaria Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a su primera Evaluación Inicial.”


“MAJESTUOSO, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó:
-Lectura y aprobación del acta del claustro anterior.”


“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró en la sala de profesores convertido en tutor.”


“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Entra a tercera los martes. Mi madre me lo dijo.”


“Cuando el señor Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centésimo decimoprimero con una ETCP de especial magnificencia, hubo muchos comentarios y excitación en el IES Hobbiton.”


“Nos gustaba el instituto porque aparte de espacioso y antiguo (hoy que los IES antiguos sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros claustros, el inspector, nuestros conserjes y toda la directiva.”


“Yo, señor inspector, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cursos tenemos todos los mortales en septiembre y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: las Competencias Básicas.”

lunes, 31 de octubre de 2011

Replanteamiento del Canon Pupita 2011


Bueno, bueno, bueno! Yessir: es esa época del año otra vez. De nuevo toca replantearse el Canon Pupita, tantos y tan graves son los acontecimientos con que nos viene azotando la actualidad en las nalgas de un tiempo a esta parte. Publicidades agresivas (por lo estultas), metidas de dedos en ojos, conferencias “de paz” infames, videoclips “faraónicos”… Ya iba siendo hora de renovar los Personajes Pupita, porque urge incorporar nuevos nombres y a lo mejor también hay alguno que se ha redimido.

Explico algunas cosas (como Neruda). Lo primero que urge, empero, es dar una explicación, como Neruda, como el alcalde de Villar del Río. El buen Malatesta me echaba en cara –con encomiable criterio- la ausencia entre el ramillete de candidatos propuestos para acceder al Olimpo Pupita de la siempre impresentable Concha Buika. Su inclusión hubiese estado harto justificada, aunque solo fuera por su lamentable (en el sentido literal) contribución a la última de Almodóvar. En su día, tras el visionado de la peli anuncié por Twitter que la consideraba objetivo: cierto.


Pero la actualidad manda, y desde entonces, Chuché Mourinho le ha metido el dedo en el ojo a un andoba (la gota que colma el vaso de su reprochabilidad, really), Kofi Annan se ha ido a pupitear al País Vasco (“Europe's last armed conflict”, etc) y Bunbury se ha ido a Los Ángeles a grabar un videoclip dizque faraónico, para ilustrar su –cuando menos- sospechoso nuevo álbum, por temible nombre Lisensiado Cantinas. El 4º Jinete del Despropósito-calipsis es el incalificable Willy Toledo, actor extraordinaire, príncipe canalla, marinero en tierra de flotillas saharauis, líder de acampadas, candidato de IU por El Coronil (Sevilla) y agit-prop man en general.

La votación ha sido reñida, ya lo sabéis, aunque una vez más se ha impuesto vuestra cordura y el resultado ha sido el que yo quería. Juro que no ha habido trampa ni cartón por mi parte. Bunbury os ha caído bien, a Kofi Annan le habéis perdonado y los ganadores ex aequo han sido Mourinho y el Toledo. Todos los infames vienen siempre con un pan debajo del brazo: a obras como Licenciado Cantinflas o la Conferencia de Aiete, el simpar Toledo suma su libro Razones para la rebeldía (parodia del nuevo eslogan del PP? Sería tan enternecedor…), el cual no he leído (ni pienso leer).


Por tanto, no voy a opinar sobre el libro, pero sí diré de él lo que decía mi abuelo, que es “como el ojo del culo, que aunque no me lo veo, me lo figuro.” A medida que pasa el tiempo, Mourinho no se vuelve más simpático, ni acumula amigos. La verdad es que he estado varias veces a punto de escribir un post titulado “Hasta la po de Mou”, pero en la tesitura del empate creo que va a ganar por la mínima (llamadlo “flotilla average”, si queréis) vuestro actor favorito con nombre de ciudad.

Queda así la cosa: Willy Toledo, nuevo Personaje Pupita (y merecido como pocos). Dicho esto, quedaba el peliagudo asunto de a quién libramos del canon, puesto que el número de los elegidos para la infamia ha de permanecer siempre inmutable. Iba a sacar a “El Bicho”, pero me he enterado de que ha sacado disco nuevo, bajo el nombre de Miguel Campello (lástima: con lo callado que estaba…).


Melendi y Bebe ya sabéis que son perennes, y que deben permanecer preventivamente. Miguel Bosé? Lady Gaga? Por razones históricas, parece más lógico sacar a Lady Gaga, que en realidad no ha insultado tanto nuestra inteligencia. (Vestir un traje de carne puntúa menos que disfrazarse de Indiana Jones.) Libre queda, pues, la Gaga, pero con la condicional. He dicho.

viernes, 28 de octubre de 2011

The Great English Houses


En una ocasión leí que vuestro admirado Winston Churchill (Premio Nobel de Literatura, vous vous souvenez), durante los tenebrosos días de la 2ª Guerra Mundial, gustaba de irse a dormir leyendo a Jane Austen, autora brillante donde las haya. Decía que al igual que Austen había sido capaz durante su vida de abstraerse de las convulsiones del tiempo que le tocó vivir (Revolución Francesa, guerras Napoléonicas, Congreso de Viena, Revolución Industrial, advenimiento de la Pax Britannica) y escribir sobre familias inglesas, jovencitas casaderas y líos matrimoniales de pueblo, él quería escapar de los horrores y preocupaciones diarios de una guerra mundial acudiendo a esa ficción escapista de la Austen.

Parece un buen plan, por lo que yo también opto por huir del careto de los batasunos, Patxi López et alii, de la deuda soberana y de su soberana madre, de Grecia, de la ETA y de la EPA, optando por la literatura y la ficción televisiva de evasión. Y por una casualidad de la vida acudo a Inglaterra, al periodo entreguerras, a la vida muelle de las clases altas terratenientes y sus relaciones con el servicio. Casualidad? No tal. En realidad lo que ocurre es que –sin haber plan determinado- la cabra tira al monte y uno acude siempre a lo que más le llama la atención.


Cuando me he querido dar cuenta, me había leído La señora Dalloway (1925) de Virginia Woolf, Los restos del día (1989) de Kazuo Ishiguro y Tío Fred en primavera (1939) de P. G. Wodehouse, amén de ver la peli Lo que queda del día (1993) y seis episodios de la segunda temporada de Downton Abbey (2010- ). Resulta fascinante asomarse a esta vida de las “grandes casas” inglesas, donde llegar tarde a la cena se consideraba pecado y donde había un mayordomo y siete lacayos con librea para servirte a todas horas salvo a la del desayuno, que había que servirse uno mismo. Reglas sociales y costumbres, o más bien, usos y costumbres elevados al rango de leyes sociales de cuya observación o no dependía la inclusión o no en el grupo de gente que contaba, nobles de más o menos abolengo, ricos industriales, diplomáticos, políticos, algún que otro artista encumbrado…

Un mundo que recibió el golpe de gracia tras la Primera Guerra Mundial y el Certificado de Defunción tras la Segunda, precisamente por lo cual quiero ver en el periodo entreguerras su auténtica Edad de Oro y canto del cisne. Porque, admitámoslo, esta época y estilo de vida nos fascinan por lo exótico, a lo mejor en Gran Bretaña tienen el sabor de la nostalgia pero aquí en España el de la ciencia ficción. Hablando de escapismo y de una época suspendida en el tiempo, el maestro de esto es el humorista P.G. Wodehouse, del que tantas veces he hablado.


A su obra Tío Fred en primavera, primera que me leo de la “saga del Castillo de Blandings”, llegué por el descacharrante personaje de Tío Fred, una de cuyas aventuras figuraba en el volumen Jovencitos con botines (1936), del que ya hablé aquí. Otros varios personajes del Club de los Zánganos pululan por estas páginas, en las que duques, condes y herederos se codean con otros tipos de menor lustre, y cómo no!, con mayordomos, secretarios, chóferes y doncellas, en una imposible trama de impostores y planes alocados a las que Wodehouse nos tiene tan bien acostumbrados.

Pero volvamos al realismo. Pocas veces hemos visto ese mundo que Philip Larkin evocara en su poema “MCMXIV”, de “sirvientes vestidos de manera diferente” y limusinas cogiendo polvo, tan bien representado como en la segunda temporada de Downton Abbey (comenzó a emitirse en Gran Bretaña el 18 de septiembre pasado), que lleva seis episodios y en el último nos mostró la celebración del Armisticio del 11/11/1918.


Por su construcción de personajes, sus tramas con solo el melodrama necesario y su recreación de época y ambiente, esta serie nos ha cautivado a todos, y cualquier caserón, servicio de mayordomos y doncellas o cacería del zorro que veamos a partir de ahora nos parecerá –forzosamente- una mierda comparados con los de la serie de Julian Fellowes. A mí me pasó la semana pasada, viendo algunos capítulos de Retorno a Brideshead (1981) –ah, se me olvidó nombrarla arriba- y la peli, por otra parte fantástica, de James Avory: Lo que queda del día. Quién no recuerda ese duelo interpretativo de contención y mesura que protagonizaban el mayordomo-robot-minusválido-emocional Anthony Hopkins y el ama de llaves Emma Thompson.

La peli está genial, pero una vez más resulta solo una pálida fotocopia del obrón maestro que fue Los restos del día (caretas fuera: libro y peli comparten título en inglés: The Remains of the Day), la novela que consagró a Kazuo Ishiguro como artista de las letras. Nacido en Japón en los años 50, pocos parecían a priori peor posicionados para meterse en la mente de un anciano mayordomo inglés de la vieja escuela, pero el trabajo que Ishiguro realizó en esta novela solo puede calificarse como sobresaliente. Qué me gusta un narrador poco fiable, Dios!


Muchas veces, a fuerza de leer lo que otros nos quieren hacer pasar por verdadero, somos concientes de las mentiras, exageraciones, omisiones etc, más o menos involuntarias que los seres humanos nos permitimos para poder sobrevivir. La reina de este rollo de tratar de reflejar lo que ocurre dentro de la cabeza de los personajes (el máximo realismo en teoría, pero el más alienante y artificial para el lector en la práctica) fue Virginia Woolf, quien con La señora Dalloway fijó el canon de lo que era el estilo indirecto libre. En esta ocasión no es la mente de un mayordomo la que penetramos, sino la de una señora de clase alta, además de otros personajes secundarios muy interesantes.

El esnobismo y la frivolidad de la señora Dalloway (me vais a permitir que crea que son un trasunto de los de la propia Woolf) y de otros miembros de su clase (políticos, médicos, empresarios, damas intrigantes) contrastan brutalmente con la vida de las criadas, dependientas y veteranos rasos de la 1ª Guerra Mundial, conformando uno de los frescos más vivos de la prosa en inglés del siglo XX. Un CLÁSICO por los cuatro costados. En más de una ocasión Mrs. Dalloway se pregunta qué sería de ella –y por extensión, de su estilo de vida- sin una servidumbre que la llevara entre algodones. Algo que la mayoría de los mortales solo nos podemos imaginar cómo sería, menos mal que tenemos estas obritas para hacerlo.

domingo, 23 de octubre de 2011

¡Que viene el coco!


Ayer al mediodía, queridos amigos, pude cumplir por fin tras años de zozobra uno de mis sueños cinematográficos. Nada menos que ver (en el canal Somos, lo más grande) la mítica película de Mariano Ozores de título ¡Que vienen los socialistas! (1982) Sí, soy fan de los hermanos Ozores, de todos, y de su cine, español y landista. Cómo olvidar joyones del calibre de ¡Cómo está el servicio! (1968), Cuatro noches de boda (1969), Los bingueros (1979) o Es peligroso casarse a los 60 (1980). Esta de ¡Que vienen… cuenta en su elenco con José Sacristán, Luis Escobar, Antonio Garisa y Alfonso del Real (vale, y Raúl Sender!), auténticas glorias del cine patrio. Pero os ahorro el suspense: mal que me pese admitirlo, la película es una puta mierda.

Entre primeros planos de escotes, chistes sobre follar y dobles sentidos con la palabra “cuernos”, sé adivinar –empero- una suerte de poesía interna, un ritmo político de fondo que en 1982 era extrañamente similar al de los telediarios de este final del 2011. Trataré de explicarlo.


Interior, noche. Corría febrero de 1995 cuando –joven estudiante- acudí a una conferencia de Javier Pérez Royo sobre "El estado de las autonomías”. Este Pérez Royo (son varios hermanos, como los Ozores) fue rector, es catedrático de Derecho Constitucional, redactor de estatutos autonómicos y comentarista de El País y la SER. Con esto quiero decir que él sabe y es sociata, no? Pues bien, de aquella conferencia básicamente recuerdo dos cosas que dijo: 1) Que en España el modelo autonómico fue una chapuza para buscar el consenso y que habría de explotar (se ha cumplido) y 2) Que para normalizar la Democracia era imprescindible que gobernara la derecha y se viera “que no pasaba nada” (también se cumplió).

Y qué iba a pasar? Pues lo que usted sabe, señora: que iban a quitar las pensiones, a privatizar hasta los pensamientos, a entregarle el Estado a la Iglesia, a meter en la cárcel a los rojos y a ponernos a todos a desfilar. Al final pasó lo contrario, que quitaron la mili, y por bien o mal que lo hicieran, como todo gobierno sacaron muchas cosas buenas adelante y metieron la pata en muchas otras. Ya cada uno que haga el balance a su gusto.


Estos días en la prensa detecto un tonito casandresco en los candidatos del PSOE, es la recklessness de quien conduce cuesta abajo una bicicleta sin manos (o un tráiler) y sabe que, pase lo que pase, otro será el que venga detrás a arrear con las consecuencias. Al PP le encantaba que España fuera mal porque así podía echarle la culpa al gobierno. Y ahora al PSOE se le hace la boca agua con todos los recortes y sablazos de bienestar que está implementando el PP (en las regiones), porque es como decir: “Votarlos, votarlos, que esto es lo que os espera en toda España.” Seguramente tengan razón. La duda que me queda es, ¿acaso Rubalcaba y cía no tomarían las mismas medidas caso de resultar vencedores?

Supongo que en lo único en que todos los políticos y analistas se ponen de acuerdo es que España es una puta ruina y que falta dinero (llámese crédito, déficit, deuda…) de manera dramática. El truco está en que no todos piensan en los mismos sitios a la hora de sacarlo. Recortes en Educación? Sanidad? No mola. Sobre todo con tanto coche oficial y dispendio institucional, y esos sueldazos, indemnizaciones y pensiones que se llevan los del sector bancario, tras haber sido dizque “reflotados”. Lo siento pero no lo explican bien, y da coraje.


Me da la sensación de que esta campaña electoral es como la fábula esa de Iriarte:

«[S]in aliento llego...; dos pícaros galgos me vienen siguiendo». «Sí», replica el otro, «por allí los veo, pero no son galgos». «¿Pues qué son?» «Podencos».

Aquí dos conejos se lían a discutir sobre la naturaleza exacta de una amenaza acuciante y al final –por inoperantes- caen en las fauces de los perros. Pues así veo yo a Rubalcaba y a González Pons, por ejemplo (aunque esos dos siempre me han cuadrado más de dóbermans, vous comprenez).

El PP juega la carta de mirar al pasado: “El PSOE lo ha hecho mal”“Esta es la España que nos deja ZP”“En su momento se negó la crisis”… parece que le va a dar réditos electorales, como dicen los periodistas. El PSOE, en cambio, juega a agitar fantasmas del futuro, valga la paradoja, pero modelados también en épocas pretéritas. Tienen dos canciones: 1) Nosotros tenemos las fórmulas para sacar a este país de la crisis (y por qué no la habéis empezado a aplicar ya, cabrones?) y 2) En el futuro, vendrá el PP malo y os quitará derechos, como ya está haciendo en la regiones.


La Santa Wikipedia nos da una perfecta sinopsis de la peli de Mariano Ozores a la que aludí al comienzo de la entrada. Leámosla:

“En España, en el año 1982, las encuestas dan por sentada la victoria del Partido Socialista en las elecciones que están a punto de convocarse. En un pequeño pueblo, cunde el pánico entre los representantes de los partidos políticos de centro y derecha, que temen perder sus prebendas y privilegios, por lo que comienza una frenética carrera para ganarse la alianza y simpatías del delegado socialista en la localidad.”


Cambiad “1982” por “2011” y “Partido Socialista” por el otro y ya tenéis montada la película más de moda de este otoño. En 1982, cuando el PSOE llegó al poder, fue la primera vez en décadas que la izquierda gobernaba y no pasó nada malo. Ni quemaron iglesias, ni expropiaron a los ricos, ni nacionalizaron las farmacias ni nada raro. Si acaso, modernizaron España y nos metieron en Europa y en la OTAN. Si ahora llega el PP, no creo que ocurra nada tan drástico ni tan terrible, como no ocurrió en el ’96, ni en 2004 cuando entró Zapatero. Habrá gente asqueada (como siempre) y otros que vivirán más felices (como cuando se quitó la mili, se permitió las bodas gays o se prohibió fumar en los bares). Es el turnismo, amigos: está todo inventado. Lo que hace falta es que no nos gobiernen unos sinvergüenzas.

viernes, 21 de octubre de 2011

El fin del mundo menos factible para la ciencia


Al rebufo de una increíble noticia de ABC, digna más bien de BBT (Bing Bang Theory), vuelvo a pensar que en realidad el tan cacareado Fin del Mundo, Apocalipsis, the Rapture o el Fin de los Tiempos ya ha comenzado, y hace un tiempo que se está desarrollando. Algunos nos hemos dado cuenta (F. Arrabal, Bunbury, yo), y siento en mis carnes como deber ineludible la obligación de advertir y ejemplificar. Eso que los modernos llamáis pedagogía. El mundo ya se está acabando, o eso o si no no se explica la que nos están dando los publicistas últimamente.

No bastaba con lo de las tarifas “gatuitas” de Vodafone (JAJOTA: he estado a punto de darme de baja de Vodafone), o aquellas campañas de MiXta, en los últimos tiempos estamos asistiendo a una absolutamente IN-SO-POR-TA-BLE sarta de chanzonetas promocionales que no dejarán indiferente a nadie a) no sordo, b) con alma. Recuerdo que hace tres años se conjuraron en nuestras pantallas ciertas horribles músicas de anuncios compuestas por el Diablo mismo y ya quedaron aquí reseñadas. Pues bien: esta es la Fase II del proyecto de destrucción publicitario-musical de nuestros cerebros.


Culpable #1: Agua Lanjarón. Era necesario –señoras y señores del Jurado, yo les pregunto- rimar “habitación” con “salón”, con “balcón”, con “hidratación”, con “campeón”, con “mogollón”, con “montón”, con “excursión” y con Lanjarón? “Qué frescura de agua pura”? Really? No hay más preguntas, señoría.

Culpable #2: Movistar. Habéis visto el anuncio, no digáis que no. Es el de la oferta de noséqué telefonazo por 15€ al mes. Con esa tonada pseudoeslava sin letra (al menos!...) que dice algo así como “Ayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayayay!” Crueldad? Error de Dios? Había que poner un jingle tan irritante, que además nos recordara a aquel infame “Trololó” soviético? De verdad esperaban que me hiciera de Movistar después de esto? Por cierto, que agua Lanjarón tampoco bebo: a partir de ahora solo calimocho.


Culpable #3: Seguros Santa Lucía. Es un hecho universalmente aceptado que los osos polares gigantes son un recurso publicitario cojonudo. Mirad si no la Coca-Cola, la que nos lleva dando. Seguros Santa Lucía, otros que llevan tiempo subidos al carro de los plantígrados de asaz infame modo. Ahora vuelven a lo grande, nada menos que con un atroz oso mecánico que esconde dentro a un gordo -afogarado- con una careta. Y mientras tanto, una estética imposiblemente indie, como de peli de Zooey Deschanel, y una chanzoneta diríase que obra de un grupo indie de subnormales, o de Papá Topo (os dejo a vosotros acabar el chiste…) “¿Y a ti, quién te da la mano?” Una hostia de padre, con la mano abierta, es lo que yo les daba a todos los que han pergeñado esto!!!

Culpable #4:IKEA. Culpable y gordo: YO ACUSO. Basta ya de campañas mongoloides y buenrrollistas! Que sí, que ya sabemos que vuestros muebles son guachis del Paraguay, que todos los tenemos y los compramos (y los montamos, more to the point). Que hasta Toteking os nombra en sus canciones. Pero dejad de torturarnos con vuestros anuncios nórdicos donde salen o bien señores con acento extranjero lanzando coníferas por las ventanas o películas pseudofamiliares en Super 8 (es imprescindible que un crío mellado se ponga una cacerola en la cabeza para crear sensación de hogar?)


Primero fue aquello de “Eso no se hace, eso no se toca…”, que tenía cierta gracia (sería por el homenaje a Serrat). Este verano nos daban la monserga con “Tengo derecho a mi fiesta porque todo va mal” (logiquísimo, por otra parte). No contentos, ahora les ha dado a los suecos por asesinarnos las siestas con esa canción inspiradora de terrores infantiles, la de “Duerme mamá… duerme papá…” que parece invitar la continuación “que la cabeza mientras duermes te voy a cortar…” Creo que la han grabado a dúo Prin’ La Lá y la niña de Poltergeist, tengo que mirarlo.

Para finalizar, he aquí mi ruego. Señores publicitarios -o publicistas, o como se llamen-: estoy dispuesto a poner en peligro mi patrimonio emocional, arriesgándome a recordar alguno de sus infames anuncios cada vez que escuche mis canciones favoritas. Se las regalo. Cojan para sus anuncios temas de los Beatles, Beach Boys, Buffalo Springfield (como ya han hecho otras veces) pero por lo que más quieran… no hagan jingles.
 
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