Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 5 de febrero de 2009

Canción-obsesión


“Some-times-I-feel-I've-got-to-run-a-way-I've-got-to-get-a-way...” -la desgarrada voz de Gloria Jones atronaba unos versos de un perfecto ritmo yámbico (sílaba no acentuada-sílaba acentuada) en los altavoces Altec Lansing. ¿“Desgarrada” o “desgarradora”? Ambas cosas, qué cojones. Su voz raspa como papel de lija contra tus nudillos, nos habla de una urgencia psicosexual, el ritmo es ferroviario, pero por encima de todo ella te pide que no le metas mano: ella no quiere un amor manchado.

La canción es “Tainted Love”, un oscuro exitillo soul de 1964 rescatado ahora en mi imaginación gracias a que el otro día estuve en una pinchada del ínclito Miqui Puig y esta fue la segunda canción que puso. Corrí a mi casa a buscarla, creí que la tenía, no la tenía, pero no paré de cantarla durante los tres días siguientes. Un amigo me la pasa y ahora no puedo parar de escucharla: Gloria Jones desayuna conmigo, me acompaña al trabajo, me ayuda a fregar los cuartos de baño... En el recuerdo, otras meritorias versiones de “Tainted Love”: la más famosa, la de Soft Cell, que All Music Guide tilda acertadamente de “amariconada”; la más cañí, aquel “Falso amor” de La Unión (“aceptamos baaarco...”).


Canción-obsesión, obsesión por una canción. No es la primera vez que me da por una canción obsesivamente: no será la última. Antes vinieron otras, “The Night They Drove Old Dixie Down” de The Band (prometo un post sobre este tema y la Confederación Sudista), aquella que ya mencioné de “Hanging On the Telephone”...

Esta mañana, en la ducha, me descubro cantando: “I used to rule the world, seas would rise when I gave the word...” Viva la Vida! Pues ¡viva!, pero que viva más cerca, y a ser posible que viva en un pueblo en el que haga menos frío. El otro día me dio por mirar en Internet la letra de esta popular canción de Coldplay, y desde entonces también me acompaña. Aunque la canción está en inglés, confieso que no entendía un pimiento, salvo la frase en la que nombra a San Pedro. Hoy en el trabajo, toda la mañana tarareando la puta intro (ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta...), utilizada ya en varios anuncios.


Anoche, en una barbacoa guión juerga flamenca (“En Cosica estáis todo el día de fiesta, ¿eh?” -me dice un amigo con quien hablo por teléfono, entre lomos y fandangos), un compañero de trabajo sacó a relucir el nombre de Spandau Ballet: PELIGRO. Aunque el médico me tiene prohibidísimo el tecnopop de los 80, Spandau Ballet es un grupo que me encanta. Me parece que los Kemp y Tony Hadley tienen un talentazo que de haber florecido en otra década posiblemente estaría hoy entre la nómina de los grandes del pop.

Mi compi me recuerda el temazo “Gold” (“Gold! Always believe in your soul, you've got the power to know you're indestructible, always believe in...”) ¿Os acordáis? ¡Oro! Con ese videoclip impagable que era un homenaje a las pelis de James Bond y a la tienda de bisutería de tu barrio. Temazo. ¿Me dará por “Gold” de Spandau Ballet ahora? ¿Qué dirán de esto Gloria Jones y Chris Martin (el de Coldplay) cuando se enteren?

martes, 29 de enero de 2008

Vuelve Miqui


“Yo quiero ser normal… ser estrella del indie nacional…” –cantaba hace un par de años la chanteuse Bel Divioleta. Algo parecido debió pensar un joven Miqui Puig hace veinte años, en una versión modernita de aquel “mamá: quiero ser artista”. Corría el año 1992, y un grupo muy vitaminado de nombre Los Sencillos se encumbraba al número uno de la lista de Los 40 Principales con el pegadizo tema “Bonito es”, extraído de su álbum Encasadenadie. A este éxito habría que sumar otros como “Mala mujer”, “Phutbol” o “Doctor Amor”. Tardíos para ser considerados integrantes de la “Movida”, trataron de reciclarse en un grupo de pop-art, llegando incluso a editar un disco titulado Bultacos y Montesas (1997).

Su líder y cantante, Miqui Puig, trató de hacer fortuna en solitario con discos más o menos comerciales o indies, y probó a colaborar con Alaska, a grabar en inglés, a salir en la radio cantando el “Gloria” de Umberto Tozzi… Todo esto convirtió a Miqui en un personaje entre lo retro, lo friki y lo bizarro (fue jurado del programa de Antena 3 Lluvia de Estrellas, de donde surgieron artistas como Tamara o Deluxe, conviene recordarlo), aunque siempre respetado por el sector indie del público musical. No en vano el tipo se ha hecho un nombre como DJ en festivales modernitos del calibre del Sonar y el Primavera Sound.

Y hete aquí que, cuando nos habíamos resignado a tener a Miqui Puig por una curiosa figura del pasado (en la onda de Martirio o Álex de la Nuez) este proteico personaje reaparece en la primera plana de los medios mutado en el Petronio de lo cool, haciendo el papel de bruja mala en el jurado de Factor X. Esto sucedió el año pasado, por entonces aún no había echado a andar Estatuas Verdes, si no os garantizo que el programa se hubiera llevado más de un post. Allí Miqui dio toda una lección de esnobismo, o lo que el grupo de power pop Octubre llaman “la insoportable levedad de lo cool”, conduciendo un Mini Cooper, llevando chalecos de rombos, gafas de pasta, gritándole a un dúo de calvos que habían osado preguntarle si él sabía lo que era el doo-wop… y en ese plan.

Factor X tuvo su boom, como tantas otras movidas, le llegó su turno, tuvo sus quince días de gloria y a otra cosa. Como ya dije hace unos días, la fiebre de los castings en España se encuentra en su apogeo y, lejos de remitir, los programas de talentos invaden la parrilla cual indigestos chuletones. Anoche estaba cenando y quiso la suerte que mis cansados ojos se posaran en uno de estos variados nidos de bizarría, en concreto Tienes talento (en Cuatro). Cuál no sería mi sorpresa cuando descubro que en el jurado de este programa TAMBIÉN se encontraba Miqui Puig (Miqui, tío, esto empieza a convertirse ya en una carrera profesional). Ni que decir tiene que dejé quieto el mando y me dispuse a tragarme el programa, y debo constatar que Miqui realiza exactamente el mismo papel que le dio notoriedad en Factor X. Cómo sería la cosa que, cuando vino al casting un megafriki con pinta de tarado a bailar breakdance, los otros dos miembros del jurado se levantaron y fueron a decirle a Miqui al oído “no seas muy malo con él, por favor”.

El programa mejor ni comentarlo: acróbatas dislocados, magos disfrazados del Capitán Garfio con loros al hombro, un niño que hace malabares con fuego, bailarines de muy diverso pelaje, cantantes al borde del sonrojo (propio y ajeno)… y la habitual nómina de caricatos, imitadores y cantamañanas. A todo esto, Miqui seguía desplegando su críptico lenguaje crítico consistente en juicios del tipo “no sé de qué vas pero te compro”, “no me creo nada de lo que haces” o “vais a estar en la puta final, ¿me oís?”.

Admito que viendo esta bazofia me distraje y entretuve como el que más, pero también me asaltó la incómoda sensación de que estaba siendo testigo de un freak show en toda regla. ¿Y no piensan que la palabra “freak” ha aparecido ya demasiado en este post acerca de Miqui Puig? Pues ese es el problema, que no se puede mantener una carrera seria en el indie, con credibilidad, y a la vez asociar uno su nombre a productos tan innobles como los realities de cazatalentos. Miqui, o cantas en el Sonar ante 10.000 personas o le dices a Silvia Padilla que has llorado con “Ponte el cinturón”. ¡Las dos cosas no, que no eres Alaska! ¿O sí?

“Yo quiero ser normal…”
 
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