Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 5 de septiembre de 2008

Nobleza obliga


“La Duquesa es un símbolo de tener unas tierras, entre otras cosas, que no se las ha ganado”.
-Diego Cañamero (Secretario General del Sindicato de Obreros del Campo)

“Eran unos delincuentes, no eran ni jornaleros, y además está pasado de moda el odio de clase”.
-Cayetana Fitz-James Stuart (XVIII Duquesa de Alba)



Es la noble con más blasones del mundo. Es Grande de España veinte veces. Y además, por rama de Winston Churchill es sobrina de Lady Di (y no es coña). Fue suegra de Fran Rivera y de Mar Flores. De todo esto me entero en un programa late night de Antena 3 que explota la presencia en el candelabro de la Duquesa a propósito de su no-boda. Hablan de ella como si fuese Rambo: “Es la última de una élite”.

Y es que no veas cómo estamos con la Duquesa de Alba, oiga, la tenemos hasta en la sopa. La verdad es que siempre ha estado ahí. Y es una asidua de los programas del corazón ahora, de la revista ¡Hola! hace más de cuarenta años. No veas cómo cagaba ante las cámaras su perro “Flasito”, que iba una mijita suelto de vientre, como puntualmente nos informó El Tomate hace unos meses. El programa de esta noche nos devela una serie de datos fascinantes sobre tan nobilísima figura.


Que si Felipe González metió mano para que le fuera concedido el título de Hija Predilecta de Andalucía en 2006, que si se casó con un ex-cura intelectual y rojo en 1978, que si Picasso le propuso hacer una nueva versión de las Majas (vestida y desnuda) y su primer marido se lo prohibió… Que si en 1991 la Junta de Extremadura le expropió 3.000 hectáreas de campo “por uso indebido” y eso para ella fue como sacudirse la tierrilla de los zapatos… Que si los del SOC la denunciaron porque los insultó cuando la insultaron… Que si su colección de arte es la mejor de España.

Que si sus pasiones son: la Semana Santa, los caballos, el baile flamenco y las obras de caridad… Podrá decirse lo que se quiera sobre esta mujer, pero a mí me resulta –juicios aparte- un personaje absolutamente f.a.s.c.i.n.a.n.t.e. Se codeó con Cary Grant, con Bing Crosby, con la Reina Isabel II de Inglaterra… ha pasado la gran cosa con sus seis hijos y sus nueve nietos. A este currículum añado yo que es un personaje recurrente en las historietas de “Ortega y Pacheco” que pinta Pedro Vera en El Jueves (junto a Maradona, Miguel Bosé o Ángel Cristo).

La noticia estos días es que la buena señora ha estado a punto de casarse con no sé qué pavo (los detalles están en la prensa). A su edad, a los 82 años, parece que se ha enamorado de un hombre que unos llaman “empresario” y otros tildan de “aventurero”. En realidad el anuncio de la boda se ha filtrado por la prensa, y se ha desencadenado tal tormenta que días después la Casa de Alba ha recogido vela. Se trataba de un matrimonio de compañeros, qué duda cabe, y no ha faltado quien ha visto en el globo sonda una desesperada llamada de atención a sus seis hijos, que según se dice no se ocupan de ella todo lo que debieran (o ella quisiera).


Al final, han sido sus hijos los que le han quitado de la cabeza la boda, pero en todo caso, la “amistad” o la relación entre el caballero y la Duquesa continúa, se ha comunicado oficialmente. La última vez que estuve en Madrid pasé por el Palacio de Liria, y me imaginé a la ya no joven pareja yendo a un concierto en la Sala Heineken de la calle Princesa, o acudiendo a comprar discos de country alternativo a la cercana tienda Radio City.

Los nobles, como bien sabemos ahora que hay democracia, son personas normales. Hoy día noble puede ser, pongamos por caso, un jugador de balonmano, un actor de cine o un escritor. Esto se refleja muy bien en la novela El Gatopardo (1958), en la que todo un Príncipe se ve superado por los acontecimientos de su época y solo tiene ganas de irse a mirar las estrellas. A esta Duquesa le pasará tres cuartos de lo mismo: ya no es la mayor latifundista de España, ni siquiera de Andalucía. Y no olvidemos que es sobrina de Lady Di.

jueves, 17 de julio de 2008

Yo te maldigo, trikini

Fig.1: Asín, no.

Triste, triste, triste, amigos. Ahora mismo se están revolviendo en sus respectivas tumbas culturales Brian Hyland (el de “amarillo era el biquini”), Brigitte Bardot, Ursula Andress, Raquel Welch, Phoebe Cates y los Hombres G (los de Historia del bikini, 1992). Un verano más, los medios de comunicación nos la intentan colar doblada. “Sí, sí, la última moda: el trikini”. Yo no sé a qué playa irán Matías Prats o Lorenzo Milá, pero en las que yo frecuento afortunadamente todavía no se ha visto ninguno.

¿Que no quiere usted enseñar carne? Me parece perfecto. Póngase un bañador normal, tipo maillot, o lo que sea. Pero señores periodistas y diseñadores de moda, no nos vengan con la fantasía de que el trikini es la prenda de moda porque además resulta supercómoda y supersexy. Sobre lo primero no tengo opinión, pero lo intuyo. Aparte que ríase usted de la que con un trikini de esos pretenda conseguir un bronceado uniforme. Sobre lo segundo…

Digámoslo ya y digámoslo bien alto. EL TRIKINI NO MOLA. No les mola a los tíos, por lo menos. Debió inventarlo algún ciego (con todo el respeto) o algún espabilado tratante de telas que no sabía qué hacer con los excedentes. El trikini, amigos, pertenece a esa categoría de prendas “pupita” o antilíbido como son los zapatos tipo bailarina o las bragas color carne de la abuelita. ¡NO! Unamos nuestras voces en un “no” rotundo a esta atrocidad que algunos llaman vanguardia.

A veces me gusta imaginar el momento genial de la invención del trikini. Me imagino a algún lumbreras de la moda pensando “Mmmmm… si el bikini resulta tan atractivo y seductor porque deja al aire gran parte de la epidermis, ¡mejorémoslo tapando la zona del ombligo!” ¿Sabéis si existe un Premio Nobel de la Moda de Baño?

Fig.2: Asín, sí.

Pobre Paquito Martínez Soria, ¡con lo que él disfrutaba en sus películas diciendo eso de “mozas en biquinini”! Toda esta tradición barrida de un plumazo. La revista Sports Illustrated, a la quiebra. El enano en bikini que hace de reportero en South Park… tampoco serviría ya. Si los granujas de la prensa se saliesen con la suya… Es curioso que hasta la Wikipedia advierta sobre el maldito trikini: “Aunque se promociona en los medios de comunicación como una prenda de moda, no es un prenda demasiado habitual”. ¿Hace falta añadir algo más?

Todo este post y esta indignación me han venido a la cabeza después de esta tarde. Dos amigas me han invitado a ir a sus respectivas piscinas el lunes por la tarde, y –por hacerme el gracioso- les he dicho que me daba mucha vergüenza que me vieran en biquini. Entonces he recordado cómo hará un mes iba por la calle con estas mismas amigas y en el escaparate de una tienda vimos ese engendro apodado trikini. Mis amigas tampoco son partidarias, vaya por delante este voto de calidad femenino.

Lo único guay del trikini es la palabra, derivada espuria de biquini (o bikini). Ya sabéis que el término bikini surgió, como la prenda moderna, en 1946 a raíz de las pruebas nucleares que los yanquis llevaron a cabo en el Atolón de Bikini, una de las Islas Marshall. Se suponía que la conmoción sociocultural (y el palotismo) que iba a producir la nueva prenda era comparable al de las explosiones nucleares. Con el tiempo alguien debió pensar que había una conexión entre la sílaba “bi”, el prefijo “bi-” y el hecho de que el susodicho fuese un bañador de dos piezas. Curioso, ¿no? De ahí “trikini”, “monokini” y lo que queramos.

Yo te maldigo, trikini. Personalmente, dedicaré toda mis energías a una empresa tan absurda y fútil como la cruzada contra el bañador de tres piezas (ni siquiera son tres de verdad, si es que es estúpido hasta el concepto). Parafraseando lo que Winston Churchill (ese cínico Premio Nobel de Literatura) les dijo a los alemanes, “te combatiré en las playas”. Nunca alguien se indignó tanto por tan poca tela.
 
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