Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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sábado, 4 de julio de 2009

La Gran Ciudad


¿Habéis estado alguna vez en el campo, queridos lectores? Sí, ya sé lo que me vais a decir: que es un entorno absolutamente agobiante, sofocante, por usar un anglicismo. Que tanto verde y tanto árbol –tanta planta- por fuerza acaban por volverlo a uno loco, y no hablemos de los animales. La Hora Chanante nos enseñó que no hay que pegarles, pero ¿a quién le faltan ganas? Cuando me siento asfixiado por el entorno rural, absolutamente irrespirable y fatal para los nervios de cualquier persona, necesito evadirme, escaparme a la ciudad. Allí logro conectar con mis raíces auténticas, relajarme, llenarme de nuevo de vida, volver a ser yo.

“Una poquita de paso de cebra…!” –como suelo comentarles a mis conciudadanos cosiqueses que tienen la paciencia de escuchar. Y alguno hay hasta que me mira raro, ¿podéis creerlo? Hasta ahora, alejado del mundanal ruïdo, mi única esperanza era venir a Miciudad los fines de semana, por no hablar del vuelo directo Cosica-Londres, del que he hecho uso dos veces desde octubre pasado, y algún que otro compi de trabajo también. Pero hace tres meses, amigos, una nueva esperanza se abrió en mi horizonte rural, una nueva ciudad, la Gran Ciudad.



Sabéis lo que es una ciudad, ¿no? Son esos sitios donde patrulla la Policia Nacional en vez de la Guardia Civil, donde hay rotondas con estatuas y donde te puedes comer un kebab. La Gran Ciudad es la capital de la provincia de Nunca Jamás, a la que pertenece Cosica. Hasta abril pasado nunca me había dado por ir más que nada porque me daba pereza, pensaba que para llegarme a la Gran Ciudad me compensaba más venir a Miciudad, que está casi a la misma distancia (craso error!!). Pero en las últimas semanas, una serie de circunstancias fabulosas que sería aquí prolijo relatar me han hecho acudir allí media docena de veces, y he quedado encantado.

Un poco de historia: la Gran Ciudad es una población que pasa por ser de las más feas de España (al menos, esa es la fama en mi autonomía), algo totalmente injusto, como se verá a continuación. Mi contacto con ella había sido hasta ahora muy somero; su provincia la tengo muy trillada pero a la capital solo había ido de chico en contadas ocasiones, a la consulta de un tío oculista. Con la coña de que era tan fea siempre la dejé de lado, pero copón, no todo va a ser Praga ni Florencia. Acudo a la Gran Ciudad con ojos ilusionados de un Paquito Martínez Soria. Todo lo contemplo, lo aprendo y lo observo.



La Catedral, la Universidad, los centros comerciales, las ruinas aztecas… y sobre todo esos gloriosísimos pasos de cebra, tan blanquinegros, tan a rayitas. Además hay semáforos, y cientos de bares, hay pizzerías y antros de kebab, hay Springfield, hay Pull & Bear, hay librerías, amigos, FIGURAOS!!!!!!! En una de mis primeras visitas me llevo casi veinte libros de una tacada (hay que decir que costaban 2 ó 3 euros cada uno, eran de saldo). Hay mercerías, y zapaterías, y tiendas de chinos, hay gente anónima y malhumorada, hay estación de tren, y de autobús, hay campo de fútbol (no sé si de 1ª o de 2ª División), y en la Gran Ciudad uno puede comprarse un pijama, o sucumbir a la extorsión de un aparcacoches ilegal…

En la Gran Ciudad hay cine y hay teatro, hay conciertos de José Ignacio Lapido, Lori Meyers o The Wave Pictures, hay niñas guapas que te parten el corazón, hay quioscos de hamburguesas en las plazas, con plaquitas que especifican quién tiene el record de comer más perritos calientes en menos minutos, por ejemplo. Por eso cuando el otro día un amigo jerezano, compañero de exilio en Cosica, me propuso ir a pasar la tarde con él a la capital no tardé ni un segundo en decidirme. Paseamos, tomamos café en bares con camarero borde, miramos ropa, compramos libros, él se compró un desodorante, yo me compré una gorra, tuvimos que esperar en los semáforos para cruzar, nos tragamos el humo de los coches y el polvo de las obras…. Aquello era vida, amigos!


La Gran Ciudad no es tan fea como la pintan, aunque sea por los múltiples encantos que encierra. Un amigo me asegura que una de sus rotondas fue inaugurada por Pavarotti (dato crucial en mi universo friki), es verdad que su catedral no es la mejor de España pero, hey! nadie es perfecto. Me falta comprobar cómo es la noche Granciudadense, no he ido de copas ni he salido a bailar por ahí, es mi asignatura pendiente. Sé que volveré a ella, cuando lo verde me asfixie, cuando añore el sonido de las bocinas de los coches, cuando la flora y la fauna me pongan en jaque. Yo volveré a refugiarme en la ciudad.

jueves, 17 de julio de 2008

Yo te maldigo, trikini

Fig.1: Asín, no.

Triste, triste, triste, amigos. Ahora mismo se están revolviendo en sus respectivas tumbas culturales Brian Hyland (el de “amarillo era el biquini”), Brigitte Bardot, Ursula Andress, Raquel Welch, Phoebe Cates y los Hombres G (los de Historia del bikini, 1992). Un verano más, los medios de comunicación nos la intentan colar doblada. “Sí, sí, la última moda: el trikini”. Yo no sé a qué playa irán Matías Prats o Lorenzo Milá, pero en las que yo frecuento afortunadamente todavía no se ha visto ninguno.

¿Que no quiere usted enseñar carne? Me parece perfecto. Póngase un bañador normal, tipo maillot, o lo que sea. Pero señores periodistas y diseñadores de moda, no nos vengan con la fantasía de que el trikini es la prenda de moda porque además resulta supercómoda y supersexy. Sobre lo primero no tengo opinión, pero lo intuyo. Aparte que ríase usted de la que con un trikini de esos pretenda conseguir un bronceado uniforme. Sobre lo segundo…

Digámoslo ya y digámoslo bien alto. EL TRIKINI NO MOLA. No les mola a los tíos, por lo menos. Debió inventarlo algún ciego (con todo el respeto) o algún espabilado tratante de telas que no sabía qué hacer con los excedentes. El trikini, amigos, pertenece a esa categoría de prendas “pupita” o antilíbido como son los zapatos tipo bailarina o las bragas color carne de la abuelita. ¡NO! Unamos nuestras voces en un “no” rotundo a esta atrocidad que algunos llaman vanguardia.

A veces me gusta imaginar el momento genial de la invención del trikini. Me imagino a algún lumbreras de la moda pensando “Mmmmm… si el bikini resulta tan atractivo y seductor porque deja al aire gran parte de la epidermis, ¡mejorémoslo tapando la zona del ombligo!” ¿Sabéis si existe un Premio Nobel de la Moda de Baño?

Fig.2: Asín, sí.

Pobre Paquito Martínez Soria, ¡con lo que él disfrutaba en sus películas diciendo eso de “mozas en biquinini”! Toda esta tradición barrida de un plumazo. La revista Sports Illustrated, a la quiebra. El enano en bikini que hace de reportero en South Park… tampoco serviría ya. Si los granujas de la prensa se saliesen con la suya… Es curioso que hasta la Wikipedia advierta sobre el maldito trikini: “Aunque se promociona en los medios de comunicación como una prenda de moda, no es un prenda demasiado habitual”. ¿Hace falta añadir algo más?

Todo este post y esta indignación me han venido a la cabeza después de esta tarde. Dos amigas me han invitado a ir a sus respectivas piscinas el lunes por la tarde, y –por hacerme el gracioso- les he dicho que me daba mucha vergüenza que me vieran en biquini. Entonces he recordado cómo hará un mes iba por la calle con estas mismas amigas y en el escaparate de una tienda vimos ese engendro apodado trikini. Mis amigas tampoco son partidarias, vaya por delante este voto de calidad femenino.

Lo único guay del trikini es la palabra, derivada espuria de biquini (o bikini). Ya sabéis que el término bikini surgió, como la prenda moderna, en 1946 a raíz de las pruebas nucleares que los yanquis llevaron a cabo en el Atolón de Bikini, una de las Islas Marshall. Se suponía que la conmoción sociocultural (y el palotismo) que iba a producir la nueva prenda era comparable al de las explosiones nucleares. Con el tiempo alguien debió pensar que había una conexión entre la sílaba “bi”, el prefijo “bi-” y el hecho de que el susodicho fuese un bañador de dos piezas. Curioso, ¿no? De ahí “trikini”, “monokini” y lo que queramos.

Yo te maldigo, trikini. Personalmente, dedicaré toda mis energías a una empresa tan absurda y fútil como la cruzada contra el bañador de tres piezas (ni siquiera son tres de verdad, si es que es estúpido hasta el concepto). Parafraseando lo que Winston Churchill (ese cínico Premio Nobel de Literatura) les dijo a los alemanes, “te combatiré en las playas”. Nunca alguien se indignó tanto por tan poca tela.
 
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