Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 10 de noviembre de 2008

Me encanta que los posts salgan bien


Bueno, bueno, bueno!!! Qué portento os traigo hoy. A ver si esto os refresca la memoria:

“En 2008, un hombre que no hizo la mili fue desterrado a un lejano pueblo por un delito que no había cometido. No tardó en fugarse los fines de semana, y desde entonces sobrevive al frío. Si tiene usted algún problema y se lo encuentra, tal vez pueda tomarse un tinto con él”: NA NA NA NA, NA NA NA, NA NA NA NA NA NA, NA NA NA NA NA NA NA…

Hoy homenajeo a El Equipo A (1983-87), el nombre más misterioso para un niño de la quinta de 1978 desde los Hombres G. ¿Motivo? Haber tenido que poner el coche a dos ruedas hoy en Cosica me ha hecho recordar a aquellos especialistas que hacían saltar por los aires esos jeeps de guardarropía, a ese Fénix conduciendo aquel Pontiac, y cómo no, la furgoneta negra con la diagonal roja que conducía M.A.


Cuidadín con El Equipo A que son palabras mayores. No pretendo aquí dibujar la serie entera porque eso daría para varios posts, de hecho cada personaje daría para varios posts. George Peppard, de Desayuno con diamantes (1961) a Coronel Aníbal (Hannibal) Smith. Mr.T., un personaje tan enorme que no sé si Estatuas Verdes sea digno de nombrarlo siquiera. Que me perdonen la blasfemia. De M.A. Baracus (en inglés B.A., bad attitude) a sus videoclips de “Treat Your Mother Right”. Últimamente ha sido visto injuriando a la comunidad gay en un anuncio de Snickers en el que disparaba chocolatinas con un cañón a un tipo afeminado que hacía footing. Al parecer la frase “¡Corre como un hombre!” ha sido considerada demasiado ofensiva por los gayers.


Había más actores, ¿los recordáis? Ese Dirk Benedict, cuyo personaje tenía el mejor nombre de la historia de la TV: Templeton Peck. Su sobrenombre español era Fénix, “Faceman” en el original. Ese Dwight Schultz haciendo de “Loco aullador” Murdock, el pilotico en cuyas aeronaves no quería subir M.A. Esa Anita Obregón, en fin, tantísimos recuerdos.

M.A. sin duda ha sido el más icónico, al final de la serie era el que más cobraba (no en vano lo parodió La Hora Chanante). Esto no gustó al estrellón de George Peppard, que según me he enterado en Wikipedia lo odiaba, no se hablaba con él y acabó partiendole los dientes y mandándolo al hospital (sí, sí, Aníbal se lo hizo a M.A., no al revés).


El Equipo A vivirá siempre en nuestros corazones, cada nueva temporada era una fiesta en el colegio. Qué trauma cuando me lo perdía, en cierta ocasión íbamos de viaje e hice que mi familia me lo grabara, en aquellos magnetoscopios de VHS que había antes, ¿os acordáis? En Gran Bretaña El Equipo A alcanza la categoría de religión, con su sintonía pinchada en las discotecas a altas horas de la madrugada (ejem, a las dos), con pantallas proyectando capítulos de la serie, con esa chapa que una amiga me trajo de allí.

Yo lo veía con fruición, ¿qué más daba que los episodios fuesen repetidos? ¿Cómo estaban esos engendros blindados pre-McGyver que fabricaban los muchachos cuando los encerraban en un garaje o taller mecánico? ¿Cómo estaba ese Coronel Decker de la Policía Militar, cuyos coches patrulla color caqui siempre llegaban tarde? ¿Y esos paletucios de la América profunda a los que El Equipo A siempre ayudaba contra algún abusivo terrateniente? En verdad las tramas de esta serie eran más predecibles que las de Scooby-Doo, pero ¿qué importaba? Los M-16 disparaban y nunca, nunca, nunca moría nadie.


No he querido daros la turra con un post enciclopédico acerca de una serie que seguro que recordáis mejor que yo. Desde aquí os invito a compartir conmigo vuestras vivencias relacionadas con El Equipo A, qué os parecía, cómo lo veíais, cómo lo recordáis, si nunca os entraron ganas de fumar en puro, yo que sé!!! Me encanta que los posts salgan bien.


miércoles, 10 de septiembre de 2008

Frases míticas


Me suena de un anuncio. Reconozco en los anuncios un par de canciones chulas que les sirven de banda sonora. Una es “Colillas en el suelo” de Deluxe, en los avances de “Territorio Champions” de Antena 3 y la otra “All These Things That I’ve Done” de The Killers, en un anuncio de Nike. Ya en su recordado programa Rock alrededor de la FM, el gran Carlos Finaly se burlaba de un técnico que al escuchar “A Whiter Shade of Pale” de Procol Harum exclamó “Me suena de un anuncio”. Ya conté que mi profe de música se ponía a llorar cada vez que le decíamos que cierta aria de La flauta mágica era la música de un anuncio del Marca.

Pues lo siento, pero los anuncios son una estupenda manera de conocer canciones y grupos. Yo Buffalo Springfield me enteré de que existían por uno de Renault, y no me avergüenzo en absoluto. ¿Qué sería de los coches sin la música? The Knack, The Kinks, James Brown, Sly & the Family Stone, la lista es larga.


Disco nuevo de Queen. Hablando del cole y música, recuerdo a Queen como uno de los puntales de mi adolescencia; ese día que murió Freddie Mercury, que yo estaba en 7º de EGB, y todos los años por el aniversario de su muerte cantábamos “Bohemian Rhapsody” en el patio. Un amigo vino un día de 1993 con una noticia sorprendente. “Primicia” –dijo- “Queen van a sacar disco nuevo”. “Será en el cielo”-nos descojonamos. “Sí, con John Lennon, Jimi Hendrix y Camarón”. Mi colega juraba y perjuraba que había visto una rueda de prensa en la que se realizaba tan sorprendente anuncio, y hasta nos la describía con pelos y señales (“…y Roger Taylor llevaba unas gafas de sol…”).

Luego, claro, cada vez que salía un recopilatorio, reedición o lo que fuera de Queen, el pavo nos soltaba “¡Victoria moral! Yo tenía razón”. Hoy veo con regocijo que Queen sí van a sacar un nuevo disco, con Paul Rogers de cantante. No puedo evitar sonreír, y casi espero que mi amigo va a salir de detrás del sofá para echarme en cara que él tenía razón.


Haberme avisao. Tenía en el cole otro amigo muy bueno llamado Tote, fan de Hombres G, pareja mía en campeonatos de dominó, compañero en batallas de globos de agua… de lo mejorcito. Hoy día es un hombre hecho y derecho, se casó y sacó unas oposiciones de las que meten miedo. Con todo, su legado puede reducirse a dos frases, normales pero dichas con mucha gracia en el momento justo. La primera: nos lo encontramos de botellona (lo que el periódico llama “botellón”) hará unos seis años, nos hicimos una foto para conmemorar el encuentro y en el momento del disparo, en lugar de “patata” o “güisqui” al nota no se le ocurre otra cosa que exclamar “¡Durruti vive!”

Cinco años antes de eso ya hacía tiempo que nos habíamos perdido la pista. Mis amigos y yo nos fuimos de Interail un verano y a la vuelta, nos encontramos a Tote en otra botellona. Le contamos que habíamos estado en Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, y al hombre se le pusieron los ojos de bolitas. Entonces fue cuando soltó su mejor frase: “Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiillo, ¡haberme avisao!”

Ayer me planté en Cosica tras un arduo viaje en coche (me tuve que poner un CD de chistes para animarme), mi primer día de trabajo, y cuando llego me sueltan mis jefes: “No tenías que haber venido hasta dentro de dos días, ¿no te lo dijeron?” Me acordé de Tote (y de los muertos de alguno): “¡Haberme avisao!”

miércoles, 23 de julio de 2008

La cajaste, Burt... ¿o Kirk?


Cuánto miedo da, señores; señores, qué miedo da. Cuando tiene que dar miedo. Cuando no, el hombre da lo que haga falta: agobio, asco, risa… Cómo estaba ese abuelo de Novecento (1976), aquel boxeador en El ídolo de barro (1949), ese juez de ¿Vencedores o vencidos? (1961), el coronel Dax en Senderos de gloria (1957), ese sargento en De aquí a la eternidad (1953)…

Hoy el miedo iba por ese J.J. Hunsecker en Chantaje en Broadway (1957), ese columnista sin escrúpulos, que profesa un amor posesivo por su hermana y es un adicto al “dulce aroma del éxito” (que es el título original de la película en inglés). Hoy me ha dado por verla, después de tenerla en mi casa más de un año, que fue cuando me la prestó un amigo. Peliculón. El cine negro nunca fue tan negro, tan clásico y tan moderno a la vez.


Cómo olvidar su papel en El extraño amor de Martha Ivers (1946), ese coronel de La batalla de las colinas del whisky (1965), el periodista rapaz de El gran carnaval (1951), el arquero de El halcón y la flecha (1950), ese marinerico del ukelele y la foca en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Van Gogh en El loco del pelo rojo (1956), ese pirata en El temible burlón (1952), esclavo/gladiador en Espartaco (1960), su paso por Saturno 3 (1980)… tantísimos papeles, tantos.

La idea de este post me ha venido por partida doble: de un lado, el haber visto la peli de Chantaje en Broadway, como ya he dicho; de otro, acordarme de ese peliculón que fue El gran carnaval, al verla esta mañana muy barata en DVD en el VIPS. Y no la he comprado, que conste en acta: he podido resistir la tentación.

Qué gran actor fue este hombre, ¿verdad? Los Hombres G le dedicaron la portada y el título de su mejor LP (y esos no homenajeaban a cualquiera, ¿eh? Solo a los grandes: Beatles, Jerry Lewis, Stella Stevens…). Para colmo, su legado no se ha extinguido, porque aunque murió en 1994 y sigue vivo, sabido es que es el padre de Michael Douglas.

Cómo olvidar sus papeles de tipo duro, en sus propias palabras “de hijos de puta”. Su distintiva sonrisa y su inmortal hoyuelo. Por no hablar de aquella mítica escena, tórrida en su momento, en que se hacía a Deborah Kerr en una playuqui. O su lucha a favor de Dalton Trumbo en la turbia y vergonzosa época de las “listas negras” del macartismo. Para más INRI, aunque su mera presencia ya llenaba la pantalla, en su época algún genio pensó que molaría ponerlo en pelis dándose la réplica a sí mismo, en plan Bette Midler o Lina Morgan.



Así fue cómo llegaron a gestarse Duelo de titanes (1957), Siete días de mayo (1964) y así hasta cinco títulos en los que el tipo interpretaba dos papeles. Tanto es así que os voy a revelar un secreto. Hay una leyenda urbana muy extendida últimamente con ayuda de Internet que asegura que en realidad se trataba de dos personas diferentes: dos actorazos como la copa de un pino.

jueves, 17 de julio de 2008

Yo te maldigo, trikini

Fig.1: Asín, no.

Triste, triste, triste, amigos. Ahora mismo se están revolviendo en sus respectivas tumbas culturales Brian Hyland (el de “amarillo era el biquini”), Brigitte Bardot, Ursula Andress, Raquel Welch, Phoebe Cates y los Hombres G (los de Historia del bikini, 1992). Un verano más, los medios de comunicación nos la intentan colar doblada. “Sí, sí, la última moda: el trikini”. Yo no sé a qué playa irán Matías Prats o Lorenzo Milá, pero en las que yo frecuento afortunadamente todavía no se ha visto ninguno.

¿Que no quiere usted enseñar carne? Me parece perfecto. Póngase un bañador normal, tipo maillot, o lo que sea. Pero señores periodistas y diseñadores de moda, no nos vengan con la fantasía de que el trikini es la prenda de moda porque además resulta supercómoda y supersexy. Sobre lo primero no tengo opinión, pero lo intuyo. Aparte que ríase usted de la que con un trikini de esos pretenda conseguir un bronceado uniforme. Sobre lo segundo…

Digámoslo ya y digámoslo bien alto. EL TRIKINI NO MOLA. No les mola a los tíos, por lo menos. Debió inventarlo algún ciego (con todo el respeto) o algún espabilado tratante de telas que no sabía qué hacer con los excedentes. El trikini, amigos, pertenece a esa categoría de prendas “pupita” o antilíbido como son los zapatos tipo bailarina o las bragas color carne de la abuelita. ¡NO! Unamos nuestras voces en un “no” rotundo a esta atrocidad que algunos llaman vanguardia.

A veces me gusta imaginar el momento genial de la invención del trikini. Me imagino a algún lumbreras de la moda pensando “Mmmmm… si el bikini resulta tan atractivo y seductor porque deja al aire gran parte de la epidermis, ¡mejorémoslo tapando la zona del ombligo!” ¿Sabéis si existe un Premio Nobel de la Moda de Baño?

Fig.2: Asín, sí.

Pobre Paquito Martínez Soria, ¡con lo que él disfrutaba en sus películas diciendo eso de “mozas en biquinini”! Toda esta tradición barrida de un plumazo. La revista Sports Illustrated, a la quiebra. El enano en bikini que hace de reportero en South Park… tampoco serviría ya. Si los granujas de la prensa se saliesen con la suya… Es curioso que hasta la Wikipedia advierta sobre el maldito trikini: “Aunque se promociona en los medios de comunicación como una prenda de moda, no es un prenda demasiado habitual”. ¿Hace falta añadir algo más?

Todo este post y esta indignación me han venido a la cabeza después de esta tarde. Dos amigas me han invitado a ir a sus respectivas piscinas el lunes por la tarde, y –por hacerme el gracioso- les he dicho que me daba mucha vergüenza que me vieran en biquini. Entonces he recordado cómo hará un mes iba por la calle con estas mismas amigas y en el escaparate de una tienda vimos ese engendro apodado trikini. Mis amigas tampoco son partidarias, vaya por delante este voto de calidad femenino.

Lo único guay del trikini es la palabra, derivada espuria de biquini (o bikini). Ya sabéis que el término bikini surgió, como la prenda moderna, en 1946 a raíz de las pruebas nucleares que los yanquis llevaron a cabo en el Atolón de Bikini, una de las Islas Marshall. Se suponía que la conmoción sociocultural (y el palotismo) que iba a producir la nueva prenda era comparable al de las explosiones nucleares. Con el tiempo alguien debió pensar que había una conexión entre la sílaba “bi”, el prefijo “bi-” y el hecho de que el susodicho fuese un bañador de dos piezas. Curioso, ¿no? De ahí “trikini”, “monokini” y lo que queramos.

Yo te maldigo, trikini. Personalmente, dedicaré toda mis energías a una empresa tan absurda y fútil como la cruzada contra el bañador de tres piezas (ni siquiera son tres de verdad, si es que es estúpido hasta el concepto). Parafraseando lo que Winston Churchill (ese cínico Premio Nobel de Literatura) les dijo a los alemanes, “te combatiré en las playas”. Nunca alguien se indignó tanto por tan poca tela.

lunes, 31 de marzo de 2008

Sólo el penitente pasará



“Indiana, Indiana, Indiana, Indiana… no sabes decir otra cosa, ya me tienes hasta la banana”
(Hombres G)

“Claro: ¡Alejandreta! En la ruta de los peregrinos…”
(Henry Jones, Sr.)


He querido esperar a que el telediario de Antena 3 diera el pistoletazo de salida acerca de la nueva película de Indiana Jones (un poco por respeto) antes de hablar aquí de ella. Pero este fin de semana mi indianismo ha alcanzado ya niveles insoportables. Por ejemplo el viernes le puse a un colega sin previo aviso un sms que decía “Solo el penitente pasará”. Ayer me vestí con una camiseta de Indiana Jones que me trajo mi novia de Londres. El tema de Hombres G no os digo cuántas veces ha sonado en mi coche porque me da vergüenza.

Mi conclusión es clara: después de casi 20 años sin Indy, la peña está lista. Mi colega el del mensaje no tardó ni dos minutos en contestarme con otro sms solo para iniciados: “Claro, Alejandreta”. La semana pasada, otro colega y yo mantuvimos una conversación similar:
Solo el penitente pasará. El penitente se arrodilla: ¡arrodíllate!

He de reconocer que a mí Indiana Jones me cogió pequeño: recuerdo haber hecho una hora de cola en 1984 en un cine que ya no existe para ver Indiana Jones y el templo maldito, para en el último momento volverme a mi casa acojonado. ¿El motivo? Mis primitas mayores, que ya la habían visto, me contaron que en aquella peli salía un señor que le arrancaba a la gente los corazones a pelo, y como que no. Lo del “sorbete de sesos de mono” tampoco me simpatizaba demasiado.

Con el tiempo vi la peli, que me encantó, al igual que En busca del arca perdida (1981). Para colmo Indiana Jones tenía un atractivo añadido. No solo salía un señor con látigo y con pistola dando jarilla y una trama pseudohistórica, también había nazis. El acabóse, vaya. Para mí el culmen de la saga llegó con Indiana Jones y la última cruzada. Irónicamente, ya en su época esta peli marcó un distanciamiento con las otras, en cuanto que se dijo que Harrison Ford ya estaba mayor para el papel (corría el Año del Señor de 1989).

La última cruzada incluía todo lo mejor de Indiana Jones, y no solo nazis sino el Afrika Korps. Recuerdo que Sean Connery derribaba un Messerschmitt Bf 109 azuzándole una bandada de gaviotas (¡Ah, si el Principito hubiese conocido esta técnica de combate aéreo…!), y que salía un super zeppelín hipermolón. Esta peli tuvo en mí un efecto hipnótico, y pienso que en toda mi generación, si no no se explica que conozcamos muchos de sus diálogos de memoria. En aquellos tiempos yo estaba a tope con el PC (yo no sé si tenía 10 megas de memoria, procesador 486 y un monitor VGA), y puedo decir sin dudarlo que la aventura gráfica de Indiana Jones y la última cruzada ha sido el único juego al que he estado enganchado en mi vida.

En el juego estaba la peli entera (¡fantasía!): había que ir a Venecia, romper el suelo de la iglesia y meterse por las catacumbas, luego volar en el zepelín, ir al castillo aquel nazi en Alemania… debo confesar que jamás logré terminarlo, pero un colega mío sí, y una sola vez me fue dado contemplar hasta la última pantalla en su casa. Luego salió aquel otro, Indiana Jones y el destino de la Atlántida (1992), pero nunca nada ya fue igual. De un lado, este juego no tenía la referencialidad externa de una peli que lo apoyase, de otro uno ya iba dejando atrás la niñez para adentrarse en el complejo mundo adolescente, mucho más peligroso que esas serpientes que tanto miedo dan a Indy.


Ahora se anuncia (para el 22 de mayo) el estreno de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal y la estoy esperando –por hacer el chiste- como agua de mayo. Nunca será demasiado pronto para que se estrene una nueva peli de Indiana Jones. Porque sé que no va a defraudar: si no fuera a estar bien, quiero creer que los implicados (Spielberg, Lucas, Ford) no se jugarían de ese modo su prestigio. Por si fuera poco sale Cate Blanchett. En esta ocasión, los nazis son sustituidos por “robots ateos y comunistas” de más allá del Telón de Acero, pero si algo nos enseñó la peli de coña Top Secret (1984) es que nazis y comunistas son totalmente intercambiables.
 
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