Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 17 de diciembre de 2008

El castigo de Antena 3: ¿Cal o arena?


No finjáis, que vosotros también lo visteis. Parece ser que lo vio media España, me refiero a la miniserie El castigo (2008), dirigida por Daniel Calparsoro, que emitió Antena 3 entre este lunes y este martes pasados. Fue el espacio de ficción más visto del 2008. Voy a entrar a analizar y valorar la serie o telefilme, habrá spoilers, pero si no la visteis pienso que ya da igual (aunque todavía puede verse en la web de Antena 3).

La trama es simple: en el Pirineo leridano funciona una granja-reformatorio regentada por unos sádicos que con métodos brutales pretenden re-educar a una pandilla de mocosos pijos y odiosos. Uno de ellos es el más gallito del corral, y logra protagonizar un intento de fuga exitoso. Al parecer, la serie está basada en hechos reales destapados hace un par de años.


En principio la serie ofrece algo para todo el mundo: he leído en una crítica en El País que es imposible empatizar con los brutales cuidadores, con los niñatos o con sus padres. Esto es falso. El que escribió la crítica parece ofendido por el hecho de que los terribles acontecimientos tuvieran lugar en Lérida y se esmera en decir que es una provincia de puta madre. Enhorabuena, ¿y? ¿Vio usted la serie, maestro? Como digo, la serie ofrece algo para todo el mundo: los equívocos chavales, jovenzuelos perversos, pueden actuar como modelo alternativamente positivo o negativo para la juventud actual, sedienta de emociones fuertes. Los padres inhibidos o simplemente “en la parra” que, no habiendo sabido enfrentarse a los problemas a tiempo optan por enviar a sus hijos esta institución no del todo legal, pueden hallar eco en muchísimos progenitores de hoy en día, desorientados ante las barbaridades de sus retoños. Ojo, no digo que toda la juventud sea así, es minoría, pero hay mucho con lo que sentirse identificados, a distintos niveles.

Tal vez los únicos con los que resulte imposible la identificación o la empatía del espectador sean los “guardianes”, mitad educadores mitad torturadores. Su maldad y crueldad no deben ser atractivas para el espectador medio, pero no dejan de estar retratados de forma no grosera sino más o menos sofisticada. La gobernanta, sádica, con toques de sadismo sexual incluso, tiene detrás una historia de frustración y venganza por un hijo que le mataron unos niñatos. El marido sumiso, bailando al son que ella le marca y un tercer guardián, que representa el brazo ejecutor y la fuerza bruta, pero también cuestiona la idoneidad de los métodos de “castigo” de la jefa, que él mismo implementa.


Los jovenzuelos son sometidos a todo tipo de castigos y vejaciones, auténticas torturas físicas y psicológicas: duermen en jaulas, son encadenados, mal alimentados, realizan absurdos trabajos forzados, tienen restringida la higiene y el acceso al cuarto de baño, son apalizados, colgados boca abajo, sufren torturas de asfixia, humillaciones vebales, y un latgo etcétera. Todo con el objeto de “reeducarlos”: quebrarles la voluntad y hacer de ellos buenos muchachos sumisos, obedientes y respetuosos.

¿Y qué han hecho estos angelitos para merecer (o no) semejante trato? Los padres ignoran la realidad de la granja, solo les interesa el “producto acabado” de sus niños reformados, pero los han enviado allí porque algún que otro plato sí que han roto. Ejemplos de cositas que habían hecho los chavales: conducir sin carnet y a toda leche el coche de papi (cogido sin permiso) y matar a un hombre, drogarse y beber sin cuento, en el caso de las niñas zorrear como poseídas (incluso hacer estriptis por dinero), insultar a sus padres, grabarles mientras mantenían relaciones sexuales, todo esto bajo el manto de sus caritas de ángeles y sus uniformes de colegios de pago.

Es un hecho innegable que lo que les hacen a estos jóvenes (edades entre 18 y 19 años) es una salvajada y no se justifica (en cuanto los padres tienen conocimiento los sacan de allí y se procesa a los responsables). Pero también es cierto que estos mocosos son unos hijosdeputa de marca mayor y que se les habían ido a sus padres de las manos. Y ahora, ¿quién le pone el cascabel al gato? No digo que ningún chaval que haya visto la serie se vaya a poner a atropellar gente pero… ¿y a conducir sin carnet fumando un porro mientras le tocan la pirola? ¿Y que una niña le diga a su padre “Te odio, eres un cabrón”? Tampoco es ciencia ficción, amigos, abramos los ojos.


La miniserie (que considero correctamente rodada, estupenda en lo narrativo –intercalando presente e historias del pasado, en plan Perdidos-, con la suficiente caracterización psicológica de todos los personajes, con su poquito de intriga) plantea un problema que está en nuestra sociedad, y no podemos mirar para otro lado. A menudo se clama que la mala educación de hoy hará que mañana se caigan los puentes y sean ineptos los doctores. Creo que eso es una tontería. Lo que sí hará la mala educación de hoy (ya lo está haciendo) es que los jóvenes adultos sean unos desaprensivos, ultrahedonistas, carentes de empatía, egocéntricos y que se crean con derecho a todo.

Al final (debo contarlo, lo siento), los chiquitinos quedan libres (incluida una que no duda en planear follarse al primero que pilla –literalmente- para quedarse embarazada y largarse del reformatorio). Han sufrido mucho, un castigo desproporcionado. Está claro que algo había que hacerles, merecían un escarmiento, pero ¿les ha servido para algo? Aparentemente han vuelto felices al redil, son hijos cariñosos, responsables y modélicos, han aprendido la lección. Jóvenes de hoy, atractivos, de buena familia, perfectamente integrados. La última escena (homenaje a La naranja mecánica, 1971) nos devuelve a la brutal realidad: los jóvenes quedan en pandilla para dedicarse a apalizar indigentes.


Era solo una miniserie, pero ojo, amigos, estos son los que queman luego los cajeros con gente dentro.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Leninismo y zambombas


“Deja los libros, que hoy queremos descansar”
-Torrebruno




No, amigos, no me he vuelto loco. Y no, buen Migue, no estaba de resaca esta mañana (lo digo porque anoche no hubo post). Anoche no hubo post por culpa del puro y duro cansancio, casi nunca me puede pero anoche sí. Hoy vengo a hablaros de dos temas tan palpitantes como son el Leninismo y las zambombas.

A menudo en la prensa surge el tema de la educación en España a nivel secundario (los institutos, vamos), también en las tertulias de café surge, y en ciertas cenas. La educación es como el fútbol: todos tenemos nuestras propias ideas sobre ella, y todos sabemos más que los profesionales. Para colmo, como todo el mundo ha tenido una experiencia de paso por el sistema educativo, parece que nos vemos aún más capacitados para tener una fuerte opinión. Lo curioso es que a la consulta del médico también hemos ido todos muchísimas veces y no se nos ocurre ir por ahí sentando cátedra sobre medicina. A casi nadie, por lo menos.


Algún día os contaré por qué, pero tengo bastantes amigos profesores de instituto, entre ellos el buen Harvest (cuya opinión sobre el concierto de Dylan causó tanta polémica aquí), que me nutre de muchas anécdotas. Harvest me ha contado esta semana dos historias que se refieren a los dos extremos de la Educación Secundaria, el escalón más alto y el más bajuno. Me refiero a 1º de la ESO y a 2º de Bachillerato, en el primer curso los niños entran con 12 ó 13 años, del otro salen (con suerte) con 18, aunque pueden estar hasta los 21. A 1º de la ESO se llega sabiendo hacer apenas la “O” con un canuto, de 2º de Bchillerato se debe salir listo para la Universidad (o sea, la “O” con un canuto con mejor caligrafía).

Me cuenta el buen Harvest que le ha tocado en suerte este año una clase de Refuerzo de Lengua Española (pese a no ser esa su especialidad), en la cual hay media docena de niños problemáticos. Estos chiquitines no llegan ni a ser simpáticos, que es lo mínimo que se les pide a los alumnos de estas edades. Hay entre ellos dos de una etnia muy famosa en España cuyo nombre me ha pedido Harvest que no revele para que no se le acuse de “racista”. Estos chicos, de 14 años ya, poseen un nivel académico diagnosticado como de 1º de Primaria (6 años). Baste decir que uno de ellos es sordomudo y, con su edad, muy amigo de ir al instituto en coche (conduciendo él mismo) y que el otro es muy fan de Bruce Lee pero no tanto de Gloria Fuertes. Ah, y también es fan de gritarle a su profesor y tirarle a la cara su cuaderno de trabajo.



Los otros de esa clase son fans de la caza, las motos y coches de gran cilindrada y la imitación de sonidos animales. Pero hay uno que no se porta mal, que no finge disparar a las tórtolas en clase ni llama “hijos de puta” a sus compañeros. Quedito, con muchísimo esfuerzo, realiza sus tareas (de manera desastrosa, pero bueno..) y aún tiene tiempo de hacer de traductor entre Harvest y el simpático alumno sordomudo. Tiene evidentes dificultades cognitivas, de aprendizaje, o como se les llame ahora. En palabras de una profesional especialista en psicopedagogía: “Ese crío es zambombín”. Amigo Zambombín, yo te saludo con respeto. Serás torpe, serás lo que usted quiera, pero con tu actitud de esfuerzo continuo y entrega desinteresada estás dando una lección más alta que cualquiera que pudiera dar tu profe Harvest.

En el extremo opuesto del escalafón educativo, en la supuesta aristocracia (por edad y conocimientos académicos) se hallan los chiquitines de 2º de Bachillerato. A estos se les supone la madurez como el valor a los militares. Pero la realidad es que suelen destacar por su poca vergüenza y su tendencia al fiesterismo. Me cuenta Harvest que este año, los mayores de su instituto, con la milonga del Plan Bolonia han encontrado un filón. Cada dos por cuatro te recogen firmas y te organizan una huelga para faltar por el puto careto bajo el paraguas de la acción reivindicativa. Y luego, vaya usted a quejarse y a dar la materia por dada. Como bien dice Harvest, “¡Coño, yo cuando hago huelga sufro las consecuencias: ese día no cobro, y además lo tengo que anunciar en tiempo y forma!”.



Desde el profesorado progre, parece ser que estas dizque huelgas del alumnado (y la alumnada) son contempladas con ojillos cariñosos. Tiernones, ¡ay! Dicen que los alumnos están en su derecho, que está muy bien que sean jóvenes comprometidos, que despierten sus conciencias políticas. ¿Pues no dicen que los chavales se están afiliando en masa a un sindicato de estudiantes Marxista-Leninista! A mí todo esto me parece muy bien, pero en mi época, en mi año de COU, cuando queríamos faltar se iba a los profesores y se les decía: “Mira, que hoy no nos apetece dar clase. Que nos vamos a tangar”. No estaba bien visto, pero a ver qué haces. Recuerdo que en cierta ocasión nos fuimos a recorrer las calles cantando villancicos (nosotros es que no éramos tan comprometidos como la juventud de ahora). Y pensando en los villancicos: ¡qué bien nos hubiera venido entonces contar con una zambomba… o al menos un zambombín!

domingo, 4 de mayo de 2008

Los detectives fantoches

Estos detectives sí que eran bonicos... y también iban al cole.



Viendo Euronews me topo con una noticia acerca de la educación en diferentes países de Europa. En Francia, por ejemplo, preocupa la reforma de la Educación Primaria que el gobierno quiere implantar. Para horror de pedagogos, psicopedagogos y parapsicólogos, el gobierno pretende nada menos que los niños aprendan a leer y a escribir y las reglas de aritmética (en lugar de a ser creativos y a pasarlo chupi). En Alemania hay malestar por la subida de las tasas en las universidades, y así. Le llega el turno a España y ¿qué nos encontramos? “Temporada alta para los detectives privados. En estas fechas sube la contratación de detectives por parte de padres para seguir a otros padres y niños en un intento de acabar con un fraude”.

Al parecer, la gente quiere meter como loca a sus hijos en colegios concertados (no me explico por qué) y mienten sobre su domicilio, gestan falsos divorcios, se inventan enfermedades, etc, con tal de coger puntos y entrar en esos coles, lo que deja fuera a muchos alumnos “genuinos” a los que les correspondería tener plaza por la zona en que viven. ¿Detectives? ¿Se nos ha ido la cabeza? Entonces pienso en los más famosos casos de Hercule Poirot, Miss Marple, Sherlock Holmes o Philip Marlowe y es cuando se me va la cabeza a mí. Miss Marple llamando a los porterillos electrónicos… Sherlock Holmes analizando la ceniza del puro de un padre para llegar a la conclusión de que esa marca no la vende ningún estanco del barrio... Marlowe o Sam Spade ligándose a una portera para sonsacarle información (“¿Y dices que los García no viven aquí en realidad, muñeca?”).

¿Sigo? El sabueso de los Baskerville multado por hacer caquita en las aceras de mi barrio. Colombo yendo a dar por culo a los padres de un niño celíaco (“Solo una preguntita más… ¿ese papel de Bollycao que había en la entrada no será por casualidad suyo, verdad?”). La señorita Jessica Fletcher lo iba a flipar escribiendo un best-seller sobre un colegio de curas, y Pepe Carvallo iba a tener una úlcera de tantos atracones como se iba a tener que dar hasta que el papá de Pepito Pérez le confesara que en realidad su divorcio era solo una tapadera para que su hijo pudiera asistir a un colegio con clases de natación.

Ya veo al ciego Jorge Luis Borges hacérsele la boca agua: una antigua leyenda china o sajona nos habla del nombre de un colegio, y cómo este solo podrá pronunciarse si la persona con la que has soñado ha soñado a su vez contigo (y mientras tanto, catorce madres le pasan por delante de sus narices y se matriculan fraudulentamente en Primaria). La literatura y el cine detectivescos estaban plagados de casos de faldas y de malos rollos laborales, pero esto inaugura un nuevo filón en el sector. El extraño caso de la adaptación curricular. Sherlock Holmes progresa adecuadamente. Fu-manchú y el misterio de la familia monoparental. El impreso de matrícula maltés…

A lo mejor es porque vengo de leerme La piedra lunar (1868) de Wilkie Colllins, que pasa por ser la primera novela policíaca de la historia. A lo mejor es porque me dio el sol viendo la serie Física o química pero me da la impresión de que todo esto es una locura. Los verdaderos problemas de la educación se soslayan mientras perdemos el tiempo con chorradas como esta. Posiblemente la solución pase por encontrar una carta escrita años ha por un viejo coronel retirado que estuvo en la India, mató a una persona, robó un diamante y está tratando de extorsionar a la actual ministra de Educación.
¡Desde El secreto de la pirámide (1985) no veía tanta relación entre detectives y colegios!
 
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