Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 3 de abril de 2009

Previously on Lost...


(Contiene una mijinina de spoiler, más que nada porque si no no podría ni decir ni "mu". Pero tranquis que no desvelo ni cuento absolutamente nada de la serie, ¿eh?)




¿Nombres de filósofos? Locke, Hume, Rousseau, "Ecko"... ¿Vinilos de Mama Cass? ¿Yogur helado? ¿El barco de Penny? ¿Estaciones DHARMA? Chicos, me dais jaqueca. Y es que, aunque no lo parezca, las cosas que aparecen en Perdidos (2004- ) son lo más bizarro desde aquella serie de TV en la que se veía un oso polar en la jungla. Ah, que eso también ocurrió en Perdidos.

Nos hemos acostumbrado a dar por bueno lo inverosímil, a que jueguen con nosotros, que nos engañen y además nos guste. Es lo que hace la serie Perdidos, más conocida como "lo mejor desde el chicle". Como si de una peli de Chamalaman hipertrofiada se tratara, el programa dinamita todas nuestras expectativas, cambiándonos una y otra vez las reglas del juego a mitad de la partida. ¿Qué diantres estamos viendo? ¿Una serie de acción? ¿Una de fantasmas? ¿Un drama? ¿Comedia? ¿Ciencia ficción? ¿Dónde está Walt, alguien se acuerda? (Yo no).


Cada episodio supone un enrevesamiento mayor, y cada temporada (hablo de las 4 primeras) plantea más interrogantes de los que soluciona, pero es que mola tanto... ¿Qué nos están contando? Yo qué sé, pero me encanta verlo. A estas alturas supone ya un tópico aludir al nivel de calidad cinematográfico que esta serie posee. La manera de rodarse, los costes de producción, el trabajo actoral y el nivel de los guiones la acercan más a la gran pantalla que a la chiquitica. ¿Es para tanto, Porerror?, me preguntan todos los que no la han visto. Mi respuesta es indefectiblemente "Sí, para tanto y para más".

¡Uuuuff!, qué pereza! Engancharse ahora a una serie que va ya por la quinta temporada, con decenas de episodios, con un gordo comiendo pollo frito, un calvo con puñales, una embarazada con acento australiano... Pues si no la quieres ver no la veas, a mí también me daba perezona hasta que me puse y ya no pude parar. Y en cuanto a la extensión o enrevesamiento de la trama, más larga y complicada es la Biblia y continúa siendo el libro más leído del mundo.

Dicho esto, he de admitir que una vez finalizada la 4ª temporada ha habido tantos twists, giros, escorzos, trompos, volteretas y detentes horizontales, es tal la cantidad de info que atesoramos acerca de la isla y los personajes, que pasados varios meses desde que terminé de verla se me había olvidado mucho. ¿Cómo puede dar tanto de sí la historia de 80 jipis en una isla desierta? Eso mismo me pregunto yo, señora, ji ji ji ji ji ji ji ji ji...


En Estados Unidos la 5ª temporada ya está well underway (dicen que habrá 6): llevan diez episodios. No siendo muy amigo de pasarme la semana sufriendo a la espera de una nueva entrega de suspense de mi serie favorita, he preferido aguardar a que pasaran varios capítulos para poderlos así ver del tirón. Y eso pese a tener amigos que llevaban meses urgiéndome a que me pusiera a verla. De manera que esta semana he empezado con la 5ª, y dice el refrán que "no hay quinto malo". He de admitir que para ponerme a verla me ha sido necesario un pequeño esfuerzo de documentación previo (leer en Wikipedia la sinopsis de toda la 4ª temporada, ver el episodio cero "Destiny Calls"), pero esto ya está en marcha.

Y ya han empezado las sorpresas. Considero que este inicio de temporada es más flojo que los 4 anteriores ("el menos efectista de todos", según el buen Fran G. Matute), pero así y todo la cosa promete mogollón. También hay que decir que el final de la 4ª nos dejaba un misteriazo de narices, y que los principios de la 2ª, 3ª y 4ª temporadas habían sido absolutamente a-maz-ing (por usar esa jerga friki de los fans). Como de la 5ª solo llevo dos episodios, poco más os tengo que contar, salvo que ya estoy tardando en seguir viendo otro nuevo esta tarde. En otras palabras, amigos, que tengo que regresar a la isla.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El castigo de Antena 3: ¿Cal o arena?


No finjáis, que vosotros también lo visteis. Parece ser que lo vio media España, me refiero a la miniserie El castigo (2008), dirigida por Daniel Calparsoro, que emitió Antena 3 entre este lunes y este martes pasados. Fue el espacio de ficción más visto del 2008. Voy a entrar a analizar y valorar la serie o telefilme, habrá spoilers, pero si no la visteis pienso que ya da igual (aunque todavía puede verse en la web de Antena 3).

La trama es simple: en el Pirineo leridano funciona una granja-reformatorio regentada por unos sádicos que con métodos brutales pretenden re-educar a una pandilla de mocosos pijos y odiosos. Uno de ellos es el más gallito del corral, y logra protagonizar un intento de fuga exitoso. Al parecer, la serie está basada en hechos reales destapados hace un par de años.


En principio la serie ofrece algo para todo el mundo: he leído en una crítica en El País que es imposible empatizar con los brutales cuidadores, con los niñatos o con sus padres. Esto es falso. El que escribió la crítica parece ofendido por el hecho de que los terribles acontecimientos tuvieran lugar en Lérida y se esmera en decir que es una provincia de puta madre. Enhorabuena, ¿y? ¿Vio usted la serie, maestro? Como digo, la serie ofrece algo para todo el mundo: los equívocos chavales, jovenzuelos perversos, pueden actuar como modelo alternativamente positivo o negativo para la juventud actual, sedienta de emociones fuertes. Los padres inhibidos o simplemente “en la parra” que, no habiendo sabido enfrentarse a los problemas a tiempo optan por enviar a sus hijos esta institución no del todo legal, pueden hallar eco en muchísimos progenitores de hoy en día, desorientados ante las barbaridades de sus retoños. Ojo, no digo que toda la juventud sea así, es minoría, pero hay mucho con lo que sentirse identificados, a distintos niveles.

Tal vez los únicos con los que resulte imposible la identificación o la empatía del espectador sean los “guardianes”, mitad educadores mitad torturadores. Su maldad y crueldad no deben ser atractivas para el espectador medio, pero no dejan de estar retratados de forma no grosera sino más o menos sofisticada. La gobernanta, sádica, con toques de sadismo sexual incluso, tiene detrás una historia de frustración y venganza por un hijo que le mataron unos niñatos. El marido sumiso, bailando al son que ella le marca y un tercer guardián, que representa el brazo ejecutor y la fuerza bruta, pero también cuestiona la idoneidad de los métodos de “castigo” de la jefa, que él mismo implementa.


Los jovenzuelos son sometidos a todo tipo de castigos y vejaciones, auténticas torturas físicas y psicológicas: duermen en jaulas, son encadenados, mal alimentados, realizan absurdos trabajos forzados, tienen restringida la higiene y el acceso al cuarto de baño, son apalizados, colgados boca abajo, sufren torturas de asfixia, humillaciones vebales, y un latgo etcétera. Todo con el objeto de “reeducarlos”: quebrarles la voluntad y hacer de ellos buenos muchachos sumisos, obedientes y respetuosos.

¿Y qué han hecho estos angelitos para merecer (o no) semejante trato? Los padres ignoran la realidad de la granja, solo les interesa el “producto acabado” de sus niños reformados, pero los han enviado allí porque algún que otro plato sí que han roto. Ejemplos de cositas que habían hecho los chavales: conducir sin carnet y a toda leche el coche de papi (cogido sin permiso) y matar a un hombre, drogarse y beber sin cuento, en el caso de las niñas zorrear como poseídas (incluso hacer estriptis por dinero), insultar a sus padres, grabarles mientras mantenían relaciones sexuales, todo esto bajo el manto de sus caritas de ángeles y sus uniformes de colegios de pago.

Es un hecho innegable que lo que les hacen a estos jóvenes (edades entre 18 y 19 años) es una salvajada y no se justifica (en cuanto los padres tienen conocimiento los sacan de allí y se procesa a los responsables). Pero también es cierto que estos mocosos son unos hijosdeputa de marca mayor y que se les habían ido a sus padres de las manos. Y ahora, ¿quién le pone el cascabel al gato? No digo que ningún chaval que haya visto la serie se vaya a poner a atropellar gente pero… ¿y a conducir sin carnet fumando un porro mientras le tocan la pirola? ¿Y que una niña le diga a su padre “Te odio, eres un cabrón”? Tampoco es ciencia ficción, amigos, abramos los ojos.


La miniserie (que considero correctamente rodada, estupenda en lo narrativo –intercalando presente e historias del pasado, en plan Perdidos-, con la suficiente caracterización psicológica de todos los personajes, con su poquito de intriga) plantea un problema que está en nuestra sociedad, y no podemos mirar para otro lado. A menudo se clama que la mala educación de hoy hará que mañana se caigan los puentes y sean ineptos los doctores. Creo que eso es una tontería. Lo que sí hará la mala educación de hoy (ya lo está haciendo) es que los jóvenes adultos sean unos desaprensivos, ultrahedonistas, carentes de empatía, egocéntricos y que se crean con derecho a todo.

Al final (debo contarlo, lo siento), los chiquitinos quedan libres (incluida una que no duda en planear follarse al primero que pilla –literalmente- para quedarse embarazada y largarse del reformatorio). Han sufrido mucho, un castigo desproporcionado. Está claro que algo había que hacerles, merecían un escarmiento, pero ¿les ha servido para algo? Aparentemente han vuelto felices al redil, son hijos cariñosos, responsables y modélicos, han aprendido la lección. Jóvenes de hoy, atractivos, de buena familia, perfectamente integrados. La última escena (homenaje a La naranja mecánica, 1971) nos devuelve a la brutal realidad: los jóvenes quedan en pandilla para dedicarse a apalizar indigentes.


Era solo una miniserie, pero ojo, amigos, estos son los que queman luego los cajeros con gente dentro.

jueves, 31 de julio de 2008

De ratones y atunes


En Estatuas Verdes se lee a los premios Nobel, amigos. A unos más que a otros, todo hay que decirlo. Por ejemplo a Kipling, Eugene O’Neill, T.S. Eliot, Juan Ramón Jiménez, Samuel Beckett, Albert Camus, Hemingway, Neruda, García Márquez, Cela, Octavio Paz, Toni Morrison, Doris Lessing. También se ha palpado en menor medida (cuentos o poemas sueltos) a Vicente Aleixandre, Nadine Gordimer, Saramago, Harold Pinter, Seamus Heaney, Derek Walcott, Miguel Ángel Asturias, Winston Churchill, G.B. Shaw o W.B. Yeats. Si no sabíais qué leer este verano, ya tenéis ideas.

El párrafo de arriba me ha quedado que parece un listín telefónico, pero todo esto viene a cuento de que a veces mola leer los clásicos. Cierto es que el Nobel se lo han llevado muchos petardos, y otros muchos meritorios se han quedado sin él (Tolstoy, Ibsen, Zola, Mark Twain, Nabokov, Graham Greene, Borges, Bob Dylan… por citar a algunos que han estado nominados). Aun así, en mi inocencia me gusta pensar que este premio es en cierto modo, garantía de calidad. Esta semana me he leído un par de libritos bastante clasicotes, y da la casualidad de que los escribieron señores a los que mire usted por dónde luego les concedieron el Nobel.


De ratones: Nunca había leído a John Steinbeck, lo confieso. Las uvas de la ira (1939) me da perezona (me quedé dormido viendo la peli, además), pero desde hace años venía escuchando maravillas acerca de esa novelita corta y estupenda titulada De ratones y hombres (1937). Hace poco, viendo Perdidos, noté que un personaje se la estaba leyendo, y que luego ese y otro tienen una conversación a propósito del libro. Como soy tan esnob y tan novelero interpreté aquello como una señal y me faltó tiempo para ir por el libro.

No os voy a espoilear la historia si no la conocéis, pero baste decir que la trama es simple. Dos temporeros (uno de ellos con menos luces que una bombilla de trapo) vagan de rancho en rancho por California en los años de la Gran Depresión. Su sueño es ahorrar una mijita y establecerse por cuenta propia en un terrenito, una especie de metáfora del “sueño americano” si queréis. Sería tópico aquí reiterar lo que ya se sabe de un clásico: el autor despliega un hondo conocimiento del alma humana, la historia –pese a su localización espaciotemporal tan precisa- es universal, se te pueden caer dos lagrimones como puños leyéndola… El librito me ha dejado con la boca abierta.



De atunes: A diferencia de su compatriota Steinbeck, Ernest Hemingway (a partir de ahora “Tito Jemi”) es un viejo conocido. Será porque durante la carrera tuve que leer una de sus obras dos veces (Fiesta, 1926), porque sus cuentos son la leche en vinagre o porque su retrato del París de entreguerras ha quedado como verdad absoluta, el caso es que el tipo me parece uno de los mejores escritores del siglo XX. Sería un machista, escribiría con frases cortas, lo que ustedes quieran. El nota escribía con pasión, y eso se deja ver.

Lo mismo hablaba de las guerras (Mundiales y Civil Española) que de la caza en África, de la pesca en USA o del toreo en Pamplona. Cuando fui por De ratones y hombres me llevé también otro librito clásico de menos de cien páginas: El viejo y el mar (1952). El asunto no podría parecerme menos interesante: la pesca en Cuba. La trama es simple: un viejo (al que ayuda un niño) se enfrenta al mar y se pone a prueba a sí mismo tratando de pescar un pez espada gigante. Como acertadamente dice Greg Nagan en su hilarante La Ilíada en 5 minutos y otros clásicos instantáneos (2000), El viejo y el mar es el Moby Dick de los pobres”.

Las excelentes referencias que tenía de esta obra me hicieron vencer las reticencias acerca de su temática, y doy gracias por ello. ¡Menudo librazo! Con haberme gustado más el de Steinbeck (me quito la careta), admito que este se lleva la palma en esa extraña actividad consistente en manchar el blanco con negro que algunos llaman Literatura. El uso del lenguaje es aquí clave, la sobriedad del estilo, y podríamos repetir todo lo que dije a propósito de De ratones y hombres en el cuarto párrafo de este post.


De hecho, el lenguaje es la clave en ambos libros. Steinbeck recurre al dialecto y la jerga de unos jornaleros incultos, tratando de reflejar ortográficamente ciertas pronunciaciones incultas o regionales. Tito Jemi, en su tónica, salpimenta su obra de expresiones españolas con idea de darle sabor (“salao”, “ay”, “gran ligas”, “bonita”…). Francamente, esto no me impresiona, lo que sí me deja patidifuso es la poesía de unas frases declarativas tan simples, de una prosa tan aparentemente tosca. El Premio Nobel de Literatura lo tiene bien merecido, ahora comprendo que, tras pasarse cien páginas llamando a los delfines “peces” no le dieran también el de Biología.

martes, 22 de julio de 2008

De feminismo, psicodelia y drojas


Hay un momento de Perdidos en que a Charlie, el rockero drojainómano, le preguntan que cómo es que sabe tanto sobre animales y él responde: “¿Qué te crees que ve uno cuando está colocado?, documentales de naturaleza”. Correcto. A mí me ocurre algo parecido al despertarme, cuando estoy recién levantado. No hace falta que tenga resaca siquiera, va uno así como atontolinado, y en esos momentos lo que se ve por la tele no tiene precio.

Antena 3 es mi refugio en esos momentos, con sus series absurdas para desayunar: la de una niña australiana que no quería crecer, la de las tres sirenicas, la de la hermana de Britney Spears, últimamente la de los dos hermanos uno gordo y otro flaco… De este modo es como he trabado contacto con una de las mayores abominaciones que ha dado el medio televisivo en sus aproximadamente sesenta años de existencia. Me estoy refiriendo a la serie sueca Pippi Calzaslargas (1969).

Ya en cierta ocasión hablé aquí de psicodelia, sin demasiado éxito, pero es que se trata de uno de mis temas favoritos. La serie de Pippi (y sus secuelas, Pippi en Taka-Tuka, etc…) constituye un refinadísimo ejemplo de psicodelia y alteración de los sentidos, el producto de una época si se quiere. Su impacto visual, la bizarría de situaciones y personajes y el innovador montaje así lo atestiguan. Lo gracioso es que la serie Pippi Calzaslargas no es un original sesentero sino la adaptación televisiva de una serie de libros infantiles.

Al parecer, mientras el resto del mundo contenía la respiración con noticias como el ataque a Pearl Harbor, la conquista japonesa de Singapur o la batalla por Leningrado (invierno de 1941), en la neutral Suecia la señora Astrid Lindgren se dedicaba a inventar para su hijita enferma la historia de una chica de nueve años, pecosa y extraordinariamente fuerte. La “creación” –Pippi Långstrumpf, “medias largas”- era una niña aparentemente huérfana que fantaseaba ser hija de una reina de los Mares del Sur y un capitán pirata.


Por si esto fuera poco, la chiquitina vivía sola en una colorista mansión –perdón, sola no: la acompañan sus mascotas: un mono llamado “Mr. Nilsson” y un caballo con sarampión que responde por “Pequeño Tío”. No fingiré que esta serie formó parte integral de mi infancia, a mí me cogió demasiado joven, nunca la vi en su día. Mi primer contacto con el mundo de Pippi fue ver a la chavala, con su traje de retales y sus pelirrojas coletazas hacia arriba, tomando el té con un monito vestido con su camisita y su canesú, al que recriminaba de aquesta guisa: “¡Señor Nilsson, es usted una señorita muy mala!”.

Por poco me caigo de la silla del impacto, si eso no es psicodelia que venga Syd Barrett y lo vea. A lo mejor es que me habían echado droja a mí en el colacao, pero me da que los que habían tomado cositas eran los que hicieron la serie, la propia Astrid Lindgren (perpetradora de los guiones) y el director Olle Hellbom. A esta aventura siguieron otras en las que Pippi iba a una fiesta infantil y les medía el lomo a varios chavalines mayores que ella, otra en que la liaba en una feria (encantador de serpientes incluido), se enrolaba en un barco pirata… en fin, un despropósito detrás de otro. Pero tú lo veías, ¿no, Porerror?: Touché!

Llamadlo morbo, llamadlo fascinación, recordad a Ignatius J. Reilly gritándole a la pantalla de su televisor, pero me resultaba imposible apartar la vista de la pantalla. Leo en una página web sueca que ahora resulta que se reivindica a Pippi Calzaslargas como pionera del movimiento feminista. Claro, claro, y Jesucristo fue el primer marxista, y el León Melquiades de Hannah-Barbera el primer contestatario gay. Prefiero no tomarme tan en serio al personaje, seguir pensando en Pippi como algo lúdico, desprovisto de agenda política o ideológica. Pero tengo que admitir que cuando uno reflexiona, no puede evitar pensar que esta Pippi Calzaslargas critica los vicios de la burguesía (y de las tías pesadas de visita) como solo lo hicieran las obras de teatro de Ionesco o las pelis de Jacques Tati.

lunes, 7 de julio de 2008

Perdidos: ¿Lo mejor desde el chicle?



Corren rumores muy malintencionados de que a partir de septiembre voy a tener por vecino a Marcial Ruiz Escribano, antes conocido como el ¡Ga-ñááááán! Poco más o menos así será, y entonces será también inevitable que me tope con la visita de su insidioso cuñado. Cuando me vea, el cuñado me dirá: “Te lo dije, Porerrorete, TE LO DIJEEEEEEEE!!!”

Y no se estará refiriendo a lo melosa que me haya salido la tortilla de patatas sino a la serie de televisión Perdidos (2004-????). Tengo varios amigos, que cual cuñados saltarán como hienas en cuanto lean este post, lo sé. Y tendrán razón. Uno en concreto, me lleva advirtiendo de que la serie era lo mejor desde el pan de molde (como se dice en inglés), y yo no es que no me lo creyera, simplemente es que no me había llegado el momento de verla.

En realidad tengo los capítulos en mi ordenador (bajados antiramoncinescamente) desde hace meses, pero me daba pereza verla. Una serie tan imponente, que lleva cuatro temporadas -aunque cuando me la pasaron solo había tres- no sé: ya dije en su momento que no es que no quisiera verla sino que tenía que encontrara el escenario adecuado. Cuando me pusiese a verla necesitaría reposo, verla en versión original, del tirón y todas esas cosas. ¡Madre mía la gente que veía los capítulos semanalmente, lo mal que lo han tenido que pasar!

Otro que sé que es muy forofo de la serie es el autor de Almanaque de Otoño, donde le ha dedicado un par de posts. Hay quien, tras ver determinados episodios claves ha exclamado “¡Ámazing!” Porque la serie lo que tiene es que es muy sorprendente y muy misteriosa. ¿Pero qué hace Porerror aquí hablando del tema como si fuese una novedad? ¿Quedará alguien más en el planeta que, como yo, no haya visto ningún episodio? Como yo hasta hoy, que fijaos lo emocionado que estoy y solo me ha dado tiempo de ver cinco capítulos.

Eso sí, seguidos, y ya estoy haciendo un gran esfuerzo para parar y venir a escribir el post de hoy, que en cuanto lo publique me pongo con el sexto. La historia –como se suele decir por aquí- es simple: un avión se estrella en una isla desierta… claro, el resto no os lo voy a contar porque 1) es demasiado complicado y 2) ni yo mismo sé lo que ocurre. Confieso que la tal premisa en principio a mí tampoco me impresionó demasiado, pero está clarísimo desde el minuto uno que la serie es como un iceberg, y que la anécdota del accidente aéreo solo es la excusa que desencadena toda la tramaza.

"¿Se parece o no a la novia de Iker Casillas, el Rey de Copas?"


Mi primera reacción al ver este comienzo de la Temporada 1 de Perdidos fue como si hubiese acudido a una de esas reunions del colegio, por el montón de caras conocidas que se encuentra uno entre el reparto. De entrada, el pavo que hacía de hermano mayor en Cinco en familia (1994-2000). Luego, el pavo que hacía de Merry en la trilogía de El señor de los anillos (2001/2002/2003), el negro travesti que hacía de Mercucio en Romeo + Julieta (1996), el que hacía de Paul en Las reglas del juego (2002) y alguno más que me estoy dejando.

Si a esto le sumamos a Evangeline Lilly (la Eva González canadiense), el doble de Darek, el doble de Don Pimpón, una especie de Apu militarizado, una embarazada australiana, un oso polar y el hermano tullido del Coronel Kurtz, compondremos un fresco memorable de los personajes que parecen ser principales en estos episodios principiales de la serie. Perdidos, la serie: la real oca (en vinagre), oiga ¡Me voy corriendo a seguir viéndola!
 
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