Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

domingo, 18 de mayo de 2008

Los malos molan


Los malos molan, amigos, esto es así. ¿Por qué? Si alguien lo sabe que me lo diga. Voy a intentar exponer el caso y a aventurar un par de hipótesis de cuál podría ser la razón, al menos son las razones que me doy a mi mismo para no sentirme culpable por tener esta atracción. Y me consta que no soy el único.

Desde bien pequeñito, cuando jugaba con mis amigos, me daba cuenta de un curioso fenómeno. Los malos siempre pierden, por eso son malos (¿o es al revés?) pero eso no era problema para que todos los niños siempre quisieran hacer de malos. Ya fueran los Cylons de Galactica (1980), los “Lagartos” de V (1983-85), el Imperio Galáctico de la saga Star Wars, los Decepticons, Cupra o los Zentraedi, los malos siempre resultan infinitamente más atractivos que los buenos.

Los buenos son absurdos: suelen estar plagados de discursitos y buenos sentimientos, sus mujeres son ñoñas, sus armas y uniformes son de colores vivos y a todo le confieren un aura de buen rollo insoportable. Pero los malos… ¡aaaah! Eso es otra cosa. Los malos siempre son auténticas máquinas de guerra, infinitamente mejor entrenadas, armadas y pertrechadas, sus mujeres (si las hay) son fatales, siempre visten de colores negro, verde oscuro, gris… siempre impecables.

Al final siempre resulta que los malos no son tan superiores: sus pilotos se ve que están peor entrenados, tienen fatal puntería, toman decisiones inexplicablemente absurdas, se dejan engañar… al final siempre ganan los buenos. Y menos mal, porque si no el mundo (la galaxia, el universo) sería un páramo insufrible de autoritarismo, mal rollo, esclavitud y ética militar. ¿Por qué molan tanto, entonces? ¿Por qué nos atraen?


La estética juega aquí un papel no desdeñable, donde se pongan unos buenos uniformes marciales, naves de metales cromados, un look agresivo… Preguntadle a cualquiera y os dirá que prefiere mil veces a un stormtrooper imperial (hablo de La Guerra de las Galaxias) que a un soldado de la Alianza Rebelde. Por cierto, ¿alguien se acuerda de cómo vestían los rebeldes? Exacto. El soldado medio Cupra, ya en versión normal o el Crimson Guard resultaba muchísimo más guay que el circo rodante de los G.I. Joe (y de los vehículos ya ni hablamos). La única excepción era el misterioso Ojos de Serpiente, personaje de moral dudosa que de puro siniestro parecía uno de los malos.

De los Transformers ni hablo. ¿Qué es más guay, un robot que se transforma en pistola láser u otro que se convierte en ambulancia? ¿Carro de combate o Volkswagen “Escarabajo”? Pues eso. Pero no solo la estética. ¿Qué hay del atractivo del mal, del lado oscuro, de lo que Edgar Allan Poe llamó “El diablillo de lo perverso”? Nos cuesta admitirlo, pero aunque sea para horrorizarnos, a veces mola asomarse al abismo. Nosotros estamos tranquilos porque al final sabemos quién va a ganar. Podemos entonces permitirnos el lujo de apoyar al equipo perdedor, el menos favorecido.


Un reenactor vestido de soldado alemán de la 2ª G.M. me comenta “es innegable que el uniforme de los alemanes tiene un cierto atractivo”. Otro añade “los alemanes fueron a la guerra a morir de guapos”. Robert Ludlum habló de “el glamour siniestro de las SS”. Con el tiempo me he dado cuenta de que muchos de estos malos, desde los de Star Wars hasta las hienas de El Rey León (1994) tienen su base en la estética y parafernalia de la Alemania Nazi. A fin de cuentas, los nazis son el mal en estado puro, sin paliativos. Y también la más perfecta maquinaria de guerra que el mundo haya visto. No es raro pues que para representar a los malos los guionistas tomen prestadas algunas de sus características.

Gracias a Dios que no ganaron la guerra, pero admirar sus uniformes y armas… ¿no es asomarse un poco al precipicio?

viernes, 16 de mayo de 2008

"No pegues a los animales..."


Aquí me tenéis, “como un San Francisco entre jarales”, que diría San Manolo García, hablando de bichillos. El que sea muy ecologista o animalista o zoófilo –lo advierto ya- que deje de leer el post porque no le va a gustar. No pretendo aquí sentar cátedra ni convencer a nadie, simplemente reflexionar un poco: ¿por qué me la sudan los animales?

Estos días vivimos una ofensiva medioambientalista sin precedentes. A lo mejor es verdad que el planeta está en peligro y que deben de sonar las alarmas, y que todo esfuerzo es poco para concienciarnos. Pero es que no pasa día en que no tengamos noticias de algo relacionado con biocombustibles, efecto invernadero, trasvases de agua, cambio climático, etc, y, dígamoslo ya: empiezo a estar bastante aburrido del tema. A lo mejor por saturación se está produciendo en mí el efecto contrario, en lugar de concienciarme me estoy insensibilizando.

Yo estoy en contra del maltrato a los animales “porque sí”, pero más lo estoy del de las personas. Y hay cosas con las que la gente se indigna que a mí me parecen igual. ¿Nosécuántos mil euros de multa por abandonar a un perro? ¿Se nos ha ido la cabeza? Está claro que el problema lo tengo yo, porque voy contracorriente. Ya lo decían Samuel, Chorrica y otros personajes embrionarios de La Hora Chanante: “No pegues a los animales, no pegues a los perricos. No pegues a los animales, ellos son tus amigos”. Riquísimo.

Por razones que ahora no vienen al caso me veo obligado a ver por las mañanas episodios antiguos de David el Gnomo (pero no de los de nuestra época, sino de esa especie de remake absurdo y colorista que se realizó hace poco). Menos mal que los puedo ver en inglés –al menos saco algo- porque si no me suicidaría. Estos episodios, formulaicos hasta decir basta, constituyen un inexorable panfleto ecologista en el que cada día se nos alerta sobre las bondades de alguna especie en peligro. Hoy eran los bichos del Parque de Yellowstone, ayer los tigres de Bengala y lo mismo otro día le toca el turno al somormujo calvo o al pez leche.

Todos los episodios son iguales. El sapientísimo David (no hay más que ver cómo viste, de John Galliano para Dior) se entera de que tal o cual especie se halla amenazada en tal o cual rincón del mundo y allá que con su silbato en forma de amanita faloide llama a sus colegas los gansos voladores low cost y se planta donde sea en un pis-pás. Una vez in situ, David y su estomagante cuadrilla de gnomos desfacen el entuerto de turno (no sin antes sermonear al espectador) y logran su objetivo de salvar a los animales y de hacer reflexionar al ser humano malvado y culpable de sus males, en lo que constituye una anagnórisis más falsa que un euro de queso Cheddar.

Y así todos los días, me veo rodeado de movidas eco-zoológicas por todas partes. Hasta los de Iberdrola, que se han hecho millonarios comerciando con energía ahora resulta que son los más benefactores del medioambiente. “Lo hemos hecho bien”, es el lema de los colegas. Enriqueceros, desde luego, hijos de puta: eso lo habéis clavado. Y podría seguir dando ejemplos: esta misma mañana he propiciado sin querer en el trabajo un debate sobre el vegetarianismo, y no ha faltado quien diga que no hay que hacer daño a los animales comiendo su carne, etc, etc. Tampoco ha faltado quien ha dicho directamente que los vegetarianos son idiotas (no he sido yo), y eso tampoco me parece plan.

La última ha sido a cuenta de unas entradas gratuitas para los toros que al final no voy a poder conseguir, y se ha desatado de nuevo a mi alrededor el sempiterno debate “toros sí-toros no”, en torno a la conservación como especie del toro de lidia, el sufrimiento del animal (que sufre, y mucho), el arte del toreo, las tradiciones… A mí que me dejen comerme tranquilo mi filete y ver mi corridota de toros (siempre que sea de balde) y que se vayan a salvar al lince ibérico los de Iberdrola. En realidad los animales me encantan… ¿dónde estaría -por poner un ejemplo- la factoría Disney sin ellos?

miércoles, 14 de mayo de 2008

Combate aeronaval


Mi padre tenía una pipa de maíz, que a mí me fascinaba. Me decía que el General MacArthur había tenido una igual. Yo entonces no sabía quién era el General Douglas MacArthur (ni Gregory Peck), pero sabía que su frase era “¡Volveré!”. Luego me enteré de que a donde tenía que volver era a las Filipinas, porque en 1942 los japoneses habían echado al ejército yanqui a pellizcos (todo el rollo de Bataan, etc, que ya nos lo contó Robert Taylor).

La historia es que en el otoño de 1944 el General MacArthur sí que volvió, volvió acompañado de dos flotas (la 3ª y la 7ª) y volvió a conquistar las Filipinas. En este trasiego tuvo lugar la conocida como Batalla de Leyte, que en realidad fueron cinco batallas (cuatro navales y el desembarco de tropas en las islas). Hoy he visto en Canal Historia un documental sobre una de estas sub-batallas, la de Samar (las otras tres fueron las del Mar de Sibuyan, la de Cabo Engaño y la del Estrecho de Surigao), y he vuelto a reflexionar sobre la Guerra en el Pacífico.

La Guerra del Pacífico fue muy nueva, y esto nunca se dice. Se combatió en grandísimas extensiones de terreno (sobre todo el mar), las condiciones de la guerra en tierra fueron brutales (tipo Vietnam pero claro, las pelis que nos han llegado están idealizadas, salvo La delgada línea roja de 1998). En numerosas ocasiones, los enemigos no se vieron, hubo combates navales con intercambio de pepinazos a varios kilómetros de distancia… incluso se combatió “por poderes”, con aviones: el portaaviones se erigió en nuevo señor de los mares, dejando obsoleto al acorazado.

Veo el documental sobre la Batalla de Samar, donde trece barquichuelos USA (miniportaviones, destructores de escolta, naves antisubmarino) se enfrentaron por error y pusieron en fuga al grueso de la flota imperial japonesa (4 acorazados, 6 cruceros pesados, 11 destructores…). Solo el acorazado Yamamoto, el más grande jamás construido (con más de 70.000 toneladas), pesaba más que todos los barcos americanos juntos. La descripción de esta batalla me devuelve a la mejor épica naval, no es raro que la Batalla (combinada) del Golfo de Leyte esté considerada el mayor enfrentamiento entre barcos de la historia, con permiso de Salamina, Lepanto o Jutlandia.


La Segunda Guerra Mundial me interesa por tantísimos motivos que necesitaría otro blog diario para hablar sobre ella, pero hoy mencionaré que uno de sus aspectos más fascinantes es su simultaneidad a escala planetaria. Ya, claro, que por eso la llamaron “Mundial”, pero es que a veces se nos pierde la perspectiva y no nos damos cuenta de que en realidad la 2ª G.M fueron varias guerras relacionadas que tuvieron lugar a la vez. Por ejemplo, una entre Japón y China (1931-45), otra entre Alemania y países de Europa (1939-45), otra entre el Eje y la Unión Soviética (1941-45), otra entre Japón, el Imperio Británico y los USA (1941-45), y así sucesivamente.

En el caso de la guerra contra el Imperio Japonés (que en realidad son dos teatros: Pacífico y Sudeste de Asia) lo fascinante no es saber cómo los americanos ganaron la guerra –admitámoslo, los que vencieron no fueron los ingleses precisamente- sino saber cómo es posible que Japón aguantara tanto. Una escena de Cartas desde Iwo Jima (2006) me resulta enormemente reveladora: cuando el comandante en jefe japo llega a la isla y le comentan el plan de fortificaciones playeras, el tipo les dice a sus subordinados que se dejen de trincheras y se oculten en los túneles de las rocas como conejos. ¿El motivo? El oficial dice “¿Usted sabe cuántos automóviles se fabrican al año en Estados Unidos? Cinco millones. Nada de lo que les pongamos en la playa podrá detenerles”.

Bonita metáfora del poderío industrial, que es al final el que ganó la guerra (hay que decirlo aunque le reste glamour). También leemos en La Segunda Guerra Mundial en el Lejano Oriente (1999) de H.P. Willmott que en el verano de 1941 la producción industrial japonesa representaba el 3,5% de la total mundial mientras que la de los USA sumaba el 32,2%. Lo gracioso del asunto es que 60 años después, y tras sufrir una gran derrota y reponerse, Japón está a la cabeza de la economía mundial, del desarrollo tecnológico. Ah, y lo leímos en El País en 2007: a día de hoy, Japón fabrica mayor número de automóviles al año que sus antiguos enemigos yanquis.

martes, 13 de mayo de 2008

Oda al fla'


Lo he conocido por infinitos nombres, igual que vosotros. Se le ha dicho flag, flas, flash, flan, flax… pero es una de esas palabras que nunca deberíamos ver por escrito. Me estoy refiriendo a la “golosina líquida para congelar”, amigos, pues ese parece ser su nombre técnico. Por estos motivos me he decidido a llamarlo aquí fla’, -fla’ golosina, para más señas-, cada uno sabrá pensar el suyo.

Aparece cuando ya se presagia el verano, en mi vida este año lo ha hecho esta semana, con los calores espurios que nos asolan. Para el verano faltan aún un par de meses, pero ya lo es un poco más en nuestros paladares. Ya ha abierto la heladería de nuestro barrio, ya se han visto las tirantas, la manga corta y las sandalias (como bien reseñó el buen Migue en Baile Cadera). Ya han llegado al quiosco los fla’ golosina. Seguiremos comiendo puchero y potajes de legumbres porque somos muy brutos, pero lo alternaremos con el gazpacho y las ensaladitas. Y de postre, ese placer culpable, esa chuchería que tan buena transición hace al mundo de los mayores.

Modernamente lo compramos en un supermercado o gran superficie, en bolsas de a quilo o Dios sabrá, pero todo el mundo sabe que el fla’ hay que comprarlo en un quiosco de chucherías para que sepa auténtico. Nos tiene que quemar en los dedos (paradójicamente, pues está congelado). El fla’ fláccido de la macrobolsa de súper simplemente no vale. Está líquido, calentón, si lo abriéramos lo consumiríamos en un segundo, trae muy pocos centímetros cúbicos. Esto sería hacer trampa, igual que comer pipas peladas o sandía sin pepitas. No vale. El fla’ hay que trabajárselo, sufrirlo, esperar a que se derrita lo justo para poder pegarle un sorbito. Solo así la dulce recompensa merecerá la pena.

El fla’ se compra en quiosco, igual que se compraba en la niñez. Entonces costaban un duro (5 pesetas, ¿las recordáis?) y luego pasaron a costar dos. También había unos fla’s absurdos, de tres duracos, más grandes y con forma de rectángulo. Estos eran más grandes y más golosos, pero a la larga constituían una aberración. El buen fla’ es alargado, fino, una especie de fusta o de varilla de color cubierta de escarcha. Derretirlo con los dedos, con un masaje, y esperar a que se pueda beber un poquito. Repetir la operación hasta que irremediablemente quedaba el residuo: el esqueleto de fla’. Esa especie de bloque incoloro de solo agua ya, una vez sorbidos los colorantes y los sabores, auténticos vampiros del fla’.

Primero darle un bocado al plastiquito (otra aberración: cortarlo con tijeras; pierde el encanto y además de chupar te salían cortes a ambos lados de la boca en plan Joker o La ciudad de la alegría), luego, notar el sabor. Hablando de sabores, en mi época los fla’s los había de fresa, naranja, limón y coca-cola. Cada uno teníamos nuestro favorito, que nunca resultaba ser el de limón. ¿Por qué lo seguían fabricando? Cuando el quiosquero tenía mucha faena no se podía escoger sabor, había que aguantarse con el primero que te tocaba. A mí siempre me salían de naranja o de limón, los menos preferidos.

Con el tiempo aparecieron nuevos sabores: piña, melocotón (sospecho que en realidad eran el mismo, los dos tenían igual aspecto), cereza, lima, un dudoso sabor de color azul… Pienso que el fla’ era más informal que el polo, y también más coqueto. Gustaba de vestirse de más vivos colores (el polo, ya se sabe… salvo el Twister de Frigo). Su hermano mayor el Calippo envidiaba al fla’ su flexibilidad, las gominolas su frescura. Las pipas y los quicos jamás pudieron competir contra el rey del quiosco en verano.

Veo que los niños de ahora siguen consumiendo fla’s, y eso me tranquiliza. Sin embargo no he tenido cojones de encontrar una foto de un fla’ golosina para ilustrar este post. Han aparecido en el mercado nuevos productos en plan porqueriíta líquida, como esos botellines o cantimploras misteriosos. La verdad es que no me decido a probarlos, y eso que sigo siendo bastante de chuches. Pero el fla’ siempre tendrá un lugar en mi nevera, o más exactamente, entre mis dedos congelados.

lunes, 12 de mayo de 2008

Se cargan Radio 3


Señores, se van a cargar Radio 3. Con la coña del ERE (Expediente de Regulación de Empleo) de RTVE, el año pasado se le dio un buen hachazo a algunos de los mejores espacios radiofónicos de esta singular cadena, algunos de los más acrisolados. Así, nos dijeron adiós El Bulevar de Chema Rey y el Diario Pop de Jesús Ordovás. No concibo mi afición a la música (alternativa) actual, a la música indie, sin estos dos programas. Supongo que no resultaban interesantes.

Año 1995, otoño de C.O.U. Exterior de instituto, día.
-Me gustan Oasis, Blur, Elastica, Supergrass, Sleeper, Wannadies, Spin Doctors, Pearl Jam…
-¿Y no escuchas
De cuatro a tres?

Así empezó mi idilio con esta emisora, cuando un compi me recomendó un programa en el que sonaban todos esos grupos que a mí me gustaban, sobre los que leía en Internet y en el New Musical Express que me compraba de importación a precio de oro pero que nunca sonaban en Los 40 ni en Cadena 100. De cuatro a tres, presentado por Paco Pérez-Brian, lo echaban los sábados y domingos de cuatro a seis de la tarde, y fue responsable de que los fines de semana no hiciera los deberes. Recuerdo haber llamado al programa y haber hablado con el locutor para pedirle alguna cara B de Oasis, o el nuevo single de Northern Uproar, sobre el que había leído pero que ni siquiera sabía cómo sonaba.

Luego descubrí el programa Pioneros, el cual consistía en el huevo de Colón: un jipi recitaba la traducción de grandes letras de la historia del rock, mientras sonaban las canciones de fondo. Cuando leían la letra entera ponían la canción de nuevo para que se escuchase bien. Así me di cuenta de lo buenísimas que eran las canciones de Bob Dylan, Lou Reed, los Doors o Leonard Cohen. Corrí a comprarme el disco Highway 61 Revisited (1965) de Dylan tras escuchar la traducción del tema “Tombstone Blues” (“El blues de la lápida”).

Estos años, ahora que la Movida (un día le dedicaré un post para desenmascararla) queda lejana, Radio 3 se había convertido en el refugio pecatorum de toda la música alternativa española, y no olvidemos que en ella sonaban, además de Los Planetas, Astrud o Nacho Vegas, gente como Amaral, Los Piratas, Bunbury, Estopa y Manolo García. No solo había espacio para la música pop-rock, también tenía la cosa su programa de cine (cuyo nombre no recuerdo), de blues (Tren 3), músicas del mundo (Diálogos 3, con el Trecet), música folklórica (Trébede), de jazz o lo que se terciase (Discópolis).

Yo tuve una época que escuchaba Radio 3 durante casi todo el día (mientras estudiaba), empezaba por la mañana con la repetición de Peligrosamente Juntas (de 7 a 8), luego Música es… 3 (de 8 a 10), Siglo 21 (10 a 12), El Bulevar (12 a 1), El Ambigú (1 a 2) y Discópolis (2 a 3). Luego por la tarde, hasta las 5 había un programa de cine, a las 5 el Diario Pop, a las 6 El Ambigú (se lo cambiaron de hora al enorme Diego Manrique) y a las 7 La Ciudad Invisible. Y capaz era luego de plantarme a la una de la madrugada a escuchar Flor de Pasión (con el locutor erudito/insoportable Juan De Pablos) y su cóctel de música sixties, surf, pop, doo-wop, soul, etc… hasta quedarme dormido.

Hoy leo en El País la noticia de una reforma radical de la programación y el personal de Radio 3 con el objetivo de “acercarse a otros públicos”. Traducción: carpetazo a Diálogos 3 de Ramón Trecet, Disco Grande de Julio Ruiz (aquellos sábados y domingos de 4 a 6 de la tarde… incluido ver el programa en directo en el Festival ContemPOPránea) o Discópolis de José Miguel López. A cambio, habrá nuevos programas con Constantino Romero, Andy Chango o Manel Fuentes (nadie ha imitado al Rey como él: de hecho, nadie ha imitado al Rey). Una pena. Está claro que se trata de nombres populares que esperan supongo conseguir más audiencia, pero a costa de cambiar la emisora y reformarla hasta que no la reconozca ni la madre que la parió. Ni el chico que la escuchó.

domingo, 11 de mayo de 2008

"Verán ustedes canela"


Si cuando tenía ocho o nueve años me hubiesen preguntado quién era mi autor favorito, seguramente hubiese respondido que “Javier” Poncela. La verdad es que durante mi infancia, el parecido fonético (llamadlo etimología popular) me hizo conceptualizar así a Enrique Jardiel Poncela, gran escritor cómico de novelas, cuentos y obras de teatro. Junto con Miguel Mihura y Edgar Neville forma parte de un grupo de escritores “de segunda fila” (con todas las comillas que queramos) que alcanzaron un gran éxito de público durante la primera mitad del siglo XX y que luchan por no ser relegados al olvido ya que el canon los arrumbó a un lado del camino. Quizás la obra Tres sombreros de copa (1932) de Mihura sea la excepción que confirma la regla.

De pequeño tuve oportunidad de ver una versión televisiva de Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), cuyos diálogos me impactaron tanto que raro es el día que cuando alguien nombra el condimento más usado en el mundo, la sal, yo no respondo “¡Entra!” (citando una escena de esta obra). Poco después me encandiló la versión cinematográfica (de 1956) de su comedia Los ladrones somos gente honrada, protagonizada por Don José Isbert, José Luis y Antonio Ozores y Antonio Garisa (ahí es nada). La escena inicial (y final) del sacamuelas Pepe Isbert pregonando las virtudes de la “tortuga salvaje del Amazonas” se cuenta entre mi panteón de más memorables del cine.


Con el tiempo me fui enterando de quién era en realidad este Jardiel Poncela, que escribió novelas y que trabajó como guionista de la Fox en el Hollywood de los años 30. Su estatus de autor cómico y de segunda le hizo ser un favorito de los grupos de teatro de mi colegio, con lo que pude zamparme estupendos montajes amateurs de, por ejemplo, Eloísa está debajo de un almendro (1940), Un marido de ida y vuelta (1939) o Los habitantes de la casa deshabitada (1942).

Con el tiempo también dejó de ser “mi autor favorito” pero no disminuyó mi admiración por él, ya que los años me han hecho dar el salto del simple chiste al sofisticado humor en ocasiones de cariz intelectual que despliegan sus obras. Y esto es una gran clave, ¿no? Obras graciosas ante todo que pueden ser disfrutadas lo mismo (a distintos niveles) por un niño que por una persona exigente en sus lecturas.

Compruebo que su trabajo poco a poco se va restaurando en el imaginario crítico, que cada vez se le va considerando mejor. Me consta que alguna de sus obras se lee y estudia en los institutos, que sus novelas y obras de teatro están publicadas por editoriales tan prestigiosas como Espasa-Calpe (antigua Austral) o Cátedra de Letras Hispánicas. Incluso Vicens-Vives tiene ediciones de Eloísa… y Cuatro corazones… en su colección juvenil o escolar. Buena señal, todo esto.

Pero no solo éstas publican sus libros (lo que es indudable síntoma de buena salud), otras editoriales pequeñitas, más cucas, caso de Castalia, Algar, Edhasa, Biblioteca Nueva o Rey Lear también están reeditando muchas de sus obras menores. Así me topo con un par de cuentos de Jardiel que he leído últimamente. Los dos tienen en común el ser aventuras apócrifas de Sherlock Holmes (¡ah, los detectives qué juego dan!), en tono paródico y narradas en primera persona por un tal “Harry” (¿Enrique? ¿Harry J. Poncela?) en lugar del Dr. Watson. Los dos subvierten el relato detectivesco al incorporar todos los elementos tópicos del género para dinamitarlo desde el humor absurdo.

Las parodias de Holmes que Jardiel escribió aparecieron en 1930 bajo el título de Novísimas aventuras de Sherlock Holmes y ahora se están recuperando poco a poco. “La momia analfabeta del Craig Museum” (1928) se encuentra en un volumen antológico de Castalia, Relatos de humor del siglo XX (2000), junto a piezas de Pérez de Ayala o Ramón Gómez de la Serna. “Los 38 asesinatos y medio del Castillo de Hull”, se ha publicado en 2007 en la colección Breviarios del Rey Lear. Los dos son a cuál más disparatado y a cuál mejor. Leerlos solo ha hecho que aguzar mi apetito por la prosa humorística de este señor. Pienso ir corriendo a por las novelas, a ver si como promete Don “Javier” en uno de sus cuentos, veo canela (que rima con Poncela).

viernes, 9 de mayo de 2008

"Lo mío"



(Dedicado a Ana, lectora y amiga, para que se ponga bien de lo suyo)



Ya lo cantaba El Payaso de La Hora Chanante, siempre “con DJ Pollo y una jamelga en bikinli”. Él cantaba: “Estoy fatal de lo mío, estoy fatal. Estoy fatal de lo mío, estoy muy mal”. El Payaso nunca llega a revelar en qué consiste “lo suyo”, pero ni falta que hace, todos lo entendemos.

Me fascina el concepto de “lo mío” como algo intrínsecamente español. Solo es superado por el “vuelva usted mañana”, tópico que por cierto, ha contribuido como pocos al mal nombre del funcionariado público en este país. Convendría releer al gran Mariano José de Larra (en algunos casos, leer por primera vez) para descubrir que ese vicio tan español y que tanto irritaba a los extranjeros en su antológico artículo “Vuelva usted mañana” Larra se lo estaba achacando precisamente a empleados del sector privado.

“Lo mío”, lo de uno, entiendo que es un concepto intangible pero no por ello menos real. Se trata de algo (normalmente una preocupación) que tenemos muy cerca del corazón, que hacemos tan personal y tan consustancial a nosotros que no juzgamos ya ni necesario explicitar en qué consiste. Cuando nos encontramos en nuestro círculo de íntimos esto puede tener un pase, pero el fenómeno resulta francamente divertido cuando se traslada al ámbito de la gente que no conoce ni tiene por qué conocer nuestra vida.

Pongo un ejemplo, la típica señora que en la cola de la frutería reclama que se la deje saltarse el turno por encontrase “fatal de lo suyo”. ¿Qué es lo suyo? Chi lo sa? El epítome de este fenómeno lo tuvimos en nuestras pantallas con aquel nunca suficientemente reivindicado personaje de Benito en la seminal serie Manos a la obra (Antena 3). Allí, el trapisonda albañil Benito (de “Manolo, Benito & Cía”) trataba a menudo de librarse del trabajo o de conseguir alguna prebenda con la excusa de lo suyo. A la que más puteaba era a su santa madre, ¿os acordáis?, que la tenía esclavizada… “¿Cómo voy a hacer yo eso, madre, si hoy estoy fatal de lo mío?”


En el caso de Benito (que debería pasar a la historia por sus aportaciones a la lengua española, algún día les dedicaré un post a él y a Manolo) tampoco supimos nunca en qué consistía lo suyo. Interrogado, él siempre contestaba vagamente con unas molestias en la zona respiratoria o digestiva, pero nada más. En este aspecto, “lo mío” de Benito me recordaba muchísimo a la famosa “válvula” de Ignatius J. Reilly en La conjura de los necios (1980- ver mi segundo libro favorito). En nombre de aquella válvula, que nunca se dijo cuál era, Ignatius también se consideraba exonerado de realizar cualquier esfuerzo físico e incluso de llevarse ningún disgusto.

“Lo mío” no tiene por qué ser necesariamente una dolencia, puede tratarse de un interés, un asunto, un negocio. De ahí la frase “¿Qué hay de lo mío?” (muy de pasillos de ministerios, negociados y despachos varios). Pienso que este tópico proviene de la postguerra, del primer franquismo de La colmena (1951), en el que había tanta gente necesitada, no solo por la guerra sino por efecto de la represión política. Mucha otra gente se encontraba en la situación opuesta (exactamente por los mismos motivos) y encontró una posición que los generosos quisieron usar para ayudar a otros. No hacía falta ser ministro, bastaba con tener un carguillo, una tienda o simplemente no ser sospechoso políticamente. Este mundo de “Don Fulano, ¿qué hay de lo mío?” quedó muy bien retratado también en la obra Las bicicletas son para el verano (1984).

Pues bien, sea “lo mío” una úlcera, unas oposiciones o un puesto de sereno, lo cierto es que cada uno sabemos lo que tenemos y lo llevamos muy cerquita del corazón. Incluso yo, cuando caí esguinzado, que es algo muy engorroso pero no deja de ser una nimiedad, me acostumbré a escuchar “Porerror, ¿qué tal estás de lo tuyo?”. Cada uno tenemos lo nuestro.
 
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