Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 16 de octubre de 2009

Nuestra cena de los jueves


“Aprendí las normas al segundo día/ y entonces supe que no iba a ser tan fácil”
(Quique González)




Acabo de llegar de nuestra cena de los jueves, el título del post me lo ha inspirado la canción de Sidonie “Nuestro baile del viernes”. Es un ritual, un fijo, incluso si se falla alguna semana. Vivir en Cosica –con no ser desagradable- tiene poquísimos alicientes para el forastero. Esta semana le he comentado a varias personas que últimamente mis momentos álgidos del día son siempre en horas de trabajo, y aunque soy de los que piensan que el trabajo dignifica al hombre y tal, hasta yo me doy cuenta de que algo anda mal en mi vida si esto que me pasa es así.

Entonces surge una vez a la semana la modesta compensación de salir a cenar el jueves por la noche con algunos compañeros de trabajo, los más osados, los forasteros que vivimos en Cosica. Entre los demás compañeros estas quedadas han adquirido un halo mitológico de fiestones inconmensurables, de juergazas. Y nada más lejos de la realidad, no podría ser más prosaica la cosa. Vamos a un bar (casi siempre el mismo: los experimentos con gaseosa) donde nos tratan muy bien y la comida está muy rica. Comiendo nos bebemos dos cervezas o dos tintos, y luego algunos jueves nos movemos a otra especie de bar o pub o antro de la noche cosiquesa, que, siendo jueves, tampoco ofrece muchas más posibilidades.


Lo de menos son la comida y el alcohol, os lo aseguro. Lo importante es ver gente, alternar con otros seres humanos –no clientes, que a veces no parecen de nuestra misma especie- en un entorno no laboral. Hay noches especialmente divertidas como la de hoy, la primera de esta temporada, que ha empezado floja. Miento, porque el jueves pasado también nos reímos un montón, ya que vino a vernos un antiguo compañero exiliado en Cosica que ha cambiado de trabajo y ahora vive en otra provincia. Y nos partimos el pecho rememorando viejas anécdotas del pueblo; desde aquí mi saludo a éste que ya se ha ido de aquí, pero que se daba trazas de acabar de alcalde de Cosica.

En ocasiones, las quedadas han degenerado en semijuergas flamencas, merced a que en el bar nos sacaban la guitarra y siempre había alguien dispuesto a arrancarse a cantar por flamenqueo. También hay que decir que el segundo bar a donde vamos lo lleva un purista del rock: la primera vez que entré estaba sonando “Pagan Baby” de la Creedence, y no es raro allí escuchar a Janis Joplin, Pink Floyd, los Jackson Five, Joaquín Sabina o Guns N’ Roses.


Para cuando llega el jueves, la semana en Cosica ya se encuentra finiquitada. En realidad quedar este día no nos soluciona gran cosa a nivel psicológico (después de una semana de curro y comeduras de tarro solitarias), pero es el más propicio para juntarnos, parece que aun siendo entre semana no está tan mal visto salir y quedarse tomando unas cervezas. Yo siempre llego a estas citas reventado: tras el trabajo de varios días y la última paliza semanal en el gimnasio. Pero siempre me repongo mágicamente en cuanto empieza a fluir… la distendida conversación.

Hoy cuando ha venido el camarero-dueño del bar a apuntarnos la comanda, uno de mis compis, el más sosegado, ha dicho una gran verdad: “¿Qué más da lo que pidamos para cenar, si lo que importa aquí es echar este ratito con los compañeros?”. ¿Suena ñoño? Pues probad a vivir dos años en un pueblo que no es el vuestro y que tiene 300 veces menos habitantes que vuestra ciudad natal. ¡Hasta el jueves que viene!

miércoles, 14 de octubre de 2009

A Tryptich of the Spanish Bizarre


El retablo cerrado. Hay ocasiones en las que tiene que ir uno a buscarlo, hay que salir al frío o a la espesura, en busca de la noticia, la ocurrencia o la nota bizarra. Otras veces, en cambio, siguiendo la frase del gran Jaime Urrutia, “la vida te lo da”. Hace una semana justa que me encontraba surcando los procelosos mares de la Cultura (la presentación de una novela) cuando llegaron a mis oídos tres anécdotas que epitomizan lo casposo, lo bizarro y lo más different de lo typical Spanish: lo que más nos gusta.

Claro que algunos dirán que el hecho de que las tres tuvieran lugar en la capital andaluza es significativo, otros que es solo una anécdota. A mí -qué queréis- la cosa me hace gracia, me parece muy de Sevilla pero también muy de Madrid 2016, muy del Encuentro Planetario, de la trama Gürtel, de El Mundo Today... por deseo expreso de mis fuentes no revelaré su identidad, ni aun otros detalles jugosos pero cuya ausencia no hace daño al caso.


Tabla izquierda: Santa María en el Monte. En la tabla de la izquierda del tríptico (barroco, como no podía ser de otra manera en Sevilla... bueno, tal vez flamenco, o mejor flamenkito), podemos apreciar a un currante que cada mañana se dirige a su lugar de trabajo en un barrio pijo cuya diaria contemplación matutina supone para él una mortificación. Camino de su oficina, el currante pasa siempre junto a un reputado gimnasio, en concreto sus pistas de pádel. Los sonidos que de las pistas emanan, carentes de todo fuero, hacían pensar en tormentos bíblicos, en un animal muy grande y enfermo o en la digestión del Todopoderoso Sarlacc. Se trataba, empero, de María del Monte.

El horror y la angustia se dibujan en el rostro de nuestro madrugador currante, su expresión denota sorpresa a la par que sufrimiento, en el momento preciso de descubrir que los gemidos provienen de la famosa tonadillera y presentadora de Canal Sur María del Monte, haciendo ímprobos esfuerzos por jugar al noble deporte del pádel a esas horas. Luego la ve en su todoterreno, fumando, para reponerse del esfuerzo, se entiende. Y nuestro protagonista piensa (quién sabe por qué morbosa asociación de ideas) en cierta vez que iba tranquilo por la calle y Paquirrín le increpó desde un amoto.


Tabla derecha: Estación de penitencia tuberculosa. Un grupo de peregrinos camina confiado por un carril bici. En la oscuridad de la noche buscan algún hospital o refugio donde un alma caritativa les dispense cervecita fría para calmar sus dolores. Uno de ellos conoce un sitio así, cree que está cerca. Entre la neblina el grupo atisba una cristalera ahumada, unos carteles de centro de restauración. ¿Es allí? -No, hermano (aclara otro), y aparta tu vista de ese lugar siniestro. La taberna que buscamos se haya cerca, pero el lugar que has mirado has de saber que se encuentra tocado por el Maligno.

El peregrino que está en el ajo procede a narrar la historia mientras los otros de la escena prorrumpen en grotescas muecas de asombro, burla o espanto. “Fue allí, hermanos, y no en otra parte, a la sazón un local que dispensaba patatas asadas, do ha un año entró un nazareno y perpetró un atraco vestido con la túnica de su Hermandad. Las cámaras de seguridad recogieron el acto delictivo, bastáronle 30 segundos. Luego se descubrió que el interfecto trabajaba allí”. En una esquinita de la tabla, un recordatorio de la escena: un mostrador lleno de tubérculos y un encapuchado violentando la caja registradora ... por treinta monedas.


Tabla central: La Madonna de los volantes. Esta escena ocupa la parte central del tríptico, por ser la más principal. Se nos narra en forma de viñetas, tosca narrativa de una etapa pre-Gutenberg, en la que la imagen visual educa al pueblo. En chiquitito, se ve un festival erótico de provincias en busca de renombre. Luego apreciamos a Cicciolina, la matrona de la teta fácil (no ajena al mundo del arte: hay quedan su matrimonio con Jeff Koons y la obra a que dio lugar para atestiguarlo), rezando para que vengan a buscarla en limusina. Ella espera con su madrinazgo servir de protección al festival Eros Andalucía 2009, igual que antaño una santa o mártir brindaban su protección a una ciudad. O como una Afrodita entrada en carnes -y en años- patrocinando un ejército troyano.

A continuación vemos a Cicciolina con gesto triste, el maquillaje ajado: ha perdido un avión pues su equipaje se estimaba demasiado voluminoso, y esta contrariedad le cuesta a la organización del festival varios cientos de euros en un nuevo billete. Esto motiva que posteriormente la bella Cicciolina sea trasladada en un Opel Corsa (“¡A la mierda la limusina!”), el presupuesto no da para más. Al volante del Corsita, su acompañante: un hombre joven , bien parecido, versado en idiomas, todo es poco para complacerla. Cicciolina le confiesa a su hombre otro de sus anhelos, también relacionado con los volantes: “Mi sueño al venir a Sevilla es vestirme de flamenca”. Pues ya sabéis lo que toca.


Las pinceladas del autor se vuelven aquí más sueltas, más esfumadas. La bruma recubre partes de la historia mientras que otras han llegado hasta nosotros dibujadas con un trazo perfecto. Vemos a Cicciolina posando en el festival, aportándole glamour, se habla de otras estrellas del cine X: un doble de Torrente adicto a los azotes, starlets varias de toda ralea... Al día siguiente la Cicciolina resurge triunfante, vestida de flamenca (“con el traje más feo que había en to la tienda”), se ve su estampa en primer plano y al fondo se adivinan las formas de la Magna Hispalensis: la Santa Iglesia Catedral de Sevilla.

Contemplar este tríptico no puede dejar a nadie indiferente.... esto tiene por fuerza que mover a la piedad. ¡Y se rieron de mí cuando prediqué el Apocalipsis!

martes, 13 de octubre de 2009

Woody Allen 2009: Si la co funcio...


Woody, Woody, Woody, que mi Woody! Llega el otoño y con él la consabida peli de rigor de Woody Allen. Woody Allen es uno de mis ídolos, sabido es, y siempre espero sus nuevas entregas con interés y curiosidad, aunque -digámoslo- cada vez con menos ilusión. El motivo es que Woody se repite, como el ajo, como el salmorejo. No tengo problemas con que un determinado creador juegue casi siempre con variaciones de los mismos elementos. Mirad si no a James Joyce o al grupo Oasis, siempre hacían lo mismo, y siempre bien. Pero esto tiene un peligro, la falta de sorpresa puede conducir al tedio.

Con Woody Allen todavía no me ha pasado, tampoco con esta su última peli Si la cosa funciona (2009). Lo que tiene cojones es que en este caso la novedad sea que la nueva de Allen sea una comedia neoyorquina sobre un viejo judío neurótico obsesionado con la religión y la filosofía, enamorado de una jovenzuela chabacana. Esto es noticia porque el buen Woody lleva creo que cuatro años y cuatro pelis fuera de su ambiente. La vuelta de Woody Allen a Nueva York (¿a quién habrá engañado ahora para que le dé financiación en USA?) tenía bastante morbo: se suponía además que esta nueva peli se basa en un guión reciclado de los años 70, su mejor época. Esto último yo no me lo creo, y ahora diré por qué.


Digámoslo ya: Si la cosa funciona es una película muy divertida, me atrevería a decir que buena. Pero no es la invención de la pólvora, ni siquiera la reinvención. Que tuviera o no que haberlo sido es ya otro debate en el que no me voy a meter. Yo ya sabía lo que iba a ver: una comedia de mala leche y pirotecnia lingüística de Woody Allen, con frases memorables, diálogos como tiroteos, citas culturetas y risión continua. Y eso fue exactamente lo que Si la cosa funciona me ofreció. Ahora bien, importante advertencia. Soy superfan de Woody Allen, y me encantan sus gracietas y su mentalidad. Para alguien adverso esta película pueda probablemnete resultar una experiencia insoportable.

La peli se abre con los habituales títulos de crédito en blanco y negro, al son de una canción de Groucho Marx (sacada de El conflicto de los Marx, 1930): el territorio de lo conocido. Enseguida vemos una discusión acalorada y cínica sobre religión, filosofía, el sentido de la vida: más de lo de siempre. El protagonista (enorme Larry David, por fin ha encontrado Allen un avatar a su altura) se dirige directamente a cámara e insiste ante los otros personajes en que hay gente observándolos: una postmoderna ruptura de las convenciones a la que Allen también nos tiene más o menos acostumbrados. Y a partir de ahí, la peli se pone en marcha, con una historia rocambolesca (que no destriparé) pero que por obra y gracia de Allen se nos antoja plausible.


Una de las cosas que más me molan del cine de este director es su tendencia a recurrir a los antiactores, profesionales de la interpretación que normalmente no figuran en las obras de cine “serias”, como puedan ser las de Allen. Estoy pensando por ejemplo en Julia Roberts, Paul Simon, Jeff Daniels, Jason Biggs, Demi Moore o Charlize Theron. A las macizas tipo Theron o Scarlett Johansson se entiende por qué las incluye (por sus indudables dotes intepretativas), pero en otros casos parece que Allen muestra trazas de auténtico bromista. En Si la cosa funciona la inclusión de Larry David ya he dicho que me parece un hiperacierto. La de su partenaire Evan Rachel Wood diría que no tanto, porque aunque maciza y graciosa pienso que no da la talla como actriz con toda la carga que el personaje debería aportar.

Los diálogos de esta peli son -como siempre- lo mejor, sobre todo me quedo (entre citas triviales de Faulkner o Beethoven) con un diálogo de corte erótico salpimentado de referencias a la Teoría Cuántica, Heisenberg, etc. El tono de la película es el de comedia, esto es indiscutible, pero la obra está barnizada del pesimismo vital del protagonista. El personaje, que podría sin problema calificarse de misántropo, ofrece sin embargo una tímida vía de escape a la esperanza en lo que a amoríos se refiere: “si la cosa funciona”, parece ser su lema, “whatever works” en inglés. Viene a querer decir que si algo nos es gustoso o placentero debemos seguir con ello, sin preocuparnos más de consideraciones sobre el amor eterno o la felicidad absoluta. Estar bien en cada momento, sin más pretensiones, en una especie de versión light del hedonismo.


Al final, la filosofía del prota (si la cosa funciona) resulta que funciona, y, no voy a destripar lo que ocurre, pero baste anunciar que la felicidad de los personajes pasa por soluciones a veces sorprendentes (homosexualidad, tríos, divorcios, arrejuntamientos)... todo muy en consonancia con la época actual. Por eso digo que no me creo que todo esto lo escribiera Allen hace más de treinta años, cuando eran otras sus neuras y sus preocupaciones. También el hecho de que la trama de la peli se base en un viejuno con una jovenzuela nos da que pensar que esto es cosa de ahora, recién parida. El parto ha sido bueno, el niño sano y todos contentos. Yo ayer me reí como un enano viendo la peli, salí reconfortado, incluso. Si la cosa funciona, ¿para qué cambiar tu modo de hacer cine, verdad, Woody?

lunes, 12 de octubre de 2009

Agustín de Foxá, la Memoria, la checa y los polacos


Preparados. La semana pasada le escuchaba a Carlos Herrera una noticia que me hacía fluctuar entre la indignación y la risa: en Sevilla, una lumbrera comunista del Ayuntamiento había prohibido una conferencia sobre el escritor Agustín de Foxá por la razón de que este había sido franquista. Y por tanto, malo, malo, malo, como dice mi sobrino de dos años cuando ve cualquier cosa que no le gusta. Foxá en persona no me simpatiza demasiado (lo poco que atisbo de él en sus reseñas biográficas), pero claro está, aquí se está hablando de otra cosa: de literatura. Si queréis una excelente reflexión sobre el tema, os recomiendo este post de Cuidadora, que se me ha adelantado con la noticia.

Pese a que hay otra gente que ya ha hablado del tema en la blogosfera y que la prensa -menos mal!- se ha hecho bastante eco (botón de muestra, el ABC de ayer traía no menos de media docena de artículos o columnas sobre el particular), no me puedo resistir a sacar el tema en Estatuas Verdes. Me indigno, me indigno y me indigno. No voy a repetir los argumentos que son de sobra conocidos en contra de la falacia biografista y la falacia del mensaje: me basta aquí recomendar encarecidamente la lectura de la obra de Foxá Madrid de corte a checa (1938), unánimemente reconocida como la mejor novela escrita sobre la Guerra Civil.


Apunten. La verdad es que el tema de la Memoria Histórica me causa, como mínimo, incomodidad. Es este un concepto que no logro entender del todo (será porque gente seria y académica me ha explicado que es una tontería). Por otro lado, no puedo descartarlo sin más como si fuera una gilipollez: claro que, en el fondo, entiendo lo que se quiere decir cuando se alude a la “Memoria Histórica” y lo que persiguen los que la buscan en el fondo de las fosas comunes. Hay días en que me levanto tontorrón y estoy de acuerdo con los de la Memoria, el problema es que me cabrea lo chapuceramente que se está administrando este asunto en España.

La grosería y falta de rigor de muchos de estos “memoriosos” me da pereza intelectual, pero por desgracia su palabra es Evangelio en esta España atea, digo laica que nos ha tocado vivir. ¿Quién no querría saber dónde están los restos de un ser querido difunto? ¿Quién puede permanecer tranquilo recordando las injusticias y brutalidades de la represión franquista? El problema de la Memoria es que está siendo selectiva, y se está desarrollando conforme a unos inquietantes patrones revanchistas (Lorca, Foxá, etc.). Algo muy humano, por otra parte, pero que resta solvencia moral a sus practicantes, qué queréis que os diga.


¡Fuego!. Como el bando franquista –y no ya el bando sino después el Estado, gracias- ganó y se mantuvo mucho tiempo, les dio lugar a matar a muchísima más gente y de hacerlo a conciencia. Ellos tenían por maestros a Hitler y Mussolini, no lo olvidemos, pero no olvidemos tampoco que los republicanos tuvieron por maestro a Stalin, con lo que no les arriendo la ganancia. Claro, al bando republicano no le dio tiempo a matar a tanta gente, nunca sabremos qué hubieran hecho de haber ido la Guerra por otros derroteros: lo único que sí podemos saber es lo que pasó. Pero por favor, que nos lo cuenten los historiadores, NO los periodistas, los concejales, los filólogos, los directores de cine, los cantautores…

Sobre el tema de la Memoria Histórica y las atrocidades ideológicas, a manos de fascistas o comunistas (ah, pero ¿“comunista” no era sinónimo de “demócrata”?), otra recomendación. El viernes vi la película polaca Katyn (2007), escrita y dirigida por Adrzej Wajda, y que trata sobre las poco conocidas matanzas de 1940 en los bosques de Katyn. Los soviéticos (que se habían repartido Polonia con los nazis de la manera más escandalosa en virtud del Pacto Mólotov-Ribbentrop) mataron allí a más de 20.000 polacos de un tiro en la nuca, en plan cadena de montaje industrial. La mayoría eran oficiales del ejército polaco, prisioneros de guerra.


Como los soviéticos fueron durante décadas los “buenos” oficiales, los de la Liberación, nada se dijo o se quiso saber sobre esta matanza en Polonia a nivel oficial. Los nazis ya habían dicho en los años 40 (cuando se descubrieron las fosas comunes) que ellos no habían sido: tal vez estaban demasiado ocupados matando a sus propios prisioneros polacos. Al final lo que nos queda es una especie de marcador del horror: el Reich gana a la URSS en Polonia por goleada, cinco millones de muertos frente a solo un millón. Estamos hablando de más muertos polacos que judíos en total durante toda la Segunda Guerra Mundial, y de esto casi nunca se habla. Memoria Histórica, ¿eh?

viernes, 9 de octubre de 2009

Excursus: Curso del 63


-“Los días de colegio eran tan felices, ahora parecen muy lejanos”
(Raymond Douglas Davies)






Por abrumadora petición popular, hablo de Curso del 63. Los que me conocéis sabéis que pensaba hacerlo de todos modos: no es que necesitara mucho empujón, vaya. Esta mañana, en el programa Ya te digo de Europa FM, escucho algunos datos: 21% de share, más de 4 millones de telespectadores, éxito total. A nivel impresionista, llamo al buen Harvest y éste me lo corrobora: en el día después (miércoles) de su emisión, todos sus alumnos –de entre 11 y 17 años- le comentan el programa excitadísimos. Muchos de sus compañeros profes, todavía más.

Otros amigos docentes lo confirman: “¡Qué no daría yo por estar ahí en Curso del 63, lidiando con esos niños pero con los poderes y las prerrogativas de los profesores de aquella época!” –es el comentario más repetido. Por si alguien no lo vio (coincidió con el goloso estreno de Flashforward en Cuatro), Curso del 63 es un reality adaptado de por ahí en el que 20 niños y niñas de 16-17 años se someten a la experiencia de vivir y estudiar en un colegio interno como los que había en España a principios de los años sesenta.


Esto es importante dejarlo claro, porque varios compañeros de trabajo –siempre prestos a enriquecerme con anécdotas y precisiones de sus propias experiencias estudiantiles en colegios internos de ambos sexos- me comentan que no lo vieron pues pensaron que se trataba de una mera recreación à la Cuéntame, y claro está, les chocó muchísimo ver a esos zangolotinos y a esas pollitas con sus pelos teñidos, sus piercings y sus modales de corral. Dice uno “Si yo en 1963 le contesto así a un profesor me llevo un galletón”. Pues ahí está el truco, amigos.

El principal culture shock (el más llamativo, también) al que se enfrentan estos niños y niñas es el que tiene que ver con la imposición de límites en forma de normas. El hecho de que vistan o no corbata o que hayan de comer lentejas (ya sabéis, si quieres las tomas y si no… también) es un mero accidente. El problema de fondo es que a medida que avanza el programa queda bien patente que a la mayoría de estos niños no les han corregido o castigado en su pajolera vida. En otras palabras, que han llegado a los 17 años sin que nunca nadie les lleve la contraria. Pensad en esto, porque a mí me da más miedo que Drácula, la Momia y el Hombre Lobo juntos.


Aparte de las anécdotas disciplinarias (cuando menos, graciosas de ver): que si prohibido el maquillaje, que si hablar de usted a los profes y no contestar, lo que más me llena de terror y piedad, una verdadera catarsis, es la facilidad con que estos niñatos concursantes rompen a llorar. Tolerancia cero a la frustración, que se llama. O sea, hay de comer lentejas, pues no me gustan, pues te las comes, pues no, pues no almuerzas…. buaaaaaaa!!! Sois todos unos fascistas y unos nazis. La madre de la criatura, entre el bochorno público y la conmiseración por su retoña, se medio justifica: “Claro, es que mi hija está acostumbrada a que si no le gusta lo que hay de comer le pongamos otra cosa”. Enhorabuena, mamá: es usted una educadora de putísima madre.

Asisto incómodo a una sucesión de enfrentamientos verbales entre los zafios niños canis (¿por qué casi un tercio son andaluces?) y sus profesores, tan rectos, tan disciplinarios. Hay castigos, hay palabras firmes, hasta que por parte de los desobedientes niños (tampoco se les pide nada del otro jueves, solo obedecer las reglas) vuelan los exabruptos y los insultos. Una alumna aventajada declara sobre su tutora-monstruo-represora: “¡Esa me va a comer a mí las aletas del coño! Vamos… que yo en mi colegio ya le he pegado a dos maestros”. Pienso que mostrar esto en la tele, y enfrentarlo así, sin anestesia, a la disciplina pura y dura del franquismo puede ser contraproducente. ¿No van a saltar los angelitos? Si es que estos profes son unos fachas: llevan bigotín, te hacen vestir uniforme…



Pero entonces el buen Harvest me hace ver una cosa en la que yo no había caído: este programa va a servir para que la gente en general vea el tipo de ganado con el que los profesores de hoy han de lidiar a diario. Y muchos de ellos sin despeinarse. De acuerdo, los niños-concursantes de Curso del 63 están escogiditos: una clase con 20 ó 30 así sería infumable. Pero… ¿y una clase con 5 así? “Es el pan nuestro de cada día” –me asegura Harvest. “No he escuchado en este programa ninguna injuria ni ninguna barbaridad de boca de los niños que no me haya dicho a mí alguna vez un alumno o alumna al encararse conmigo”.

La diferencia estriba –por lo que se ve- en que si un niñato dice a Harvest “¿Tú quién eres para decirme a mí lo que tengo que hacer?”, él sólo puede poner cara de poker y como mucho castigarlo sin recreo, o alguna cosilla así (si es que el alumno en cuestión tiene a bien presentarse y cumplir su castigo). Los profes de Curso del 63, en cambio, son la caña porque pueden ponerlos a fregar, de rodillas con los brazos en cruz o exigirles respeto. No digo que el autoritarismo ciego y la disciplina absurda sean la panacea (yo mismo sufrí las injusticias de los curas en mi propio Curso del 93), pero qué queréis, amigos… de vez en cuando… ver cómo un superhéroe vengador restablece el orden del Universo bajándole los humos a un niñato... mola mazo, como dicen ahora.

lunes, 5 de octubre de 2009

El Gran Fraude de los 60 (I)


Queridos amigos: hay veces en que uno se tiene que comer sus propias palabras, o situaciones en la vida que nos hacen replantearnos nuestras creencias. No trato de ponerme trascendente, es sólo que de un tiempo a esta parte estoy cambiando mi opinión sobre un tema que siempre me ha gustado e interesado mucho, y aunque no me molesta cambiar mis convicciones si es necesario, siempre es algo que me resulta chocante. Sin más misterio os lo confieso: estoy hablando de los años 60.

Hasta hace poco creía que los 60 eran mi década favorita del siglo XX, lo que equivalía a decir de la Historia. Y si os digo la verdad, lo que más me interesaba de los 60 eran sus planos social y cultural, veía yo en aquellos tiempos el nacimiento de algo grande, una suerte de alumbramiento de los tiempos (post)modernos, de nuestros tiempos. Hubo muchos cambios en aquella década, y siempre quise creer que marcaron una ruptura grande. Lo de antes de los años 60 = antiguallas, y lo de después, pues poco a poco se iba pareciendo a lo nuestro.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me vengo dando de bruces con una tozuda evidencia en todos los planos: los Sesenta, así, en mayúscula, fueron un gran fraude colectivo, inducido tal vez por la buena voluntad pero que en realidad no pasan de la categoría de mito. Como buen mito, son una narración que, convenientemente expuesta, nos sirve para explicarnos muchas cosas. Como buen mito, resulta que son mentira.


Ahora me doy cuenta de que casi todo lo bueno, especial o mágico que se les atribuye a los años 60 o bien le corresponde en realidad a otra década o bien es una gran patraña. Sobre todo me estoy refiriendo -otra vez- a los planos social y cultural, a la mentalidad. Un ejemplo muy chistoso que escuché una vez en un documental del Canal de Historia sobre la Revolución sexual: “Todo lo que pensamos que ocurrió en los 60 en materia de sexo, en realidad ocurrió en los 70”. Dice un lugar común anglosajón que si una persona recuerda los sesenta es que entonces no los vivió. Siempre he entendido esto como que fue una década tan guay y tan fiestera que el que la vivió de verdad anduvo siempre borracho o drogado. Lamentable herencia, ¿no?

Lo anterior también se podría interpretar como que hay muchísimos datos recibidos sobre aquella época, en forma de opiniones, artículos, libros, discos, películas, documentales, y en cierto modo, todos tenemos nuestra propia idea de los 60, más o menos idealizada. Los que somos tan jóvenes que ni vivimos la década ni tenemos edad para recordarla, puede darse la paradoja de que conozcamos más datos objetivos sobre los años 60 que los que en verdad estuvieron allí (lo cual no quiere decir en absoluto que conozcamos mejor aquellos tiempos). Ejemplos de esto me los encuentro a menudo entre mis amigos los eruditos musicales, que te bombardean aclarando que si “Paperback Writer” de los Beatles fue #1 en las listas inglesas durante tal o cual semana... etc, etc. Todos conocéis gente así, ¿verdad?


Otro punto previo que me gustaría aclarar es que cuando digo que admiraba los años 60 me refería a lo que he dicho antes, a mis años 60 inventados. O sea, a los 60 británicos y americanos, con sus supuestas convulsiones culturales y su vanguardia artística. Si acaso algún toque francés o italiano, para darle color, y el “La, la, la” de Massiel, pero cuando pienso en los años 60 lo primero que me viene a la mente no es la efigie de Franco, para que me vayáis entendiendo. Esta visión parcial y arbitraria es hija directa de mis intereses en el tema: música rock y pop, arte pop y abstracto, Guerra Fría, Guerra de Vietnam, cultura californiana, intelectualidad hippy... de ahí sacaba yo mis argumentos para decir cuán maravillosa era la década.

Pero amigos, pasa el tiempo, me voy haciendo mayor, voy conociendo más y más productos culturales (de todas las décadas) y las cosas se van poniendo en perspectiva, cayendo por su propio peso. El mito de la genialidad y la originalidad de los 60 no se sostiene de ninguna de las maneras. Porerror, bien que llevas siete párrafos metiéndote con la década y todavía no has aportado ni un sólo argumento o ejemplo. Dice usted verdad, señora, en el post de hoy sólo quería dejar constancia de mi tesis. Para eso que usted dice de explicarlo, habrá que seguir leyendo Estatuas Verdes en días venideros.

jueves, 1 de octubre de 2009

P.A.Q.U.I.R.R.I.


«Doctor, yo quiero hablar con usted. La cornada es fuerte. Tiene al menos dos trayectorias, una para acá y otra para allá. Abra usted todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Y tranquilo, doctor».

(Francisco Rivera Pérez -26 de septiembre de 1984)




Amigos: menuda triada bizarra os traigo esta semana! BerlusconiDavid Bowie y ahora… P.A.Q.U.I.R.R.I. Entre el estupor y la fascinación contemplo el desenlace de la TV movie que Telecinco ha hecho sobre la vida del torero, coincidiendo con el 25 aniversario de su trágica muerte en Pozoblanco a consecuencia de una cogida. Siempre he defendido que el toreo no es un deporte (¡gracias!), pese a lo que pueda figurar en los libros de texto de español como lengua extranjera. Y también que una corrida no se trata de “el hombre contra el toro”, etc, etc. Se trata de matar toros, de la manera con más arte posible.

De lo anterior se deduce que si muere el hombre, no es que gane el toro, es que algo ha salido espantosamente mal. Esta lección la aprendí desde bien chiquito, ya que guardo el recuerdo de la muerte de Paquirri muy hondo (yo tenía 6 años), no me preguntéis por qué. Sin embargo, de su figura y de su vida anterior no he sabido casi nada, no me ha dado por ahí. Apenas que estuvo casado con Carmina Ordóñez, luego con la Pantoja, y sé los hijos que tuvo (¿quién en España no los conoce, si están hasta en la sopa?).

Por eso me interesaba singularmente este producto televisivo que Telecinco nos proponía; vayan por delante todos los caveats y todas las advertencias que se quiera: ya sabíamos que la miniserie corría el riesgo de ser una fantochada, y de escorarse hacia el lado del morbo, pero lo que no sabíamos era que lo iba a hacer tanto. De la primera parte no voy a hablar, porque no la vi, pero vi la segunda y os aseguro que esto me más que capacita para dar mi opinión sobre el temario. Paquirri (2009) estaba montada a base de flashbacks, con dos tiempos paralelos: de un lado, la vida y milagros del diestro gaditano Francisco Rivera y de otro un pormenorizado (y fantasioso) relato de sus últimas horas con vida, justo antes de la corrida de Pozoblanco.


Como no vi el primer episodio, ignoro el carácter más o menos tormentoso que se daría a su matrimonio de seis años con Carmina Ordóñez, pero por lo que vi ayer –su supuesto tonteo una vez separados- la tesis de la serie es clara: ella fue el verdadero (y único) amor de Paquirri. ¿Dónde deja esto a Isabel Pantoja? “La mujer más famosa de España” –como aptamente la tildó Telecinco en un documental- queda reducida al papel de comparsa, de aprovechada, de entrometida, de aprovechada otra vez. Dan a entender que iba detrás del dinero de Paquirri, cuando ella era una mujer independiente de éxito que lo ganaba bien.

Dan a entender que se entrometió en la relación de noviazgo entre Paquirri y Lolita (aunque también dan a entender que el buen Paquirri era un follarín de primera), y sobre todo que debió aguantar abnegadamente todo tipo de feos y de humillaciones por parte de su marido, que seguía queriendo en realidad a Carmina. Sabidas son las guerras en las que se enzarzaron viuda y ex mujer una vez muerto el diestro por su herencia, pero de ahí a tragarme la tesis que se vio ayer en la serie de Telecinco… dista un mundo. La mayor bastedad: que, minutos antes de morir, antes de su última y fatal corrida en Pozoblanco, el torero llamó llorando a Carmina. ¿Se lo cree alguien?



Verdad que la serie avisaba de que “algunas situaciones y personajes han sido ficcionalizados”, pero también se ufanaba de que “esta serie es el fruto de una investigación periodística”. Ya en el plano artístico, otras fantasmadas que debimos soportar, y que hirieron mi sensibilidad especialmente están relacionadas con el casting de actores. Las dos mujeres del diestro, muy bien (María Ruiz más fea que Carmina y Luz Valdenebro más guapa que la Pantoja), de Paquirri hacía dignamente Antonio Velázquez, pero a todos daba grimita escucharlos hablar.

A lo mejor para uno de Arzúa (provincia de La Coruña) todo sonaba más que correcto, pero os aseguro que a mí los acentos del elenco me rechinaron como su puta madre, hasta el punto que tenía de vez en cuando que hacer zapping para aplacar mi nerviosismo. ¿Carmina Ordóñez no nació en Sevilla? ¿Por qué tenía entonces acento de Zamora, por lo menos? El que hacía de Paquirri hablaba con un acento que era de cualquier parte menos de Barbate (Cádiz), pero lo más duro, amigos… sí… dejad de gritarme… lo más peol fue lo de Isabel Pantoja.


¿Por qué? Why o why? ¿Por qué razón ponen a una Pantoja con acento cordobés? INJURIÓN!!!!!!!! Ahora mismo, el azulejo que la tonadillera tiene conmemorándola en la semitrianera calle de Juan Díaz de Solís (donde nació) debe estar temblando, a punto de caerse.

¡Basta! Empecé hablando de Paquirri y termino hablando del acento de la actriz que hacía de la Pantoja. Pero hay cosas, amigos, por las que no deberíamos pasar. Nunca mais. Veo la serie un poco bastante chocado, pero admito que me quedo hasta que termina, cual Ignatius J. Reilly absorto ante una pantalla de cine. Hoy una amiga, que no vio el final, me pregunta: “¿Cómo acaba la serie?”. Sólo puedo contestarle: “Al final Paquirri muere. Lo mata un toro”.
 
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