Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 21 de mayo de 2009

Últimas locuras: Los tests de Facebook


-“Me tuvieron muchos años rellenando cuestionarios”
(José Ignacio Lapido)




¡Bueno, bueno, bueno! Locurón… locurón. Ayer vi el post de un colega en su Muro de Facebook en el que decía: “Va en serio: a los amigos que hagan muchos tests los voy a ocultar”. Pues bien, amigo, nos vemos por ahí (no en Facebook), porque lo que es un servidor no se va a privar de seguir haciéndolos: ¡los tests son lo mejor de Facebook!

No: lo mejor de Facebook si te parece va a ser enterarte de que se ha casado una amiga del colegio a la que hace quince años que no ves. O que un colega tuyo cuelgue una foto de hace 10 años en la que sales tú borracho con cara de mongolo (y te etiqueten con tu nombre). O que te manden como regalo “virtual” una cajita de bombones virtuales. ¡NO! Lo mejor de, la crema de, lo máximo del Caralibro son sus bizarros y divertidísimos tests.


Yo empecé tímidamente: ¿Cuán británico eres? (Me salió Bloody British, el máximo, y por poco me suicido), ¿Qué filósofo griego eres? (Platón), ¿Qué filósofo alemán? (Heidegger), ¿Cuánto durarías vivo en una peli de miedo adolescente? (50%). Luego la cosa empezó a írseme de las manos. ¿Qué cubata eres? (Brandy-… en la vida, compadre), ¿Qué chuchería eres? (Platanito)… ¿estamos locos?

Clásicos son ya los de pelis tipo ¿Qué personaje de El Padrino eres? (Michael Corleone) –o ¿Qué personaje de El Señor de los Anillos?, que me niego a hacer-, o los históricos: ¿Qué escritor podría haberte creado como personaje? (Oscar Wilde), ¿Qué movimiento artístico eres? (Surrealismo), ¿Qué personaje histórico eres? (Sigmund Freud). También los hay pseudopsicológicos, aunque de estos soy menos amigo: ¿Cuál es tu tipo de inteligencia? (Verbal-lingüística), ¿Qué tipo de personalidad eres? (Reformista)... en verdad los que más molan son los que hacen gracia. Mientras más rebuscado mejor.


Mi favorito hasta ayer era ¿Qué enzima del Ciclo de Krebs eres?, y habéis de saber que a mí me salió la Aconitasa (whatever that means). Para qué preguntar ¿Qué color te define? o ¿Qué estación del año eres? pudiendo averiguar mejor ¿Qué clase de choni...? o ¿Qué frase de Carmen de Mairena eres? Y digo yo que si Facebook dice que soy Nuria Bermúdez, la choni con clase o no sé qué frase de la Mairena que incluye la palabra “coño”… tendrán razón, porque ellos han estudiado, ¿no? Casi siempre aciertan, por ejemplo, hice ¿Qué barrio de Miciudad eres? y me salió uno en el que he vivido durante 25 años.

¿Quién diseña estos tests? ¿Genios de la psicología? ¿Lumbreras de las revistas tipo Cosmopolitan? ¿Mesías de los Recursos Humanos? Más bien gente con tiempo libre, me temo. Yo mismo he diseñado un par de ellos, el último con gran éxito de crítica y público: ¿Qué bicho de la casa de Porerror en Cosica eres? Y te puede salir Hormiga roja cocinera, Hormiga shica de cuarto de baño, Abejorro que se cuela cuando ventilo, Mosca clásica de la hora de la siesta o Araña tímida de pasillo (que por cierto todavía no le ha salido a nadie).


Dos de los mejores que he rellenado últimamente son ¿Qué fuiste en una vida anterior? (una amiga se quejaba el otro día de que le había salido Un calcetín, pues xula, a mí me ha salido Un pretzel: no sé yo qué es peor) y ¿Qué cosas absurdas te gustan que tú no sabes y que gracias a este test sabrás?, con el emocionante resultado de Girar sobre ti mismo delante de la sección de pan de los hipers.

Pero ayer ya fue el acabose, cuando el Grillo Solitario (ya sabéis, el negrata, el peligroso, el mafioso…) se sacó de la manga el seminal test ¿Hasta qué punto eres una estatua verde? Con preguntas y respuestas que ni yo mismo las hubiera diseñado más certeras. Menos mal que me salió que era Una estatua color verde óxido sobre el techo de Notre Dame, porque si no dejo el blog y me dedico al punto de cruz…


lunes, 23 de febrero de 2009

La risa

Decía F. Scott Fitzgerald que él escribía “con la autoridad que me da el fracaso”. Yo, en cierto modo, hoy también, aunque mejor diré que os escribo con la autoridad que me da la pena. La “pena negra”, la que te deja “umbrío, casi bruno”. Pero el post de hoy va sobre la risa. Hoy me vais a permitir que defina la risa como el pegamento necesario para que todas las relaciones sociales tengan éxito.

Siempre añora uno lo que no posee, la manduca el hambriento, el pobre los dineros, eso por descontado. Acaso por esta razón miro hoy con esperanza al horizonte de la risa, por hacerme falta ésta con más urgencia que nunca antes. Decía también el buen Oscar Wilde que todos los seres humanos vivimos en la cuneta, lo que nos diferencia es que algunos están boca arriba y pueden mirar a las estrellas. Hoy yo miro a las estrellas, y a las bocas de los rientes con admiración y envidia.

Los que leéis Estatuas sabéis que soy un gran defensor del humor como filosofía de vida. Y que muchas veces calibro las cosas según el grado de humor que contienen. Creo sinceramente que hay un continuo entre el “humor absoluto” y el 0% de materia graciosa, y es importante saberlo. Normalmente busco la sonrisa, acecho la risa, fomento la chanza, creo la ocasión para la broma. Mis compañeros de trabajo lo dicen frecuentemente: en esta profesión, o te estás todo el día riendo o es para echarse a llorar. No hace ni quince días que un amigo le comentaba a otros, “Hay que ver lo gracioso que es Porerror, que siempre está contento”. Y a esas y parecidas palabras me agarro cuando no estoy contento.

Uno no repara en las cosas hasta que no le extrañan, y a mí nunca me había chocado hasta ahora la cantidad de tiempo y dinero televisivos que se dedica en España al buen rollo. Humor y buen rollo, nos los despachan por arrobas programas que normalmente forman parte de mi dieta básica: Sé lo que hicisteis, El intermedio, La tira, Maitena: Estados alterados, La familia Mata, Ven a cenar conmigo, El hormiguero, Muchachada Nui... Sin contar con el humor regional y verdadero de unos -digamos- Carnavales de Cádiz, cuyo concurso de coplas se ha venido televisando durante las dos últimas semanas.

Acudo a mis estanterías de DVDs y compruebo que al menos el 60% de lo que tengo son comedias, comediotas o series de humor. De Lubitsch a Judd Apatow, de Sucedió una noche (1934) a American Pie 2 (2001). Ahora no me apetece verlas, la verdad, pero sé que ya me apetecerá. Que volveré a contar chistes, que volveré a comprar El Jueves. Hablo con amigos que me sacan a tomar café estos días: por fuerza acabamos por reírnos. Dice una especie de refrán sacado de la serie de humor Búscate la vida (1990-91) que “exceso de tragedia igual a comedia”. Hasta en lo más negro y en lo más patético surge la exótica perla de la risa, como una flor que crece sobre un montón de estiércol.

Volveré a reírme, volveré a disfrutar del humor negro de Plácido (1961) y El gran Lebowski (1998), volveremos a reírnos todos, familia, amigos... es justo y necesario que así ocurra. Lo que no volveré a oír jamás serán las carcajadas de mi hermana, a quien tanto quería.

lunes, 2 de febrero de 2009

La duda


“Piensa mal y acertarás”
(Refrán español)




Llevo unos días sin escribir un post y no es por falta de ideas ni de acontecimientos que reseñar. Es por falta de una manera adecuada de contaros las cosas. Que no sé por dónde empezar, vamos. Al final me lanzo con este metapárrafo a contaros que la última película que he visto, La duda (2008), me ha creado muchas ídems pero me ha recordado la importancia de los hechos objetivos, y de las presentaciones subjetivas que de ellos se hagan.

Pero como se dice al comienzo de la peli, la duda es un poderoso aglutinante, tanto o más que la certeza. Imposible hablar de esta peli sin decir de qué se trata, sería como decir: “Casablanca va de Marruecos”. Avisados quedáis. La duda es una historia que viene del teatro (ganadora del Pulitzer 2005), y la ha escrito para la pantalla y dirigido el propio autor, John Patrick Shanley. La historia es simple: en una escuela parroquial católica dirigida por una monja integrista, un cura postconciliar es acusado de pederastia, basándose en conjeturas. Estamos en Nueva York en 1964, y para colmo, el niño pupita en cuestión es negro.


¿Culpable? ¿Inocente? ¿Acaso importa? La monja directora (Meryl Streep) ya ha decidido condenar al cura (Philip Seymour Hoffman) de antemano, antes incluso de acusarlo de pederastia. Sus crímenes: escribir con boli (en lugar de estilográfica), jugar al baloncesto, tomar el té con tres terrones y sonreír. La monja encarna lo más rancio del catolicismo preconciliar: sacrificio por el sacrificio, templanza confundida con mortificación, rectitud a ultranza, temor de Dios... y una aparentemente insobornable fe, que es la que justifica todos sus actos. En su peculiar rectitud (“righteousness” es la palabra que busco), la monja Meryl representa a una especie de Maquiavelo del catolicismo: su filosofía podría resumirse en “Para perseguir al Mal es necesario alejarse un paso de Dios”. Pero como se persigue un Bien superior, el fin justifica los medios.

El Padre Seymour Hoffman encarna una visión opuesta de la Iglesia y la fe: más abierta, más humana, de mejor rollo. Habiendo recibido una educación católica, yo me siento más identificado con él porque se parece a los curitas que había en mi colegio, que sonreían, organizaban bailes y hablaban de sexualidad (desde el punto de vista cristiano, of course!). Pero entonces, ¿el cura es culpable o no? Espérese un momento, señora. Decía que este cura encarna el buen rollo, y por eso nos repugna aún más la idea de su presunta pederastia. Como dije antes, el niño que protagoniza el incidente pederástico es el único negro del colegio, lo cual envuelve al tema en una capa más de peliagudez.


Intento colocarme en la mente de un progre para ver dónde estarían sus lealtades en este caso. De un lado, si el cura es culpable, qué éxito para el anticlericalismo: claro, todos los curas son corruptores de menores, etc (y más en USA, donde ha habido muchos, sonados y bochornosos casos). Pero por otra parte, si el cura es inocente... representaría un triunfo para las ideas más liberales, un golpe en la cabeza a todo ese mundo carca, oscurantista e intransigente que la monja Meryl epitomiza. ¿Por qué es buena peli La duda? Razón #1: Porque no nos lo pone tan fácil.

Razón #2: Por el trabajo de sus actores. De Meryl Streep ya se habló en Estatuas Verdes, y Philip Seymour Hoffman es posiblemente mi actor favorito en activo, el nuevo Marlon Brando. En esta peli ambos están no ya de Oscar, sino de Oscar Mayer, con ketchup y mayonesa. Y además hay otra dos secundarias que andan nominadas: Amy Adams y Viola Davis. Sobre el papel de Viola Davis solo diré que dura 2 minutos en pantalla, y que estará muy bien pero me parecería una grosería que la premiaran por eso. Amy Adams es harina de otro costal: su papel de tontuela bienintencionada puede pasar desapercibido entre las actuaciones de dos titanes como Streep y Seymour Hoffman, pero bien mirado, su ambiguo trabajo resulta ser la argamasa perfecta que conecta los mundos de ambos personajes principales: monja carca y curilla progre.


No voy a fingir que La duda es la mejor peli del año, ni siquiera que me haya gustado más que Revolutionary Road (2008). Pero aunque solo fuera por sus actores ya merece una atención especialísima. La escena en el despacho de la directora, con el cura y la otra monjita sirviendo el té la tengo para mí como una de las mayores barbaridades dramáticas que mis ojos han contemplado en mucho tiempo. En cuanto a la temática, la peli te plantea un dilema moral, el de decidir -sin pruebas- acerca de la culpabilidad de un hombre. No quiero contar más, pero os dejo caer que mientras veía La duda vinieron a mi mente los títulos Pasaje a la India (1984) y Sed de mal (1958) -por poner dos ejemplos de acusaciones pupita-. Al final el juicio lo tienes que hacer tú, espectador, no te lo dan mascadito.

Creo que Umberto Eco se refirió al concepto como “obra abierta”, “donde el lector encuentra el sentido de una manera activa delante de la obra” (Wikipedia dixit). Yo solo espero que esta peli os coja confesados.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Miedo me dan


“Los nacionalismos qué miedo me dan”.
-Enrique Bunbury


Me despierta un buen amigo de la siesta con un anuncio inquietante: “¿Estás escuchando Radio 3? En un programa están contando que han acusado a Bunbury de plagiar a Benedetti, a Neruda y al sum sum corda”. Demasiado bueno para ser cierto. A mí Bunbury no es que me caiga mal, de hecho cada vez me mola más con los años, pero siempre me ha parecido sospechosa su calidad literaria (por no hablar de su gramática: “blanca esperma resbalando por tu espina dorsal”). ¿Bunbury plagiando a Benedetti, el apóstol del buenrrollismo? Demasiado jugoso para ser cierto.

Entonces busco la noticia y no hay vuelta de hoja: Bunbury ha copieteado a varios poetas como un cosaco, sin ningún miramiento. En cierto blog le echan en cara que no haya admitido sus influencias de antemano, como hicieron el Sabina o Jaime Urrutia. La revista La Clave (dirigida por José Luis Balbín) aporta pruebas demoledoras: plagiazos a caraperro. Botón de muestra: “Las cosas más triviales / se vuelven fundamentales” (“Todavía”, Mario Benedetti). En la canción “Opio” de Héroes del Silencio: “Las cosas más triviales se vuelven fundamentales”.


Bunbury, rey de la intertextualidad, dirán algunos, un cantautor cuyo nombre artístico está sacado del de un personaje de una obra de Oscar Wilde. Cuando la crítica feminista y postestructuralista Julia Kristeva acuñó el término en 1966 no creo que se estuviese refiriendo a poner en tus canciones versos de otros sin decir de dónde habían salido. En otro blog se defiende a Bunbury con denuedo: lo que pasa es que el pavo es tan leído que se le viene a la mente todo su bagaje literario a la hora de componer. Lo mismo alegó George Harrison cuando le acusaron de plagiar el “He’s So Fine” de las Chiffons con su tema “My Sweet Lord” (“Es una canción que me ha calado tan hondo que voy y la compongo otra vez”).

Con misericordia, pienso que la mejor frase de Bunbury es aquella que le dedicó al nacionalismo en su tema en solitario “El extranjero”. Los nacionalismos son pupita, ¡qué gran verdad! Yo mismo he buscado este verano infructuosamente en Irlanda el libro que desenmascara los nacionalismos: La invención de la tradición del prestigioso historiador británico marxista Eric Hobsbawm (1983). No lo encontré. ¿Será porque en Irlanda el nacionalismo (la fábula) alcanza el grado supremo de historia oficial? No lo creo, porque los anaqueles de las librerías irlandesas sí que exhiben otras obras de Hobsbawm.


Irlanda es un país joven que como todos necesita sus héroes. Lástima que ellos los saquen de entre terroristas y gente de la más dudosa ralea. Cada país necesita sus héroes, preguntadle a un uruguayo por Mario Benedetti, o a un argentino por… Carlos Gardel. Bunbury, el aragonés con nombre de personaje inglés escrito por un irlandés plagió a un uruguayo.

Costa Amalfitana, agosto de 2008. Dentro de un Seat León negro que circula a 50 km/h por la traidora carretera italiana, un amigo me espeta: “¿No has oído la última de Gardel? Que por lo visto el pavo no era argentino sino uruguayo, y él mismo en su lecho de muerte ratificó emotivamente su uruguayidad”. Impresionado, guardo silencio. Yo siempre había pensado que Carlos Gardel había nacido en Francia.

sábado, 30 de agosto de 2008

Irlanda vs. Sicilia


Sin motivo aparente, vuelvo a la carga con la comparación de dos bonitas islas. Una de ellas es un país independiente desde hace menos de sesenta años, y ni siquiera la isla entera. La otra forma parte de un país mayor, de unos 140 años de antigüedad como tal. Hablemos.

Bandera. La de Irlanda es una copia de la de Italia, que a su vez fue calcada de la de Francia. Su simbolismo (el verde católico y el naranja protestante unidos -¿separados?- por el blanco de la paz) le hace ganar enteros. La de Sicilia, un triángulo rojo y otro amarillo sobre el que campa la Trinacria, emblema de la isla que simboliza su condición de bañada por tres mares diferentes (el Mediterráneo, el Tirreno y el Jónico: o sea, el Mediterráneo). Sin embargo, la Trinacria es una divertida figura con tres piernas, lo que concede a Sicilia la victoria en este apartado por un mínimo margen.


Geografía. Empate en población: poco más de cinco millones de almas en ambos casos. Irlanda es casi cuatro veces mayor que Sicilia, punto ahí, pero si hablamos de clima… Sicilia tiene clima Mediterráneo, muchísimo calor y pocas lluvias. Irlanda el Atlántico: lluvias, lluvias, nubes y fresquete. ¿Empate? No, claro, preferimos pasar calor.

Idioma. En Sicilia se habla una particular variedad de italiano, que es decir que se habla latín. En Irlanda se habla inglés (también dialectal) y una divertida lengua celta en la que el gobierno se empeña en poner todos los letreros: el gaélico irlandés. Por supuesto, el italiano es infinitamente superior al inglés, pero el hecho de tener Irlanda otra lengua minoritaria hace que en esta área declaremos el empate.


Gastronomía. Bebidas de referencia de Irlanda: la Guinness y el whisky. Ídem de Sicilia: horchata de almendra y vino de Marsala. Personalmente prefiero las sicilianas, pero las estadísticas les dan la razón abrumadoramente a los colegas irlandeses. Desayuno típico siciliano: brioches migados en granizada y bollería rebozada rellena de nocilla; desayuno irlandés: huevos, salchichas, bacon, tomate, champiñones, varios tipos de morcilla… Irlanda gana por goleada.

Para el resto de comida Irlanda nos ofrece su ternera, sus patatas, sus pies, sus scones (bollitos) y Sicilia su pez espada, sus pistachos, sus bocadillos de helado, su pasta (con berenjenas, con calabacines, con sardinas, con tinta de calamar), sus croquetas de arroz, sus cannoli (dulces típicos). Ni que decir tiene que punto para Sicilia.


Historia. Pueblos que han invadido Sicilia: cartagineses, griegos, romanos, bárbaros germanos, bizantinos, árabes, normandos, aragoneses, Borbones, liberales de Garibaldi, ejército Aliado (2ª Guerra Mundial). Pueblos que han invadido Irlanda: celtas, vikingos, normandos, ingleses, ingleses e ingleses otra vez. Simplificando a los normandos del siglo XII, nos queda que Sicilia ha sido invadida más veces y por gente más interesante. Y eso que haber sufrido el yugo inglés puntúa doble.

Sociedad. La Mafia y el IRA se simplifican y se cancelan mutuamente, a cuál más hijos de puta.


Cultura. Empate en religión, la favorita de ambas islas es la católica. Irlanda además presenta a varios santos de gran peso como San Patricio, San Borondón o San Kevin. Los santos sicilianos (como Santa Ágata o Santa Rosalía) son un poco de segunda fila, pero es de admirar que cada pueblo siciliano suela tener dos patrones, mejor que uno.

En cuanto a las artes… en Irlanda estuvieron los vikingos y en Sicilia los griegos y los romanos, lo cual ya debiera de por sí zanjar el debate. Está claro que el patrimonio siciliano (al que hay que sumar las obras de arte sículo-normando y barroco) deja en brajas cualquier aportación irlandesa. Sin embargo, parafraseando a El Nota de El Gran Lebowsky, la carrera artística de Sicilia ha ido “un poco lenta últimamente”, mientras que durante los últimos ochenta años los irlandeses se han esforzado muchísimo por dejar huella de su cultura nacional (inventada, como todas).


Literatura. Aquí la pluma debe rendirse sin dudarlo del lado irlandés. Pese a contar en su nómina con sinvergüenzas como James Joyce y terroristas asesinos como Brendan Behan, la literatura irlandesa ha dado al mundo media docena de nombres universales. En realidad, solo con Oscar Wilde bastaría para callar a cualquiera, pero a este debemos sumar a G. B. Shaw, a Jonathan Swift, a W. B. Yeats y a Samuel Beckett. Y a Bram Stoker, el autor de Drácula (1897). Sicilia también ha dado alguna lumbrera, como Luigi Pirandello o G. Tomasi di Lampedusa, pero no olvidemos que los sicilianos son responsables de infligir en el mundo gran parte de la ópera del siglo XIX. Novela de referencia irlandesa: Ulises (1922); ídem siciliana: El Gatopardo (1958). Gol del honor para Sicilia.

No sé, me sale un empate, ¿qué pensáis? A ver si va a resultar que, después de todo, Irlanda y Sicilia van a ser la misma cosa… si doblamos el mapa, claro.
 
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