Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 29 de junio de 2009

Contra la palabra


“Las palabras hacen trampa/ nunca creo en lo que nombran las palabras”
(Fito Páez)




Nunca había hecho algo así en Estatuas Verdes, pero hoy me siento impelido (compelled: ¿se dice así en vuestro idioma?). Llevaba varias semanas tratando de darle forma a un tema y ha sido al leer el último post de Daniel Ruiz García cuando me he dado cuenta de lo que de verdad quería hacer. Nada más lejos de mi intención que refutar tus ideas; aunque quisiera, hoy no tengo fuerzas para eso. Pero en cierto modo sí quiero contestarte, Daniel, con una carta abierta. Lo que me mueve es el objeto de tu post, la palabra, las palabras: injuriar a la palabra.

La palabra es un engaño que puede ser hermoso, es como una planta carnívora, como un pez venenoso de atractivos colores. Por eso fascina tanto y es tan poderosa, pero de igual modo nos atrapa y nos puede dejar en el sitio, si no tenemos cuidado. Yo también, querido Daniel, me gano la vida gracias a la palabra (mientras no se demuestre lo contrario). De lo que no cabe duda es de que todo lo que he conseguido en la vida ha sido a través de la palabra, de las palabras, de mi parla o mi soltura al redactar, también mis fracasos, que mi tiempo y mi dinero me han costado. Por eso sé de lo que hablo.


La palabra –el lenguaje- es un bonito invento que nos hemos dado los seres humanos, extremadamente útil, hay quien te dirá que tan innato que de ahí surgen todos nuestros pensamientos posteriores, lo cual siempre he considerado una soberana gilipollez. Pero la mayoría de la gente lo cree así, ergo… Tú sabes que la principal capacidad de la palabra humana es que nos permite mentir, decir lo que no es, y eso es lo que nos distingue de los animales. La palabra, “la bella, la traidora” (que diría Javier Krahe) es eso que nos permite decir cosas como “unicornio” o “el actual rey de Francia” y quedarnos tan tranquilos.

Pero bien mirada, la palabra no es nada, no lleva implícita la esencia de la cosa, es solo una maldita imagen acústica tras un concepto, y dicen que un signo. Ya no se puede creer en Platón, ni en tantos que vieron en la palabra la verdadera verdad de las cosas. La palabra engaña, miente, hasta cuando pretendemos que diga la verdad. Las palabras, para empezar, ¡de qué cojones estamos hablando? Sonidos, fonemas, letras, me niego a diseccionarlas una vez más bajo un microscopio absurdo de teorías, de eso ya tuve bastante en mi sospechosa formación universitaria.


En español existe la “palabra de honor”, pero también es sabido que “las palabras se las lleva el viento”. La retórica de las palabras nos ha llevado a las mayores aberraciones, no hace falta remontarse a Auschwitz o al Gulag, basta con abrir cualquier mañana un diario cualquiera de nuestra prensa, y de eso sabes tú más que yo, Daniel. A diario hay ejércitos de personas encargadas de maquillar las palabras, de crear unas nuevas, miembras, de intentar que otras desaparezcan, pero ellas se ríen, en nuestros cerebros, no en los diccionarios, desde luego, no es allí donde viven. Ni en las circulares de los políticos, ni en los libros de estilo. Viven en nuestras mentes, y si acaso, de modo fugaz, en nuestros labios.

Dice el buen Fito Páez que las palabras “son el arma con la que te doy consuelo” y también “el cuchillo que te hundo en el pellejo”. Yo hasta hace poco creía de verdad en la inocencia del lenguaje, pensaba que las hijadeputas eran no las palabras sino las personas que las pronunciaban, pero ya no estoy seguro. Ahora me inclino más a pensar que hay algo intrínsecamente malo, mágico pero malo en las simples palabras. Lo que es seguro es que en ellas no podemos confiar. De ahí refranes como “del dicho al hecho media un trecho” o “haz lo que bien digo y no lo que mal hago”. Las palabras hacen muchísimo daño.


Yo te puedo decir A y estoy pensando B, pero es que a lo mejor a otro sobre el mismo tema le acabo de decir C y en mi fuero interno yo sé que es D. Vale, el engaño está en la voluntad de la persona, pero son las palabritas las que te lo sirven en bandeja de plata, con su bonito envoltorio. Cuídate de las palabras, querido Daniel, de todas, también de estas mías. No des nada por sentado y escruta siempre cualquier mensaje que te llegue en forma de lenguaje. A lo mejor un color, un perfume o una melodía no son tan mentirosos, no sabría decirte porque no entiendo de esos temas.

El drama de las personas a las que, como nosotros, las palabras nos dan de comer es que andamos atrapados en su puta telaraña, estamos presos, yo ahora muerdo la mano que me alimenta pero no hay desgarro posible de este entramado, hasta para cagarme en ellas he de valerme de palabras. A veces soy consciente de esto (es como asomarse a un abismo muy frío) y me entran auténticas ganas de llorar. Soy un soldado de la red mafiosa de las palabras, un simple peón en su juego. Tú a lo mejor has llegado a lugarteniente, Daniel, pero no te confíes. En cualquier momento, como en una película de Coppola, la palabra más querida te puede dar un balazo por la espalda. Cuídate.

jueves, 21 de mayo de 2009

Últimas locuras: Los tests de Facebook


-“Me tuvieron muchos años rellenando cuestionarios”
(José Ignacio Lapido)




¡Bueno, bueno, bueno! Locurón… locurón. Ayer vi el post de un colega en su Muro de Facebook en el que decía: “Va en serio: a los amigos que hagan muchos tests los voy a ocultar”. Pues bien, amigo, nos vemos por ahí (no en Facebook), porque lo que es un servidor no se va a privar de seguir haciéndolos: ¡los tests son lo mejor de Facebook!

No: lo mejor de Facebook si te parece va a ser enterarte de que se ha casado una amiga del colegio a la que hace quince años que no ves. O que un colega tuyo cuelgue una foto de hace 10 años en la que sales tú borracho con cara de mongolo (y te etiqueten con tu nombre). O que te manden como regalo “virtual” una cajita de bombones virtuales. ¡NO! Lo mejor de, la crema de, lo máximo del Caralibro son sus bizarros y divertidísimos tests.


Yo empecé tímidamente: ¿Cuán británico eres? (Me salió Bloody British, el máximo, y por poco me suicido), ¿Qué filósofo griego eres? (Platón), ¿Qué filósofo alemán? (Heidegger), ¿Cuánto durarías vivo en una peli de miedo adolescente? (50%). Luego la cosa empezó a írseme de las manos. ¿Qué cubata eres? (Brandy-… en la vida, compadre), ¿Qué chuchería eres? (Platanito)… ¿estamos locos?

Clásicos son ya los de pelis tipo ¿Qué personaje de El Padrino eres? (Michael Corleone) –o ¿Qué personaje de El Señor de los Anillos?, que me niego a hacer-, o los históricos: ¿Qué escritor podría haberte creado como personaje? (Oscar Wilde), ¿Qué movimiento artístico eres? (Surrealismo), ¿Qué personaje histórico eres? (Sigmund Freud). También los hay pseudopsicológicos, aunque de estos soy menos amigo: ¿Cuál es tu tipo de inteligencia? (Verbal-lingüística), ¿Qué tipo de personalidad eres? (Reformista)... en verdad los que más molan son los que hacen gracia. Mientras más rebuscado mejor.


Mi favorito hasta ayer era ¿Qué enzima del Ciclo de Krebs eres?, y habéis de saber que a mí me salió la Aconitasa (whatever that means). Para qué preguntar ¿Qué color te define? o ¿Qué estación del año eres? pudiendo averiguar mejor ¿Qué clase de choni...? o ¿Qué frase de Carmen de Mairena eres? Y digo yo que si Facebook dice que soy Nuria Bermúdez, la choni con clase o no sé qué frase de la Mairena que incluye la palabra “coño”… tendrán razón, porque ellos han estudiado, ¿no? Casi siempre aciertan, por ejemplo, hice ¿Qué barrio de Miciudad eres? y me salió uno en el que he vivido durante 25 años.

¿Quién diseña estos tests? ¿Genios de la psicología? ¿Lumbreras de las revistas tipo Cosmopolitan? ¿Mesías de los Recursos Humanos? Más bien gente con tiempo libre, me temo. Yo mismo he diseñado un par de ellos, el último con gran éxito de crítica y público: ¿Qué bicho de la casa de Porerror en Cosica eres? Y te puede salir Hormiga roja cocinera, Hormiga shica de cuarto de baño, Abejorro que se cuela cuando ventilo, Mosca clásica de la hora de la siesta o Araña tímida de pasillo (que por cierto todavía no le ha salido a nadie).


Dos de los mejores que he rellenado últimamente son ¿Qué fuiste en una vida anterior? (una amiga se quejaba el otro día de que le había salido Un calcetín, pues xula, a mí me ha salido Un pretzel: no sé yo qué es peor) y ¿Qué cosas absurdas te gustan que tú no sabes y que gracias a este test sabrás?, con el emocionante resultado de Girar sobre ti mismo delante de la sección de pan de los hipers.

Pero ayer ya fue el acabose, cuando el Grillo Solitario (ya sabéis, el negrata, el peligroso, el mafioso…) se sacó de la manga el seminal test ¿Hasta qué punto eres una estatua verde? Con preguntas y respuestas que ni yo mismo las hubiera diseñado más certeras. Menos mal que me salió que era Una estatua color verde óxido sobre el techo de Notre Dame, porque si no dejo el blog y me dedico al punto de cruz…


jueves, 11 de diciembre de 2008

Los estados carenciales


De vez en cuando se agradece un libro fácil de leer pero que no sea ramplón, que no deje de aportarte algo. Es el caso de la novela Los estados carenciales (2002) de Ángela Vallvey. Este libro le valió a su autora el Premio Nadal de aquel año, y aunque confieso que no he leído Nada (1944) de Carmen Laforet, no puedo evitar pensar en cuánto ha cambiado la sociedad española –y en especial la situación de la mujer- desde aquella primera ganadora del Nadal hasta doña Vallvey.

¿Es un libro de y para mujeres? Para nada, pero sospecho que encierra una carga femenina que a mí se me ha escapado por ser tío. Describámoslo cursimente como una poesía o un ritmo interno secretos que a mí se me han escapado en ocasiones, pese a ser plenamente consciente de que estaban ahí (algo parecido a escuchar una conversación a través de una pared: te enteras de todo lo esencial pero te pierdes cosas). Lo que no se entiende del todo siempre resulta fascinante, más que lo que no deja resquicios o cabos sueltos. Y tiene la ventaja de que, al entenderse, no te deja sensación de ser idiota.



Como os he visto nerviosos al nombrar a Ángela Vallvey deseo tranquilizaros: ella parece ser de derechas, pero es tertuliana de Cuatro o sea que los progres la podéis leer sin problema. Por otro lado atisbo que la suya es una escritura muy femenina (si es que eso existe) pero en ningún caso llega a ser feminista: los que seáis más conservadores tampoco habéis de temer nada con esta mujer. Es Los estados carenciales un libro que pretende ser una disertación novelada acerca de la Felicidad, lo cual no es decir poco. Y felices –o infelices- podemos ser todos, todo el mundo tiene intuiciones de lo que es o no ser feliz, y pienso que en eso radica gran parte del éxito del libro: que puedes llegar a sentirte emocionalmente implicado.

Me acerqué a esta novela movido por la errónea impresión de que era una sátira de los libros de autoayuda, cosa que no es, pero no hay mal que por bien no venga (un inciso, si queréis una sátira cojonuda de la autoayuda leed las dos partes de El diario de Bridget Jones -1996 y 1999-: obras maestras en su género). Más que la autoayuda (psicología barata) este libro indaga en la filosofía barata y la propone como medio lícito de investigar acerca de la Felicidad, que a veces equipara al Bien. Lo que salva Los estados carenciales de ser solo filosofía barata es que se sustenta sobre un andamiaje de Filosofía de “pata negra”, convenientemente descafeinado aquí por la autora para ponerlo al servicio de su trama de amores y relaciones. En otras palabras, esto no es Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (2001, Pablo Tusset), aquí se ha leído a Schopenhauer, Séneca, Epicuro, Diógenes, etc.


Sin embargo, no se me asusten. Aunque Los estados carenciales tiene sus cositas curiosas en cuanto a estilo y estructura (varias partes a lo postmoderno -aunque cronológicas-, leves cambios de voz y punto de vista, adjetivación valiente) no es un libro vanguardista ni sesudo, es muy fácil de leer. Tiene lo mejor de ambos mundos: la suficiente trama de amores, rencores, sexo, humor, relaciones, costumbrismo, realismo sucio de marcas de yogur, que se le pide a un best-seller junto con un mínimo de rigor intelectual, píldoras filosófico-reflexivas y dignidad en el estilo literario. En resumen, Ángela Vallvey ha querido hacer Literatura, estoy seguro, pero también tiene que comer la señora.

De todos modos hay un detalle que me fascina y no sé si me preocupa. Leo pocos libros españoles, pero todos los que leo encuentro que son como las pelis españolas: relaciones truncadas, amigotes, cama, gin-tonics, artistas frustrados, más cama, algún minimisterio que le dé emoción… y todos parecen tener un ojo puesto en la gran pantalla, ser fácilmente adaptables a guiones de cine. Le ocurre a David Trueba –admitámoslo-, le ocurría al citado Tusset, le ocurre a Vallvey. Me reitero: se ve que de algo tiene que comer esta gente.


Por último, quisiera detenerme en el humor, para mí lo más importante de cualquier libro. El humor o su ausencia y el tratamiento que se les dé es lo que a mi juicio hace o desbarata una obra de arte. Los estados carenciales tiene presente el humor, pero está puesto de una manera que a mí no me acaba de satisfacer. Es como una tostada con muy poquita mantequilla: de acuerdo, la mantequilla está ahí, y engorda poco, pero no te acabas de relamer. No es que piense que todos los libros hayan de ser graciosos ni de comedia, pero sí que este (el mencionado humor) es un elemento imprescindible, y, ya que presente, debe estar bien dispuesto. Pero es un defecto nimio, en realidad esta novela se preocupa de otras cosas mayoritariamente antes que del humor: de la vida, de la Felicidad y de cómo encontrarla.

No he hablado de la trama y es a propósito: no creo que aportara mucho a mi crítica. Básteos saber que si os interesan los libros en plan Más Platón y menos Prozac, Lo que Platón le diría a Woody Allen, Más Woody Allen y menos Platón y los de esta onda, y si sois “personas humanas” que se esfuerzan por ser felices, a lo mejor este libro es para vosotros. Para mí, desde luego (en pequeñas dosis): leeré más de esta autora.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Oda al ibuprofeno


“La vida es sufrimiento”
-Platón



Nos conocimos con veintiún añitos: ¡qué edad más bonita para el amor! Fue en Galicia, aquel verano nublado y lluvioso de 1999. En el Camino de Santiago, por cerca del Monasterio de Samos, yo tenía una tendinitis en la rodilla derecha debida a un vicio al pisar mal. Un buen samaritano, otro peregrino, vio mi cara de sufrimiento por dolor y tuvo a bien presentarnos. Me contó tus virtudes y advirtió de tus vicios: “Y no te olvides de tomar un protector estomacal”.


Al año siguiente, viviendo en Inglaterra, vi cómo me eras infiel con otro compañero Erasmus. Este chaval usaba de tus servicios por sistema, cuando tenía resaca. Espidifén era tu nombre por aquellos días, venías en forma de sobre. Nuestro siguiente encuentro fue un dolor de muelas. El bendito dentista (nunca me dio miedo: quita los dolores) me puso en contacto de nuevo contigo. El flechazo fue instantáneo y caí entre tus brazos –parafraseando la canción de Mecano.

Con el tiempo nuestra relación fue madurando, yo me hice mayor y tú también creciste: 200, 300, 600 mg.

Ya cada vez que algún dolor de muelas me visita, un par de veces al año, voy al cajón de las medicinitas a buscarte. Pastilla blanca: como viejos amigos. Cuántas visitas de urgencia al dentista estando en un grito fueron solucionadas con un simple: “Tómate ibuprofeno”. Siempre quitando inflamaciones, ora de marca ora genérico, siempre bueno.


Más tarde vino el muy temido esguince: aquí la inflamación en grado sumo. Edemas, hematomas, los dolores. Oh, ibuprofeno, ¡imposible pagarte tus favores! Agradecido de por vida quedo, tú salvaste.

Hace una escasa semana me asaltaba de nuevo terrible dolor de muelas, tan grande que me despertó. La noche no fue agradable, pero pude dormir reconfortado tras ingerir buena dosis de mi pequeño y blanco amigo. Ayer, cuando al dentista el caso relataba, ya conocía de antemano su respuesta. “Tómate ibuprofeno” –me espetaba, zanjando la polémica.


Anteayer sobrevino monumental caída, gracias al cielo solo se saldó con un susto. Dolorido, magullado, jodido, me apresuré a engullir la cena para no tener el estómago vacío, por poderme tomar ibuprofeno. Y gracias a eso pude de noche pegar ojo. La mañana siguiente raudo me tomé otro para aguantar la jornada. Más tarde, en la consulta del médico, bajito, pero que muy bajito (por citar a don Skakespeare y a Woody Allen), llegaban el diagnóstico y la prescripción. “Tómate ibuprofeno” –me dijo la doctora-. “El hermano mayor, el llamado 600, puedes quedar con él hasta tres veces al día”. A la farmacia fui, a requerirte: ¡ven a mi boca, amor…!

 
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