Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 9 de junio de 2009

Al pobretico le pitingan los oídos


Le tienen que estar pitando los oídos ahora mismito. Dicen que ocurre cuando alguien está hablando de uno a sus espaldas, ¿no? Pues bien, hoy, en un momento dado en mi trabajo se ha armado un auténtico complot verbal para derrocar a Pitingo de su trono del flamenkito y arrastrar su (ridículo) nombre por el barro. Me gusta la palabra inglesa “barrage”, que significa “bombardeo artillero”, metafóricamente “aluvión”. Pues eso es lo que ha pasado hoy con Pitingo, le ha caído encima la del Pulpo Manotas. Y yo tampoco me he privado de darle caña, vaya.

Burlarse de Pitingo parecía ser el tema principal del orden del día, todo era apto para la chanza: su no-peinado, sus chaquetas imposibles, Pitingo en la Academia OT dispensando consejos, Pitingo haciendo duetos con Beatriz Luengo, Pitingo en el videoclip de Macaco, Pitingo liándola borracho a bordo de un aeroplano (ay, no, que ese era otro personaje) Mis compañeros no tendrán piedad: “Pitingo es indecente”, brama uno de ellos siempre que sale a relucir su nombre; “Pitingo al paredón (sin juicio)”, es otra frase no ajena a mi ámbito laboral. La última leyenda urbana es que Pitingo iba a dar el mes pasado dos conciertos en la Gran Ciudad que fueron cancelados por falta de venta de entradas. Recuerdo haber leído en la prensa la nota oficial: una excusa a propósito de supuestos problemas de voz en el acompañante coro de gospel.

No sé por qué derroteros avanzó la conversación, en un momento dado se estaba hablando de telebasura, que si culebrones, que si el Jorge Javier y la Esteban, que si gente echada a perder, que si Amy Winehouse (¡Amy vuelve!), que si Melendi… píííííííííííííííííííí! Por cierto que, en un momento dado alguien ha soltado la idea intelectualoide de que la gente que ve culebrones tiene las capacidades cerebrales menguadas, noción por otra parte no ajena al discurso que llevo oyendo treinta años en mi propia casa, pero yo a todos esos cerebrazos exentos de telenovela les recomiendo que hagan examen de conciencia: nadie está libre de engancharse a un culebrón. De hecho, al menos una vez en la vida, yo recomiendo la experiencia (no soy persona de estas series, pero sí que he me he tragado tres).


Otro día hablaré de culebrones, novelas, y alta/baja cultura. Volviendo a Pitingo, he de decir que entre mis compañeros de trabajo este tiene aproximadamente la misma estimación que para mí los personajes Pupita Melendi o Macaco. Pitingo, ese mozo de equipajes trocado en cantaor-fusión, es carne de pupitismo, obvio es: ¿por qué, entonces, nunca lo he incluido en mi lista? Os lo voy a contar. No soporto a Pitingo, el personaje, pero he de confesar que su música no me resulta del todo desagradable (dejad de gritarme!). Para el 90% de la peña Pitingo es su comercialoide disco Soulería (2008). El título en sí es, o una genialidad o de juzgado de guardia, entre el soul, la chulería y un palo de flamenco postmoderno. Sin embargo a mí ya me gustaba su anterior trabajo, Con habichuelas (2006), que compré a raíz de verlo recomendado por el buen Susu en el blog El Perro Lunar.

Sin entender un pimiento de flamenco (eso es así), aquel disco satisfizo mi paladar lego, me pareció una manera agradable de pasar el rato. Pero mal rollazo: hoy, una compañera de trabajo, una pitinguicida, me comenta desde la indignación: “Yo una vez le escuché a Pitingo cantar unos fandangos del Alosno y te digo que en la vida había visto hacerle más daño a los fandangos en menos tiempo”. O sea, que ni para eso sirve la criatura. Para otra ocasión (desde el R&B, el pop y el reggae) dejaremos la crítica de sus versiones de “Killing Me Softly”, “Gwendolyne” o “No Woman, No Cry”.


Y pese a todo el disco Soulería posee para mí unas connotaciones tiernas (que por supuesto siempre negaré en público), es más: ¿qué os parecería si os dijera que soy poseedor de una copia original en CD? El misterio es el siguiente: a mi hermana le gustaba la música de Pitingo, y este disco fue uno de los últimos regalos que le hice. Al morir ella, el CD me lo he quedado yo; nunca lo escucho pero me gusta saber que está ahí. Y por esa razón Pitingo, el mamarracho, el impresentable, nunca será declarado personaje Pupita de Estatuas Verdes.

lunes, 23 de febrero de 2009

La risa

Decía F. Scott Fitzgerald que él escribía “con la autoridad que me da el fracaso”. Yo, en cierto modo, hoy también, aunque mejor diré que os escribo con la autoridad que me da la pena. La “pena negra”, la que te deja “umbrío, casi bruno”. Pero el post de hoy va sobre la risa. Hoy me vais a permitir que defina la risa como el pegamento necesario para que todas las relaciones sociales tengan éxito.

Siempre añora uno lo que no posee, la manduca el hambriento, el pobre los dineros, eso por descontado. Acaso por esta razón miro hoy con esperanza al horizonte de la risa, por hacerme falta ésta con más urgencia que nunca antes. Decía también el buen Oscar Wilde que todos los seres humanos vivimos en la cuneta, lo que nos diferencia es que algunos están boca arriba y pueden mirar a las estrellas. Hoy yo miro a las estrellas, y a las bocas de los rientes con admiración y envidia.

Los que leéis Estatuas sabéis que soy un gran defensor del humor como filosofía de vida. Y que muchas veces calibro las cosas según el grado de humor que contienen. Creo sinceramente que hay un continuo entre el “humor absoluto” y el 0% de materia graciosa, y es importante saberlo. Normalmente busco la sonrisa, acecho la risa, fomento la chanza, creo la ocasión para la broma. Mis compañeros de trabajo lo dicen frecuentemente: en esta profesión, o te estás todo el día riendo o es para echarse a llorar. No hace ni quince días que un amigo le comentaba a otros, “Hay que ver lo gracioso que es Porerror, que siempre está contento”. Y a esas y parecidas palabras me agarro cuando no estoy contento.

Uno no repara en las cosas hasta que no le extrañan, y a mí nunca me había chocado hasta ahora la cantidad de tiempo y dinero televisivos que se dedica en España al buen rollo. Humor y buen rollo, nos los despachan por arrobas programas que normalmente forman parte de mi dieta básica: Sé lo que hicisteis, El intermedio, La tira, Maitena: Estados alterados, La familia Mata, Ven a cenar conmigo, El hormiguero, Muchachada Nui... Sin contar con el humor regional y verdadero de unos -digamos- Carnavales de Cádiz, cuyo concurso de coplas se ha venido televisando durante las dos últimas semanas.

Acudo a mis estanterías de DVDs y compruebo que al menos el 60% de lo que tengo son comedias, comediotas o series de humor. De Lubitsch a Judd Apatow, de Sucedió una noche (1934) a American Pie 2 (2001). Ahora no me apetece verlas, la verdad, pero sé que ya me apetecerá. Que volveré a contar chistes, que volveré a comprar El Jueves. Hablo con amigos que me sacan a tomar café estos días: por fuerza acabamos por reírnos. Dice una especie de refrán sacado de la serie de humor Búscate la vida (1990-91) que “exceso de tragedia igual a comedia”. Hasta en lo más negro y en lo más patético surge la exótica perla de la risa, como una flor que crece sobre un montón de estiércol.

Volveré a reírme, volveré a disfrutar del humor negro de Plácido (1961) y El gran Lebowski (1998), volveremos a reírnos todos, familia, amigos... es justo y necesario que así ocurra. Lo que no volveré a oír jamás serán las carcajadas de mi hermana, a quien tanto quería.

domingo, 8 de febrero de 2009

Hermana


“Soy la hermana pequeña de tu corazón...”
-Nosoträsh, “Punk Rock City”





Tengo una hermana que es idéntica a mí en todo sin parecerse en nada. No me voy de misterioso, simplemente lo que he dicho es una paradoja cuya resolución no soy capaz de explicar, si lo supiera os prometo que os lo contaría. Tengo una hermana que es la destinataria inconsciente de TODO lo que escribo y que jamás leerá ni una sola de mis líneas. No esperéis leer un comentario suyo a esta entrada del blog porque no lo va a dejar. Ella no sabe de la existencia de Estatuas Verdes, ni siquiera creo que maneje el concepto de “verde”.

Tengo una hermana que es tan igual a mí que se pasa el día tosiendo, igual que yo, y a base de nuestros espasmos musculares vamos tejiendo un morse secreto de complicidad, muy bonito, muy acompasado. No tengo ni idea de qué diablos es lo que decimos, del mensaje, pero no me cabe duda de que hay comunicación. Su mundo de ojos es la mejor estafeta de correos, sus sonrisas, cada vez más escasas pero nunca arbitrarias, tampoco es que sean mancas. Con esto ocurre como con el arte abstracto o algunos poemas: o te llega o no, o lo comprendes completamente desde el principio o ya te puedes sentar a esperar que alguien te lo explique. Pero nosotros nos entendemos.

Soy un escéptico de las nociones de “lenguaje no-verbal” (para mí es una contradictio in terminis), “comunicarse sin palabras”, etc. Solo mi hermana es el punto de agarre que me hace sospechar de vez en cuando que pueda haber algo de cierto en esas cosas. Lo digo porque –y no es ofuscación de hermano- sin hablar nosotros nos entendemos.


Tengo una hermana gracias a la cual he comprendido por fin, después de treinta años dando tumbos, la expresión “carne de mi carne” y la expresión también del amor más absoluto. Decían en la cursi-peli Love Story (1970) que “amar significa no tener que decir nunca Lo siento. Yo os digo ahora que amar significa no tener que decir nunca nada.

La violencia más fuerte que he sentido nunca sobre mí es tener que soportar la separación física de mi hermana. La vida ha sido amable conmigo, qué queréis. Ha sido tan generosa que no he pasado grandes calamidades, y de las medianas, solo unas pocas. He vivido fuera varios años, en el extranjero (voluntariamente, ya sabéis), y lo que más difícil me resultaba era no ver a mi hermana todos los días. Ahora que vivo en Cosica es más de lo mismo, pero cuando voy los fines de semana a Miciudad, a casa de mi madre, tampoco tengo asegurado el ver a mi hermanita.

Circunstancias de la vida hacen que solo me esté dado ver a mi hermana dos días de cada catorce, y creo que a eso nunca podré acostumbrarme. Este fin de semana, mi hermana no ha estado entre nosotros, por eso me he lanzado a escribirle este post, que nunca leerá, pero que quedará en los archivos como el inútil mensaje en una botella de un náufrago analfabeto. El post lo preside una foto de Julio Iglesias como homenaje, por la simple razón de que es el artista favorito de mi hermana. No es muy común en una persona de 27 años, ¿verdad? Mi hermana tampoco es nada común.
 
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