Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

martes, 27 de mayo de 2008

Canción vs. disco


Ayer me pasó mi novia veintidós discos de diferentes artistas en formato mp3. Había de todo: Duffy, Drive-By Truckers, Gary Louris, The Ting Tings, Hot Chip, The Pigeon Detectives, YELLE… Casualmente yo a ella le pasé otro CD con quince álbumes, de Bronco Bullfrog, Lapido, Michael Shelley, Martin Luther Lennon, Iván Ferreiro… Lo gracioso del tema es que las novedades que me pasó mi novia constituyen como quien dice “lo último” de abril y mayo, hubo otros megaCDs antes este año y habrá más después.

Tal avalancha de música y durante las últimas 24 horas solo he escuchado (compulsivamente) una única canción, el “American Boy” de Estelle featuring Kanye West. Si queréis saber cómo se factura un single perfecto de pop negro (número uno en UK tras Duffy y antes que Madonna) id a YouTube y ved el videoclip, caso de que no lo hayáis hecho ya. ¿A dónde quiero ir a parar? Pues que por mucho que aumente el volumen de descarga, almacenamiento y reproducción de música, con interminables listas de archivos mp3 (Gigas y Gigas y Gigas), al final la música se reduce a lo de siempre: canciones.

No pretendo que me den el Nobel de Perogrullo por la aseveración anterior, solo es mi manera de constatar que el advenimiento del formato mp3, o .wav, etc, en mi caso ha redundado en una vuelta atrás. Amenazado por tan ingente cantidad de álbumes como no tendré tiempo de escuchar, al final siempre acabo refugiándome en las canciones sueltas que me llaman la atención. Nunca he sido muy forofo de esas “discografías completas” que la gente se descarga de Internet y luego te pasa en un archivo comprimido. Para empezar, nunca son de verdad “completas” y además me parece que atentan contra todo lo bueno que tiene la afición por la música.

Ahí tengo sin escuchar las “discografías” de Deep Purple, Iron Maiden o Metallica, pero me da una pereza enorme adentrarme en ellas. Al menos, en ese formato. Yo soy más de discos sueltos, de LPs si queréis, y en el fondo de simples singles o canciones. Hay estilos que directamente requieren del formato canción para su disfrute, caso de la psicodelia o el Britpop, donde el 90% de los álbumes completos son inescuchables. En otros estilos como el rock and roll pionero y la copla española los discos son, en su mayoría, entelequias armadas por los sellos discográficos para aglutinar singles de éxito.

Con la popularización del CD parece como si el ataque de álbumes enteros se hubiese facilitado (“te presto tal o cual disco, te cabe en un bolsillo del pantalón”), los singles dejaron de venderse como antes. Pero la hegemonía del mp3 y sus múltiples posibilidades de difusión (ordenadores, iPods, teléfonos móviles…) ha hecho que el single o canción destacada cobre un nuevo protagonismo. Las ventas de singles descargados legalmente superan ya en importancia económica a las de los discos sencillos en soporte físico. Tanto es así que en UK hace mucho que se creó una lista de éxitos de descargas, y para saber qué canción es número uno no se pregunta a las tiendas de discos sino a las páginas web.

Recuerdo cuando me aficioné a la música, con catorce o quince años. Las canciones había que irlas paladeando de a poquito, me grababan una cinta de los Beatles y a lo mejor cada día me atrevía a escuchar una, que me saciaba completamente. Conocías “Bohemian Rapsody” y eso te daba para merendar un par de meses. Ahora sin embargo me pasan veintidós discos y me quedo igual, voy haciendo doble click en ciertos temas clave, los que más me llaman la atención. El resto sé que lo tengo, y así me quedo tranquilo.

Antes con tu Walkman o Discman te ibas de paseo y te comprometías a escuchar una cinta o un CD enteros. Era lo lógico. Ahora vas con el iPod en modo shuffle (aleatorio) y te parece que estás enchufado a una juke box de esas donde te ponen tus canciones favoritas. Saboreando las canciones una a una. La estadística no miente, amigos, yo mismo me he sorprendido al mirar cuáles son “Las 25 más escuchadas” según el programa iTunes de mi ordenador. Comparto con vosotros las diez primeras, para no aburriros:

1. I Am the Cosmos –CHRIS BELL
2. Romance de la pena negra –FITO PÁEZ
3. Naturaleza sangre –FITO PÁEZ
4. Canzone –ADRIANO CELENTANO
5. Thirteen –BIG STAR
6. Attends ou va-t’en –FRANCE GALL
7. Girlfriend –MATTHEW SWEET
8. What’s Going On? –THE DETROIT COBRAS
9. Chick Habit –APRIL MARCH
10. Precious to Me –PHIL SEYMOUR

domingo, 25 de mayo de 2008

Eurovisión: fin del chiste


Por petición popular, me decido a escribir sobre Eurovisión ahora que el vendaval ya ha pasado. Estatuas Verdes siempre un paso por detrás de la actualidad. Lo cierto es que lo he ido posponiendo porque el tema me daba un poco de perezona, en principio a ver cuál era el candidato, luego con la fama exagerada que ha cogido Chikilicuatre… a propósito de la significación del festival… Para bien o para mal, los hechos son estos: el festival se ha celebrado, España no ha ganado (ha quedado en el puesto 16 de 25) y Buenafuente, Chikilicuatre y Cía. Se lo están llevando calentito.

Si os digo la verdad, el debate sobre la idoneidad o no de Rodolfo Chikilicuatre como digno representante de España en el festival de la canción me la trae un pelín al pairo. Yo hubiese preferido que fuera La Casa Azul, más que nada porque soy fan del “grupo” (en realidad es un nota solo) desde hace años, aunque el tema que postularon (“La revolución sexual”) me parecía de lo más flojete. Supongo que ni Rodolfo ni La Casa Azul podrían quedar peor que Las Ketchup el año pasado.

Entiendo la postura (minoritaria) de los eurofans de toda la vida que se han indignado ante el hecho de que el representante español fuera un caricato friki haciendo burla del concurso. Pero hay que recordar que el candidato este año salía por votación, y en estos democráticos tiempos que corren el más votado es quien se lleva el gato al agua (salvo en el ayuntamiento de mi ciudad, donde es alcalde quien perdió las últimas elecciones). Entiendo que la gente que todavía se toma en serio Eurovisión y lo sigue, lo vive y lo goza (haberlos haylos) piense que “El chiki chiki” no era una buena opción.

También entiendo la postura mayoritaria, la de los que se regocijaban pensando en que la broma del perreo iba a acudir a Belgrado. Entre estos los había perversos, quienes decían que Rodolfo Chikilicuatre era un perfecto ejemplar de la España actual (en plan “tenemos lo que nos merecemos”). Muchos han querido ver en esta participación de “El chiki chiki” una sofisticada broma postmoderna, cojones, incluso el gran maestro Risto Mejide llegó a decir que hoy día a Eurovisión solo se podía acudir en plan de coña.

A mí, que soy dado a las frikadas y al cachondeo cuanto más mejor, Rodolfo Chikilicuatre me hacía un poco de gracia. “Ni mucho ni poco ni para comerse el coco”, citando a Hombres G. Ni le tengo manía ni me parece lo más gracioso desde el sketch del vaso de agua de Tip y Coll. Considero que como broma estaba ingenioso, y tal vez si no hubiese trascendido del programa de Buenafuente yo lo hubiese apreciado mejor, en su justa medida, como me pasó con el Neng. Su sobre-exposición a los medios (dado que ni personaje ni canción me volvían loco) me llevó al hastío, igual que la de un anuncio de ING Direct.

Dicen que Eurovisión está acabado, que es una horterada (totalmente de acuerdo, ¿y…?) y que ya ningún país se lo toma en serio. A lo mejor nosotros no, ni Irlanda, Francia y otros. Es comprensible pensar así, ya que cuando fuimos “en serio” nos comimos una mierda (véase Rosa, Beth, Ramón, Son de Sol, etc, etc, etc…). Que Eurovisión no es cosa seria id a contárselo al Dima Bilan ruso ese que ganó ayer, o a todos los que pagaron anoche por votar desde Rusia, Ucrania, Letonia, Azerbaiján y resto de repúblicas exsoviéticas. Para estos países, Eurovisión sigue siendo algo grande (a lo mejor es porque no están tan de vuelta como nosotros), y si mandan un friki o una maciza no es para reírse sino para ganar (cuidado con Ucrania, llevan dos años quedando en el segundo puesto).

Dejo el análisis de la jornada de ayer a mentes tan preclaras como Juan Adriansens, Boris Izaguirre o Ramoncín, para mí el festival fue una excusa para reírme un rato y reunirme con amigos. Está claro que algo tenía el Chikilicuatre cuando puso de acuerdo a Uribarri y a Raffaella Carrá en que la canción era un bodrio (aunque ayer ambos se esforzasen en aparentar lo contrario). Un colega mío lo clavó durante las votaciones: “Al final dará igual cómo quede España –si quedamos los últimos, Europa no nos ha comprendido; si ganamos, la liamos; y si quedamos a mitad de la tabla, nos habremos reído de todos y aún mejoraremos la clasificación de los últimos años”.

A todo esto, media España estaba anoche bebiendo cerveza, viendo la tele y enviando ese-eme-eses. Andreu Buenafuente, los autores del tema y todos los implicados en la explotación económica del Chikilicuatre estaban, además, llevándose el taco. El gran chiste de Eurovisión de este año, amigo, ha sido a costa tuya.

viernes, 23 de mayo de 2008

Frenesí Boris Vian


Llevo una temporada de escuchar jazz que me salgo, y esta música me hace volver a un alma atormentada. Nombre del personaje: Boris Vian. Este hombre no inventó el chicle pero poco le faltó: fue ingeniero, inventor, anarquista, poeta, novelista, dramaturgo, letrista de canciones, actor, cantante, crítico de jazz, trompetista y “Sátrapa” del Colegio de ‘Patafísica. Lo más fuerte es que murió en 1959, cuando solo contaba 39 años de edad. Precisamente murió de un infarto por la indignación que le produjo el estreno de la película Escupiré sobre vuestra tumba, adaptación de su novela homónima de 1946.

Recuerdo la primera vez que oí hablar de este artista, fue en la película de Almodóvar Todo sobre mi madre (1999). En ella, el personaje de Cecilia Roth le explicaba a su hijo una foto del padre en que se le veía en un teatro. “Hacíamos un espectáculo sobre textos de Boris Vian: cabaret para intelectuales” (dejad de gritarme, sí, me sé la peli de memoria). ¿Boris Vian? Entonces Internet no era como ahora, y yo me quedé sin saber quién era (francamente pensé que sería un travesti o algún friki underground admirado por Almodóvar).

Años después vi que había libros suyos en las tiendas, novelas, poemarios… supe que los leían gente interesante (determinados amigos, determinadas señoritas) pero nunca me dio por Vian a mí. Hasta que en febrero de este año, una profe de francés a la que pedí me recomendara un libro me saltó con La espuma de los días (1946) de Boris Vian. Con ese título, ¿quién se negaba? Me lo compré, me lo leí y me encantó, tanto que lo he regalado un par de veces desde entonces. Luego cayó El lobo-hombre (cuentos, 1945-52), donde descubrí aquello de “Lobo-hombre en París” que ya os referí.

Para entonces Boris Vian ya era una fuerza omnipresente en mi vida. Celebrities, hoy: Boris Viaaan. ¡Vian! Mis primas empezaron a regalarse libros suyos, compañeros de trabajo veteranos me hablaban de haberlo leído con mi edad (“La juventud, no leáis esas cosas, que es peligroso”). Otra compañera de trabajo me ha pasado un disco con temas suyos interpretados por él mismo (Boris Vian chante Boris Vian, 1998)… más un libro de letras de sus canciones (Chansons, 1988) -si no, cualquiera las entiende. Aún tengo pendiente otro CD, Boris Vian et ses interpretes (2005), en el que sus coplas las canta gente como Nana Mouskouri, Joan Baez, Maurice Chevalier o Yves Montand.

La semana pasada me fui a una librería en plan yonqui: “Déme todos los libros de Boris Vian que tenga, y rapidito…”. Por desgracia, dos de los tres que tenían ya me los había leído. El otro era la novela El arrancacorazones (1953), que me compré y me zampé en seis días, quitándole horas al sueño y al trabajo (ahora que no nos oye nadie). Este puede que sea el libro de Vian que más me ha impactado por el momento. Todos son una mezcla de humor absurdo (sección surrealista) y existencialismo, pero aquí se alcanza ya el paroxismo con la narración de un combate público de boxeo entre un sofisticado cura de pueblo y su sacristán, que no es otro que el mismísimo Satanás.

Hoy he vuelto a la librería (a tres de mi barrio he ido) con la esperanza de encontrar La hierba roja (1950), que me recomendó El Nota a propósito del jazz (Vian era un gran amante del mundo del cine negro y el jazz norteamericano, escribió mucho sobre el tema). No lo tenían, igual que tampoco tenían Las hormigas (1949), otro supuesto prodigio. Pero sí estaba El otoño en Pekín (1947), y al verlo me he acordado de que este título ya me lo recomendó un amigo hace muchísimo tiempo. Me lo he llevado y voy por la página 30, ya os diré qué tal.

Si el 2007 fue mi año Roberto Bolaño, está claro que este 2008 se está consagrando como el de Boris Vian. ¿Quién puede resistirse a un autor que, a ritmo de jazz, se inventa una región llamada “Exopotamia”? Cierro con una cita (casi) al azar de El otoño en Pekín, que bien podría aplicarse al conjunto de la obra de Vian: “…y todo esto, que parecía anormal, sin embargo lo era”.

jueves, 22 de mayo de 2008

Expediente Indy


"No son aliens: son seres interdimensionales"
-Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal


He ido muchas veces a un cine (antiguo teatro reformado) que hay en el centro de mi ciudad. Solo tiene una sala, y le tengo mucho cariño porque ahí fue donde acudí por primera vez al cine solo (sin mayores), para ver Batman (1990). Nunca en mi vida lo había visto a rebosar de gente, pero hoy se ha obrado el milagro. ¿Motivo? El esperadísimo estreno de la última aventura de Indiana Jones.

Ya os dije que en Estatuas Verdes la estaba esperando como agua de 22 de mayo, y la verdad es que he hecho bien en plantarme en la taquilla una hora antes de empezar la peli. Aun así, me han dado una mierda de asientos, si no llego a ir antes me quedo sin verla, tal era la cantidad de peña que había. Os preguntaréis por qué llevo dos párrafos y todavía no he dicho nada acerca de la peli en sí… ¿acaso no es obvio?

Creo que la mejor crítica la ha hecho uno que al salir del cine ha dicho: “Lo que más me ha gustado ha sido el tráiler de La Momia 3 que nos han jincado antes”. Lo digo con pena y con un sentimiento agridulce: Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008) es un despropósito de principio a fin. Bueno, de principio no. Al estar ambientada en 1957 hace que aparezcan muchas cositas “de época” (con deciros que eso me ha parecido lo mejor de la peli), y por tanto la historia comienza con una canción de Elvis Presley.

Ojalá hubiese sido dos horas de Elvis Presley cantando, porque lo que me he encontrado es una esquemática fantasía arqueológico-ufóloga de la mano de los creadores de Star Wars (1977), E.T. (1981) y Encuentros en la tercera fase (1977). El hecho de que la peli esté dirigida por el mismo señor que dirigió En busca del arca perdida (1981), un tal Spielberg, parece que resulta aquí –por algún motivo- completamente irrelevante.

Como he dicho, lo más logrado de la peli es la ambientación en los años cincuenta, con el contexto de la Caza de Brujas, paranoia anticomunista y la Guerra Fría muy hábilmente imbricados en la trama. El paso del tiempo es una constante también, (alusiones a la edad de Indy, bromas sobre su capacidad física…) y el esfuerzo por ambientar la peli es, ya digo, notable. De hecho, no falta ningún tópico de los 50: el rock and roll (Elvis, Everly Brothers, Bobby Day…), manifestaciones anticomunistas, ensayos nucleares, los cochazos, las chaquetas de atleta con su letra bordada, los tupés, incluso el personaje que encarna Shia LaBeouf (una especie de “chico malo”) aparece caracterizado como Marlon Brando en Salvaje (1953).


Por otra parte, al ser esta la cuarta parte de una trilogía que creíamos extinta pero que mantiene muchísimos seguidores a base de una mística y una estética (sombrero, látigo, miedo a las serpientes…), se nota un exageradísimo esfuerzo por enlazar El reino de la calavera de cristal con las anteriores entregas (canónicas) de la franquicia Indiana. Y aquí es donde surgen los guiños: una foto enmarcada de Sean Connery por aquí, una estatua del difunto Marcus Brody por allá, un vistazo al asa dorada del “arca perdida”… que sí, cojones, que queda claro que es una auténtica peli de Indiana Jones, por eso hemos venido a verla.

Detecto esta tendencia en otras franquicias, caso de la nueva trilogía de Star Wars o en John Rambo… yo solo espero que a Coppola no le dé por rodar un Padrino 4. En El reino de la calavera…etc… se llega al extremo de rescatar a la sonriente Karen Allen en el papel de Marion (la novia de Indiana en El arca perdida). ¿Por qué sonríe tanto? Sospechamos que es de pensar que no se ha visto en otra: a saber desde cuándo no hacía la tipa esta una peli de serie A como Dios manda. También puede que sonría porque el humor está muy presente, como buena peli de la saga, hasta el punto de que los malos no disparan hasta dejar al Dr. Jones un momentito para decir sus gracias.

Como sé que la vais a ir a ver, no os cuento nada del argumento, solo os pido que recordéis un concepto cuando estéis ante la pantalla: “frigorífico”. Por lo demás, el personaje más interesante de la peli es la malvada Irina Spalko, que interpreta la tremenda Cate Blanchett. Esta mujer donde pone el ojo pone el arte, y próximamente le dedicaré un post. En cuanto a la historia y las aventuras… nada que no hayamos visto ya en La búsqueda I (2004) y II (2007) o en el cómic de Spirou El hombre que no quería morir (2005). Ah, y también sale John Hurt, en su mejor papel desde... Los crímenes de Oxford.

Definitivamente, o Indiana Jones o yo nos hemos hecho demasiado viejos para este tipo de pelis.

Palabra de rock (Te alabamos, Señor)

¿La Movida o La Familia Monster?... ¡Correkchou!


Jugando en la Play 2 al Singstar versión “La edad de oro del pop español”, un colega me comenta: “Qué letra más mala tiene está canción”. Se refería nada menos que a “El calor del amor en un bar” de Gabinete Caligari (1986), una de mis favoritas de todos los tiempos. A mí siempre me ha parecido que la letra de ese tema es especialmente buena, tanto es así que en Estados Unidos se la hacía leer a mis alumnos universitarios de clase de español. Me parece una agudísima radiografía castiza de un momento (el amanecer tras una noche de juerga) y un lugar (un bar… de Madrid, para más I.N.R.I.).

Como argumento de autoridad, le digo a mi colega, “Pero tío, ¿qué dices? ¡Si esa letra figura hasta en el libro Palabra de rock, es una de las mejores de Jaime Urrutia!” Entonces caigo en la cuenta de que todavía no he hablado de este libro en Estatuas Verdes. Palabra de rock: Antología de letristas españoles (2008) es una obra editada por Silvia Grijalba , escritora, estudiosa de la poesía rock y autora de canciones ella misma. Recuerdo que leí sobre la aparición del libro y me interesó: me lo compré enseguida.

La prensa decía que Palabra de rock venía a paliar la criminal ausencia de obras de este tipo en España, y estoy completamente de acuerdo. Como bien dice la editora, “la letra de canción es un género en sí mismo” (muy desatendido en España, por cierto), y por tanto no debe confundirse con otros géneros literarios con los que está emparentada, como el relato breve y la poesía (algo que ya se dijo en este blog). También decía en su prólogo Silvia Grijalba que dictaminar “si Dylan es mejor poeta que Gamoneda” es un debate estéril y chorra. A cada uno lo suyo, y aunque haya permeabilidad (Borges escribió tangos, Luis Alberto de Cuenca letras para La Orquesta Mondragón y Jim Morrison poesía seria… ji, ji, ji…) ambos mundos no son lo mismo.

Hasta aquí las coincidencias con la editora/antóloga del libro. Supongo que cualquier fan de la música rock podría perfectamente realizar su propia selección de lo que considera “los mejores textos de canciones de rock españolas” (la acotación es importante, porque el criterio deja fuera a Serrat, Sabina, Calamaro, Spinetta o Manolo García). El truco está en que la selección que aquí nos presenta doña Silvia Grijalba a mí personalmente me parece un despropósito. Lo bueno que tiene es que está razonada (justificada, diría yo), no es arbitraria, pero a mí no me vale. Pero claro, el libro lo ha hecho ella y no yo.

Resultaría tedioso listar la nómina de “letristas” (the preferred nomenclature, no “autores”, “compositores” o “poetas”) del libro, pero citaré algunos ejemplos para ilustrar mi caso. Aparecen indiscutibles como Kiko Veneno (¿era rockero?), Robe Iniesta (el de Extremoduro) o Santiago Auserón (de Radio Futura, Juan Perro y más). El problema es que las canciones antologadas no me parecen ni las mejores ni las más representativas, de acuerdo con los criterios literarios explicitados por la editora. Ejemplo: aparecen nada menos que dos temas del último disco de Kiko Veneno (El hombre invisible, 2005) y ninguno de los álbumes Veneno (1977) o Échate un cantecito (1992).


De la nueva hornada tenemos a nombres tan dispares como Nacho Vegas, Astrud o Pauline en la Playa (no es coña). No hay canciones de Nosoträsh, La Costa Brava, la buena vida o Los Planetas (aceptamos “barco”). Entiendo que esto no es un combate de preferencias (¿por qué Chucho sí y Sr. Chinarro no?, etc), cada cual tendrá las suyas, pero no dejan de ser fascinantes determinadas presencias y ausencias en una antología que –diga lo que diga- al final da a las letras de canciones el tratamiento estándar de los poemas.

Lo que para mí constituye un escándalo de juzgado de guardia es la hipertrofia de canciones de la “Movida” antologadas en el libro. ¿De verdad fue un fenómeno de tal calado cultural? Aun concediendo la importancia de ciertas canciones en el imaginario colectivo de ciertas personas, Palabra de rock deja en la calle a Nacho Canut, Carlos Berlanga o Vainica Doble, pero sí abre las puertas a “figuras” como Sabino Méndez (el letrista de Loquillo), Fernando Márquez (Kaka de Luxe, La Mode), Poch (Derribos Arias, Ejecutivos Agresivos). El caso de este Poch ya raya en la ida de cabeza: doña Grijalba lo califica de “genio en general” (ahí queda eso).

En fin, para qué voy a decir más… también están por ahí el de Siniestro Total, el Bunbury… yo, qué queréis, al lado de todos estos Almodóvar y McNamara (que no salen) eran Góngora y Quevedo, literariamente hablando. Y aun así recomiendo el libro, por lo menos lo alabo por su valentía y por haber intentado hacer una cata en un terreno que, repito, en España estaba virgen. Y yo de mayor quiero ser Silvia Grijalba.

martes, 20 de mayo de 2008

Wayfarer



“Caminante no hay camino, sino estelas sobre el mar”.

-Antonio Machado




Ya lo decían grandes del calibre de Machado (Antonio) o Juan Pardo. Este último cantaba “yo… soy… un caminante perdido” en su temazo “La charanga” (1968). Así me sentí yo durante las vacaciones de Semana Santa, en que tragué más sol que todo junto. Fue entones cuando decidí que ya no iba a posponer más la compra de unas (buenas) gafas de sol. Desde entonces lo he pospuesto, claro, hasta ayer mismo que por fin me las merqué.

Últimamente he tenido varios fines de semana de mucho sol en playa y campo, y tengo que decir que lo he pasado bastante mal. Yo no sé si es que me estoy haciendo viejo y estoy desarrollando fotofobia, pero esto es así. El caso es que recordé que hace muchos meses en el programa de Boris hicieron un reportaje sobre unas míticas gafas de sol, el modelo Wayfarer de Ray-Ban. Resulta que este modelo ha alcanzado un estatus icónico gracias a su exposición a los medios en innumerables series de TV y películas, amén de su uso por todo tipo de estrellas, estrellitas y estrellonas.


Valga el ejemplo de Tom Cruise, quien las sacó en Risky Business (1983) y logró que las dichosas gafunis pasasen en un año de 18.000 a más de 300.000 ejemplares vendidos. Nadie sabe qué son las Wayfarer cuando le hablo de ellas; nadie las desconoce cuando se las enseño: he aquí un icono. Aunque estas gafas fueron creadas originalmente en 1953, no fue sino hasta su uso por Audrey Hepburn en aquel Desayuno con diamantes (1962) que se hicieron megafamosas.

Todos las llevaron: Marilyn, Audrey, Bob Dylan, John Lennon… la lista sería aburrida de lo larga y abultada. Y más importante aún: todos se fotografiaron llevándolas. Durante los años setenta cayeron en desgracia, tuvieron un repunte en los 80 (el efecto Risky Business) y volvieron a bajar durante la pasada década (se ve que la peña prefería gafas de sol más pasti, rollo Caiga Quien Caiga o así). Lo gracioso fue que al parecer desde hace unos pocos años ciertas árbitras de la moda (Chloë Sevigny, hermanas Olsen) las han vuelto a poner de fashion hasta el punto de que la casa Ray-Ban ha vuelto a apostar por el modelo, rediseñándolo y vendiéndolo como una imagen, algo más que unas gafas.

Y he aquí donde he picado yo, para que os voy a contar otra cosa. La razón principal de que me haya comprado unas Ray-Ban Wayfarer (negras, que yo no soy Audrey Hepburn ni Mary Kate-Ashley Olsen) es que me gusta su diseño: me parecen chulísimas. La segunda razón es que nunca pasan de moda. Al ser un diseño clásico, pueden no estar a la última, pero su elegancia está garantizada (tampoco estoy para ir comprándome un par de Ray-Ban nuevas cada temporada). La tercera razón, lo admito sin pudor, es la mitomanía.


Yo más que a Kim Novak, Roy Orbison o los Blues Brothers, a quien quisiera parecerme es a Elvis Costello, enorme gafista donde los haya (“y los hay”, que diría Boris Vian). Este personaje “Oro” también las lleva, ¿para que queremos más? También me pone el hecho de que uno de mis escritores favoritos, Bret Easton Ellis, las suele nombrar en varios de sus libros (¿le habrán pagado una mordida los de Ray-Ban?).

Este finde he estado con dos personas que las llevaban, me las he probado y he terminado por decidirme. Joder, el “extranjero” de Camus llegaba al extremo de matar a un tío porque le picaba el sol en los ojos… más vale tener buenas gafas como protección, ¿no? Hay otras gafas míticas; por ejemplo: cuando volvió a Filipinas, el General MacArthur llevaba puestas unas Ray-Ban Aviator (las clásicas gafas de piloto), pero yo soy más de las Wayfarer (que por cierto, significa “caminante”). No hay camino, etc, etc… pero gafas sí.

lunes, 19 de mayo de 2008

Los juglares


¿Qué tienen en común el Dalai Lama, Pilar Bardem, Evo Morales, el sexo de los ángeles, Ferrán Adrià, Carla Bruni y el lince ibérico? De momento, que todos aparecen en escena como marionetas en el último guiñol gamberro del señor Boadella, el ciutadan.


Tengo pendiente un post titulado “La realidad supera a la ficción” acerca de esas veces en que ocurren cosas que si las leyeras en una novela no te las creerías. O esas casualidades de las gordas, pero antes voy a comentar la obra teatral La cena (2008), escrita por Albert Boadella e interpretada por Els Joglars. Esto viene a cuento porque ayer vi la obra, señores, y juro que no sabía de qué iba cuando escribí hace tres días aquel post sobre el medioambiente.

Si queréis leer una interesante crítica y valoración de la obra, os remito a la que Fran G Matute ha escrito en su Almanaque de otoño. Yo voy a dar aquí una visión complementaria, centrándome en su contenido pero sin desvelarlo. La semana pasada leí en El País un par de críticas bastante malas de La cena, que si Boadella había dejado de ser relevante, que si no pasaba de ser un bufón, que si era repetitivo… Todo eso lo puse en cuarentena, pero hubo dos aspectos que sí me preocuparon: la acusación de ausencia de humor visual/plástico y la de que la obra era aburrida por ser demasiado “de tesis”.

Vista la obra, puedo decir que ambas críticas son absolutamente infundadas, pero vista la obra también, se entiende por qué las hicieron. En La cena hay no menos de tres referencias al diario El País, todas en tono despectivo al calificarlo de Biblia progre. Como bien dice un ridículo personaje, “Yo soy un intelectual progresista: leo todos los artículos de opinión de El País. Lo del humor visual solo se explica si el crítico de este periódico asistió a la representación de La cena sin gafas (necesitándolas). He visto todas las obras de Els Joglars desde 1996 y creo que en ninguna había tenido tanto peso el componente visual como en esta.

En cuanto a lo de que la obra es pesada por lo hablada… sería como acusar a un terrón de azúcar de su dulzura… y además resulta que La cena es –comparándola por ejemplo con Don Quijote en Manhattan (2006)- bastante ligerita. Si se puede acusar de algo a la obra es de no ser concluyente, de verter una serie de burlas y críticas sobre cierto pensamiento progre (el que detenta el poder en España en la actualidad), a una velocidad endiablada pero sin más fin que la crítica en sí misma. Con todo, esto no tiene por qué ser un defecto, quiero decir que la obra no pretende adoctrinar sino solo llamar nuestra atención sobre los nuevos gurús (por algo en el programa de mano Boadella invoca a Tartufo o el impostor de Molière, 1664).

De nunca la ambigüedad ha sido un defecto en el arte, pero tal vez sí la tibieza. La obra de Boadella es afilada y si no trata de teledirigir nuestro pensamiento no puede en ningún caso ser tildada de tibia o floja. Albert Boadella es un grano en el culo que le ha salido a la izquierda española, no es de extrañar que digan que su teatro ya no es potente mientras tratan de desactivarlo.

Leyendo esta entrada podría deducirse que La cena es solo una sátira anti-progresía, pero es mucho más (la sinopsis no la incluyo por estar bien disponible en la prensa). En realidad no deja títere con cabeza: arremete contra la Iglesia católica, los políticos chorras, los ecologistas de salón, los iluminados y los papanatas en general. Establece un paralelismo entre un adelantado a su tiempo como Galileo y un chef ultramoderno adalid del Ecologismo (un “paladín del paladar”). Al final, la impresión que saco es que todas las Inquisiciones son igual de peligrosas, sea el freno católico a la ciencia o la neocorrección política progre.

Valga, pues, la advertencia de La cena para estos tiempos de mercadeo ideológico en que vivimos: “es más fácil creer que pensar”.
 
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