Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

El post de IKEA


"El joven sin futuro, comparto tu cruz, o sea, el que tiene los mismos muebles que tú: de IKEA"
(Tote King)




Sí, sí: ja, ja, jajota. Estreno piso de alquiler y voy a hacer un post costumbrista sobre IKEA para sentirme uno de vosotros. IKEA, ¿eh? Anoche estaba viendo un curioso programa en la BBC: "Semejanzas entre Suecia y Malasia" (apasionante), y salió un malayo diciendo que la gran comunión entre las dos patrias consistía en que a los malayos les encantaba IKEA, sobre todo sus albóndigas. Bingo! Creo que idéntico paralelismo podría hacerse entre cualquier país y Suecia.

Que desprecio la cultura escandinava no es ningún secreto (por cierto, recomiendo al respecto el blog Pelando Rábanos), pero debo admitir que IKEA me fascina profundamente. A excepción de que haya que montar sus absurdos muebles (todos bautizados con absurdos nombres), todo lo demás de la tienda sueca me parece maravilloso. A excepción también de que no vendan almohadas de matrimonio... ejem! Pasear por IKEA es un placer para la vista, siempre y cuando no esté petado de gente, y además son los creadores del mejor cartel de la Historia de la Humanidad, ese que dice "¿Te ha gustado nuestra bolsa amarilla? ¡Pues llévatela en azul!"


Maravilloso, sublime, no tengo palabras. Sería el equivalente a un bar donde te dijeran "¿Le gusta al señor la cerveza? ¡Pues pídase una horchata!" Con dos cojones. Y luego dicen que el surrealismo se inventó en Francia... Últimamente he estado en IKEA dando una batida de reconocimiento (próximamente adquisiciones), y desde entonces mi vida se ha inundado de diéresis, cintas métricas, estantes con baldas, buen rollito. No es que en Cosica o anteriormente en casa de mi madre no hubiese disfrutado de las bondades de la marca sueca (He visto cosas: transportar las Puertas de Tannhäuser desmontadas en mi coche con poca visibilidad, eludiendo los rayos C de la Guardia Civil de Tráfico...). No es que antes no hubiera ido a IKEA, pero ahora ha invadido mi vida.

Sus anuncios publicitarios son muy buenos, give you that, incluídas las irritantes canciones. Ignoro si sirven o no para atraer a la gente, aunque IKEA tiene el exitazo de ser una de esas marcas "estilo de vida" como Coca-Cola o Apple, que además de productos pretenden venderte un sueño. A fin de cuentas, "donde caben dos caben tres", "república independiente de tu casa", etc. A fin de cuentas, ellos decoraron el minipiso de 25 m2 antes de que lo inventara la ministra Trujillo. Y luego tienen esos absurdos conceptos suecos que dan lugar a esos anuncios como ese del bienestar por tirar cosas a la basura (escalofriante) o ese otro en el que lanzan abetos por las ventanas.


Ir por primera vez a IKEA suele ser una experiencia interesante, acompañar a alguien que va por primera vez lo es aún más. Si no te gusta al menos una de estas tres cosas a) las casas, b) comprar, c) la diéresis o crema, una visita a IKEA debe resultar un aburrimiento espantoso. Pero no es mi caso. Espoleado como estoy por mi necesidad de espacio, acojo con arrobo esos muestrarios de estanterías brillantes, robustas, económicas y sobre todo... vacías. Nada como medir tu casa y ver si te cabe uno de esos armatostes desmontables.

Cuando no tenía casa propia ni pespectiva de tenerla, me conformaba con ir a IKEA a comprar pilas, marcos de fotos y fundas para CDs. Contemplaba con envidia las casas de mis amigos con sus sólidas mesas, sus estilosos taburetes-escalerilla, sus coquetas lámparas de bajo consumo, sus eficientes relojes de pared. Ahora yo también puedo formar parte de esa élite, gracias sean dadas al Hacedor, yo también puedo, yo también... YES, WE CAN, Ich bin ein Berliner... eslipbais!

domingo, 19 de septiembre de 2010

La gente de la Edad Media eran listos, ¿eh?


Tuve durante la carrera una profesora de Literatura Inglesa (el terror o la piedad me impiden dar su nombre aquí) que decía que todo lo que era necesario conocer acerca de la Edad Media se encontraba contenido en la película El guerrero número 13 (1999). A menudo, en noches de febril duermevela –por darme solaz- me he imaginado que su eternidad consistiría en quedarse encerrada en un ascensor con Jacques Le Goff, Umberto Eco o uno de esos, para que le pusieran la cara colorada per secula seculorum.

Me encanta la Edad Media, una época tan complejísima, y en especial me gustan su arte y su literatura. Confieso con vergüenza que leerla en castellano antiguo o inglés medieval me cuesta horrores, casi siempre accedo a ella en “traducciones” a la lengua actual. Pero la sustancia permanece. De entre toda la literatura medieval siento predilección por los cuentos, sean de coña como los fabliaux o didácticos como los exempla. Es maravilloso lo que nos enseñan aún hoy, pienso que deberían ser predicados en las aulas (cuando digo esto el buen Harvest siempre suspira y mira para el techo) porque tienen tantísimo que decir.


De acuerdo, (afortunadamente) la sociedad actual no se divide en tres órdenes, ni nuestra vida está regida por la Religión. Pero hay tantos universales en estas pequeñas historias medievales que no importa la época o el sitio: más allá del detalle accesorio nos hablan de la condición humana y por eso continúan vigentes. Quiero acordarme hoy aquí de dos de mis favoritas, la historia de “Don Pitas Payas, un pintor de Bretaña” y la de “Los burladores que fizieron el paño”.

Sacados, respectivamente, de dos monumentos del siglo XIV como son, el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita y El conde Lucanor de Don Juan Manuel, ambas historias nos hablan de temas tan universales como el sexo y la vanidad, y comparten dos subtemas: el engaño y la honra. Lo bonito es que en los dos cuentos hay granujas que engañan y cómplices necesarios, pero también hay gente demasiado dispuesta a dejarse engañar, por mor de guardar las apariencias.


Don Pitas Payas es un pintor bretón que, recién casado, marcha a Flandes a hacer negocios dejando sola a su hermosa mujer. Por preservar su honra le pinta bajo el ombligo un corderito, que a su vuelta él espera encontrar intacto. Joven e insatisfecha, la abandonada esposa fornica como una descosida y cuando oye que el marido va a volver le pide a su amante que restaure el cordero. Menos hábil, este le pinta un señor carnero con toda su cornamenta. Cuando el marido lo inspecciona se queda picueto pero ella le dice: “Señor mío, después de dos años que me habéis faltado, ¿os extraña que el corderín que pintasteis sea ya todo un carnero?”

Al otro caso me referí aquí al hablar de Barceló, es lo que se conoce en Europa como “El traje nuevo del emperador”, por la versión de Hans Christian Andersen. Un rey se deja estafar por unos tipos que dicen fabricar la tela más maravillosa y rica del mundo, con el prodigio de que quien no la ve es que no es realmente hijo de su padre. Por no quedar deshonrados, todos en la corte y en la ciudad se apresuran a decir que la ven y a ponderarla, el mismo rey antes que nadie. Y así el rey sale a un desfile en bolas, con un supuesto traje de la tela prodigiosa. Hasta que un negro bastardo (sin honra que perder) le suelta “Majestad, o yo soy ciego o vos vais desnudo”, desactivando así la mascarada.


Muchos sabrosos ejemplos podéis hallar como estos en los dos libros referidos, o en otro del siglo XIV que también os recomiendo: Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer. No me digáis que sus divertidas enseñanzas no son de plena actualidad aún hoy. Y esto reconcilia nuestras vidas con la mentalidad medieval, tan a menudo imaginada como absurda o ingenua (tal vez por las toscas figuritas del Románico o los cuadros góticos sin perspectiva), cuando no como zafia y guerrera. Los antiguos también eran listos, ¿eh? Mola!

martes, 7 de septiembre de 2010

The Rolling Stones/Doin' the Dishes

(Pop sesentero y cocina: no cabe pensar dos temas con menos relación entre sí, ¿eh? Estatuas Verdes ya hizo la pirueta de unirlos hace dos años y medio, y hoy lo volvemos a intentar…)



Doin’…

Interior. Sobremesa. El sol de la canícula onubense se filtra a través de unas débiles persianas. Un infernalizado chiquitino de dieciséis años friega los platos infernalizadamente mientras escucha a los Rolling, a Hendrix, en su walkman. Realiza un esfuerzo sobrehumano para no arrancarse a cantar lo que está escuchando. Todos en la casa –menos él- duermen la siesta.

En efecto, amigos, así eran mis veranos en la playa. Walkman y fregar platos.Vosotros, que sois gente mesurada, diréis, ¿Y a qué viene tanta alharaca por tener que fregar cuatro platos y dos vasos? Yo os lo explicaré. En mi casa, desde que nací ha habido lavavajillas. Esto ha hecho que para mí, la inocente tarea de lavar los platos después de comer se haya antojado siempre como la más titánica de las empresas. “El decimotercer trabajo de Hércules”, recuerdo que lo llamaba.



Solo durante un par de semanas a lo sumo teníame que encargar de lavar los platos, cuando íbamos a la playa, pero eso bastó para que en mi conciencia se forjara una clara determinación. “A Dios pongo por testigo, que cuando sea mayor tendré una casa con lavaplatos” –era mi airado grito de guerra. Y a ello he consagrado mi vida. Veréis, en sí, el hecho de lavarlos admito que no era para tanto. Escuchando la música y eso se hacía más liviano. Lo malo era que había que hacerlo (por algún oscuro motivo) cuando menos apetecía: justo después de comer, con la modorra propia de la siesta.

The Rolling…

Con esto de no comprar discos agudiza uno el ingenio y vuelve a los clásicos, a escuchar los que tiene y hacía mucho que dejó arrumbados. Así, la semana pasada y esta me estoy dando un lote genial de Beatles y Rolling Stones. Es ocioso abundar en lo buenos que son, bla bla bla… pero es verdad que de vez en cuando mola retomarlos y dejarse sorprender como si fueran novedades. Canciones que religiosamente me sabía de memoria a los dieciséis ahora me suenan familiares, las reconozco, a lo mejor digo “Claaaro!” pero no acierto con toda la letra. Ese es el efecto de segunda novedad que estoy hallando y que es fenomenal.


… Stones

Quiero centrarme en los Rolling; la verdad es que revisitando sus discos Flowers (1967), Between the Buttons (1967), Beggar’s Banquet (1968) y posteriores me he dado cuenta de que lo que dicen sus letras son auténticas barbaridades. Y me ha fascinado el hecho de que me gustaran tanto con 15 ó 16 primaveras. Los tíos eran sórdidos de cojones, sus letras tratan de adulterios, de tugurios, proxenetas, drogadicción dura, gente tirada, personajes marginales. Inadaptados, que lo mismo son un yanqui que un ama de casa. Y sus canciones de amor son pupita: unas historias atroces.

Material poco o nada adecuado para un chaval de esa edad, o acaso el más adecuado (entiéndase la paradoja). Pero me quito la careta, yo entonces no entendía del todo el significado profundo de las letras. Por eso siempre percibí a los Stones como los hermanos malos de los Beatles, porque hacían lo mismo, pero peor. Y ahora resulta que no: que hacían otra cosa, que eran lobos con piel de cordero (los Beatles, hasta cuando trataban temas sórdidos en sus letras lo hacían con lírica).


… the Dishes

La revelación del párrafo anterior, algo que toda la Humanidad sabía, la he tenido yo esta mañana, amigos. Y no ha sido el único sorpresón que me he llevado últimamente. El tiempo pasa, la vida da vueltas, sabéis que he cambiado de trabajo y me he ido de Cosica. Próximamente os relataré nuevas andanzas, pero baste deciros que he alquilado un piso en Miciudad. Y lo he buscado con lavavajillas (el de Cosica también tenía). Sin embargo, durante el verano, en casa de mi madre, me he acostumbrado a fregar los platos a mano, no cuesta nada, son dos minutos y se puede hacer sin música. Y no merece la pena esperar varios días a que esté llena la máquina cuando viven una o dos personas.

De modo que, como rectificar es de sabios, igual me vais a ver fregar los platos todos los días. Eso sí, me pondré de fondo “Honky Tonk Women”.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Écoute-moi!


Este mediodía alguien me contaba su problema, y –qué queréis que os diga, amigos- me gusta hablar, me encanta hablar, hablo por los codos. Pero creo que por ese defecto no iré al infierno (acaso por otros) porque lo compenso con una cualidad, también sé escuchar. Esto no lo digo yo, que estaría muy feo, sino que es algo que mis amigos me repiten una y otra vez, y por eso me permitirlo traerlo aquí.

Pero no es para hablar sobre mis defectos y virtudes que escribo el post, hoy quería reflexionar sobre la importancia de escuchar a los demás. La verdad es que escuchando se aprende tela, y aunque a los que somos de natural impaciente y parlanchín nos cueste un poco al principio, se pone uno a escuchar y resulta un ejercicio de lo más estimulante. Se lo recomiendo a todo el mundo. Siempre he desconfiado de la gente que no habla, solo escucha: tampoco es eso. En cualquier caso, quería llamar vuestra atención sobre la escucha privada, la empatía ante el interlocutor, saber escuchar.


A lo largo del día oímos muchas cosas, escuchamos algunas menos, pero realmente prestar atención a lo que nos dicen no es solo excitar nuestros oídos con cambios de presión del aire y absurdos impulsos eléctricos, supone un ejercicio mental muy cercano a la empatía, supone hasta cierto punto ponerse en la piel del interlocutor. Y hay gente que no te escucha. Mucha gente. Mi madre dice que son como paraguas, que les resbala todo lo que les digas, y es un símil apto para reflejar una realidad lamentable.

En esto de escuchar a los demás mi referencia es la “Parábola del sembrador” del Evangelio de San Lucas. Ya sabéis, un sembrador fue a un terreno y de todas las semillas que echó una parte fue pisada o se la comieron los pájaros, otra se secó, otra cayó en las zarzas y solo una pequeña parte floreció y dio su fruto. En la vida real no se trata de la Palabra de Dios, sino de lo que una persona le dice a otra: hay veces que le entra por un oído y le sale por otro, hay veces que el escuchante es impermeable a los problemas ajenos, otras veces parece que hay verdadera empatía cuando se trata solo de quedar bien, y las menos ocurre que la persona que escucha se haga cargo realmente del problema y lo haga suyo.


También es que hay gente muy burra que se empeña en hablarle a quien no tiene que hablar, o se busca interlocutores nefastos. Pero si todo marcha bien, si están hablando dos amigos o personas entre las que hay confianza, nada de lo negativo del párrafo anterior tendría que pasar.

Una vez en la carrera hicimos un ejercicio en clase de inglés. Nos ponían por parejas, uno hablaba y contaba dos problemas que le angustiaban, y el otro era instruido para que la primera vez fingiera aburrimiento, se mirara las uñas, bostezara, etc, mientras que la segunda vez mirara fijamente al del problema, asintiera, mostrara una postura alerta, atenta en general. El resultado es inequívoco (y hay estudios científicos): en el primer caso el atribulado se queda hecho polvo, porque siente que no está sirviendo para nada contar su tema, mientras que la segunda vez se sentía realmente comprendido, en conexión con el otro.


Esto ilustra a la perfección lo que os quería hacer pensar hoy, escuchad a los demás, escuchadlos de verdad prestándoles vuestro apoyo porque eso es lo que hay que hacer y porque –de cabrón- a lo mejor sois vosotros los que mañana demandáis un oído amigo. Este mediodía alguien me contaba su problema y yo me daba cuenta de que contarlo no era fácil, que le estaba costando, pero que a la vez le estaba viniendo bien. Luego esta persona me admitió esto último (se lo pregunté expresamente), y es que no hay nada mejor que sentirse escuchados, y por ende comprendidos, por nuestros semejantes.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi nueva cátedra: no comprar libros ni discos


Habéis leído bien, amigos, no estáis mareados (a lo mejor yo sí). Pero estoy sobrio y aunque “eso hoy día, señora, no es garantía de nada” (por citar a Oscar Wilde) he meditado bien todo lo que os voy a decir. No comprar libros ni discos, así acaraperro. Una estricta dieta de austeridad es lo que me he autoimpuesto tras un breve pero intenso periodo de reflexión. ¿Motivo? Vayamos por partes.

A lo mejor los que me conocéis bien os habéis flipado con el título del post. Es cierto: un equivalente sería “La nueva cátedra del Papa: no rezar”. O “La nueva cátedra de Elvis Costello: escribir canciones malas”… Veo que ya me pilláis. Si una persona tan consumista como yo anuncia su intención de dejar de comprarse libros y discos, por narices ha de ser por causa de fuerza mayor, puesto que algo tan ajeno a la naturaleza de uno (digamos a la costumbre, para no ser frívolos) no se hace fácilmente ni por gusto.


Para no hacerme moroso lo voy a revelar ya: dejo de comprar libros y discos por un motivo doble, la falta de espacio vital y la voluntad de ahorro. A vosotros no os puedo engañar, sobre todo lo primero. Lo segundo, que también, pienso que podría subsanarse con un poco de cabeza y sentido común, limitando mucho el consumo y el gasto. Pero cada libro o disco que se adquiere ocupa espacio (por citar a Perogrullo) y eso es precisamente lo que me falta.

Ante tan acuciante problema, dos personas muy allegadas me aconsejan, sin saberlo, lo mismo: que deje de comprarme discos y libros a razón de varios por semana. Bueno, que lo deje en plan cold turkey, o sea, de golpe. Casi imposible, pero lo voy consiguiendo. Durante julio y agosto me he comprado poquísimos de ambos, a lo mejor los mismos o más que vosotros, pero os aseguro que ha supuesto una reducción drástica para alguien como yo. Y me ha costado la misma vida, amigos, como si estuviera a dieta.


Confieso que lo de los libros lo estoy llevando peor que lo de los discos, aunque sin duda hubiese apostado que iba a ser al contrario. Mira que los discos se escuchan mientras que los libros muchas veces se quedan ahí en la estantería (ya lo dijo Umberto Eco, libros hay de tres clases: para leerlos enteros, de consulta y otros que se tienen y nunca se leerán). El buen Luis Manuel Ruiz hizo en su blog una interesante reflexión al respecto, que incluía el ya mítico grito de guerra de su compañera de trabajo “De verdad, no entiendo para qué sirve comprar libros; una vez que los lees, ¿qué haces con ellos?”

Ayer, por primera vez desde mis años universitarios, hice algo que según los expertos en sentido común sería muy lógico. Saqué un libro en préstamo de una biblioteca pública. Porque no he dicho que vaya a dejar de leer o escuchar música, ojo. Saqué Los siete locos (1929) de Roberto Arlt, autor al que definitivamente hay que seguirle la pista... pero de un modo barato y que no ocupe espacio. También ayer me empecé Corazón de perro (1925) de Mijail Bulgakov, que tenía comprado desde la Semana Santa. Pequeñas tretas para continuar en la brecha de ahorrador, amigos, y de alguien que quiere poner un poco de orden en su vida.


¿Significa esto que ya nunca jamás vas a volver a comprarte un disco ni un libro en tu miserable vida, Porerror? El Señor lo impida, señora. Esta es una medida sin fecha límite pero esperemos que provisional. Y esperemos también que mi salud mental lo aguante. Y espero a Navidad, ¿a que no sabéis que es lo que voy a pedir este año?

domingo, 29 de agosto de 2010

Pablo Motos: ¿Es el nuevo Milikito? Razone su respuesta.


"Cuando empezó El Hormiguero no había nadie en el mundo que odiara a Pablo Motos más que yo."

(Migue, lector de Estatuas Verdes)




A vosotros no os voy a engañar. La verdad es que después de casi mes y medio sin publicar (que no sin escribir) ando un pelín desentrenado. Voy por tanto a hacer hoy un ejercicio de estilo en una de las funciones comunicativas favoritas de Estatuas Verdes: injuriar. Porque hoy es hoy.

Volviendo a ver esa divertida película que es Hitch (2005) -ligar, ¿eh? nuestro tema favorito (¿y el de quién no?)- reflexiono sobre Will Smith y recuerdo el siguiente titular de prensa:

"Will Smith pulveriza la audiencia en El Hormiguero" (encontrado en diferentes medios con parecida redacción)


Pienso entonces en la conjunción planetaria de buen rollo que tal aparición en tal programa debió suponer. Me niego a ver los vídeos del evento (aunque al parecer también baten récords en YouTube), pero no por odio a Will Smith o a El Hormiguero, sino porque me he prometido a mí mismo no saber nada acerca de esa supuesta peli que están promocionando intitulada The Karate Kid (2010). Efectivamente, amigos: para mí (lo mismo que para vosotros) solo existe un Karate Kid: el que emitió TVE1 el sábado a mediodía ("¿Cuál es el problema, Sr. Lawrence?").



Pero volvamos al tema. Will Smith (rapero buenrrollista-cum-actor comicoide) + su hijo + Pablo Motos + la maquinaria de El Hormiguero = habría que ver el programa con chubasquero, para que no nos salpicara el almíbar. Ya sé lo que estáis pensando, Si no viste el pograma, ¿pa qué hablas? Porque no vi ese programa, no, pero he visto otros muchos cientos.


En realidad, dejé de ver El Hormiguero la noche que entrevistaron a Matt Dallas, el chaval que protagonizaba en Cuatro la serie Kyle XY (2006-2009). "Entrevistaron" ha sido una piadosa forma de decirlo. El día en que desencadenaron a su alrededor un incomprensible (para el invitado) torbellino de ocurrencias, chocarrerías y hormigas de felpa, para descojone de la plantilla del programa y estrés del pobre actor yanqui. Claaaaro. Como el que viene es de fuera, unas hormigas le pueden preguntar por Belén Esteban, él no se enterará de nada y nosotros nos partiremos el pecho. Si es que los americanos son más tontos... ponedme otro Sol y Sombra, Ortega y Pacheco!



A Stallone le hicieron tres cuartos de la même chose, pero a Sly le daba igual, él ponía cara de Rocky Balboa o de John Rambo, no me acuerdo qué andaba promocionando en esos momentos, y con eso lo salvaba todo. El conductor de todo este despropósito no es otro que Pablo Motos, el amigo de los niños. El hombre que sabe reírse de sí mismo (y de Rajoy), el monologuista, qué bien. El inventor del chicle, el adalid del humor blanco, el de los abdominales de plata. El que nos hace distinguir entre culos y codos... ja, ja, jajota.


Al contrario que mucha gente, que no lo soportaba en la radio y en su nueva etapa lo adora, yo admiraba a Pablo Motos cuando lo escuchaba por las mañanas en M80. Era igual de opinativo que Fede Losantos, y te reías igual, pero este tenía más registro. Traía invitados interesantes, hacía volar tu imaginación mientras estudiabas en la biblioteca... Será que me he vuelto más cínico con la edad y la posición social, pero amigos, yo prefería a aquel de la radio que hacía alarde de su enciclopédico conocimiento de pelis guarras, aquel que babeaba por Nuria Roca (nunca comprendí su pose de tía buena, y ahora va de escritora... merecería otro post) y resultaba tan entrañable y tan patético...



Y no ahora, con sus absurdas frases de niños, que cualquier día parece que nos va a contar el chiste del hachazo, deshaciéndose en merengue para hacerles la rosca y promocionar a todos sus invitados, metido a científico o invitando al plató a absurdos combos de percusión. Diguem no, amigos (como dijo Raimon). No me extrañaría que pronto Pablo Motos mutara y nos lo viéramos dirigiendo una orquesta -sería la Orquesta Multicultural del Buen Rollazo, o algo así- o que acabara de directivo de alguna cadena televisiva. Por acabar citando a la chirigota del Yuyu: Temblaaaaaaad!!!

viernes, 27 de agosto de 2010

Mi veraneo "entreguerras"


Explico algunas cosas. Por petición popular, vuelve de sus vacaciones Estatuas Verdes con más fuerza que nunca. Vuelve para comentaros algo que no sabíais (ni yo): está de moda lo "entreguerras". O eso, o yo me he leído 6 libros seguidos ambientados entre 1918-1939 y me he quedado picueto... Puede que sea esto último.

Mire a donde mire, lo "entreguerras" me persigue: esa parla en la prensa de la Bolsa, y de fascismo, exposiciones fotográficas de Robert Capa y Gerda Taro, veo en una peli a Kirsten Dunst disfrazada de Louise Brooks y a Simon Pegg de Béla Lugosi (bueno, vale, de Drácula... ¡dejad de gritarme!). Me doy la vuelta y en el autobús van ocho señoritas dizque de despedida de soltera con un tocado de plumas y collares kilométricos.


En serio. Entre mis lecturas veraniegas ha habido títulos para vomitar, pero no Un diamante tan grande como el Ritz y otros cuentos de F. Scott Fitzgerald, una colección de historias publicadas entre 1920 y 1928. No cesa de fliparme la prosa de Fitzgerald, su ritmo, su "hacer que lo difícil parezca sencillo", su fina ironía como de pasada. Porque escribía con distancia irónica, ¿verdad? ¿O él se creía de verdad que la snob clase alta USA era interesante en esa época (o en cualquier época)? Este hombre escribe tan bien que se le perdona todo, incluso sus aburridas referencias al football americano universitario.

Creía que haberme leído El gran Gatsby (1925) tres veces era currículum suficiente, pero me topo con una pareja amiga que son expertos fitzgeraldianos. Después de una charla con ellos me avergüenzo: ya me está esperando en la mesilla Suave es la noche (1934).



En broma. Resulta reconfortante que todo lo que para Fitzgerald era digno de admiración (los cócteles, las universidades de élite, los bailes, el hotel Ritz-Calton de Nueva York...) es objeto de sátira para el gran P.G. Wodehouse. Desde hoy lo corono como mi escritor cómico favorito (y los ingleses son graciosos, ¿no?). Leo Piccadilly Jim (1918), que me decepciona un poco, pero no porque tenga nada de malo, sino por lo que le falta: esa audacia cómica desprovista de vergüenza para crear personajes y situaciones absurdas y llevarlos hasta el límite. Aun así, es altamente recomendable, ya que contiene el germen del mejor Wodehouse. Leo también Jovencitos con botines (1936), colección de relatos centrados en torno al Drones Club (club de los "zánganos"), y me parto de risa de principio a fin.

Son los señoritos zangolotinos, muchos de los personajes secundarios de sus otros libros, librando disparatadas aventuras en un mundo de alcohol, apuestas, ocio y compromisos matrimoniales. En un mundo no: en el Nueva York y el Londres de entreguerras, delicioso. Detrás me zampo Much Obliged, Jeeves (1971), novela sobre Jeeves y Wooster, con eso queda dicho todo, salvo que también me espera en la mesilla The Mating Season (1949), del mismo autor y personajes.



Algo para todo el mundo. Entre medio, entre la 1ª Guerra Mundial que es Scott Fitzgerald y la 2ª que es Wodehouse, leo La habitación de cristal (2002) de Luis Manuel Ruiz y El juguete rabioso (1926) de Roberto Arlt. Son dos novelas negras, la primera ambientada en la Alemania de 1933 (need I say more?), la segunda en los bajos fondos bonaerenses. Dos excelentes libros de dos excelentes autores que nos recuerdan que en aquellos años de "entreguerras" no todo fueron risas y desaforados brindis con champán.
 
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