Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

martes, 20 de enero de 2009

Meet Jon Favreau


¿Conocéis a Jon Favreau? Pues tenéis trabajo, amigos, porque resulta que hay dos.

Esta mañana leo El País de ayer (a Cosica llega la prensa con un día de retraso, vous comprenez!) y me encuentro con un mini reportaje acerca de los discursos de Obama, que sin ser todavía históricos, ya le están granjeando mucha atención como orador. Para empezar, sus discursos han tenido una parte instrumental en la victoria electoral, durante toda la campaña, y en la noche de su victoria, Obama dejó a (casi) todo el mundo contento con lo que dijo.

Pienso que los americanos y el Mundo en general deben de estar contentos con un Presidente USA que cada vez que hable no suba el pan, para variar (tengo en mente ahora al Demonio, también llamado Bush hijo). Pero claro, cualquiera sabe que los políticos y las personalidades no escriben sus propios discursos y alocuciones, ni siquiera Fidel Castro (un inciso, ¿quién se los redactará a ese hombre? ¿Está dejando escapar Cuba un Premio Nobel de Literatura ahí?). El discurso de Navidad del Rey tampoco lo escribe el Rey, ni los del Príncipe, Zapatero, ministros, etc. Y Obama no iba a ser una excepción.

¿Quién se esconde, pues, tras Obama, el orador ilusionista y bien parecido? Leo en El País de ayer que a Obama le escribe los discursos Jon Favreau. ¿Cómo? ¿Jon Favreau? ¿El cineasta? ¿El actor de Friends –era el novio millonario de Monica- o Como en casa en ningún sitio (2008)? ¿El director de Iron Man (2008)? Por poco me da un patatus (así, sin tilde). Larga es la conexión entre cine y política en USA: presidente Reagan, gobernador Sorsenague, alcalde Clint Eastwood…. Ayer sin ir más lejos podíamos ver a Meryl Streep descotada o a Tom Hanks en el concierto-homenaje a Obama delante del Lincoln Memorial.


Pero la vida no podía ser tan bonita –ni tan bizarra-. Enseguida descubro que el Jon Favreau que le escribe a Obama los discursitos no es el mismo de las películas, es otro, pero no deja de ser una figura fascinante, de nuestro tiempo. Se trata de un chavalín de 27 años (repito: EL PAVO QUE LE ESCRIBE Y ESCRIBIRÁ LOS DISCURSOS AL PRESIDENTE USA ES UN CHAVAL DE 27 AÑOS). Un licenciado por una universidad jesuita, niño bonito que fue fichado por el equipo Obama en plan Cyrano de Bergerac. Aprendemos más cosas sobre él, escribe en los Starbucks, con un portátil (en la foto se le ve como el típico yanqui modelo “con camisa”) y es hiperfan de los videojuegos y el Facebook.

De hecho, el pavo tuvo problemas cuando Obama era enemigo de Hillary Clinton (ahora son coleguitas máximos: ella es la encargada de decirle dónde hay que tirar los misiles) porque unos amigos suyos colgaron en Facebook unas fotos suyas sin su consentimiento, y en una se veía a Jon Favreau cogiéndole la tetica a una figura de cartón de la Hillary. Tsk, tsk, tsk. Viene a reforzar la teoría de que hay que tener cuidadín con lo que nuestros amigos cuelgan en Facebook, ¿eh? He hablado de esto con varias personas en el último mes.


Leo en la noticia sobre Jon Favreau que estaba muy nervioso acerca del discurso de investidura de Obama, con todos los ojos del Mundo puestos sobre él. Recordemos, dice El País, “que en USA el discurso político tiene el rango de género literario”, y la verdad es que ahí están los discursos de F.D. Roosevelt, Kennedy o Martin Luther King, Jr. para atestiguarlo. También leo que (claro está) la noche electoral tenía escritos dos discursos, el que leyó Obama y otro de aceptación de la derrota. En el momento de escribir este post, el discurso de investidura de Obama ya ha sido pronunciado, pero yo no lo he podido ver ni escuchar. Mejor así, así escribo esto sin estar contaminado, yo me limito a augurarle lo mejor.


¿Cómo será eso de leer algo que ha escrito para ti otra persona? Debe sentirse uno con complejo de Monchito o Macario, ventriloquizado. En cualquier caso, prometo ponerme al día con este discurso de investidura en cuanto pueda, y prometo seguir atento a la carrera de este Jon Favreau. Y también a la del otro. ¿Qué oigo? ¿Iron Man 2 para el 2010? ¡Oroooooooooo!

lunes, 19 de enero de 2009

Las cartas boca arriba


“Solamente una carta tengo en el buzón: la remite mi banco y me dice que NO”
-J.Sabina y Manu Chao



Cartas, ¿eh? Pocas palabras tan bonicas en español para explicar el fenómeno de la polisemia. Carta del correo, carta de naipe, carta de menú y carta de mapa (que jamás nadie utiliza, como banco de peces). Hoy día, con los emailses y los emailes las cartas han quedado obsoletas como medio de comunicación, ya solo te las envían los bancos (de dinero), y esa odiosa propaganda de ópticas o compañías de seguros. Y por carta también te llegan las facturas, claro.

Pero no siempre ha sido así, hubo un tiempo no tan lejano en el que la carta era un medio de comunicación principalísimo entre personas. La gente se escribía cartas, se contaba cosas, largas cartas de amor o de odio, o esas cartas de amistad con confidencias. Hará cuatro años, en un arrebato absurdo, tiré todas mis cartas (porque representaban el pasado y además no me cabían). Hoy me arrepiento de no haber conservado siquiera las más importantes (guardaba cientos: de amigos de todas las épocas, de ex novias, de primas…). Uno de mis mejores amigos estudió fuera dos carreras, y aquellos años fueron un puro carteo. Cuando yo estuve de Erasmus también me sirvieron mucho.


En literatura, la correspondencia entre personas ha dado lugar al género epistolar, ficción o no ficción. Cuando de chiquitiquísimos leímos Querida Susi, querido Paul (1986) del Barco de Vapor no sabíamos que estábamos mamando de un género que contaba por lo menos con dos siglos de antigüedad. Si queréis epístolas, id al Nuevo Testamento, pero yo me refiero a las novelas. Dicen que las primeras novelas modernas (que fueron epistolares) tuvieron su origen en un repertorio comercial de cartas-modelo: Pamela (1740) y Clarissa (1748) de Richardson. No os digo nada de otros obrones como las turrísticas Cartas marruecas (1789) de José Cadalso, debidamente copiadas de las Cartas persas (1721) de Montesquieu.

Otras cartas de la literatura, que a veces se han vertido al cine fueron Pepita Jiménez (1874) de Juan Valera, Las amistades peligrosas (1782) de Choderlos de Laclos, la Carta de una desconocida (1927) de Stefan Zweig, “La carta robada” (1844) de E.A. Poe, la terrible carta que Robbie envía a Cecilia en Expiación (2001) y las que le envió después. ¿Y cómo estaban esas cartas que desde el futuro le enviaba a Marty McFly el Dr. Brown en la saga de Regreso al futuro, La carta (1940) de William Wyler, El cartero siempre llama dos veces (y hace remakes), o esas aburridísimas Cartas desde Iwo Jima con las que Clint Eastwood nos castigó hace dos años?


Modernamente, la no ficción nos ha regalado la Carta de Jesús al Papa (2005) de Sánchez Dragó, las cartas …a Franco (1971) y …a Fidel Castro (1984) de Arrabal o el diálogo teológico entre Umberto Eco y Carlo María Martini titulado ¿En qué creen los que no creen? (1997). Pero las que más molan son las cartas personales, hay mogollón de colecciones publicadas. Nunca he leído, pese a haber escuchado maravillas, las cartas que por ejemplo el poeta romántico Keats (murió a los 24 de tuberculosis) dirigió a su madre, u otras también a la madre del también poeta inglés Wilfred Owen (este murió a los 25 en la 1ª Guerra Mundial). Y estas cartas de artistas se llevan escribiendo siglos, no es cosa de ahora.

Muchas veces son misivas que no fueron hechas para su publicación pero la notoriedad o relevancia de sus autores hace que se lleven a la imprenta. Precisamente este sábado, un amigo –erudito de la música barroca- me hablaba acerca de la famosa correspondencia privada entre dos gigantes como fueron Pachelbel y Buxtehude (ambos maestros de J.S. Bach, por cierto). Tampoco he leído tan egregias cartas, pero sí que recuerdo con cariño la imponente sarta de cartazas que Ignatius J. Reilly, empleado de Levy Pants, dirigió al “Estimado señor mongoloide” o a la Universidad de Baton Rouge (todo ello en el libro La conjura de los necios, 1980), Y es que una simple carta puede llevar una carga emocional enorme.


Ya se habló en Estatuas Verdes de The Juliet Letters (1993), disco de Elvis Costello cuyos textos están basados en los cientos de cartas que diariamente recibe en Verona Julieta Capuleto, y que son leídas en plan consultorio sentimental. O ¿cómo olvidar la carta (“The Letter”, 1967) que llevó a los Box Tops al número 1? Aquella en que Alex Chilton compraba un billete de avión (en tren no le daba tiempo) para ir a ver a su amor, que acababa de escribirle diciéndole que no podían continuar separados. Otras cartas musicales, la “Epístola a Dippy” de Donovan, el grupo Letters to Cleo, la generacional “20 de abril” de Celtas Cortos o aquella tan ñoña y tan bonita de Los Lunes: “Canción de despedida”…

¡Cartismo! ¡Cartismo! ¡Cartismo!, y no estoy hablando del Movimiento Obrero, sino de que escribáis más cartas… y las mandéis.

domingo, 18 de enero de 2009

Tres postales de enero



Postal 1. Querida Helen Hunt:

Hoy he ido a ver tu primera película como directora: Cuando ella me encontró (2008), y me ha decepcionado. He pasado un ratito pasable, lo que en otras circunstancias ya sería decir mucho, pero no con tu película. Me siento semi-mal porque he insistido a varias personas además a que fueran a verla. Opiniones tibias, en el mejor de los casos. Pensaba que tu peli iba a ser divertida, una comedia (humana, como Mejor imposible -1997-) pero esto ha sido una especie de melodrama, no sé muy bien acerca de qué. A lo mejor el problema es que no soy una mujer de mediana edad, pero eso es una excusa floja, si la peli es buena debería molarle a todo el mundo.

El Wall Street Journal ha sido cruel con tu película, pero no se me ocurre mejor resumen que este cachito de su crítica: “Un bizarro potaje recocido que combina el estilo general de las telecomedias (los diálogos le ametrallan a uno como un martillo neumático) con una ridícula sucesión de complicaciones en la trama, además de preguntas solemnes sobre la identidad, la adopción y la naturaleza de la felicidad”. Duras palabras, excesivas, pero me temo que no del todo inciertas. Una lástima, Helen, a mí me caes bien; ni siquiera sacar a Salman Rushdie de ginecólogo en tu película la ha salvado.


Postal 2. Querido Pablo:

Hay días en que uno no está para nadie y otros en los que nos levantamos comunicativos. Como cuento a menudo, en Estatuas Verdes hay días en los que los temas se me acumulan, ideas desechadas, muchas veces en que podría escribir varios posts seguidos. Otros sin embargo, me cuesta escribir nada y no por falta de tema o anécdotas, sino más bien por cansancio. ¿Será el frío o será Cosica? ¿Será una rosa o será un clavel? Luego siempre acabo escribiendo, y la eterna pregunta de los blogueros: “¿Le importará esto a alguien?” La alegría viene cuando se entera uno de que sí importa.

En los últimos días y semanas he tenido varias satisfacciones en forma de comentarios de personas que no dejan comentarios en el blog, pero que cara a cara me han dicho que tal o cual entrada les había gustado o interesado. Sus comentarios, aunque no quede registro, también hacen Estatuas Verdes. En concreto, un amigo me animó: Tú sigue escribiendo sobre Kafka, aunque la gente comente más cuando escribas sobre el flan. O a lo mejor tienes que hacer una entrada que se titule “Kafka y el flan”. La acabaré haciendo, seguro (con tu permiso, Pablo).


Postal 3. Querido Dios:

¡No veas cómo estamos en el Mundo con las guerras entre judíos, musulmanes, y de entre ellos, los más hijosdeputa son los que las planean y dirigen! Hoy, entre el fragor de treguas en los telediarios, que si “alto el fuego” en Gaza (y las bombas por detrás, explotando casi en directo), el “turismo bélico” (hemos venido porque nos hacía ilusión conocer una guerra en vivo), salgo a la calle y voy a un cine que suelen frecuentar muchos de mis compatriotas de los que llevan pañuelitos palestinos. Yo también lo llevaba, Dios, cuando tenía 17 años, y porque me lo regalaron.

En ese cine del que te hablo he visto la última de Helen Hunt (te ahorro la crítica), y me ha llamado la atención lo presentísima que está la Religión en la vida de muchas personas. En concreto, la protagonista de la peli era judía, y se pasa media peli rezando y canturreando en hebreo. Para colmo, de ginecólogo hacía Salman Rushdie (le cogería gusto a los bebés cuando escribió Hijos de la medianoche, 1980), ya sabes, ese que anduvo tan perseguidísimo por algunos de tus hijos musulmanes más radis. Me sorprendo por esta presencia de la Religión en unas vidas yanquis del siglo XXI, también me pasó en Como en casa en ningún sitio (2008), peli en la que Dwight Yoakam hacía de pastor evangélico.

¿De qué me sorprendo? La Religión no ha desaparecido de nuestras vidas, como quieren hacernos creer aquí en España: es una fuerza muy importante para la mayoría de la población mundial. Y no solo en países tercermundistas o subdesarrollados. Fíjate si será importante que la peña se sigue matando en tu nombre: ¡ilusos! Pero eso lo sabes tú mejor que yo.

Adiós, Dios.

viernes, 16 de enero de 2009

Los Nenes


Por fin cae el primer libro del 2009. En puridad habría que decir que me lo empecé a leer el 22 de diciembre del 2008 pero, ¿quién lleva las cuentas? Hasta ahora ha durado, y no por ser largo, y no por ser aburrido. Pero las Navidades, las distracciones y mi aparente apatía lectora han hecho que en los últimos tres meses haya dejado dos libros a la mitad y solo me haya leído enteros otros tres más bien cortitos. También he picoteado de media docena de antologías de poesía, pero eso es otro tema del que otro día daré cuenta.

El libro que me acabo de terminar se llama Los Nenes (2008), y es obra del chileno Patricio Fernández. Yo no conocía al autor ni al libro, pero su título me llamó poderosamente la atención. “Los nenes”. En mi provincia a los niños se les llama “chavales”, en la de la izquierda, “chiquillos”. En la de arriba de la de la izquierda se les llama “muchachos” y en la de la derecha se les llama “nenes”. Si sois dialectólogos ya os he dicho dónde vivo. Pero estos Nenes a los que el título del libro hace referencia no son precisamente niños chicos. Se trata más bien de una pandilla de cuarentones que se juntan para rememorar su vida en común y continuar, a base de comilonas, quedadas y tertulias los vínculos que los unen.


La trama del libro es sencilla: en el año en que se detuvo a Pinochet (1998), el narrador (un tal Patricio Fernández) evoca un viaje a Buenos Aires al que fue en compañía de un amigo que iba allí en busca de un antiguo amor, con la vaga esperanza de reavivar la llama. El encuentro no es como se esperaba, y trae consecuencias que el narrador nos va desgranando, hasta el punto de convertirse de testigo del asunto en un actor más. Paralelamente, hay otra “historia” que se nos presenta entrelazada: en el año en que murió Pinochet (2006), la pandilla de Patricio Fernández se reúne, habla, bebe, come, bebe, se insulta, escucha discos de los Rolling Stones, habla de literatura, bebe, cocina, bebe, bebe…

Lo sé, la trama es más floja que la de un episodio de Scooby-Doo, y aparentemente poquísimo interesante. ¿Ayuda algo si digo que la pandilla de Nenes a cuyas comilonas/bebilonas somos invitados son todos escritores, editores, artistas, pintores y culturetas pedantes? Y sin embargo, el libro se lee como el agua, amigos, por una bonita magia que creo que hago bien en denominar “literatura”. Un tema nada interesante, una historia ramplona, pero… una exquisita manera de contar, un divertidísimo empleo del lenguaje y una serie de intuiciones (deslizadas como opiniones del narrador) que resultan de lo más instructivas.


El libro, claro, va más allá de la superficie anecdotaria. La horquilla de tiempo en que se desarrolla (1998-2006) marca el fin de Pinochet, una figura que para bien o para mal es el sello de una importante etapa de la historia reciente de Chile. Los chilenos, adivino, sabrán extraer de este libro muchísimo más jugo, y encontrar en él claves asaz cercanas. Pero el libro, con poder ser leído como una especie de “examen de conciencia” de una generación intelectual izquierdista chilena, no peca de específico o localista. Al contrario, se lee estupendamente como un canto a la amistad, una acertada descripción de las relaciones de grupo, y también encierra valiosas perlas de sabiduría acerca del amor. En este sentido, la ágil, desenfadada pero nunca “canalla” prosa de Patricio Fernández resulta crucial para el éxito de Los Nenes como experiencia de lectura.

Curiosamente, el autor tenía 4 años cuando dio el golpe Pinochet, por lo que su ejercicio de memoria histórica no es el acostumbrado. Nada de Plaza de la Moneda, Víctor Jara o el Estadio Nacional aquí. Hay un personaje algo mayor, un escritor izquierdista que vive como un millonario (como buen escritor izquierdista) que sí encarna la voz de esa generación. La del golpe, la del exilio, la del dolor, la de los atropellos… pero incluso este personaje presenta una visión ecuánime, es capaz de reírse del izquierdismo revolucionario de los años 60 y 70 (tomando distancia irónica) y es el único que va a la capilla ardiente de Pinochet para ver su fiambre en persona. Va medio de incógnito, y lleno de vergüenza, pero acude allí al fin y al cabo, dice que para cerciorarse de que el pavo estaba muerto de veras.


Como Chile me cae de lejos, para mí el país representa solo un territorio mítico al que viajó mi padre cuando yo tenía cinco años, y escuché muchas historias (por cierto, que me trajo de allí una pistola de juguete cojonuda que a mí me daba reparo utilizar por provenir de Chile, la dictadura, ya sabéis…). Pero extrapolo esta novela, una historia de transición política, de trincheras ideológicas, de memoria histórica, a nuestra realidad española. Ojalá pudiera existir en España un libro tan bien escrito sobre temas tan sensibles, comprometido (el autor es decididamente de izquierdas) pero sin destilar la mala baba de un doberman propia de todos los columnistas de –digamos- El País. Solo un libro bueno, escrito con honestidad y brillantez, que por una vez no sea un panfleto, aunque le busque las cosquillas al pasado trágico.

jueves, 15 de enero de 2009

El grito


“Desaparecía, volvía a asomarse… y daba un gritito antes de marcharse”
-Canción infantil



Ya el buen Grillo Solitario nos dejó una gran verdad sin él saberlo hace unas semanas en su post “Flora y fauna”, en el que podía verse un corto protagonizado por dos canis sevillanos (especie única). Aparte de las muchas perlas que decían los actores, lo que más me fascinó de aquel vídeo fue cómo decían las cosas, y las decían a gritos. “Morir, dormir, no más” –decía el príncipe Hamlet, igualando así ambas acciones. Hablar, gritar, podríamos decir nosotros ahora, porque constato con consternación que la distinción entre ambos verbos ya va camino de desaparecer.

Veo en la peli Hollywood: Departamento de homicidios (2003) un homenaje a la escena final de Un tranvía llamado deseo (1947). Aquí Josh Hartnett hace de Kowalski, quien al final de la obra grita desgarradoramente el nombre de su mujer: “¡Estelaaaaaaaaaaa!”. Este grito o chillido (según se prefiera) comporta una enormísima carga dramática, y resulta tan eficaz porque el volumen elevado de la voz se opone al volumen normal de la conversación. ¿Pero qué ocurre cuando todo el mundo habla a gritos todo el tiempo? Mi madre diría que es porque andamos medio sordos por culpa de los iPods. Lo único cierto es que la gente grita, grita todo el tiempo cada vez más. Y yo cada vez lo aguanto menos.


Llamadlo “síndrome Gran Hermano” o retórica de la faringitis, pero la gente grita y además se cree que mientras más volumen le pongan a la cosa más razón van a tener. Hay otros signos (lenguaje no verbal, lo llaman), que si erguir la postura, apretar los puños, poner cara de asco… pero la verdadera cifra de la argumentación Neanderthal reside en el altísimo tono de voz.

Sin embargo, los que gritan más para tener más razón, a falta de oratoria, ideas o argumentos, aún tratan de imponerse, de explicar algo. Mi “favorito” con diferencia, empero, es el alarido acompañado de exabrupto, lo que los puristas gustamos en llamar “el grito por el grito”. En esto, mis paisanos de Cosica son unos maestros, y en el gimnasio encontramos ya a verdaderos gourmets del chillido. Un ejemplo. Un joven está jugando al ping pong, falla un punto y exclama a más decibelios de los que me gustaría admitir: “UUUAAAOOAAEEEIRRRRGGGGGGHHHHHHHOOOWWWWWWMMMM!!!!!” Y ya está dicho todo, solo que no está dicho nada y al resto de la concurrencia continúan pitándonos los oídos. Otro grito “pata negra” es el que yo llamo el grito nervioso, proferido sin motivo aparente, solo porque hacía ya demasiado tiempo que nadie gritaba.


¡Qué agradable es un grito bien dado, verdad? Yo es que antes de las ocho de la mañana no soy persona si no escucho alguno. Y ojito, aquí no hay sexismo que valga. Las mujeres son muy principales en el arte de chillar, sus tremendos alaridos de rata (sorpresa, rabia, asco, alegría, hambre, cansancio, aburrimiento, diversión, histeria…) me resultan especialmente sabrosos. Y el grito es un arte expansivo, diríase que generoso. El que grita o la que grita no se lo guardan para sí: lo comparten con todos los presentes, conocidos o no: ahí radica su belleza.

El buen (y pedante) Jorge Luis Borges tenía un poema en que se preguntaba por qué gritan tanto los españoles. El genial poeta León Felipe -uno que por cierto era mucho de nombrar a Hamlet- le tapó la boca en otro genial poema explicando, con muchísima retranca, que los españoles gritábamos porque habíamos tenido que alzar nuestra voz para ser oídos bien en tres ocasiones. La primera, cuando nuestros compatriotas fueron a América, la descubrieron, exploraron y colonizaron. La segunda vez fue cuando el Quijote recorrió la seca llanura manchega y tuvo que hacerse oír en el páramo. La tercera vez –según León Felipe- fue por el grito de desgarro que nos provocó a los españoles la terrible lucha fratricida de la Guerra Civil.


Si León Felipe volviera de su tumba, a buen seguro añadiría otra estrofa diciendo que la cuarta vez que los españoles nos hemos visto obligados a gritar ha sido a comienzos del siglo XXI, por la prosaica razón de que el resto de los españoles ya estaban hablando a gritos.

miércoles, 14 de enero de 2009

Pasatiempos cosiqueses


¿Qué te pasa, Porerror, ya no lees? ¿Te has adocenado con los pasatiempos rurales? Un respeto, señora, que aquí en Cosica hay un mundillo literario que echa para atrás. Ya he trabado contacto con un novelista y con un poeta (no son de aquí, pero…), el otro día en el gimnasio escuché a unos pavos discutiendo sobre una obra de teatro que están montando, y el mes pasado hubo una exposición sobre García Lorca que me perdí porque solo vi los carteles a toro pasado.

También me han dicho por aquí que Gloria Fuertes es una autora especialmente querida entre la juventud del pueblo (por algún motivo). Pero no nos engañemos, la literatura no es mi ocupación principal en Cosica, aparte del trabajo la mayor parte de mi tiempo libre lo empleo en ver crecer la hierba o en observar cómo les salen motitas negras a los plátanos. Ahora la bendita niebla nos ofrece muchísimas oportunidades: jugar al escondite conmigo mismo, hacer Morse con los faros antiniebla de mi Toyota (delanteros y traseros, ¿eh?), imaginarme que estoy en Londres (esto lo abandoné la segunda vez que entré en el supermercado El Jamón fingiendo que era Sainsbury’s y la cajera no me entendió cuando le hablé en inglés).


Hoy, amigos, caigo aún más bajo. El telediario de Antena 3 no surte en mí el efecto hipnótico de antaño. Ver llover (qué gran pasatiempo, sobre todo cuando uno tiene ropa tendida) ya no me satisface como hogaño. Hoy, con la mayor naturalidad, he dicho que sí a una invitación a ir a casa de un compañero a ver por la tele un partido de fútbol. Me sé la teórica: lo de menos es el partido, lo importante es el ambientillo, la comida, el picoteo, la charla… mentira!!! He visto algunos partidos con colegas y, como sean mínimamente aficionados al futbolismo, despídase usted de cualquier conversación coherente al menos durante 90 minutos. Lo importante es el fútbol porque si no, el ambientillo, la comida, el picoteo, la charla y todo eso están infinitamente mejor sin un aburrido partido de fútbol de fondo, para eso mejor poner música o ver, qué sé yo… Barbarella (1968).

En ciertas ocasiones del año pasado vi un par de partidos de fútbol del Eurocopismo y me lo llegué a pasar bien. Gracias a la pizza en un caso, a la coca-cola zero en el otro. Durante ambos partidos pasé una sustancial porción del tiempo de juego mirando las paredes/el techo. Pero hoy cuando la invitación a ver fútbol ha llegado a mis oídos, me ha sonado a música celestial. ¡Allá voy! Solo una reticencia me quedaba in the back of my mind: ¿habrá en casa de mi amigo suficiente número de radiadores?


Tranquilos, que sigo leyendo, poquito porque hay poquitas horas de luz y porque no he tenido la suerte de enganchar buenos libros en los últimos dos meses (he dejado dos a la mitad), sigo culturetizándome y tragando bastante tele. Todo por vosotros, para escribiros el post vuestro de cada día. Y quizá un poco también para no volverme loco.

Probablemente mañana comentéis en el trabajo o donde sea el resultado del partido de Copa del Rey Barcelona-At. Madrid, y si lo hacéis, pensad que, por esta vez, yo también vi ese partido por error.

martes, 13 de enero de 2009

De feminismo, psicodelia y brajas


Tita Cervera vuelve a estar en el candelabro, por motivos de que duda de su abuelidad. Las revistas del corazonismo están dando cumplidísima cuenta de todo este embrollo, aquí solo lo saco a relucir por habernos sacado a relucir a la ex Miss, cazafortunas y mecenas del arte, reciente Baronesa Thyssen. En noviembre del 2007 vi, como mucha gente, el décimo episodio de Muchachada Nui, presentado por Tita Cervera. Me reí mucho, como siempre, pero confieso que hubo tal cúmulo de bizarradas que la cosa me venía un poco grande. ¿Rayo positrónico? ¿Un ángel ciego? ¿Una astronauta que quiere follisquear con todo el mundo? Definitivamente, pensé, a Joaquín Reyes & cía. se les ha ido el perolo.

¡Amigos! En mi inocencia e ignorancia desconocía que todo el asunto era una parodia de la famosísima película de ciencia ficción picante Barbarella, dirigida en 1968 por Roger Vadim. Esta peli convirtió en mito erótico a Jane Fonda, y contó en su elenco con gente como David Hemmings, Ugo Tognazzi o Marcel Marceau. Yo no la había visto, hasta este 2009, y al verla me fue dado contemplar una de las mayores colecciones de bizarría que mis cansados ojos han tenido el gusto de devorar. ¡La de Dios! Fue empezar a ver Barbarella, desde la secuencia inicial, y reconocer toda la parafernalia del episodio presentado por Tita Cervera, comenzando por la sintonía: “Tita Cervera psicodella…”


Y esa escena que tantas veces había visto homenajeada, una tía quitándose lentamente un traje de astronauta en gravedad cero (en videoclips de Kylie Minogue, Jem, Tita Cervera), también estaba ahí. Y es que he descubierto que la peli Barbarella es el artefacto pop más seminal desde… las gafas de John Lennon. En seguida me entero de que el malo de la película se llama Durand Durand, ¡frenesí!, de ahí sacaron el nombre los Duran Duran, huelga decirlo. Luego hay referencias mil en el mundo del cante: Scott Weyland tuvo un hit llamado “Barbarella”, hace nada y menos la cantante indie canadiense Lights hizo en su vídeo “February Air” otro homenaje a la psicodélica peli, y así podríamos estar hasta mañana dando referencias.

La trama de Barbarella es simple: Una “chica terrícola doble X de cinco estrellas navigatrix” (o algo así) recibe el encargo del Presidente de la Tierra de buscar al profesor Durand Durand, ex astronauta, que ha inventado un temible rayo positrónico. Para lograr su misión, Barbarella deberá ir al planeta donde vive escondido Durand, ayudada por un “convertidor idiomático” y una “llave invisible”. Hasta aquí, la parte lógica y coherente. A partir de aquí, el delirio: grotescos hombres transparentes, criaturas de cuero, gigantescos robots “sin materia viva”, ángeles ciegos en pelotas, instrumentos de tortura que dan placer, muñecas asesinas…. Pareciera que el guionista hubiera dicho, en plan cachondeo, “voy a poner aquí todo lo que se me ocurra, a ver si cuela, y como me paguen me descojono”.


Lo malo es que el guión corre a cargo del propio Vadim, Jean-Claude Forest (autor original del cómic francés en que se basó la peli) y de Terry Southern, el escritor contracultural, supuesto inventor del Nuevo Periodismo. No es de extrañar, conocido este último dato, que la mayor peculiaridad del personaje Barbarella sea su galopante ninfomanía. En sus guiones y novelas, Southern siempre exhibió una especie de obsesión sexual, ahí está Candy (1958, 68 la película), supuesto homenaje a Cándido de Voltaire, con una prota que solo hacía que follar. Barbarella es Candy en el espacio exterior en vez de en un hospital.

Pero gracias a este dato erótico-festivo podemos llegar a una lectura de Barbarella que iría más allá de la mera anécdota bizarra. Barbarella, una producción de culto, fracaso de crítica y público que sin embargo ha alcanzado un estatus gigantesco en el imaginario pop. ¿Por qué? Me atrevería a aventurar dos interpretaciones, por supuesto que abiertas a crítica pero creo que válidas. Por un lado, Barbarella puede leerse como una fábula feminista, en el sentido de que sí, la prota es una buscona de fácil llegada al catre, aparentemente tonta, pero si nos fijamos bien, la pava solo se encama con quien ella decide, y por muy tontaca que parezca, al final consigue su objetivo. En ese sentido, Barbarella utiliza su evidente atractivo sexual en forma de poder sobre los hombres para manipularlos y alterar el universo que la rodea en beneficio propio. Algunas feministas censurarían este uso explotativo del sexo femenino, pero, si nos pasamos al punto de vista post-feminista, ¿quién explota a quién en realidad? Pensadlo.


Por otro lado, me aventuraría a reinterpretar Barbarella como una versión libre de El corazón de las tinieblas (1898) de Joseph Conrad. Así como Apocalypse Now (1976) de Coppola trasladó la historia de Kurtz, el río y “el Horror, el Horror” a la guerra de Vietnam con tremendo acierto, no sé si Roger Vadim tenía en mente hacer algo así aquí, o le salió de chorra. Fijaos bien: Barbarella es una funcionaria (como Marlowe) que debe emprender un viaje de autodescubrimiento (en este caso, ella descubre el sexo penetrativo, prohibido en su sociedad) para encontrar, tratar de convencer y en último caso, neutralizar a su Kurtz particular: el profesor ex astronauta Durand Durand.

En lugar de un barco por el Río Congo, Barbarella se vale de su nave espacial, y cuando al fin encuentra a Durand Durand se lleva la sorpresa de que este está perfectamente integrado en su nueva sociedad y no alberga ni la más mínima intención de regresar a la Tierra. ¿Os suena esto de algo? También hay algo de El mago de Oz en Barbarella, con los personajes “ayudantes” que se encuentra por el camino, y por el juego de identidades secretas del final, que no revelaré.


De acuerdo, Barbarella puede quedarse en una pirotecnia psicodélica, en una ridícula fantasía masculina, muy atractiva visualmente, pero esto no sería Estatuas Verdes si no le buscásemos tres pies al gato, y por eso he querido ver en esta peli un fuerte statement sobre política sexual (onda feminista) y sobre el fin de una era de inocencia (onda Corazón de las tinieblas), temas ambos muy candentes –no lo olvidemos- en el momento de escribirse/rodarse/exhibirse Barbarella: los años 1967 y 68. Y creo que no voy desencaminado en decir esto (igual ya hay setenta tesis doctorales que lo exponen, yo solo soy un chaval con un portátil que vio Barbarella el otro día), dada la apretada agenda política de Ms. Fonda por aquellos años (activismo de izquierdas, anti-Vietnam…), casi tan apretada como los escotes que diseñó para ella en esta peli Paco Rabanne.

 
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