Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

jueves, 31 de julio de 2008

De ratones y atunes


En Estatuas Verdes se lee a los premios Nobel, amigos. A unos más que a otros, todo hay que decirlo. Por ejemplo a Kipling, Eugene O’Neill, T.S. Eliot, Juan Ramón Jiménez, Samuel Beckett, Albert Camus, Hemingway, Neruda, García Márquez, Cela, Octavio Paz, Toni Morrison, Doris Lessing. También se ha palpado en menor medida (cuentos o poemas sueltos) a Vicente Aleixandre, Nadine Gordimer, Saramago, Harold Pinter, Seamus Heaney, Derek Walcott, Miguel Ángel Asturias, Winston Churchill, G.B. Shaw o W.B. Yeats. Si no sabíais qué leer este verano, ya tenéis ideas.

El párrafo de arriba me ha quedado que parece un listín telefónico, pero todo esto viene a cuento de que a veces mola leer los clásicos. Cierto es que el Nobel se lo han llevado muchos petardos, y otros muchos meritorios se han quedado sin él (Tolstoy, Ibsen, Zola, Mark Twain, Nabokov, Graham Greene, Borges, Bob Dylan… por citar a algunos que han estado nominados). Aun así, en mi inocencia me gusta pensar que este premio es en cierto modo, garantía de calidad. Esta semana me he leído un par de libritos bastante clasicotes, y da la casualidad de que los escribieron señores a los que mire usted por dónde luego les concedieron el Nobel.


De ratones: Nunca había leído a John Steinbeck, lo confieso. Las uvas de la ira (1939) me da perezona (me quedé dormido viendo la peli, además), pero desde hace años venía escuchando maravillas acerca de esa novelita corta y estupenda titulada De ratones y hombres (1937). Hace poco, viendo Perdidos, noté que un personaje se la estaba leyendo, y que luego ese y otro tienen una conversación a propósito del libro. Como soy tan esnob y tan novelero interpreté aquello como una señal y me faltó tiempo para ir por el libro.

No os voy a espoilear la historia si no la conocéis, pero baste decir que la trama es simple. Dos temporeros (uno de ellos con menos luces que una bombilla de trapo) vagan de rancho en rancho por California en los años de la Gran Depresión. Su sueño es ahorrar una mijita y establecerse por cuenta propia en un terrenito, una especie de metáfora del “sueño americano” si queréis. Sería tópico aquí reiterar lo que ya se sabe de un clásico: el autor despliega un hondo conocimiento del alma humana, la historia –pese a su localización espaciotemporal tan precisa- es universal, se te pueden caer dos lagrimones como puños leyéndola… El librito me ha dejado con la boca abierta.



De atunes: A diferencia de su compatriota Steinbeck, Ernest Hemingway (a partir de ahora “Tito Jemi”) es un viejo conocido. Será porque durante la carrera tuve que leer una de sus obras dos veces (Fiesta, 1926), porque sus cuentos son la leche en vinagre o porque su retrato del París de entreguerras ha quedado como verdad absoluta, el caso es que el tipo me parece uno de los mejores escritores del siglo XX. Sería un machista, escribiría con frases cortas, lo que ustedes quieran. El nota escribía con pasión, y eso se deja ver.

Lo mismo hablaba de las guerras (Mundiales y Civil Española) que de la caza en África, de la pesca en USA o del toreo en Pamplona. Cuando fui por De ratones y hombres me llevé también otro librito clásico de menos de cien páginas: El viejo y el mar (1952). El asunto no podría parecerme menos interesante: la pesca en Cuba. La trama es simple: un viejo (al que ayuda un niño) se enfrenta al mar y se pone a prueba a sí mismo tratando de pescar un pez espada gigante. Como acertadamente dice Greg Nagan en su hilarante La Ilíada en 5 minutos y otros clásicos instantáneos (2000), El viejo y el mar es el Moby Dick de los pobres”.

Las excelentes referencias que tenía de esta obra me hicieron vencer las reticencias acerca de su temática, y doy gracias por ello. ¡Menudo librazo! Con haberme gustado más el de Steinbeck (me quito la careta), admito que este se lleva la palma en esa extraña actividad consistente en manchar el blanco con negro que algunos llaman Literatura. El uso del lenguaje es aquí clave, la sobriedad del estilo, y podríamos repetir todo lo que dije a propósito de De ratones y hombres en el cuarto párrafo de este post.


De hecho, el lenguaje es la clave en ambos libros. Steinbeck recurre al dialecto y la jerga de unos jornaleros incultos, tratando de reflejar ortográficamente ciertas pronunciaciones incultas o regionales. Tito Jemi, en su tónica, salpimenta su obra de expresiones españolas con idea de darle sabor (“salao”, “ay”, “gran ligas”, “bonita”…). Francamente, esto no me impresiona, lo que sí me deja patidifuso es la poesía de unas frases declarativas tan simples, de una prosa tan aparentemente tosca. El Premio Nobel de Literatura lo tiene bien merecido, ahora comprendo que, tras pasarse cien páginas llamando a los delfines “peces” no le dieran también el de Biología.

5 comentarios:

Kike dijo...

illo, pues el viejo y el mar esta en mi lista de libros aburriderrerrimos y sobrevalorados por todos, que por supuesto encabeza el Quijote, pero que este no le va muy atras...

Jordi Santamaria dijo...

Gracias por irnos ilustrando sobre pasajes de la literatura, tu pluma es garantía, tomamos nota.

Cruza la pasarela, jejeje

Quid pro quo: "Mr Nice" de Howard Marks (autobio del mayor traficante de cannabis, físico por Oxford y mu inteligente)

*Ana* dijo...

Porerror, Jordi: tomo nota!!

Se me acumulan los libros por leer...!!!!

SNQEV

Anónimo dijo...

Seguiré tus recomendaciones. Sobre todo me atrae la novelita de Steinbeck, que no la conocía. Tiene muy buena pinta.
De El viejo y el mar solo he visto la peli, que a mí, la verdad me pareció bastante buena, con un Spencer Tracy soberbio, y dirigida por John Sturges.
Así que ¡a leer y a ver pelis! que para eso están las vacaciones.
José.

Anónimo dijo...

Es el día número 29 de mis vacaciones, la vuelta al curro es una puta mierda. Llevo cinco días seguidos de juerga y ya no diferencio la embriaguez de la sobriedad. He entrado en el bar de un pueblo de playa en el que aparece en una pizarra vileda escrita a mano una frase que ya escribió otra mano antes: “Todo lo que se ignora se desprecia” (Antonio Machado).

La imagen de la pizarra en el bar es la que me ha venido a la cabeza instantáneamente cuando he leído este artículo, he picado en el link de Dylan, y en una cadena de links ininterrumpidos me ha llevado a leer el comentario de Harvest sobre Bob Dylan. Desconozco quién se escuda avergonzado en la identidad de Harvest, pero seguro que Neil Young no opina así.

Una de las notas en la carrera de Bob Dylan es la de ser un artista que siempre va cambiando. Continuamente, en los últimos cincuenta años, ha experimentado fases de mutación. Nunca es el mismo que vistes la vez anterior. Por ejemplo, en esta idea se basa la película reciente sobre su vida I´m Not There, en la que un actor, e incluso actriz diferente interpreta el papel de Dylan en cada etapa. Del comentario de Harvest se extrae que éste no tiene ni puta idea de lo que Dylan es desde hace al menos 15 años y reacciona como aquellos que le gritaron Judas en Newport. De esos, desde entonces, siempre ha habido.

Dylan cuenta ya con 67 tacos y muchos cañazos dados por lo que no espero que cante Blowin´ In The Wind amarrado a un buque ballenero con una pancarta de green peace. Creo recordar que desde hace cinco gira tocando únicamente el teclado. Sobre las causas se ha dicho mucho, algunos hablan de una lesión de espalda. La voz rota la tiene desde hace más del doble. Hoy se ha convertido en una especie de crooner que reinterpreta continuamente sus propias canciones, viejas y nuevas, teniendo aún cosas por decir para quien las quiera oír. Puede no gustar, pero no engaña a nadie. A ver eso voy yo, y no a que me guiñe el ojo un simpático anciano que fue otrora una leyenda. Dylan no mira nunca atrás.

El desconocimiento del comentario sobre la obra de Dylan se hace patente cuando Harvest reconoce que no ha escuchado los últimos discos y, aún más, cuando no reconoce canciones de sus discos más famosos. De las 17 canciones que formaron parte del repertorio, fíjese usted que pocas concesiones hace al público Dylan, ocho fueron de sus dos últimos discos, entre ellas, la grandiosa Mississipi, y nueve clásicas. Abrió el concierto con Leopard-Skin Pill-Box Hat, que junto con It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding) Highway 61 Revisited y Like A Rolling Stone, pertenecen a los discos más famosos de Dylan (respectivamente Blonde On Blonde, Bringin It All Back Home y Highway 61 Revisited, ¡vaya trilogía!), tocó If You See Her, Say Hello, que junto con Tangled Up In Blue, pertenecen al nada más y nada menos que Blood On The Tracks (tal vez su obra más íntima y personal) y que aparecen en cualquier recopilatorio de Dylan. Tocó Girl Of The North Country, que gusta hasta a los que lo llamaron Judas, John Brown, que aparece hasta en el Unplugged, y Masters Of War, que la conoce hasta Harvest. La culpa de no conocer las canciones sí que la tiene alguien, ¿no crees, Harvest?

No obstante, al final, a Harvest parece que lo que más le dolió del concierto de Dylan fue lo de los euritos, aunque pretenda obviarlo. Pudiera intentar escribirle a Dylan y pasarle su comentario, lo mismo le envía un giro devolviéndole el dinero.

Bueno, espero haber criticado desde los argumentos el comentario de Harvest, desde mi punto de vista, totalmente desacertado, y ello, desde el cariño que me inspira quien creo que se econde bajo la careta de Harvest, muestra de que lo mismo no está tan de acuerdo con lo que escribe.

De nuevo se me ha aparecido la imagen de la pizarra. Vale.

 
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