Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

lunes, 31 de diciembre de 2007

La mejor noche del año


Veo en el telediario de Antena 3, ese auténtico zoco donde se da cita lo más bizarro, que la agencia de viajes Neyzen (término turco que significa “maestro de la interpretación”) ofrece paquetes de lujo para que sus elitistas clientes pasen la Nochevieja de la manera más exclusiva. Las posibilidades incluyen viajar al Polo Norte, conducir un Fórmula 1, pilotar un avión de caza o ver la tierra desde el espacio, por no nombrar lo más “trillado”: playas privadas, safaris o excursiones de submarinismo.

Estos mismo días, hemos visto en el telediario lo de todos los años: cotillones, cenas con orquesta en hoteles, macrofiestas, barra libre primeras marcas, servicio de guardarropa, asegúrense de que la fiesta tiene licencia… todo se conjura persiguiendo un único objetivo, hacer de la noche del 31 de diciembre al 1 de enero no solo la última sino la mejor noche del año. A priori no estoy en absoluto en contra de esta formulación, lo malo es que esto haya de ser así por cojones. Y la realidad nos dice que, queramos o no, la de Fin de Año no suele ser la mejor, sino una noche más.

Todo el que haya visto Memorias de África sabe cómo puede ser una Nochevieja que no mola, y para evitarlo parece que es obligatorio celebrar a lo grande el paso al nuevo año. Este imperativo a mi juicio alcanzó su paroxismo en la Nochevieja de 1999, con el tan temido “Efecto 2000” (por cierto, recomiendo el tratamiento de este tema en las series Padre de familia y Me llamo Earl). Había gente que de verdad pensaba que el mundo se iba a sumir en el caos, ¿os acordáis? Menos mal que estaba ahí Jennifer López con sus videoclips para explicarnos que no fue así.

Sé que ahora sueno como un Scrooge del Fin de Año, y muchos de los que me leéis sabéis que yo he festejado esa noche como el que más, llegando incluso a organizar fiestas. He probado de todo: cotillones, fiestas privadas, reuniones con amigos, salir de bares, botellonas en pisos, y he pasado la Nochevieja en familia, en pareja, solo, con poquita gente, rodeado de peña… bailando, cantando, bebiendo, pinchando música, jugando al Trivial… por eso sé de lo que hablo. Como diría F. Scott Fitzgerald, yo hablo del fiasco de la Nochevieja “con la autoridad que me concede el fracaso”.

Nunca la cosa resulta tan buena como se la espera, pero creo que el problema no es de la festividad en sí, ni siquiera de las celebraciones, sino de las desmesuradas expectativas que uno le pone. En la adolescencia (bueno, hoy día sé de buena tinta que hasta los niños de doce años alquilan locales para hacer fiestas, pero en mi época era otra cosa) y en la primera juventud supongo que Fin de Año tiene un componente especial, que lo da la novedad, el ir arregladitos, ellas con sus vestidazos y nosotros de traje y corbata (salvo un amigo mío que iba en chándal), salir y quedarse por ahí toda la noche.


También ayuda que el ambiente es de fiesta oficial, todo el mundo va a lo mismo, hay ganas de juerga, se bebe y se baila con desenfreno. Pero claro, si uno va y se arregla, sale, bebe y baila con desenfreno casi todos los fines de semana, y resulta que no tiene hora de volver a casa, pues ya me diréis dónde reside el encanto o la magia de esta noche en concreto. Al revés, la Nochevieja puede convertirse en una de las noches más incómodas del año, con esas colas interminables para barras/servicios/guardarropa, ese frío si vas de ruta de bares, esos tacones, esa proverbial falta de taxis… ¡brbrbrbrbr!

Continuando con las referencias audiovisuales, hay un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre que ejemplifica a la perfección esto de lo que estoy hablando. El protagonista alquila una limusina y organiza para sus amigos una maratón de fiestas de Fin de Año planeada al minuto para que todo resulte perfecto. Al final, todo acaba siendo un desastre y terminan charlando y comiendo perritos calientes. En esa línea, yo este año todavía no tengo plan, pero me veo en mi queli comiendo uvas y tarareando la canción de Mecano “Un año más”. ¡Feliz año a todos!

domingo, 30 de diciembre de 2007

Fin de un viaje infinito: de lujo


Todavía ando reponiéndome de la inocentada que nos dio la web PopMadrid.com en la que se decía que, para acercarse al público indie, TVE había ofrecido a Xoel López participar en el programa Mira quién baila y este había declinado la oferta (pues agarraos porque la noticia era que Sr. Chinarro había aceptado). Aunque lo dudo mucho, es posible que alguno todavía no sepa que Xoel López es Deluxe. No es “el líder” del grupo Deluxe, sino el alma, el factótum del proyecto.

Y da la casualidad de que el pasado mes de marzo Deluxe editó el que a mi juicio ha sido el mejor disco (en) español del año 2007, Fin de un viaje infinito. Sus poderes: pop-rock tirando a clasicón (coordenadas: Beatles, Rolling Stones, Neil Young, Brincos) con muchas guitarras bonitas, letras bastante inteligentes y una clase de las que no abundan en el pop alternativo español. Mal que me pese admitirlo, el indie patrio es un pelín cutre. Entre ñoñadas, chochipop, petardadas y estribillos de MacNamara mal digeridos (con todo el respeto), da como cosica escucharlo.

Pero Deluxe son otros Lópeces (por hacer un chiste con el apellido de Xoel), se nota que este gallego ambicioso y grandilocuente conoce a la perfección el vocabulario del rock, y lo maneja como le da la gana en baladas, temas cañeros, medios tiempos, estribillos, solos… por no hablar de las versiones que suele hacer en directo: The Who, Ryan Adams, Leonard Cohen o Alaska y Dinarama. Aun en la variedad, está claro que Deluxe se escora hacia el pop/beat/folk/rock anglosajón de los años sesenta, que ya es decir bastante.

Es precisamente en directo donde más fuerza transmite (valga el tópico) y donde más cosas demuestra Deluxe. Algo que pudo verse en su actuación del 27 de julio pasado en el Contempopránea de Alburquerque, casi unánimemente valorada como la mejor del festival. Allí don Xoel (acompañado por una banda fantástica que incluía sección de viento metal) cantó, allí tocó la guitarra eléctrica, la acústica y la armónica y se movió como un loco. Allí nos regaló una versión emocionante de un tema de Juan y Junior y allí nos demostró por qué Fin de un viaje infinito es el álbum español del año.

En el indie español, no es que Deluxe corte el bacalao. Es que lo pesca, lo seca, lo desala, lo desmiga, lo cocina con aceite, cebolla, huevo y patatas paja, le añade perejil y aceitunas negras y nos lo da en la boquita. En su último disco, además, lo hace íntegramente en español, tendencia que consolida su anterior trabajo y que se refleja en otros poperos nacionales como Bombones o Sidonie.

Xoel López está muy bien conectado en el pop español, pero transita esa peligrosa senda entre cabeza del ratón indie y cola del león mainstream, donde también encontramos a Iván Ferreiro o a Quique González. Más arriba, Amaral, Pereza o Bunbury, un peldaño más abajo La Habitación Roja y Sidonie. Deluxe ha tenido un par de amagos de hits (el tema central de la película El juego de la verdad o el pegadizo "Que no", machacado en 40 Principales…), pero me late que va a seguir siendo un secreto a voces, un placer pop, como dicen los cursis, para una inmensa minoría.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Nostalgia de otros formatos (y III)


Parece que una serie de factores se conjuran para que finalice mi trilogía sobre nostalgia de otros formatos, tras reivindicar el musicassette y el disco de vinilo le ha tocado el turno a la cinta VHS. Un amigo me presta la película Missing (Desaparecido) de Costa-Gavras pero solo la tiene en VHS. Tengo otro amigo que continúa fiel al vídeo, lo prefiere al DVD, y eso que no ha visto la opinión al respecto de ese titán del cine y los current affairs que fue, es y será don Carlos Pumares. En su impagable videoblog, Pumares dice que el VHS es mucho más fácil de manejar que los actuales DVDs (“explíquenle a mi suegra que para ver en qué idioma la ve tiene que entrar en Configuración o en Set Up).

Recientemente han repetido en La 2 ese sketch de Muchachada Nui en el que una cinta de VHS charla con una grabadora de cassette (sí, la que se queja de que le han metido una paliza “una pandilla de iPods… nanos”). La cinta recuerda cómo en ella se grabaron tesoros del calibre de Dirty Dancing, Robocop, un capítulo de Médico de familia o ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y cómo le arrancaron la pestañica para tiempo después ponerle una tirita de celo y volver a grabar encima.

Pienso que todos los que tenemos una cierta edad hemos hecho algo así, y me gustaría recordar también la emoción añadida de tener un vídeo con doble velocidad, que se podía grabar “lento” (en SP) o “rápido” (en LP), con lo que la cinta duraba el doble. ¿Qué hubiera sido de mi generación si no hubieran existido esas cintas de 4 X 2 = 8 horas para grabar la Gran Final del concurso de agrupaciones del Carnaval de Cádiz?

Sin embargo, no quiero irme de farsante durante más tiempo, en el caso que nos ocupa no puedo abogar por la vuelta del formato antiguo como hice con cassettes y vinilos. Para mí el DVD supuso una inmensa mejora. Aparte de la ventaja obvia de la reducción a la mitad del espacio de almacenamiento, es innegable que la calidad de la imagen en el DVD es incomparablemente mejor. Y a la hora de realizar copias, ni hablamos. Luego está el tema de los idiomas y los subtítulos: yo había películas que tenía compradas en VHS tanto en español como en inglés, por aquello de la V.O. Y ojito si las comprabas en Inglaterra, por ejemplo, porque entonces la V.O. no era también S. Las de la revista Speak Up venían con subtítulos por narices, pero subtítulos en inglés, lo que era un poco alienante. Ahora, con el DVD tenemos todas las posibilidades en una: versión doblada, versión original, sin o con subtítulos en español o en inglés (y en holandés, portugués, etc… todo hay que decirlo).

Lo único en lo que estoy de acuerdo con don Carlos Pumares es que la cinta VHS era más cómoda a la hora de parar la peli en un sitio y retomarla luego, sin tanta gaita de Menú, Episodios y demás (“VHS: usted apagaba el vídeo, se iba en un crucero por el Mediterráneo, volvía, encendía: la película en el mismo punto”).

Ahora parece que se nos amenaza con un nuevo cambio de formato, con el llamado HD DVD y el Blu-ray Disc, que sin duda serán más carísimos y mejores… para las empresas que los venden. Supongo que habrá una batalla, como la hubo entre Beta, VHS y 2000, para ver quién se queda con la mayor parte del pastel del mercado. Conclusión, es probable que todavía nos hagan añorar más al “viejo, querido y entrañable VHS” (es Palabra de Pumares).

viernes, 28 de diciembre de 2007

Oda a la hamburguesa


Como buen lector de Nick Hornby (el de Alta fidelidad), yo soy mucho de confeccionar listas y rankings. Lo malo es que en mi familia no lo han leído y también lo son, hace unos años nos entró a todos un frenesí por dejar constancia en listas de nuestras “10____ favoritas” (sean “películas”, “canciones”, “novelas”, “obras de arte” o “comidas”: de aquella época son las listas que hay en este blog, de hecho). Pues bien, para estupor de muchos, mi lista de 10 comidas favoritas incluía a la humilde pero rotunda Hamburguesa.

Desde chiquitito he sido consumidor ocasional pero fiel de hamburguesas: McDonald’s, Burger King, Wendy’s, el snack bar de mi barrio… pero fue en 1992, en el pabellón estadounidense de la Expo de Sevilla, cuando probé mi primera hamburguesa “de verdad” y empecé a darme cuenta de que la cosa no era como me la estaban contando. Desde entonces, aunque no he abandonado las cadenas de comida rápida, he ido buscando hamburguesas de calidad, y hay que decir que, evidentemente, las mejores son las caseras. Como no siempre se tiene el tiempo ni las ganas de preparar buenas hamburguesas, es interesante saber en qué sitios se pueden encontrar.

La hamburguesa -¡sorpresa!- no es más que una tortita de carne picada frita o a la parrilla entre dos panes. Tan solo eso ya da lugar a infinitas variaciones: tipo de carne, aderezo, método de cocinarla, tipo de pan…, pero es que luego están los extras. Los más normales son la ensalada (lechuga, cebolla, tomate, pepinillo…) y el queso (americano, suizo, azul, Cheddar, Monterrey Jack…). También, por supuesto, el bacon, el huevo, los frijoles, champiñones, aguacate… una buena hamburguesa es algo muy serio, señores.

Por muy denostada que sea la gastronomía norteamericana, hay que concederle que nos ha dado esta maravilla (al menos en su forma actual), y claro que hay hamburguesas que son una porquería, igual que gazpachos o jamón serrano, depende de dónde uno vaya a comer. Para mi gusto, en España se pueden conseguir hamburguesas decentes (no baratas) en las franquicias TGIFriday’s y Foster’s Hollywood, tampoco están mal las del VIPS (esa Argentina Pampera, por Dios), o las de ciertos restaurantes Tex Mex que hay en mi ciudad.

Las mejores que he comido en mi vida (perdón por el esnobismo) fueron algunas de Estados Unidos, donde la hamburguesa puede ser un gran plato en algunos restaurantes. Recuerdo especialmente dos de sitios que no dejaban de ser franquicias: las de Nathan’s Famous y las de Fuddruckers. En este último restaurante puedes comerte una hamburguesa de hasta medio kilo, tú eliges la carne, el tipo de pan, les dices cómo la quieres hecha, tú añades los ingredientes extra que te apetezcan y la preparan delante tuya. Otra cosa que tenía su encanto era ir al drugstore local y tomarse un hamburguesón con aros de cebolla, bebiendo vanilla Coke (una coca-cola con una bola de helado de vainilla dentro).

Otra que recuerdo con cariño: este verano en Brighton (Inglaterra) tuve ocasión de comerme una hamburguesa de 18 euros (ver foto). Era de carne 100% vacuno poco hecha, y llevaba ensalada, queso brie y chutney (una especie de compota) de mango. Tenía un divertido nombre que no recuerdo, y evidentemente hubo que comérsela con patatas fritas y coca-cola. Parafraseando al personaje de Travolta en Pulp Fiction, al verla pensé “para valer dieciocho euros debe ser una hamburguesa cojonuda”. Y pardiez, ¡vaya si lo era!

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Mi disco del año: Favourite Worst Nightmare


Arde Sheffield, arde Inglaterra, el mundo entero está en llamas. Llegan los Monos Árticos. Su música no es tan original. Esos riffs, esas referencias a correr delante de la policía, tienen un más que confirmado tufillo a The Clash. Al cantar exhiben un maleducado acento regional propio del punk. La mala leche que arrastran se la deben a los Smiths. Su actitud nos retrotrae a los Rolling Stones, su nivel de éxito a los Beatles. Y sin embargo…

Y sin embargo, por ejemplo, un pope de la radio española como es Diego Manrique dijo de ellos en El ambigú de Radio 3: “Por una vez, la nueva sensación de la música británica es precisamente eso, sen-sa-cio-nal”. Con menos de veinte años su primer disco batió records de ventas rápidas, sus primeros singles fueron número 1 en listas sin apenas promoción. Sobre todo el “boca a boca” y una publicidad internáutica tipo viral. Hace dos años ya se les presentaba como la Gran Esperanza Indie.

Pues bien, el 2008 está en puertas, y, volviendo la vista atrás podemos decir que la promesa se ha cumplido con creces. Esta primavera pasada los Arctic Monkeys dieron al mundo su segundo trabajo, el impecable Favourite Worst Nightmare. Este ha sido el disco de la confirmación, de despejar todas las dudas de que no nos encontrábamos ante un simple bluff. La crítica se ha deshecho en elogios, el New Musical Express, la web All Music Guide, las revistas Mojo, Billboard y Q le han dado todos como mínimo una nota de cuatro estrellas y media sobre cinco o un 9/10.

Personalmente, he elegido el Favourite Worst Nightmare como mi disco internacional del año (otro día diré el nacional) porque ningún otro disco me ha producido sensaciones ni siquiera parecidas. A lo mejor los ha habido más completos, mejor producidos, por supuesto que más bonitos, pero para mi gusto no más electrizantes. No voy a soltar aquí el topicazo de rock and roll en estado puro, pero lo cierto es que estas canciones tan cortas, tan energéticas, tan urgentes, representan lo mejor de la tradición, siendo como son lo último y lo más indie. Sus melodías son pegadizas, las guitarras suenan ruidosas pero precisas, los ritmos son bailables, la voz tiene el tono justo de chulería (vuelvo a The Clash, a Oasis, a los primeros Who), y las letras… merecen capítulo aparte.

Hasta quien no sepa inglés puede captar que hablan de rabia juvenil, de frustración, de ganas de comerse el mundo. Y además lo hacen de un modo humorístico pero sobrio y sorprendentemente gráfico (un ejemplo, de la canción “Brianstorm”: “No podemos quitar la vista de la combinación de camiseta y corbata/ ¡Hasta luego, innovador!”). Lo mismo te hablan de jugar a las grúas que dan premios en las ferias (“Teddy Picker”), que de ponerse un pasamontañas para cometer una fechoría (“Balaclava”). Tan pronto describen el amor entre una señora de mediana edad y un mozalbete (“Fluorescent Adolescent”) que te piden por favor que les partas la nariz (“Do Me a Favour”).

No me cabe duda de que estamos ante uno de los grupos de la década. Yo este año 2007 me quedo con el álbum de Arctic Monkeys, que además de provocar un terremoto mediático me ha hecho recordar las razones por las cuales me gusta la música en primer lugar: me han entrado ganas de saltar, cantar, bailar, morder, gritar… igual que me pasa con los Beatles, Elvis Costello o Nirvana.

martes, 25 de diciembre de 2007

"¡Atiende, qué disfraz!"


“¡Gallianorrrrrrr!” -gritaba Joaquín Reyes transmutado en celebrity en Muchachada Nui. “¡John Galliano es un referente de la moda actual!” –amonestaba Cristina de Supermodelo a una aspirante a supermodelo incapaz de reconocer la foto del personaje. “¿No sabes quién es John Galliano? Es una mezcla de Farruquito, Dalí y Piratas del Caribe -explicaba Pilar Rubio a Miqui Nadal en Sé lo que hicisteis…

Yo confieso que hasta hace un par de meses no tenía ni la más remota idea de quién era este gran modisto, creador para la firma Dior (o “¡Díorrrrrrr!”, como graznaba Joaquín Reyes). Viendo sus diseños, uno se da cuenta de que el mundo de la moda está loco, algo que ya intuí leyendo Glamorama de Bret Easton Ellis o viendo El diablo viste de Prada. Pero líbreme Dios de criticar en mi ignorancia a este artista, y lo digo sin ironía. A mí sus creaciones me parecen “espantajerías y mamarracheces”, pero ya lo advierte el refrán: “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”.

Cuidaico con el tipo. Los vestidos de John Galliano los han llevado las más de las más: Diana de Gales, Charlize Theron, Kate Moss, Cate Blanchett, Nicole Kidman, Penélope Cruz… sus perfumes se anuncian y se compran por todo el mundo, del modo más glamuroso. Nada que objetar a sus colecciones, donde mezcla el look bohemio con el mundo del teatro, y lo mismo se inspira en los sin techo que en el concepto de feminidad. Galliano saca al año seis colecciones de alta costura y prêt-à-porter, entre su propia marca y Dior. De hecho, su estreno hace diez años como estandarte de la casa francesa tuvo lugar nada menos que en el desfile del cincuentenario de esta firma, maison fondée en 1947.

Ahora bien… como personaje, ¡menudo personajazo! Es Mugatu, el de Zoolander. El verdadero nombre de John Galliano es Juan Carlos Antonio Galliano Guillén, natural de Gibraltar. Siendo británico, les ha colado un golazo a los franceses al ponerse al frente de la maison Dior. De hecho, Galliano es Comandante de la Muy Excelente Orden del Imperio Británico, igual que los Beatles. Su imagen es fascinante, eso es innegable, aunque solo sea por el desafío al sentido común que supone el hecho de que un personaje tan estrafalario sea considerado máximo árbitro de la moda actual. Tres cuartos de lo mismo pasa con Anna Piaggi, esa fashionista italiana que se viste de mamarracho y se pone unos sombrericos absurdos, una vez llegó a llevar un zapato en lo alto de la cabeza. ¡Una autoridad en el estilo y el buen gusto, oiga!

Siento que Galliano la ha superado (nos ha superado a todos) al aparecer recientemente con traje de luces (véase foto). Cuerpo tiene, desde luego, el tío se levanta diariamente a las seis de la mañana para hacer deporte, pero me da a mí la impresión de que lo que trae más duro no son los abdominales sino la jeta. Mientras nos siga deleitando con este tipo de disfraces, seguiré siendo fan suyo a ultranza. Y me consta que no soy el único. A mí me llaman friki, pero tengo un amigo que fue a Paris y no descansó hasta llegar a la rue François 1er, donde está el cuartel general de Dior, para hacerse una foto gritando “¡¡¡Gallianorrrrrrrr!!!”

lunes, 24 de diciembre de 2007

Finalmusik: novelaza


Antes de nada, ¡Feliz Navidad a todos! Luego toca regalar algo y no sabemos qué, puede que un libro. Y ¿por qué no regalar un buen libro? Por ejemplo este del que voy a hablaros.

Desde su estantería me llamó Finalmusik (2007) de Justo Navarro, una excelente novela que tiene algo de confesión, algo de intriga y algo de fresco postmoderno de la sociedad que nos ha tocado vivir. La trama se pone en marcha de un modo simple: un joven traductor se encuentra en Roma vertiendo al español una novela italiana superventas sobre el Frente Ruso de la 2ª Guerra Mundial. Durante sus últimos días allí, le suceden una serie de incidentes alucinatorios con algunos personajes como una limpiadora de la que se ha hecho amante, el marido de esta –ex-boxeador olímpico-, un obispo polaco-alemán caído en desgracia, una profesora de semiótica de Bolonia (¿guiño a U. Eco?), su marido, que es infiel pero íntegro en su trabajo de economista del estado, el novelista cuya obra está traduciendo… todo esto con el telón de fondo de un caluroso agosto italiano neurotizado por un ultimátum islamista.

Una vez más, lo importante no es el qué se cuenta sino el cómo se cuenta. La novela se divide en capítulos, y estos a su vez en pequeños fragmentos que alternan el monólogo interior con la tercera persona. La historia del presente (Finalmusik se desarrolla en 2004) se entrecruza con la del libro que el protagonista está traduciendo, una trilogía de novelas policíacas ambientadas en el cuerpo de voluntarios italianos que Mussolini envío a Rusia en 1941, y esto se hace con mucho arte, casi imperceptiblemente.

El misterio policiaco de antaño se superpone a otras investigaciones en la Roma actual, la del caso de un asesino en serie abatido por la policía, la de una trama de corruptelas financieras en plan Operación Malaya, la del terrorismo islamista… y así se va configurando una maraña de pasillos, despachos oficiales, habitaciones, escuchas telefónicas, agentes dobles o triples, interrogatorios, camas y controles de seguridad que envuelven la peripecia del protagonista de forma casual pero inexorable.

Mis puntos de referencia mientras leía Finalmusik han sido Kafka (versión El proceso) y el Bret Easton Ellis de Glamorama. El primero por toda la paranoia opresiva de un estado espía, acusaciones imposibles y un farragoso entramado burocrático (en realidad dos estados: el italiano y el vaticano). El segundo por la mezcla fácil del horror con lo cotidiano, la fragmentación formal del libro y la voluntad de ser el documento de una época (en Glamorama, de 1998, también había atentados islamistas) poliédrica, de apariencias y falsedades: espejos, pantallas de televisión, grabaciones, traducciones, adaptaciones cinematográficas, versiones de versiones de versiones. Ya lo avisa el dicho italiano, “Traduttore, traditore”, y aquí el narrador es un traductor. Pero también son traidores los novelistas, actores, políticos, teóricos de la semiótica, agentes secretos, funcionarios vaticanos, en lo que constituye un formidable ejercicio de ventriloquía internacional muy post 11-S.

También he pensado al leer este libro en Roberto Bolaño (otro cronista del horror por fascículos), y en lo que se dijo en este blog sobre la literatura de calidad y la dificultad que entraña leerla. Pues bien, Finalmusik es un libro de ahora, postmoderno, levemente cultureta, pero no es en absoluto difícil de leer. Para nada. Antes bien, se trata de una novela con un protagonista, unos secundarios, una trama y un espacio-tiempo muy bien delimitados, y una narración prácticamente lineal. ¿He oído bien? ¿Buena literatura y fácil de digerir? ¡Ya tardáis en leerlo!

domingo, 23 de diciembre de 2007

1.000 visitas


Bueno, bueno, bueno. Sé que Estatuas Verdes no lleva en marcha ni un mes y medio todavía, y que es demasiado pronto para celebrar ni conmemorar nada. Sin embargo, con motivo de haber sobrepasado las 1.000 visitas no quería dejar escapar la oportunidad de daros las gracias a vosotros, los lectores, que sois la razón de ser de este blog.

Como dije al principio, la idea de hacer esto era comunicarme con el máximo de gente posible, empezando por los más allegados y sobre todo gente cercana a mí pero lejana en el espacio. Para escucharme a mí mismo mis propias opiniones ya me las sé de memoria, aquí lo interesante era la reacción de los lectores, y debo decir que me hallo gratísimamente sorprendido. 1.000 visitas es algo con lo que yo fantaseaba tarde o temprano, a los tres meses o así, pero ni en mis más optimistas predicciones me hubiera figurado que se iban a alcanzar antes de Navidad.

Contando con que yo entro al blog un par de veces al día (una para colgar el post y otra para ver cómo anda la cosa), quitemos de las 1.000 unas 80 –pongamos 100- veces en que los hits registrados por el contador corresponden al autor. Aún quedan más de 900, que entre los días que lleva el blog nos da una media de aproximadamente 25 entradas diarias a Estatuas Verdes. Veinticinco es poco más o menos el número de personas a las que yo avisé de que iba a empezar un blog, pero me consta que muchas de ellas no lo leen, y que hay otra gente que sí lo lee sin haber recibido aquel mensaje inicial. Muchas gracias a todos.

También me consta que hay gente que lo lee a diario y espera mi posts con ilusión, bastantes hay que dejan escritos sus comentarios, a estos quería darles las gracias especialmente, ya que los comentarios de los lectores son el verdadero motor que me motiva a escribir. Y a los que cuando me ven me dicen “yo escribiría, pero es que me da vergüenza” les diría que no la tuvieran, que se animen y que manden sus pequeños comentarios aunque sea de modo anónimo.

A veces los temas de los posts me surgen de la experiencia cotidiana, a veces tiro de enciclopedia, pero lo que más me mola es cuando escribo inspirado por alguna conversación o algún link que me envían amigos y conocidos lectores. Más de uno sabéis que vuestras sugerencias sobre temas siempre han acabado publicadas en Estatuas Verdes.

Ayer y hoy, sin ir más lejos, he tenido varias y fructíferas conversaciones con amigos de las que sin duda saldrán cosas sobre lo que escribir. Esta misma tarde, un amigo también autor de blog me comentaba entre la desolación y la sorna: “¿Tú eres consciente de que esto no lo lee nadie?” Pues mira, con que lo lean mis amigos y familiares ya tengo recompensa más que de sobra. ¡Gracias a todos, y seguid enviando vuestros comentarios!

sábado, 22 de diciembre de 2007

Quería hablar de Brian

Hoy escribo este post porque quería hablaros de mi pasión por Brian Wilson… genio loquito responsable de los Beach Boys. Lo que mucha gente no sabe es que Brian es autor también de una impresionante obra musical en solitario, irregular y un poco errática, es verdad, pero lo mismo le pasaba a Curro Romero (con el toreo, se entiende). Brian podrá haber hecho muchas tonterías y locuras (hay que recordar que tiene una enfermedad mental), pero, amigo, cuando le da por destapar el tarro de las esencias…

Una amiga me dijo que “me privara” cuando leyó que entre las diez canciones más bonitas del mundo (tenéis la lista a la izquierda en el blog) había incluido nada menos que tres de los Beach Boys (y las tres primeras, además). También podía haberme acusado de que en la lista de mis diez álbumes favoritos de todos los tiempos figuren uno de los Beach Boys (Pet Sounds de 1966) y otro acreditado a Brian Wilson en solitario (SMiLE) pero que en realidad es como si fuese un disco “perdido” de los de Hawthorne, California. Sería miope atribuir todo el mérito de los Beach Boys exclusivamente a Brian: su hermano Dennis también tenía una afinación perfecta, como él, Mike Love y Carl Wilson demostraron sobradamente su calidad como compositores (sobre todo durante los periodos en que a Brian se le iba la perola). Pero yo cifraría la contribución de Brian en un 80%, y luego están sus discos en solitario.

La reciente escucha de uno de ellos, Brian Wilson (1988), me ha recordado todo lo que tiene de bueno, bonito y positivo la música de este hombre. La gente asocia Beach Boys a canciones surferas o de coches, un poco descerebradas en las letras y simples en la música (no dejan de ser rock and roll). Tienen parte de razón, pero solo parte ya que el legado de Brian/Beach Boys no se reduce necesariamente a eso.

Lo que mucha gente desconoce es que Brian Wilson, el hombre que literalmente rezaba para que sus canciones fueran un éxito, es uno de los autores del universo rock con una mayor carga de espiritualidad en su obra. Se ha repetido hasta el tópico que él mismo describió el álbum SMiLE (previsto para los Beach Boys en 1967, malogrado y finalmente rescatado por Brian en 2004) como “sinfonías adolescentes para Dios”. Y no bromeaba, la primera del disco se titula “Nuestra oración”.

Incluso en su tratamiento del amor de pareja, o de temas triviales como un viaje en coche o una salida al cine, Brian intenta que su música contagie algo de energía positiva y espiritualidad. Si todo esto os suena a buenrrollismo, lo es: por algo estamos hablando de una de las figuras líderes de la California de los años sesenta. La canción "Love and Mercy" (del Brian Wilson) retoma ese tema: hay que amarse y tenerse compasión, todo el mundo necesita ser amables los unos con los otros. Realmente se trata de un misticismo laico, pero no deja de ser espiritual. Pienso que si Brian (cuyo pop es de los más arty que ha habido y hay, hasta el punto de que yo mismo me he extrañado al calificarlo de rock en el párrafo anterior) hubiera vivido en la Europa del siglo XVII hubiese sido un Bach, hubiese compuesto cantatas y oratorios. Ignoro cuáles son sus creencias religiosas, pero la música que hace siempre trata de elevarnos con sus coros angelicales, clavicordio, orquestación de cuerdas y vientos… parece música sacra.

Nunca olvidaré las sesiones que organizaba en mi cuarto cuando vivía en Inglaterra: un montón de amigos nos sentábamos donde podíamos, apagábamos las luces y escuchábamos en comunión el Pet Sounds. Todo el mundo escuchaba expectante, realmente era un clima mágico, allí nadie respiraba. Unas cuantas cancioncillas más tarde, el aparato de música se quedaba en silencio y todos suspirábamos sin vernos, sabiendo que ahora éramos un poquito más sabios, un poquito mejores gracias a Brian y a su música.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Lotería de Navidad: ¿el gran fraude?


Quería empezar el post de hoy diciéndoos que lo siento. ¿El qué? Pues que este año tampoco os va a tocar la Lotería de Navidad.

Pero no hay que preocuparse: siempre nos quedará la ilusión, somos millonarios en ilusión, ya saldrán los telediarios que abrirán con La Bruja de Oro de Sort, burlándose con su escoba mágica del dineral que nos hemos gastado en lotería sí o sí este año también. Por nuestras pantallas desfilarán rostros sonrientes de gente manchándose las manos con espuma de cava, el locutor dirá que el premio ha estado “muy repartido”…. Y ¿adivinan en qué se van a gastar el dinero los afortunados? Pues “en la hipoteca” y “en tapar unos agujerillos”. ¡No pasa nada! En realidad todos nos alegramos de “que caiga donde haga más falta”, y además ya está ahí el Sorteo del Niño para acabar de perder el reintegro que cobramos en el de Navidad.

El Gordo lo habrán dado unos Niños de San Ildefonso cada vez más políticamente correctos, que cantarán premios imposibles en euros. “¡Mil euros!” ¿Qué es eso?, si parece que se están recochineando del sueldo de algunos… (“Mil euros”, eso es lo que cobráis, panolis). ¡Por favor! Me parece estupendo que ahora los niños sean chinos o ecuatorianos pero por lo que no paso es por que se haya abandonado aquel mítico “¡125.000 pesetas!”.

Menos mal que perviven auténticas tradiciones como esos transistores con retahílas interminables de números en los puestos de trabajo (este sorteo es muy de taxis, conserjerías, oficinas… ¿no?). Ahora bien, frikada máxima la retransmisión del sorteo por la radio, pero más aún por televisión. El Pulpo de Cadena 100 con orejas de Shrek fingiendo un infarto porque finge que le ha tocado, la pareja con el traje de botones en plan pearly king & queen londinenses, el señor con la chaqueta confeccionada a base de décimos del año pasado, uno disfrazado de troglodita…

¿Y qué decir de esos anuncios para la lotería? ¿Cómo estaban aquellos anuncios con el entrañable Calvo de la Lotería y la sintonía de Dr. Zhivago? Como dijo Buenafuente la otra noche, “antes ponías al Calvo soplando purpurina y ya tenías hecho el anuncio”. Pero se ve que el Calvo (un actor inglés) cometió un pecado de hybris u orgullo desmedido: quiso cobrar más y lo echaron. Los anuncios de los dos últimos años… ¡nada que ver! Unos personajes absurdos haciendo cosas sin sentido, y de fondo un tema de Cinema Paradiso. ¡Que vuelva el Calvo! Los anuncios navideños, señoras y señores, no hay que cambiarlos. Miren si no ese del turrón que vuelve a casa por Navidad vestido de recluta cuando la mili la quitó el PP en el año 2001.

Los extranjeros se quedan flipados con nuestro Sorteo Extraordinario de Navidad, y no es para menos: este año (según ABC) los españoles nos hemos gastado 2.713 millones de euros en lotería, poco menos será lo que se reparta (he aquí la palabra clave) en casi 25.000 premios, las ventas para el 22 de diciembre suponen el 50% de toda la lotería del año, los décimos para este sorteo se empiezan a vender en agosto…

Si me tocara la lotería yo no dejaría de trabajar… más que nada porque no podría. No, en serio, no lo dejaba. Y es que también yo este año llevo lotería por varios miles de las antiguas pesetas. He comprado, he regalado y he recibido… pero lo único seguro es que no me va a tocar.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Chicos malos sensibles


En días de color más o menos grisáceo, en los que hace frío y amenaza lluvia recurro a algunos artistas que me ponen de especial buen humor. Últimamente he conseguido (eufemismo por “comprado”) un par de CDs de unos músicos de este género. Se trata de dos CDs que andaba buscando desde hacía meses, uno de Dwight Twilley Band (DTB) y otro de Phil Seymour. Son reediciones recientes, en el caso de la DTB de los álbumes Sincerely (1976) y Twilley Don’t Mind (1977) y en el de Seymour de su debut homónimo de 1980.

Se da la circunstancia de que Phil Seymour también era miembro de la DTB, y de hecho cuando él y Dwight Twilley (los de la foto) lanzaron sus carreras en solitario ambos participaron en las grabaciones del otro. Yo ya tenía el Twilley (1979) y el Scuba Divers (1982) supuestamente de Dwight Twilley en solitario, pero me llevé la sorpresa de que en esos también participa Seymour. Y en el de Seymour en solitario, además de Dwight Twilley aparece Bill Pitcock IV, guitarrista de la DTB. ¡Qué lío, no? El que lo haya entendido que levante la Fender.

Escucho con atención los discos: una vez más me vuelvo a emocionar con las canciones que ya conocía y que me hicieron buscar estos álbumes: “I’m On Fire”, “Precious to Me”, clásicos imprescindibles del power pop. Con el power pop (ese subgénero melódico y guitarrero del rock de finales de los setenta/principios de los ochenta) pasa una cosa curiosísima. Como te guste se convierte en un veneno, siempre quieres más y si te metes dentro lo suficiente pierdes la perspectiva, de modo que gente de segunda o tercera fila (o directamente desconocidos) te parecen grandes figuras de talla incuestionable. Pero en el caso que nos ocupa no exagero, Twilley y Seymour son impresionantes.

Y sin embargo, estos discos no obtuvieron en su día la repercusión esperada por los propios artistas y su sello discográfico. Vamos, que fueron un fracaso. Se adujeron problemas de fechas, de oportunidad de los lanzamientos, de cambios en los gustos del público… “Merecía haber sido un éxito” o “inexplicable que fracasara” deben ser las frases más repetidas en las críticas de los discos de power pop clásico de grupos como Big Star, Badfinger, The Raspberries, Cheap Trick o la saga Twilley/Seymour.

Una amiga vio la foto de estos dos tipos de arriba y los catalogó de “chicos malos sensibles” (whatever that means). “¿Cómo te pueden gustar?”, pregunté yo, pues hasta ahora nunca los había visto como otra cosa que músicos, claro. Y pensando, pensando, he llegado a la conclusión de que mi amiga, en su ingenuidad dio una excelente definición del power pop: malos + sensibles, lo que traducido resulta “rock and roll + Beatles”. Y eso, precisamente, es lo que nos brindan grupos y cantantes como los que recuerdo aquí hoy, canciones preciosísimas, mezcla de pop sesentero británico y rockabilly

Yo con vuestro permiso, diría que son bastante moñas. ¿Os atrevéis a escucharlos?

miércoles, 19 de diciembre de 2007

"Senatus Populusque Playmobilis"


El otro día por la calle vi a un señor con una bolsa de una juguetería y dentro llevaba lo que me pareció una galera romana de los clicks. No puede ser, razoné, si los clicks no tienen cosas romanas. Los que las tenían eran los Airgamboys (¿los recordáis?), y esos hace años que ya no se fabrican… (Inciso: ¿cómo estaba ese Airgamboy futbolista con melena rubita que llevaba la camiseta del Atlético de Madrid y del Barcelona? Era el avatar de uno que creo que ahora se dedica a entrenar al Real Madrid).

Esta mañana en la tele veo entre el aluvión de juguetes navideños el anuncio de los clicks de Playmobil de la Roma Antigua. ¡Fantasía! Por lo que se ve hay legionarios (con su ballista y todo), carreras de cuádrigas, una galera, un emperador… los señores de Playmobil no parecen tener muy clara la distinción Circo = carreras vs. Anfiteatro = luchas de gladiadores, pero no creo que los niños que vayan a jugar con eso la tengan tampoco. Rigor histórico aparte, por lo menos estarán jugando a algo de Roma, señores. De donde venimos.

Hace poco tuve la oportunidad de ver en Madrid la exposición ROMA: SPQR sobre Roma y su imperio durante los siglos I al IV. Aquello me hizo reflexionar acerca de la divulgación de la Historia (el contenido de la muestra era un poco light, y más aún lo era la presentación). Jugar con clicks romanos puede ser una bonita forma de aprender divirtiéndose. Recuerdo que los clicks tenían muñequitos de la Edad Media, del Oeste americano, napoleónicos, piratas del Siglo de Oro, vikingos…y últimamente, de principios del siglo XX. Por no hablar de su aspecto educativo en general, sobre profesiones y situaciones como la granja, el hospital, la escuela, el zoológico, el circo, la pesca, el aeropuerto… en Estados Unidos llegué a ver un Nacimiento de Playmobil, con su Misterio, sus Reyes Magos y todo.

Aunque muchos de los escenarios de los clicks incluyen armas de todo tipo y personajes militares, siempre se ha evitado las guerras contemporáneas y el derramamiento de sangre explícito, supongo que por una cuestión de gusto. Me temo que para estos clicks romanos no fabricarán a sus homólogos cartagineses o bárbaros. ¿Qué haremos entonces con los clicks legionarios? Supongo que no habrá más remedio que reproducir las guerras civiles de Roma: mini-César contra mini-Pompeyo, etc.

Y, llamadme antiguo, pero yo sigo pensando que para jugar, siempre será mejor moverle la manita al click para que aseste un gladiazo a otro congénere que mirar en una pantalla el Imperium Civitas II. ¡Viva la romanización!

lunes, 17 de diciembre de 2007

Muamar el Gadafi: ¡personaje!


Cuando yo era chico, tenía un juego de mesa llamado Petropolis, una especie de Monopoly pero en plan OPEP. En vez de calles había países, en lugar de casas pozos petrolíferos y plataformas en vez de hoteles. Pues en este juego conocí al país de Libia, modesto pero orgulloso productor de crudo. No pasó mucho tiempo antes de que mis amigos y yo jugásemos con avioncitos de plástico norteamericanos a bombardear una Libia de plástico, reflejo de lo que veíamos en las noticias. Corría el año 1986.

El líder de Libia (o “Hermano Líder”, como gusta de hacerse llamar) era y sigue siendo el Coronel Muamar el Gadafi, desde que en 1969 diera un golpe de estado para quitar al rey y ponerse él. El Gadafi de mi infancia vestía siempre de uniforme militar y gobernaba el país con un sistema llamado “Islamismo Socialista” (?), siendo su credo el antiimperialismo y el pan-arabismo.

Todavía recuerdo aquellas imágenes suyas en una ceremonia pública pisoteando la bandera USA con un brío que ¡ríase usted del “zapateado” de Sarasate!

Luego vino lo del vuelo 103 de la Pan Am (“atentado de Lockerbie”, 270 muertos) y otros atentados, violaciones de los derechos humanos en su país… baste decir que le tocó tanto las narices al presidente Reagan que los americanos le bombardearon varias veces Libia, llegando a volarle su propia casa en una ocasión.

Cómo sería el nivel del personaje que La Hora Chanante le dedicó un “Testimonios” en el que Gadafi decía “estoy con la gente moruna, cetrina, con turbante”. El Gadafi “chanante” también admitía que ya pintaba poco en el concierto internacional.

Pues ahora resulta que se viste con una especie de caftanes, una montera y una perillica de estudiante de Biología y de pronto se convierte en el mayor aliado de Occidente contra Al-Qaeda. De hecho, dicen que esta organización tiene a Gadafi en el punto de mira.

Y ahora Gadafi (bendecido por Blair, el novio de Carla Bruni y el Departamento de Estado norteamericano) ha venido a España con su jaima y todo. Y viene acompañado de una guardia pretoriana de treinta amazonas vírgenes dispuestas a dar su vida por él, cuando tiene gazuza se hace sacrificar un cordero… A mí, qué queréis, este tipo me parece un personajazo digno de los libros de Tintín. Igual que su amiguito Hugo Chávez… ¡¡¡ay, el petróleo!!!

¿Habrá cambiado de verdad Gadafi y se habrá vuelto bueno? Por si las dudas, conviene recordar todo lo que he contado aquí al principio. De momento, el joío ha pedido venir a visitar Sevilla, Córdoba y Granada (lo que es Al-Andalus). ¿No será que viene en misión de reconocimiento?

domingo, 16 de diciembre de 2007

¿Existe Espinete?


Una compañera de trabajo con muy mala idea me manda un montaje de YouTube: usando de banda sonora un tema de El canto del loco (“Aquellos años locos”), se trata de una sucesión de imágenes de series, programas e iconos infantiles tales como El equipo "A", V, Barrio Sésamo, Naranjito, Parchís, D’Artacan o Candy Candy.
http://es.youtube.com/watch?v=au3QLxlIUYw

Más allá de la canción, que a mí me gusta, me emociona el montaje por su selección de imágenes: me pone los pelos de punta en varios momentos, y no lloro porque no soy de llorar, que si no….

Creo que es inevitable, a medida que la generación que tenemos entre 25 y 35 años vamos alcanzando puestos importantes y cuotas de poder (ya hay bastantes funcionarios, jefes de cosas, directores, empleados fijos…) y vamos teniendo más poder adquisitivo, ya va siendo hora de que los contenidos de las pelis y los programas de televisión nos hagan un poco la pelota a nosotros. Basta ya, por favor, de Massiel en Eurovisión o del gol de Marcelino o de quien sea en no sé qué Eurocopa. Mientras le llega el turno a los que deben nostalgizar sobre Halo 3, Harry Potter o David Beckham, nosotros somos los reyes. De ahí la presencia inusitada de Naranjito, la Bruja Avería y la Nocilla en nuestras pantallas y publicaciones (me remito a dos botones de muestra: la serie Gominolas de Cuatro y el título de la novela Nocilla Dream de Eduardo Fernández-Mallo).

Hace ocho meses fui a ver en Madrid, en el Teatro Gran Vía, una obra titulada Espinete no existe, donde Eduardo Aldán, de la escudería de “El club de la comedia” ponía en solfa todo este rollo nostálgico y desenmascaraba (o deconstruía, como se dice ahora… ¡si Jacques Derrida levantara la cabeza!) entre otras cosas las incongruencias de Espinete. Que si iba en bolas pero dormía en pijama, que si comía arroz a puñados y se le caía por la comisura de los labios, etc…

La obra no dejaba de ser un monólogo extendido con bastante gracia pero que llegaba a cansar, sobre todo desde que uno se daba cuenta de sus trampas. Hay que tener en mente que el público iba muy predispuesto (entregado), yo mismo estaba eufórico de ver una obra supuestamente sobre Espinete. Nada más entrar te regalan un chupachups y claro, en cuanto te sueltan el consabido “¿Cómo están ustedes?”, o te empiezan a hablar de los Sugus, Naranjito, o Campeones pues a ver quién es el guapo al que no se le escapa una sonrisa. Pero el texto era flojito, y también la dramaturgia. Aquello no llegaba a teatro, era en todo caso humor, bastante bueno pero no excelente (y cobrado a 20€, para durar poco más de una hora). Aún así, la obra continúa en cartel y yo la recomiendo para todos aquellos nostálgicos impenitentes de mi generación.

En fin, que mi infancia ya me la conozco. Para conocer la de los chavales de ahora (y un poquito la de los de todas las épocas) recomiendo mucho mejor el montaje C’est la vie! de Bric-a-brac Teatro, infinitamente más lúcido, sorprendente y con una enorme capacidad para emocionar.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Escuchar música en el coche


El otro día leí no sé en qué libro algo con lo que estoy completamente de acuerdo: donde mejor se escucha la música es en la radio del coche. Por supuesto que no me estoy refiriendo a la objetiva calidad del sonido, sino al coeficiente de disfrute, difícil de medir pero no por subjetivo menos real. He buscado la cita exacta para ponerla aquí, pero como no he tenido narices de encontrarla pongo otra del grupo americano de power pop The Raspberries, de su tema “Cruisin Music” (música para el coche):

“Con mi radio bien alta/ nada me hace sentir mejor/ que un poco de buen rock and roll”.

Y es que durante la semana pasada he tenido ocasión de comprobarlo una vez más, cuando iba en coche y se ha dado el milagro de que pusieran en la radio algunas de mis canciones más queridas: “Imagine” de John Lennon, “Suspicious Minds” de Elvis Presley, “Don’ t Cry” de Guns n’ Roses, “Ziggy Stardust” de Bowie, “Sultans of Swing” de Dire Straits… las hay más indies o más a la moda, pero no mejores. ¿Recordáis la escena de El mundo de Wayne en que todos se emocionaban cantando “Bohemian Rhapsody” dentro de un coche? Pues en ese coche iba yo.

También recuerdo que en la película Solteros, el personaje de Matt Dillon (un cantante grunge bastante pardillo que por cierto, le instala a su novia una radio en el coche y le rompre las ventanillas de lo alto que la pone) clamaba en un momento de frustración “¿Dónde están los himnos de nuestra generación? ¿Dónde el “Smoke on the Water”?” No deja de ser una puesta al día del tópico latino ubi sunt?, pero hay muchas veces en que yo también me lo pregunto. Pero el objeto de este post no es hacer nostalgia musical, sino reivindicar la escucha de la música dentro de un coche. Luego, que cada cual escuche lo que más le mole.

Cuenta la leyenda que el productor neoyorquino Phil Spector, el que nos dio a las Ronettes y a los Righteous Brothers, entre otros, solo quedaba satisfecho de sus grabaciones cuando escuchaba el producto final en los altavoces de una ratonera radio de automóvil (por supuesto, en mono). Decía que así era como iban a escuchar las canciones la inmensa mayoría de sus potenciales compradores, y que era la única manera de cerciorarse de que una grabación había quedado perfecta.

Ahora que no nos oye nadie confesaré que una de las razones que me impulsaron a adquirir la mejor versión del modelo del coche que tengo fue el hecho de que incluía seis altavoces en lugar de cuatro. Y se nota la diferencia. Lo dice uno que ha sufrido décadas de viajes familiares con la radio bajita y las ventanillas bajadas. ¡Qué coraje da cuando no se escucha bien la música en el coche!

Otro secreto que os cuento. Mi profesor de autoescuela era un erudito de la música alternativa y claro, después de todas las clases de conducir escuchando a The Go Betweens, la buena vida o The Posies, cuando llegó el momento del examen me costó horrores concentrarme precisamente porque no llevaba la radio del coche puesta.

Espero que no me llegue a ocurrir como al personaje de un cuento de Sergi Pàmies, que cada vez que escucha en su Audi el CD de algún artista, este fallece (le pasa con Barbara, Stéphane Grappelli, Sonny Bono y Carl Perkins) y cuando se enamora de una clarinetista teme poner su disco por lo que pueda pasar.

De momento, lo que sí es seguro es que una persona conocida –también fiel al credo de que el mejor sitio para oír música es el coche- me confesaba que a veces había llegado al extremo de continuar unos minutos escuchando canciones una vez llegado a su destino, aparcado, con el motor en marcha. Mis vecinos, si alguna vez me los cruzo en el garaje, me toman por loco. Porque yo también lo hago.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Amy Winehouse: le tira a los palomos


El título de este post quiere decir que a niña Amy (24 años) le gusta mucho el alcohol, y a juzgar por los pinchazos que se le han visto en ciertas fotos podemos deducir que no es el único vicio que la pierde. Tampoco es que esta cantante inglesa engañe o sea una hipócrita, títulos de canciones como “Desintoxicación”, “Zapatos de follar”, “Sabes que no soy buena” o “Las lágrimas se secan solas” nos dejan atisbar un estilo de vida complicado. No en vano el título de su último DVD -un directo en Londres- es Te dije que te traería problemas (un verso de su canción más famosa).

En esa misma canción “You Know I’m No Good”, Amy canta la que para mí es su mejor línea (traduzco): “Me olisqueaste como si fuera ginebra Tanqueray”. Por si esto fuera poco, la criaturita también es bulímica (hay que ver lo desmejorada que está comparada con hace 4 años) y tiene una tormentosa relación sentimental de la que a menudo sale con arañazos y moratones. Amy es una fija del Corazón británico (estilo Pete Doherty, quien por cierto colaborará en su próximo disco), pero afortunadamente todo eso son meras anécdotas al lado de la fama que le ha proporcionado su arrollador talento musical. Y es que sólo la melodía de bajo de “You Know I’m No Good” bastaría para jubilar al 90% de los supuestos artistas “soul” de la actualidad.

Hemos establecido que Amy Winehouse es inglesa, además su origen es judío, pero… ¿cuál es su raza? Blanca yo diría que no es, pero negra tampoco. Tiene rasgos grandes y afilados, ¿caribeños? ¿asiáticos? Lo mismo da. Lo único cierto es que su música lleva el sello de los estilos tradicionalmente “de color”: jazz, soul, r&b, pop à la Motown… (por algo Prince le ha pedido que grabe con él). Amy maneja muchos estilos, todos facturados con asombrosa pericia y notable éxito.

Y hablando de éxito de crítica y público, la chica afronta el 2008 con seis nominaciones a los Grammy, posee dos premios Ivor Novello consecutivos (galardón a la mejor canción del año en Gran Bretaña, concedida por los autores), su segundo álbum Back to Black (2006) ha sido el más descargado en iTunes durante este 2007… Ya en plan personal, yo recomiendo sus dos álbumes, el mencionado y el Frank (por Sinatra) de 2003, que grabó con 19 añitos. Su nuevo DVD ya se lo he pedido a los Reyes.

A pesar de su estilismo estrafalario (maquillaje egipciaco, tatuajazos, vestiditos sesenteros y bisutería digna de Mr.T) Vicky Beckham ha dicho de Amy Winehouse que es “un icono de la moda”. ¡Dios le conserve la vista muchos años! Pero aunque se siga vistiendo como un adefesio, esperemos que Amy mejore de aspecto físico, la pobrecita. Este pasado agosto tuvo una sobredosis y más de una vez la han detenido por “posesión”. A ver si deja las drogas y el alcohol (y no se acuerda dónde), a ver si su estilo de vida tan rock and roll no trunca lo que ya es una brillante carrera artística. Esperemos que Amy Winehouse todavía dé al mundo muchas alegrías musicales, y sobre todo esperemos que no termine como Billie Holiday o Janis Joplin.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Roberto Bolaño, en vos confío


Cada vez que termino un libro de Roberto Bolaño me quedo picueto picueto picueto. En esta ocasión se trata de El gaucho insufrible (2001) pero este es el sexto libro de Bolaño que me leo en 2007. Antes vinieron Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001), Nocturno de Chile (2000), Los detectives salvajes (1998) y La literatura nazi en América (1996). Volviendo la vista atrás, puedo decir que este ha sido mi “año Bolaño” (¡qué Gloria Fuertes me ha quedado eso, no?).

Y pensar que yo a este tipo no lo conocía –salvo de verlo en los suplementos literarios- hasta enero pasado. Su calidad fue un chivatazo de un amigo durante una barbacoa. “¿No has leído nada de Bolaño? ¡Tiene unos cuentos fantásticos!” –me dijo, entre pellizco y pellizco de carne ibérica. A mí me sonaba 2666, su descomunal novela póstuma que acaparó el aplauso unánime de la crítica en 2004. Se trata de una pentalogía que dejó inacabada, y la verdad, me da un poco de miedo, aunque prometo que algún día le meteré mano.

Pero empecé leyendo los cuentos de Bolaño, un escritor típicamente hispanoamericano que sin embargo se mueve como pez en el agua hablando de España y de Europa en general. Su prosa me fascina por lo inquietante de sus argumentos y por lo atractivo de sus personajes. El Bolaño de carne y hueso, que vivió de 1953 a 2003, fue un chileno exiliado en México, volvió a Chile en 1973 para oponerse a Pinochet, fue detenido y puesto en libertad al reconocerlo en la cárcel dos policías antiguos compañeros de colegio y pasó los últimos años de su vida viviendo en Cataluña. Su peripecia vital está muy presente en su obra, y lo mismo sitúa la acción de sus libros en México D.F. que en Barcelona, en Buenos Aires, en Israel o en Austria.

Mención aparte merece su La literatura nazi en América, diccionario apócrifo de escritores hispanoamericanos de derechas inventados. A la manera de Borges, Bolaño traza en este libro las biografías, bibliografías, críticas y valoraciones de nada menos que treinta autores inexistentes pero perfectamente posibles. Como anécdota diré que el día que lo compré en Córdoba el librero se volvió loco, porque el ordenador juraba que había un ejemplar y aquello no aparecía por ninguna parte en “Narrativa hispanoamericana”. Al final resultó que lo habían colocado en la sección de manuales de literatura.

Eso de jugar con la realidad y la ficción es muy de Bolaño, baste recordar que Javier Cercas lo introdujo como personaje en su exitosa novela Soldados de Salamina (2001), y que él mismo ha utilizado en sus cuentos y novelas a escritores reales como los chilenos Pablo de Rokha, Pablo Neruda o el mejicano Carlos Monsiváis, entre otros muchos. La cumbre de su visión cuajó en la que está considerada como su obra maestra: la fragmentaria novela Los detectives salvajes. Con este libro, Roberto Bolaño se ganó un merecido puesto en el olimpo de la literatura hispanoamericana, al ladito de Borges o Cortázar. La novela aborda la reconstrucción de la figura de una poetisa vanguardista mejicana (también apócrifa) llevada a cabo décadas después por un grupo de nuevos y zarrapastrosos escritores mejicanos (mezcla de apócrifos y personajes reales). Suena muy cultureta, lo sé, pero es mucho mejor de lo que parece.

Y a quien no tenga paciencia para leer un novelón de 600 páginas (yo mismo, salvo en vacaciones) le recomendaría empezar por una de sus varias colecciones de cuentos. Por ejemplo Llamadas telefónicas o Putas asesinas, llenos de relatos brillantes en lo técnico y desasosegantes en su contenido. Sin ser un “escritor para escritores”, hay que advertir que Bolaño no nos lo pone fácil, pero la recompensa por el pequeño esfuerzo que exige del lector supera con creces cualquier dificultad. A fin de cuentas, ¿no constituye siempre un reto la mejor literatura?

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Cómo conocí a vuestra madre


En inglés, cuando algo es muy bueno se dice que es “lo mejor desde el pan de molde”. Pues bien, este otoño ha entrado en mi vida una serie de televisión que con todo merecimiento nos retrotrae a la primera vez que el pan vino cortado en rebanadas dentro de una bolsa. Me estoy refiriendo a Cómo conocí a vuestra madre, una serie de la NBC que aquí emite La Sexta de lunes a viernes a eso de las cinco de la tarde. El título viene de que se supone que todo es un flashback del protagonista, que en el año 2030 les está contando a sus hijos... ¿adivinan?... cómo conoció a su madre.

La chicha de la serie son las peripecias de un tipo cercano a los 30 años que decide que necesita encontrar a la mujer de su vida, a raíz de que sus dos mejores amigos (y compañeros de piso) decidan prometerse en matrimonio. Sus nombres son Marshall y Lily, y a ella la interpreta Alyson Hannigan (Buffy la cazavampiros, American Pie). Hay un cuarto amigo, solterón empedernido y ligón de guardia que a mi juicio es la mayor creación de esta serie. Se trata de Barney, interpretado por Neil Patrick Harris (sí, el médico precoz de Un médico precoz), quien intenta constantemente ligar y anima a sus amigos a que adopten su estilo de vida despreocupado y aparentemente cínico.

En sus vidas irrumpe Robin, una reportera de TV de un canal local, que enamora a Ted, el protagonista, pero que parece ser que no es la “madre” (futura esposa de Ted) a la que alude el título. No voy a intentar aquí resumir las tramas de los episodios (algunos de ellos francamente ingeniosos y bien escritos), pero diré que hacen avanzar la trama general de la serie a la vez que exponen al quinteto protagonista a las más disparatadas situaciones. Un referente inexcusable en este sentido sería Friends, ya que la mayoría de los episodios tratan de líos sentimentales, y esto no deja de ser una serie sobre cinco amigos que viven en Nueva York, comparten piso todos con todos en algún momento y pasan cantidades imposibles de tiempo hablando en su bar favorito. De hecho, lo que más me recuerda a Friends es la construcción de los personajes a base de manías y frasecillas recurrentes, que se convierten en algo familiar y esperado por el espectador. También el hecho de que los guionistas cojan una situación y la lleven a extremos absurdos, por culpa de la vergüenza de un personaje o su obstinación.

Pero Cómo conocí a vuestra madre no es una copia de Friends, es "el Friends del siglo XXI". Todo aparece más cínico, como puesto al día. Aunque tampoco hay que exagerar, la serie lleva tres temporadas en USA (aquí vamos por la segunda), y su éxito es moderado: no es una rareza de culto pero tampoco le auguro una duración de diez temporadas.

Como siempre, si podéis ver los episodios en inglés, mejor que mejor, aunque admito que el doblaje es magnífico. Mucha gente no puede ver la serie porque la están emitiendo en horario de trabajo, pero se pueden bajar fácilmente todos los capítulos (en español o en inglés subtitulado) en
www.stage6.com, www.peliculasonline.org o www.sinlamula.com.

Releyendo lo que llevo escrito, me doy cuenta de que es imposible transmitir mi entusiasmo por esta serie en seis párrafos, solo puedo recomendarla y esperar que os guste. Como botón de muestra, valga una cita del primer episodio:

(Barney le dice a Ted que se ponga traje para ir al bar con él y así tener más posibilidades de comerse algo, pero Ted aparece con una camiseta y pantalones de chándal).

BARNEY: ¿Dónde está tu traje? ¡Dijimos que vendríamos con traje! ¿Yo aparezco con un aspecto impecable y tú apareces en pijama? Vale, yo soy Superman y tú eres Clark Kent.

TED: Espera, ¿Clark Kent no lleva siempre traje? ¿Y Superman no lleva una especie de pijama?

martes, 11 de diciembre de 2007

Mi super ex-churri


Nueva York está en peligro. Dos atracadores huyen con un botín, hasta que alguien los detiene y les da para el pelo. Ahora el mundo entero peligra: un misil fuera de trayectoria nos va a mandar al garete si no fuera porque hay una persona superheroica que en el último instante nos salva.

De eso trata la última peli de Ivan Reitman (el benefactor de la humanidad al que debemos El pelotón chiflado, Cazafantasmas o Los gemelos golpean dos veces), con Luke Wilson, Uma Thurman y Anna Faris. Una premisa muy vista salvo por el detalle de que en este caso, el superhéroe era ella. En realidad trata de un triángulo entre un tipo corriente, su novia superhéroe y una compañera de curro de la que él anda enamorado.

Mi super ex-novia, que así se llama la cinta, me divierte y me entretiene en un altísimo grado. Pero como soy tan puñetero, cuando acaba no puedo evitar pensar en plan Yo Dona o Mujer Hoy (o incluso Mujer Hoy-Corazón).

Me da por pensar que, en el fondo, el caso de Mi super ex, novia, mujer o lo que sea, en realidad enmascara un claro ejemplo de intercambio de roles, los superpoderes serían una metáfora del poder patriarcal. Aquí se da un nuevo reparto de los papeles y de las responsabilidades que estos conllevan. La mujer exhibe un comportamiento dominante, rayano en la violencia, empezando por su postura favorita en el catre (ella arriba y dando caña) y terminando por su fantasía de follar en pleno vuelo (prácticamente una violación del macho). Para colmo, ella es la que tiene la superfuerza… y la capacidad de decisión (básicamente porque si su novio no hace lo que ella quiere, se enfada).

Aún hay más, la otra chica en discordia es una profesional independiente, que se enrolla con quien le apetece (el primer novio que le conocemos es un modelo chico-objeto), y acaba teniendo también superpoderes.

La escena final es un poema, digna de un curso de postgrado sobre women’s studies. Los dos hombres quedan reducidos a comparsas: como pánfilos, deben quedarse esperando a sus mujeres y sujetándoles el bolso mientras ellas hacen el trabajo pesado, duro y peligroso de salvar al mundo.

Pero no todo el monte (de Venus) es orégano -lo siento, tenía que hacer el chiste-: el personaje de Uma Thurman es retratado como una mujer mandona, histérica y manipuladora, celosa y posesiva, claramente incapaz de mantener una relación sentimental equilibrada. Más que enamorarse, se obsesiona con el tipo (le dice que lo quiere cuando apenas se conocen), le exige demasiado y en última instancia es incapaz de aceptar su rechazo y de pasar página. De hecho, ella nunca acepta la ruptura y reacciona vengándose cruelmente, lo que supone un segmento importante de la película.

La idea de una superhéroa no es nueva: ahí están si no Jean Grey, Tormenta o la Chica Invisible para dar fe de ello. Eso es tan antiguo como los cómics. Creo que la aportación de esta peli es el intercambio de papeles, el chico relegado a una especie de Mary Jane Watson o de Lois Lane. A cambio, pues tenemos a "G-Girl", una supermujer que no deja de ser el tema de una comedia.

Y es que yo me descojoné viendo esta peli, lo digo sin culpabilidad. La vi rodeado de gente y no fui el único. Por lo que se ve, el concepto de una mujer poderosa y un tipo dependiente a su lado todavía resulta risible.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Nostalgia de otros formatos (II)


Constato que vuelve el vinilo. De momento, a mi casa ha vuelto. Me refiero a esos discos de plástico, que se rompen más y suenan mejor que los CDs. Vuelven.

Va uno a FNAC o a Mediamarkt y ve a la venta muchos equipos de sonido con giradiscos. Cada vez en más tiendas hay estantes con LPs y discos sencillos. En mi ciudad hay un bar donde, además de salmorejo y tacos mejicanos excelentes, se pueden conseguir disquitos de segunda mano a buen precio. De Madrid o Barcelona, ya ni hablo.

Hace un año, en Londres, fui al Virgin Megastore de Picadilly Circus nº1 y pregunté si no tenían vinilos. “¡No, no!” El dependiente me miró con simpatía, pero como si yo estuviera chiflado. “Es una cosa minoritaria, no cabríamos aquí si tuviéramos que mantenerlos en stock”. Este verano he vuelto a ir a esa tienda y he comprobado cómo han puesto una buena sección de discos de plástico.

Es cierto que hay sitios que nunca han dejado de venderlos, y que el coleccionismo, las ferias especializadas y los DJs han hecho que se conserven durante años en que apenas se veían. En la actualidad, es innegable que el tradicional disco de vinilo experiementa un renacimiento: los discos antiguos conviven con las reediciones, clásicos junto a novedades. Lo mismo se puede comprar un single original de Sam Cooke o Luis Aguilé que el último LP de los Arctic Monkeys o de Björk.

Yo dejé de comprar vinilos aproximadamente hace diez años… tuve un temprano trauma al dejar un single al sol y derretirse el borde del disco. Varios amigos míos (no uno ni dos) nunca los abandonaron, los tienen y los escuchan frecuentemente en su casa, en fiestas o en plan tranquilo. Yo, como digo, había dejado de comprarlos, hasta la primavera pasada.

La historia es que en mi casa el equipo de sonido lleva estropeado desde que tengo uso de razón. Me quiero comprar un equipo nuevo y no me decido, pero ya he empezado a hacer acopio de vinilos. Así, durante este puente he pillado –entre otros- dos de los discos que aparecen en mi lista de favoritos, el Arthur de los Kinks y el Pet Sounds de los Beach Boys. A lo mejor alguno dirá “¿por qué pagar X por un disco en vinilo si lo puedo comprar en CD por la mitad?” Como en el anuncio del Banderas, los que tarden en contestar a esta pregunta ya han contestado.

Y mientras tanto, mi biblioteca de iTunes sigue engordando, ya voy por 46 gigas de música, 12.450 canciones que tardarían en sonar un mes entero si lo hicieran todas una detrás de otra.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Sargent Beatles Lonli Jar Club Nait



Reflexión 1:

Ahora que se acerca el aniversario de la muerte de John Lennon, es un momento tan bueno como cualquier otro para recordar a los Beatles. En mi ciudad, por estas fechas suele caer siempre un concierto-homenaje a cargo de alguno de los varios grupos de tributo que existen. Se reúnen, cobran caro, cantan un repertorio exclusivamente compuesto por temas de los Beatles, se marchan, y nos dejan a todos un regusto nostálgico que nos hace ir corriendo a casa para escuchar los discos de verdad y recordar cómo sonaba aquello.

Este año no es una excepción: Los Escarabajos tocan hoy jueves 6 (a Lennon lo asesinaron un día 8). Yo no iré a verlos, pero no me privaré de mi ración Beatle de diciembre. Estando tan cerca la Navidad, siempre se nos presenta algún producto “inédito” o “antológico” relacionado con los cuatro de Liverpool. Este año parece que hay varios DVDs en lontananza: un documental + concierto, la peli Help! remasterizada… seguiremos informando. Mientras tanto, iré a pelarme a una barbería de mi barrio que tiene el singular honor de estar “hermanada” con aquella otra famosa de Liverpool que inmortalizaron los Beatles en su tema “Penny Lane”.


Reflexión 2:

Compro por impulso una novelita para adolescentes del prolífico autor Jordi Sierra i Fabra, que lo mismo te factura una enciclopedia del rock que un cuento sobre Kafka, pasando por un libro sobre la guerrilla zapatista o aquel inolvidable El joven Lennon.

El hombre tiene que comer, pero para mí su obra cumbre sigue siendo el monumental Diccionario de los Beatles que hizo hace muchos años, el mejor amigo que un chico de catorce años podría tener. Una obra de tal calibre, y escrita en español… demasiado buena para ser cierta. “Todo lo que Vd. siempre quiso saber acerca de los Beatles, etc, etc”.

Ayer, sin embargo, lo que he comprado de Jordi Sierra i Fabra parece una novela de misterio: El asesino del Sgt. Pepper’s… estructurado en trece capítulos que corresponderán (digo yo) a los trece cortes del LP que este 2007 ha cumplido 40 años. Entre los personajes se encuentran varios periodistas cuyo nombre no reconozco, amén del propio Sierra i Fabra y el mismísimo Joaquín Luqui (RIP). Admito que esa es una de las razones por las que me lo he llevado.

La trama es prometedora: una supuesta reunión de los Beatles (que el autor se esfuerza en aclarar él predijo antes de todo el rollo Anthology y reediciones en CD de mediados de los 90) se ve empañada por la irrupción de un maníaco asesino. La obra es de 1994, no me extrañaría nada que la hubieran vuelto a editar al calor de la antes mencionada efemérides del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (qué me gusta decirlo entero). Abro el libro por un sitio al azar y me saltan de la página al ojo los siguientes nombres: Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Brian Jones, Freddy Mercury y Frank Zappa. ¡Madre del amor hermoso, qué batiburrillo! ¿He utilizado ya el adjetivo “prometedor”? Seguiremos informando.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Capote de grana y oro


Me llaman de una radio local para hablar en un programa sobre Truman Capote. Algunas preguntas sobre su vida y obra intercalando cortes sonoros de Capote, esa película de 2005 sobre el escritor norteamericano. Me dicen que el programa será en diferido, se grabará este jueves.

Lo cierto es que Capote, con interesarme mucho, no es de mis escritores favoritos, ni siquiera de mis escritores norteamericanos favoritos. Yo me quedo con su faceta de conversador brillante y hombre de moda, un Oscar Wilde de la Guerra Fría, alternando en la discoteca Studio 54 con Andy Warhol, Sylvester Stallone o Deborah Harry. ¿Por qué no me habrán llamado para hablar de Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald o Bret Easton Ellis?

Pero toca hablar del Capote escritor, y confieso que mi primer impulso ha sido lanzarme a las estanterías y desenterrar mis copias de A sangre fría (1965) y Desayuno en Tiffany’s (1958). Mi segundo impulso ha sido coger un manual de literatura norteamericana y repasarme lo que dijera sobre el escritor sureño y sus libros. Pero he desistido de ambas cosas; he recordado a tiempo las palabras del locutor del programa donde voy a intervenir: “no hace falta que te prepares nada”.

Más relajado, he conjurado otros momentos en que Truman Capote ha aparecido en mi vida, por ejemplo cuando se coló en Todo sobre mi madre (1999), mientras Cecilia Roth le leía a su hijo el comienzo de Música para camaleones. O aquella canción del ex-marido de la Roth (Fito Páez) titulada precisamente “Música para camaleones”, en la que podía escucharse el mismo texto que salía en la peli de Almodóvar.

O la adaptación cinematográfica de A sangre fría, esa cruel historia en blanco y negro que en 1967 transportaba a la pantalla la primera “novela de no ficción” (decir simplemente “reportaje” no sería muy Capote). O esa otra adaptación cinematográfica, mucho más amable y dulce: Desayuno con diamantes, de 1961, en la que salían un gato, Audrey Hepburn, el coronel Hannibal del Equipo ‘A’ y José Luis de Vilallonga.

Aunque todos dicen que es muy buena, no he visto Historia de un crimen (2006), última versión peliculera de la vida de Capote y el proceso de creación de A sangre fría. Sí vi, en cambio, la ya citada Capote (en España se tituló Truman Capote, yo creo que para que nadie pensara que se trataba de la tan esperada biografía de Manolete). Aquella película le valió un Oscar, un Globo de Oro y un BAFTA al siempre minusvalorado Philip Seymour Hoffman, uno de mis actores favoritos. No me puedo quitar de la cabeza sus actuaciones como secundario en Happiness (1998), El gran Lebowski (1998), El talento de Mr. Ripley (1999), Casi famosos (2000) o Entonces llegó ella (2004). Merecidísimos los galardones y merecidísimo el papel protagonista.

Volviendo a Truman Capote, un tipo con el que (lo siento pero) me resulta muy difícil simpatizar, podríamos decir que fue un maestro del periodismo de investigación. También que vivía de venderle cuentos a la revista New Yorker. Sin embargo, sospecho que gran parte de la fama del escritor es debida al personaje público, y eso, Truman nuestro que estás en los manuales de literatura, es hacer trampa.

martes, 4 de diciembre de 2007

Trío de rubias


La entrada de hoy es políticamente incorrecta: voy a hablar mal de mujeres rubias (y tontas). Sin embargo, no es machista, acaso se trate de una nueva forma de discriminación: el cromatismo capilar.

La cantante (?) y actriz (?) rubia Jessica Simpson conmovió a América con el reality de recién casados que junto a su marido realizó para la MTV. En él se vieron “perlas” como el día que le preguntaron si quería “Buffalo wings” (alitas de pollo al estilo de esta ciudad de Nueva York) y respondió que “no gracias”, pero que ella no comía búfalos. Mi favorito fue cuando otro día dijo “este atún que estoy comiendo, ¿es pollo o es pescado?” La pobre Jessica había oído decir que el atún es “el pollo del mar”, y le había parecido tan normal como que los búfalos tuvieran alas.

Miss Carolina del Sur Adolescente 2007, la rubia señorita Caitlin Upton también se ganó su hueco para la posteridad cuando, durante el concurso de belleza le preguntaron su opinión sobre el hecho de que el 20% de los norteamericanos fueran incapaces de situar su propio país en el mapa. La criaturita se despachó con una macrorrespuesta en la que venía a decir que el problema era que la peña en USA no tenían suficientes mapas, y que había que “ayudar a países como Sudáfrica e Iraq por la paz y por los niños”. Miradlo, miradlo, que está todo en YouTube. Hasta la empresa Powerset, autores de un nuevo buscador de Internet que admite consultas en lenguaje natural (no solo “términos de búsqueda”) incluyó el parlamento en su web para mostrar que no había enunciado, por caótico que fuera, que no se pudiera analizar sintácticamente (al árbol de la imagen de esta entrada me remito). Y, en fin, las parodias en YouTube no se hicieron esperar: Miss Carolina del Sur Adolescente teniendo que llamar al 911 y no acordándose del número… etc.

Recuerdo que cuando salió la noticia pensé en esos orgullosos padres de Caitlin Upton, que habrían tejido tantísimas ilusiones para que su hija llegara sana, feliz y bien nutrida a ese momento del concurso… para luego llegar a ver lo que vieron. Seguro estoy de que continuarán orgullosísimos de su retoño: ¿quién dijo bochorno? (El amor es lo que tiene).

La última “joyita” me la manda un amigo, recién sacada de la versión USA de ¿Sabes más que un niño de primaria? El Ramón García de turno le pregunta a la celebridad de turno (en este caso Kellie Pickler, una concursante de American Idol, el OT yanqui) qué país europeo tiene por capital a Budapest. Las respuestas de la pizpireta (y rubia) concursante son interesantes y variadas. Entre ellas: “Yo pensaba que Europa era un país”, “Sé que allí se habla francés, ¿no?”, “¿Francia es un país?”, y cuando le dan la solución: “¿Hungría? ¿¡Eso es un país?!” (Sí, mi vida: Hungría existe, igual que Teruel).

Nos burlamos, y yo el primero, pero esto no sería Estatuas verdes si además de hacernos reír no nos hiciera pensar. Por ejemplo: ¿serían ustedes, sagaces lectores, capaces de nombrar los cincuenta estados de EEUU con sus respectivas capitales? Y, caso de respuesta negativa… ¿de qué color tienen el pelo?

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cuentos, cuentos, cuentos



No sé por qué pero últimamente me ha dado por leer muchos cuentos. (Sí sé por qué).

Devoro a Dave Eggers, Eloy Tizón, Horacio Quiroga, Sergi Pàmies, Phillipe Delerm, Bryce Echenique, Miguel Ángel Asturias, Hemingway… por citar solo a los que he leído en los últimos tres meses. Y no es pedantería, es que me abro a la sorpresa de la constatación: los cuentos se han convertido en algo imprescindible en mi vida. ¿No lo son en la de todos?

Aviso que yo le llamo ‘cuento’ al relato literario, qué queréis que os diga. Está claro que no me refiero al cuento de Caperucita Roja, por ejemplo. Según sesudas clasificaciones hay cuentos-narración frente a cuentos-situación (sí: esos tras lo que alguna gente se queda igual o en los que, como se dice vulgarmente, “no pasa nada”). En cualquier caso, y no obstante su diversidad, nadie les niega unas ciertas características comunes: intensidad, síntesis, esquematismo, importancia de la estructura…

Mis cuentistas preferidos son J.L. Borges, Julio Cortázar y Augusto Monterroso (aunque llamar a Borges ‘cuentista’ viene a ser como decir que Elvis Presley era simplemente “un señor con tupé”). Los cuentos que escriben no son como los cuentos populares o los antes mencionados cuentos infantiles. Algunos carecen por completo de anécdota. Pero ¡amigo!, envidio a esos autores porque saben captar un momento preciso, una luz, una textura… una idea. Muchos de mis cuentos favoritos, además, incluyen de serie una buena dosis de humor.

Algunos libros de cuentos me llaman desde sus estantes en las librerías, como a otros les llaman los pasteles. Así conocí dos libritos que me permito recomendar aquí desde el corazón o desde las tripas. El primero, de Eloy Tizón, se llama Velocidad de los jardines. No le haría justicia al estilo si menciono algunas de sus anécdotas: amoríos de instituto, un escritor que se obsesiona con una inmigrante polaca, un catedrático de universidad que celebra solo un Fin de Año… da igual. Lo importante de este libro (votado en El País como uno de los 100 mejores de los últimos 25 años) es cómo están contadas las cosas.

El otro es El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Phillipe Delerm (padre del cantautor Vincent Delerm). Confieso que el título me había llamado la atención, pero no lo compré hasta que una compañera de trabajo me lo recomendó. Se trata de microrrelatos (también llamados ‘historias mínimas’ y en inglés short-short stories). Aunque yo hablaría aquí de cuento-intuición o cuento-pálpito. Son impresiones –pequeños placeres- que descubrimos en lo cotidiano: leer en la playa, enterarse de una noticia en el coche, ir al cine… Lo de ‘el primer trago de cerveza’ no funciona para mí, yo habría dicho ‘el primer trago de coca-cola’ o ‘la primera patata frita del paquete’ pero claro, ahí radica la gracia: cada uno tendrá su ‘primer trago de cerveza’ particular.

Para terminar, pienso que aunque lleguen impresos en libros y disfrazados de obras literarias, la mayoría de los cuentos que leo no difieren tanto de esos otros que todos conocemos: mentiras piadosas, excusas, autoengaños, bálsamos sociales. En definitiva, cuentos que nos contamos diariamente para sobrevivir.

sábado, 1 de diciembre de 2007

El hombre que susurraba a los perros


Este mediodía veo en http://southparkzone.com un episodio de la décima temporada titulado “Tsst!” Trata sobre cómo el mal comportamiento de Cartman desespera a su madre, que decide buscar ayuda profesional en los programas tipo Supernanny. Impotentes, todas las nannys abandonan, entonces solo un hombre puede meter al niño en vereda: César Millán, el “susurrador de perros” del canal National Geographic.

¿Quién es este César Millán? Mejicano de origen, ha pasado en pocos años de “espalda mojada” a peluquero canino, paseador de perros y actualmente entrenador de perros con su propio programa de televisión. Presta su imagen, además, a trillones de productos desde seminarios de psicología canina a tazas de desayuno. Entre sus clientes se cuentan Will Smith (su padrino en los USA), Nicolas Cage, Scarlett Johanson, Ridley Scott o Denise Richards. Además de ser parodiado en South Park lo ha sido en el programa Saturday Night Live y ha aparecido en el Show de Oprah y la serie Entre fantasmas, por nombrar solo algunos.

No le faltan detractores, que le acusan de tratar a los perros “como si no fueran personas”, pero lo cierto es que además de tener su emporio de websites, Centro de Psicología Canina en Los Angeles y programa de TV, César y su mujer Ilusión son unos filántropos que destinan miles de dólares al cuidado de perros abandonados.

Sus métodos son fascinantes: basa su trabajo en el concepto de “manada” y el perro como animal gregario, enfatizando el papel de los amos como “líderes de la manada”. Sin violencia pero con muchísima firmeza procura que los perros con problemas se muestren tranquilos y sumisos (“equilibrados” parece ser otra de sus palabras clave), a la vez que enseña a los dueños a actuar de modo “calmado y asertivo”. Su mayor eslogan es “yo rehabilito a los perros y a las personas las entreno”.

Dicho esto, ha llegado el momento de confesar que yo personalmente odio a los perros. En mi lista de preferencias se encuentran aproximadamente entre los esguinces de tobillo y los atracos. Y sin embargo, no me pierdo un programa del show de César, que en España emite Cuatro los fines de semana a la una del mediodía. La filosofía del programa es la misma de otros que se han importado de fuera, tales como Supernanny o S.O.S. adolescentes, pero aquí se emite la versión americana doblada. Pienso que era imposible transliterar el formato a España sin un personaje del carisma de César Millán.

La semana pasada, César preguntó a una cuarentona “chica de rosa” dominada por su chucho que qué haría si su novio le exigiera ponerse pantalones vaqueros. “¡Ni lo sueñes!”, contestó la mujer que le diría. “Pues la misma seguridad y firmeza debe usted emplear al imponerse a su perro”, fue la respuesta del susurrador. Realmente creo que nos encontramos ante un personaje de gran talla, cuyas enseñanzas también podemos aprovechar los humanos. Tal vez por eso vean su programa hasta los que no soportan a los perros.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Me quito la careta: me gusta Prince


Rectifico: me encanta Prince. Lo estoy escuchando mientras escribo esto y me estoy volviendo loco. Lo sorprendente no es decir que Prince sea un genio o su música muy buena, la noticia aquí es que hasta hace pocos meses yo no podía verlo a él o escucharla a ella ni en pintura.

La mayor parte de la música que me gusta está basada en la melodía y se hace con guitarras y armonías vocales. Pero como me pasó anteriormente con el blues, el soul, el hip hop y el jazz (por ese orden), ahora me ha dado por Prince, que es un género musical en sí mismo. Mezcla de pop, funk, rock, psicodelia, tecno, rap, y todo eso sobre tacones.

Hará cosa de un año un amigo me grabó un CD recopilatorio de Prince, jurándome que representaba su lado más guitarrero, pero no me impresionó. Su escucha conjuraba las noticias más bizarras: aquel videoclip que hizo con una cortinilla de cadenas tapándole la cara, sus payasescos cambios de nombre (incluido ese símbolo imposible en forma de pistola o trompeta), su etapa como Testigo de Jehová predicando puerta a puerta, sus discos triples, cuádruples…

Y sin embargo…. en la Rough Guide del Soul y el R&B no escatiman elogios para con su obra, en especial entre 1980-1991. Algo tenía que tener. La casualidad ha querido que escuchara hace poco algunas canciones suyas que desconocía, y entonces se ha desatado la locura en mi cerebro. Por ahora solo he comprado cuatro de sus álbumes, que pasan por ser los mejores: Dirty Mind (1980), Purple Rain (1984), Sign ‘O’ the Times (1987) y Diamonds and Pearls (1991), y ya estoy fascinado.

¿Y qué decir de las letras? Hablan sobre todo de amor, del tipo de amor que hay que recoger luego con fregona, como dijo uno. Lo mismo le canta al sexo oral que al incesto, a los ménages à trois, o a hacerlo en el coche de su padre. Pero no solo: también habla de la lluvia púrpura, del llanto de las palomas o del SIDA, “una enfermedad grande con un nombre pequeño”.

Ignoro qué hará ahora Prince, y la verdad es que me da igual. El amigo que me grabó aquel CD lo vio en directo en Las Vegas el pasado año y me dijo que fue impresionante. Su último disco lo regalaba un periódico dominical inglés este verano. Posiblemente el hombre ya esté acabado, en el sentido de que su contribución relevante a la historia del rock ya está hecha. No me preocupa. Mi mayor duda respecto a Prince es, “¿Qué disco suyo me compro el próximo?”

jueves, 29 de noviembre de 2007

Instrucciones para mirar un Toro de Osborne


El año pasado leíamos en la prensa que el famoso Toro de Osborne cumplía 50 años. El invento surgió en 1956 como un encargo de la empresa gaditana Osborne al diseñador Manolo Prieto para darle al brandy Veterano una imagen viril y española.

Luego, ya se sabe: de reclamo comercial a icono cultural pasando por obra de arte y, últimamente, símbolo político. En 1988 el gobierno español prohibió la publicidad en los márgenes de las carreteras (por aquello de las distracciones); el Toro de Osborne no dejaba de ser un anuncio, pero hubo iniciativas, campañas, recogidas de firmas… hasta que en 1997 el morlaco fue definitivamente indultado y reconocida su valía como obra artística y parte del patrimonio cultural español.

Parece que lo anterior supuso la carta blanca para hacerle de todo al pobre torito: lo plantaron en mitad de la bandera rojigualda, lo vistieron diseñadores como Victorio & Lucchino, los radicales catalanes lo derribaron una y otra vez (hasta acabar, este año, con el último que quedaba en Cataluña). En toda España quedan noventa Toros de Osborne, veintidós de ellos en Andalucía. En Extremadura quedan cinco, y en 2005 un joven artista, Javier Figueredo, tuneó el de Casar de Cáceres (pueblo famoso por la torta del Casar y su museo del queso) añadiéndole unas ubres y unas manchas blancas. Había nacido “la Vaca de Osborne” (aunque al pavo le cayó una condena por “deslucimiento de bienes inmuebles”).

Cuando estuve viviendo en los Estados Unidos, yo también tenía una bandera española con el torito de Osborne decorando una pared. Fui a una universidad del Sur que como contrapartida también manda a estudiantes a mi ciudad. Hace unas semanas me pasaron el texto de un blog (lo siento, no tengo el link) escrito por una alumna de aquella universidad, narrando toda su experiencia española, que tuvo lugar durante el curso 2006-2007. En cierta ocasión, Jennifer K (la narradora del blog), comenta aspectos del paisaje en un viaje entre Sevilla y Córdoba, y dice lo siguiente (traduzco):

“Lo más chulo que vi fueron unas siluetas de toros negros absolutamente gigantescas que estaban colocadas al azar en lo alto de las mini-montañas. No tengo ni idea de qué estaban hechas, pero era impactante ver un objeto tan moderno en ese campo de aspecto tan antiguo.”

De esta descripción me interesa su inocencia, la mirada curiosa sin contaminar, en una especie de Tesis de Nancy de no ficción. Si, como decían los formalistas rusos, “la finalidad del arte es dar una sensación de las cosas tal y como se perciben, no tal y como se conocen”, me quito el sombrero ante Jennifer y su uso del “extrañamiento”. La Tesis de Jennifer.
 
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