Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

Mostrando entradas con la etiqueta Beatles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Beatles. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de septiembre de 2009

David Bowie: Était-il ridicule?


-"Soy un cocodrilo, soy un mamá-papá que viene a por ti"
(David Bowie)




David Bowie, ¿eh? Era moderno, era geniaaaaal, era funky, era freaky, era glam, era espacial en la Era Espacial. Y, según aprendimos en la peli Velvet Goldmine (1998), era discípulo de Oscar Wilde, amén de bisexual. Según le dé la luz, David Bowie fue el mayor talento musical a este lado de los Beatles, y además -por si su legado musical no fuese importante- codificó una de las reglas fundamentales de la rock star: el cambio de look continuo.

Los Beatles se cambiaban de gafas o de chaquetas, Elvis cambió de imagen porque cambió de cuerpo (o porque actuaba en pelis), pero Bowie fue el primero que cambió de look conscientemente, utilizándolo como un elemento más del espectáculo que ofrecía. Que se lo digan ahora a Madonna, por ejemplo. El hecho de que cada nuevo disco y gira vayan acompañados de una imgen distinta es algo muy original, si se piensa, que ahora damos por sentado pero que hubo un tiempo en que fue necesario inventarlo. En estas metamorfosis (no en vano Don Bowie se ganó el apodo de El Camaleón), al amigo se le fue la perola en más de una ocasión, y ahí está la gracia.


Otra cosa bonica y divertida del Bowie artista es lo en serio que parece tomarse, gracias a la teatralidad que imprime a su presencia pública: auténticos personajes que le permiten mantenerse al margen o dar de sí lo que quiera, pero siempre dando espectáculo. El pobre John Lennon quedó de pardillo confesando que Jesús de Nazareth le parecía poco importante. Jim Morrison se dejó la salud convenciéndonos de que era un artista atormentado (hasta la churra se sacaba en público, angelito...!). Bowie, con un ojo de cada color, el pelo naranja y un parche en el ojo, da igual lo que diga, porque ya sabemos que es una coña.

Sin embargo, él habla de forma muy seria, cuasimesiánica, pareciera que está desarrollando una filosofía del Arte. Y además en el espacio, que mola más. Para una sociedad infantil en viajes espaciales, recién pisada la Luna, que se desayunaba con la carrera entre potencias y con obras de ciencia ficción, un artistazo como Bowie, Arañas de Marte, hay aquí un marciano deseando conoceros... Comandante Tom, ¿qué camisas usa usted...? ¿Hay vida en Marte? Esto es la rehostia, amigos!!


Ya quince años antes, los Ran-Dells cantaban "The Martian Hop", pero su caracterización era de guardarropía, era todo una broma. Bowie no, eh? Cuidado! Bowie es de verdad un alienígena, él habla de perros de diamante, de rarezas espaciales... para algo viste como viste y habla como habla. Otra aportación de Bowie que nos suele pasar desapercibida a los no angloparlantes es que él fue el primero que cantó música rock con acento británico de manera digna, sin humoradas y sin afectar regionalismos. Lo siento, amigos de Small Faces, Beatles o Kinks, esto que digo es así. ¿Un marciano con acento ingles? ¡Lo máximo! Sobre todo si soy inglés y vivo en una ciudad gris donde siempre llueve.... así hasta a mí me entran ganas de ponerme maquillaje, a lo mejor.

Bowie es un actor cascado, es un Aladino cuerdo, un zagal loco, y toda su parafernalia y sus looks y su mensaje espacial, que en 1972 resultaba lo más moderno y lo más in.... ¿puede ser que hoy día resulte una gran mamarrachada? ¿Ha quedado Bowie obsoleto? Su música desde luego que no, de eso no estamos hablando. Su estética y su mensaje... a mí me dan risita, qué queréis.

Un gran ejemplo de esto lo tenemos en la serie de humor musical Flight of the Conchords (2007-?). En el sexto episodio de la 1ª temporada, titulado "Bowie", a uno de los protagonistas se le aparece David Bowie para darle absurdos consejos vitales. Primero se le aparece Bowie de 1972, la Araña de Marte. Más tarde, serán Bowie del videoclip "Ashes to Ashes" (1980) y el de la peli Dentro del laberinto (1986), a cual más ridículo. El episodio culmina con un bizarro videoclip de una canción-parodia de todas las del space rock del inglés: "Space Oddity", "Starman", "Ziggy Stardust", "Life On Mars?"...


Le enseño este vídeo a un amigo, gran Bowiófilo (más que yo: a mí a partir de 1980 casi que deja de interesarme), y al terminar de verlo no puede evitar exclamar: "¡Dios mío, Bowie era ridículo!" Correcto. Es la peor revelación de la semana. Ni caso Gürtel, ni Berlusca, ni los nuevos presupuestos generales ni nada. Lo peor de la semana es darte cuenta de que tu ídolo, en verdad, da risita. ¿Nos estamos haciendo viejos?

Sospecho que David Bowie está achacado de la misma enfermedad que dice Daniel Ruiz que tiene Polanski. Lo mejor, por el momento, es que no cunda el pánico. Seguid con las medidas habituales de higiene, lavaos las manos frecuentemente con jabón y, en la medida de lo posible, tratad de evitar las imágenes y vídeos de David Bowie. Sobre su música, no hay ningún problema: podéis seguirla disfrutando tan tranquilos.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Sesión de mermelada


Desayunando, degusto una exquisita mermelada inglesa de grosella negra (de la marca Duchy Originals, la del Príncipe Orejas) y me acuerdo de la curiosa expresión “jam session”. Sabéis que hace referencia a una reunión de músicos que tocan de manera “creativa”, sin partituras o un programa predeterminado. Aparte de que la palabra inglesa “jam” es muy rica, y además de mermelada quiere decir tocar música, bailar, y cosas así.

Sin ser tan pretencioso de darle categoría de jam session, la verdad es que ayer por la tarde me lo pasé muy bien, tuve la suerte de asistir a una relajada reunión en la que casi todos los presentes cantaban y/o tocaban al menos un instrumento. Había allí una guitarra, que se iban pasando tres personas, un violín, y cantando pues estaban tres que sabían y el resto, que hacíamos lo que podíamos. Y esto me lleva al tema del post de hoy, que es reivindicar una forma de diversión tan sencilla pero tan satisfactoria como pasar el rato cantando.


Para mí la música es lo más grande, ya lo sabéis. Me gustaría decir que es la Literatura o el Arte, pero estaría mintiendo. Nada me ha hecho sentir tantas, tan variadas y tan intensas cosas como la música: las canciones. Me encanta cantar, y eso que no sé, ni tengo buena voz, pero eso nunca me ha detenido. A base de imitar a mis artistas favoritos en la ducha y en el coche he podido desarrollar un limitado repertorio de temas con los que me defiendo (siempre contando con la benevolencia del público presente: si hay alcohol fluyendo ayuda mucho).

No toco ningún instrumento, con catorce años hice varios intentos fallidos con la guitarra pero no tuve constancia: me frustré pronto. Uno de los motivos es mi nulo sentido del ritmo, el otro que siempre he tenido amigos que sabían tocar bastante bien. Tampoco he militado nunca en un grupo, pero siempre he estado alrededor (me veía como el típico “colgado” de las sesiones de grabación, una especie de Mal Evans) y de vez en cuando me dejaban cantar algo en sus ensayos, o hacer coros. Pero no escribo este post –como ya he dicho- para glosar mi inexistente carrera musical, sino para reflexionar sobre lo divertida que es la música.


Las más de las veces, cuando un amigo sacaba una guitarra en una reunión, le pedía que tocara mis temas favoritos. No era de extrañar: todos escuchábamos la misma música compuesta a partes iguales por clásicos (Beatles, Stones, Kinks, Who, Simon & Garfunkel, Bowie, Led Zeppelin, Doors, Dylan, Hendrix…) y por himnos más o menos alternativos contemporáneos (Nirvana, Oasis, Green Day, Guns N’ Roses, Metallica, Weezer…). En lo español es muy socorrido todo lo ochentero (Duncan Dhu, Gabinete, Hombres G, Loquillo, Mecano… qué os voy a contar), por haberlo vivido en nuestra infancia. En mi pajolera vida, sin embargo, jamás he logrado que un amigo tocara nada de uno de mis grupos favoritos: los Spin Doctors.

Recuerdo mañanas de sábado cantando con mis amigos en una azotea del barrio (otra vez Mal Evans: espero no acabar mis días como él), yendo al colegio a ensayar en las aulas vacías. Recuerdo tardes de parque destrozando a Oasis o el Unplugged de Eric Clapton…, ir a casa de un colega a dejarme la garganta cantando Nirvana, o decirle “Saca “Wild Horses” ”, y en el tiempo que yo tardaba en llegar el tío la había sacado de oído (algo que, con diecisiete años, para mí equivalía a la magia). Recuerdo que alguien sacara una guitarra en una botellona y ponernos todos a cantar la última de Green Day…



Con el tiempo siempre que he visto a alguien con su guitarra en una reunión me he arrimado a él, me encanta acabar cantando, pero sobre todo me embelesa ver a gente que verdaderamente lo hace bien. En lo que os he contado de ayer había un nota con un talento increíble, que lo mismo te tocaba y cantaba “Dear Prudence” que “Space Oddity” que “God Only Knows” que “Tatuaje” que “Melodía de “Arrabal” que “Love of My Life”. Me dejó K.O. interpretando dos temas de Queen (“Stone Cold Crazy” y “Lily of the Valley”) que no se encuentran precisamente entre los más conocidos. Y la chica que tocaba el violín hizo que “Dumb” de Nirvana o “Hurricane” de Dylan (la parte de la letra que pudimos recordar) jamás sonaran tan mágicos.

¡Qué sensación tan agradable, amigos, cómo podría describírosla! Esto ya no es ni oro, ni canela, ni almíbar, es simplemente… MERMELADA!

domingo, 9 de agosto de 2009

El rock ha muerto. Viva el rock. Etc.


Hubo un tiempo, que vamos a acotar groseramente entre 1985 y 1995 (give or take a year or two), en el que el rock and roll importaba. Tal vez conviene aquí eso que yo tanto odiaba cuando lo hacían mis profesores pero que tanta falta hace: aclarar la terminología. El buen Fran G. Matute lo hizo con el pop y con el Pop, yo voy a intentarlo con el rock and roll. Entiendo por rock toda la música popular de los últimos 60 años, inspirada por ritmos anglosajones, principalmente negros, y todas sus derivadas y variantes.

En el término rock incluyo así a Elvis, a Stevie Wonder, a Village People, a los Sex Pistols, a Madonna y a Jason Mraz, pero no a Montserrat Caballé o Barbra Streisand. Me se entiende, ¿no? Dentro de este maremágnum, rock and roll sería concretamente la música nacida en su origen de la fusión del blues y el country, rítmica, pensada en sus inicios para bailar, e interpretada sobre todo a base de pianos y de guitarras eléctricas. Para entendernos, rock and roll, sería la faceta que ha conservado el halo de “autenticidad” dentro de toda la música rock (o pop): Elvis, Rolling Stones, Hendrix, Led Zeppelin, Aerosmith, Guns n' Roses


Alguna gente habla de rock clásico” para referirse a la supuesta edad dorada del rock and roll, entre 1967 y 1972, en la que surgieron artistas como Hendrix, los Doors, Steppenwolf, Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, David Bowie… Otros artistas más blanditos pero igualmente auténticos (más que nada porque eran los únicos que había) pueden, según el caso, añadirse a esta nómina; me estoy refiriendo a peña como los Beatles, Simon & Garfunkel, Beach Boys o Elton John.

Por último, la etiqueta rock’n’roll suele reservarse para denominar los primeros estilos de rock and roll surgidos en los años 50: el vocal, el de Nueva Orleans, el de Memphis, son los discos de (otra vez) Elvis, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly o The Marcels.

Pues bien, hubo un tiempo en el que el rock and roll importaba, sobre todo el rock clásico. Coincidió con la implantación universal del CD como formato de escucha, y parecía que la cosa iba bien al reeditarse los catálogos de Beatles, Rolling Stones o Hendrix. En 1993 no era raro escuchar en Los 40 Principales una canción de los 4 de Liverpool o del zambo zurdo de Seattle. En aquella época tenía sentido que la juventud lo flipase con canciones con las que lo había flipado la juventud hacía 20 ó 30 años. Hoy no. Hacía 20 ó 30 años tampoco. Por esta razón pienso que la época a la que me refiero tiene algo de especial porque es, en cierto sentido, única.


Vale, mis amigos y yo éramos frikancos, escuchábamos a Hendrix, los Who, la Creedence o Pink Floyd con 15, 16, 17 años. Éramos minoría, pero no éramos los únicos. Tampoco era la única música que escuchábamos, pero sí fue un ingrediente fundamental a la hora de forjar nuestros gustos, por no decir nuestro criterio. ¿Y cómo conocíamos esa música? No porque la heredáramos de nuestros padres (no de los míos, desde luego), ya aquello en España había sido poco menos que música underground. Se conocía y estaba a nuestro alcance, porque sonaba en la radio, en programas más o menos especializados, porque tenía presencia en los medios escritos, porque importaba.

Todo esto acabó más o menos en los años noventa, con la llegada del nihilista grunge (que, paradójicamente era punk, pero que ayudó a no tomar en serio a los dinosaurios), con la popularización masiva de la música tecno y el hip hop, es inevitable que los gustos cambien. Hoy día vaya usted a un instituto, señora y pregunte por Jimi Hendrix. Vaya usted al mejor instituto de su localidad, a los niños más musiqueros, a los que llevan camisetas negras.


De todo esto me he acordado hoy (aunque llevaba tiempo queriendo darle forma en un post a estas ideas) revisionando la hilarante peli Las aventuras de Ford Fairlane (1990). Trata sobre un “detective del rock and roll, que por aquel entonces era sinónimo de “industria discográfica”, ya que el rap aún no había eclosionado al nivel mainstream que alcanzó en los 90. Una peli como Ford Fairlane (con un protagonista que imita a Elvis, con la propia Priscilla Presley en el reparto, trufada de citas de canciones de Hendrix o los Rolling Stones, con un trasfondo de estrellas de heavy metal asesinadas) no tendría sentido hoy día, pienso que a nadie le haría gracia.

De ahí el título del post de hoy: el rock ha muerto, viva el rock, etc…

jueves, 30 de abril de 2009

Estrellas grandes


Cual especie de Bill Murray rural sabéis que vivo, en cierto modo, atrapado en el tiempo: leer el periódico del día anterior es lo único que me queda. Leo en El País ya no sé si de ayer o anteayer que en el día de ayer o anteayer tocaron en Málaga el mayor grupo musical que ha parido madre, namely Big Star. Casi me da un jama al leer en “El diario independiente de la mañana” los palabros power pop, Badfinger, Alex Chilton, Chris Bell y Raspberries, todos en el mismo párrafo. Y no, amigos, no son los nuevos sabores de helado de Ben & Jerry’s, se trata de mi estilo de música favorito y alguno de sus mayores exponentes.

El mejor grupo del globo ya quedamos en que son los Beatles, pero como debe haber música después de la música y pop después del pop, a la caída de los de Liverpool se alzaron estas bandas que pensaban que los estaban imitando y que en realidad no sonaban en absoluto como ellos, crearon un subgénero nuevo que solo años después fue dado en llamarse power pop. Por eso los grupos actuales de power pop en realidad no suenan como los Beatles, sino como Badfinger, Raspberries y estos señores a los que hoy rendimos tributo: Big Star.

Sabido es que en Estatuas Verdes tiene su casa la hipérbole, pero en esta ocasión las exageraciones no las proporciono yo sino que corren de la cuenta de los críticos de rock. Se ha dicho muchas veces que Big Star han sido el grupo más influyente después de la Velvet Underground, ida de olla por demás, pero lo que sí es cierto es que su impacto y su influencia en la música “alternativa” es simplemente incalculable. Son pieza clave del pop, pero también del grunge, del punk melódico y me atrevería decir que del country alternativo. Para que os hagáis una idea, a esta gente los han versionado Teenage Fanclub, The Posies, Garbage, Wilco, Matthew Sweet o Afghan Whigs. ¿Quiénes son Big Star y qué hicieron?


Simplificando, eran cuatro: Alex Chilton, Chris Bell, Jody Stephens y Andy Hummel. Simplificando aún más, el talentoso Chris Bell se fue tras hacer solo un disco (para grabar otro en solitario y fallecer en 1978), Andy Hummel tambien se fue, y en la actualidad quedan Chilton (ex niño prodigio sesentero con Box Tops), Stephens y el (mejor) 50% de los Posies: Ken Stringfellow y Jon Auer, que tocan con Big Star desde 1993. La discografía de Big Star es exigua y fragmentaria, sacaron en 2005 In Space, que me da miedo escuchar, pero aquí nos quedaremos con sus tres discos canónicos.

#1 Record (1972) es la mezcla perfecta de rabia juvenil, diversión, romanticismo ñoño y energía. Cuando no había Playstations, se ve que la juventud se dedicaba a esas cosas. “Soplo de aire fresco” tal vez sea la frase más repetida en las críticas de este prodigioso álbum. Lo cachondo del tema es que, una vez se fue Bell (en su disco en solitario póstumo también metieron mano otros miembros de Big Star, no os creáis), Chilton y el resto se sacaron de la manga en 1974 Radio City, el que probablemente sea –superquitada de careta- el mejor disco de power pop de todos los tiempos, y uno de los mejores de la historia del rock.


¿Tuvieron éxito, Porerror? Ninguno, señora, como pasa siempre. ¿Poperos à la Beatle en el Memphis de los early seventies? No creo. Pues entonces estos joyones serán inencontrables, ¿no? Auténticas rarezas. Pues mire usted por donde que no: los dos discos #1 Record y Radio City se encuentran fácilmente en CD en formato “2 x1” a menos de nueve euros. ¿Y cómo es que no me ha dado nunca por comprármelos y hacer a este grupo todavía más grande? Pues eso mismo digo yo, señora, a partir de leer este post ya no tiene excusa.

Los planes para un tercer album de Big Star se fueron al garete, pero el material grabado de manera trabajosa y a pellizcos se encuentra fácilmente bajo el título Third o Sister Lovers, que al parecer hubiera sido como se iba a llamar el disco. Estas grabaciones, amén de contener curiosidades como versiones de los Kinks, la Velvet o Nat King Cole, no son meros recortes. La música del “tercer disco que no fue” constituye un testamento acojonantemente vital del proceso creativo de un grupo en descomposición pero que todavía guarda un talento que le rebosa por los cuatro costados (algo así como el Let It Be -1970- de Beatles o el Yankee Hotel Foxtrot -2002- de Wilco).


Me mola que dos de sus alumnos más aventajados, Auer y Stringfellow, hayan retomado la antorcha del grupo y que Big Star sigan bien que mal en la brecha, con mucha dignidad, dando conciertos y grabando cosillas. Tocaron en Málaga el otro día, dicen. Algo había oído anunciado, pero no me había querido ni enterar. Me contaron que para el festival Territorios de Sevilla del año pasado, uno de los programadores consultó a un erudito musical local sobre qué grupo de “dinosaurios” molaría más traer, si a Big Star o a los New York Dolls. Al final se optó por New York Dolls, nunca se lo perdonaré: era como escoger entre champán francés o Casera blanca.

Pero claro, tal vez los New York Dolls resultasen más comerciales. Al fin y al cabo, ¿a Big Star quién los conoce?

jueves, 23 de abril de 2009

Magia cristiana


Imaginad a un inocente chico de 14 años, recién llegado a fan de los Beatles. Por su cumple le echan el Diccionario de los Beatles (1992) de Jordi Sierra i Fabra, durante meses –casi años- será su libro de cabecera, de ahí lo aprende todo. En ese libro aprende, por ejemplo, que existió un grupo llamado Badfinger que hacía música bonita apadrinada por los Beatles (todavía no conoce el término power pop). Aprende que Badfinger tuvieron un Top 5 con el tema de Paul McCartney “Come and Get It”, escrita para una peli de 1969 titulada The Magic Christian.

Aprende que The Magic Christian la protagonizan Peter Sellers y Ringo Starr, que en ella sale Raquel Welch semi-en-bolas blandiendo un látigo… pasan los años y el muchacho no vuelve a oír hablar de esta película: ¿la habrá soñado? El chico se hace mayor, agota a los Beatles y se hace fan de Badfinger, se compra toda su discografía por Amazon.com, ve muchas pelis de Peter Sellers, lee libros de Terry Southern, visita Londres, come perritos calientes, le ponen multas de tráfico, viaja en barco… hasta que se convierte en un joven despierto y alegre, que en el día de su trigésimo primer cumpleaños recibe como regalo algo que ya había olvidado: el DVD de la peli The Magic Christian.


Solo que en español su título es Si quieres ser millonario no malgastes el tiempo trabajando. Al chico siempre le había escamado que, habiendo de por medio nombres tan enormes (Peter Sellers, Ringo Starr, Badfinger, guión de Terry Southern y los Monty Python), esta peli no fuera más conocida. Queda con el amigo que se la regaló, con otro que es experto en criptozoología, ven la peli y entonces comprende. Comprende no la peli, claro, sino por qué no es famosa.

Atención, pregunta: ¿Cuál de estas secuencias aparecen en The Magic Christian?

a) Yul Brinner travesti haciendo un baile
b) Peter Sellers recortando un Rembrandt
c) Ringo Starr junto a una piscina de mierda

Ojalá pudiera deciros que ninguna, pero la respuesta correcta es TODAS LAS ANTERIORES. Lluvia de ideas: negros fornidos, caretas de gorrino, sacos de dormir, caza menor con artillería antiaérea, un Hamlet maricón, un guardia de tráfico comiéndose una multa, Raquel Welch fustigando a Drácula (¿o era a King Kong?)… ¿Despropósito? ¿Genialidad? Sin lugar a dudas despropósito, amigos.

Sabido es que uno aguanta lo inaguantable y en pos de una supuesta amplitud de miras culturales se justifica lo injustificable. Pero The Magic Christian, episódico bochorno ajeno con pretensiones satirizantes en lo económico y en lo social, es como si tu sobrino de 5 años te contara -a la vez- Barbarella (1968), El sentido de la vida (1983) y Casino Royale (1967).


Lo que más me turba es que detrás de todo esto se encuentra la mente de Terry Southern, guionista de Teléfono Rojo… (1964), nuevo-periodista y autor de ficción alabado hasta el ditirambo por Norman Mailer, Hunter Thompson, Kurt Vonnegut, William Burroughs, Joseph Heller o Gore Vidal. Y es que al parecer The Magic Christian era una novela suya de culto de 1959, agudísima sátira anticapitalista que se contaba entre los libros favoritos de Peter Sellers (dicen que se la regaló a Kubrick), quien no paró hasta verla llevada al cine. Del libro nada digo porque no lo conozco, pero la peli: simplemente no cuela.

Lo lamento, sacar una película sin pies ni cabeza no es una sátira anticapitalista, por mucho que en ella aparezcan carteles de Mao y billetes de banco mojados en pipí. La actuación de Sellers es mediocre, la de Ringo inexistente, y el rosario de cameos (la Welch, el Brinner, Roman Polanski, Christopher Lee, Richard Attenborough, John Cleese, Graham Chapman, John Lennon…) no basta para enderezar un guión que, por decirlo piadosamente, “hace aguas” (igual que el trasantlántico que da nombre al engendro).


Ya sabéis que yo soy muchísimo de los años sesenta, mi década, ¿eh? Además me encantan las sátiras, el pop, las comedias corales… pero no me gusta que me tomen el pelo. Casino Royale, obra maestra. ¿Qué tal, Pussycat? (1965), todavía me estoy riendo. Teléfono Rojo…, la de Dios en vinagre. Pero el Magia Cristiana me da pesadillas desde que vi la peli. Los 60, ¿eh? ¿Es que acaso todo estaba permitido?

lunes, 24 de noviembre de 2008

Carnaval de luz


Los Beatles, ¡qué gran tema! Seguro que no soy el único al que se le ha ocurrido hablar hoy de ellos. Como bien escuché decir hace años a una chica en el Virgin Megastore de Miciudad, “ellos inventaron el pop”. Eso hoy día no lo discute nadie, lo que a lo mejor no era tan conocido era que también inventaron otros
estilos…

Igual que Guns N’ Roses han puesto íntegro a la escucha gratuita su último y buenísimo (ya os cogeré, a los que os habéis burlado) disco en myspace, Sir Paul McCartney, conocido orfebre de la melodía, rockero a ratos y activista vegetariano ha hecho lo mismo con su más reciente trabajo. Al parecer, la cosa se publica bajo el nombre The Fireman, una especie de grupo paralelo electrónico… la verdad es que no estoy al tanto, como tampoco me interesaron otros proyectos/idas de olla de McCartney, léase Liverpool Oratorio (1991), etc.


Durante años he visto a McCartney como un chiflado amable, ya fuese en su calidad de millonario excéntrico (no recuerdo la cifra, pero creo que gana unos 4 millones de pesetas al día), de figura de referencia en los tabloides (ese divorcio con la modelo coja), de catedrático de no comer carne (cómo estuvo esa aparición en Los Simpson dando apoyo a Lisa) pero no como el músico cuyas melodías se encuentran entre mis favoritas. Ese que nos miraba desde la contraportada del McCartney (1970) o que fue responsable de barbaridades como “Let It Be”, “Yesterday” o “Penny Lane”.

De vez en cuando, la actualidad nos devuelve a la cruda realidad: Ah, copón, que ese McCartney del que tanto hablan en Corazón, Corazón es el mismo de los Beatles!
¿O era el de Pink Floyd? Escuchemos esta noticia, que parece sacada de El Equipo A:

En 1967, cuatro componentes de un grupo de pop realizaron un tema para un festival de música de vanguardia. El obrón, titulado “Carnival of Light”, tenía una duración de 14 minutos, y representaba una improvisación sin partitura, en homenaje a Varese y Stockhausen. Si usted se empeña, y los demás miembros del grupo ya han muerto o no pintan nada, tal vez pueda publicarlo.



Diremos que afortunadamente a nadie en 1967 se le pasó por la cabeza editar semejante engendro (del que no voy a opinar por no haberlo escuchado) como música de los Beatles, pero al parecer a Paul McCartney, el alma de la obra, le dolió en su corazoncito no haber figurado en la vanguardia del rock. Pero vamos a ver, Paul… ¿tú no eras fan de Little Richard?

Sabido es que, un año después, los Beatles sí que hicieron experimentación con su magistral “Revolution 9” (gracias al invento del CD y el mando a distancia hace años que es posible saltársela sin levantarse del asiento). No contento, John Lennon se consagró como el “experimentalista” de la banda con esos discos que a partir de 1968 sacó junto a Yoko Ono a base de peos y eructos, en cuyas portadas aparecían los dos en bolas. ¿De verdad le envidiabas, McCartney?


Sé que a McCartney no le hace falta el dinero, pero también sé que cualquier cosa –sobre todo los nuevos lanzamientos- relacionada con los Beatles mueve cantidades de guita difíciles de imaginar. Me cuesta no pensar, además, que el anuncio de Paul McCartney de que “ha llegado el momento” de que el público conozca esa joya de “Carnival of Light” se encuentra muy relacionado con la edición de su nuevo disco Electric Arguments (2008). Por lo visto el disco es una maravilla, y ahora resulta que McCartney sí que fue un pionero de la escena electrónica/avant-garde inglesa de mediados de los 60. Ahora nos enteramos (desde los loops de “Tomorrow Never Knows” no se vio nada igual, ¿eh?).

Mientras tanto, a la espera quedo de que se edite o no “Carnival of Light” (temblando), y si se edita me lo compraré, como compré “Free As a Bird”, “Real Love”, el disco del Circo del Sol o cualquier milonga que nos quieran vender como “lo último de los Beatles” (soy un yonqui Beatle). Pero vamos, que no nos tomen por tontos. Que los Beatles fueron lo que fueron y son lo que son, sin hacer falta estas fantochadas. Hacían música pop, muy bonita, por cierto, y se hicieron ricos y famosos, ¿no?

sábado, 15 de noviembre de 2008

Finally Quique González


“Al arder la rama las estrellas ardieron también”.
-Quique González




Dado a la hipérbole, una vez más me presento ante vosotros. Pero lo que os digo ahora no es una exageración: he aquí el post que llevaba un año queriendo escribir, el que más ganas tenía de compartir con vosotros. No exagero si digo que fue uno de los motivos por los que me decidí a empezar un blog. Para compartir estas experiencias. Llevaba trece meses deseando volver a asistir a un concierto de Quique González, el cantautor eléctrico. Hubo un amago cancelado el pasado abril, creo, que me dejó con el mal sabor de boca de un conciertus interruptus. Pero ya ha vuelto a ocurrir.

¿Conocéis la sensación de acudir a un concierto y corear las letras de todas las canciones hasta quedaros roncos? ¿De que se os pongan los pelos de punta al escuchar tal o cual trozo “clave” de una letra? ¿De estar nervioso en la cola de entrada hora y media antes de empezar la actuación? Como un puto colegial, creo que La Casa Azul dieron con el símil definitivo: “Como un fan”.

Hace trece meses asistí a mi primer concierto de Quique González, había escuchado su último disco varias veces, me gustaba mucho. Pero era un concierto más. Entonces me senté en una butaca de aquel teatro, vi un escenario oscuro, solo iluminado por una lamparita de pie, escuché la canción “Y los conserjes de noche” y tuve una de las mayores epifanías musicales de toda mi vida. A día de hoy mi novia (autora de las fotos que veis) me lo dice admirada: “A ti este hombre te ha llegado, ¿eh?”. O: “Milagroso: subir al coche de Porerror en días diferentes y que tenga en el CD sonando al mismo artista”. Sí, que me ha llegado, sí, como solo me llegaran Los Beatles, Brian Wilson, Elvis Costello y Fito Páez. Dado a la hipérbole pero no estoy exagerando.


La verdad es que no os voy a intentar convencer de lo bueno que es o no es Quique González, como hago con otros artistas (anteayer mismo, Cooper). Solo pretendo contaros cómo me ha afectado a mí. Hoy no voy a decir “El XXXXX español”, “Suena como XXXXX” o “Lo mejor desde XXXXX”. ¿Para qué? Anoche tuve la inmensísima suerte de ver en concierto a uno de mis artistas favoritos, de verlo en segunda fila, de fundirme con la masa de peña que allí había al son de unas canciones que significan muchísimo para muchísima gente.

Anoche detrás de mí había una pareja de novios jovenzuelos, entre pijos y universitarios (el público medio de Quique) a la que sinceramente deseé faringitis crónica de por vida, tales fueron los desafinados berridos que vertieron en mi oído durante todo el concierto, igual que Claudio vertió el veneno en el oído del padre de Hamlet. Pero esta mañana pienso, ¿qué derecho tengo a censurar sus emociones? De acuerdo con que fueron un coñazo, pero me siento al 100% identificado con ellos. Yo también me encontraba transportado.


La ocasión reservaba más sorpresas agradables: yo esperaba un concierto fin de gira basado en el repertorio de su último disco Avería y redención #7 (2007) –como fue el del año pasado-, en estos nunca faltan canciones antiguas pero, claro, te tienes que mamar el disco nuevo entero. En este caso, sin embargo, se trataba de una gira “Décimo aniversario” con un repertorio moldeado por las peticiones de los fans en la web, algo a lo que Quique siempre ha sido muy aficionado. Hubo una canción inédita (la estupenda “La luna debajo del brazo”) y el resto estuvieron sacadas de sus siete álbumes, además de “Paloma”, versión del temazo de Andrés Calamaro.

¡Qué fantasía! Por allí desfilaron “Personal”, “Cuando éramos reyes”, “Se nos iba la vida”, “Y los conserjes de noche”, “Pájaros mojados”, “Avión en tierra”, “La ciudad del viento”, “Calles de Madrid”, “Kamikazes enamorados”, “Pequeño rock & roll”, “El campeón”, “Miss camiseta mojada”, “Salitre”, “Crece la hierba”, “Caminando en círculos”, “Hotel Los Ángeles”, “Rompeolas”, “Avería y redención”, “Hay partida”, “En el backstage”, “Palomas en la quinta”, “Me agarraste”, y la que abrió el concierto para frenesí colectivo: “Vidas cruzadas”. Creo que no me dejo ninguna, en cualquier caso solo quería dar una idea de los extensivo y variado del repertorio, que como siempre basculó entre el rock “americano” con raíces, la canción de autor acústica y el power pop (impresionante labor de guitarras a cargo de Javi Pedreira).


Después de la actuación, dos horas netas con dos bises de cuatro y tres canciones (Quique no es Van Morrison con un cronómetro de ajedrecista encima del piano, si sabéis lo que quiero decir), los fans tuvimos la oportunidad de entrar al backstage y saludar a los músicos. “Me encanta firmar vinilos” – me dijo Quique al ver mi copia de Avería y redención #7. El backstage, con su humilde empanada, sus blisters de jamón y queso, sus frutos secos, me recordó al testimonio Chanante de Axl Rose y su “panizo” o kikos de maíz gigantes.

Y en fin, que fui, vi, disfruté. Es lo que hacen los fans, ¿no? Hice cola, me desgañité, vi a un hombre tocar un piano que era el frontal de un Ford Capri (con faros encendidos y todo), le di la mano y, una vez en calma, me largué.

martes, 21 de octubre de 2008

¿Crees en la magia?


Conozco el frenesí con dos canciones: así de fácil soy de contentar. Hoy iba a escribir sobre otra cosa, pero es imposible. Estoy tan tranquilo en mi Cosica en mi casita viendo la tele cuando me sobresaltan dos canciones. La primera se llama “Pleasant Valley Sunday”, es del matrimonio formado por Gerry Goffin y Carole King y la hicieron popular The Monkees. La escucho en la serie Padre de familia, en un montaje donde se parodiaba la serie de TV de los propios Monkees, los pre-fab four (“los cuatro prefabricados”, si los Beatles eran los “fab four” –cuatro fabuloides).

¿Por qué me llega tan hondo esta canción, si es una tontada? Para empezar, el riff está plagiado de “I Want to Tell You” de los Beatles. Ayer me decía una amiga “Cuando escuchas jazz a saco durante mucho tiempo, después la música pop te parece una simpleza que te machaquea el cerebro, pam, pam, pam…”. Exacto. Pues la otra canción me llega mucho más. Se trata de “Do You Believe In Magic”, esta escrita por John B. Sebastian para su grupo The Lovin’ Spoonful, su grupazo. “La cucharada de amor”, “de cariño”, por lo menos.


Ayer también recomendaba a esta amiga una docena de discos de pop-rock aparecidos durante el año 2008: todos los tiraría a la basura a cambio de poder escuchar una vez más el riff introductorio de “Do You Believe In Magic”, con esa infantil pero poderosa autoharpa a cargo de Sebastian. Este tema lo escucho en la serie Caso abierto, un caso ambientado en los años sesenta, Vietnam, gente en bolas, fumaban porros, ya sabéis. Y las canciones. Suenan otras luego: de The Zombies, de Mamas & the Papas, de The Doors, de Bob Dylan, de Tommy James and the Shondells, de Aretha Franklin, pero el daño ya está hecho. La que cuenta es la de Lovin’ Spoonful.

Y esto me pasa bastante a menudo, una canción, cogida por los pelos, cazada en el aire como una brizna de hierba… si la pongo yo no vale. Todas las tengo en CD cuarenta veces, en cintas, en vinilo, algunas por triplicado. Pero eso no vale. Tiene que ser que me las brinde la radio de la Vida, el shuffle de lo que conocemos diariamente. Y tiene que ser pop.

Antes os he dicho una mentira. Dije que todos los discos que me gustan de este año 2008 los cambiaba sin pestañear por una cosa de 1965, no es verdad del todo, todos no. Uno se salva del donoso escrutinio, pero es con trampa. Su autor es Brian Wilson, ¿hay que decir más? El otro día lo iba escuchando en el coche, y a medida que pasaban las canciones iba apretando los dientes de coraje. ¿Por qué me haces esto, Brian? ¿Por qué sigues haciendo música de tal calibre cuarenta años después? ¿Tenías guardado en la manga That Lucky Old Sun (2008) desde 1968? ¿Por qué no te has rendido?


That Lucky Old Sun es un disco concepto como pueda serlo SMiLE (1967/2004), más de lo que lo fue Pet Sounds (1966). Nos habla de Los Angeles y del sur de California, ahora (inmigrantes mejicanos, autopistas…) y antes (“en 1961 fuiste mi chica surfera”, “yo solía cantar con mis hermanos”). Nos habla de las playas, del sol y del Hollywood dorado, y tiene unas naranjas en la portada: ¿es posible mayor provocación?

Voy escuchando tus canciones, una a una, como cuentas de un rosario, musitándolas. Eres un puto orfebre, Brian, un terrorista de la melodía. Te odio. ¿Por qué no haces de una vez un disco ramplón para que nos relajemos? ¿No habíamos quedado en que el pop era una simpleza, a pesar de Björk y gente como ella? ¿Que si creo en la magia…?

lunes, 6 de octubre de 2008

Oasis: desentierran su alma


¡No veas cómo estamos con el último disco de Oasis! Este fin de semana han caído unos cuantos disquitos (hasta en una feria del coleccionismo he estado) pero no es eso de lo que os he venido a hablar. De todo lo que me he comprado lo que más ilusión me ha hecho es Dig Out Your Soul (2008), el nuevo de Oasis. Curiosamente lo compré el viernes 3 de octubre, cuando en el Reino Unido su fecha de salida era hoy. Esto sí que supone una novedad y un frenesí para mí: lejos quedan ya aquellos tiempos en que había que ir a Londres para comprarse estas cosas (ahora habrá que ir por otros motivos).

Tranquilos que no me voy a poner nostálgico en plan “añoranza de los 90”. Podría escribir los versos más tristes esta noche y decir, por ejemplo, que los dos mejores grupos de aquella década fueron Oasis y Nirvana. Pero eso ya lo dijo hace unos años Paco Pérez Brian, y tampoco es cuestión de plagiarlo. Podría decir también que Dig Out Your Soul es el mejor disco de Oasis desde (What’s the Story) Morning Glory? (1995) pero eso os lo dejo a vosotros.


La recepción crítica ha sido unánime. El éxito también le acompaña: “The Shock of the Lightning” es número 3 de singles en UK por detrás de Pink y Kings of Leon. La canción es un temazo en la línea de “Rock and Roll Star” (la primera de su primer disco) que no se me va de la cabeza desde que lo escuché por la radio en Palermo el 19 de agosto. El álbum entero se edita hoy, ya digo, y será número 1 seguro; en América será Top 10. A lo mejor esto os parece una chorrada pero para mí es muy significativo porque Oasis son uno de mis grupos más queridos, prácticamente el primer grupo del que me hice fan hasta el punto de querer tenerlo todo de ellos, comprarme los singles por las caras B, etc.

Y me alegro de que se mantengan en el candelabro, copón. ¿Pues no andan por ahí gente como U2, REM o Metallica que en la actualidad son irrelevantes pero que cada vez que sacan disco y hacen gira se forran de billetes? Tienen muchos fans y cada vez se les van sumando otros nuevos. Pues a Oasis les pasa igual. Aliviados de la presión de ser “la gran esperanza blanca” del indie británico, los nuevos Beatles o los salvadores del rock and roll –algo que indefectiblemente conducía a una desilusión artística con cada nuevo disco que sacaban-, se han convertido en el grupo de rock de referencia de Gran Bretaña, que no es decir poco.

Volviendo a Dig Out Your Soul, el álbum se escucha de manera muy agradable, por fin Oasis han dado con el “Huevo de Colón”: 11 canciones y 45 minutos. Todo lo demás sobraba, a lo mejor no han tomado tanta cocaína para grabar este disco. Noel Gallagher sigue siendo el alma del grupo, pero ya “solo” compone 6 de los 11 temas, los otros son de su hermano Liam, de Gem Archer (ex Heavy Stereo) y de Andy Bell (ex Ride y ex Hurricane #1). Noel canta cada vez mejor (o utiliza mejores efectos de estudio, lo que sea es bienvenido) y Liam, como bien leí en una revista inglesa en 1997, es “simplemente la voz más carismática de su generación”.


¿Y qué encontramos en este disco? Pues pop-rock británico de corte clasicista, tirando por un lado a los 60 (Beatles, Rolling Stones, Who, psicodelia) y por otro al “sonido Manchester” (Happy Mondays, Verve, Charlatans, Stone Roses). Lo de esta peña con los Beatles es ya mítico: Noel está obsesionado, en cierta ocasión dijo que los dos primeros discos de Oasis eran mejores que los dos primeros de los Beatles, lo cual es verdad pero no significa absolutamente nada. Yo nunca he visto que les haya plagiado, solo versionado un par de veces, pero la sombra de los de Liverpool es alargada. En Dig Out Your Soul he detectado un par de samples no declarados (“Dear Prudence” y “A Day in the Life”) y hay extractos de una entrevista a John Lennon.

Dice Stephen Thomas Erlewine –el crítico musical- que Dig Out Your Soul suena como debió haber sonado Be Here Now en 1997 si entonces a Oasis no se le hubiera ido la olla. Totalmente de acuerdo: es lo primero que pensé la primera vez que escuché el disco. Tampoco me voy a enrollar aquí glosando una obra que se entiende perfectamente por sí misma, solo hay que atreverse a escucharla. Al hacerlo me saltan al oído dos o tres potenciales singles más, “Falling Down”, “I’m Outta Time”, “Waiting for the Rapture”… luego está la psicodelia suave de “Soldier On”, la energía bailonga de “The Turning”, todas las canciones tienen algo. Discazo: no apto para gente con prejuicios.

martes, 2 de septiembre de 2008

Discazos

Permitidme un pequeño post musical, ahora que dizque se acaba el veraneo, y que todos hemos vuelto a trabajar y esas cosas. Música para oxigenar el cerebro y permanecer fresquito, que a pesar de estar ya en septiembre, por aquí no remiten los calores. Algún día os hablaré sobre mi teoría de música refrescante y música que da calor. Por el momento, baste saber que los dos discazos que os he traído hoy son de los veraniegos.


Cara A. Casualmente, además de la música más bonita que existe, la palabra inglesa pop quiere decir “refresco”. Nos llega aquí una golosina cuyo efecto es equiparable a que una persona muy querida te soplara en la carita. Me refiero a She’s About to Cross My Mind (2007), del duo Americano de power pop The Red Button. A estas alturas, decir que el power pop trata de emular los sonidos de los años sesenta es decir lo obvio, pero pocas veces se actualiza esto con tanta precisión como en este disco. Coordenadas: Beatles, Beatles y Beatles, circa 1965-66. Y no hay más. Bueno, si, la última canción, “It’s No Secret” es la única que se desmarca un pelín del resto, sonando más contemporánea, digamos, como unos Teenage Fanclub.

El disco se abre con un pepino titulado “Cruel Girl”, en el que desde las guitarras hasta el timbre de las voces nos recuerda a Lennon y McCartney. A ver, no se trata de una mera fotocopia, ni de (solamente) un ejercicio de nostalgia, pero estos grupos no se entenderían sin las referencias a las que aspiran parecerse. La canción que da título al álbum y otras como “Hopes Up”, que parece un descarte de Help!, nos retrotraen al año 1965 de una manera deliciosa. “Gonna Make You Mine” parece desentonar un poco a primera vista, por sus ritmos garajeros, pero nunca debe olvidarse que los Beatles no fueron ajenos al organito Vox y a pegar gritos.

Si os interesan estas cosas, leeréis que el disco es una muestra de Mersey Beat, lo cual es falso porque se trata de algo más elaborado, complejo y pulido (para entendernos, en 1965, los Beatles ya habían dejado atrás el estilo llamado “Mersey”, en referencia al río que baña Liverpool). Si queréis un marchamo de calidad –si no os fiáis de Porerror, vaya-, os diré que este disco fue votado como el mejor del año pasado por los críticos del foro Power Pop Action! Si queréis un piropo más impresionista, pensad que la canción más larga dura 3 minutos y 41 segundos.


Cara B. Si The Red Button encarnan a los Beatles cuarenta años después, The Hi-Risers serían todos los demás grupos de la década juntos. En efecto, su notabilísimo disco Once We Get Started (2008) bien pudiera calificarse de mini-enciclopedia de todos los estilos blancos del pop-rock de los 60. La pegatina del CD nos advierte en letras mayúsculas: NO COMPRE USTED ESTE DISCO… si no le gustan los Beach Boys, la Invasión Británica, el rock and roll americano y las melodías en general. Irresistible, ¿no?

Siendo power pop (o rock-pop, o pop-rock), The Hi-Risers no suenan tan jodidamente retros como los mencionados antes The Red Button. Estos hacen una música que parece levemente más moderna. Pero anclada en la tradición, qué duda cabe. A los estilos o géneros citados en la pegatina yo añadiría el rockabilly de “She’ll Be My Ruin”, el country Bakersfield de “18 Wheels of Love”, el rhythym and blues blanqueado de “Hole In My Heart” o el sonido chicle de “Boom Chicka Boom”. Incluso hay una canción que es hermana de varias de los Kinks, el “ATM Inside”.

Una obvia crítica que se le pueden hacer a estos grupos es que suenan como los antiguos, pero esto para ellos resultaría un halago. Como bien dijo un amigo en cierta ocasión, a propósito de las canciones de Jarabe de Palo: “si me gustan todas, ¿qué más da que sean todas iguales?” Pues eso. Que el que pasa calor oyendo música es porque quiere.

viernes, 11 de julio de 2008

Retorno a Cosica


"He cruzado el desierto en un caballo sin nombre".
(America)

¿Lágrimas? No: legañas. Algo que se acumulaba en los ojos de Porerror no le dejaba ver bien pero él sabía claramente que de su certera vista dependía la conducción y –en último término- el buen suceso de la empresa que aquella mañana había acometido. Se frotó los ojos y pisó el acelerador, como en esa canción de los Beatles. La línea del horizonte le devolvió su reflejo y un puntito de luz, que pronto se convirtió en un peligroso cartel: una flecha de dirección. “Cuenca minera”. No había más indicaciones, ni de topónimos ni de distancias. Porerror sabía que al salir de aquella rotonda estaba abandonando la civilización.

La dieta musical que se había permitido no era estricta: Family, Jacob Golden… pero a partir de ese momento Porerror comprendió que ya solo valían dos tipos de canciones: las de jazz y las que tenían distorsión. Sonny Clark y los Black Crowes le fueron marcando el camino. La leyenda contaba que más allá del gran-pueblo-donde-se-come-buen-pescado-frito, incluso más allá del pequeño-pueblo-de-la-fábrica-de-botas, una angosta carretera flanqueada por eucaliptos serpenteaba hasta el destino final: Cosica.

El pueblo de Cosica era un asunto simple: un blanco caserío y una iglesia renacentista que se cae a pedazos. También había cuatro o cinco bares, dos farmacias, un hostal, una gasolinera, un supermercado… todo muy pintoresco para ir de visita. El problema –si de tal podía tildarse- era que Porerror no estaba allí de paso: pretendía quedarse a vivir. No era la primera ocasión en que nuestro hombre hollaba las calles de Cosica, hacía poco más de tres semanas que se había aventurado por primera vez, una previa toma de contacto, una medición del terreno. Dice una leyenda que hay que medir Cosica antes de que ella te mida a ti el lomo.


Lo primero que le sorprendió al llegar al pueblo fue que era día de mercado. Lo segundo, que no había Museo del Queso. La vida en Cosica iba a ser más dura de lo que le habían pintado antiguos supervivientes. Una amable lugareña vestida de blanco se lo confirmaba minutos más tarde: “Aquí se vive muuuuuuy tranquilo, nunca pasa nada. Te pondrás Internet, ¿no? Espero que te guste leer o escribir…” Porerror estuvo a punto de comentarle que llevaba unos meses escribiendo un blog, pero el viento ya se había llevado a la señora. Un parpadeo podía durar meses en Cosica, lo malo es que cada segundo pesaba como un año.

Porerror se adentró en las calles principales del pueblo, y no dejó de constatar un hecho curioso: la mitad de sus habitantes se desplazaba en ciclomotor, la otra mitad en caballo. Pese a ser un forastero, Porerror encontró que todo el mundo le saludaba, “Igualito que en Inglaterra” –pensó. Avanzó hasta donde sabía que se encontraba su lugar de trabajo. Él había vuelto a Cosica en busca de un techo, de un sitio donde quedarse, pero no pudo resistirse a mirar cara a cara –una vez más- el edificio donde iría a ganarse el pan. “Allí más abajo, donde se pierde la carretera, están construyendo un polideportivo” –la mujer de blanco había vuelto a materializarse a su lado. “Ah, qué bien, qué interesante” –alcanzó Porerror a replicar, por toda respuesta.

El sol se encontraba en su cénit veraniego cuando Porerror decidió salir del pueblo. La broma había durado ya bastante. Años le quedaban por delante para hacerse con Cosica, sus calles, sus casas, su gente, sus ovejas. A la salida del pueblo volvió la vista hacia atrás desafiante (se había jurado que lo iba a hacer). Se acordó de la novela Papá Goriot (1834) de Balzac, de la escena en la que el joven Rastignac contempla la estampa de Paris que tiene ante sí y exclama: “¡Nos veremos las caras!” A Porerror, en todo momento más humilde y pragmático, solo se le oyó musitar: “Vámonos a la playa”.

jueves, 8 de mayo de 2008

Historia de una mujer que tenía cola (Lo-lo-lo-lo-lo-la)


Hablando de casualidades, en plan Amantes del Círculo Polar (1998), ayer hablamos aquí del “La, la, la” y hoy toca hablar del “Lo, lo, lo”. Otra casualidad es que ayer en un comentario Fran G Matute trajera a colación el vínculo “La, la, la” – The Kinks (y digo yo una cosa: si se iban a querellar por “Death of a Clown”, entonces ya de “Wonderboy” ni hablamos, ¿no?). Pero no es esa la casualidad que me ha impulsado a escribir el post de hoy, sino otra.

Hace unos días leo en un libro/DVD sobre los Kinks que cada año el señorito Ray Davies (autor del 95% de las canciones del grupo) se embolsa tranquilamente unos 9 millones de euros nada más en concepto del uso que se hace de su música en anuncios publicitarios. Conociendo la legendaria afición de Ray Davies al vil metal (el colega es de la Hermandad del Puño, de toda la vida), entiendo que el buen hombre estará muy contento. Y aún así sigue haciendo discos buenos (a sus dos últimos en solitario me remito). La verdad es que estas cifras de ingresos por publicidad llegan a ser mareantes, diría que casi se acercan a lo que debe de cobrar al año Pau Donés (Un, Dos, Tres, responda otra vez: ¿cuántos anuncios han usado temas de Jarabe de Palo en los últimos diez años?).

En estas estoy (en lo del libro) cuando me veo en la tele el nuevo anuncio de Coca-Cola, en el que un zangolotino se desgañita cantando un pegadizo estribillo “Lo, lo, lo, lo, Lo-la”… y enseguida pienso “ya está cobrando Ray Davies”. El anuncio te anima a grabar “tu propia versión” de “Lola” y colgarla en una página web. Al día siguiente me fijo en que un avance de la serie Los hombres de Paco también usa de fondo la misma canción que fuera éxito de los Kinks en 1970. No veía tantas canciones de esta gente en la tele desde que Telecinco usó hace diez años el “Celluloid Heroes” para promocionar su Cine 5 Estrellas


Y entonces me digo ¿rimar “Lola” con “Coca-Cola”? Sin duda nos encontramos ante una cumbre lírica. Analicemos la letra del tema: “La conocí en un club del viejo Soho, donde se bebe champán y sabe igual que la Cherry Cola… Lo, lo, lo, lo, Lo-la”. Lo gracioso del asunto es que originariamente la letra decía “Coca-Cola” y no “Cherry Cola” (y así quedó recogido en la versión del single), pero siempre se ha dicho que Ray tuvo que regrabar esa parte de la letra para evitar problemas por el uso de aquel nombre comercial. ¿The Coca-Cola Company poniendo obstáculos a que le hagan propaganda gratis? Yo nunca me lo tragué, máxime cuando un año antes los Beatles cantaban eso de “he shoot Coca-Cola” en la canción “Come Together” sin ningún tipo de problema.

Sea como fuere, lo cierto es que el destino ha querido que don Raymundo se embolsille una pasta ahora a costa de la gaseosa bebida, y la peña como loca con un estribillo que es verdad que la primera vez que lo oye uno se cree que ha inventado la pólvora. Volviendo a la letra de la canción, es necesario explicar que “el viejo Soho” es conocido por ser el barrio gayer de Londres, y que la tal Lola es en realidad una de esas “mujeres” que le pirran a Ronaldo. ¿No sería esa la razón de que The Coca-Cola Company no quisiese ver su nombre asociado a la canción, el hecho de que contara la historia de un travesti?

Me acuerdo de los Kinks y de una biografía suya que compré en una librería precisamente en el Soho londinense. A su alrededor había muchos clubes de esos pupita, como los que nombra la canción. Me acuerdo también de un estéril debate: ¿fue Ray Davies el mejor escritor de canciones de los años sesenta? Tengamos en cuenta que sus competidores o iban en tándem (Lennon-McCartney, Jagger-Richards, Bacharach-David) o no escribían letras (Brian Wilson). No sé si sería el mejor, pero desde luego que sí el más visionario. Volvamos a la letra de “Lola”: “Las chicas serán chicos y los chicos serán chicas, el mundo está mezclado, revuelto y agitado”. No sé que pensáis, pero de momento ya hay un tío (que antes era mujer) embarazado.

miércoles, 30 de abril de 2008

Albert en el cie con diamán


“La psicodelia llamaba a las puertas del mundo con sus dibujos espirales, sus colores ácidos y sus canciones transidas de LSD.”
(Fernando Royuela)


Ayer murió el Dr. Albert Hoffman, el químico suizo que ha pasado a la historia porque en 1943 fue la primera persona en sintetizar la dietilamida de ácido lisérgico, sustancia más conocida como LSD. Esta poderosa droga fue descubierta/ creada de manera fortuita, mientras Hoffman trabajaba en –nos cuenta la prensa- los cornezuelos del centeno. (Si alguien sabe qué son los tales cornezuelos por favor que deje un comentario explicándomelo.) Pero no es de Hoffman de lo que quiero hablar en este post, ya habrá biografías y obituarios bastantes. Más bien quisiera hablar de su legado involuntario, aquel que floreció 25 años después en los años sesenta.

Nunca olvidaré aquella tarde de viernes en catequesis (sí, amigos). Teníamos 17 años y antes de empezar, los catecúmenos nos reuníamos y catábamos canciones de Nirvana y de Oasis: eran los locos años 90. En mi grupo había un neo-hippy que empezó leyendo a Nietzsche y acabó tocando el sitar, un rockero aficionado a los pitillos y a Héroes del Silencio y varios nihilistas adolescentes más, entre los que me incluyo. En cierta ocasión, los catequistas nos preguntaron qué era lo más importante en nuestras vidas, y un colega respondió: la psicodelia. Yo me quedé maravillado, ahí comenzó una amistad. Como dato os diré que el tal colega es hoy día músico y uno de mis mejores amigos (pese a no leer Estatuas Verdes).

Psi-co-de-lia, mágica palabra que apenas alcanzábamos a comprender. ¿Cómo habría sido en los años sesenta? Para entenderlo estaban el cine (la escena de la fiesta en Cowboy de medianoche, 1969), la literatura (Hunter S. Thompson, Pynchon) y ante todo la música. Si, según el clásico, el careto de Helena de Troya fue “el rostro que puso en marcha un millar de naves”, la droga de tito Hoffman fue la sustancia que puso en funcionamiento un millar de millares de grupos de música rock.




A menudo se confunden los términos “psicodelia” y “rock de garaje”, y el término tampoco es ajeno a aleaciones con otros estilos como el pop o el folk-rock. En realidad la psicodelia, más que un estilo musical de verdad es una especie de credo estético (si se me permite la cursilada), y como tal puede impregnar muchos subgéneros del rock. Y eso sin contar con que muchísimos grupos se subieron al carro de la etiqueta simplemente porque estaba de moda, sobre todo a partir del verano de 1967 (léase Rolling Stones, Hollies o Byrds).

Pero no nos engañemos, tampoco la psicodelia es cualquier cosa. Hay gente que utiliza la palabra como sinónimo de “paranoia” (también usada sin propiedad), solo para indicar que algo es “raro”. Piscodelia son unos señores que visten con colores llamativos y accesorios retro (chaquetas militares, collares, caftanes) y hacen música bien estridente bien naïf dizque para reproducir los estados de conciencia alterados inducidos por drogas alucinógenas como el famoso LSD. Hasta los Beatles tuvieron su rollo psicodélico, y si no que se lo pregunten a John Lennon cuando le acusaron de que el título de su canción “Lucy in the Sky with Diamonds” era una clave para decir LSD.

En su regular novela Violeta en el cielo con diamantes (2005), Fernando Royuela utiliza el LSD como vehículo de entrada en la España Franquista de las nuevas ideas sesentayochistas provenientes de Europa, en especial de la revuelta Francia. En su fantástica novela La subasta del lote 49 (1966), Thomas Pynchon nos presenta a una protagonista inmersa en una paranoica trama de conspiraciones, y al principio del libro nos cuenta cómo esta mujer sigue un tratamiento a base de LSD recetado por su médico. Y es que no debemos olvidar que antes que droga de recreo el LSD fue probado como medicamento, con polémicos resultados (finalmente fue que no). Incluso el ejército norteamericano realizó en los años 50 numerosas pruebas usando soldados como cobayas humanas para poner a prueba la resistencia humana a los efectos de la novedosa sustancia.

En la puerta de mi cuarto en Inglaterra, mi amigo Jorge UK (así llamado porque tengo otro amigo Jorge en España), químico de pro, me puso un póster con el dibujo de la fórmula de la cafeína, la viagra y el LSD, según él “las únicas sustancias que necesita el estudiante para sobrevivir”. Pobre de mí, yo que en esa época la única droga que tomaba era el tinto con Coca-Cola… No puedo hablar en primera persona de los efectos del ácido, ni falta que me hace. Tampoco admiro especialmente a aquellos creadores que dicen haber realizado su obra bajo su influencia. Ahora, eso sí: nunca le hago ascos a un buen disco sesentero de los llamados “psicodélicos”, aunque en realidad de psicodelia y de LSD tengan lo que usted y yo sabemos: aproximadamente lo mismo que Massiel mirando la carta de ajuste (en 1968, claro).

viernes, 11 de abril de 2008

¡Ah, el dulce Mateo!


Este post está dedicado a todos los que me decís que aunque no os interese el tema del día, leéis mi entrada igual. Vosotros sois Estatuas.


“¿Cómo conociste a Matthew Sweet?” –me pregunta el otro día una amiga que jamás ha oído hablar de él. Voy a contestarle y de pronto me quedo en blanco. La cosa se pierde en la noche de los tiempos, no sé de cuándo me viene la afición por este cantante. Otra pregunta más fácil: “¿A qué suena?” “¿Conoces a Teenage Fanclub?” “Mh-mh”. “¿A The Posies?” “Mh-mh”. A lo mejor no era tan fácil.

Hace muchos años que me gusta el pop-rock bonito, el de guitarras y armonías vocales. ¿Lo llamamos power pop? ¿Pop alternativo? También lo llaman “pop contemporáneo” o “pop adulto”. Para mí son canciones, que luego mis colegas músicos me riñen por ser tan enciclopedista con las etiquetas de los estilos. Supongo que por Teenage Fanclub (creedlo: hubo un tiempo en que fueron famosos) conocí a The Posies, y por estos me llegaron nombres como Big Star o Matthew Sweet.

Realmente no tuve nada suyo hasta que en Inglaterra un compañero americano de residencia me regaló un recopilatorio. Él cantaba y tocaba, pero le iba más el reggae y el rap. Compró el Time Capsule: The Best of Matthew Sweet 90/00 (2000) y lo flipó, claro: “Iba a tirarlo a la basura, ¿tú lo quieres?, quédatelo”. Y entonces lo flipé yo, pero en el buen sentido. Creedlo: hubo un tiempo en el que Matthew Sweet también fue famoso, salía en la MTV y sus álbumes eran Disco de Oro en USA. Recuerdo que en la novela de Bret Easton Ellis Glamorama (1998) los personajes bailaban en una disco de moda al son de su tema “Sick of Myself”.

La canción por la que probablemente Sweet pase a la historia sea “Girlfriend”, de su disco homónimo de 1991. Dice All Music Guide que todos las grabaciones de power pop de mediados de los noventa en adelante tienen una deuda no reconocida con ese álbum. A mí “Girlfriend” en concreto me impactó tanto que he llegado a escribir un cuento inspirado en la canción. Tampoco se puede olvidar su disco 100% Fun (1995), pero hoy quisiera romper una lanza por la parte de su obra menos conocida y menos valorada.

Empiezo por sus dos discos de los ochenta, Inside (1986) y Earth (1989). Estos suenan muy diferentes a el rock alternativo que se haría en los noventa, son más cercanos al llamado jangle pop (o sea, pop de guitarra deudor del sonido sesentero de Beatles o Byrds, sin tanta distorsión). La producción, como muchas de aquellos años, da un pelín de miedo, pero superado este escollo se encuentra uno con un par de disquitos repletos de buenas composiciones. Para que os hagáis una idea, suenan un poco como sonaban R.E.M. por aquellos años (antes del Out of Time, 1991).

Otro disco que la crítica no ha santificado es el Blue Sky On Mars (1997) -el título está sacado de Desafío total, ¿no?-. Se supone que tras su trilogía alternativa-power de Girlfriend, Altered Beast (1993) y 100% Fun Sweet bajó el listón, al entregar un álbum más reposado, en el que no sé exactamente dónde está el problema. Para mí es un disco divertidísimo, en el que predominan los rocks moderados y los medios tiempos (el territorio más propicio para Matthew Sweet: sus baladas sin embargo aburren a las ovejas). Líricamente Sweet no pasará a la historia, sus letras tiran del repertorio clásico del rock: me voy a Los Ángeles, mi chica es malvada, ya te olvidé, etc, pero pienso que en este álbum las melodías mantienen un nivel increíblemente bueno, y el trabajo de guitarras no es desdeñable.


Por último quería hablar de su último trabajo (¡qué cartesiano soy, cojones!). Under the Covers, Vol.1 (2006) –el título es un juego de palabras: covers en inglés significa “sábanas” y “versiones”- es un esfuerzo conjunto realizado con Susanna Hoffs, la cantante de Bangles. ¿Os acordáis de Bangles? Otras históricas del jangle pop, que sin embargo pasarán a la historia por versionar a Prince, cantar “Eternal Flame” y bailar en un videoclip imitando a los egipcios. Este disco no es que aporte mucho ya que se trata de una colección de versiones de “clásicos” de los años sesenta, eso sí pasados por el tamiz del power pop. El “Vol.1” nos hace soñar con ulteriores entregas, de momento la nómina incluía preciosísimas versiones de los Beatles, Beach Boys, Bob Dylan, Neil Young, The Velvet Underground, Love, The Zombies o The Who.

La semana pasada se montó en mi coche un amigo, músico profesional, y en la radio estaba puesto un disco de Matthew Sweet. “Oye, qué bien suena esto, ¿qué es?” Le conté y me dijo: “¿Esto pop? ¡Pero si tiene guitarras rockeras, los cambios de acordes propios del blues y el cantante suena como el de R.E.M.!” Sí, amigo. Y eso que no escuchaste las que suenan a folk-rock, y alguna que otra con un tufillo country. Todo con un denominador común: música bonita, música dulce. Dulce Matthew Sweet.
 
click here to download hit counter code
free hit counter