Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

Mostrando entradas con la etiqueta Led Zeppelin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Led Zeppelin. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2009

El rock ha muerto. Viva el rock. Etc.


Hubo un tiempo, que vamos a acotar groseramente entre 1985 y 1995 (give or take a year or two), en el que el rock and roll importaba. Tal vez conviene aquí eso que yo tanto odiaba cuando lo hacían mis profesores pero que tanta falta hace: aclarar la terminología. El buen Fran G. Matute lo hizo con el pop y con el Pop, yo voy a intentarlo con el rock and roll. Entiendo por rock toda la música popular de los últimos 60 años, inspirada por ritmos anglosajones, principalmente negros, y todas sus derivadas y variantes.

En el término rock incluyo así a Elvis, a Stevie Wonder, a Village People, a los Sex Pistols, a Madonna y a Jason Mraz, pero no a Montserrat Caballé o Barbra Streisand. Me se entiende, ¿no? Dentro de este maremágnum, rock and roll sería concretamente la música nacida en su origen de la fusión del blues y el country, rítmica, pensada en sus inicios para bailar, e interpretada sobre todo a base de pianos y de guitarras eléctricas. Para entendernos, rock and roll, sería la faceta que ha conservado el halo de “autenticidad” dentro de toda la música rock (o pop): Elvis, Rolling Stones, Hendrix, Led Zeppelin, Aerosmith, Guns n' Roses


Alguna gente habla de rock clásico” para referirse a la supuesta edad dorada del rock and roll, entre 1967 y 1972, en la que surgieron artistas como Hendrix, los Doors, Steppenwolf, Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, David Bowie… Otros artistas más blanditos pero igualmente auténticos (más que nada porque eran los únicos que había) pueden, según el caso, añadirse a esta nómina; me estoy refiriendo a peña como los Beatles, Simon & Garfunkel, Beach Boys o Elton John.

Por último, la etiqueta rock’n’roll suele reservarse para denominar los primeros estilos de rock and roll surgidos en los años 50: el vocal, el de Nueva Orleans, el de Memphis, son los discos de (otra vez) Elvis, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly o The Marcels.

Pues bien, hubo un tiempo en el que el rock and roll importaba, sobre todo el rock clásico. Coincidió con la implantación universal del CD como formato de escucha, y parecía que la cosa iba bien al reeditarse los catálogos de Beatles, Rolling Stones o Hendrix. En 1993 no era raro escuchar en Los 40 Principales una canción de los 4 de Liverpool o del zambo zurdo de Seattle. En aquella época tenía sentido que la juventud lo flipase con canciones con las que lo había flipado la juventud hacía 20 ó 30 años. Hoy no. Hacía 20 ó 30 años tampoco. Por esta razón pienso que la época a la que me refiero tiene algo de especial porque es, en cierto sentido, única.


Vale, mis amigos y yo éramos frikancos, escuchábamos a Hendrix, los Who, la Creedence o Pink Floyd con 15, 16, 17 años. Éramos minoría, pero no éramos los únicos. Tampoco era la única música que escuchábamos, pero sí fue un ingrediente fundamental a la hora de forjar nuestros gustos, por no decir nuestro criterio. ¿Y cómo conocíamos esa música? No porque la heredáramos de nuestros padres (no de los míos, desde luego), ya aquello en España había sido poco menos que música underground. Se conocía y estaba a nuestro alcance, porque sonaba en la radio, en programas más o menos especializados, porque tenía presencia en los medios escritos, porque importaba.

Todo esto acabó más o menos en los años noventa, con la llegada del nihilista grunge (que, paradójicamente era punk, pero que ayudó a no tomar en serio a los dinosaurios), con la popularización masiva de la música tecno y el hip hop, es inevitable que los gustos cambien. Hoy día vaya usted a un instituto, señora y pregunte por Jimi Hendrix. Vaya usted al mejor instituto de su localidad, a los niños más musiqueros, a los que llevan camisetas negras.


De todo esto me he acordado hoy (aunque llevaba tiempo queriendo darle forma en un post a estas ideas) revisionando la hilarante peli Las aventuras de Ford Fairlane (1990). Trata sobre un “detective del rock and roll, que por aquel entonces era sinónimo de “industria discográfica”, ya que el rap aún no había eclosionado al nivel mainstream que alcanzó en los 90. Una peli como Ford Fairlane (con un protagonista que imita a Elvis, con la propia Priscilla Presley en el reparto, trufada de citas de canciones de Hendrix o los Rolling Stones, con un trasfondo de estrellas de heavy metal asesinadas) no tendría sentido hoy día, pienso que a nadie le haría gracia.

De ahí el título del post de hoy: el rock ha muerto, viva el rock, etc…

martes, 23 de junio de 2009

Cosica año 1


-“Presiento que tu temporada en Cosica va a ser muy fructífera, en cuanto a literatura se refiere.”
(*Ana*, comentario en Estatuas Verdes. 11/07/08)





Que el Apocalipsis no anda lejos es otro axioma con el que hoy me gustaría empezar el post. Hay señales cumplidas más que suficientes: Chambao y Pitingo han dado un concierto juntos, la gente salta de los balcones, en los bares aparecen misteriosos flamenquines (rellenos de queso!!!! ¿dónde se ha visto?) del tamaño del brazo de Rafa Nadal, Elvis Costello ha sacado otro disco de country (“How many more times?”, que decían Led Zeppelin hace 40 años), Ramoncín es jurado de la nueva edición de OT

Por si esto fuera poco, los indicios parecen remitirnos a la conclusión de que yo me estoy acostumbrando a la vida rural. ¿Rural? Pero si tú no vives en el campo, cobarde! En la ciudad es donde le aseguro que no vivo, señora… Y he aquí lo que me trae al tema de hoy: día de San Juan, en el que según Canal Sur Radio la máxima tradición andaluza es meter tres patatas debajo de la cama, 24 de junio, se cumple un año de mi primera visita a Cosica. ¡Jirl! Si sabéis de lo que hablo, el recordado post “Retorno a Cosica” no fue sino la plasmación –entre el terror y la ironía- de mi segunda visita a Cosica: hence the title.


Hoy, exactamente un año después de la primera vez que vine, mi percepción del pueblo es completamente diferente, aunque tal vez haya que hacer caso a Fito Páez y concluir que “si algo ha cambiado, eso es nosotros”. Yo no soy el mismo que llegó a Cosica hace un año con un disco de La Costa Brava y un puñado de buenas intenciones debajo del brazo. Aquella primera visita me resultó tan bizarra que decidí no consignarla en el blog (un poco de avestrucismo también hubo, lo confieso: si no hablo de él, el pueblo desaparecerá). ¿Y qué tenía de malo Cosica, exactamente? La respuesta es “nada”, salvo que no era el sitio donde yo vivía y me había criado: o sea, “todo”.

Hoy Cosica sí es –para bien o para mal: hay una facción de mi familia que me sigue dando el pésame- el sitio donde vivo. Y ya lo dijo Antoñito Machado: “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito”, al final va a resultar que le he cogido cariño a la cosa porque no me ha tocado más remedio que vivirla. El sábado pasado me decía el buen Truman: “Tú estás encantado en Cosica, mamón. Empezaste despotricando y ahora hablas todo con humor, te lo pasas pipa”. Correcto. Pero ojo, ojito, ojete: que esté contento y que me lo pase bien no significa que sea feliz. Aunque de eso, claro está, no tiene la culpa el pueblo.


Mi buena madre me comentaba el otro día también, desde el horror: “No te vayas a engolosinar con ese pueblo y te vayas a quedar allí a vivir, ¿eh?”. No sé de dónde ha sacado la idea, lo cierto es que cada fin de semana la visito y le voy con mil historias y anecdotuelas (que siempre intento que sean positivas) sobre mi vida aquí. Pero de ahí a concluir que tengo en mente “empatronarme”, creo que media bastante trecho! Eso de desplegar la suspicacia cada vez que hablo bien de Cosica parece ser que está de última moda. Tengo compinches de trabajo a los que diríase que se les pinza una vértebra cada vez que me oyen decir cosas buenas del pueblo, por ejemplo (y no son uno ni dos).

Como decía, yo no soy el mismo de hace un año: más viejo, más sabio, más conforme, más tolerante, más triste. Pero el pueblo tampoco es el mismo. Veo las fotos de hace varios meses y lo que antes no eran sino edificios al azar, “un blanco caserío”, cobra ahora sentido completo como una maldita estampa gestáltica: la calle Noséqué, la casa de Fulano, ahí vive Menganito, etc, etc… Lo que antes era un exiguo callejero inhóspito y lleno de perros sueltos se ha convertido en un exiguo callejero perfectamente familiar y lleno de perros sueltos, a los que al menos ya tengo cartografiados. La gente absurda a la que hubo que repartir collarines cuando yo llegué (cómo no girarían el cuello a mi paso) son ahora vecinos que me saludan. Y eso mola.


Cosica es mi Macondo, mi Yoknapatawpha, es como la España de Zapatero: ese territorio inexistente en el que nos refugiamos para soñar. Y ahora me voy de confesión: dada mi trayectoria personal, yo jugaba todas las papeletas para la lotería del amargamiento en este pueblo; me pasó en Inglaterra y me pasó en los USA, que me iba de fiesta a diario, compraba libros y discos por docenas y me reía a tope pero estaba a disgusto. Por esta razón (y dado que aquí ni siquiera hay librerías ni tiendas de discos) me había planteado a mí mismo como reto personal el no dejarme vencer por el desánimo, ponerle al mal tiempo buena cara y tratar de llevar una existencia agradable en Cosica. Y amigos, mamá, estatuas de bronce, señoras y señores: puedo decir con una sonrisa que lo he conseguido.

sábado, 30 de mayo de 2009

Territorios 2009: Sandwich de canela


Decía el buen Jardiel Poncela en el prólogo de una de sus obras, “Verán ustedes canela”. Pues anoche, en Sevila, en el festival Territorios, se vio canela: en rama y molida, a manos llenas. Ahora bien, también hubo espacio para los bostezos.

Acudo a Sevilla, la ciudad de los prodigios y los carriles bici, para ver el día rockero del festival Territorios. El cartel, simplificado, consistía en los grupos yanquis Wilco, The Jayhawks y los granadinos Lori Meyers. También actuaron otros, como Akron/Family, que sinceramente no me interesaban. También tocaban Cycle, ¿os acordáis? Sí, hombre! el gran fraude del indie español… Pero allí habíamos ido a ver lo que habíamos ido a ver. El entorno del concierto, muy bonico: el antiguo Monasterio de La Cartuja, con evidente regusto a EXPO’92. Tal vez por eso había en la puerta un nota con un tenderete vendiendo camisetas AUTÉNTICAS de Curro y de la EXPO. ¿Te compraste alguna, Porerror? ¿Lee usted Estatuas Verdes, señora?

Allí se dio cita lo mejor de la escena indie sevillana (y básicamente cualquiera que estuviera en Sevilla y le sobraran 25 euros); así, de memoria, pude reconocer a componentes de los grupos Maga, Sr. Chinarro, Southern Arts Society, Bombones, Úrsula, Gañafotes, Los Gustosos, Chencho Fernández y Smoking Kills, The Vagos, The Del-Shapiros, y a la actriz Teresa Hurtado.


Empezamos con Wilco: canelón!!! Confieso que yo iba un pelín prevenido a ver a la banda de Chicago, pensaba echar el concierto a beneficio de inventario, en fin, Wilco, ya sabéis… un gran nombre, podré contar que los vi de joven…. Gran error. Entre su veta country y sus veleidades experimentales, me daban un montón de miedo, pero no hubo nada de eso, lo que se vio anoche fue un conciertazo de rock puro y duro, rock alternativo, rock con ganas de no dejar a nadie indiferente: de emocionar. Y eso es Wilco, claro, me diréis, emocionar.

Sin ser fanático tengo todos sus discos (salvo el ultimísimo, que entoavía no ha salido), y pude reconocer temazos de varios de ellos. Curiosamente, abrieron con “Wilco (the Song)”, heraldo de su nuevo Wilco (the Album). No faltaron a la cita piezas de sus cuatro discos de estudio anteriores: “A Shot In the Arm”, “At Least That’s What You Said”, “Hate It Here”, “Impossible Germany”, “Walken”, “Radio Cure”, “I Am Trying to Break Your Heart”… y cerraron con “Spiders (Kidsmoke)”, frenesí saltarín entre el público. Yo sinceramente dudo que en Sevilla haya tantos fans de Wilco como gente hubo allí congregada anoche, dudo que haya la mitad de la mitad de la mitad. ¿Qué quiero decir? Que da igual que no fueras fan, Wilco son tan buenos y, sobre todo, dan un espectáculo en directo de tal calibre que mueven a la lágrima hasta a los corazones de piedra.


La voz de Jeff Tweedy en directo me pareció prodigiosa, moviéndose entre el country rock, el grunge, el rock indie y –atención- el R&B. Hubo un par de temas (creo que son del nuevo disco) en que me quedé absolutamente fascinado: en uno Wilco sonaban como un grupo de la Stax, en el otro fueron directamente Led Zeppelin. ¿Es que tú, después de llevar 13 años escuchándolos no sabías que Wico eran así de buenos, Porerror? Pues mira, no, porque también hay que admitir que en estudio, algunas de sus canciones resultan un pelín rollico. Además, que yo iba temiendo un recital de country alternativo, y lo que me encontré fue uno de rock alternativo, GRACIAS.

Después de la intensidad vocal, los teclados mágicos y la pirotecnia guitarrística de Wilco (el solo de “Impossible Germany”: ¿Error de Dios? Comente en 500 palabras), muy difícil lo tenían los Jayhawks de Minnesota para estar a la altura. Hablemos: sé que los Jayhawks son lo mejor desde el chicle, etc, etc, pero su vitola country me echa para atrás como el olor de la sopa de ajo a Drácula. Empecé a escucharlos hace solo seis meses, enganchado por sus dos álbumes menos country, el Sound of Lies (1997) y el Smile (2000). Los dos me encantan, son rock alternativo, son power pop, son la crema pura. Pero todos me advertían: “te han gustado porque para entonces ya se había marchado del grupo Mark Olson” (el supuesto orfebre cowboy de la banda).




Juro que no llevaba prejuicios contra Jayhawks, si acaso andaba predispuesto a favor, cuando saltan al escenario y entre sus fans acérrimos sonó un murmullo seguido de una exclamación: los Jayhawks venían con Mark Olson, que ha vuelto al grupo!!! “Uh-oh” –pensó servidor de ustedes, y no se equivocó. Entonces, yo no sé decir si su actuación fue buena o mala, solo sé decir que me resultó aburrida, y más comparándola con la predecesora de Wilco: plana, moña, sin lustre… Ni rastro de sus dos discos pop, aquello fue un frenesí de granero, corral y voces plañideras empastadas. Gary Louris (“el bueno de Jayhawks”) apenas brilló, y el repertorio a mí me aburrió, salvo “Blue” y su versión de “Bad Time”.

Los varios eruditos de Jayhawks que me acompañaban sí dieron el visto bueno al concierto (aunque hubo gente que, en señal de protesta por tanto country se dio la vuelta y le dio la espalda al grupo durante un buen rato), por ellos sé que sonaron “Take Me With You (When You Go)”, “Wichita”, y casi todo el Tomorrow the Green Grass (1995): aparte las dos del párrafo anterior, “I’d Run Away”, “Miss Williams’ Guitar”, “Two Hearts”, “Real Life”, “Over My Shoulder”, “See Him On the Street”… y también un tema inédito titulado, precisamente, “Tomorrow the Green Grass”.


Para mi desgracia, el concierto de Jayhawks se solapaba con el de Lori Meyers, pero claro, a los de Granada era la sexta vez que los veía en directo. Solo llegué a ver la recta final de su actuación, pero bastó para dejarme buen sabor de boca pop tras la atrocidad de los alt. country. Alcancé a ver “El gallo ventrílocuo”, “Dilema”, “Luces de neón”, “La pequeña muerte”, “Viaje de estudios” y “Alta fidelidad”, suficientérrimas para refrendar que, hoy por hoy, Lori Meyers conforman la aristocracia del espíritu indie. Conclusión: como diría mi madre, “tú es que siempre vas a los mejores conciertos, hijo, todo imprescindible y fundamental” –pues claro, si no no iría!
 
click here to download hit counter code
free hit counter