Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Luis


En noches como la de hoy conviene acordarse de los amigos. A lo largo del día he tenido que decirles a cinco personas que no podía quedar con ellos, debido a una innombrable infección de garganta. “Decirles” no es, quizás, la palabra, más bien “escribirles”, porque lo primero que me ha dicho el médico es que ni intente hablar. Algo de lo que ya me había dado cuenta yo solito. La culpa de estar así la tiene en parte un reciente viaje a Granada, ya se sabe que el frío y la música alta de los bares no casan bien con las gargantas frágiles.

De las muchas peripecias acaecidas en Granada destaco aquí una: el reencuentro con Luis, personaje de metal precioso a quien hacía ocho o más años que no veía, pero con el que mantengo contacto por el Facebook (aparte de saber de él gracias a su hermana y a otros amigos). Veo a Luis aparecer y me entra una alegría genuina. Media hora después ya sé que voy a dedicarle un post.


No llevamos ni un minuto hablando cuando me pregunta: “Sigues diciendo lo de ‘oro’?” Ya he hablado aquí de los blasts from the past lingüísticos, “Es prácticamente la única palabra que pronuncio estos días.” Es verdad, amigos: la digo en casa, en el trabajo, a mi familia, a amigos, a los clientes… Y dónde me dejáis a los Personajes Oro? Así están las cosas. En el siguiente bar, me cuenta Luis: Porerror, has de saber que entre mis colegas de Viena [donde reside] circula una anécdota de vuestra pandilla.” Tiemblo solo de pensar a qué puede referirse, se me ocurren al menos media docena de ocurrencias bochornosas, de aquellos tiempos.

“Es aquella de ‘Mamá, estoy loco!’
–va y me aclara. Demasiado bizarra para reproducirla aquí (solo pensad “rodaja de chopped”, “poster guarro” y “madre abriendo una puerta en mal momento”), la anécdota es apócrifa, pero cómo negar su trascendencia entre mi grupo de amigos. Seguro que en Estatuas Verdes he dicho más de una vez lo de “Estoy loco”. Lo que me emociona es que Luis todavía se acuerda de aquello, también se acuerda de un viaje que compartimos hace once años, de hecho recuerda muchos más detalles y con más precisión que yo (y os aseguro que un Interail por Chequia y Polonia a los 25 años no se olvida así como así).


A partir de ahí, mis charlas con Luis van en línea ascendente de risión: repasos al legado del grunge, injuria a la clase política actual, reflexiones históricas… En un momento extemporáneo de la noche inquiere de mí con gesto serio: “Tengo una pregunta importante que hacerte: el canario de La Hora Chanante… es oro o pupita?” Entonces le cuento que le voy a dedicar un post. Con Luis la magia vuelve a los bares: cualquier tipo con la camisa por fuera y un pendiente puede ser un diputado de Bildu, cualquier edificio renacentista puede ser la sede de la Inquisición, un perroflauta con rastas es automáticamente Melendi, incluso Chris Cornell podría ser Marc Anthony (algo que su hermana Elisa corrobora).

Luis me invita a visitarlo a Viena, y aunque hace cuatro horas había manifestado su intención de irse, todos sabíamos que en realidad pensaba aguantar hasta el final. Él tampoco tiene que trabajar mañana, ni pasado, pero pronto habrá de volverse a Mitteleuropa (con sus nazis, con sus husitas), uno de los primeros emigrantes –bien que voluntario- de una España que se permite dejar escapar a sus mejores mentes jóvenes. Al menos, Luis pronto se casará con una austriaca: vaya mi felicitación afónica!!!

viernes, 16 de diciembre de 2011

Jonathan Franzen: El rey plúmbeo


-“Al Gore, Al Gore, Al Gore, Al Gore, me robaron las elecciones, cambio climático.” (Muchachada Nui)




A veces lo traigo gordo y a veces lo traigo fino, señora! Y en esta ocasión me toca hablar de uno de los fenómenos editoriales y supuestamente literarios del año en medio mundo. Me refiero a la novela Libertad (2010) de Jonathan Franzen, publicada en 2011 en España y otros países, como Francia. Toda la juventud la lee, es número uno de ventas a ambos lados del Atlántico (esta semana en España todavía ha sido el 6º libro más vendido), los escritores y los libreros me preguntan por él… irresistible la presión mediática.

Esto normalmente me daría igual: también se da mucha caña con El tiempo entre costuras (2009) o los libros “de hielo y fuego” de George R. R. Martin y no soy yo persona de ponerse a leerlos. Ah, pero este de Franzen viene envuelto en un peligroso cebo: la pretensión de calidad literaria, el marchamo de obra de arte por encima de best-seller (los ditirambos se acumulan en todas las publicaciones imaginables), la cualidad de novela americana total, definitoria de una época, ya que no solo reflejo de ella. Irresistible, para un freak filoyanki como servidor. Si además sumamos el prestigio de Jonathan Franzen con su anterior obra Las correcciones (2001), que pasa por ser la novela de la última década…


No he leído Las correcciones, pero voces autorizadas me aseguran que comparte muchos rasgos temáticos y estilísticos con esta de Libertad. Dios nos coja confesados! Todo el mundo alaba Las correcciones, no puedo hablar, pero tomada individualmente, Libertad me ha parecido el mayor ejemplo de “buñuelo de aire” (término acuñado por el gran Manolo Haro) que la mercadotecnia y el poder de la promoción actual puedan concebir. El interés de Libertad como best-seller, como folletín (por no decir “culebrón”) satisfactorio puede quedar ampliamente justificado, si a usted le van ese tipo de novelas, enredos de familia, historias realistas alargadas a base de páginas y más páginas de anécdotas insulsas.

Pero a mí me da la sensación de que lo que Libertad cuenta en más de 600 páginas podía haberse perfectamente resumido en apenas 100. De hecho, los chicos de Muchachada Nui lo resumieron en un sketch de cuatro minutos sobre el cambio climático y les quedó la mar de gracioso. El mensaje de Libertad? Me avengo a encontrarle tres. #1: Si somos libres para elegir cómo vivimos, no podemos culpar a los demás de nada de lo que nos pase (de ahí el leitmotiv libertario que llega al título). #2: El capitalismo es malo y el Hombre Blanco malo se está cargando a Mama Chierra (Macaco estaría orgulloso: sabéis si sabe leer?) #3: La familia es lo primero. Este último mensaje me resulta, de los tres, el más irritante por lo obvio: es algo que ya Pepe Isbert nos dejó claro hace unas cinco décadas.


Y además me inrita porque al terminar de leer la novela le invade a uno una estúpida sensación de bienestar (Fran G. Matute lo llamó “buenrrollismo”) que es frontalmente opuesta al mensaje central que te han estado intentando vender durante todo el libro. Al final resulta que la historia de una familia liberal USA (recordemos que en USA “liberal” = “de izquierdas”, al revés que aquí) encierra el mensaje más absolutamente conservador y reaccionario del mundo: cada oveja con su pareja, a casarse y a procrear, porque fuera de la familia solo hay chaladuras, dolor, injusticia, gente borracha, intentos de suicidio, accidentes de coche, esguinces…

Estilísticamente, no veo el mérito artístico de Libertad por ninguna parte, la verdad. No digo que su historia no me haya interesado a ratos (en 600 páginas da tiempo a tantas cosas…) y que no contenga sus dosis justas de humor o personajes bien dibujados, pero la manera de presentar la historia (y quedamos que de eso iba la literatura, no?) no deja de ser la de un best-seller fácil y cómodo, ordenado cronológicamente, sin ningún riesgo narrativo y escrito en un inglés americano ramplón de principios del siglo XXI.


Los intentos de Franzen por conectar con su época o de “inscribir” esta novela en un contexto me han resultado burdos por lo explícitos. Igual que en esas pelis de la guerra de Vietnam siempre tiene que sonar la Creedence y haber un negro que fuma marihuana, parece que Franzen hubiera querido dejar un testimonio de las últimas décadas USA a base de introducir “a pellizcos” en la vida de una familia media lo que todos estamos hartos de ver en los telediarios: a Clinton se la chupó su becaria, Bush es malo, en Irak no había armas de destrucción masiva, el 11-S, la crisis de las subprime, el country alternativo…

Cuando no está ejerciendo de Gran Cronista de su Época, Jonathan Franzen se lanza a escribir un roman a l’eau de rose, subsección Alta fidelidad. Novela de campus por cojones (se narra el paso por la universidad de dos generaciones de una familia), que no por atributos, salpimentada de referencias absurdas al punk, a Wilco, a Bright Eyes, a White Stripes, a tomar drogas… todo para hacerlo más molón, supongo. En cuanto a la historia de amor que vertebra toda la novela, lo mejor que puedo decir es que resultan meritorios los intentos del autor por mantener el interés de los lectores, pese a narrar episodios tan apasionantes como que la madre cocina un pollo al horno, el padre va al trabajo en bicicleta, la hija es un poco fea y el hijo se folla a su novia escuchando a U2.


Sinceramente, he dedicado a la lectura de este libro casi un mes y ahora me siento como si me hubieran robado el dinero (menos mal que me costó menos de 5 € en Amazon.es). No niego que por momentos no haya habido pasajes que atrajeran mi atención, repito, pero vista en su conjunto, me parece que Libertad tiene solo un papel que jugar dentro de la gran tradición de la novela norteamericana: a su lado, las soporíferas obras de Melville, Hawthorne y Thoreau resultan francamente entretenidas.

martes, 6 de diciembre de 2011

La espera


“Aquí seguro que nos buscamos un gato, o algo, somos así” –me dice una persona de mi entorno mientras vemos las imágenes de la última manifestación/huelga general/whatever venida de Grecia con extra de bacon. Motivo? Porque las imágenes que Euronews estaba sirviendo incluían –cómo no- al afamado perro “anarca” de Grecia, sí, ya sabéis cuál os digo: el que sale desde hace meses en todas las manifestaciones. No me digáis que no os habíais dado cuenta. “El perro de Grecia”… enorme: me recuerda a “El monstruo de Atenas”, ese símbolo tan querido de la última novela de Jonathan Franzen, que por supuesto todos estáis leyendo.

Esto venía a cuento de la espera que estamos viviendo en España, hoy Rajoy ha hablado (ha dicho tres frases), tanto que le están criticando su mutismo. Qué esperan que diga? Yo no espero que diga nada, más bien que haga, a ver con qué barrabasadas nos viene el de la barba, cuando tomen posesión él y sus ministros, a ver qué tal, es la espera la que me mata. Veremos aquí al gato de Madrid (los de Madrid no se llamaban “gatos”?) igual que tienen en Atenas a su perrito? Asistiremos aquí a la ceremonia de la protesta tras una brutal bajada de nuestro nivel de vida o prestaciones sociales? Mi entorno, por ejemplo, está convencido de que sí. A mí lo que me mata es la espera.


Pero no quería hoy hablar de eso. De la espera sí, no de economía, curioso cómo la palabra “esperar” tiene en inglés al menos tres traducciones: “wait”, esperar puro y simple, “hope” , esperar esperanzado (valga la renfunflancia) y “expect”, que viene a ser algo así como verse algo venir. De la confusión de estos sentidos de la palabra en español es de donde vienen no pocas escenas de sufrimiento.

“Debemos ser realistas sobre las expectativas” –está diciendo ahora mismo en la tele Ban Ki Moon. Él se refiere al cambio climático, pero a mí me gustaría aplicarlo a cualquier ámbito. He ahí una de las claves para no desesperarse. Para no frustrase, vaya. Hace un momento, hablando con una amiga, hemos comentado uno de esos casos de expectativas erróneas o desmesuradas entre personas, tan frecuentes en otras épocas y en otras biografías. Aquello de esperar algo de alguien y si no lo hace frustrase, sufrir, desesperarse, sentirse triste y todo lo demás, cuando es posible que la otra parte ni siquiera se esté dando por aludida.


Estás hablando de ligoteo, Porerror? Shshshshshshshs! Señora: que cada cual lo interprete como le haga falta. Estoy seguro de que todo el mundo puede remitirse a un episodio conocido en el que esto le ha pasado. Cuidadito con los compromisos, cuidadito con las cesiones y con los regalos (intencionados o no, si son percibidos como tales…). El que nada espera, de nada se sentirá privado cuando no lo tiene. Yo siempre pongo el ejemplo de los concursos de la tele.

Ahora parece que proliferan de nuevo, hubo unos años que no pero desde luego cuando yo era chico estaban en su máximo apogeo. Había premios fabulosos: un coche, apartamentos en afamadas localidades de Levante, sumas astronómicas (todavía recuerdo el día que en el Un, dos, tres ofrecieron 10.000.000 de pesetas “cortesía” de Endesa). En fin, lo más normal era que los concursantes no se llevaran siempre el premio gordo. A punto estaban de conseguirlo, cada concurso tenía su mecánica, pero al final si no lograban acceder a él, el presentador indefectiblemente les decía: “Ooooohhhh! Qué pena! Han perdido ustedes un apartamento en Torrevieja…” Y a mí, francamente, de haber sido uno de los concursantes, siempre me entraban ganas de replicar: “Yo no he perdido nada, amigo, nada tenía cuando llegué. No es que me hayan quitado ustedes mi casa. Lo que sí han perdido ustedes es la posibilidad de que un concursante se fuera satisfecho del programa.”


Os parece triste? Descreído tal vez? No sé qué cursi cineasta o literato decía aquello de que “la vida mancha” o más castizamente, “los años no pasan en balde.” Es posible que la abrasión, la exposición continua a los elementos haga de nosotros instrumentos un poquitín menos afilados, pero también así se van asentando nuestros auténticos perfiles. Y aunque de nada se sale indemne, no preconizo la insensibilidad, nada más lejos: solo tal vez la sensatez. Tranquilos, que no me voy a convertir en el protagonista de “I Am a Rock” de Paul Simon... pero tampoco voy a ir con “El alma al aire” como Alejandro Sanz.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Nuestro baile del jueves


-“Nunca digas frases demasiado trascendentales.”
(Hombres G)




Es un hecho universalmente aceptado que alguna gente se toma los jueves como si fueran parte del fin de semana. Gentuza trabajadora, estudiantes, profesores interinos en pueblos perdidos, peña que está deseando borrarse el viernes pero que no quiere renunciar a un poquito de convivialité en el sitio donde viven entre semana con la gente con la que comparten sus fatigas. Yo era uno de esos cuando vivía en Cosica, todos recordaréis las afamadas “cenas de los jueves”.

Afortunadamente para todos (salvo para el interés del blog, me lo confesó el buen Migue), yo ya no vivo en Cosica desde hace año y medio. Pero este año las cosas están queriendo que tenga muchas actividades los jueves por la tarde-noche, no en plan escapista, más bien son actividades culturales, pero la verdad es que casi al final de la semana ya van entrando de puta madre. Allá donde haya una feria del libro, la presentación de una novela, un recital poético, una mesa redonda (o cuadrada), una tertulia, una firma de libros o discos, etc, allá que me voy yo normalmente acompañado de mis amigos más culturetas. Y es una delicia, no os lo voy a negar.


Las más de las veces se acaba “tomando un vaso” (maravillosa expresión que le robo a Alejandro Luque), y no es casualidad que “cultureta” rime con “croqueta”, ya me entendéis… Pero es lo que ya he dicho siempre, una reunión de esa naturaleza no quiere decir que se la pase uno todo el día hablando de serventesios, antes al contrario, se hablará de culos y de noticias de la prensa, pero es verdad que da un placer hablar –EL PURO PLACER DE CHARLAR, POR DIOS- con gente amiga, con gente competente, que habla, que escucha, que tiene cosas que decir: que no grita, que no insulta, que sabe hilar dos frases seguidas con una conjunción… es todo tan diferente de mi trabajo…

Ayer escuchaba al afamado banco ING Direct pediros vuestro dinero y anunciaban que no cobraban comisiones, y que la palabra “comisión” pasaría al “contenedor de las palabras inútiles” [sic] “como equinodermo, inane o mayéutica. La verdad es que poco me faltó para tener un accidente con el coche, de la pena, el shock y el susto que me invadieron al escuchar este anuncio. Promoción desvergonzada de la incultura y la pobreza léxica, VIVA! “Caretas fuera!”, como dijo el otro día Fito Páez en la presentación de su disco nuevo. A qué fingir que nos importa hablar bien, conocer palabras nuevas (di-fí-ci-les), de uso menos frecuente? Si lo que importa es que usted ingrese su dinero en mi banco, señora!


En estas estábamos cuando el jueves pasado por la tarde, en un espacio menor a 1 km cuadrado, me encontré en Miciudad a Carlos Moyá, Manolo García, Los del Río y Luis Alberto de Cuenca. Adivinad a quién me dirigía a ver yo. Todos mis amigos saben que “conmigo se ven famosos”, eso es así, y qué alegría da, este post me está recordando a aquellos de alivio y júbilo derivados de mi mudanza de nuevo a la ciudad del asfalto y los pasos de cebra, a los mostradores, a los anaqueles de las librerías, a un activista radical que se desgañita cantando un temazo de Horacio Guarany mientras a su alrededor la ciudad, a punto de las compras navideñas, lo ignora entre brutal y perezosa.

Pero yo no te ignoro, amigo, yo te escucho alto y claro: “si se calla el cantor calla la vida”, mis compadres y yo sintonizamos con tu canto inútil y a lo mejor, si tuviéramos dos huevos, nos iríamos a recitar contigo, ese poema de Luis Alberto de Cuenca que dice “Navidad: horror inexplicable/ con que los astros dan por terminado el año”.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Replanteamiento del Canon Oro 2011


Tal que vuestra admirada Lina Morgan, hállome “agradecido y emocionado” por vuestras muestras de cariño y aliento por el post-aniversario del viernes pasado. Pero el mundo gira, España ha cambiado –dicen- y ya va siendo hora de volver a injuriar. O a dar jabón, tal vez, en este caso. Mi determinación no ha cambiado: ya es hora de renovar el Canon Oro.

Sabido es que el pueblo español ha votado, y que el resultado de este ejercicio democrático es inapelable. Y el triunfador indiscutible ha sido: Umberto Eco. Correcto! Para que quede constancia de mi inquebrantable voluntad de democracia (con extra de bacon), solo os diré que ese no era el personaje que yo deseaba que saliera. Creo que no será necesario llamar a Sherlock Holmes para saber a quién me estoy refiriendo, pero el pueblo ha hablado, ha ganado Umberto Eco y Eco se queda Personaje Oro.

Que ya lo era, por otra parte, como sabéis (creo que no necesita presentación). El segundo personaje más votado ha sido la simpar periodista Susanna Griso, a quien algunos tenéis la suerte de ver en Espejo Público los viernes a primera hora y me ponéis los dientes largos, pero yo la veo los jueves, la vi tras #eldebate y no puedo por menos que reafirmarme en mi homenaje por sus 1000 programas. No la habéis votado lo suficiente, porque os gusta hacer daño, pero aprovecho para revelaros un primiciote.

En la noche de ayer, sin duda excitada por la emoción electoral, la buena Mariolaprofe me preguntaba si haría de Susanna Griso una lectora de Estatuas Verdes. No lo preguntara! No pensaba anunciarlo hasta fin de año, pero ya que estamos aquí, lo digo: inicio una campaña similar a la que hubo con Conchita, de tan fausto resultado. Por tanto: NO DESCANSARÉ HASTA QUE SUSANNA GRISO SEA LECTORA DE ESTATUAS VERDES. (Ahí lo lleváis).

De los otros dos candidatos a Personaje Oro, también es necesario dar noticia. Empiezo con Ariel Rot: Personaje Oro donde los haya, de hecho ya que no de derecho, al que desde siempre admiramos. Pablo Chiapella no sé si sabéis quién es pero… y si os digo Amador “el Cuqui”? “Vividor follador”, monologuista, caricato, Centurión Chape… los personajes y las identidades secretas se le acumulan a este fenomenal manchego, verdadero candidato maverick a Personaje Oro cuya carrera seguiremos muy de cerca.

Aclarado el nuevo inquilino del Olimpo Oro, queda la siempre espinosa cuestión de a ver a quién quitamos para que el número de los elegidos permanezca constante, como debe. Chiquito de la Calzada es perpetuo, todo el mundo entenderá por qué. Creo que ni aunque fuera alcalde de Miciudad, aunque presentara El Hormiguero, aunque sacara un disco country, el gran Chiquito dejaría de velar por nosotros desde su trono del humor absurdo.

Paul Simon está de máxima actualidad, tampoco puedo quitarlo: aparte de triunfar con su nuevo recopilatorio (que se está vendiendo hasta en España), últimamente a mí me ha dado por repasar su discografía en solitario y es para quedarse con la boca abierta. Meryl Streep anda muy callada en estos tiempos, y aunque se presiente su regreso a lo grande con esa peli biopic que ha hecho sobre Margaret Thatcher, no le he visto este año ninguna cosa. A David Trueba tampoco, pero a él lo dejaré con el beneficio de la duda. Y Arrabal? Demasiado grande para retirarlo de su sitio, aunque es verdad que tampoco nos está dando muchas alegrías últimamente, que se ande con ojo.

De modo y manera que: como no hay más remedio que dejar espacio para Umberto Eco saco a Meryl Streep del Canon Oro. Enhorabuena a los premiados!!!

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cuatro años de Estatuas Verdes


Diréis lo que queráis sobre la tele por cable, pero a mí me está proporcionando unos gozos increíbles. Hoy, por ejemplo, he cumplido uno de mis sueños infantiles al ver –en no sé qué canal- la película de 1984 Amanecer rojo, acerca de una hipotética invasión de los Estados Unidos por parte de tropas soviéticas, nicaragüenses y cubanas. Una película que por razones obvias en mi infancia no pude ver (tendría 6 ó 7 años cuando la estrenaron) pero cuyo tráiler, cuajado de escenas bélicas, reproducíamos mis amigos y yo religiosamente cada vez que jugábamos en el patio de mi abuela.

Dios mío, cómo pasa el tiempo! En estas estábamos cuando caigo en la cuenta de que ya hace cuatro años que inauguré Estatuas Verdes. Ha habido años en que marqué la efemérides, otros que pasé de largo pero la jugada siempre anda fresca en mi memoria: aquel inoportuno esguince que me ancló en un sofá y aquella sed por incorporarme al mágico mundo de las nuevas tecnologías. Ahora parece que los blogs han muerto, algo que ya se discutió aquí, y que ha llegado la hora de la web 3.0, el Twitter y montones de cosas de las que ni usted señora ni yo habremos siquiera oído hablar, pero que ya serán el chip nuestro de cada día en Shibuya o Silicon Valley.


En estos años he cumplido muchos sueños, más sustanciosos que ver a Patrick Swayze y Charlie Sheen vestidos de partisanos hostigando columnas blindadas rusas. En estos años ha muerto Patrick Swayze, y el personaje de Charlie Sheen en Dos hombres y medio (2003- ), para que veáis cómo pasa el tiempo. Perdonad si estoy un poco picueto con lo del tiempo, es que vengo de ver recitar a Caballero Bonald y Pere Gimferrer y me he quedado completamente chocolate (ellos han pontificado sobre el Tiempo, pero además…). En estos años he tenido la suerte de subir a las torres de Notre Dame y ver de cerca las Estatuas Verdes, de modo que la actual foto “oficial” del blog la hice yo mismo este verano, después de tenerme que conformar con verlas desde abajo varias veces y usar otras fotos (mejores que las mías: por ejemplo la de Nando, que preside esta entrada) que gentilmente me enviaban algunos lectores cuando iban a París y se acordaban del blog.

Durante el mes de agosto, digo, vi las Estatuas desde muy cerca y decidí que la cosa era clara: el blog seguía adelante, pese a (ya lo dije aquí y no fue mentira) haber estado a un tris de darle carpetazo este verano. Pero van pasando los días y no paro de recibir señales positivas, de nueva gente que comenta (aunque los “clásicos” hayan dejado de hacerlo), otros que dejan su opinión por Facebook o te la dicen de viva voz cuando te ven. Si me dieran un euro por cada vez que escucho “Yo te leo siempre, aunque nunca comente” probablemente sería capaz de cancelar la deuda de Grecia.



Atrás quedaron varias crisis en que me planteaba qué sería el blog, a dónde iría y qué esperaba conseguir con él. La verdad es que a día de hoy me da igual, casi tanto como cuando lo empecé, porque estoy muy agradecido por la respuesta recibida y nunca pensé que tuviera un canal de comunicación con otra gente durante tanto tiempo y de una manera tan agradable (y todavía se suman lectores nuevos, eh?... también me consta).

Rotas ya en multitud de ocasiones las dos únicas reglas que me impuse el 18 de noviembre de 2007, no hablar de política ni de fútbol en Estatuas Verdes (más que nada para no aburrir, pero también para no alienar a nadie), se ha comprobado que la realidad sigue su curso propio e impone su lógica interna: en otras palabras: que fútbol y política me han proporcionado temas bizarros para posts como los que más, de manera que bienvenidos sean.


La injuria y la desvergüenza seguirán siendo –espero- las señas de identidad de Estatuas Verdes, aunque me arriesgue a desdecirme (dejad de gritarme, ahora me hace gracia Bing Bang Theory) o a que me partan las piernas los miembros del grupo indie Pony Bravo, por decir que son malos. Me sigue mereciendo la pena: el contacto directo con los lectores, cuando los he conocido, la respuesta positiva de personajes oro como Ellos, Francisco Nixon y Richie, Susanna Griso, Conchita o las telediarias de Antena 3, compensa con creces disgustos como los que sufro cada vez que hay videoclip nuevo de El Barrio.

Ya me conocéis, amigos: aquí no hay engaño. Soy demagogo, caprichoso, arbitrario, hiperbólico en mis alabanzas, injurioso en los ataques, intento equilibrar el tópico con la audacia y –eso sí- siempre siempre siempre… ando un paso por detrás de la actualidad. Que Dios os conserve mucho tiempo el criterio por leer Estatuas Verdes desde hace cuatro años.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Ventajas de viajar en tren


El pasado jueves, mi colega José María Moraga presentó en Sevilla la reedición de la novela de Antonio Orejudo Ventajas de viajar en tren (2000). Orejudo dio una lección magistral de creación literaria como él sabe: con humor (no diré “inteligente”, que se enfada) y me da la sensación de que el público se quedó con un muy buen sabor de boca tras la charla de Antonio con el presentador y con los asistentes. Y es que, ya se sabe: a la hora de viajar en tren no es lo mismo ir en AVE que en la cafetera de Los hermanos Marx en el oeste. Por petición popular, publico aquí el texto que el buen José María leyó al principio del acto, esperando sea de vuestro agrado.




Presentar una novela de Antonio Orejudo es ante todo un gran placer. A la hora de acometer la tarea no sabía bien cómo hacer para resultar a la vez informativo, ameno y digno de Antonio, que –ahora que no nos está escuchando nadie- es uno de mis escritores españoles favoritos. Sé que no está bien que a un crítico se le noten esas inclinaciones (y sé también que es en condición de reseñador de Estado Crítico, un blog literario en el que admiramos mucho a Antonio, que hoy estoy yo aquí) pero debo confesar que me resulta de todo punto imposible despojarme de los ropajes de fan a la hora de hacer de telonero de Antonio Orejudo.

Después de esta captatio benevolentiae, tengo que contemplar la posibilidad remota de que haya alguien en la sala que no conozca la trayectoria como novelista de Antonio Orejudo. Desde su primera novela Fabulosas narraciones por historias hasta la última Un momento de descanso, pasando por Reconstrucción, cualquier lector de Antonio puede tener clarísimas dos cosas: que este tipo es un embaucador, un mentiroso, y que es uno de los grandes humoristas de nuestra prosa. Voy a intentar explicar las dos acusaciones.

Si, como decía el inglés Coleridge en su Biographia Literaria, “la suspensión voluntaria de la incredulidad” por parte del lector es la base del pacto de la literatura (él lo usaba para la poesía, pero hoy día es un tópico extendido a todos los géneros), podemos afirmar que como novelista de su tiempo, Antonio Orejudo es un absoluto trilero, que en sus obras se salta a la torera este pacto una y otra vez, de modo que el lector, engañado, no tiene más remedio que cambiar las reglas del juego del libro que se estaba leyendo, las cuales es probable que Antonio vuelva a dinamitar pocas páginas después.

Tal vez la novela de Orejudo donde esto se haga más patente sea esta Ventajas de viajar en tren que hoy nos ocupa, originalmente aparecida en el año 2000 y reeditada ahora por Tusquets con su mismo texto original (si no me equivoco). Durante años, un libro difícil de encontrar, que todos los lectores debemos alegrarnos de que vuelva a estar disponible, igual que ocurrió con aquellas Fabulosas narraciones, su primera novela. Ventajas de viajar en tren fue la segunda, pertenece a otra época (solo os digo que Antonio firmaba entonces con sus dos apellidos, Orejudo Utrilla). El “tren” en el que el autor nos propone viajar es la ficción, son los escritos, y al acabar el libro no le queda a uno duda alguna de lo ventajoso que resulta este viaje. Pero no está exento de trampas.

Casi al final de la novela, uno de los personajes le reprocha a otro que ha sido engañado, y –en lo que me parece uno de los parlamentos claves del libro- el acusado se defiende: “¿Acaso hubo entre ustedes un pacto tácito (…) o un acuerdo explícito de sinceridad que le impidiera a él juguetear o inventarse su vida?”. El pacto –si lo hubo- es el que decía Coleridge, pero como buen novelista postmoderno (perdón por el palabro, Antonio), nuestro Orejudo sabe bien reírse de las convenciones y jugar con las expectativas del lector: en otras palabras, amigos lectores, este autor nos hace cosas que no están bonitas, como decirnos que A es A para acto seguido decir que es B, y al cerrar el libro todavía nos sigue quedando la duda de si no sería en realidad C o D.

Explicado esto, aún podemos no estar convencidos si no decimos “de qué va” Ventajas de viajar en tren. Siempre que hago la sinopsis de una obra, me gusta como broma comenzar diciendo que “la historia es simple”. En este caso, una mujer que llega a casa comprueba que su marido se ha vuelto loco, lo ingresa en un psiquiátrico y al regresar –cómo no, en tren- coincide con un doctor del mismo psiquiátrico, quien empieza a contarle su vida y a hablarle de cómo los esquizofrénicos son excelentes contadores de historias, y cuánto se puede aprender de ellos leyendo las cosas que escriben. Todo muy normal, si obviamos que el nombre de la señora protagonista es Helga Pato, que las croquetas tienen un papel muy importante en la trama y que en el libro se revela cómo los camiones de la basura son en realidad sofisticados mecanismos diseñados por los poderes fácticos para controlar nuestras vidas. Por no decir nada de las descacharrantes historias escritas por los enfermos mentales, que también tenemos el privilegio de leer.

Y he aquí la segunda característica sobresaliente de la obra de Antonio a la que antes hacía referencia: el humor. Decimos “humor” porque somos cultos y hemos venido aquí a hablar de libros. Si estuviésemos con una cerveza en la mano probablemente diríamos “la poca vergüenza”. Como todas las demás novelas de Orejudo, Ventajas de viajar en tren rebosa de humor negro, humor disparatado, humor del que te hace reírte a carcajadas y hace que los demás pregunten “¿Qué estás leyendo?” si estás acompañado. Tal vez por ser la menos sesuda, Ventajas de viajar en tren sea la novela suya que exhibe un humor más bestia (no sé si Antonio estará de acuerdo). También me gustaría que explicara el autor otra cosa. Él dice que su primera novela “gusta a los que han estudiado o han leído mucho” (No es de extrañar, al estar ambientada en el mundillo de la Generación del 27, la Edad de Plata y la Residencia de Estudiantes), que la tercera gusta “a los lectores más clásicos” (tal vez por ser histórica), mientras que Ventajas de viajar en tren ha gustado “normalmente, a los chicos jóvenes y a las mujeres”.

En Estado Crítico –el blog literario que represento- también estamos al tanto de las andanzas de Antonio gracias a otro blog, el de su amigo, el también escritor Rafael Reig, quien hace poco estuvo en esta misma sala presentado su novela Todo está perdonado. Para los que no lo sepáis, Rafael Reig siempre acusa a Antonio Orejudo en su blog de adelantársele en todo (de hecho, Rafael acuñó el eslogan “Antonio Orejudo estuvo antes ahí”), pero en esta ocasión él te ha precedido y hace poco contaba que su tía y un nutrido comité de señoras (que hasta tienen grupo propio en Facebook: “Señoras de Tarazona que leen a Antonio Orejudo”) iban a hacer de groupies tuyas hace un par de días en Barcelona. También nos gustaría que nos comentases este episodio, Antonio.

Ya para terminar –no se me va de la cabeza que lo más interesante será lo que Antonio mismo nos quiera contar sobre su libro- me gustaría referirme a otro pasaje de Ventajas de viajar en tren, en el que un personaje airado ajusta cuentas con la literatura y dice: “Cuántas veces me hubiera gustado tener al autor frente a mí para pedirle que me explicara mejor un párrafo o para sugerirle que se callara.” Bueno, pues ni lo uno ni lo otro, Antonio, aquí tenemos hoy el privilegio de tenerte delante para que nos digas lo que tú quieras, porque nosotros, mientras sigas engañándonos con tantísima gracia, estamos completamente dispuestos a creérnoslo.

martes, 8 de noviembre de 2011

Appeasement


-“Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.”
(Jorge Luis Borges)




Gente de la caterva de Joaquín Sabina, Estopa, Roberto Álamo y vuestro admirado Willy Toledo hicieron que hace 10 ó 15 años se pusiera de moda la palabra “canalla” en una acepción benigna, un canalla (porque “una canalla” no, verdad? si acaso una loba) era alguien caradura pero simpático, un truhán encantador, como esos crápulas de anuncio de Rives, con barba de tres días. Un asiduo a los bares, un ligón que no se casa con nadie, sospecho que no se bate en duelos porque quedaron proscritos en la Constitución de 1978.

Sin embargo, si acudís al DRAE o a cualquier diccionario veréis que en origen “canalla” tiene un sentido muy distinto. De hecho, creo que servidor aprendió la palabra de niño, al escuchársela a mi tío utilizada para calificar al dictador paraguayo Stroessner (“Para qué? –Paraguayo”). En estos días, conviene estar muy atentos a los grandes canallas de nuestra época, que hay muchos, y no me estoy refiriendo a los media sonrisa que te entran en un discopub con un cubata en la mano…


Una cosa son Personajes Pupita y otra los canallas: los etarras (en estos días se está juzgando a Txapote, por ejemplo), los violadores y asesinos de niñas (ver el juicio sobre Marta del Castillo basta para deprimirlo a uno), esos que maltratan e incluso matan a sus parejas cada dos telediarios, los terroristas islámicos que ya son parte de nuestro paisaje, dictadores como el sirio Al Assad o el libio Gaddafi (y la turba que lo linchó)… como veis, no andamos escasos de ejemplos.

Hace tiempo quedó establecido en el imaginario colectivo (incluso aquí) que el mayor canalla que los siglos han contemplado fue Adolph Hitler, algo que por sabido puede quedar amortizado hasta el punto de insensibilizarnos. A menudo se citan el Holocausto y el comportamiento de las Fuerzas Armadas alemanas en el frente ruso como los peores exponentes de la infamia nazi; sin duda lo son, pero no está de más de vez en cuando fijar la lupa sobre otros episodios más o menos siniestros y altamente ilustrativos. Con ser lo peor del nazismo, la Solución Final y la criminalización de la Wehrmacht no fueron obra exclusiva de Hitler, necesitaron del concurso de muchísima gente.


Otras maquinaciones, sin embargo, parecen llevar más claramente el sello personal de hijoputismo del Führer, coadyuvado por su camarilla más fiel (Goering, Himmler, Heydrich…). Lo que me ha sugerido el post de hoy es la lectura de la novela HHhH (2010), de Laurent Binet, que narra –entre otras cosas- el atentado que en 1942 acabó con Reinhard Heydrich, jefe del espionaje nazi, nº 2 de las SS, ideador de “genialidades” como el distintivo-estrella obligatorio para los judíos o la propia Solución Final. A la sazón gobernador militar en Praga, Heydrich fue liquidado por un comando checoslovaco patrocinado por los británicos.

El libro de Binet cuenta esta historia, yo no llevo ni la mitad (me lo estoy leyendo en francés, vous comprenez) pero hoy se me ha revuelto el estómago al leer los pasajes sobre la conquista de Checoslovaquia por parte de la Gran Alemania, y ver cómo actuó la canallesca maquinaria diplomática del III Reich. Desmembrada, objeto de bullying primero, abandonada a su suerte por las democracias occidentales, invadida sin pegar un solo tiro, Checoslovaquia simplemente dejó de existir en 1939. Tras apenas 20 años de invento (era un producto post Imperio Austrohúngaro de la 1ª Guerra), en 1938-39 fue el títere en manos de Hitler, para después de 1945 caer en la órbita soviética (sobre esto recomiendo la peli Un mundo azul oscuro, 2001).


Hitler, Goering, Himmler, Heydrich, von Ribbentrop, Keitel… a cual más canalla, el traidor presidente checo Hácha (cuya posición tampoco era envidiable, desde luego), los pusilánimes Chamberlain y Daladier… Actualmente es posible ver en la ciudad de Praga algunas huellas de la ocupación nazi, y en el Imperial War Museum se conserva la famosa papela con los bochornosos acuerdos que agitó Chamberlain al regresar de Múnich en 1938, cuando creía haber apaciguado a la bestia nazi, que se rió de todo el mundo. Es lo que suelen hacer los canallas, llámense Hitler, Carcaño u Otegui: mucho cuidadito con el apaciguamiento, pues.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Generación M


Amigos, sabido es que la letra M tiene mucho prestigio. Ahí están si no M, el jefe de James Bond, el cantante francés –M-, la canción “M” de Los Piratas, su uso como símbolo del prefijo “mega”, el número 1000 romano, el famoso hotel EME de Sevilla, M, el vampiro de Düsseldorf… para atestiguarlo. Pero también es sabido que nuestra querida decimotercera letra del abecedario (sobre todo en mayúscula) es sinónimo de una mierda gorda.

En el ámbito anglosajón hace tiempo ya que se habla de la Generación Z (y no me refiero a los tan de moda ahora zombies), después de las Y y X de rigor. La X fue tal vez la Generación que más ha capturado la imaginación mediática aquí en España, merced tal vez al afamado libro de Douglas Coupland Generación X (1991), a productos culturales como el grunge o la peli Bocados de realidad (1994) y a un par de reportajes bien colados en su momento en El País de las tentaciones. Otras “generaciones” parece que no han cuajado tanto (el mismo Coupland trató de hacernos comulgar hace dos años con la A, dando ya la Z por pasada, como hizo Kurt Vonnegut), pero el tema del apelativo no es en realidad tan importante.


Yo, amigos, hasta ahora no sabía a qué Generación pertenecía, a la X no, desde luego, aunque la prensa y la publicidad me lo inculcaran. Servidor en 1991 estaba en 7º y 8º de EGB, escuchaba a Mecano en vez de a Nirvana y si llevaba camisas de cuadros no era desde luego por hacer una revolución cultural. Además, en Seattle dicen que llueve 200 días al año y en Miciudad no para de hacer sol. “Ayer llovió!”. Gracias, por el dato, señora: puede usted volver a su sitio.

Pero hoy me ha dado por pensar, tal vez debido a una conjunción casual de elementos, que mi generación bien podría ser intitulada como Generación M, al menos en España, habida cuenta de una serie de razones que trataré de exponer. Es un hecho que no admite discusión que somos la primera generación en la historia de España que hubo de rendir respeto a sus mayores y que no puede esperar el mismo trato de los niños pequeños. Yo llamaba “usted” a todos los adultos y aún lo hago con los desconocidos y no digamos los ancianos. Bien, pues hoy el tuteo se ha impuesto de forma falsamente democrática, como si todos fuésemos camaradas milicianos o yo no sé qué cojones, y ya no puede uno esperar que le traten de “usted” en ningún lado.


El miércoles pasado, en clase de francés, la profe abroncaba a dos compañeros por haber representado un dialoguito sito en una agencia de viajes ficticia y haberse tuteado empleado y cliente. “No lo hagáis nunca, porque eso en Francia está muy mal visto”. “Y aquí”-pensé yo, para inmediatamente darme cuenta de que es muy probable que ella no lo perciba así. Que mi profe vea que aquí camareros tutean a ancianos, dependientes a clientas, funcionarios al Lucero del Alba y así sucesivamente. Y en clase… yo cuando entraba un profesor me ponía de pie, y siempre me dirigía a ellos (en el cole, en el instituto, en la universidad) de “usted”. Hoy en día me cuenta Harvest que eso es impensable.

No basta con no esperar ese trato, es que aún hay gente que se te rebota y te mira raro si les tratas de “usted” para marcar distancias, como si fueras un clasista, un antiguo o un aristócrata venido a menos. Se me dirá que esto del “usted” (y las formas verbales de “usted”) es una tontería: riquísimo, gracias. Pero si lo era, por qué hube yo de tener ese miramiento con mis mayores? El tratamiento es lo de menos, yo me refiero a la educación, la cortesía, a ceder un asiento en el transporte público, a sujetar una puerta, a retener un ascensor, a llevarle las bolsas a una señora… si todo eso es una tontería, por qué mi generación tenía que hacerlo a la espera de llegar con la edad a esa posición de respeto... solo para descubrir que en realidad lo que tiene que hacer es comerse una M?


Muy a menudo se escucha ahora en los medios españoles que la generación actual va a ser la primera que va a tener que vivir en peores condiciones materiales que la de sus padres. Cuántas veces no habremos escuchado de boca de nuestros mayores que no teníamos derecho a quejarnos porque… en el pueblo se cocinaba con leña? … para tener agua potable había que andar no sé cuántos kilómetros? … la ropa se heredaba de los hermanos?, etc, etc. Parece claro que en España antes éramos pobres y en el plazo de cincuenta años hemos pasado de haber un solo teléfono en el pueblo a tener cada niño un portátil regalado por el Gobierno (niños que -además- ya no viven en pueblos, para empezar).

Pues bien, ahora resulta que no éramos tan ricos como nos habían hecho pensar (porque el dinero público, en contra de lo que decía la Ministra Calvo Poyato, sí es de alguien: nuestro) y que todo lo que recibíamos “gratis”, sean prestaciones, infraestructuras, mejora de condiciones laborales y salariales, servicios sociales, en realidad no lo vamos a poder seguir manteniendo. Por las razones que sean, la culpa la podemos analizar otro día, lo único cierto es que, como dijo en la radio Fernando Trías de Bes, “No se trata de lo que es justo o injusto, sino de lo que nos podemos permitir”. Cuántas veces no escuchamos estos días en los medios la dichosa frase de “Se acabó la fiesta”. Ah, pero había una fiesta? O sea, que trabajar y pagar impuestos con una nómina era estar de fiesta? Haberme avisao!


Lo único cierto es que nos va a tocar tragar cosas muy desagradables en el futuro, que la manguera de merengue se ha trocado en un cañón de mierda que nos está salpicando a todos. Que esas familias de clase media de asalariados que en el curso de una vida acumulaban un piso para cada hijo van a ser cada vez más raras (bueno, a mí eso tampoco me ha tocado, eh?).

Probablemente, los niños de hoy y de mañana se críen acostumbrados a que la Sanidad no es gratis, encima sean muy maleducados y a sus padres ya no les importe. Ellos usarán el teléfono móvil en clase y serán mileuristas, pero escribirán su propio guión, porque están despreciando el legado cultural de sus mayores. Pero a los de nuestra generación, los que tuvimos que atenernos a las reglas que otros habían escrito, nos la han colado doblada, amigos.
 
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