Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 23 de agosto de 2013

Apocalípticos y tarados


-“¡Ay, señor! La que armaron, la que liaron con la salida de la masonería y la subversión”
(Carlos Cano)

 

Todo el mundo sabe que El nombre de la rosa es mi libro favorito. Admiro a Umberto Eco desde los doce años, he seguido su carrera hasta el punto de leer también parte de su obra de no ficción, académica y divulgativa, y hace unos tres años cumplí el sueño de asistir a una conferencia suya en una antigua iglesia de Miciudad. También hay que admitir que he dejado a medias dos de sus novelas, no por ser especialmente malas ni difíciles, sino porque eran complicadas, exigían concentración y yo no la tenía en aquellos momentos. Pero la dualidad máxima relativa a Eco se desarrollaba en mi cabeza del siguiente modo: El nombre de la rosa = oro vs. El péndulo de Foucault = pupita.
Y esto por qué? Porque cuando salió El péndulo (o cuando yo me enteré que existía) todo el mundo esperaba la continuación de El nombre de la rosa con ilusión. Otro misterio histórico de corte cultureta, bien tramado, erudito a la par que apasionante, en suma, otro Nombre de la rosa pero de temática diferente. Desgraciadamente, la segunda novela de Eco no era tan accesible como la primera, que lo catapultó a la cima del Olimpo de los autores best-seller sin serlo (sin serlo en el sentido ético ni estético, sí por las ventas, claro). El péndulo de Foucault resultaba –cómo decirlo suavemente- aburrida, un coñazo, sobre todo en comparación con las sugerentes aventuras de los monjes asesinados, el laberinto, la Inquisición, etc., en una abadía del siglo XIV que adobaban El nombre de la rosa.


Por tanto yo ni intenté leérmelo: aún recuerdo a mi primo Juan, que sí se lo estaba leyendo en 1990: “El libro va de… unos estudiosos… en París… una conjura… bares de ambiente universitario en Milán en los años setenta…” En suma, todos los ingredientes para que no molara. Y además era más gordo que El nombre de la rosa, ya de por sí un tocho de casi 600 páginas en mi edición. Así quedó sellada en mi cabeza la mala fama de El péndulo, hasta que en 2009 el buen Kike, cuyo criterio es insobornable para casi todo (salvo en su errada opinión de los franceses), se lo leyó durante el verano, que pasamos juntos. “Va de una conjura… unos estudiosos…”, pero no me dijo que fuera un coñazo: acaso sí un poco fuerte de ajo. También me dijo que salían los rosacruces, una misteriosa secta o sociedad secreta que yo no había oído nombrar, pero que inmediatamente captó mi imaginación (o eso, o recordé la rosa y la cruz de las portadas de Guns N’ Roses).
El invierno pasado, merodeando por el FNAC con el buen Grillo, hablamos de El péndulo, de cómo él se lo había intentado leer en una ocasión, y le dije que me lo compraba y que no había huevos de leérnoslo juntos, para así al menos darnos apoyo mutuo y tener con quien comentarlo. El pacto se selló, y este verano quedó aumentado con otros amigos que se adhirieron a él, de manera que se fundó el secretísimo Club de Lectura de El Péndulo de Foucault. Hoy me gano las albricias porque nuntio vobis gaudium magnum: me acabo de terminar el libro. Y os diré más: EL LIBRO ES UN OBRÓN MONUMENTAL. Aburrido? Si te aburre lo interesante, puede. Coñazo? Si no tienes curiosidad, a lo mejor. Rollo? Depende de cual sea tu sentido del humor. No voy a decir que el libro haya que leerlo y el que no lo lea es tonto; tampoco que solo unos pocos iniciados intelectuales podrán disfrutarlo. El libro es cojonudo, y creo que puede gustar a mucha gente, si tiene la paciencia de ir viendo cómo van encajando todas sus –aparentemente absurdas- partes.


A mí me ha encantado, pero entiendo que haya gente que no quiera tocarlo ni de lejos con un palo. Requiere un gran esfuerzo por parte del lector, sí, pero no porque sea difícil como Finnegans Wake de Joyce, sino porque es muy largo y maneja una cantidad inmensa de datos y personajes. Nada, por otra parte, a lo que no estén acostumbrados los lectores de hoy día.
La historia es simple: tres intelectuales de Milán aburridos que trabajan en una editorial de poca monta entran en contacto por casualidad con el mundo de las conjuras templarias, judeomasónicas etc., y se inventan que existe un Plan secreto para dominar el mundo a cargo de una sociedad secretísima de herederos de los templarios. Lo bueno es que a medida que se van inventando el Plan y haciéndolo cada vez más rocambolesco (meten por ahí a los egipcios, a los masones, a los rosacruces, a los druidas, a Shakespeare, a los carbonarios, a Napoleón, a los jesuitas, a Hitler…) este resulta ser verdad, lo que tendrá dramáticas consecuencias en el mundo real. Y hasta aquí puedo leer para no espoilear.


Lo que más me ha gustado del libro en sí, y el motivo principal de que lo recomiende es que en realidad se trata de una sátira de toda la literatura de conjuras, ocultismo, merovingios, el Santo Grial, etc., una especie de Quijote para este género. Puesto que Eco juega con nosotros, nos va lanzando bolas con todos estos elementos para que nos descojonemos con él, viendo a sus personajes debatir sobre el candomblé, las vírgenes negras, Isis y Osiris, la persecución de los templarios y la masonería escocesa. Sin embargo, -y si no no sería Umberto Eco- el autor no pierde ocasión para dejar por el camino sus perlas filosóficas y semióticas, sus referencias intertextuales (desde Mickey Mouse a Goethe) y sus culturetadas, lo que hace que la novela tenga, como decía mi profesora Almudena de 3º de BUP “múltiples lecturas”, al igual que el resto de la obra de ficción del autor de Opera aperta.
Lo fascinante es que si El Quijote fue la sátira-epílogo de las novelas de caballería y después de él ya no se pudo escribir ninguna en serio, El péndulo de Foucault (1988) parece haber actuado como sátira-prólogo del género “conjura templaria-masónica”, ya que este libro –cual el rostro de Helena de Troya que puso en marcha mil naves de guerra- puso en marcha mil tochos empezando por El código Da Vinci (2003) y acabando por Templarios, griales, vírgenes negras y otros enigmas de la Historia (2011) de Juan Eslava Galán. Cómo dices eso, Porerror, si El código Da Vinci apareció quince años después de El péndulo de Foucault? Porque sospecho, señora, que quince años fue lo que tardó Dan Brown en leerse el libro de Umberto Eco.

Conclusión: El péndulo de Foucault = oro puro. Leéroslo todos. O no.

2 comentarios:

Jorge Moreno dijo...

Aún recuerdo como disfrutamos en los recreos hablando del Nombre de la Rosa.
Yo sin ser pedante si pude leerme el Péndulo cuando cayo en mis manos, poco después de leerme el Nombre y con esa lectura me convencí de lo importante que es saber elegir lo que se lee y no dejarse llevar por las modas (aún así me leí el Código Da Vinci cuando me lo regalaron...mea culpa)
Recuerdo también como si fuera ayer la escena en la que uno de los protagonistas coge las medidas del quiosco de prensa de la esquina y le saca relaciones con las medidas de las pirámides, las de la tierra y las distancias con el sol y la luna...un autentico ejemplo de como se puede jugar con los números fácilmente.

Me has picado y aunque llego tarde al club de lectura creo que voy a desempolvar el libro y me lo voy a volver a leer.

Porerror dijo...

Buen Jorge, muchas gracias por tus comentarios y por compartir tu experiencia personal aquí. Tampoco quiero decir que la obra de Dan Brown sea una mierda ni nada, sólo que digamos que está a otro nivel. Te animo a que te unas a nuestra sociedad de iniciados: vuelve a leerlo!!!

 
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