Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 23 de junio de 2009

Cosica año 1


-“Presiento que tu temporada en Cosica va a ser muy fructífera, en cuanto a literatura se refiere.”
(*Ana*, comentario en Estatuas Verdes. 11/07/08)





Que el Apocalipsis no anda lejos es otro axioma con el que hoy me gustaría empezar el post. Hay señales cumplidas más que suficientes: Chambao y Pitingo han dado un concierto juntos, la gente salta de los balcones, en los bares aparecen misteriosos flamenquines (rellenos de queso!!!! ¿dónde se ha visto?) del tamaño del brazo de Rafa Nadal, Elvis Costello ha sacado otro disco de country (“How many more times?”, que decían Led Zeppelin hace 40 años), Ramoncín es jurado de la nueva edición de OT

Por si esto fuera poco, los indicios parecen remitirnos a la conclusión de que yo me estoy acostumbrando a la vida rural. ¿Rural? Pero si tú no vives en el campo, cobarde! En la ciudad es donde le aseguro que no vivo, señora… Y he aquí lo que me trae al tema de hoy: día de San Juan, en el que según Canal Sur Radio la máxima tradición andaluza es meter tres patatas debajo de la cama, 24 de junio, se cumple un año de mi primera visita a Cosica. ¡Jirl! Si sabéis de lo que hablo, el recordado post “Retorno a Cosica” no fue sino la plasmación –entre el terror y la ironía- de mi segunda visita a Cosica: hence the title.


Hoy, exactamente un año después de la primera vez que vine, mi percepción del pueblo es completamente diferente, aunque tal vez haya que hacer caso a Fito Páez y concluir que “si algo ha cambiado, eso es nosotros”. Yo no soy el mismo que llegó a Cosica hace un año con un disco de La Costa Brava y un puñado de buenas intenciones debajo del brazo. Aquella primera visita me resultó tan bizarra que decidí no consignarla en el blog (un poco de avestrucismo también hubo, lo confieso: si no hablo de él, el pueblo desaparecerá). ¿Y qué tenía de malo Cosica, exactamente? La respuesta es “nada”, salvo que no era el sitio donde yo vivía y me había criado: o sea, “todo”.

Hoy Cosica sí es –para bien o para mal: hay una facción de mi familia que me sigue dando el pésame- el sitio donde vivo. Y ya lo dijo Antoñito Machado: “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito”, al final va a resultar que le he cogido cariño a la cosa porque no me ha tocado más remedio que vivirla. El sábado pasado me decía el buen Truman: “Tú estás encantado en Cosica, mamón. Empezaste despotricando y ahora hablas todo con humor, te lo pasas pipa”. Correcto. Pero ojo, ojito, ojete: que esté contento y que me lo pase bien no significa que sea feliz. Aunque de eso, claro está, no tiene la culpa el pueblo.


Mi buena madre me comentaba el otro día también, desde el horror: “No te vayas a engolosinar con ese pueblo y te vayas a quedar allí a vivir, ¿eh?”. No sé de dónde ha sacado la idea, lo cierto es que cada fin de semana la visito y le voy con mil historias y anecdotuelas (que siempre intento que sean positivas) sobre mi vida aquí. Pero de ahí a concluir que tengo en mente “empatronarme”, creo que media bastante trecho! Eso de desplegar la suspicacia cada vez que hablo bien de Cosica parece ser que está de última moda. Tengo compinches de trabajo a los que diríase que se les pinza una vértebra cada vez que me oyen decir cosas buenas del pueblo, por ejemplo (y no son uno ni dos).

Como decía, yo no soy el mismo de hace un año: más viejo, más sabio, más conforme, más tolerante, más triste. Pero el pueblo tampoco es el mismo. Veo las fotos de hace varios meses y lo que antes no eran sino edificios al azar, “un blanco caserío”, cobra ahora sentido completo como una maldita estampa gestáltica: la calle Noséqué, la casa de Fulano, ahí vive Menganito, etc, etc… Lo que antes era un exiguo callejero inhóspito y lleno de perros sueltos se ha convertido en un exiguo callejero perfectamente familiar y lleno de perros sueltos, a los que al menos ya tengo cartografiados. La gente absurda a la que hubo que repartir collarines cuando yo llegué (cómo no girarían el cuello a mi paso) son ahora vecinos que me saludan. Y eso mola.


Cosica es mi Macondo, mi Yoknapatawpha, es como la España de Zapatero: ese territorio inexistente en el que nos refugiamos para soñar. Y ahora me voy de confesión: dada mi trayectoria personal, yo jugaba todas las papeletas para la lotería del amargamiento en este pueblo; me pasó en Inglaterra y me pasó en los USA, que me iba de fiesta a diario, compraba libros y discos por docenas y me reía a tope pero estaba a disgusto. Por esta razón (y dado que aquí ni siquiera hay librerías ni tiendas de discos) me había planteado a mí mismo como reto personal el no dejarme vencer por el desánimo, ponerle al mal tiempo buena cara y tratar de llevar una existencia agradable en Cosica. Y amigos, mamá, estatuas de bronce, señoras y señores: puedo decir con una sonrisa que lo he conseguido.
 
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