Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 20 de septiembre de 2009

Sesión de mermelada


Desayunando, degusto una exquisita mermelada inglesa de grosella negra (de la marca Duchy Originals, la del Príncipe Orejas) y me acuerdo de la curiosa expresión “jam session”. Sabéis que hace referencia a una reunión de músicos que tocan de manera “creativa”, sin partituras o un programa predeterminado. Aparte de que la palabra inglesa “jam” es muy rica, y además de mermelada quiere decir tocar música, bailar, y cosas así.

Sin ser tan pretencioso de darle categoría de jam session, la verdad es que ayer por la tarde me lo pasé muy bien, tuve la suerte de asistir a una relajada reunión en la que casi todos los presentes cantaban y/o tocaban al menos un instrumento. Había allí una guitarra, que se iban pasando tres personas, un violín, y cantando pues estaban tres que sabían y el resto, que hacíamos lo que podíamos. Y esto me lleva al tema del post de hoy, que es reivindicar una forma de diversión tan sencilla pero tan satisfactoria como pasar el rato cantando.


Para mí la música es lo más grande, ya lo sabéis. Me gustaría decir que es la Literatura o el Arte, pero estaría mintiendo. Nada me ha hecho sentir tantas, tan variadas y tan intensas cosas como la música: las canciones. Me encanta cantar, y eso que no sé, ni tengo buena voz, pero eso nunca me ha detenido. A base de imitar a mis artistas favoritos en la ducha y en el coche he podido desarrollar un limitado repertorio de temas con los que me defiendo (siempre contando con la benevolencia del público presente: si hay alcohol fluyendo ayuda mucho).

No toco ningún instrumento, con catorce años hice varios intentos fallidos con la guitarra pero no tuve constancia: me frustré pronto. Uno de los motivos es mi nulo sentido del ritmo, el otro que siempre he tenido amigos que sabían tocar bastante bien. Tampoco he militado nunca en un grupo, pero siempre he estado alrededor (me veía como el típico “colgado” de las sesiones de grabación, una especie de Mal Evans) y de vez en cuando me dejaban cantar algo en sus ensayos, o hacer coros. Pero no escribo este post –como ya he dicho- para glosar mi inexistente carrera musical, sino para reflexionar sobre lo divertida que es la música.


Las más de las veces, cuando un amigo sacaba una guitarra en una reunión, le pedía que tocara mis temas favoritos. No era de extrañar: todos escuchábamos la misma música compuesta a partes iguales por clásicos (Beatles, Stones, Kinks, Who, Simon & Garfunkel, Bowie, Led Zeppelin, Doors, Dylan, Hendrix…) y por himnos más o menos alternativos contemporáneos (Nirvana, Oasis, Green Day, Guns N’ Roses, Metallica, Weezer…). En lo español es muy socorrido todo lo ochentero (Duncan Dhu, Gabinete, Hombres G, Loquillo, Mecano… qué os voy a contar), por haberlo vivido en nuestra infancia. En mi pajolera vida, sin embargo, jamás he logrado que un amigo tocara nada de uno de mis grupos favoritos: los Spin Doctors.

Recuerdo mañanas de sábado cantando con mis amigos en una azotea del barrio (otra vez Mal Evans: espero no acabar mis días como él), yendo al colegio a ensayar en las aulas vacías. Recuerdo tardes de parque destrozando a Oasis o el Unplugged de Eric Clapton…, ir a casa de un colega a dejarme la garganta cantando Nirvana, o decirle “Saca “Wild Horses” ”, y en el tiempo que yo tardaba en llegar el tío la había sacado de oído (algo que, con diecisiete años, para mí equivalía a la magia). Recuerdo que alguien sacara una guitarra en una botellona y ponernos todos a cantar la última de Green Day…



Con el tiempo siempre que he visto a alguien con su guitarra en una reunión me he arrimado a él, me encanta acabar cantando, pero sobre todo me embelesa ver a gente que verdaderamente lo hace bien. En lo que os he contado de ayer había un nota con un talento increíble, que lo mismo te tocaba y cantaba “Dear Prudence” que “Space Oddity” que “God Only Knows” que “Tatuaje” que “Melodía de “Arrabal” que “Love of My Life”. Me dejó K.O. interpretando dos temas de Queen (“Stone Cold Crazy” y “Lily of the Valley”) que no se encuentran precisamente entre los más conocidos. Y la chica que tocaba el violín hizo que “Dumb” de Nirvana o “Hurricane” de Dylan (la parte de la letra que pudimos recordar) jamás sonaran tan mágicos.

¡Qué sensación tan agradable, amigos, cómo podría describírosla! Esto ya no es ni oro, ni canela, ni almíbar, es simplemente… MERMELADA!

miércoles, 4 de junio de 2008

Con el Maestro


En aquel tiempo, Risto subió a la planta primera de una tienda FNAC y atrajo allí a una muchedumbre ansiosa por ser instruida. La multitud hizo cola ordenadamente para presentarse ante el Maestro, pero un grupo de zelotes de la “Academia de Artistas” fue iluminado por el espíritu de la Picaresca y tuvo a bien saltarse la formación a la torera y ocupar las mejores localidades. Un subalterno hizo la presentación del Maestro, y entregó un micrófono al público para que escuchara la palabra y luego la discutiera.

Un modernote con gomina preguntó: “Maestro, soy artista. ¿Qué es más fácil de sobrellevar, el éxito o el fracaso?”. A esto Risto respondió: “Aleluya, hermano, yo el fracaso lo llevo de puta madre. El éxito cuesta mucho más. En verdad os digo que en mi vida he fracasado tropecientas veces y solo así he aprendido”.

Una chica de barrio alzó la voz, “Maestro, ¿compensa la fama?” “En verdad, en verdad os digo que la fama no compensa. El éxito lo tenemos todos si hacemos las cosas bien, mientras que lo difícil de alcanzar es el reconocimiento de los demás. Hay gente que vive pendiente de la opinión de los demás y os digo que esa gente son en verdad muy pobres”.

Dióse el turno de palabra a un joven picado de acné, que planteó la siguiente cuestión. “Maestro, tú nos has enseñado que además de insultar a gente por la tele te acuestas con muchas mujeres. ¿Significa eso que también eres un ser tierno?” Risto se mesó la incipiente calva y contestó… “Todas nuestras relaciones sentimentales son un fracaso salvo la que mantenemos actualmente. Yo no puedo decir que por mi cama han pasado muchas hembras, sino más bien que yo he pasado por las camas de ellas”.

Entonces, una chica de colegio religioso que pasaba por allí retó al Maestro. “Maestro, tú has dicho que en el sexo, como en los negocios, improvisar es mejor que planificar. ¿No es necesario entonces prepararse? Risto entonces le contestó con una parábola: “En verdad os digo que la preparación es importante pero que corren malos tiempos para los estudiantes de Publicidad. Conoced la historia del publicista y jurado de un concurso de talentos que concertó una cita amorosa con una modelo de Los Ángeles. Un guapo publicista y jurado de OT con fama de mala leche recordaba a cierta modelo maciza de California, quedó con ella por email y reservó una suite de lujo con la cama en forma de corazón para agasajarla.

Henchido de tensión sexual, el hombre alquiló un Hummer amarillo, compró un gran ramo de rosas y fue a recoger a la modelo. Al verla resultó que la chica llevaba seis meses sin trabajar y se alimentaba con una dieta a base de McDonald’s y Häagen Dazs. En verdad os digo que aunque yo no tenga nada contra el sobrepeso, mi líbido sí. De este modo, el hombre guapo y con mala leche evitó todo contacto íntimo con la modelo con la excusa del cansancio y de salir a pasear. En última instancia, flirteó con el camarero de un bar gay de San Francisco para parecer invertido a los ojos de la no-tan-atractiva modelo. Desde aquel entonces, la mujer le dejó en paz y ahora ambos son solo amigos”.


Entonces se levantó una petardilla y se dirigió al auditorio. “Maestro: mi nombre es Raquel y doy el tiempo en el canal autonómico público de esta región. Ruego al auditorio me permita colarme y a ti que me firmes tu libro porque si no no llego a tiempo de dar la previsión de esta noche, y se me caen el pelo y el tiempo”. La multitud enfervorizada montó en cólera, y reprochaban a la mujer su indecencia. Algunos decían “Si tanto te preocupa el talento, Risto, ¿qué haces en OT?”, y otros clamaban por la multiplicación de los autógrafos.

El Maestro tomó entonces la palabra para apaciguarlos y dictó sus cuatro mandamientos. “En verdad os digo, hermanos, que lo importante no es ser un buen artista sino ser un producto. Para lograrlo es imprescindible ofrecer algo nuevo, sorprendente, mejor que lo que había, y que sea percibido por la gente como una necesidad”. Muchos asentían con la cabeza, pero una chica de la ESO increpó al maestro de nuevo.

“Tú enseñaste que cantar un tema de Nirvana en Operación Triunfo es como montar una orgía con los Teletubbies. ¿Estás en contra del rock alternativo?” Risto entrecerró los ojos y le dijo: “Hermana, aunque a todos nos pese, los días del rock independiente han pasado. Ya no hay compañías indies como Subterfuge que sacaban cada semana grupos indies como Dover para triunfar. Quedaos con esta frase: en verdad crecer significa aprender a despedirse cada vez mejor de las cosas y de las personas”. La multitud asentía, y una muchacha dijo “Maestro, en lo que dices hay verdad y hay sabiduría”.
Es Palabra de Risto.

domingo, 13 de abril de 2008

La magdalena de Kurt


Ocurrió este viernes. Ahora se verá. Como diría Arrabal, ustedes conocen mejor que yo la historia de Marcel Proust y la magdalena. Sí, hombre, eso que cuenta al principio de su amenísima obra En busca del tiempo perdido I: Por el camino de Swann (1913), de que resulta que no se podía acordar de su infancia en Combray. Hasta que de pronto le da por comerse un bollito mojado en té y al percibir su sabor le vino en torrente todo el caudal de recuerdos que le dieron para escribir nada menos que siete novelas.

Y esto es así por la asociación de sensaciones, resulta que Marcelito no tomaba magdalenas con té desde la niñez, y al recobrar la percepción del bollo años atrás su mente desalojó los recuerdos de la pretérita época.

Hablando de todo un poco, el viernes acudí a FNAC con el sano propósito de adquirir en vinilo el disco Appetite for Destruction (1987), que recordaba haber visto en otras visitas a la tienda. Pero está más que comprobado que en temas de compras no se puede dejar nada para luego. Llego el viernes a la sección de vinilos y –claro- el disco no estaba. Luego, para darme la puntilla escuché una conversación casual entre dos jovenzuelos, él decía “¿Guns n’ Roses, no te suena el nombre?”. Ella negaba y le preguntaba “¿Cómo dices que se llaman?” “Guns n’ Roses”. Tuve que bajar la cabeza con pesadumbre.

Pero hete aquí que hubo un disco que sí vi y que no esperaba encontrarme. Su portada –que por demás, no deja indiferente a nadie- me saltó al ojo como el sustituto perfecto a lo que andaba buscando. Era nada más y nada menos que el In Utero (1993) de Nirvana. Lo compré (ya lo tengo en CD pero, ¿quién se priva?) y en cuanto llegué a mi casa me puse a escucharlo. No es que no lo hubiera vuelto a escuchar desde los noventa pero seguro que nunca repanchingado en un sofá y con unos auriculares tan buenos.

Y entonces se obró en mí –oh, milagro- un proceso semejante a lo que le ocurrió a Don Marcel con su magdalenita. De golpe y porrazo se me vino encima todo el año 1993 (tenía uno quince añitos, que está hasta feo decirlo). Me acordé de mi amigo diciendo que la música de Nirvana era “preciosa” (a mí me parecía ruido). Me acordé de las infinitas veces que fui al Virgin Megastore a escucharlo en la tienda y de cómo no lo aguantaba y dejaba los cascos en la primera canción por parecerme demasiado estridente. Me acordé de cómo me fui forzando poco a poco a soportar esa canción, en lo que llegó a convertirse en un placer culpable.

Me acordé de la primera vez que escuché la canción “Heart Shaped Box” por la radio, que pensé “¿Esto está permitido?” También de ver el videoclip en la MTV, en el programa de Beavis and Butthead. Recordé mi viaje a Londres de aquel verano y también muchas otras cosas que me ocurrieron en 1993.

Vi las últimas elecciones que ganó Felipe González, vi cómo se hablaba de crisis económica por todas partes, reviví las odiosas mañanas de 1º de BUP, volví a la habitación de otro colega que se compró el libro de las partituras de In Utero para guitarra, y cómo yo me quedaba ronco tratando de cantar “Frances Farmer Hill Have Her Revenge On Seattle”. Vi la letra de “Rape Me”, que me aprendí de memoria (y la de “Serve the Servants”, “Dumb”, “Penniroyal Tea”, etc). Vi a un niño a punto de dejar de serlo, cuya Santísima Trinidad musical de Beatles, Rolling Stones y Queen se le empezaba a tambalear.

Vi otra vez Atrapado en el tiempo (con Bill Murray), vi una clase de Lengua Española en la que me hicieron leer a Cortázar, y a Eduardo Mendoza, y a los Nueve Novísimos. Vi mis clases de Inglés de por las tardes, entre cuchicheos, comentando emocionados La lista de Schindler.

Entonces, de sopetón, aquel Aleph sonoro se paró en seco: se había terminado la Cara A del disco. ¡Bendito vinilo, que había que darle la vuelta! (como bien pregonaban los Payasos de la Tele). Me levanté, giré el disco y me dispuse a sumergirme en el resto del banquete. Ni magdalenas, ni galletas, ni leche migá. Aún me quedaba toda la Cara B del In Utero para regresar a 1993.

jueves, 27 de marzo de 2008

El compás ternario de Don Martin


¿Aceptamos “Martin Scorsese” como “Mejor director de cine de los últimos 40 años?” Imaginad esto: unos matones de barrio entran en unos recreativos y apalizan a un tipo partiéndole tacos de billar en la cocorota. De fondo suena “Be my Baby” en la dulce voz de las Ronettes. O esto otro: la mafia entra en casa de un nota y le parten en la cabeza un cuadro mientras escuchamos los melosos acordes de “Baby Blue”, el tema de Badfinger. No estoy loco, a lo mejor lo está Scorsese: os he descrito dos escenas de Malas calles (1972) e Infiltrados (2006), respectivamente.

Violencia a raudales (tratada con gran esteticismo) y música de la mejor que ha dado el rock son dos marcas de la casa para el señor Scorsese, y hoy especialmente quiero incidir en la música. The Cadillacs, The Rolling Stones (¡casi siempre!), The Shirelles, Nat King Cole, Frank Sinatra, Louis Prima, Bo Diddley, The Crystals, B.B. King, Van Morrison… lo mismo le da el blues, que el rock and roll, que el doo-wop, que el soul, que Tin Pan Alley o el Brill Building. Viendo sus pelis y especialmente el cariñoso uso que hace de las canciones (hay muchas películas con un montón de canciones, pero este hombre las integra en su obra como nadie) uno no puede dejar de darse cuenta de que nos encontramos ante un verdadero amante de la música.

Lo digo en el sentido más tierno, tampoco había que ser Colombo para saber que era un musiquero tras sus recientes documentales sobre Bob Dylan o los Rolling Stones. El pasado cumpleaños me ha traído muchos regalos, y uno que ocupa un lugar destacado ha sido el DVD de la película de Martin Scorsese El último vals (1978).

El último vals es también una película musical/documental pues cronica el concierto de despedida como grupo de The Band, que tuvo lugar en 1976 en el mítico Winterland Ballroom de San Francisco. La particularidad de este concierto es que, al ser de despedida, The Band se rodearon sobre el escenario de una lista de colaboraciones de lujo. Bob Dylan, Neil Young, Van Morrison, Eric Clapton, Joni Mitchell, Muddy Waters, Emmylou Harris, Dr. John o Neil Diamond subieron a cantar con The Band, y además hay varios temas de su propio repertorio, que el grupo interpreta en un ambiente de exaltación eufórica.

Se da la circunstancia de que pese a ser fan de Scorsese y de muchos de los artistas que aparecen yo jamás había visto esta peli hasta que hace varios meses un colega me invitó a su casa a verla, con su pedazo de cañón de vídeo y sus megaaltavoces. Solo puedo decir que quedé tan fascinado que al poco tiempo repetimos la experiencia, y desde entonces conseguir esta película se convirtió en una prioridad para mí. Infructuosos viajes a El Corte Inglés, Media Markt y FNAC (donde una empleada creyó tenerla en su casa y se ofreció a regalármela, pero al final era que no) me convencieron de que aquello no era fácil de encontrar. Gracias a Dios me la han conseguido en Londres, en una tienda de segunda mano de Charing Cross Road muy guay donde otras veces he comprado pelis de Russ Meyer o libros sobre The Kinks.

Ayer volví a zamparme entera El último vals (llevaba con la idea de este post desde hace semanas, pero quería primero tenerla y verla tranquilo) y volví a quedarme de piedra. Muchas de las cosas que aparecen son ahora básicas en el vocabulario del cine documental de rock, pero es importante pensar que en aquel momento eran pioneras. Entrevistas absurdas entre canción y canción, tomas desde la espalda del grupo en que se ve al público, iluminación espectacular, escenografía decadente… todo lo hemos visto ya, pero cosas como el Unplugged In New York (1994) de Nirvana o el I Am Trying to Break Your Heart (2002) sobre Wilco no hubieran sido posibles sin El último vals.

Y ¿qué hablar de las actuaciones en sí? Sería un tópico decir aquí que son “seminales” o “electrizantes”, pero lo voy a decir. Resulta curioso comprobar cómo The Band transitan por todos los estilos en esta gran celebración de la música popular norteamericana: rock and roll puro, blues, R&B, country, bluegrass, folk, cajun, pop… al final cada vez me convenzo más de que toda la música es lo mismo: diversión.


No quiero entrar en una tediosa descripción de la película, solo quería terminar contando que también vi un documental sobre cómo-se-hizo, y esto me abrió bastante los ojos. El bueno de Scorsese no se limitó a plantar una cámara ahí y a grabar lo que pasaba: concibió una obra cinematográfica en toda regla, rodada en 35mm con varias cámaras y con un diseño de escenografía, iluminación y fotografía, por no hablar de un guión y un story board que meten miedo, donde está reflejado al milímetro quién hace qué en cada momento del concierto. Scorsese dirige, como dice David Trueba del oficio de director de cine, “es un capataz dirigiendo a una cuadrilla”.

La peli es la leche, pero siendo de Scorsese solo eché en falta (por buscarle un fallo) una cosa. Eché en falta que le abrieran a alguien la mollera a cámara lenta mientras sonaba, por ejemplo, “Forever Young” de Dylan.

sábado, 12 de enero de 2008

Los años 90: relación (si la hubiera) con la música actual


Planteo este título como una pregunta de examen. Supongo que es porque me retrotrae a mi época de BUP y COU (esas cosas que hacían antes los adolescentes para estudiar y aprender). Me veo a mí mismo en el patio del instituto leyendo un ejemplar del ROCKDELUX en el que se anuncia que “El Britpop ha muerto” (¿acaso dicha publicación llegó alguna vez a enterarse de que había nacido?). Veo a un amigo que tocaba la guitarra contarme emocionado que se había comprado el último CD-single de los Black Crowes…

¿Tuvieron lugar los noventa? ¿En serio? Poned ahora la radio, no ya la comercial, incluso Radio 3. En seguida os daréis cuenta de que en la música actual no queda ni rastro estilístico de la que se hacía hace quince años (aparte del hip-hop y la electrónica, pero yo aquí voy a hablar de pop y rock). En la actualidad, todo lo que no son cantautores y grupos con más o menos raíces parecen reminiscencias de los años ochenta. Talking Heads y The Clash son absoluta referencia, “rock con caderas”, por citar al nunca bien ponderado locutor Chema Rey.

Sin embargo, recuerdo que hace quince años no se podía dar un paso sin oír hablar sobre artistas como Guns n’ Roses, Nirvana, Pearl Jam, Garbage, Alanis Morissette, Lenny Kravitz, o sin escucharlos por la radio. Hubo muchas promesas incumplidas, muchos grupos que deslumbraron al inicio de sus carreras pero que efectivamente no llegaron a nada, entre ellos Ugly Kid Joe, Counting Crows, Crash Test Dummies, Collective Soul, The Presidents of The USA… Pena me da recordar en qué han quedado los que probablemente fueran mis favoritos de los noventa: Spin Doctors.

Hay otros como Crowded House, Oasis, Weezer, que han continuado a pesar de los altibajos, y que cosechan bastante éxito de ventas en álbumes pero que son absolutamente irrelevantes. Los más llamativos de estos, U2 y R.E.M., auténticos dueños de la década pasada. También están los líderes de Pulp (Jarvis Cocker), Suede (Brett Anderson) o Blur (Damon Albarn) que intentan resurgir con nuevos grupos y proyectos (Relaxed Muscle, The Tears y Gorillaz respectivamente, por nombrar solo algunos), pero que se han quedado viejos. Y si hablamos de solistas, gente que parecía que iban a cambiar el rumbo de la música popular… mirad a Björk o a Beck, hoy día convertidos en –como mucho- adorables chiflados.

Hay dos sonadas (perdón por el chiste) excepciones al fenómeno que estoy describiendo: Radiohead y Wilco, pero ambas tienen truco. A Wilco no los conocía nadie en los noventa (fuera de los más espabilados) y ahora casi tampoco, pero da lo mismo: hoy existen aproximadamente novecientos mil grupos norteamericanos de country alternativo que suenan igual. Y mientras tanto, ellos siguen haciendo discos buenísimos y preparándose para entrar en la leyenda. Radiohead alcanzaron el megaestrellato en los noventa, aunque en España no pasaran del “territorio indie (ahora le robo la frase a Julio Ruiz). Este grupo ha sabido como pocos, si no marcar tendencias sí adaptarse a ellas, y su sonido actual poco o nada tiene que ver con aquella especie de pseudo-grunge con el que comenzaron. Ahora, tras regalarlo por Internet, han lanzado su In Rainbows en los formatos tradicionales y esta semana están de número uno en ventas tanto en Gran Bretaña como en USA.

A veces pienso que la gente que está haciendo música ahora –y triunfando- no debió escuchar la radio de pequeñitos. O a lo mejor sí la escuchaban y la han rechazado por deprimente: “I feel stupid and contagious” (Nirvana), “I’m a loser, baby, so why don´t you kill me?” (Beck), “I’m a creep, I’m a weirdo” (Radiohead), “Sometimes I feel like I don’t have a partner…” (Red Hot Chili Peppers). Si se me permite designar a un poker de grupos de referencia actuales, ¿qué discos escuchaban los Strokes, White Stripes, Franz Ferdinand o Arctic Monkeys cuando volvían del colegio? Los de Nirvana no, desde luego. Ni los de Stone Roses. Es natural que las nuevas generaciones rechacen la música de sus padres, pero ¿también la de sus hermanos mayores?

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Mi disco del año: Favourite Worst Nightmare


Arde Sheffield, arde Inglaterra, el mundo entero está en llamas. Llegan los Monos Árticos. Su música no es tan original. Esos riffs, esas referencias a correr delante de la policía, tienen un más que confirmado tufillo a The Clash. Al cantar exhiben un maleducado acento regional propio del punk. La mala leche que arrastran se la deben a los Smiths. Su actitud nos retrotrae a los Rolling Stones, su nivel de éxito a los Beatles. Y sin embargo…

Y sin embargo, por ejemplo, un pope de la radio española como es Diego Manrique dijo de ellos en El ambigú de Radio 3: “Por una vez, la nueva sensación de la música británica es precisamente eso, sen-sa-cio-nal”. Con menos de veinte años su primer disco batió records de ventas rápidas, sus primeros singles fueron número 1 en listas sin apenas promoción. Sobre todo el “boca a boca” y una publicidad internáutica tipo viral. Hace dos años ya se les presentaba como la Gran Esperanza Indie.

Pues bien, el 2008 está en puertas, y, volviendo la vista atrás podemos decir que la promesa se ha cumplido con creces. Esta primavera pasada los Arctic Monkeys dieron al mundo su segundo trabajo, el impecable Favourite Worst Nightmare. Este ha sido el disco de la confirmación, de despejar todas las dudas de que no nos encontrábamos ante un simple bluff. La crítica se ha deshecho en elogios, el New Musical Express, la web All Music Guide, las revistas Mojo, Billboard y Q le han dado todos como mínimo una nota de cuatro estrellas y media sobre cinco o un 9/10.

Personalmente, he elegido el Favourite Worst Nightmare como mi disco internacional del año (otro día diré el nacional) porque ningún otro disco me ha producido sensaciones ni siquiera parecidas. A lo mejor los ha habido más completos, mejor producidos, por supuesto que más bonitos, pero para mi gusto no más electrizantes. No voy a soltar aquí el topicazo de rock and roll en estado puro, pero lo cierto es que estas canciones tan cortas, tan energéticas, tan urgentes, representan lo mejor de la tradición, siendo como son lo último y lo más indie. Sus melodías son pegadizas, las guitarras suenan ruidosas pero precisas, los ritmos son bailables, la voz tiene el tono justo de chulería (vuelvo a The Clash, a Oasis, a los primeros Who), y las letras… merecen capítulo aparte.

Hasta quien no sepa inglés puede captar que hablan de rabia juvenil, de frustración, de ganas de comerse el mundo. Y además lo hacen de un modo humorístico pero sobrio y sorprendentemente gráfico (un ejemplo, de la canción “Brianstorm”: “No podemos quitar la vista de la combinación de camiseta y corbata/ ¡Hasta luego, innovador!”). Lo mismo te hablan de jugar a las grúas que dan premios en las ferias (“Teddy Picker”), que de ponerse un pasamontañas para cometer una fechoría (“Balaclava”). Tan pronto describen el amor entre una señora de mediana edad y un mozalbete (“Fluorescent Adolescent”) que te piden por favor que les partas la nariz (“Do Me a Favour”).

No me cabe duda de que estamos ante uno de los grupos de la década. Yo este año 2007 me quedo con el álbum de Arctic Monkeys, que además de provocar un terremoto mediático me ha hecho recordar las razones por las cuales me gusta la música en primer lugar: me han entrado ganas de saltar, cantar, bailar, morder, gritar… igual que me pasa con los Beatles, Elvis Costello o Nirvana.

 
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