Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 5 de diciembre de 2008

Leninismo y zambombas


“Deja los libros, que hoy queremos descansar”
-Torrebruno




No, amigos, no me he vuelto loco. Y no, buen Migue, no estaba de resaca esta mañana (lo digo porque anoche no hubo post). Anoche no hubo post por culpa del puro y duro cansancio, casi nunca me puede pero anoche sí. Hoy vengo a hablaros de dos temas tan palpitantes como son el Leninismo y las zambombas.

A menudo en la prensa surge el tema de la educación en España a nivel secundario (los institutos, vamos), también en las tertulias de café surge, y en ciertas cenas. La educación es como el fútbol: todos tenemos nuestras propias ideas sobre ella, y todos sabemos más que los profesionales. Para colmo, como todo el mundo ha tenido una experiencia de paso por el sistema educativo, parece que nos vemos aún más capacitados para tener una fuerte opinión. Lo curioso es que a la consulta del médico también hemos ido todos muchísimas veces y no se nos ocurre ir por ahí sentando cátedra sobre medicina. A casi nadie, por lo menos.


Algún día os contaré por qué, pero tengo bastantes amigos profesores de instituto, entre ellos el buen Harvest (cuya opinión sobre el concierto de Dylan causó tanta polémica aquí), que me nutre de muchas anécdotas. Harvest me ha contado esta semana dos historias que se refieren a los dos extremos de la Educación Secundaria, el escalón más alto y el más bajuno. Me refiero a 1º de la ESO y a 2º de Bachillerato, en el primer curso los niños entran con 12 ó 13 años, del otro salen (con suerte) con 18, aunque pueden estar hasta los 21. A 1º de la ESO se llega sabiendo hacer apenas la “O” con un canuto, de 2º de Bchillerato se debe salir listo para la Universidad (o sea, la “O” con un canuto con mejor caligrafía).

Me cuenta el buen Harvest que le ha tocado en suerte este año una clase de Refuerzo de Lengua Española (pese a no ser esa su especialidad), en la cual hay media docena de niños problemáticos. Estos chiquitines no llegan ni a ser simpáticos, que es lo mínimo que se les pide a los alumnos de estas edades. Hay entre ellos dos de una etnia muy famosa en España cuyo nombre me ha pedido Harvest que no revele para que no se le acuse de “racista”. Estos chicos, de 14 años ya, poseen un nivel académico diagnosticado como de 1º de Primaria (6 años). Baste decir que uno de ellos es sordomudo y, con su edad, muy amigo de ir al instituto en coche (conduciendo él mismo) y que el otro es muy fan de Bruce Lee pero no tanto de Gloria Fuertes. Ah, y también es fan de gritarle a su profesor y tirarle a la cara su cuaderno de trabajo.



Los otros de esa clase son fans de la caza, las motos y coches de gran cilindrada y la imitación de sonidos animales. Pero hay uno que no se porta mal, que no finge disparar a las tórtolas en clase ni llama “hijos de puta” a sus compañeros. Quedito, con muchísimo esfuerzo, realiza sus tareas (de manera desastrosa, pero bueno..) y aún tiene tiempo de hacer de traductor entre Harvest y el simpático alumno sordomudo. Tiene evidentes dificultades cognitivas, de aprendizaje, o como se les llame ahora. En palabras de una profesional especialista en psicopedagogía: “Ese crío es zambombín”. Amigo Zambombín, yo te saludo con respeto. Serás torpe, serás lo que usted quiera, pero con tu actitud de esfuerzo continuo y entrega desinteresada estás dando una lección más alta que cualquiera que pudiera dar tu profe Harvest.

En el extremo opuesto del escalafón educativo, en la supuesta aristocracia (por edad y conocimientos académicos) se hallan los chiquitines de 2º de Bachillerato. A estos se les supone la madurez como el valor a los militares. Pero la realidad es que suelen destacar por su poca vergüenza y su tendencia al fiesterismo. Me cuenta Harvest que este año, los mayores de su instituto, con la milonga del Plan Bolonia han encontrado un filón. Cada dos por cuatro te recogen firmas y te organizan una huelga para faltar por el puto careto bajo el paraguas de la acción reivindicativa. Y luego, vaya usted a quejarse y a dar la materia por dada. Como bien dice Harvest, “¡Coño, yo cuando hago huelga sufro las consecuencias: ese día no cobro, y además lo tengo que anunciar en tiempo y forma!”.



Desde el profesorado progre, parece ser que estas dizque huelgas del alumnado (y la alumnada) son contempladas con ojillos cariñosos. Tiernones, ¡ay! Dicen que los alumnos están en su derecho, que está muy bien que sean jóvenes comprometidos, que despierten sus conciencias políticas. ¿Pues no dicen que los chavales se están afiliando en masa a un sindicato de estudiantes Marxista-Leninista! A mí todo esto me parece muy bien, pero en mi época, en mi año de COU, cuando queríamos faltar se iba a los profesores y se les decía: “Mira, que hoy no nos apetece dar clase. Que nos vamos a tangar”. No estaba bien visto, pero a ver qué haces. Recuerdo que en cierta ocasión nos fuimos a recorrer las calles cantando villancicos (nosotros es que no éramos tan comprometidos como la juventud de ahora). Y pensando en los villancicos: ¡qué bien nos hubiera venido entonces contar con una zambomba… o al menos un zambombín!

martes, 14 de octubre de 2008

Replanteamiento del canon Pupita


Hoy lo ha dicho la ministra De la Vogue, y ya sabéis que yo sigo a pies juntillas las ocurrencias, digo, afirmaciones de esta mujer. “Vivimos en un tiempo de cambios”. Hace ya un tiempecito que me venía planteando reevaluar el canon u olimpo del Orismo y el Pupiteo. ¿Por qué? Porque los tiempos cambian, lo dicen De la Vogue y Bob Dylan, entre otros.

En realidad por ese motivo abría la última encuesta celebrada en Estatuas Verdes, porque quería pulsar vuestra opinión como lectores y reírme un rato, aunque por supuesto pensaba luego poner a quien me diera a mí la gana. Pero no me habéis defraudado. La encuesta de “¿Quién merece el estatus de Personaje Pupita?” la ha ganado Melendi, ese error de Dios que algunos llaman cantante. Completamente merecido, pero no deja de ser curioso porque Melendi ya era un Personaje Pupita. Su último disco lo ha devuelto al candelabro musical, y su nuevo look de niño-bueno con el pelito corto elude mi habitualmente creativa adjetivación.

En el trabajo he encontrado a compañeros que le tienen a Melendi aún más tirria que yo, lo que no juzgaba posible. Y para colmo de males, en el sitio a donde vamos para el café de media mañana son abonados a poner la discografía del pizpireto asturiano, con la consiguiente indigestión que eso nos provoca (menos mal que yo ya voy desayunado de casa). A su mala prensa no ayudan tópicos semigraciosos como la frase que escuché un día en el programa El Hormiguero: “Tienes más peligro que Melendi en un avión”. Vaya, me parece la comparación con menos arte desde “Eres más grande que Francia”.


Pero es que la lamentable anécdota de Melendi + avión a Méjico + botella de vodka = comedia (hoy regurgitada por el cantante y reinterpretada como pecadillo de juventud) merece todo el cachondeo posible y más. Vaya por delante que los Personajes Pupita son eso, “personajes” y por tanto su vida pública y su trabajo están sujetos a este pimpampúm. Como “persona” humana no tengo nada en contra de ninguno de los Pupitas, incluido Melendi (o “Milindri”, como a él le llaman en el mundillo calé).

Dado que don Melendi ya era Personaje Pupita, no puede ser añadido a la lista. Dado que ha sido el más votado, tampoco puede salir de ella. El segundo más votado ha sido el siempre chocante Javier Bardem, ese actor oscarizado que a punto ha estado de hacerme perder la fe en los hermanos Coen (cuando vea la nueva os lo diré). Como estúpido que soy –formo parte del público español- no estoy capacitado para captar los sublimes matices de su trabajo interpretativo, por eso me veo obligado a incluirlo oficialmente en la lista del pupitismo.

Su carrera se cimentó con clásicos del calibre de Jamón jamón (1990), donde hacía de macho ibérico, y Huevos de oro (1993), donde hacía de macho ibérico. Esto, por sí solo, ya le hace merecedor del dudoso honor de ser un Personaje Pupita. Fuera de la lista se ha quedado la inclasificable Mercedes Milá, auténtica doberman televisiva. Como estoy convencido de que antes o después sí que entrará en la lista, paso de glosar su figura, lo dejo para más adelante. La lista de la Pupita, igual que la del Oro, tiene siempre un número fijo de cinco personajes. Entra uno, sale uno, así funciona (me lo acabo de inventar, pero lo vamos a hacer así).



¿Quién será redimido? Melendi no. ¿Bebe? JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA.
La cosa estaba entre Leonor Watling y Blanca Romero, actrices a cuál más lamentable. Confieso que hasta hoy mismo no lo tenía decidido del todo, pero anoche volví a ver Física o química, y se podrán decir muchas cosas sobre Blanca Romero, pero es verdad que la mujer está haciendo un enorme esfuerzo interpretativo. Lo lleva haciendo toda esta temporada de la serie, hay momentos en que casi me la llego a creer. Por otro lado, la lectura de una acertada y divertida crítica de Los crímenes de Oxford a cargo del buen Kike
en su blog me ha hecho recordar cuán infame es la Watling. Ni espaguetis, ni tetas, ni nada. Al infierno. Señoras, y señores, os doy la nueva lista de Personajes Pupita, vedla a la izquierda de vuestra pantallica.


martes, 30 de septiembre de 2008

Vuelve Nena Daconte


“Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando”.
-Gabriel García Márquez



Tenía ganas ya de que llegara el día 30 de septiembre porque hoy se pone a la venta el segundo disco de un excelente grupo de pop español: Nena Daconte. La historia de este grupo (en realidad un dúo) mola porque contiene un poquitín de justicia poética, ella (Mai Meneses) fue concursante de la segunda edición de OT, de donde salió expulsada a las primeras de cambio. Él (Kim Fanlo) también proviene de la órbita de OT, al parecer fue músico de estudio o de la gira. Además de compañeros profesionales, parece que eran pareja –lo que siempre añade cierto morbo-, o no, o sí, no se sabe.

Lo de la justicia poética viene porque esta chica Mai, que según la leyenda urbana iba para registradora de la propiedad, como cantautora no tuvo mucho éxito. Hay una especie de maldición para los concursantes de OT, ni los que ganan se comen nada. Excepciones: Bisbal, Chenoa y Bustamante, y ya es mucho decir. Los que se van pronto… ni hablamos. Pero hete aquí que un par de años después Mai Meneses –cuyo nombre era un chiste para indicar el fracaso: lo juro, lo escuché en la tele- volvió con su nuevo proyecto para tapar bocas y darle en la cabeza a todo el mundo.

“Idiota” molaba, y más todavía “En qué estrella estará”. El resto es historia, este tema fue número uno de Los 40 durante cinco semanas, lo escogieron como sintonía de la Vuelta Ciclista a España 2006, Nena Daconte ganó un premio Ondas y muchos otros… El disco He perdido los zapatos (2006) debió venderse bastante, máxime porque se reeditó, incluyendo un remix de “Idiota” a cargo de Carlos Jean y una versión del tema de Dylan “The Mighty Quinn (Quinn the Eskimo)”, que pudimos escuchar también en un anuncio de Codorniú.


De repente Nena Daconte fue un éxito, y se codeaban con La Oreja de Van Gogh y El Canto del Loco. Y aunque su éxito ha sido mainstream, el que ha sabido verlo ha encontrado en su música un puntillo indie la mar de interesante. Nunca olvidaré el día en que vi el monólogo de un cómico de Paramount Comedy con una camiseta que decía: “Me gustan los Strokes pero más Nena Daconte” (versión castiza del eslogan “Me gustan los Strokes pero más Franz Ferdinand”).

Nena Daconte podían fácilmente haber caído del lado indie de la red, y sonar en Radio 3, tocar en el ContemPOPránea… solo les falta un hervor indie. Pero no me estoy quejando. Me alegro de su éxito, y admiro su gusto musical. A Mai Meneses, cada vez que la entrevistan no se le cae Elvis Costello de la boca (el mayor Personaje Oro de Estatuas Verdes), y en su Myspace, el dúo cita como influencias aparte de a Costello, a Radiohead, Weezer, Ella Fitzgerald, Metallica, Daft Punk, Los Rodríguez, Antonio Vega y Kiss.


Como el disco nuevo sale hoy (se titula Retales de carnaval -2008), no lo he podido escuchar. Pero sí que me he puesto hasta la saciedad en YouTube el nuevo vídeo del single adelanto “Tenía tanto que darte”. La canción me parece un acierto, un temazo de pop redondo. De nuevo, montando a caballo entre el mainstream y el indie, son los hermanos pequeños de Amaral (esto es un elogio): me atrevería a llamarlo power pop. El vídeo tiene la cantidad justa de paranoias, parece digno de Beck (esto también es un elogio, malpensados). Si no la habéis escuchado –aunque ya está hasta en los politonos de Cuatro-, dadle una oportunidad.

Habrá que ver cómo está el disco nuevo, y ver por dónde sale musicalmente. En Estatuas Verdes nunca hablamos de lo que no conocemos, así que no puedo opinar. Pero ya digo, el single promete bastante, y si lo que he leído en Internet es cierto, ha sido número uno en ventas de singles en España. Y, en fin, a falta de que Nena Daconte suenen en Los conciertos de Radio 3 los escucharemos en Cadena 100, y como me mole el Retales de carnaval, capaz soy de mandarme estampar una camiseta en la que ponga: “Nena Daconte me gustan más que la cadera de Bob Dylan”.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Watchmen: La gran cosa (y II)


Vuelvo a la carga con Watchmen porque verdaderamente merece la pena. No sé si lo he dicho ya pero la lectura de este cómic ha cambiado incluso mi concepción del medio mismo de la historieta. Si formalmente el tebeo es una obra maestra no lo es menos en el plano del contenido. Sí, pero, ¿de qué trata? No pienso aquí dar ningún spoiler, pero sí voy a esbozar la temática. Superhéroes, eso seguro, pero si solo fuera eso…

La primera página de Watchmen es la mejor página de cómic que he leído en mi vida, tan fácil como eso. Muy deudora de la técnica cinematográfica, tiene la ventaja de que en ella se explica la misteriosa portada (¿qué coño es ese fondo amarillo con manchas negras y rojas?) Cuando me di cuenta de lo que era me di cuenta también de que no estaba leyendo un tebeito cualquiera. Otra característica de la primera página es que marca el tono de la historia, a ratos sombrío, a veces cómico, casi siempre descreído.

La “voz en off” (por llamarla así) nos abofetea con una soflama carca y ultraderechona que nos descoloca un poco, y no será la única voz que se haga escuchar. A lo largo de Watchmen encontramos ejemplos de muy diversas ideologías y corrientes filosóficas: objetivismo, fascismo, feminismo radical, movimiento gay, y las citas que salpimentan el cómic a modo de epígrafe u otro están tomadas de, por ejemplo, Bob Dylan, Elvis Costello, John Cale, la Biblia, Albert Einstein, William Blake (¡ese tigre!), Nietzsche, Carl Jung o P.B. Shelley. El título, sin ir más lejos (que en inglés quiere decir “Los vigilantes”) está sacado de una sátira de Juvenal.


Lejos de ser pesada, la lectura de Watchmen es puro entretenimiento, se trata de una historia más de suspense que otra cosa. Si hay filosofía –o más bien reflexión- es siempre en su justa medida, viniendo a cuento y enlazando con la trama. Nunca tuve la sensación de hallarme abrumado en un mar de citas culturetoides puestas ahí porque sí, si sabéis a lo que me refiero. Para colmo está el telón de fondo de la Historia, motor último de la historia de Watchmen. Hay referencias a la Historia/mitología griega y egipcia, y el simple hecho de que se desarrolle en unos años 80 paralelos hace que para nosotros ya sea una época muy pasada.

Supongo que en su día daba mucho morbo leer algo contemporáneo pero distinto (como si hoy se hace un cómic con la premisa de que los USA barrieron en Irak y Al Gore es el actual presidente), pero hoy el morbo está en que los 80 se nos fueron hace tiempo. Y en que la Guerra Fría para nosotros es una curiosidad, mientras que los personajes de Watchmen viven en el mismo mundo geopolítico que los de la peli Teléfono rojo: ¿Volamos hacia Moscú? (1964).

Se habló del fin de la Historia al superarse la época de los Bloques, al aparecer la amenaza que desembocó en el 11-S… en Watchmen también se abordan estos temas, solo que el tebeico fue escrito hace más de veinte años y, leído hoy día, acojona. A nosotros ya no nos asusta que Rusia vaya a dar un pepinazo (¿o sí?), pero hay por ahí amenazas peores. En Watchmen hay un personaje que se la pasa anunciando la llegada del Fin del Mundo, y no acaba uno por saber si anda loco o es el único que se ha enterado de la movida.


Ufffff… quería hablar de tantos temas a propósito de Watchmen: de política sexual, de psicología, de ciencia… no puede ser: LEEDLO. ¿Y la diversión, Porerror? ¿Y los superhéroes? Bueeeeno, tranquilos, que también salen mamporros, explosiones, naves voladoras, viajes espaciales, gente follando, peleas, alguien con el pene azul… como en cualquier tebeo de superhéroes. Solo que estos héroes son especialitos, algunos lo son -héroes- a pesar suyo (una lo es porque lo fue su madre; otro porque admiraba a alguien), y tienen problemas prosaicos.

No estoy hablando de Spiderman haciéndonos creer que está atormentado porque a su Tía May le pica la oreja, hablo de superhéroes con ganas de mear mientras salvan al mundo, gente que se da cuenta del ridículo que hace yendo por la calle en mallas, y así. De hecho, la incomodidad, las dudas sobre el papel de los superhéroes son unos de los temas centrales de Watchmen, por eso dije ayer que era un Quijote, porque al final acabas pensando “ya no puede haber más historias de superhéroes, son absurdas”.

De hecho, en Watchmen sale un superhéroe destinado a dejar en el paro a todos los demás, en realidad a toda la raza humana. Ha sido la primera vez en mi vida que al toparme con un personaje de ficción me he dicho “Menos mal que no existe en la realidad”. Es solo un cómic, ¿no?

martes, 8 de julio de 2008

La Oreja de Van Gogh y la cadera de Dylan


Queridos amigos, mirad lo que he encontrado bicheando por ahí. ¡Las cosas que llega a escribir la peña!

Voy al concierto de Bob Dylan esta noche en Jerez con un fervor cuasi religioso. Acudo esperanzado de estar a punto de contemplar un gran espectáculo. Mi contacto en el Rock in Rio, del fin de semana pasado, me envió un mensaje diciendo que Dylan había sido con diferencia lo mejor del festival. Desgraciadamente, mi cerebro decidió ignorar selectivamente parte de aquel sms, en concreto la parte que decía “¡Repasa estos días el Modern Times [2006] y el Love and Theft [2001]!” Riquísimo. ¿El problema? Que no tengo esos discos y nunca los he escuchado.

Pero está claro que una leyenda viva como Dylan no viene a promocionar su último disco, este hombre tendrá muchísimas más cosas que decir. Pionero del
folk comercial, del folk-rock, de ponerse sombreros con pluma sin ser de raza negra, de nombrar a Anthony Perkins en sus letras, de dedicarle canciones a boxeadores, de cantar ante el Papa… Qué duda cabe que traerá un repertorio como mínimo equilibrado entre temas nuevos y grandes clásicos, en todo caso tirando más para sus éxitos de siempre… un mojón para mí.

Que conste que yo no era de los que iban esperando “Blowin’ In the Wind” y después seguida “Knockin’ On Heaven’s Door”, pero mi mente no estaba preparada (claramente) para el concierto que nos deparó don Dylan. ¡Jesús, María y José! Vaya rollazo… Obviaré el precio de la entrada y la inadecuación del recinto (= el Gol Norte de un minicampo de fútbol). Pero no obviaré la malísima calidad del sonido y el hecho de que la mitad del público estuviese allí de gañote mientras yo me había gastado mis leuros. Como bien apuntó mi novia, hemos estado en conciertos de La Oreja de Van Gogh con cuatro veces más público. Casualmente aquí, entre pases de prensa y paniaguados del ayuntamiento (
“Sí, Manolo, al final hemos venido de gratis… ja, ja, ja”) no sé yo si Dylan habrá hecho mucha caja después de todo.

Mi primera impresión al llegar al concierto era que me encontraba en una de esas
reunions del colegio: entre ex profesores y ex compañeros de la facultad creo que llenábamos la tribuna del “estadio”. Luego está la constatación de que la edad media del respetable debía rondar los 65 años. Esto lo meto para hacer un poquito de sangre y que os riáis, porque yo en verdad no tengo nada en contra de que la gente de cualquier edad disfrute con la música en directo, siempre que no la usen como una excusa para ir a tomarse dos cervezas.

Del concierto en sí, ¿qué decir? El hecho de que solo conociera 3 de las 17 canciones que interpretó Mr. Zimmerman no es culpa de nadie. El hecho de que la media de duración de cada tema fuese de siete minutos (cronometrado), sí. El hecho de que todas las canciones fuesen iguales (una especie de
blues sureño/rock and roll), también. El hecho de que fuesen interpretadas con desgana tampoco ayudó mucho a crear ambiente. Puedo decir que en mi vida he visto un público menos entregado: ni cantaban (¡no se las sabían, cojones!), ni bailaban, más bien estaban charlando y rezando porque el señor Dylan se dignase a tocar algún tema conocido de una puta vez.

Cuando lo único que allí se movía eran los abanicos entre el público, se obró el milagro. Tras once temas y 77 insufribles minutos de pseudorockera papilla geriátrica, Bob Dylan & His Band
(& the Mother That Begat Them) se lanzaron a perpetrar una versión de “Highway 61 Revisited” que, claro está, dejó igual de indiferente al público. Otro par de temas-rollo más y nos sueltan otra píldora: “Masters of War”. Sí, amigos, no son precisamente sus grandes éxitos. Servidor no es fanático de Dylan pero modestamente ha escuchado unos cuantos de sus discos. Las canciones famosas y conocidas este hombre (que no es lo mismo) iban brillando por su ausencia.

Una palabra ahora sobre la actitud de Dylan sobre el escenario. El buen señor no se dignó a decir ni
“hola” ni “adiós”, y entre canción y canción no dirigió la palabra a la gente que había ido a verle. ¿Chulería? ¿Leyenda? ¿Pose? ¿Tomadura de pelo? Elige tu propia aventura. Por poco y no le da la espalda al público, pues el cantautor se pasó las dos horas largas de recital tocando el órgano de perfil. Miento, el de Minnesota logró un hito desconocido desde tiempos de los egipcios: colocarse simultáneamente de perfil (torso y cabeza) y de frente (de cintura para abajo). ¡No se veía tan poderoso giro de cintura desde He-Man y los Masters del Universo, oiga!

Y así transcurrió el concierto, con el bueno de Dylan moviéndose menos que Epi y Blas en un colchón de velcro, y
“his band”, que instrumentalmente oscilaban entre los Hombres G y Dire Straits (juro que me pareció que una de las que cantaron era “Romeo and Juliet”, con mandolina y todo). En los bises, un par de temas más y el gran final con “Like a Rolling Stone”, que si es verdad que fue lo único que mereció la pena del concierto no lo es menos que fue así porque básicamente se la cantó el público. Una pena.

Fdo: Harvest


¿Habéis leído? Qué cruel es la gente… después de esto solo me queda una cosa que decir: ¡JUDAS!

domingo, 6 de julio de 2008

Retorno 201


Os voy a contar un secreto. La semana pasada tuve una caída cultureta del copón. “Caída” en el sentido de metedura de pata, no es que se enterara nadie ni tampoco que importara. Al único al que le afectó fue a mí, y a lo mejor ha resultado que con la equivocación he salido ganando. Me explicaré.

Entro en una librería de un pueblo a la que voy con frecuencia por caerme bien: no es muy cara y para lo pequeña que es tiene una selección exquisita de títulos (además de los best-sellers habituales). Solo tenía un billete rojo y nada que leer, así que me dije a mí mismo “de aquí tengo que salir con un libro que cueste menos de diez pavos”; evidentemente algo de bolsillo, se encuentran tales perlas… Mirando mirando me topo con un volumen de cuentos, no muy gordito, por siete euros, ya sabéis, lo mío. El nombre del autor me resultaba muy familiar, creí recordar que se trataba de uno de los maestros del relato hispanoamericano, así que no me lo pensé más.

Un cuentista mejicano… mmmh… entonces llego a mi casa, abro la solapa y leo: “Soy autor de los guiones Amores perros, 21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada”. He ahí mi caída: había confundido a Juan José Arreola (cuentista mejicano, 1918-2001) con Guillermo Arriaga, cuyo libro me había llevado. Ni siquiera sabía que Arriaga escribiese, más allá de sus premiados guiones, que -vaya por delante- me encantan. Como no había vuelta atrás, me leí el librito de Arriaga, y debo decir que ha supuesto una de las más gratas sorpresas literarias del año (tanto más cuanto que fue inesperada y casi indeseada).

El volumen que pillé se llama Retorno 201 (2006), y recoge al parecer “todos” los cuentos del writer mejicano, catorce en total. No se indica si es una recopilación o un volumen montado ex profeso pero me inclino por lo segundo dada la hilazón que une muchos de los relatos. Hay personajes comunes, desde luego temas comunes, pero solo un denominador común a todos y cada uno de ellos: el hecho de estar ambientados en la calle Retorno del D.F. (de ahí el título Retorno 201, que es una dirección).

Siempre que recomiendo aquí un libro de relatos me entra la tentación de contaros algunas de las anécdotas, en este caso os podía hablar de: un vecino antisocial que arrastra en silencio el drama de ser víctima del Katrina, un anciano que sufre un ataque al corazón mientras ve la tele, un médico que realiza un chapucero aborto clandestino, una mujer casada recluida a la que apodan “la Viuda”, un muerto que se niega a aceptar su condición de tal, unos chavales de barrio que pelean por su identidad… como siempre, los qués quedan muy descoloridos frente a los cómo-están-contados.


La crudeza y fragmentación de los relatos (en uno de ellos llega a haber 31 minicapítulos y tiene solo 14 páginas) me ha recordado mucho a las películas que se han hecho con los guiones de Arriaga. También, como digo, la violencia y los sentimientos al límite: las palizas, violaciones, desgarros, urgencias médicas, muertes trágicas. Aquí no hay –de buen rollo- espacio para la esperanza. Solo hay lo que Arriaga en un momento llama “los hondos dolores de la vida”, que según él merecen ser contados en historias. Por hacer un chiste fácil (a ver si así me redimo por confundir a Arreola con Arriaga), la calle Retorno se convierte en una especie de “Desolation Row”, calle de la desolación como la que cantó Dylan.

Aparte de las pelis, a lo que más me ha recordado este Retorno 201 es a los libros de Juan Rulfo, -este sí- máximo exponente mejicano del relato corto en el siglo XX (y en todos los siglos). Hay muertos que no parecen saber que lo están, hay muertes violentísimas y maldiciones que se trasladan de padres a hijos. Hay injusticia y autoridades corruptas. Hay pasiones vitales, apego a la tierra, secretos familiares, y todo esto contado con una economía de recursos y un lenguaje bastante preciso, sin escatimar horrores. Sí, amigos, las tres anteriores frases podrían aplicarse tanto a El llano en llamas (1953) de Rulfo como a Retorno 201 de Arriaga. Y no pretendo decir que este último esté a la altura del otro, tampoco es eso. Pero si queréis deprimiros leyendo buena literatura… ya sabéis dónde la hay, y baratita.

sábado, 5 de julio de 2008

El increíble Hulk: Superheroísmo a tope


De todos los superhéroes el más trágico siempre me pareció la Masa. Ahora resulta que se dice “el increíble Hulk”, bueno pues Hulk. Digo trágico porque es un tipo que tiene, por empezar citando a Capote, “un don y un látigo para fustigarse con él”. Muchos superhéroes Marvel lo son a su pesar, y sufren cantidad, ahí están casi todos los X-Men, Spiderman, en un momento dado Iron Man… Pero este pobrete de Hulk… no sé, su poder es también su ruina. Es un héroe trágico, una especie de Rey Midas al revés (por continuar citando a los Hollies o a Mansun, a quien prefiráis). Todo lo que toca se convierte en pupita.

Leo en Wikipedia que en una encuesta de 1965 realizada entre estudiantes USA se citaba a Hulk y a Spiderman junto a Bob Dylan o al Che Guevara como sus ídolos antisistema. Interesante. Leo también que cuando en 2003 el soporífero director Ang Lee llevó al cine al personaje anduvo influenciado por la moda “No a la guerra” de Irak, extremo que no puedo calibrar puesto que no vi dicha adaptación, que fue por demás un fracaso crítico y de taquilla. A lo mejor por eso han vuelto ahora a hacer una nueva película sobre la Masa, El increíble Hulk (2008).

Creo que esta nueva capta a la perfección el espíritu trágico del personaje, hasta el punto de convertirlo en un fugitivo (hay momentos en que te crees que estás viendo al Dr. Richard Kimball) y de no tener el típico final made in Hollywood. Esta peli corta con la de 2003, supone un nuevo comienzo “desde cero”, por lo que no influye haber visto o no la otra. La historia es simple: un tal científico llamado Bruce Banner sufre una pupita inducida por rayos gamma consistente en que si se enfada se vuelve un señor gigante verde, y no me estoy refiriendo al de las hortalizas. El buen hombre trata de librarse de esta cruz con el concurso de otros científicos, entre ellos su amorcete Betty Ross.


El problema es que el padre de Betty, el general Ross, fue el inductor del mal de Banner/Hulk, quien sin saberlo formaba parte de un programa para el desarrollo de un “supersoldado”. Sumemos a todo esto mamporros y explosiones por doquier, sin olvidar a Abominación (otro engendro-ser-supersoldado ateo, comunista y ruso), y ya tenemos la receta para el último éxito cinematográfico de la Marvel. De esta peli diré lo mismo que en su día dije sobre Iron Man (2008): que es muy entretenida. Tampoco le faltan frases lapidarias, como: “Las he pasado putas en misiones muy jodidas”, “Yo odio al gobierno como el que más”, etc.

Igual que en el caso del Hombre de Hierro, a lo satisfactoria que resulta la película contribuye en no poca medida su reparto. Aquí contamos con la presencia estelar de Edward Norton, William Hurt, Liv Tyler y un inconmensurable Tim Roth. Mola porque (igual que ocurría con Robert Downey, Jr., Gwyneth Paltrow y Jeff Bridges) a todos estos actores los hemos visto ya en otras ocasiones, y ninguno aparece precisamente en su mejor momento de físico. Aquí no se escatiman arrugas, cicatrices, ojeras, patas de gallo, flacideces… y esto, con los milagros del maquillaje y del PhotoShop no puedo sino pensar que resulta intencionado. Su apariencia no importa tanto como sus interpretaciones y eso, en una peli de superhéroes de cómic, ya es un puntazo.

Luego está el hecho de que El increíble Hulk no parece tomarse demasiado en serio a sí misma. No hay aquí banderas americanas al viento ni conjuras que amenacen la paz mundial. Hay un hombre atormentado que para colmo es perseguido, lo que le impide hallar reposo mental o físico. Hay, si queremos, un trocito del mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, con la dicotomía Banner/Hulk, un poquito de La bella y la bestia (enorme historia de amor entre Norton y Tyler, el pobre no puede palparla porque si se palotiza se convierte en Hulk: ríase usted de Tristán e Isolda). También hay un poquitín del mito de Prometeo y Pandora (si Frankestein era “el moderno Prometeo”, ¿podría Hulk ser el postmoderno?).


Pero no os asustéis, lo que más hay es mamporros. La pelea final entre Hulk y Abominación supone una suerte de Pressing Catch bizarro entre dos costillares de cerdo ibérico. Tal es el grado de violencia que la pobre Liv Tyler se ve obligada a gritar “¡Basta!” (ya digo, el final no es de los típicos, y no develo más). Muchas reflexiones para quien quiera ponerse a buscarlas, pero sobre todo hay disfrute y diversión a raudales.

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SPOILER: Y, por si esto fuera poco, al final aparece Tony Stark diciendo que quiere formar un “equipo”… (y no precisamente de fútbol).

martes, 17 de junio de 2008

Dylan (II): ... y la amistad


“He's so unhip that when you say Dylan, he thinks you're talking about Dylan Thomas, whoever he was”.
(Simon & Garfunkel)


Dylan, Dylan, Dylan. Algunos viejos lectores de Estatuas Verdes recordarán esta anécdota.

Señor G: -Porerror, tengo una consulta técnica para ti.
Porerror: -¿Sí?
Señor G: -¿Tú crees que yo me podría matricular en Filología Inglesa de 2º directamente?
Porerror: -¿Y eso?
Señor G: -Hombre, porque yo he traducido todas las canciones de los Beatles y casi todas las de Bob Dylan… ¡alguna asignatura me tendrán que convalidar!
Porerror: -¿…?

Si en el post de ayer hacíamos hincapié en los poderes ensimismatorios de Bob Dylan hoy vamos a hablar de lo contrario: Dylan y la exaltación de la amistad. Han sido las entusiastas recomendaciones de varios amigos las que han acabado por convencerme de que fuera al concierto de Bob el próximo julio. Tengo colegas que lo han visto cinco veces y se les hace la boca agua habando de él. Tengo un amigo inglés que en el año 2000 se paseaba con una camiseta de Dylan, recuerdo que la última canción que escuché el último día de mi periodo Erasmus en Gran Bretaña fue “Don’t Think Twice, It’s Alright”.

La música de Dylan une, esto es un hecho. Aunque sea para meterme con el Grillo y refutar sus heréticas declaraciones de ayer sobre la calidad de sus textos. Madre mía, cuántas veces no habré cantado temas de Dylan en fiestas, reuniones de amigos, cenas y jolgorios en general. La última vez, hará un par de semanas en una cena con compañeros de trabajo se cantó “Knockin’ On Heaven’s Door”, “Blowin’ In the Wind” y uno de los más serios se arrancó por “Mr. Tambourine Man” para sorpresa de la concurrencia.

El sábado pasado, en casa de un amigo tuvimos una sesión de análisis literario de letras de Dylan: mi colega nos explicó “Boots of Spanish Leather”. Él y su hermano cantaron también “The Lonesome Death of Hattie Carroll”… y no era la primera vez que nos deleitaban con sus gorgoritos dylanescos (¡se las saben todas!). De hecho, el hermano de mi amigo (colega mío también) es muy de que vayas a su casa y te plante un vídeo de “Joker Man”, “Forever Young” o “I Shall Be Released” en pantalla gigante, lo cual siempre se agradece.


Comparar letras de Dylan, ir exprimiendo su significado oculto (algunas veces más que otras) con la sensación idiota de que nunca las acabas de entender del todo, de que nunca se crackea el misterio. La música de Dylan une. Ya ayer hablé del poder comunitario de “Knockin’ On Heaven’s Door” a la guitarra en bodas, bautizos y botellones. Aquellas sesiones místicas del Pet Sounds las hicimos también con el Astral Weeks (1968) de Van Morrison, y las intentamos con el Highway 61 Revisited (1965) de Dylan, pero fue un fracaso. Imposible quedarse en silencio mientras se escucha “Like a Rolling Stone”, siempre había alguno que se arrancaba a cantar y enseguida se le unían los otros. Dylan une.

Si, por ejemplo, te presentan a alguien en una reunión social y no sabes de qué tema hablar pregúntale si le gusta Bob Dylan y si es que sí ya tenéis tema de por vida: que si a ver por qué no le han dado el Premio Nobel, que si está fatal de salud, que si es mejor su etapa eléctrica que la acústica, que si fue novio de Joan Baez, que si han hecho una peli ahora sobre él [I’m Not There, 2007, de Todd Haynes: la estamos esperando], que si es un poeta… Y si no, siempre podéis poneros a rememorar la letra de “Blowin’ In the Wind”, que seguro que no os la sabéis (de verdad) entera.

Que si fue judío, que si se hizo cristiano y cantó ante el Papa, que si se ahora se ha hecho judío otra vez… Es curioso que un tipo tan arisco y con tanta fama de cabroncete dé lugar a tantas amistades. Ayer anduve escuchando su concierto en el Philarmonic Hall de 1964 (editado en 2004 como The Bootleg Series, Vol.6) y me di cuenta de que entre canción y canción Bob Dylan rivalizaba con los discos de stand-up comedy de Woody Allen que tengo de la misma época. Debió de tomarse algo, porque el nota esa noche estuvo sembrado. Festivales del humor aparte, Dylan nunca se ha caracterizado por su simpatía, ni falta que le ha hecho.


Hará un par de años gané la banda sonora de No Direction Home (2005) en un concurso del dominical de El País (había que acertar el nombre de qué poeta galés, etc, etc…), supongo que la justicia poética quiere ahora que le devuelva a Dylan el precio del disco por duplicado en forma de su entrada del concierto. El post de ayer me salió un poco enciclopédico (seguro que le hubiese encantado a Señor G), así que en el de hoy he querido guiarme solo por recuerdos e impresiones. Aquel EP de vinilo que mencioné, siempre presente en casa… las entradas del concierto… un colega grabándome versiones de Dylan por grupos raros en cintas de 90… Si Bob me defrauda (aunque él es muy discreto, como dijo Calamaro), siempre me quedarán los amigos.

lunes, 16 de junio de 2008

Dylan (I): Entre el solipsismo...


Dylan, Dylan, Dylan. ¡Madre mía! Cantautor meteorológico, ningún otro artista le ha prestado tanta atención en sus letras a las inundaciones (Before the Flood, “Down In the Flood”, “The Times They Are A-Changin’”), la lluvia (“Buckets of Rain”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”), el viento (“Blowin’ In the Wind”, “Idiot Wind”), los huracanes (“Hurricane”) y demás. Todo esto, que viene muy bien en épocas de cambio climaticlo y Expo de Zaragoza, nos sirve además como un soplo de aire fresco ahora que empieza la canícula. Meteorológico, sí, por lo natural, por lo que el tiempo afecta a las personas.

A Dylan nos lo trae el verano a España, y yo ya tengo mi entradita comprada para ir a verlo. Bendita sea la jubilación que le estamos sufragando los fans, porque la entrada me ha salido por más de 50 pavos. Pero concierto a la vista, en el mes de julio, nos remite forzosamente a una revisión del catálogo del artista. Y no es que haya hecho falta que me obliguen, ¿eh? Curiosamente ya venía teniendo un año bastante dylaniano muchísimo antes de pensar siquiera en ir a verlo en concierto.

Vengo escuchando discos de Dylan desde hace meses –no diré compulsivamente pero sí con bastante consistencia. Yo era mucho del Dylan sesentero, ya conté aquí como lo (re)descubrí un día escuchando Radio 3. Mucho antes, por mi casa ya rulaba un EP de vinilo con “Blowin’ In the Wind” y otros tres temas, y es uno de los discos que más he escuchado en toda mi vida. Pero tengo que admitir que la obra de Dylan a partir de 1970 (igual que la de los Rolling Stones o la de los Kinks en su momento) me daba bastante miedito. Igual que en los dos casos citados, una vez vencida la aprensión inicial descubro que mi miedo era completamente injustificado.

Mi problema es que me gustan tanto los años 60 puros que a partir de 1969 la música me parece ya demasiado progresiva o complicada. Escucho el Nashville Skyline (1969) con la orejitas tiesas (y el hecho de que sea medio country tampoco es ajeno a esta circunstancia). Escucho el New Morning (1970) con bastante más apetito, cómo olvidar aquel “The Man In Me” que inmortalizaron los Hermanos Coen en la secuencia onírica de El gran Lebowski (1998). Desgraciadamente, el otro vinilo de Dylan que había en mi casa de toda la vida era el infumable Self Portrait (1970), y ese mejor nos lo saltamos.

La banda sonora de Pat Garrett & Billy the Kid (1973) nos legó el historiquérrimo hit “Knockin’ On Heaven’s Door”, de dulce versionado por Guns N’ Roses y por cualquiera que aprendiera a tocar la guitarra entre 1992 y 1995. Pero para mi gusto, el mejor Dylan de la década viaja en dos magníficos álbumes, dos trabajos que bien pueden competir con cualquiera de los que el cantautor de Minnesotta facturó a mediados de los sesenta (¡Toma frase tópica!). Blood On the Tracks (1975) nos dejó “Tangled Up In Blue”, “Idiot Wind” y “Lily, Rosemary and the Jack of Hearts”. El cantautor melódico, el enamorado, volvía a ser el cronista de las jóvenes insatisfacciones de América.

El otro obrón de esta época es Desire (1976), cuyo tema central “Hurricane” bien podría pasar por ser la mejor canción de Dylan de todas las épocas. O a lo mejor no, da igual. Su historia –real- es tan urgente y tan conmovedora (la injusticia de un boxeador negro condenado por unos asesinatos que no cometió) que décadas después fue llevada al cine como Huracán Carter (1999), con resultado de nominación al Oscar para Denzel Washington. Además, el disco contenía otros buenos cortes como “Isis”, “Mozambique” o “Sara”, y estaba salpimentado por un omnipresente violín y por la voz de Emmylou Harris en los coros.


Lo flipo yo solo escuchando a Dylan, se ha notado, ¿no? Pues no es del todo cierto. Es verdad que para escuchadas solitarias pocos artistas tan completos y tan profundos (valga la cursilada) como el señor Robert A. Zimmerman. Pero también es verdad que su música se presta a la comunión y al jolgorio colectivo. Mañana hablaré de ese Dylan, hoy me conformo con el de la soledad y el recogimiento, el de las largas horas de escucha reflexiva -la boca abierta, la babita caída-, el que se quita el sombrerico para saludarnos mientras nos mira a los ojos.

martes, 3 de junio de 2008

Amy en Cambridge (o Cómo dejé de preocuparme y empecé a creer en la prensa)


Hoy no sabía si hablar sobre Pepu Hernández o sobre Amy Winehouse, y, aunque a mí el baloncesto me encanta de siempre, por petición popular trato el tema del “gran escándalo académico”: la inclusión de una canción de la Winehouse en un examen de literatura de Cambridge. ¿Gran escándalo o gran fraude? Dejémoslo en gran noticia, porque mucho me temo que una vez más, amigos, hemos sido víctimas de una broma de esa maquinaria de propaganda tan bien engrasada que llamamos prensa.

Como de costumbre, antes de comentar la noticia pasaremos a despojarla del mito. Los hechos: en un examen práctico de crítica literaria (vulgo comentario de texto) de la Universidad de Cambridge se pedía a los alumnos que comparasen una canción de Amy (“Love Is a Losing Game”) con un poema de Sir Walter Ralegh. ¡Oh, escándalo! ¿Amy elevada a los altares literarios? ¿La Winehouse equiparada con Shakespeare? Malestar en el mundo académico. ¿Qué diría de esto Dámaso Alonso? La de tonterías que hemos tenido que leer en prensa en estos últimos días…

Falacia 1: El tema de Amy estaba en el examen, de acuerdo, pero seguimos leyendo y nos enteramos de que era solo una de las opciones. También se podía comparar el poema de Ralegh (afamado pirata renacentista) con canciones de Billie Holiday o de Bob Dylan. Y el año pasado cayó “Tragedy” de los Bee Gees, o sea que… ¿dónde está la novedad? Yo os lo diré: en que Amy huele a noticia, la pobre, da espectáculos lamentables como el del otro día en Lisboa, se emborracha y droga… en fin (por cierto, se supone que Sir Walter Raelgh fue quien puso de moda en Europa fumar tabaco).

Falacia 2: ¿Amy al nivel de Shakespeare, Milton o Wordsworth? Conmocionado, el mundo académico se suicida en masa. Vamos a ver. En primer lugar, la canción de Amy no fue puesta ahí por su calidad literaria (sería la primera vez que la “calidad” se juzga en un examen) sino por su temática y sus rasgos estilísticos. ¿Mande? Por el tema que trata y cómo lo trata (en este caso, el amor desgraciado), que era precisamente lo que había que comparar con los otros versos. Que se queden tranquilos los poetas ingleses en su rincón de la Abadía de Westminster, que Amy Winehouse no los va a dejar en el paro, ni los Bee Gees van a sustituir a los poetas Románticos en los libros de Historia.

Falacia 3: Gran indignación, ¿cómo puede una simple canción pop de moda figurar junto a exquisitos artefactos literarios que han demostrado su solvencia durante siglos? Pues puede, amigos, en virtud de algo de lo que en España todavía no se han enterado (sobre todo cierta prensa y ciertos telediarios que no nombraré aquí porque luego me acusáis de obseso). Me refiero a la disolución de la distinción Clásica de Alta Cultura (sinfonías, novelas, cuadros) frente a Cultura Popular (películas, cómics, canciones). Lo vio venir Umberto Eco en su ensayo Apocalípticos e integrados (1964) y lo lleva viendo treinta años cualquiera que haya estudiado mínimamente estas cuestiones.


¿Quiere esto decir que todo vale y que lo mismo da un libro de Aristóteles que un cómic de Spiderman? Pues me temo que… si nos referimos a su valor como artefacto cultural digno de estudio en cuanto que fuente de significado y reflejo de una época, la respuesta es , lo mismo dan (nada de nociones esencialistas sobre “calidad intrínseca” aquí). Recordemos que en la Inglaterra del siglo XVIII las novelas eran consideradas lectura bajuna para criadas y mozos de cuadra. Los mismos poemas medievales populares que hoy se diseccionan en la universidad fueron, en su época, objeto de desprecio por la clase culta.

En la actualidad, y bajo el paraguas de nuevas disciplinas integradoras como son los Estudios Culturales, lo que se estudia en el ámbito anglosajón (básicamente, los países que controlan el mundo) es el significado de determinadas prácticas culturales, y así se escriben libros sobre la historia del Walkman, el rock de la Costa Oeste o la película de Spielberg El color púrpura (1985). Lo mismo que se siguen escribiendo sobre Milton, Sócrates o Miguel Ángel, ¿eh? Con deciros que, en la carrera, un profesor nos daba clase con sonetos románticos, poemas de Browning o Rossetti y luego canciones de Madonna, la película Houdini (1953) y hasta un folleto de propaganda del Supersol.

Así que no es de extrañar que se haya usado una canción de Amy para compararla con una letra renacentista, lo mismo que se podía haber cogido una sentencia judicial medieval para compararla con otra de ahora, si es que de ahí podía salir alguna reflexión interesante. Por cierto que el tema de la Winehouse (“Love Is a Losing Game”) acaba de ganar el Premio Ivor Novello a la “Canción británica con mejor letra y música del 2008”. Es el tercero que gana como compositora y escritora: tiembla, Shakespeare. ¡El año que viene caerá en un examen “Ellos las prefieren gordas” de La Orquesta Mondragón y habrá que compararla con Las tres gracias de Rubens!

jueves, 27 de marzo de 2008

El compás ternario de Don Martin


¿Aceptamos “Martin Scorsese” como “Mejor director de cine de los últimos 40 años?” Imaginad esto: unos matones de barrio entran en unos recreativos y apalizan a un tipo partiéndole tacos de billar en la cocorota. De fondo suena “Be my Baby” en la dulce voz de las Ronettes. O esto otro: la mafia entra en casa de un nota y le parten en la cabeza un cuadro mientras escuchamos los melosos acordes de “Baby Blue”, el tema de Badfinger. No estoy loco, a lo mejor lo está Scorsese: os he descrito dos escenas de Malas calles (1972) e Infiltrados (2006), respectivamente.

Violencia a raudales (tratada con gran esteticismo) y música de la mejor que ha dado el rock son dos marcas de la casa para el señor Scorsese, y hoy especialmente quiero incidir en la música. The Cadillacs, The Rolling Stones (¡casi siempre!), The Shirelles, Nat King Cole, Frank Sinatra, Louis Prima, Bo Diddley, The Crystals, B.B. King, Van Morrison… lo mismo le da el blues, que el rock and roll, que el doo-wop, que el soul, que Tin Pan Alley o el Brill Building. Viendo sus pelis y especialmente el cariñoso uso que hace de las canciones (hay muchas películas con un montón de canciones, pero este hombre las integra en su obra como nadie) uno no puede dejar de darse cuenta de que nos encontramos ante un verdadero amante de la música.

Lo digo en el sentido más tierno, tampoco había que ser Colombo para saber que era un musiquero tras sus recientes documentales sobre Bob Dylan o los Rolling Stones. El pasado cumpleaños me ha traído muchos regalos, y uno que ocupa un lugar destacado ha sido el DVD de la película de Martin Scorsese El último vals (1978).

El último vals es también una película musical/documental pues cronica el concierto de despedida como grupo de The Band, que tuvo lugar en 1976 en el mítico Winterland Ballroom de San Francisco. La particularidad de este concierto es que, al ser de despedida, The Band se rodearon sobre el escenario de una lista de colaboraciones de lujo. Bob Dylan, Neil Young, Van Morrison, Eric Clapton, Joni Mitchell, Muddy Waters, Emmylou Harris, Dr. John o Neil Diamond subieron a cantar con The Band, y además hay varios temas de su propio repertorio, que el grupo interpreta en un ambiente de exaltación eufórica.

Se da la circunstancia de que pese a ser fan de Scorsese y de muchos de los artistas que aparecen yo jamás había visto esta peli hasta que hace varios meses un colega me invitó a su casa a verla, con su pedazo de cañón de vídeo y sus megaaltavoces. Solo puedo decir que quedé tan fascinado que al poco tiempo repetimos la experiencia, y desde entonces conseguir esta película se convirtió en una prioridad para mí. Infructuosos viajes a El Corte Inglés, Media Markt y FNAC (donde una empleada creyó tenerla en su casa y se ofreció a regalármela, pero al final era que no) me convencieron de que aquello no era fácil de encontrar. Gracias a Dios me la han conseguido en Londres, en una tienda de segunda mano de Charing Cross Road muy guay donde otras veces he comprado pelis de Russ Meyer o libros sobre The Kinks.

Ayer volví a zamparme entera El último vals (llevaba con la idea de este post desde hace semanas, pero quería primero tenerla y verla tranquilo) y volví a quedarme de piedra. Muchas de las cosas que aparecen son ahora básicas en el vocabulario del cine documental de rock, pero es importante pensar que en aquel momento eran pioneras. Entrevistas absurdas entre canción y canción, tomas desde la espalda del grupo en que se ve al público, iluminación espectacular, escenografía decadente… todo lo hemos visto ya, pero cosas como el Unplugged In New York (1994) de Nirvana o el I Am Trying to Break Your Heart (2002) sobre Wilco no hubieran sido posibles sin El último vals.

Y ¿qué hablar de las actuaciones en sí? Sería un tópico decir aquí que son “seminales” o “electrizantes”, pero lo voy a decir. Resulta curioso comprobar cómo The Band transitan por todos los estilos en esta gran celebración de la música popular norteamericana: rock and roll puro, blues, R&B, country, bluegrass, folk, cajun, pop… al final cada vez me convenzo más de que toda la música es lo mismo: diversión.


No quiero entrar en una tediosa descripción de la película, solo quería terminar contando que también vi un documental sobre cómo-se-hizo, y esto me abrió bastante los ojos. El bueno de Scorsese no se limitó a plantar una cámara ahí y a grabar lo que pasaba: concibió una obra cinematográfica en toda regla, rodada en 35mm con varias cámaras y con un diseño de escenografía, iluminación y fotografía, por no hablar de un guión y un story board que meten miedo, donde está reflejado al milímetro quién hace qué en cada momento del concierto. Scorsese dirige, como dice David Trueba del oficio de director de cine, “es un capataz dirigiendo a una cuadrilla”.

La peli es la leche, pero siendo de Scorsese solo eché en falta (por buscarle un fallo) una cosa. Eché en falta que le abrieran a alguien la mollera a cámara lenta mientras sonaba, por ejemplo, “Forever Young” de Dylan.
 
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