Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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sábado, 14 de febrero de 2009

Spoiler e injuria de Benjamín Buton


Amigos: un post corto para contaros que vengo de ver la peor película en lo que llevamos de siglo. ¿Su título? El curioso caso de Benjamin Button (2008) –a partir de ahora la llamaremos Benjamín Buton, para entendernos. El buen Fran G. Matute ya nos advirtió en su soberbia crítica de lo requetemalísima que era esta peli. Pero también decía en su post que Tom Hanks era pupi o algo así, y yo desconfié del muchacho. Nunca lo hiciera. No pretendo hacer una crítica cinematográfica de Benjamín Buton, pero siento que debo escribir sobre la peli porque EL MUNDO DEBE CONOCER.

Decía el gran Carlos Pumares en su programa hace quince años que hoy en día es casi imposible que una peli sea mala. Por definición, si una peli está bien financiada y realizada por profesionales, no estará mal fotografiada, maquillada, iluminada, vestuariada, musicada y –normalmente- actuada. El guión puede ser malo, en el sentido de aburrido, absurdo o inconsistente y la dirección incapaz, porque no logre transmitir lo que se pretende o porque el efecto sea un rollazo o un despropósito. Benjamín Buton es todo esto y mucho más, y ahora entiendo que su comparación con Forrest Gump (1994) no era ociosa. A la sarta de disparates que Fran G. nombró en su paralelismo yo quiero añadir dos: 1) niños con problemas motores y 2) tontos de por vida.


Veo Benjamín Buton y tengo la desagradable impresión de estar siendo la víctima de una broma pesada. A medida que pasa el tiempo mi irritación crece. La película dura poco más de dos horas y media y es triste constatarlo, pero le sobran aproximadamente 150 minutos de metraje. Lo que dura el trailer, exactamente, es lo que da de sí la historia, dizque basaba (levemente) en uno de esos cuentos que F. Scott Fitzgerald se ganaba la vida escribiendo, entre sorbito y sorbito de coca-cola. La peli empieza como un ensueño de época, continúa como una fábula en plan Big Fish (2004) y en algunos momentos nos parece estar viendo Titanic (1997), debido a unos absurdos y constantes saltos narrativos en el tiempo que no aportan nada a la narración, como no sea ralentizarla.

El personaje de Brad Pitt es una mezcla de los de Forrest Gump y Joe Black, con el irritante INRI de que el uno era tontico y el otro el Diablo poseyendo a un humano, pero este no tiene excusa. Benjamín Buton, alias “el niño ciruela pasa”, parece en plena posesión de sus facultades mentales, pero resulta que es mongolo durante toda su vida. Copón!!! ¿Ni tirarte a Cate Blanchett te espabila, nene? ¿Ni ver a los Beatles por la tele?


Una idea que a priori podía estar bien (un hombre que nace viejo y va rejuvenenciendo con el paso del tiempo) se convierte -una vez se gastan en ella más de 160 millones de $- en un rosario de disparates, situaciones fatuas y alegatos falsamente poéticos. Empezamos con Benjamín Buton, continuamos con Cocoon (1985) y para cuando la peli lleva una hora y media en marcha ya no sabemos si estamos viendo Benjamín Buton, Cayo Largo (1948), El graduado (1967) o Matar a un colibrí. Total, que al final la sensación que le queda a uno es que ha visto cómo alguien echaba por la taza de un váter 125 millones de euros y tiraba de la cadena.

No voy a negar que ha habido cosas de la peli que me han agradado: el personaje del pigmeo, la fugaz parte en que Brad Pitt y Cate Blanchett coinciden en edad y son felices… pero esto apenas cubre el 10% de la obra. Y para remate de los tomates todo el pastel se desarrolla en Nueva Orleans, durante el Katrina (just how convenient!). Si querían hacer una peli sobre Nueva Orleans… ¿por qué no rodaron La conjura de los necios? La parte de los necios sí que la han clavado…

domingo, 6 de julio de 2008

Retorno 201


Os voy a contar un secreto. La semana pasada tuve una caída cultureta del copón. “Caída” en el sentido de metedura de pata, no es que se enterara nadie ni tampoco que importara. Al único al que le afectó fue a mí, y a lo mejor ha resultado que con la equivocación he salido ganando. Me explicaré.

Entro en una librería de un pueblo a la que voy con frecuencia por caerme bien: no es muy cara y para lo pequeña que es tiene una selección exquisita de títulos (además de los best-sellers habituales). Solo tenía un billete rojo y nada que leer, así que me dije a mí mismo “de aquí tengo que salir con un libro que cueste menos de diez pavos”; evidentemente algo de bolsillo, se encuentran tales perlas… Mirando mirando me topo con un volumen de cuentos, no muy gordito, por siete euros, ya sabéis, lo mío. El nombre del autor me resultaba muy familiar, creí recordar que se trataba de uno de los maestros del relato hispanoamericano, así que no me lo pensé más.

Un cuentista mejicano… mmmh… entonces llego a mi casa, abro la solapa y leo: “Soy autor de los guiones Amores perros, 21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada”. He ahí mi caída: había confundido a Juan José Arreola (cuentista mejicano, 1918-2001) con Guillermo Arriaga, cuyo libro me había llevado. Ni siquiera sabía que Arriaga escribiese, más allá de sus premiados guiones, que -vaya por delante- me encantan. Como no había vuelta atrás, me leí el librito de Arriaga, y debo decir que ha supuesto una de las más gratas sorpresas literarias del año (tanto más cuanto que fue inesperada y casi indeseada).

El volumen que pillé se llama Retorno 201 (2006), y recoge al parecer “todos” los cuentos del writer mejicano, catorce en total. No se indica si es una recopilación o un volumen montado ex profeso pero me inclino por lo segundo dada la hilazón que une muchos de los relatos. Hay personajes comunes, desde luego temas comunes, pero solo un denominador común a todos y cada uno de ellos: el hecho de estar ambientados en la calle Retorno del D.F. (de ahí el título Retorno 201, que es una dirección).

Siempre que recomiendo aquí un libro de relatos me entra la tentación de contaros algunas de las anécdotas, en este caso os podía hablar de: un vecino antisocial que arrastra en silencio el drama de ser víctima del Katrina, un anciano que sufre un ataque al corazón mientras ve la tele, un médico que realiza un chapucero aborto clandestino, una mujer casada recluida a la que apodan “la Viuda”, un muerto que se niega a aceptar su condición de tal, unos chavales de barrio que pelean por su identidad… como siempre, los qués quedan muy descoloridos frente a los cómo-están-contados.


La crudeza y fragmentación de los relatos (en uno de ellos llega a haber 31 minicapítulos y tiene solo 14 páginas) me ha recordado mucho a las películas que se han hecho con los guiones de Arriaga. También, como digo, la violencia y los sentimientos al límite: las palizas, violaciones, desgarros, urgencias médicas, muertes trágicas. Aquí no hay –de buen rollo- espacio para la esperanza. Solo hay lo que Arriaga en un momento llama “los hondos dolores de la vida”, que según él merecen ser contados en historias. Por hacer un chiste fácil (a ver si así me redimo por confundir a Arreola con Arriaga), la calle Retorno se convierte en una especie de “Desolation Row”, calle de la desolación como la que cantó Dylan.

Aparte de las pelis, a lo que más me ha recordado este Retorno 201 es a los libros de Juan Rulfo, -este sí- máximo exponente mejicano del relato corto en el siglo XX (y en todos los siglos). Hay muertos que no parecen saber que lo están, hay muertes violentísimas y maldiciones que se trasladan de padres a hijos. Hay injusticia y autoridades corruptas. Hay pasiones vitales, apego a la tierra, secretos familiares, y todo esto contado con una economía de recursos y un lenguaje bastante preciso, sin escatimar horrores. Sí, amigos, las tres anteriores frases podrían aplicarse tanto a El llano en llamas (1953) de Rulfo como a Retorno 201 de Arriaga. Y no pretendo decir que este último esté a la altura del otro, tampoco es eso. Pero si queréis deprimiros leyendo buena literatura… ya sabéis dónde la hay, y baratita.
 
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