
Os voy a contar un secreto. La semana pasada tuve una caída cultureta del copón. “Caída” en el sentido de metedura de pata, no es que se enterara nadie ni tampoco que importara. Al único al que le afectó fue a mí, y a lo mejor ha resultado que con la equivocación he salido ganando. Me explicaré.
Entro en una librería de un pueblo a la que voy con frecuencia por caerme bien: no es muy cara y para lo pequeña que es tiene una selección exquisita de títulos (además de los best-sellers habituales). Solo tenía un billete rojo y nada que leer, así que me dije a mí mismo “de aquí tengo que salir con un libro que cueste menos de diez pavos”; evidentemente algo de bolsillo, se encuentran tales perlas… Mirando mirando me topo con un volumen de cuentos, no muy gordito, por siete euros, ya sabéis, lo mío. El nombre del autor me resultaba muy familiar, creí recordar que se trataba de uno de los maestros del relato hispanoamericano, así que no me lo pensé más.
Un cuentista mejicano… mmmh… entonces llego a mi casa, abro la solapa y leo: “Soy autor de los guiones Amores perros, 21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada”. He ahí mi caída: había confundido a Juan José Arreola (cuentista mejicano, 1918-2001) con Guillermo Arriaga, cuyo libro me había llevado. Ni siquiera sabía que Arriaga escribiese, más allá de sus premiados guiones, que -vaya por delante- me encantan. Como no había vuelta atrás, me leí el librito de Arriaga, y debo decir que ha supuesto una de las más gratas sorpresas literarias del año (tanto más cuanto que fue inesperada y casi indeseada).
El volumen que pillé se llama Retorno 201 (2006), y recoge al parecer “todos” los cuentos del writer mejicano, catorce en total. No se indica si es una recopilación o un volumen montado ex profeso pero me inclino por lo segundo dada la hilazón que une muchos de los relatos. Hay personajes comunes, desde luego temas comunes, pero solo un denominador común a todos y cada uno de ellos: el hecho de estar ambientados en la calle Retorno del D.F. (de ahí el título Retorno 201, que es una dirección).
Siempre que recomiendo aquí un libro de relatos me entra la tentación de contaros algunas de las anécdotas, en este caso os podía hablar de: un vecino antisocial que arrastra en silencio el drama de ser víctima del Katrina, un anciano que sufre un ataque al corazón mientras ve la tele, un médico que realiza un chapucero aborto clandestino, una mujer casada recluida a la que apodan “la Viuda”, un muerto que se niega a aceptar su condición de tal, unos chavales de barrio que pelean por su identidad… como siempre, los qués quedan muy descoloridos frente a los cómo-están-contados.

La crudeza y fragmentación de los relatos (en uno de ellos llega a haber 31 minicapítulos y tiene solo 14 páginas) me ha recordado mucho a las películas que se han hecho con los guiones de Arriaga. También, como digo, la violencia y los sentimientos al límite: las palizas, violaciones, desgarros, urgencias médicas, muertes trágicas. Aquí no hay –de buen rollo- espacio para la esperanza. Solo hay lo que Arriaga en un momento llama “los hondos dolores de la vida”, que según él merecen ser contados en historias. Por hacer un chiste fácil (a ver si así me redimo por confundir a Arreola con Arriaga), la calle Retorno se convierte en una especie de “Desolation Row”, calle de la desolación como la que cantó Dylan.
Aparte de las pelis, a lo que más me ha recordado este Retorno 201 es a los libros de Juan Rulfo, -este sí- máximo exponente mejicano del relato corto en el siglo XX (y en todos los siglos). Hay muertos que no parecen saber que lo están, hay muertes violentísimas y maldiciones que se trasladan de padres a hijos. Hay injusticia y autoridades corruptas. Hay pasiones vitales, apego a la tierra, secretos familiares, y todo esto contado con una economía de recursos y un lenguaje bastante preciso, sin escatimar horrores. Sí, amigos, las tres anteriores frases podrían aplicarse tanto a El llano en llamas (1953) de Rulfo como a Retorno 201 de Arriaga. Y no pretendo decir que este último esté a la altura del otro, tampoco es eso. Pero si queréis deprimiros leyendo buena literatura… ya sabéis dónde la hay, y baratita.
Entro en una librería de un pueblo a la que voy con frecuencia por caerme bien: no es muy cara y para lo pequeña que es tiene una selección exquisita de títulos (además de los best-sellers habituales). Solo tenía un billete rojo y nada que leer, así que me dije a mí mismo “de aquí tengo que salir con un libro que cueste menos de diez pavos”; evidentemente algo de bolsillo, se encuentran tales perlas… Mirando mirando me topo con un volumen de cuentos, no muy gordito, por siete euros, ya sabéis, lo mío. El nombre del autor me resultaba muy familiar, creí recordar que se trataba de uno de los maestros del relato hispanoamericano, así que no me lo pensé más.
Un cuentista mejicano… mmmh… entonces llego a mi casa, abro la solapa y leo: “Soy autor de los guiones Amores perros, 21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada”. He ahí mi caída: había confundido a Juan José Arreola (cuentista mejicano, 1918-2001) con Guillermo Arriaga, cuyo libro me había llevado. Ni siquiera sabía que Arriaga escribiese, más allá de sus premiados guiones, que -vaya por delante- me encantan. Como no había vuelta atrás, me leí el librito de Arriaga, y debo decir que ha supuesto una de las más gratas sorpresas literarias del año (tanto más cuanto que fue inesperada y casi indeseada).
El volumen que pillé se llama Retorno 201 (2006), y recoge al parecer “todos” los cuentos del writer mejicano, catorce en total. No se indica si es una recopilación o un volumen montado ex profeso pero me inclino por lo segundo dada la hilazón que une muchos de los relatos. Hay personajes comunes, desde luego temas comunes, pero solo un denominador común a todos y cada uno de ellos: el hecho de estar ambientados en la calle Retorno del D.F. (de ahí el título Retorno 201, que es una dirección).
Siempre que recomiendo aquí un libro de relatos me entra la tentación de contaros algunas de las anécdotas, en este caso os podía hablar de: un vecino antisocial que arrastra en silencio el drama de ser víctima del Katrina, un anciano que sufre un ataque al corazón mientras ve la tele, un médico que realiza un chapucero aborto clandestino, una mujer casada recluida a la que apodan “la Viuda”, un muerto que se niega a aceptar su condición de tal, unos chavales de barrio que pelean por su identidad… como siempre, los qués quedan muy descoloridos frente a los cómo-están-contados.

La crudeza y fragmentación de los relatos (en uno de ellos llega a haber 31 minicapítulos y tiene solo 14 páginas) me ha recordado mucho a las películas que se han hecho con los guiones de Arriaga. También, como digo, la violencia y los sentimientos al límite: las palizas, violaciones, desgarros, urgencias médicas, muertes trágicas. Aquí no hay –de buen rollo- espacio para la esperanza. Solo hay lo que Arriaga en un momento llama “los hondos dolores de la vida”, que según él merecen ser contados en historias. Por hacer un chiste fácil (a ver si así me redimo por confundir a Arreola con Arriaga), la calle Retorno se convierte en una especie de “Desolation Row”, calle de la desolación como la que cantó Dylan.
Aparte de las pelis, a lo que más me ha recordado este Retorno 201 es a los libros de Juan Rulfo, -este sí- máximo exponente mejicano del relato corto en el siglo XX (y en todos los siglos). Hay muertos que no parecen saber que lo están, hay muertes violentísimas y maldiciones que se trasladan de padres a hijos. Hay injusticia y autoridades corruptas. Hay pasiones vitales, apego a la tierra, secretos familiares, y todo esto contado con una economía de recursos y un lenguaje bastante preciso, sin escatimar horrores. Sí, amigos, las tres anteriores frases podrían aplicarse tanto a El llano en llamas (1953) de Rulfo como a Retorno 201 de Arriaga. Y no pretendo decir que este último esté a la altura del otro, tampoco es eso. Pero si queréis deprimiros leyendo buena literatura… ya sabéis dónde la hay, y baratita.