Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 15 de junio de 2009

Estatuas Verdes se rinde a El Mundo Today


Hasta ahora nunca lo había hecho. Quiero decir, dedicarle un post tan directamente a una sola página web. Pero hoy, como en esas ceremonias de homenaje en las que Vercingétorix depuso sus armas galas ante César (¿todos hemos leído a Astérix, ¿no?), o esos pendones ora napoleónicos ora nazis humillados ante la Madre Rusia, Estatuas Verdes se quita la careta y proclama a los cuatro vientos: la web El Mundo Today es la mejor idea desde que a alguien le dio por recubrir de chocolate los cacahuetes.

¿Y qué es –prithee- esta cosa? Se trata de una web satírica de noticias falsas, pero tan bizarras y tan bien traídas que merecerían ser verdad. Llamó mi atención sobre ella el buen Grillo Solitario (el mismo que ahora no se acuerda de quién le habló por primera vez de The Onion), al que me atrevo a calificar de “ojeador de lo bizarro”. Enseguida me di cuenta de que con El Mundo Today habíamos topado con palabras mayores: esto no son los reporteros de CQC riéndose porque le han metido un pellizco a una monja ni el Follonero sacando pecho porque Arnaldo Otegui le ha puesto ojos picarones. No, amigos, esto es humor cáustico de verdad, del que hace pupa. Del que socava los cimientos de una mentalidad porque precisamente va a los centros del significado.



A la chita callando, y con una elegancia desusada por estos lares, los redactores de El Mundo Today toman asuntos candentes de la actualidad y les dan la vuelta con una mezcla de humor absurdo y juego lingüístico. En el proceso, exponen los vicios, las contradicciones y las estupideces en general de nuestra sociedad. No es un humor absurdo porque sí, dadaísta y carente de referentes lógicos: es todo lo contrario. La ideología está en el centro de muchas de sus noticias falsas, y compruebo con agrado que tanto el PP como el PSOE como políticos de todo signo son diana válida para sus absurdeces.

Botón de muestra: un target favorito de esta web es el feminismo, lo que la convierte automáticamente en una favorita mía. El feminismo, claro, entendido no como lucha por la igualdad sino como lucha por resaltar la desigualdad. De ahí descacharrantes titulares como Aído crea una escuela para mujeres mariachi (“Feminizaremos un ámbito dominado por señores mexicanos”), o Miles de personas se manifiestan contra el clítoris en Madrid.



La clave, a mi entender, del éxito de El Mundo Today es su uso pseudoserio del lenguaje periodístico. La historia puede ser un auténtico injurión, y el titular disparatado, pero el cuerpo de la noticia siempre está redactado con la máxima seriedad (como los chistes de Eugenio), ventriloquizando la parla “técnica” del periodismo. En nuestra época el lenguaje de los informativos está agotado (ver un telediario hoy es hacerse con un catálogo de tópicos, clichés e ideas mal digeridas), hasta los nuevos anuncios de Telepizza parodian el estilo periodístico, y en este contexto el ejercicio propuesto por El Mundo Today supone una auténtica bocanada de aire fresco (toma tópico!).

¿Queréis ejemplos de noticiones? Un señor llamado Unestudio demanda a toda la prensa, La infanta Leonor firma un tratado con Austria, Calculan el cociente intelectual del Pato Donald, Sale a por chucherías y vuelve siendo dueño de Google, Unos guantes de Hello Kitty permiten pegar a los niños sin traumas, Copito de Nieve será el nuevo logo de Tous, El iPhone no se venderá a la gente de pueblo… os aseguro que es un no parar.


Noticias así (y toda la idea de una coña informativa) no son nuevas: en inglés lo llevan haciendo más de 20 años la gente de The Onion, en papel y con su web. La novedad aquí reside en hacerlo en español, y sobre todo, en el contexto de España (como diría el misterioso cowboy de El gran Lebowski, “¡y en mi idioma!”). Confieso que, pese a todo, me resistía a dedicarle un post a este nuevo buque insignia del humor que desde hoy tenéis linkado en Estatuas Verdes. Sin embargo, lo que me decidió fue que anoche vi un titular que me hizo saltar las lágrimas, por tratar un tema que me es tan caro: 21 días siendo Samanta: Un reality obliga a un vagabundo a hacer de periodista. Amigos de El Mundo Today: ¡de mayor quiero salir en vuestras noticias!

lunes, 23 de febrero de 2009

La risa

Decía F. Scott Fitzgerald que él escribía “con la autoridad que me da el fracaso”. Yo, en cierto modo, hoy también, aunque mejor diré que os escribo con la autoridad que me da la pena. La “pena negra”, la que te deja “umbrío, casi bruno”. Pero el post de hoy va sobre la risa. Hoy me vais a permitir que defina la risa como el pegamento necesario para que todas las relaciones sociales tengan éxito.

Siempre añora uno lo que no posee, la manduca el hambriento, el pobre los dineros, eso por descontado. Acaso por esta razón miro hoy con esperanza al horizonte de la risa, por hacerme falta ésta con más urgencia que nunca antes. Decía también el buen Oscar Wilde que todos los seres humanos vivimos en la cuneta, lo que nos diferencia es que algunos están boca arriba y pueden mirar a las estrellas. Hoy yo miro a las estrellas, y a las bocas de los rientes con admiración y envidia.

Los que leéis Estatuas sabéis que soy un gran defensor del humor como filosofía de vida. Y que muchas veces calibro las cosas según el grado de humor que contienen. Creo sinceramente que hay un continuo entre el “humor absoluto” y el 0% de materia graciosa, y es importante saberlo. Normalmente busco la sonrisa, acecho la risa, fomento la chanza, creo la ocasión para la broma. Mis compañeros de trabajo lo dicen frecuentemente: en esta profesión, o te estás todo el día riendo o es para echarse a llorar. No hace ni quince días que un amigo le comentaba a otros, “Hay que ver lo gracioso que es Porerror, que siempre está contento”. Y a esas y parecidas palabras me agarro cuando no estoy contento.

Uno no repara en las cosas hasta que no le extrañan, y a mí nunca me había chocado hasta ahora la cantidad de tiempo y dinero televisivos que se dedica en España al buen rollo. Humor y buen rollo, nos los despachan por arrobas programas que normalmente forman parte de mi dieta básica: Sé lo que hicisteis, El intermedio, La tira, Maitena: Estados alterados, La familia Mata, Ven a cenar conmigo, El hormiguero, Muchachada Nui... Sin contar con el humor regional y verdadero de unos -digamos- Carnavales de Cádiz, cuyo concurso de coplas se ha venido televisando durante las dos últimas semanas.

Acudo a mis estanterías de DVDs y compruebo que al menos el 60% de lo que tengo son comedias, comediotas o series de humor. De Lubitsch a Judd Apatow, de Sucedió una noche (1934) a American Pie 2 (2001). Ahora no me apetece verlas, la verdad, pero sé que ya me apetecerá. Que volveré a contar chistes, que volveré a comprar El Jueves. Hablo con amigos que me sacan a tomar café estos días: por fuerza acabamos por reírnos. Dice una especie de refrán sacado de la serie de humor Búscate la vida (1990-91) que “exceso de tragedia igual a comedia”. Hasta en lo más negro y en lo más patético surge la exótica perla de la risa, como una flor que crece sobre un montón de estiércol.

Volveré a reírme, volveré a disfrutar del humor negro de Plácido (1961) y El gran Lebowski (1998), volveremos a reírnos todos, familia, amigos... es justo y necesario que así ocurra. Lo que no volveré a oír jamás serán las carcajadas de mi hermana, a quien tanto quería.

viernes, 17 de octubre de 2008

Coen & Coener


El título de este post quiere decir “Dos Coen muy Coen”, por recordar aquella peliculorria con Jim Carrey y Jeff Daniels, que al lado de la última de los Coen resultaba una obra maestra del séptimo arte (y graciosísima, oiga). Otro título que he barajado es “Arrancarse los ojos después de ver”. La última de los hermanos Coen se llama Quemar después de leer (2008), y digamos ya que su mejor (y única) virtud es hacer buena No es país para viejos (2007).

Quemar después de leer nos la han vendido como una reivindicación de la estulticia humana, como un canto a la estupidez. Recuerdo haber leído que la inteligencia estaba sobrevalorada y que había que reivindicar la tontería. Genial golpe maestro de los Coen: si yo tuviese un truño de película y pretendiese que el máximo número de peña fuese a verla pagando dinero, también diría esas cosas (“¡Los tontos sois unos reyes!”). Los tontos somos nosotros, que hemos picado en ir a verla, en mi caso por ser fan de estos cineastas que han hecho tantas pelis molonas y graciosas como Sangre fácil (1984), Arizona Baby (1987), Fargo (1996), El gran salto (1994), O Brother! (2000)... Y también hicieron algo llamado El gran Lebowski (1998), con eso está dicho todo.


Otro reclamo era el reparto. A pesar de la siempre estomagante Frances McDormand o como se escriba, en esta peli salen Brad Pitt –uno de mis actores favoritos-, George Clooney y John Malkovich –dos de los actores favoritos de todo el mundo. Como no, lo mejor de la película es la actuación de Brad Pitt, que hace de tontico pero “no tonto del todo” (como bien se nos recomienda en Tropic Thunder: “never go full retard”). ¿Zangolotino? Sí. ¿Acelerado? Sí. ¿Corto de léxico? Sí, pero también chantajista cuando es menester.

La trama ni paso a resumirla: baste decir que son tres historias entrelazadas con pinzas. De hecho creo que lo que me ha resultado más irritante de la película es el hecho de que la supuesta “casualidad” que pone en marcha el supuesto “gran enredo” ni siquiera está bien hilada o justificada, sino que se trata de una arbitraria y chapucera ocurrencia en plan “Coen ex machina”. Así no juego. En El gran Lebowski, un malentendido plausible desencadenaba una trama descacharrante, el Nota solo quería una alfombra para dar ambiente a su habitación. Pero en Quemar después de leer se recurre a la más burda casualidad. Dice el novelista inglés Julian Barnes que si él fuera el “dictador de la ficción” prohibiría las coincidencias como facilón recurso narrativo. Visto lo visto, empiezo a estar de acuerdo.


Y otra cosa. Prefiero ver una comediota delirante en la que un Boeing 747 aterriza dentro de una terminal de aeropuerto por un fallo en las señales del personal de tierra, u otra en que un chucho salva a su amo in extremis porque sabe hablar con los osos que van a atacarle. Al menos en estos casos no se me hace creer que se trata de comedia costumbrista o real, sino de un disparate. Lo que no soporto es que los Coen se rían de nosotros (son los únicos que se ríen) haciendo una peli mongoloide pero pensando en el fondo que es humor sutil e inteligente (¿cuántos chistes sin gracia se pueden escribir a cuenta del queso de cabra?).

Mi sensación al salir de ver esta peli es la misma que tengo al acabar muchas reuniones del trabajo: la cabeza caliente y los pies fríos. Y esta vez me niego a considerar que no me haya enterado de nada: me he enterado demasiado bien. A este ritmo, los hermanos Farrelly con un cojín de peos podrían haber montado una obra maestra digna de Lubitsch. No es que no me haya gustado Quemar después de leer, es que me ha cabreado. De hecho, os la voy a reventar. Al final, todo es un sueño del Resines (y una pesadilla para nosotros).

lunes, 16 de junio de 2008

Dylan (I): Entre el solipsismo...


Dylan, Dylan, Dylan. ¡Madre mía! Cantautor meteorológico, ningún otro artista le ha prestado tanta atención en sus letras a las inundaciones (Before the Flood, “Down In the Flood”, “The Times They Are A-Changin’”), la lluvia (“Buckets of Rain”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”), el viento (“Blowin’ In the Wind”, “Idiot Wind”), los huracanes (“Hurricane”) y demás. Todo esto, que viene muy bien en épocas de cambio climaticlo y Expo de Zaragoza, nos sirve además como un soplo de aire fresco ahora que empieza la canícula. Meteorológico, sí, por lo natural, por lo que el tiempo afecta a las personas.

A Dylan nos lo trae el verano a España, y yo ya tengo mi entradita comprada para ir a verlo. Bendita sea la jubilación que le estamos sufragando los fans, porque la entrada me ha salido por más de 50 pavos. Pero concierto a la vista, en el mes de julio, nos remite forzosamente a una revisión del catálogo del artista. Y no es que haya hecho falta que me obliguen, ¿eh? Curiosamente ya venía teniendo un año bastante dylaniano muchísimo antes de pensar siquiera en ir a verlo en concierto.

Vengo escuchando discos de Dylan desde hace meses –no diré compulsivamente pero sí con bastante consistencia. Yo era mucho del Dylan sesentero, ya conté aquí como lo (re)descubrí un día escuchando Radio 3. Mucho antes, por mi casa ya rulaba un EP de vinilo con “Blowin’ In the Wind” y otros tres temas, y es uno de los discos que más he escuchado en toda mi vida. Pero tengo que admitir que la obra de Dylan a partir de 1970 (igual que la de los Rolling Stones o la de los Kinks en su momento) me daba bastante miedito. Igual que en los dos casos citados, una vez vencida la aprensión inicial descubro que mi miedo era completamente injustificado.

Mi problema es que me gustan tanto los años 60 puros que a partir de 1969 la música me parece ya demasiado progresiva o complicada. Escucho el Nashville Skyline (1969) con la orejitas tiesas (y el hecho de que sea medio country tampoco es ajeno a esta circunstancia). Escucho el New Morning (1970) con bastante más apetito, cómo olvidar aquel “The Man In Me” que inmortalizaron los Hermanos Coen en la secuencia onírica de El gran Lebowski (1998). Desgraciadamente, el otro vinilo de Dylan que había en mi casa de toda la vida era el infumable Self Portrait (1970), y ese mejor nos lo saltamos.

La banda sonora de Pat Garrett & Billy the Kid (1973) nos legó el historiquérrimo hit “Knockin’ On Heaven’s Door”, de dulce versionado por Guns N’ Roses y por cualquiera que aprendiera a tocar la guitarra entre 1992 y 1995. Pero para mi gusto, el mejor Dylan de la década viaja en dos magníficos álbumes, dos trabajos que bien pueden competir con cualquiera de los que el cantautor de Minnesotta facturó a mediados de los sesenta (¡Toma frase tópica!). Blood On the Tracks (1975) nos dejó “Tangled Up In Blue”, “Idiot Wind” y “Lily, Rosemary and the Jack of Hearts”. El cantautor melódico, el enamorado, volvía a ser el cronista de las jóvenes insatisfacciones de América.

El otro obrón de esta época es Desire (1976), cuyo tema central “Hurricane” bien podría pasar por ser la mejor canción de Dylan de todas las épocas. O a lo mejor no, da igual. Su historia –real- es tan urgente y tan conmovedora (la injusticia de un boxeador negro condenado por unos asesinatos que no cometió) que décadas después fue llevada al cine como Huracán Carter (1999), con resultado de nominación al Oscar para Denzel Washington. Además, el disco contenía otros buenos cortes como “Isis”, “Mozambique” o “Sara”, y estaba salpimentado por un omnipresente violín y por la voz de Emmylou Harris en los coros.


Lo flipo yo solo escuchando a Dylan, se ha notado, ¿no? Pues no es del todo cierto. Es verdad que para escuchadas solitarias pocos artistas tan completos y tan profundos (valga la cursilada) como el señor Robert A. Zimmerman. Pero también es verdad que su música se presta a la comunión y al jolgorio colectivo. Mañana hablaré de ese Dylan, hoy me conformo con el de la soledad y el recogimiento, el de las largas horas de escucha reflexiva -la boca abierta, la babita caída-, el que se quita el sombrerico para saludarnos mientras nos mira a los ojos.

lunes, 25 de febrero de 2008

No es película para yanquis


Vale, sí… Expiación (2007) no ha ganado ningún Oscar, ¡dejad de gritarme! Bueno, ya, que ha ganado uno, el de “Mejor banda sonora original”, que era precisamente el único que yo no quería que ganase porque había un español nominado (Alberto Iglesias, por la de las “Cometas en Kabul”, o como se llame). Algo he oído de que hay otro español que sí ha ganado un premio, ¿no? De eso no sé nada, la verdad.

Me da coraje que en casi todas las galas de los Oscars tenga que haber una peli que sea “la gran derrotada”, y me da coraje que este año este papel le haya tocado a Expiación, a mi parecer una de las mejores del año, con larga diferencia (evidentemente otro gallo estaría cantando si se hubiera llevado los seis galardones que se tenía que haber llevado). Y pensar que un truño soberano como El señor de los anillos III: El retorno del rey (2003) consiguió 11 estatuillas… se me ponen los pelos de punta. A mí me da igual, para mí Expiación seguirá siendo, como mínimo, la mejor peli de las que estaban nominadas, el mejor guión adaptado y ya no hablemos de cosas como dirección artística, fotografía y vestuario (el traje verde de Kiera Knightley frente a los oropeles vacuos de la feísima Reina Isabel I de Inglaterra… ¡¡estoy que echo chispas!!). A mí me da igual, conozco a alguien que va a Londres este fin de semana y ya le tengo encargada la novela de Ian McEwan.

La “gran triunfadora” de este año ha sido claramente No es país para viejos (2007) de los hermanos Coen. Vaya por delante que soy megafan de este tándem cinematográfico. Se lo compro todo: desde Sangre fácil (1985) hasta ese remake flojote de El quinteto de la muerte (Ladykillers, 2004) pasando por una de mis biblias, El gran Lebowski (1998). Ahora por lo visto están rodando la última novela de Michael Chabon, The Yiddish Policemen’s Union (2007), veremos en qué queda. A lo que iba es a que me gustan los Coen, y por eso me tiré como una fiera para ver No es país para viejos el día de su estreno.

La película me gustó, me gustó mucho, pero me dejó un regusto tan contradictorio que no quise ni comentarla en este blog, porque sabía que iba a tener que hablar mal de ella y no estaba seguro de saber expresar exactamente cómo me había parecido. En el blog Almanaque de Otoño leí luego una crítica que me pareció muy acertada, y que amplificó la sensación de insatisfacción y perplejidad que la peli me había producido (amén de un gran impacto positivo en lo visual, todo hay que decirlo). Luego hablando y hablando, con muchos amigos que saben de cine mucho más que yo, todo el mundo coincide en lo mismo, en que la peli te deja un poco chafado, y que el final no te llena.

Gente que ha leído a Cormac McCarthy (autor de la novela en que se basa el film) me ha dado ciertas claves para interpretarla… que si es un tempo muy lento, que si el estilo se basa en que aparentemente no pasa nada… todo lo que ustedes quieran. Para mí, cuando a una obra (sea peli, libro, disco o cuadro) hay que ir detrás poniéndole paños calientes y pidiendo perdón para explicarla, malo. Es verdad que hay cosas que van creciendo, que crecen dentro de uno y que solo toman su verdadera dimensión con el tiempo. Pero a mí no me está pasando con No es país para viejos. La sigo recordando con gusto, pero dista mucho de parecerme redonda.

El crítico inglés John Berra (autor del libro Declaraciones de independencia: El cine americano y la parcialidad de la producción independiente, 2008) ha dicho de ella que es “un impresionante retrato de la penetración del mal en el mundo y la incapacidad de los mortales para huir de él o comprenderlo”, pero yo por si acaso me he apuntado en Facebook a un grupo de discusión creado por un colega y que lleva por título “Estaba pensando en otra cosa durante la última escena de No es país para viejos. Esto fue justamente lo que me pasó a mí: el final me cogió con el pie cambiado, me dejó frío frío.



Entiendo que a lo mejor parte del problema es mi horizonte cultural, ya que (por sensibilidad y formación) me encuentro infinitamente más cercano a una historia que se desarrolla en Inglaterra durante los años 30 y 40 que a otra fronteriza de Tejas en los años 80. Los premios BAFTA (del cine británico) sí que reconocieron a Expiación como la mejor peli del año -qué menos-, y tal vez sea comprensible (haciendo una aventurada conjetura) que en los USA se prefiera esa historia de los Coen con desiertos, sombreros de cowboy y gente que vive en caravanas antes que esta otra en la que los pollos pera beben güisqui y las niñitas perversas escriben cursis obras de teatro mientras sus hermanas se follan al servicio.

lunes, 7 de enero de 2008

Viaje a Darjeeling


Este Año del Señor de 2008 lleva con nosotros apenas una semana. Pues bien, aun a riesgo de exagerar me atrevo a decir que ya he tenido mi momento cumbre del año en lo que a cine se refiere. Estoy hablando de la película Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited), dirigida por el norteamericano Wes Anderson en 2007. Esta peli me ha producido una impresión tal que dudo mucho que ninguna otra pueda siquiera acercársele en los próximos doce meses.

Como no entiendo de cine, no voy a hacer una crítica ni a hablar de su técnica cinematográfica. Sí voy, en plan “Estética de la recepción”, a explicar qué efecto ha tenido en mí como espectador/lector esta película y por qué me ha gustado tanto. No hay que irse muy lejos, la misma Wikipedia nos recuerda que “un texto (ya sea un libro, una película, o cualquier otro trabajo creativo) no es simple y pasivamente aceptado por la audiencia, sino que el lector interpreta los significados del texto basado en su bagaje cultural individual y experiencias vividas”.

A mediodía, chateo con mi amigo indio, quien me dice una sencilla receta del sur de su país (se fríen patatas cortadas en dados, se zambucan en una lata de leche de coco, se añade curry en polvo, chile en polvo, sal y se deja que dé un chup-chup durante diez minutos). Por la noche, veo una película ambientada en la India. Este dato no es casual, ya que se trata de la historia de tres hermanos (Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman) muy diferentes pero condenados a soportarse a cuenta de un viaje de convivencia y espiritualidad que uno de ellos propone a raíz de su distanciamiento durante el último año. La India aparece así como el telón de fondo ideal para toda esa espiritualidad new age y buenrrollista mal entendida en la que se sumergen los hermanos (mal entendida por los occidentales, porque los indios siguen a lo suyo en sus templos y con sus ceremonias, tan normales allí como aquí una misa católica).

La premisa de la peli es, pues, un viaje en tren, y ya sabemos que toda peli/novela es en el fondo un viaje, pero es que esta lo es además en la forma. Si se me permite, es una rail movie. Luego está el asunto de las familias mal avenidas (por decirlo suavemente), que Anderson ya trató de manera inquietante en su peli Los Tenembaums: Una familia de genios (2001). Prefiero no desvelar más datos de la trama o las relaciones entre los personajes porque parte del atractivo de Viaje a Darjeeling se encuentra en ir descubriendo uno las cosas, en paralelo al viaje de conocimiento y autoexploración llevado a cabo por el trío protagonista.

Sensorialmente la película impacta: el colorido es estridente, la música tiene un gran protagonismo (esos Kinks, Rolling Stones, Joe Dassin o Peter Sarstedt), y también son importantes a su modo el tacto (hay escenas de dolor y de placer sensual), el olfato (el personaje de Adrien Brody hace referencia a cómo huele la India) y el gusto (los hermanos se pasan toda la peli bebiendo, comiendo, fumando o tomando “medicinas”).

En cuanto al tono, yo diría que Viaje a Darjeeling es fundamentalmente una comedia, pero gasta bastante mala leche. Hay humor negro a raudales, y un magistral uso del bathos, esa figura retórica consistente en un cambio repentino en la narración pasando de un tema serio o importante a uno ridículo u ordinario. O como dijo un amigo mío sobre Wes Anderson, “el tío juega con las emociones del espectador como le da la gana”. ¿Recordáis el final de El gran Lebowski (1998), cuando están en el funeral de Donny y Walter trata de hacerle un panegírico y al final todo degenera en farsa, con Walter y el Nota peleándose? Pues imaginaos una película entera a base de momentos así.

Habría muchísimo que decir sobre esta peli, de hecho no descarto volver a hablar de ella en algún momento, pero por hoy no me quiero enrollar más. Solo me queda recomendarla muy encarecidamente y esperar que os guste a vosotros.
 
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