Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 17 de octubre de 2008

Coen & Coener


El título de este post quiere decir “Dos Coen muy Coen”, por recordar aquella peliculorria con Jim Carrey y Jeff Daniels, que al lado de la última de los Coen resultaba una obra maestra del séptimo arte (y graciosísima, oiga). Otro título que he barajado es “Arrancarse los ojos después de ver”. La última de los hermanos Coen se llama Quemar después de leer (2008), y digamos ya que su mejor (y única) virtud es hacer buena No es país para viejos (2007).

Quemar después de leer nos la han vendido como una reivindicación de la estulticia humana, como un canto a la estupidez. Recuerdo haber leído que la inteligencia estaba sobrevalorada y que había que reivindicar la tontería. Genial golpe maestro de los Coen: si yo tuviese un truño de película y pretendiese que el máximo número de peña fuese a verla pagando dinero, también diría esas cosas (“¡Los tontos sois unos reyes!”). Los tontos somos nosotros, que hemos picado en ir a verla, en mi caso por ser fan de estos cineastas que han hecho tantas pelis molonas y graciosas como Sangre fácil (1984), Arizona Baby (1987), Fargo (1996), El gran salto (1994), O Brother! (2000)... Y también hicieron algo llamado El gran Lebowski (1998), con eso está dicho todo.


Otro reclamo era el reparto. A pesar de la siempre estomagante Frances McDormand o como se escriba, en esta peli salen Brad Pitt –uno de mis actores favoritos-, George Clooney y John Malkovich –dos de los actores favoritos de todo el mundo. Como no, lo mejor de la película es la actuación de Brad Pitt, que hace de tontico pero “no tonto del todo” (como bien se nos recomienda en Tropic Thunder: “never go full retard”). ¿Zangolotino? Sí. ¿Acelerado? Sí. ¿Corto de léxico? Sí, pero también chantajista cuando es menester.

La trama ni paso a resumirla: baste decir que son tres historias entrelazadas con pinzas. De hecho creo que lo que me ha resultado más irritante de la película es el hecho de que la supuesta “casualidad” que pone en marcha el supuesto “gran enredo” ni siquiera está bien hilada o justificada, sino que se trata de una arbitraria y chapucera ocurrencia en plan “Coen ex machina”. Así no juego. En El gran Lebowski, un malentendido plausible desencadenaba una trama descacharrante, el Nota solo quería una alfombra para dar ambiente a su habitación. Pero en Quemar después de leer se recurre a la más burda casualidad. Dice el novelista inglés Julian Barnes que si él fuera el “dictador de la ficción” prohibiría las coincidencias como facilón recurso narrativo. Visto lo visto, empiezo a estar de acuerdo.


Y otra cosa. Prefiero ver una comediota delirante en la que un Boeing 747 aterriza dentro de una terminal de aeropuerto por un fallo en las señales del personal de tierra, u otra en que un chucho salva a su amo in extremis porque sabe hablar con los osos que van a atacarle. Al menos en estos casos no se me hace creer que se trata de comedia costumbrista o real, sino de un disparate. Lo que no soporto es que los Coen se rían de nosotros (son los únicos que se ríen) haciendo una peli mongoloide pero pensando en el fondo que es humor sutil e inteligente (¿cuántos chistes sin gracia se pueden escribir a cuenta del queso de cabra?).

Mi sensación al salir de ver esta peli es la misma que tengo al acabar muchas reuniones del trabajo: la cabeza caliente y los pies fríos. Y esta vez me niego a considerar que no me haya enterado de nada: me he enterado demasiado bien. A este ritmo, los hermanos Farrelly con un cojín de peos podrían haber montado una obra maestra digna de Lubitsch. No es que no me haya gustado Quemar después de leer, es que me ha cabreado. De hecho, os la voy a reventar. Al final, todo es un sueño del Resines (y una pesadilla para nosotros).

lunes, 21 de julio de 2008

¿Cielo azul en Marte?


“Que cuanto place al mundo es breve sueño”
(Francesco Petrarca)


De buen rollazo, hoy no vengo en son de paz. “Vengo buscando pelea”, por hacerle una cita-homenaje a ese rockero sevillano que fue Silvio. Sé que entre los lectores de Estatuas Verdes hay acérrimos defensores de Los Serrano, y sé también que hoy no van a estar contentos. Esta noche no sabía si hablar aquí de Philip K. Dick, de William Shakespeare, de Pedro Calderón de la Barca, de Sigmund Freud o de Martin Luther King, Jr. y me he dicho “pues vamos a hablar de Los Serrano.

Sabéis por dónde voy, ¿no? Os voy a contar una anécdota. Cuando erais pequeños echaban en la tele un culebrón yanqui llamado Dallas (1978-1991), en el que salía un señor muy malo malísimo llamado JR. JR era un magnate del petróleo, aunque con el tiempo descubrimos que lo que le gustaba era la botella de destilado más que los barriles de crudo. Llego a ser tan famoso que hasta Pepe Da Rosa le dedicó una inmortal canción (“Del Cabo de Gata hasta Finisterre, hay que ver la gente cómo está con Jotaerre”).

Pues bien, en esa serie, se daba la circunstancia de que el personaje de Bobby moría atropellado por un coche. Al final de la temporada siguiente, el pavo volvía a parecer vivito y coleando (se ve que volvieron a contratar al actor), nada menos que en la ducha. ¿Cómo solucionar esto? Pues “simplemente” diciendo que TODA la temporada anterior, durante la que Bobby no salía por estar más muerto que Carracuca, había sido un sueño de su mujer. Sabéis por dónde voy, ¿no?


Este truquito de guionista ha pasado a la historia como una de las mayores chapuzas de la historia no ya de la televisión, sino de la narración de historias, junto al momento en que alguien se le ocurrió que un mini-alien verde visitara a Los Picapiedra. En América, de hecho, esto de la “temporada soñada” ha quedado como síntoma proverbial de mala calidad televisiva, y se hizo tan famoso que a lo mejor lo habéis visto referenciado últimamente en Padre de Familia.

No hay embrollo del que no nos puedan sacar las tres mágicas palabras “todo fue un sueño”. Creo recordar que el truquete también hacía las delicias de pequeños y mayores en la peli Desafío Total (1990), con Sharon Stone y Sorsenaguer. Todo fue un sueño, amigos, qué maravilla. Ya sabéis que en este blog no suelo opinar de lo que no conozco de primera mano pero hoy una amiga y lectora me ha contado en qué consistió el tan cacareado “gran final sorpresa” de la serie Los Serrano y por poquito no me cago de la risa.

Todo fue un sueño del Resines, pues vale. No, de eso nada. No lo permitiré. Es cierto que dejé de ver Los Serrano hace varios años, pero las tres primeras temporadas me las zampé religiosamente (o mejor, anticlericalmente: dado el tenor de la serie) y siento que me debéis algo. A todos los espectadores, que os han seguido fielmente durante todo este tiempo. A todas esas criaturitas que fueron a las rebajas de El Corte Inglés porque así se lo decía Fiti, Guille o Teté. A todos los que debimos sufrir en la radio la música de Fran Perea y de Santa Justa Klan.


Empecé con Silvio y con Silvio acabo. El “rockero del elevatore” se hizo inmortal cantando una de Pomus y Shuman con letra bastarda dedicada al Betis. El tema original, “His Latest Flame (Marie’s the Name)” lo cantó en su día don Elvis Presley como nadie (con permiso de Del Shannon). Precisamente Elvis Presley, en su especial de 1968 para la NBC, se fue de Martin Luther King cantando esa monumental barbaridad que algunos llaman canción titulada “If I Can Dream”. Y ya, para rizar el rizo, termino citando a No Me Pises Que Llevo Chanclas: “Despiértame”. Señores guionistas de Los Serrano: nos deben un final digno para la serie, así que pónganse a escribirlo.
 
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