Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 15 de octubre de 2008

Duquesismo


Sé que le debo un post a Keira Knightley, y desde el sábado pasado lo sé más. Pero no es este. Digo lo del sábado porque fue cuando vi su última película, una cosa tan bonita y tan bien contada que no he parado de darle vueltas en cuatro días. Realmente esta película me ha impactado. Se llama The Duchess (2008), diremos aquí La duquesa, a falta de saber cuál será su título en España, pero tampoco hay que ser Sherlock Holmes para predecirlo. Duquesas hay muchas, aquí ya se habló de una. También estaba la “Duquesa roja”. Ambas tienen en común con la que interpreta Keira Knightley el ser mujeres rebeldes.

¡Uf, no sigas, Porerror, que ya sabemos lo que viene! Mujer rebelde, activa sexualmente, deslenguada, usa a los hombres, monta a caballo, va al parlamento y les saca los colores a los hombres… al final triunfa y/o muere injustamente. ¡NORL!
Craso error, amigo. Todo el que espere ver en La duquesa un panfleto feministoide (el cartel es un primer plano de la Knightley exclusivamente) se equivoca. La peli está basada en la biografía de una mujer que existió de verdad en el siglo XVIII: Georgiana, Duquesa de Devonshire. Mujer inteligente y de buen ver que supo usar para su ventaja las constricciones que la sociedad imponía en aquella época a las de su sexo. En un momento dado alguien le pregunta que por qué las mujeres utilizan esos corsés, vestidos y tocados tan bizarros, y ella argumenta, “A lo mejor es porque es nuestra única manera de hacernos notar, mientras que los hombres tenéis a vuestra disposición todas las demás”.


Georgiana/Keira se convierte en duquesa por un matrimonio concertado (esto se sabe en el minuto 1 de película) y ya no voy a contar más para no destriparla. El matrimonio sin amor es un tema de esta peli, como lo son el papel de los respectivos esposos (hombre y mujer), los deberes de la nobleza, la hipocresía de la sociedad, el mundo afectivo y familiar del siglo XVIII o los cambios políticos y sociales que se avecinaban a finales de siglo. La protagonista de la historia es ella, sin duda, en su faceta de esposa, amante, madre, hija, mujer pública (famosa, no puta) pero su interacción con los hombres y con otras mujeres no es un grueso retrato profeminista. Hay matices, contradicciones, debilidades, en suma, elementos de humanidad, más que de género o sexo.

La peli en sí está contada con una agilidad y una economía de recursos que pasma en el cine actual. No hablo de ella cinematográficamente, no me veo capacitado. Pero narrativamente es la hostia, a pesar de estar narrada a saltos (en orden cronológico, no asustarse) y de no cubrir la vida completa de la duquesa, apenas 20 años –o a lo mejor por eso. Por no hablar del trabajo de Ralph Fiennes y Charlotte Rampling. La fotografía y la ambientación también resultan superiores, con un vestuario, una banda sonora y unos detalles cuidadísimos. No recuerdo una peli tan auténtica sobre el siglo XVIII desde aquella obra maestra de Kubrick llamada Barry Lyndon (1975).


De hecho, hay muchas cosas en común entre esta película y aquella: los trajes, las escenas que parecen sacadas de cuadros de Gainsborough o Reynolds, la música clásica (Telemann, Haydn, Haendel, Mozart…), el follisqueo, los juegos de azar dieciochescos, el mundo afectivo de la infancia y sus diversiones, el telón de fondo de la política… El siglo XVIII me encanta, modestamente lo he estudiado, y el inglés ya me parece el acabóse. Mientras en España por ejemplo teníamos a Fray Gerundio de Campazas, a José Cadalso y a la Inquisición, en Inglaterra estaban Newton, el ferrocarril, la Revolución Industrial, andaban inventando la novela y, aunque perdieron las colonias de USA, ya iban conquistando media Asia y forjando su imperio del siglo posterior.

Los personajes de La duquesa están bien conectados con la cultura de su tiempo: bailan piezas de Telemann, conversan con líderes del partido Whig -liberal- como James Fox o Charles Grey (desde el episodio de las elecciones trucadas de Blackadder III no veía nada igual), o van a ver una obra de Sheridan (La escuela del escándalo, 1777). Pero es en la esfera de lo privado, de lo íntimo –frente al mundo de las apariencias- donde me parece que brilla más esta película. La condición de la mujer oprimida (mejor digamos, “puteada”) aparece de manera objetiva, sin molestos subrayados. No tiene que salir una pava diciendo lo mal que está la cosa: hay situaciones e ideas que caen por su propio peso, y el simple hecho de mostrarlas tal y como eran hace 250 años ya constituye una denuncia.

Yo he hecho trampa porque la vi el sábado pasado en un cine de Leicester Square, en España todavía no tiene título oficial ni fecha de estreno pero cuando salga, por favor no os la perdáis.

lunes, 25 de febrero de 2008

No es película para yanquis


Vale, sí… Expiación (2007) no ha ganado ningún Oscar, ¡dejad de gritarme! Bueno, ya, que ha ganado uno, el de “Mejor banda sonora original”, que era precisamente el único que yo no quería que ganase porque había un español nominado (Alberto Iglesias, por la de las “Cometas en Kabul”, o como se llame). Algo he oído de que hay otro español que sí ha ganado un premio, ¿no? De eso no sé nada, la verdad.

Me da coraje que en casi todas las galas de los Oscars tenga que haber una peli que sea “la gran derrotada”, y me da coraje que este año este papel le haya tocado a Expiación, a mi parecer una de las mejores del año, con larga diferencia (evidentemente otro gallo estaría cantando si se hubiera llevado los seis galardones que se tenía que haber llevado). Y pensar que un truño soberano como El señor de los anillos III: El retorno del rey (2003) consiguió 11 estatuillas… se me ponen los pelos de punta. A mí me da igual, para mí Expiación seguirá siendo, como mínimo, la mejor peli de las que estaban nominadas, el mejor guión adaptado y ya no hablemos de cosas como dirección artística, fotografía y vestuario (el traje verde de Kiera Knightley frente a los oropeles vacuos de la feísima Reina Isabel I de Inglaterra… ¡¡estoy que echo chispas!!). A mí me da igual, conozco a alguien que va a Londres este fin de semana y ya le tengo encargada la novela de Ian McEwan.

La “gran triunfadora” de este año ha sido claramente No es país para viejos (2007) de los hermanos Coen. Vaya por delante que soy megafan de este tándem cinematográfico. Se lo compro todo: desde Sangre fácil (1985) hasta ese remake flojote de El quinteto de la muerte (Ladykillers, 2004) pasando por una de mis biblias, El gran Lebowski (1998). Ahora por lo visto están rodando la última novela de Michael Chabon, The Yiddish Policemen’s Union (2007), veremos en qué queda. A lo que iba es a que me gustan los Coen, y por eso me tiré como una fiera para ver No es país para viejos el día de su estreno.

La película me gustó, me gustó mucho, pero me dejó un regusto tan contradictorio que no quise ni comentarla en este blog, porque sabía que iba a tener que hablar mal de ella y no estaba seguro de saber expresar exactamente cómo me había parecido. En el blog Almanaque de Otoño leí luego una crítica que me pareció muy acertada, y que amplificó la sensación de insatisfacción y perplejidad que la peli me había producido (amén de un gran impacto positivo en lo visual, todo hay que decirlo). Luego hablando y hablando, con muchos amigos que saben de cine mucho más que yo, todo el mundo coincide en lo mismo, en que la peli te deja un poco chafado, y que el final no te llena.

Gente que ha leído a Cormac McCarthy (autor de la novela en que se basa el film) me ha dado ciertas claves para interpretarla… que si es un tempo muy lento, que si el estilo se basa en que aparentemente no pasa nada… todo lo que ustedes quieran. Para mí, cuando a una obra (sea peli, libro, disco o cuadro) hay que ir detrás poniéndole paños calientes y pidiendo perdón para explicarla, malo. Es verdad que hay cosas que van creciendo, que crecen dentro de uno y que solo toman su verdadera dimensión con el tiempo. Pero a mí no me está pasando con No es país para viejos. La sigo recordando con gusto, pero dista mucho de parecerme redonda.

El crítico inglés John Berra (autor del libro Declaraciones de independencia: El cine americano y la parcialidad de la producción independiente, 2008) ha dicho de ella que es “un impresionante retrato de la penetración del mal en el mundo y la incapacidad de los mortales para huir de él o comprenderlo”, pero yo por si acaso me he apuntado en Facebook a un grupo de discusión creado por un colega y que lleva por título “Estaba pensando en otra cosa durante la última escena de No es país para viejos. Esto fue justamente lo que me pasó a mí: el final me cogió con el pie cambiado, me dejó frío frío.



Entiendo que a lo mejor parte del problema es mi horizonte cultural, ya que (por sensibilidad y formación) me encuentro infinitamente más cercano a una historia que se desarrolla en Inglaterra durante los años 30 y 40 que a otra fronteriza de Tejas en los años 80. Los premios BAFTA (del cine británico) sí que reconocieron a Expiación como la mejor peli del año -qué menos-, y tal vez sea comprensible (haciendo una aventurada conjetura) que en los USA se prefiera esa historia de los Coen con desiertos, sombreros de cowboy y gente que vive en caravanas antes que esta otra en la que los pollos pera beben güisqui y las niñitas perversas escriben cursis obras de teatro mientras sus hermanas se follan al servicio.

sábado, 19 de enero de 2008

Expiación


Según la RAE, expiación es la acción o el efecto de “borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio”. En otra acepción, “padecer trabajos a causa de desaciertos o malos procederes”. Eso, señoras y señores, es exactamente lo que nos ofrece la última película de Joe Wright. Los protagonistas son la oscarizada Keira Knightley (Orgullo y Prejuicios, trilogía Piratas del Caribe) y James McAvoy (El último rey de Escocia).

Pues ¡qué rollo, no?, podrá decir más de uno. Nada de eso. Pero vayamos por partes. Expiación está basada en una novela de 2001 del escritor inglés Ian McEwan. Mi amigo el historiador (ese al que ya he nombrado otras veces pero que sigue sin leer Estatuas Verdes) me habló de Ian McEwan hace ya diez años, pero yo no he leído nada suyo. La verdad es que tras ver la peli me han entrado unas ganas horrorosas de zamparme el libro. Por lo menos sé que McEwan aparece en los manuales de literatura inglesa, lo que ya es algo. [Ya me lo he leído]

Las críticas de la adaptación cinematográfica han sido excelentes: dos webs como Rotten Tomatoes y Metacritic le han dado cada una un 85%, lo que es una barbaridad. La película viene avalada por sus dos recientes Globos de Oro y está en la rampa de lanzamiento para los próximos Oscars. Éxito aparte, mi impresión es que Expiación es magnífica, la interpretación, la fotografía, el guión… todo se conjuga para dar a luz una obra maestra, y no debemos olvidar los detalles de la ambientación (años 30 y 2ª Guerra Mundial).

Pero la guerra aquí es solo un pretexto (aunque resulta un mecanismo muy útil desde el punto de vista narrativo). Nos encontramos ante una historia de amor y de culpa ambientada en varios momentos: mediados de los años 30 (“que combatan los españoles, los chinos y los rusos”, como decían los Kinks), la evacuación en Dunquerque de la Fuerza Expedicionaria Británica –“Operación Dinamo”-, el llamado “frente en casa” de la retaguardia… Todo esto sirve aquí al propósito mayor de contar una tragedia del siglo XX al modo postmoderno, con altas dosis de metaficción, simbolismo y juegos entre realidad y fantasía (por ejemplo, el personaje que desencadena todo es escritora y desde un principio se nos deja claro que percibe el mundo a través de sus obras de teatro, sus relatos, sus novelas… en definitiva: sus fabulaciones).

Me han dicho que la novela consta de cuatro partes bien diferenciadas, estas resultan fáciles de identificar en la película. No obstante, quizás lo más llamativo –una vez más- sea el modo de contar las cosas. Si aceptamos la distinción que los formalistas rusos (Shklovsky, Jakobson) hicieron entre “historia” (fabula) y “trama” (Sjuzhet), podemos precisar que en Expiación, una historia más o menos convencional se ve elevada a la categoría de sorpresa mayúscula gracias a una sabia dosificación de la información y el suspense, resultando en una interesantísima trama.


Una de las cosas que más me han cautivado de Expiación es el tema de la culpa y el pecado construidos a través de la represión sexual. No quiero revelar nada de la película, porque prefiero que si las veis la disfrutéis plenamente, pero sí quería hacer notar que aunque el tema principal sea la expiación (incluso por encima del amor), este asunto se trata sin ninguna referencia a la religión o a la educación religiosa. Es evidente que hay un pecado que expiar (importante la escena en que una enfermera frota sus manos manchadas de sangre obsesivamente, incapaz de limpiarlas del todo: me retrotrajo a la leyenda de Bécquer “El caudillo de las manos rojas”, que trata sobre la culpa). Verdad que en un momento dado asistimos a una boda, donde se nos recuerda que el matrimonio existe para evitar la fornicación y dar estabilidad a las personas, pero aquí lo que está en juego, son todas las reglas de lo aceptable o no. Es lo privado frente a lo público, lo natural frente a lo social. Familia, matrimonio, estructura de clases…enfrentados a la pasión, el deseo, la gratificación, en el seno de -¡ojo!- un amor verdadero.

Si tuviera que dar una definición sensacionalista de Expiación, diría que se trata de una mezcla entre Otra vuelta de tuerca de Henry James (novela de 1898) y Breve encuentro de David Lean (película de 1945), o a lo mejor quiero decir Doctor Zhivago (1965). Si tuviera que dar un dictamen, diría que es una obra de arte y que me ha encantado. Si tuviera simplemente que explicar cómo me ha afectado… creo que no podría. Solo diré que, como ocurre con todas las buenas obras, después de conocerla somos más sabios.
 
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